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Revista cañasanta/ Agosto

EN ESTA NUESTRA NUEVA EDICION:
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www.canasanta.com







REVISTA QUINCENAL
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Hoja por Hoja/ Agosto

Estimados lectores:

El próximo sábado 4 de agosto se pondrá en circulación la edición impresa del número 123 de Hoja por Hoja. Suplemento de Libros. En esta entrega, bajo el título “ConCiencia”, Laura Vargas-Parada explora el tema de la bioética a partir de dos novedades editoriales que versan sobre este tema: Diccionario incompleto de bioética, de Arnoldo Kraus y Ruy Pérez Tamayo, y La construcción de la bioética. Textos de bioética 1, coordinado por Ruy Pérez Tamayo, Rubén Lisker y Ricardo Tapia..



Reseñas:
Además:

En el Librero: los libros de ópera de Erick B. Zermeño.
Eduardo Castañeda H. analiza los logros y retos de la Red Nacional Altexto.


En l a columna Correo del Otro Mundo, el poeta y ensayista David Huerta, plantea algunos dilemas bioéticos.

y en Hoja por Hoja para Niños y Jóvenes la cobardía de J.K. Rowling.

Hoja por Hoja. Suplemento de libros aparece el primer sábado de cada mes en:
Reforma,
ciudad de México | Mural, Guadalajara | El Norte, Monterrey | Crónica, Campeche |
Noreste, Poza Rica | Palabra, Saltillo | AZ, Xalapa | Prensa de Reynosa, Reynosa | El Sur, de Acapulco


Hoja por Hoja, Suplemento de libros, Pitágoras 1143-E, Del Valle, 03100, México, DF
Teléfonos y faxes: (5255) 5335 1213, 5335 1214, 5335 1242 y 5335 1243
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Inventiva Social /Agosto 2007

INVENTIVASocial
Edición AGOSTO 2007
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 No digas todo*
 
 
No digas todo,
Lo que callas me abre puertas
Me deja entrar en vos
Solo a mi manera.
 
Permanecerá así
La fantasía de que algún día
Llegarás a completarme
No con tus discursos
Ni con tus sabios sabores
 
Allí en lo no dicho estamos
Juntos
Solos
Fundidos en lo que puede ser
 
 
Lo que “es” se muere pronto,
En lo que fue
Lo que no “es” renace cada día
En lo que podrá ser
Y queda intacto en el recuerdo
 
Por eso no pongas en palabras todo
Déjame a mí completar la frase
Estaré en la dulce espera de que tu próxima palabra
Me embriague el alma
Sin ensuciarme el cuerpo
Con falsas caricias
 
Entonces deja que hable
Lo que no se puede decir
 
*de Silvia Irigaray  silviairigaray@ arnet.com. ar
CADA PRIMERA VEZ*




     Me resigno a que sea ésta la última vez en que el milagro se de, en que la maravilla acontezca. Buscaré tus ojos, y será tu mirada, será la primera vez en que sea mirada, será la constatación de la correspondencia, y tu voz dirá las palabras, y tus manos me acariciarán con la perfecta seguridad del deseo. Todo lo guardaré como acto inicial, como justificación de mi existencia. Me buscaré en tu cuerpo, me encontraré en vos completa y feliz, imagen minúscula de camafeo, miniatura atesorada de mi reflejo en tus ojos.
     Seremos felices recontando para el otro los saldos de nuestras vidas, evocando niñeces y sucesos olvidados. Te hablaré de aquella vez que, y de aquella otra en que, y me escucharás ávidamente, agradeciendo mi confidencia.
     La vida en común será la exploración de una selva virgen, entre los dos cortaremos las lianas que cierren los caminos, desmontaremos el lugar de la edificación de nuestro hogar. Levantaremos paredes contra la intemperie, crearemos bromas y palabras sólo para nosotros, nos asiremos con un lenguaje compartido y prescindiremos de las explicaciones.
     En lo cotidiano llegará la dulzura del abrazo, la confortable costumbre del cuerpo recién descubierto y casi ajeno pero milagrosamente próximo. Dibujaré mis brazos en torno a tu figura, serán mis brazos nuevos.
     Después la costumbre será costumbre. Ya no estaré en tus ojos, será el fastidio de oir otra vez la misma conocida historia, la broma repetida que ya no causa gracia.
     Después vendrá la inútil repetición, la furiosa búsqueda de lo que fue y no puede volver. Noche tras noche agotaremos las ansias de aprehender la felicidad, retorceremos la cuerda, mentiremos instantes que no son el instante, pero fingiremos creer que creemos.
     Cuando ya no sea posible, cuando el engaño sea tan evidente que las repeticiones se vuelvan vergüenza y traición, será el momento de encontrar de nuevo la mirada la caricia el completo ser en otros ojos, otras manos, otra voz.
*de Mónica Russomanno.  russomannomonica@ hotmail.com
Piel*

Frontera, textura, aduana, trama
Estrella de los órganos.
Guante, medias caladas por el desamparo.
Lujo, tacto, llamado.
Morbidez que abre labios que hablan y que no.


Busca suaves pelos, ásperas hojas, palabras
 que avasallen lo inerte con su selva de imágenes.
En la cintura de la piel se doblan las estatuas.



*de Cristina Villanueva. pluma@velocom. com.ar 
EL TUNEL*

 

   
      Cuando entré en el túnel, (quizá esperaba andrómedas, efluvios, mariposas) la oscuridad me cegó. Con alivio, sin embargo, sentí la frescura y la sombra que me proporcionaron sus húmedas paredes. Afuera, el sol abrasaba la llanura desnuda y las piedras calcinadas del desierto habían lacerado amargamente mis pies descalzos. Ciegamente, tratando con desesperación de alejarme de aquel sol que con tanta fiereza había herido mis carnes, fui internándome en el túnel hasta que las fuerzas me
abandonaron y caí exhausto, cerca de una minúscula corriente de agua que, resbalando por la piedra, había formado una especie de regato que fluía con rapidez hacia el interior. Imposible recordar si llegué a mojar mis doloridos pies en el agua fresca antes de quedarme profundamente dormido. Al
despertar, noté con asombro que mis heridas habían cicatrizado y el agotamiento había desaparecido, al igual que la sed, pero mis ropas estaban húmedas y esto me hizo sentir algo de frío. Renovado, me incorporé, y buscando a tientas la fría pared del túnel, eché a andar en la misma dirección (creía) en que caminaba antes de mi desfallecimiento.
         Cuando entré en el túnel, no me había planteado la posibilidad de tener que hallar más tarde una salida. En aquellos momentos de infinito dolor, lo único que me importaba era encontrar un pronto alivio a mis penosas quemaduras y a las cruentas llagas de mis fatigados pies. De haber podido hacerlo, hubiera cambiado un Universo por unas gotas de agua y un poco de sombra. Ahora, al despertar de mi letargo (pero ¿cuánto duró la inconsciencia? ¿Acaso soy ahora el que fui antes de llegar aquí?) las
circunstancias habían cambiado. La humedad me había calado la ropa y también el pelo, por lo que el frío se presentaba como el principal enemigo.
Resultaba entonces de inaplazable urgencia encontrar la salida de aquella cueva que se hallaba sumida en la más cerrada oscuridad. Con gran lentitud, con no menor precaución, fui recorriendo el suelo rocoso, siempre tratando de no alejarme de las paredes. A causa de mi inadaptación al medio en que me
veía obligado a desenvolverme, no fue tarea fácil avanzar, a consecuencia, en parte, de la densidad desconocida de aquella negrura que me envolvía.
Algún tiempo después, no obstante, mis ojos fueron acostumbrándose a las tinieblas y pude comenzar a distinguir el borroso perfil de algunas cosas.
No dejé de advertir (confuso, maravillado, esperanzado, quizá algo asustado) otras sombras que se movían a mi alrededor, en distintas direcciones, con mi misma incertidumbre. Supuse que serían otros pobres desgraciados que habían tenido, como yo, la mala fortuna de haberse extraviado en el túnel. Con
tristeza, intuí que algunas de esas sombras pertenecían a gentes que había frecuentado antes, en el exterior, pero ¿cómo reconocerlos ahora, inmersos en la oscuridad? ¿cómo ser reconocido por ellos, aun cuando hubiésemos podido ser buenos camaradas?
         Al principio, no pensé que pudiera tratarse de un túnel tan largo, pero el tiempo iba transcurriendo y el final no aparecía ante mis ojos, ni siquiera una insignificante señal que pudiera inducirme a concebir la menor esperanza. La sorpresa inicial fue dejando paso a un periodo de incredulidad y, más tarde, a una violenta desesperación que no admitía frenos. En aquel tiempo fantasmal, fui asombrado testigo de mis propios gritos resonando por todo el ámbito del tenebroso túnel, multiplicándose contra las paredes, perdiéndose en las bóvedas invisibles. Tampoco era infrecuente sorprenderme golpeando los negros muros de piedra fría, o simplemente apoyado en ellos,
llorando con amargo rencor mi desventura. Después se apoderó de mi ánimo una testaruda impotencia que me arrastró a la concienzuda inacción. Pasé mucho tiempo sentado en medio del túnel, acurrucado en mí mismo, convocando secuencias del pasado, sintiendo cómo el frío penetraba en mis huesos, dejándome morir sin esforzarme lo más mínimo por evitar o atenuar el previsible desenlace. Hubo sombras a las que conocí en esa época de horas terribles y atormentadas, sombras con las que llegó a unirme el doloroso
lazo del irreparable extravío en la oscuridad. Pero sabía que tales amistades habían de ser, por fuerza, efímeras, ya que nunca seríamos capaces de reconocernos en el exterior (si en verdad ese concepto era aún posible) y cuyos caminos, por tanto, habían de seguir siendo ajenos a mi propio caminar derrotado (pero entonces, a pesar de todo, todavía estaba convencido de poder encontrar, algún día, una salida). Vino luego un tiempo de silencio en el que pude sustraerme a la profunda depresión que me embargaba. Me vi entonces abocado a la resignación más absoluta. Y seguí caminando, sin fe, con indiferencia, en busca de alguna luz que me indicase el final del túnel, luz que, por otra parte, no esperaba hallar. En esa época, solía añorar las violentas embestidas del sol y la furia cortante de los agudos guijarros y
el asfixiante calor, porque ya el frío había penetrado hasta las más hondas profundidades de mi entraña. Pensé no ser sino una de aquellas pequeñas gotas de agua que resbalaban por las paredes, produciendo a veces destellos que semejaban una rendija de luz. Entonces, todos nos lanzábamos hacia allí para descubrir que no se trataba más que de eso: agua fluyendo de las hendeduras de la roca y burlándose, una vez más, de todos nosotros y de nuestros absurdos sueños de libertad. Porque éramos muchos los que vagábamos por el túnel en busca de esa hipotética salida en la que nadie creía realmente. Algunos habían vuelto sobre sus pasos tratando de encontrar el lugar por el que habían entrado, mas todos fracasaron en el intento (o quizá no, ¿cómo saberlo?). Al cabo de un tiempo, volvían a vagar junto a los otros, tan desorientados como cada uno de nosotros. Un hombre viejo (una sombra de voz apagada y caminar lento) me dijo en una ocasión que lo más importante era, precisamente, no desorientarse, seguir siempre una misma dirección. Basándose en la tesis de que "no hay túnel que no tenga, al menos, dos extremos", sostenía que alejándose siempre del que se utilizó para entrar, por fuerza ha de llegarse al otro. Aunque no se sabía de nadie que lo hubiese conseguido, esta máxima alentó mis pasos por un tiempo. Más
tarde, decidí aplicar el conocido teorema que dice que "viajando a mayor velocidad, el tiempo de recorrido es menor" teorema en el que nadie confía en exceso y que, como puede fácilmente comprenderse, no es aplicable en absoluto a nuestra actual condición. Finalmente, cansado por el frío,
desanimado por la larga soledad, comprendí que las teorías, aquí en el interior, no tienen el mismo sentido que afuera. ¿Quién puede afirmar que la longitud del túnel es fija, que no varía en función de cada individuo, del punto de entrada? ¿Cómo asegurar que existe una salida, si de todos los que
nos hallamos aquí, no hay uno solo que la haya visto? Podemos asegurar, eso sí, que hay una entrada (o muchas) o que alguna vez la hubo. Quizá ya no exista. Quizá estemos aislados para siempre del mundo exterior. Quizá no seamos sino el sueño de un neurótico. (¡Pero tiene que haber una salida!
Todas las voces la niegan. Todas excepto una, la más dulce, la más adorable de todas las voces. Ella me dice que sí, que hay una salida, que acaso esté lejos, que la busquemos juntos. Pero luego, la voz se va apagando hasta convertirse en un susurro que muy pronto deja de oírse y me pregunto si no vendrá de un sueño).
         Hace mucho, muchísimo tiempo que me hallo en el túnel. Las sensaciones me han abandonado. Apenas si soy capaz de sentir este frío intensísimo que siempre me acompaña. Mis pies caminan siempre en la misma dirección (aunque ¿cómo saber si esto es cierto? ¿cómo orientarse en medio de la oscuridad, de las sombras que van y vienen, de las voces preñadas de confusión?) pero ya no sé si lo hacen con lentitud o deprisa. Mi cerebro funciona cada vez más despacio y apenas tengo reflejos. Algunas veces,
pienso que si no me hubiera quedado dormido cuando entré en el túnel, si hubiera avanzado con decisión hacia el otro extremo, todo esto no hubiera llegado a suceder jamás, pero los demonios del sueño, sin duda, esperaban su oportunidad y la aprovecharon de la mejor manera, cerrando para siempre
todas las entradas y privándome así de la tan necesaria libertad que mi alma reclamaba y aún reclama desde esta implacable prisión de oscuridad. Sé que hubiese podido alcanzar el otro extremo antes de anochecer, pero ahora ya todo es inútil. Un pensamiento confuso borra otro no menos incomprensible.
Debe ser la noche eterna. Paso horas enteras quieto, apoyado en alguna de las paredes, con la vista fija en el vacío, con la mente en blanco y el corazón helado, preguntándome si llegaré a formar parte del túnel, si algún día seré una de las múltiples rocas que obstaculizan el paso. Porque ya no he de salir de aquí, me atormenta, obsesiva, la idea de que pude conseguirlo en otro tiempo si realmente lo hubiese deseado. Ahora sólo queda el tiempo que no se agota, el frío que no cesa. Y la voz que acaricia...



*de Sergio Borao Llop. sergiobllop@ yahoo.es
http://al-andar. blogspot. com   /    http://sbllop. blogia.com
LA VUELTA DEL LIDER*


 
Mi viejo tenía un quiosco frente a la estación de trenes. Era un quiosco construido de material, revocado y bien cubierto. Vendía, en ese entonces –1958-, un poco de todo: galletitas, girasol suelto con la medida de la latita de picadillos: llena 0.20 ctvs., culo de la lata: 0.10 ctvs., vino, cerveza, diarios, sandwiches, caramelos ...
El loco Díaz, personaje de ese Ceres, guarda del ferrocarril, se acercaba siempre a conversar o a pasar la tarde con mi viejo. Y lo ayudaba sin espera de compensaciones: era así.
La estación de Ceres, una de las grandes en el ramal del Mitre, era parada obligada de los trenes de pasajeros, sobre todo de los rápidos como la Estrella del Norte. Este venía de Tucumán y llegaba a Buenos Aires. Algo remoto y desconocido para mi y para muchos. Buenos Aires era una quimera, una caja de Pandora, una utopía, lo desconocido, el desafío, todo junto así se sentía.
Pero el Loco vivía en Ceres. Y no tenía pensado irse. Era su lugar. Su gente. Su trabajo. El mote de Loco no se lo había ganado gratuitamente. No. Era ingenioso y desopilante en sus acciones. Imagine: Argentina 1958, Perón, Madrid, Puerta de Hierro, represiones, fusilamientos en basurales, golpe militar fresquito en la conciencia de la gente. Y el Loco que le dice a mi padre: déme todos los diarios viejos, don Vicente. Tiene una pila ahí. Démelos a todos. Se los voy a sacar de encima.
Mi padre se los da. Ingenuamente. Como a quien le hace una gauchada. A la hora, parada de la Estrella del Norte. Los rostros cetrinos del altiplano bajaban por diez minutos. Se proveían de algunas cosas para otro trayecto del viaje. Mi padre los atendía en el quiosco. A veces, cuando podía desde mi altura, lo ayudaba. Eran como las 22  o 23 hs. y el Loco que sube al tren: ¡Diario! ¡Diario!, gritaba. ¡Volvió Perón! Noticia extra ¡Volvió Perón!.
Se lo sacaban de las manos a los diarios. ¡La vuelta de Perón!. Era un anhelo, un deseo enorme que no entraba en la geografía del país y este Loco diciendo que había vuelto. Los peones golondrinas, pasajeros obligados del tren, querían la primicia para sí. Vendió todos los diarios.
Se bajó corriendo del vagón, ya sin diarios en la mano. El tren daba su último pitazo y se iba. No daba tiempo. Queda para la imaginación saber los rostros, los puños en alto, las puteadas, las risas, el desengaño.
El Loco le dijo a mi viejo: Los vendí a todos. Yo le pago los quilos por diario viejo, el resto es para mí.
Y se fue a dormir.
*de Oscar Angel Agú   cachoagu58@yahoo. com.ar
la tía negra*
como que fuí el rolandito
para la tía negra
desde mí sobrinismo militante
daba gusto ser precisamente su sobrino
el hijo de su hermana
el primo de sus hijos
no es tan fácil como parece
posicionarse
ser el que se es
el que tocó ser
asumir el azar de la sangre
reconocernos en ese azar
y en esa militancia
*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo. com.ar
Betito*
*de Roberto Fontanarrosa
No, el Betito no. Cualquier otro que me digás sí, pero el Betito no. Que era quilombero sí, pero como todos. le gustaba joder, le gustaba ¿viste? cantar,  gritar, porque si no ¿pa' qué diablos vas a ir a la cancha? Pero no era un tipo como el Tato, tá mal del bocho y yo siempre se lo digo, Tato, algún día
te van a poné una quema y te van a hacé cagá, yo se lo digo. El Tato o el mismo Cabezón, viejo el cabezón va a la cancha y te lleva el inflador o te lleva una cadena, cuando no va con la honda. Ademá, ¡la puntería que tiene el guacho!, un día, un partido con Lanú me acuerdo, lo fajó en el bocho a un lineman que casi lo amasija, y el loco estaba lejo te digo, no era que le tiró al lao del alambrao, estaba bien lejo. pero el Betito no, el Betito venía con nosotros y armaba lío, tiraba bombas, bailaba...., ah eso sí,
¡cómo le gustaba bailar al desgraciado! Era un... qué sé yo... un firulete el loco... se retorcía... saltaba... una goma el loco... Me acuerdo una vez después de un partido contra Estudiante, nos fuimo desde la lancha hasta el centro caminando, a pata, meta conga conga conga... ¿viste? cantando...
conga conga conga... y el Betito, mirá no te miento, desde que salimo hasta que llegamo ¡bailando!, de no creerlo viejo, agarrado a la bandera, no dejó de bailar un minuto y decí que yo despué me trepé a una chatita y me piré a las casas y no lo vi má, pero vaya'saber hasta cuando siguió bailando. Pero te digo, el Betito no te iba a tirá una botella, ni un hondazo ni te iba a afaná algo cuando íbamo a Buenosaire ni nada deso. Te digo más, la última vez que fuimo a cancha de Colón más bien que se armó la podrida, ah viejo te dan como en la guerra, me acuerdo que ya afuera se nos vinieron encima y yo chapé un arbolito desos viste? recién plantados y le entré a dar con el árbol, lo revoleaba, mierda!, parecía un molinete, ¿vos sabes como caían los negro?, como monos. Y bueno, te digo, ah, el Betito se borró, pero se borró
se borró. Me acuerdo que estaba al lado mío y cuando empezaron las piña desapareció, no estaba ma, rajó el loco. Y te vi decir que hace bien, viste el fisiquito que tiene?, el fisiquito de hambreao que tiene?, adema es muy pendejo, a mí ese día me bajaron dos dientes, dos dientes de acá abajo, me
calzaron con un pedazo de baldosa desde no sé donde, porque ellos rajaron, se armó el quilombo, los fajamos y rajaron, pero uno tiró un baldosazo y me fajó en la jeta, justo justo en la jeta la puta que lo parió, hay que quemarles la cancha. Pero no, viste cómo son las cosas la liga el que menos
culpa tiene, si me decís el Tato o el Cabezón, bueno, se la tienen merecida, se la buscaron, me queré decir?, el Tato, el otro día, íbamo en el tren a cancha de Atlanta y cuando entrábamo a Buenosaire, viste que el tren pasa casi pegado a las casas?, los ranchera esos que hay, el Tato se asoma por la ventanilla y caza al vuelo nomás una jaula de un canario y se la pianta, vos sabe la vieja como gritaba?, corría al tren por el lado de la vía. Y el Tato después la tiró a la mierda a la jaula, pa' que cuerno la quería?, eso es al
divino pedo, é un daño al pedo, el Betito nunca hizo nada de eso, me acuerdo un día pasamo al lado de un coso que vendía empanada turca, pasamo todo como la langosta, en montón y no le dejamo ni una el Betito también caz una, tampoco era un gil y bueno, ¿y qué?, acaso el colorao Mistola no se chacó un
sobretodo recién en Retiro?, y bueno, viejo', el que e ciruja, la cirujea.
Pero además, te digo, el Betito era muy buen pibe, te juro, mirá, desde que la Chancha lo trajo a la barra nunca le conocí una fulería devera, nunca, ni una agachada, y eso que e pendejo, pero nunca che, no e botón, porque hay otros que son botone y te da en el forro, y se las arreglaba, la primera vez que viajó con nosotros cuando apareció el chancho uy que joda, cuando apareció el chancho se metió en el hueco este, viste?, el que queda cuando das vuelta el asiento de atrás con el respaldo del otro, y me acuerdo que llegábamo a bancalari y lo siento golpear, había estado como una hora, ¡qué sé yo el tiempo que había estado ahí el loco, metido, esperando que pasara el chancho! Qué lo parió, estaba contento, el otro día cuando el clú hizo la fiesta a los muchachos de la primera local, nosotros fuimos todos, ¿vos sabés cómo nos atendieron?, como señores, y el Betito fue también, vino el secretario del clú ¿viste? y nos dice muchachos quédense piola, no hagan quilombo que acá los vamos a atender bien, ¿y vó sabé cómo lastramo?, como leones, y mirá que había cada ñorse de esos empilchados como la gran flauta, no era una fiesta rea, y sin embargo a nosotro viejo nos atendieron.. . se pasaron... y el Betito fue y morfó como todos. Y, son las pocas satisfacciones que te puede dar el clú, viejo, decí la verdá, de veras, después de todo uno se va todos los domingos cuando el clú juega en Buenosaire o en La Plata y pone la jeta, y grita y se caga a trompadas para seguir al equipo, viejo, la camiseta, no é joda, eso hay que reconocerlo. Tá
bien que el clú a veces te tira algunas entradas pa revender o alguna changa, pero no é joda. El Horacio é paquetero, labura, o laburaba ahora no sé, pero laburaba con el Betito de paqueteros, bueno, ése, a ése, le faltan estos dos dedos, que se los voló una bomba que le reventó en la mano, ¿y eso, quién te lo garpa?, el choto te lo garpa, viejo, decí la verdá. y mirá, mirá vo el Betito. Y yo estaba, mirá yo debía estar como de aquí a la puerta aquella, a la del ñoba, más o menos, no lo veía al Betito, pero lo veía al
Zurdo questaba parado arriba de uno de los pilares esos contra las avalanchas, y el Betito siempre estaba con el Zurdo. Cuando se armó el lío, los monos empezaron a sacudir el alambrado para entrar a la cancha, a fajarlo a ese hijo de puta que el penal que nos cobró no tiene nombre, entonces la cana empezó con los gases... pero ¿qué habrá tirado? , ¿cuatro, cinco bombas?, eso es mala leche viejo, mala leche, le va y le revienta jusyo justo al lao de la cara, pero justo, mirá vo, justo. Un ojo directamente se lo hizo mierda, si vo vieras lo que era eso te revolvía las tripas y el otro casi también, qué sé yo, de uno seguro que no ve más y me decía el Pato que parece que le dijo el médico que del otro parece que seguro tampoco.
*Fuente: http://www.negrofon tanarrosa. com/publica/ cuentos/fp_ cn_t.asp? id=16
Obstáculo*
Deberías conocer la respuesta
entre avenidas de  asfalto alcantarillas
 y edificios sagrados
este cielo temblará y caerá
poblando el llano el ombú
de pájaros astrales
confundiendo las voces
y las letras
pregoneros de engaños tras engaño

después solo el alma de natura
desnuda inmaculada
el silencio del Verbo
gestando desde el Orden
una luz que cicatriza
a esa raza peregrina
de  sufrimientos
                   casi ad aeternum
o a esos pudientes sin tino
entre coronas de laureles efímeros
orgullosos de su ingeniería
prisioneros de sus ingestas pensantes
*de Victor M. Falco vittoriofa9@ hotmail.com
El zapallo que se hizo Cosmos*
Cuento del Crecimiento I
*Por Macedonio Fernández


Dedicado al señor Decano de una Facultad de Agronomía. ¿Le pondré "doctor", o "distinguido colega"? A lo mejor es abogado...



Erase un Zapallo creciendo solitario en ricas tierras del Chaco. Favorecido por una zona excepcional que le daba de todo, criado con libertad y sin la luz solar en condiciones óptimas, como una verdadera esperanza de la Vida.
Su historia íntima nos cuenta que iba alimentándose a expensas de las plantas más débiles de su contorno, darwinianamente; siento tener que decirlo, haciéndolo antipático. Pero la historia externa es la que nos interesa, ésa que solo podrían relatar los azorados habitantes del Chaco que iban a verse envueltos en la pulpa zapallar, absorbidos por sus poderosas raíces.
La primera noticia que se tuvo de su existencia fue la de los sonoros crujidos del simple natural crecimiento. Los primeros colonos que lo vieron habrían de espantarse, pues ya entonces pesaría varias toneladas y aumentaba de volumen instante a instante. Ya media legua de diámetro cuando llegaron
los primeros hacheros mandados por las autoridades para seccionarle el tronco, ya de doscientos metros de circunferencia; los obreros desistían más que por la fatiga de la labor por los ruidos espeluznantes de ciertos movimientos de equilibración, impuestos por la inestabilidad de su volumen que crecía por saltos.
Cundía el pavor. Es imposible ahora aproximársele porque se hace el vacío en su entorno, mientras las raíces imposibles de cortar siguen creciendo. En la desesperación de vérselo venir encima, se piensa en sujetarlo con cables. En vano. Comienza a divisarse desde Montevideo, desde donde se divisa pronto lo
irregular nuestro, como nosotros desde aquí observamos lo inestable de Europa. Ya se apresta a sorberse el Río de la Plata.
Como no hay tiempo de reunir una conferencia panamericana -Ginebra y las cancillerías europeas están advertidas- cada uno discurre y propone lo eficaz. ¿Lucha, conciliación, suscitación de un sentimiento piadoso en el Zapallo, súplica, armisticio? Se piensa en hacer crecer otro Zapallo en el Japón, mimándolo para apresurar al máximo su prosperidad, hasta que se encuentren y se entredestruyan, sin que, empero, ninguno sobrezapalle al otro. ¿Y el ejército?
Opiniones de los científicos; qué pensaron los niños, encantados seguramente; emociones de las señoras; indignación de un procurador; entusiasmo de un agrimensor y de un toma-medidas de sastrería; indumentaria para el Zapallo; una cocinera que se le planta delante y lo examina, retirándose una legua por día; un serrucho que siente su nada; ¿y Einstein?; frente a la facultad de medicina alguien que insinúa: ¿Purgarlo? Todas estas primeras chanzas habían cesado. Llegaba demasiado urgente el momento en que lo que más convenía era mudarse adentro. Bastante ridículo y humillante es el meterse en él con precipitación, aunque se olvide el reloj o el sombrero en alguna parte y apagando previamente el cigarrillo, porque ya no va quedando mundo fuera del Zapallo.


A medida que crece es más rápido su ritmo de dilatación; no bien es una cosa ya es otra: no ha alcanzado la figura de un buque que ya parece una isla.
Sus poros ya tienen cinco metros de diámetro, ya veinte, ya cincuenta.
Parece presentir que todavía el Cosmos podría producir un cataclismo para perderlo, un maremoto o una hendidura de América. ¿No preferirá, por amor propio, estallar, astillarse, antes de ser metido dentro de un Zapallo? Para verlo crecer volamos en avión; es una cordillera flotando sobre el mar. Los
hombres son absorbidos como moscas; los coreanos, en la antípoda, se santiguan y saben que su suerte es cuestión de horas.
El Cosmos desata, en el paroxismo, el combate final. Despeña formidables tempestades, radiaciones insospechadas, temblores de tierra, quizás reservados desde u origen por si tuviera que luchar con otro mundo.
"¡Cuidaos de toda célula que ande cerca de vosotros! ¡Basta que una de ellas encuentre su todo-comodidad de vivir!" ¿Por qué no se nos advirtió? El alma de cada célula dice despacito: "yo quiero apoderarme de todo el 'stock', de toda la 'existencia en plaza' de Materia, llenar el espacio y, tal vez, con espacios siderales; yo puedo ser el Individuo-Universo, la Persona Inmortal del Mundo, el latido único". Nosotros no la escuchamos ¡y nos hallamos en la inminencia de un Mundo de Zapallo, con los hombres, las ciudades y las almas dentro!
¿Qué puede herirlo ya? Es cuestión de que el Zapallo se sirva sus últimos apetitos, para su sosiego final. Apenas le falta Australia y Polinesia.
Perros que no vivían más de quince años, zapallos que apenas resistían uno y hombres que rara vez llegaban a los cien... ¡Así es la sorpresa! Decíamos: es un monstruo que no puede durar. Y aquí nos tenéis adentro. ¿Nacer y morir para nacer y morir? Se habrá dicho el Zapallo: ¡oh, ya no! El escorpión, que
cuando se pica a sí mismo y se aniquila, parte al instante al depósito de la vida escorpiónica para su nueva esperanza de perduración; se envenena sólo para que le den vida nueva. ¿Por qué no configurar el Escorpión, el Pino, la Lombriz, el Hombre, la Cigüeña, el Ruiseñor la Hiedra, inmortales? Y por
sobre todos el Zapallo, Personación del Cosmos; con los jugadores de póker viendo tranquilamente y alternando los enamorados, todo en el espacio diáfano y unitario del Zapallo.
Practicamos sinceramente la Metafísica Cucurbitácea. Nos convencimos de que, dada la relatividad de las magnitudes todas, nadie de nosotros sabrá nunca si vive o no dentro de un zapallo y hasta dentro de un ataúd y si no seremos células del Plasma Inmortal. Tenía que suceder: Totalidad todo Interna.
Limitada, Inmóvil (sin Traslación), sin Relación, por ello Sin Muerte.
Parece que en estos últimos momentos, según coincidencia de signos, el Zapallo se alista para conquistar no ya la pobre Tierra, sino la Creación.
Al parecer, prepara su desafío contra la Vía Láctea. Días más, y el Zapallo será el Ser, la Realidad y su Cáscara.


 
(El Zapallo me ha permitido que para vosotros -queridos cofrades de la Zapallería- yo escriba mal y pobre su leyenda e historia. Vivimos en ese mundo que todos sabíamos pero todo en cáscara ahora, con relaciones solo internas y, sí, sin muerte. Esto es mejor que antes).

 
*Macedonio Fernández (Buenos Aires, 1874-1952)
-Fuente: http://www.cafedela sciudades. com.ar/cultura_ 55.htm
IMPENSADOR MUCHO*



  
  ¿Es Macedonio Fernández un escritor o un filósofo? Quién sabe, se escribieron tesis y se reunieron en un libro, los escritores llegaron a Santa Fe, pusieron los ejemplares en una mesita, nos convocaron a
escucharlos en un ambiente mágico.
    El bar Tokio norte es un bar de los que fueron, de esos que estuvieron cuando la plaza España tenía una fuente con una mujer de blanca belleza, que se bañaba impúdica a la luz de las parpadeantes estrellas. Esa mujer en su fuente seca ahora tiene los estragos de la enfermedad de la violencia, esa
violencia que destruye las estatuas y los bancos de listones de madera. Y desde la vereda de enfrente, dialoga la blanca mujer con los muros del bar en las blancas madrugadas.
    En el bar perdura la calidez del tiempo estancado. En el bar, el techo se pierde en las alturas, las paredes se descascaran, el espejo de bordes biselados duplica el tiempo cúbico. Las columnas sostienen en sus repisas los antiguos ventiladores atados para el verano, y simula calefacción con garrafita y pantalla, apenas suficiente en tan grande lugar para que el gato acostado en una silla haga más placentero su entresueño. Falta el perro de tres patas, que la dueña trae en un changuito por las mañanas.
    Tres mesas, una de billar y las otras arregladas para ser de pool ocupan la mayor parte del salón. Alrededor, las baldosas gastadas señalan el lugar por donde evolucionaron y evolucionan los jugadores.
    ¿Es, Macedonio, un filósofo? Los jugadores de pool y billar hacen chocar las bolas mientras los escritores se inquieren tal sutileza, acaso innecesaria. Ellos, danzando en torno al campo verde, realizan también movimientos exactos pero de difícil traducción para quien no domina las reglas. Fuman, toman cerveza, un hombre apoya hábilmente el cigarrillo en el borde de la mesa con la brasa hacia fuera. No dañarán el tapete. Los escritores hablan haciendo chocar las palabras con golpes de taco.
    El libro presentado es "Impensador mucho", yo miento que es obra de los jóvenes ese título, pienso en la manía decontructivista de hace unos años, pero no. Macedonio usaba ese nombre para sí, anticipándose a la destrucción del lenguaje, o construyendo de esa forma en que las palabras rebotan una contra la otra para formar una nueva figura. Los escritores hablan, los jugadores anotan con tiza los aciertos en su pizarra. Palabras y bolas se ordenan y desordenan, cada jugador está abstraído en su propio campo. Las realidades forman un estrato de interés entre el juego, las ideas, el gato y un niñito que se empeña en alcanzar una guitarra esperando en el suelo o al propio gato, sus niveles coinciden. El nene se lanza hacia la guitarra, es atrapado por su madre antes de llegar, vuelve a lanzarse festivamente. Vemos
lo que está a la altura de nuestros ojos y eso es lo que tratamos de alcanzar.
    Jugadores, niño guitarra y gato, disertantes. Realidades paralelas donde se danza en sonidos y se trazan misteriosos derroteros efímeros. Macedonio con los jugadores, claro, pensando para sí y haciendo seguramente alguna observación irónica o desconcertante, seguramente apartado y observador, anotando, siempre para sí, las figuras que dibuja el movimiento de las bolas en secreta combinación con las palabras, teniendo en cuenta el tiempo, el lugar, la amarilla mirada del gato, el entusiasmo del niñito. Y, dentro de su discurso, pesará también el baño pasando el patio, donde subsiste la letrina de porcelana velada por la bombilla mortecina. No se ve el baño desde el salón, pero lo tiñe de melancolía y es importante al final del juego.
    ¿Es Macedonio un filósofo? Daniel Attala dice que sí. Diego Vecchio que no. Anotan en tiza las razones para que su tesis sea la correcta, golpean las ideas unas contra las otras para que entren en los bolsillos de la mesa, los jugadores pronuncian sus jugadas límpidas como ideas sin expresión verbal, el gato vive un momento eterno mientras el niño ignora por completo lo que es hoy, mañana, filosofía y razonamiento. Conviviendo todos los nosotros que éramos por un rato en el bar Tokio norte, tan lejos de Japón, reunidos como las bolas de marfil sobre el tapete de esta llanura que se hace convexa para dar la vuelta y formar el mundo, suspendido en un universo incognoscible.
    Fernando Callero interpreta tres canciones. Nos vamos.
*de Mónica Russomanno.  russomannomonica@ hotmail.com

 
*
Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social.  El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).
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A 55 años del fallecimiento de Evita, /La Máquina de Escribir

A 55 años del fallecimiento de Evita, /La Máquina de Escribir

María Eva (Ignacio Copani)

María Eva nació en Los Toldos,
no en un estudio de filmación,
supo beber del dolor de todos,
no sólo cuando se alzó un telón.
Eva no es un cuento, no respeta un guión...
María Eva nació en Los Toldos...
Evita en nuestro corazón.
María Eva se fue en invierno...
Julio de un negro cincuenta y dos...
Arden los ojos de los más buenos,
lloran por Eva, niegan su adiós.
No regala un pueblo... tanta devoción.
María Eva se fue en invierno... Evita no.
Qué sabe un coreógrafo en Londres de esta historia...
Qué sabe del beso que esconde nuestra memoria...
De los abrazos descamisados,
de un país sembrado de dignidad...
Semilla de Evita que un día florecerá.
María Eva nació en Los Toldos,
no en una Opera de ficción,
después Evita en los barrios rotos,
por cada fábrica renació.
Eva no es un cuento... Es revolución.
María Eva nació en Los Toldos... Evita en vos.
Qué sabe un coreógrafo en Londres de esta historia...
Qué sabe del beso que esconde nuestra memoria...
De los destierros, de los agravios,
de los hermanos que hoy no están,
por ir tras su huella y sus pasos de libertad.
Dame el sol de tu ternura... enseñame a no aflojar ...
Soy uno entre millones, en los que vuelve Eva
y sus razones una vez más.
Tu privilegiado fui... Me diste un tiempo feliz
y leyes para seguir...
Yo... después del año dos mil, aunque no te conocí,
te quiero desde que nací.
Qué sabe la crítica en Broadway de esta historia...
Del verso y la música que honran nuestra memoria...
Las marquesinas y las vidrieras, un día brillan, otro no están...
En mi país la bandera de Eva es inmortal.
Clik para ver el video completo

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Contacto: Luciano Sposari (Producción): 15-6202-2121 // 4904-0827
luciano@copani.com.ar

Revista-- La máquina de Escribir.

La Máquina de Escribir.52
ESPACIO LITERARIO VIRTUAL FUNDADO Y DIRIGIDO POR ANÍBAL JORGE SCIORRA
Buenos Aires, Argentina, Agosto de 2007 - Nº 52
Blog:
http://lamaqdeescribir.blogspot.com/                           
Correo electrónico:
lamaquinaliteraria@gmail.com

Por siempre Fontanarrosa
Alfredo Palacio: La poesía de Cortázar
Alejandra Dening: De los papeluchos y el blog al libro impreso
María Eugenia Caseiro: Breve presentación del poemario de Elizabet Cincotta
Alejandra Merello: De nada, casi todo
Cristina Villanueva: Desde el jardín de invierno
Un cuento de Sandra Comino: "Velorio de campo"
Mónica Russomanno: El botánico
Miriam Cairo: Agonías recurrentes
Rolando Revagliatti: Artista
Sandra Russo: Galaxia Galeano
Juan Carlos Onetti: Decálogo más uno, para principiantes
Villa Links

"Para el sabio no existe la riqueza. Para el virtuoso no existe el poder. Y para el poderoso no existen ni el sabio ni el virtuoso"
Roberto Fontanarrosa


Por siempre Fontanarrosa
Rescate de un reportaje realizado en 2004 antes de aparecer uno de sus últimos libros

Por Verónica Abdala
 El debut de Roberto Fontanarrosa como humorista gráfico fue casi accidental. En realidad, el "Negro" había sido contratado como dibujante por la revista rosarina Boom para ilustrar las tapas, pero a falta de humorista, le sumaron esa tarea también a él. Así fue que en 1968, año del Mayo francés y el asesinato de Martin Luther King, en plena dictadura de Juan Carlos Onganía y luego de la "Noche de los bastones largos", apareció su primer chiste publicado. En él, un policía muestra su bastón manchado de rojo-sangre y dice "No hay ninguna duda, eran comunistas". Casi cuatro décadas después, Fontanarrosa es reconocido como uno de los grandes nombres de la historia del humor gráfico argentino y además se ha convertido en un escritor de culto, por una obra extremadamente original, en la que conjuga la parodia, la creación de arquetipos y el costumbrismo con un humor inteligente y popular.
De cara al nuevo año, Fontanarrosa reflexiona: "Soy un optimista moderado, creo que la Argentina se recupera de a poco. La tendencia, aunque todavía con enormes dificultades, es ampliamente superadora, no puede compararse con lo que tuvimos hasta ahora. Kirchner fue una agradable sorpresa para mí". Entre las "enormes dificultades" a las que se refiere reconoce dos como las más urgentes: la desocupación y la inseguridad. Precisamente este tema es el que dio pie a su último libro, que acaba de aparecer por Ediciones de la Flor.
"El libro estaba listo antes de la devaluación", cuenta en diálogo con Página/12. "Lo más llamativo y alarmante es que desde entonces hasta acá no haya perdido vigencia. Y que se haya instalado como tema con tanta naturalidad."
–¿Qué varió en este lapso?...
–Hace un par de años, por ejemplo, no se podría haber bromeado con tanta soltura sobre el tema de los desarmaderos o de las conexiones entre ciertos sectores de la policía con el delito. Ahora sin embargo, yo sé que cuento con la complicidad del lector, sé que estamos hablando en ese caso, casi de un lugar común, de una que sabemos todos... Lo cierto es que los argentinos tenemos la sensación de que estamos cada vez más indefensos, la verdad.
–¿Cuál es el papel que juegan los medios en el hecho de haber instalado la inseguridad como tema? ¿El periodismo llega a regodearse con este tipo de cuestiones?
–A veces sí, eso también es verdad. Hay medios que magnifican las cosas, que hacen periodismo a partir de lo que más vende y, como suele decirse, las buenas noticias no lo son tanto. Aunque también es verdad que estamos atravesando un momento muy difícil en este sentido y que lo sufren más las grandes ciudades como Buenos Aires. En las más chicas como Rosario, todavía nos sentimos relativamente a salvo.
–¿La decisión de hacer humor a partir de este tema fue espontánea, producto del material que aportaba la actualidad, o fue premeditada?
–Los temas surgen espontáneamente desde el momento en que uno sigue la noticia. Hay pocas cosas más graciosas que la realidad, basta con abrir un diario para darse cuenta.
–Pero hay límites...
–Por supuesto, nunca me atrevería a hacer humor sobre las mutilaciones de los secuestrados, por ejemplo. Algunos bordes son demasiado tétricos... Los límites entre lo que puede llegar a causar gracia y lo que te conduce a una cara de asco o terror a veces son difusos, pero no se los puede pasar por alto. Sería gravísimo nutrirse de lo que causa semejante dolor a otros para pretender hacer reír.
Cuando tiene que llenar un formulario, Fontanarrosa se define como "dibujante", aunque en la intimidad cree ser, en realidad, "un tipo al que le gusta contar historias, sin que importe demasiado el soporte ni el género a utilizar". Es, acepta, un hombre rutinario y poco demostrativo en el plano de los afectos. Le hubiese gustado ser jugador de fútbol –más de una vez se soñó jugando en la primera de Rosario Central–, aunque entre sus sueños incumplidos también mide alto la fantasía de haber noviado con la actriz francesa Jacqueline Bisset o la estadounidense Kim Bassinger.
–La ficción, ¿también tiene límites?
–Son muchas menos, creo. No hay límite de espacio, ni de tiempo, cuando escribo cuentos. Los temas son todos los posibles, además. Las limitaciones tienen que ver en todo caso con las personales, con lo que uno es o no es capaz de hacer frente a la computadora o el papel.
–En el caso de su literatura, ¿es también la parodia el elemento a partir del que se estructura la ficción?
–En buena parte de mis textos, sí. La parodia siempre me resultó más fácil que cualquier otra cosa, desde el momento en que puedo hacer pie en un modelo de autor o de género para distorsionar. Ocurre que también este recurso impone un límite, llega un momento en que uno tiene que ser capaz de construir un estilo propio, algo que decir al margen de lo que otros han hecho o la forma que han elegido para escribir... Ahí la cosa se pone más árida. De manera es que siempre es más fácil la parodia, que yo prefiero no pensar en términos de plagio sino de franco homenaje a un modelo o un autor.
–¿Suele parodiar a los escritores que admira?
–Prefiero copiar a los que me gusta leer, los que de algún modo me han marcado. Aunque también he hecho parodia de los best-sellers en mis novelas...
–Mencione, por favor, dos de sus principales influencias, en el campo de la historieta y en el de la ficción.
–Hugo Pratt para hacer historieta, Oesterheld para casi todo lo demás. Y los narradores norteamericanos clásicos, con un estilo fuertemente periodístico, como Ernest Hemingway, Salinger, Truman Capote, Norman Mailer. Tipos así.
 
Fuente: Diario "Página/12"
www.pagina12.com.ar
Página oficial de Roberto Fontanarrosa:
http://www.negrofontanarrosa.com/main.htm

 


El poeta Alfredo Palacio presentó en "Mirá lo que quedó"
La poesía de Cortázar

La idea es descubrir poesía en su prosa, como asimismo introducirnos en el Julio Cortázar poeta, faceta de importancia opacada por su relevante obra narrativa.
 
Como dice OMAR PREGO GADEA en su libro "LA FASCINACIÓN DE LAS PALABRAS"  (Alfaguara, 1997) de conversaciones con Julio Cortázar, la poesía fue una fuente que jamás dejó de correr de manera subterránea a lo largo de toda su obra.
 
De niño tenía preferencia por la poesía rimada, el soneto y el endecasílabo.
Y escribía poemas perfectamente medidos y de rimas impecables, más allá de las temáticas románticas acordes a aquella edad (alrededor de sus 9 años), hacia imaginados amores infantiles que podían ser alguna amiguita, alguna maestra, el patio de su casa, alguna querida tía, objetos diversos, etc.
Su madre siempre sospechó que los copiaba, sin poder creer aquella capacidad de Julio a tan temprana edad.
 
En la Universidad de Cuyo, Mendoza, en su cátedra de literatura, se centró con especial interés en el romanticismo ingles (Blake, Shelley, Keats) como asimismo en los alemanes como Hölderlin y Rilke.
 
Una frase suya que marca esta influencia es "la escritura es una operación musical", y asignaba a la poesía esa música que sentía como latido dentro de ella o como basamento de su narrativa, siendo que también admitía que buena parte de sus cuentos más logrados fueron producto de sueños.
 
También es conocida su afición por el jazz, tan bien retratada en su cuento "El Perseguidor"., siendo entonces la música una clave más que importante en su creación. Uno de sus músicos de jazz admirados era el gran Charlie Parker.
 
Se consideraba un músico frustrado como ejecutante, pero todo lo contrario como un gran melómano, casi hasta lo obsesivo. Y sentía que esa nostalgia por la música la había llevado de alguna manera a la escritura, en la prosa a través del ritmo.
 
Y en cuanto a la melodía, como el otro elemento de la música, sentía que con ella era en la poesía donde buscaba compensar su frustración como músico.
 
Decía Cortazar, ya largamente consagrado y a poco tiempo de morir:

                                                                                                                     "sí, es cierto, a mí me da un poco de pena tener que admitir ahora que la poesía siempre fue en mi caso una actividad un poco vergonzante, que nunca la mostré, o la mostré muy poco".
 
 
 
de "RAYUELA"  capítulo 7
Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.
 
Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.
 
 
 
de "62 MODELO PARA ARMAR"
Los amantes
 
¿Quién los ve andar por la ciudad
si todos están ciegos?
Ellos se toman de la mano: algo habla
entre sus dedos, lenguas dulces
lamen la húmeda palma, corren por las falanges,
y arriba está la noche llena de ojos.
Son los amantes, su isla flota a la deriva
hacia muertes de césped, hacia puertos
que se abren entre sábanas.
Todo se desordena a través de ellos,
todo encuentra su cifra escamoteada;
pero ellos ni siquiera saben
que mientras ruedan en su amarga arena
hay una pausa en la obra de la nada,
el tigre es un jardín que juega.
Amanece en los carros de basura,
empiezan a salir los ciegos,
el ministerio abre sus puertas.
Los amantes rendidos se miran y se tocan
una vez más antes de oler el día.
                                            Ya están vestidos, ya se van por la calle.
Y es sólo entonces
cuando están muertos, cuando están vestidos,
que la ciudad los recupera hipócrita
y les impone los deberes cotidianos 
 
 
 
de "Salvo el Crepúsculo"
 
La lenta máquina del desamor...
 
La lenta máquina del desamor,
los engranajes del reflujo,
los cuerpos que abandonan las almohadas,
las sábanas, los besos,
y de pie ante el espejo interrogándose
cada uno a sí mismo,
ya no mirándose entre ellos,
ya no desnudos para el otro,
ya no te amo,
mi amor.
 
 
 
 
POEMA  
 
Te amo por ceja, por cabello, te debato en corredores
blanquísimos donde se juegan las fuentes de la luz.
Te discuto a cada nombre, te arranco con delicadeza de cicatriz.
Voy poniéndote en el pelo cenizas de relámpago y cintas que dormían en la lluvia.
No quiero que tengas una forma, que seas precisamente lo que viene detrás
de tu mano;
porque el agua, considera el agua, los leones cuando se disuelven en el azúcar de la fábula;
y los gestos, esa arquitectura de la nada,
encendiendo lámparas a mitad del encuentro.
Toda mañana es la pizarra donde invento y te dibujo;
pronto a borrarte, así no eres, ni tampoco con ese pelo lacio,
esa sonrisa.
Busco tu suma, al borde de la copa donde el vino es también la luna y el espejo,
busco esa línea que hace temblar a un hombre en una galería de museo.
Además, te quiero, y hace tiempo y frío.
 
 
 
 
 
de "RAYUELA" capítulo 73 
 
Sí, pero quién nos curará del fuego sordo, del fuego sin color que corre al anochecer por la rue de la Huchette, saliendo de los portales carcomidos, de los parvos zaguanes, del fuego sin imagen que lame las piedras y acecha en los vanos de las puertas, cómo haremos para lavarnos de su quemadura dulce que prosigue, que se aposenta para durar aliada al tiempo y al recuerdo, a las sustancias pegajosas que nos retienen de este lado, y que nos arderá dulcemente hasta calcinamos.  Entonces es mejor pactar como los gatos y los musgos, trabar amistad inmediata con las porteras de roncas voces, con las criaturas pálidas y sufrientes que acechan en las ventanas jugando con una rama seca.  Ardiendo así sin tregua, soportando la quemadura central que avanza como la madurez paulatina en el fruto, ser el pulso de una hoguera en esta maraña de piedra interminable, caminar por las noches de nuestra vida con la obediencia de la sangre en su circuito ciego.
Cuántas veces me pregunto si esto no es más que escritura, en un tiempo en que corremos al engaño entre ecuaciones infalibles y máquinas de conformismos.  Pero preguntarse si sabremos encontrar el otro lado de la costumbre o si más vale dejarse llevar por su alegre cibernética, ¿no será otra vez literatura?
Todo es escritura, es decir fábula.  ¿Pero de qué nos sirve la verdad que tranquiliza al propietario honesto?  Nuestra verdad posible tiene que ser invención, es decir escritura, literatura, pintura, escultura, agricultura, piscicultura, todas las turas de este mundo.
Ardemos en nuestra obra, fabuloso honor mortal, alto desafío del fénix.
 
 
 
 
de "Salvo el Crepúsculo"
 
PARA LEER EN FORMA INTERROGATIVA

 
Has visto,
verdaderamente has visto
la nieve, los astros, los pasos afelpados de la brisa...
Has tocado,
de verdad has tocado
el plato, el pan, la cara de esa mujer que tanto amás...
Has vivido
como un golpe en la frente,
el instante, el jadeo, la caída, la fuga...
Has sabido
con cada poro de la piel, sabido
que tus ojos, tus manos, tu sexo, tu blando corazón,
había que tirarlos
había que llorarlos
había que inventarlos otra vez.
 
 
HAPPY NEW YEAR
 
Mira, no pido mucho,
solamente tu mano, tenerla
como un sapito que duerme así contento.
Necesito esa puerta que me dabas
para entrar a tu mundo, ese trocito
de azúcar verde, de redondo alegre.
¿No me prestás tu mano en esta noche
de fìn de año de lechuzas roncas?
No puedes, por razones técnicas.
Entonces la tramo en el aire, urdiendo cada dedo,
el durazno sedoso de la palma
y el dorso, ese país de azules árboles.
Así la tomo y la sostengo,
como si de ello dependiera
muchísimo del mundo,
la sucesión de las cuatro estaciones,
el canto de los gallos, el amor de los hombres.
 
 
 
 
 
de  "62 MODELO PARA ARMAR"
 
Entro de noche a mi ciudad, yo bajo a mi ciudad
donde me esperan o me duelen, donde tengo que huir
de alguna abominable cita, de lo que ya no tiene nombre,
una cita con dedos, con pedazos de carne en un armario,
con una ducha que no encuentro, en mi ciudad hay duchas,
hay un canal que corta por el medio mi ciudad
y navío enormes sin mástiles pasan en un silencio intolerable
hacia un destino que conozco pero que olvido al regresar,
hacia un destino que niega mi ciudad
donde nadie se embarca, donde se está para quedarse
aunque los barcos pasen y desde el liso puente alguno esté mirando mi ciudad.
 
Entro sin saber cómo en mi ciudad, a veces otras noches
salgo a calles o casas y sé que no es mi ciudad,
mi ciudad la conozco por una expectativa agazapada,
algo que no es el miedo todavía pero tiene su forma y su perro y cuando es mi ciudad
sé que primero habrá el mercado con portales y con tiendas de frutas,
los rieles relucientes de un tranvía que se pierde hacia un rumbo
donde fui joven pero no en mi ciudad, un barrio como el Once en Buenos Aires, un olor a colegio,
paredones tranquilos y un blanco cenotafio, la calle Veinticuatro de Noviembre
quizás, donde no hay cenotafios pero está en mi ciudad cuando es su noche.
 
Entro por el mercado que condensa el relente de un presagio
indiferente todavía, amenaza benévola, allí me miran las fruteras
y me emplazan, plantan en mí el deseo, llegar adonde es necesario y podredumbre,
lo podrido es la llave secreta en mi ciudad, una fecal industria de jazmines de cera,
la calle que serpea, que me lleva al encuentro con eso que no sé,
las caras de las pescaderas, sus ojos que no miran y es el emplazamiento,
y entonces el hotel, el de esta noche porque mañana o algún día será otro,
mi ciudad es hoteles infinitos y siempre el mismo hotel,
verandas tropicales de cañas y persianas y vagos mosquiteros y un olor a canela y azafrán,
habitaciones que se siguen con sus empapelados claros, sus sillones de mimbre
y los ventiladores en un cielo rosa, con puertas que no dan nada,
que dan a otras habitaciones donde hay ventiladores y más puertas,
eslabones secretos de la cita, y hay que entrar y seguir por el hotel desierto
y a veces es un ascensor, en mi ciudad hay tantos ascensores, hay casi siempre un ascensor
donde el miedo ya empieza a coagularse, pero otras veces estará vacío,
cuando es peor están vacíos y yo debo viajar interminablemente
hasta que cesa de subir y se desliza horizontal, en mi ciudad
los ascensores como cajas de vidrio que avanzan en zig-zag
cruzan puentes cubiertos entre dos edificios y abajo se abre la ciudad y crece el vértigo
porque entraré otra vez en el hotel o en las deshabitadas galerías de algo
que ya no es el hotel, la mansión infinita a la que llevan
todos los ascensores y las puertas, todas las galerías,
y hay que salir del ascensor y buscar una ducha o un retrete
porque sí, sinrazones, porque la cita es una ducha o un retrete y no es la cita,
buscar la dicha en calzoncillos, con un jabón y un peine
pero siempre sin toalla, hay que encontrar la toalla y el retrete,
mi ciudad es retretes incontables, sucios, con portezuelas de mirillas
sin cerrojos, apestando a amoníaco, y las duchas
están en una misma enorme cuadra con el piso mugriento
y una circulación de gentes que no tienen figura pero que están ahí
en las duchas, llenando los retretes donde también están as duchas,
donde debo bañarme pero no hay toallas y no hay
donde posar el peine y el jabón, donde dejar la ropa, porque a veces
estoy vestido en mi ciudad y después de la ducha iré a la cita,
andaré por la calle de las altas aceras, una calle que existe en mi ciudad
y que sale hacia el campo, me aleja del canal y los tranvías
y por sus torpes aceras de ladrillos gastados y sus setos,
sus encuentros hostiles, sus caballos fantasmas y su olor de desgracia.
 
Entonces andaré por mi ciudad y entraré en el hotel
y del hotel saldré a la zona de los retretes rezumantes de orín y de excremento,
o contigo estaré, amor mío, porque contigo yo he bajado alguna vez a mi ciudad
y en un tranvía espeso de ajenos pasajeros sin figura he comprendido
que la abominación se aproximaba, que iba a ocurrir el Perro, y he querido
tenerte contra mí, guardarte del espanto,
pero nos separan tantos cuerpos, y cuando te obligaban a bajar entre un confuso movimiento
no he podido seguirte, he luchado con la goma insidiosa de solapas y caras,
con una guarda impasible y la velocidad y campanillas,
hasta arrancarme en una esquina y saltar y estar solo en una plaza del crepúsculo
y saber que gritabas y gritabas perdida en mi ciudad, tan cerca e inhallable,
pero siempre perdida en mi ciudad, y eso era el Perro era la cita,
inapelablemente era la cita, separados por siempre en mi ciudad donde
no habría hoteles para ti ni ascensores ni duchas, un horror de estar sola mientras alguien
se acercaría sin hablar para apoyarte un dedo pálido en la boca.
O la variante, estar mirando mi ciudad desde la borda
del navío sin mástiles que atraviesa el canal, un silencio de arañas
y un suspendido deslizarse hacia ese rumbo que no alcanzaremos
porque en algún momento ya no hay barco, todo es andén y equivocados trenes,
las perdidas maletas, las innúmeras vías
y los trenes inmóviles que bruscamente se desplazan y ya no es andén,
hay que cruzar para encontrar el tren y las maletas se han perdido
y nadie sabe nada, todo es olor a brea y a uniformes de guardas impasibles
hasta trepar a ese vagón que va a salir, y recorrer un tren que no termina nunca
donde la gente apelmazada duerme en las habitaciones de fatigados muebles,
con cortinas oscuras y una respiración de polvo y de cerveza,
y habrá que andar hasta el final del tren porque en alguna parte hay que encontrarse,
sin que se sepa quién, la cita era con alguien que no se sabe y se ha perdido las maletas
y tú, de tiempo en tiempo, estás también en la estación pero tu tren
es otro tren, tu Perro es otro Perro, no nos encontraremos, amor mío,
te perderé otra vez en el tranvía o en el tren, en calzoncillos correré
por entre gentes apiñadas y durmiendo en los compartimientos donde una luz violeta
ciega los polvorientos paños, las cortinas que ocultan mi ciudad.
 
ALFREDO PALACIO
© 2007
 
Bibliografía:
• "La Fascinación de las Palabras" – Conversaciones con Julio Cortazar  (Omar Prego Gadea, Alfaguara, 1997)
• "La Vuelta al Día en 80 Mundos" – Julio Cortázar
• "62 Modelo para Armar" – Julio Cortázar
• "Ultimo Round" – Julio Cortázar
• "Rayuela" – Julio Cortázar
• "Salvo el Crepúsculo" – Julio Cortazar
•  Artículos y crónicas diversas gentileza de Alicia Grinbank
•  Archivos de voz de Julio Cortázar gentileza de Sebastián Attie
 
Presentado en el Café Literario "Mirá lo que quedó" el 18/07/07 en Buenos Aires, Argentina
Enviado por Rolando Revagliatti
revadans@yahoo.com.ar

 

La poesía de Alejandra Dening
De los papeluchos y el blog al libro impreso

Alejandra Dening nació en la Ciudad de Buenos Aires, el 14 de diciembre de 1975. A los 11 años de edad, comenzó a escribir como una forma de reflexionar acerca del sentido de la vida. Esporádicamente, sobre todo en la adolescencia, estos escritos fueron tomando forma de poesía. Desde los 25 años trabaja de forma independiente como creativa en comunicación. A los 28 años se graduó de Consultora Psicológica.
Sorpresivamente, en febrero de 2007, a los 31 años, su dimensión poética -suspendida mientras trabajaba y estudiaba- eclosionó en la escritura de una larga serie de poemas surgidos en poco tiempo. Comenzó a difundirlos gratuitamente a través de su blog ( www.aledening.com.ar/blog) y de sus "Papeluchos Poéticos" de aparición mensual, distribuido en el Centro Cultural La Paternal y en eventos.
Una selección de 106 poemas conforman su primer libro, de próxima aparición bajo el sello "Ediciones del Dock".
A continuación publicamos algunos de ellos:


CIUDAD DE CANTEROS

Árboles,
en un cuadrilátero estético
peleando por su vida.


MARGINADOS

La tinta de la topadora
escribe su historia
dejando un margen
demasiado grande.

 

DECISIÓN

Hoy,
petrifico mi inconsciente
para poder andar por la vida.

 

ESPERANZA

Esperanza,
inocencia desesperada
frente al preludio de lo imposible.


MARKETING

Tres grandes collares
para ocultar pequeños senos.


NEUROSIS

Él,
andaba con los pies enchuecados
de tanto pelearle al destino.

SENSACIÓN

Voy camino al matadero
a la inquisición
al juicio
al remate
al circo
al horno
al psicólogo.


VERSO LIBRE

Las emociones fluyen
cuando las palabras se traban.
Pero bueno,
el verso -por fin- es libre.


SAL

¿Me llegará la sal de la vida,
cuando mis mares de lágrimas por fin se sequen?


Alejandra Dening
aledening@gmail.com
www.aledening.com.ar/blog

 

Breve presentación del poemario Bordando la despedida de Elisabet Cincotta

Por María Eugenia Caseiro

"Para Mariú, mi hermana del corazón, la dulce amiga que creyó en mí y me dio sus fuerzas para seguir en el camino..."

     Con esa dedicatoria que ella ha colocado allí para que nos sobreviva a nosotras, no a la amistad, ha arribado hoy el poemario Bordando la despedida de Elisabet Cincotta. Leerlo es como dejarse llevar por la música interior y la nostalgia de la autora que construye versos como ese que da nombre al poemario y que nos pone puntadas de color de ausencias sobre el lienzo "que encierra más que una vida" y donde el corazón es una barca que se deja llevar por la corriente de un río de reflexiones "paloma errante sin tiempo", presta a brotar, en algún momento, esa música triste en que  las soledades acamparon y los adioses quisieron perpetuarse hasta bordar la despedida en acompasado movimiento de la aguja sobre el bastidor, verso a verso, hasta la última puntada.
      En fino canesú, este retazo de la mujer que sabe como bordar sobre una hoja de papel en blanco:
 
Y de tanto.
y de tanto bordar las despedidas
sintetizar el silencio en una palabra
la soledad le invade los rincones
el sahumerio huele rancio.
de tanto temer caminar
sin compañía
retrasar la arena de los tiempos
escurrir solsticios tras tempestades
no queda en su libro mayor
más que mudez.
de tanto querer rodear esquinas
con sonrisas y humores
se evade sin adiós y sin poema
su sombra le extiende la mano
en gesto desafiante.
 

Elisabet Cincotta
elisabetamelia@gmail.com
Bordando la despedida©
Ediciones Mis escritos
Mayo de 2007

María Eugenia Caseiro
buhowriter@hotmail.com

 

 

De nada,casi todo
Por Alejandra Merello


De ambiguas, ocultas,
 aquellas las que
 no se asoman
 y sin dudas existen.
Certezas del absurdo ,
de la tormenta ,
de los semblantes  secos ,
de las flores
 que ya no aroman,
 de los árboles
 sin follaje.
 
De casi todo
 soy consciente
 aunque intente ignorarlo.
De casi nada carezco
dolores ajenos,
alegrías sin sentido,
  euforias empañadas
y quimeras compartidas.
Ante casi nada
contradigo
ni el amor
ni el espanto.
En un todo de casi
paladeo un gris resabio.


Alejandra Merello
juanaines_ar@yahoo.com.ar
http://www.titangorock.blogspot.com/    

 

 

Desde el jardín de invierno
Por Cristina Villanueva

Algo diferente para el día del niño

I

Los que hacen las guerras
dominan el mercado de los dibujos animados
hay que animarse a verlos, tan violentos
y como corresponde los juguetes
a saber Aviones que abren el vientre
donde guardan misiles, armas y armas.
Pensé ¿que pasaría si a alguno se le ocurre
fabricar bombas para subtes o colectivos?
de mentirita, claro.
Casi no lo puedo escribir siquiera.
Es que matar sólo está permitido a gran escala.

Me olvidaba, ellos son los dueños también del mercado de las palabras.


II

Para las nenas trajes de princesa, coronitas, zapatos de cristal.

Claro que es mejor que regalarles una aspiradora, eso ya lo se.

Para los nenes armas  para herir y matar.
¿Qué pasará mañana cuando se junten?.
Para mi que tendrían que fabricar un escudo

o un chaleco antibalas para las princesas .
Está bien acepto que sea rosa.

 III

¿Guerra implica dos ejércitos
o se seguirá llamando igual
cuando toda la industria bélica
se lanza contra unos pobres
eso si desobedientes?

a muchos eso nos revuelve el estómago.


Para evitar las  futuras nauseas los entrenan desde chicos

con videos y juguetes.


Yo prefiero vomitar.

 

Frase
Un travesti transgresor trabajaba en una oficina vestido de hombre

 

Una verdadera injusticia 
Breton decía que el humor era una rebelión superior del espíritu.
Para mi es una forma de ver desde otro lugar, alumbrar lo que otros no ven, deshacer los frases hechas, los lugares comunes .Una manera de luchar contra la muerte y todas las impotencias humanas,el modo de los que no pueden entrar  en  ciertos consuelos menos elaborados. Todo esto lo digo  para no llorar porque se murió Fontanarrosa y eso es a todas luces injusto si uno sabe que tantos, que lo único que hicieron fue causar dolor, siguen vivos. Me refiero a esas instituciones pomposas, uniformadas que siempre supieron cual era el ser nacional y estuvieron dispuestos a defenderlo con todas las armas .En cambio el sabía del ser humano  y  tenía una ternura bondadosa con sus personajes y con las personas. Era brillante  y modesto y era nuestro. Sensible frente a todos los males sociales supo investigar sus causas y descubrió el motivo de tanta violencia en la crueldad de levantar a los niños pequeños a horas infames para ir a la escuela, en invierno, una tortura .Acaso no sabemos  a quienes representa la ideología contraria, temprano aunque sea para nada. Profundo ese descubrimiento, nada menos que desestimar el sufrimiento  inútil y aceptar el placer como motor del crecimiento No el placer egoísta, tan ensalzado en estas épocas, el de la charla con los amigos, el del café y las historias compartidas, el de juntarse con los otros, en la cancha o para ver la nieve y emocionarse de a muchos.
 
Lo necesitamos tanto, el consuelo es que nos dejo mucho para leer y recordar. Pero el también necesitaba la vida y para eso no hay consuelo.
 
Cristina Villanueva, narradora oral, gracias a Fontanarrosa •"Yo fui la amante del Yety"

 

Cristina Villanueva
pluma@velocom.com.ar

 

 

 

Un cuento de Sandra Comino
Velorio de campo

Una de las costumbres más enraizadas y sistemáticas que mi familia transmite de generación en generación —y conserva intacta con mucho orgullo— fue, es y será llevar a los niños, desde muy niños, a cuanto velorio haya en el campo: un poco para acostumbrarnos a recibir dolor y otro poco porque es el único lugar donde la gente se abraza mucho. Tanto mamá como papá desearon que mi hermano y yo aceptáramos el padecimiento y al mismo tiempo tuviéramos afecto.
Hombres y mujeres, niños y ancianos, cuñadas y vecinas, se fundían en una causa común, como si el llanto los hermanara y dejaban de lado, aunque más no fuera por un rato, las críticas destructivas.
Así fue que cuando murió el tío Hilario, mamá y papá fueron los primeros en llegar con nosotros al velorio, para que acompañáramos a Martita y a su madre, mi tía Marta, en el transcurso de semejante suplicio.
Me habían puesto el tapado nuevo, los zapatos de charol negro, las medias con puntillas y dos moños blancos en las trenzas. Mi mamá me recomendó no correr y tampoco perder el pañuelito blanco con iniciales rosas, que tía Marta me había regalado para el día del niño. A decir verdad, tía Marta siempre me regalaba pañuelos, aunque exigía a cambio una moneda de diez centavos, para evadir la mala suerte. Tenía en mi cajón de la cómoda cuarenta y cuatro pañuelos que había recibido a lo largo de mis once años, correspondientes a las once Navidades, a los once cumpleaños, a los once días de Reyes y a los once días del niño.
A mi hermano lo vistieron con pantalones negros, camisa blanca y corbata; la misma ropa que usaba para ir a las fiestas. Mamá nos tomó de las manos, pero a él no le dio pañuelos, y le dijo: los hombres no lloran. Avanzamos. Tía Marta lloraba y lloraba. Martita, la flamante huérfana, nos convidó con granadina y jugamos a la rayuela, a las escondidas y a la mancha venenosa. Caminamos y miramos cómo la gente llegaba y lloraba. En un rato se pobló el campo de llorones. "Parece que no se da cuenta la chica" —dijo una señora. "Ya va a caer —le contestó la otra—, está atontada".
También vino mi otra tía, la tía Eulalia, que nunca regalaba pañuelitos porque, según decía, el efecto de la moneda no contrarrestaba la mala suerte. Tío Hilario había sentido hacia mí un cariño muy especial porque yo era su ahijada, por eso tuve que enviar una cruz con flores rojas con una tarjeta con mi nombre solamente. Y qué fuerte impresión me causaba ver el dibujo de esas letras adentro de un cajón de muerto, desprovisto de toda compañía. Y más terror aún cuando pensaba que la cruz pasaría el resto de las noches encerrada en el cementerio.
Me había pasado algo similar cuando murió mi madrina y me hicieron colocarle un corazón de claveles blancos sobre el pecho. Y bien que tardé meses en olvidarme, porque cada vez que mi mamá apagaba la luz, venía a mi encuentro la imagen de aquel rostro en el cajón y los claveles blancos. Mejor hubiera sido tener una madrina que no se muriera, pensaba yo, pero eso no se podía elegir ni prever porque morirse es imprevisible.
—No somos nada —dijo mamá.
—Cuando te toca te toca —exclamó un vecino.
Y yo tuve miedo de que me tocara.
En la casa había sillas y banquetas por todos lados, pero no eran las sillas que tenía la tía cuando no era viuda. Ahora que era viuda estaba al lado del cajón, miraba el piso, hablaba sólo cuando alguien le hablaba y lloraba. Luego se quedaba quieta y callada.
—¿Viejo, por qué me dejaste?
Las mujeres de los campos vecinos le decían: "No llorés" o "llorá, mujer, llorá", y le ponían la mano en la cabeza, le preguntaban de qué se había muerto el muerto, la acompañaban.
Tarde o temprano, todos vamos a estar ahí —murmuró una vieja mirando el cajón y temblé cuando oí aquello.
—Vení —me dijo otra vecina mostrando las paletas de sus negros dientes delanteros—, no hagas caso.
Y en un intento por consolarme aseguró:
—No te asustes, la gente religiosa no muere. Hilario no murió, está con nosotros.
—¿Y quién está allí adentro? —y miré hacia todos lados.
Nadie contestó.
—¿Por qué dice que no murió —pregunté a mamá—, si estamos todos acá velándolo?
—Hija, quiere decir que no murió espiritualmente, el alma sigue viviendo.
Con el miedo que le tenía a los espíritus, ya no quise estar allí y fui a tomar aire y a preguntarle a mi papá por qué, si nadie quería al tío Hilario, todos lloraban en esa casa.
—El tío Hilario está muerto hija, y ahora es bueno porque su alma está en el cielo.
Eso me tranquilizó. Pero me duró sólo unos segundos la tranquilidad, porque la vecina dentuda vino a conversar de nuevo; le preocupaba que no me explicarán bien las cosas.
—Querida —afirmó, y yo no podía dejar de mirarle los dientes—, el alma de quien muere sin creer en Dios, no puede ir al cielo, y su espíritu permanece suspendido unos días hasta que se reza lo suficiente y Dios lo perdona. Pero tu tío Hilario era bueno y los buenos se van al cielo.
El olor a crisantemos me descomponía y quedé en silencio. El viejo del bastón, del campo vecino, saludó a mi tía:
—Queridita, se te fue el Hilario.
Volví a tranquilizarme. Ya eran dos los que afirmaban la partida. A la noche hubo asado y vino para todos. Muchos vecinos se quedaron a comer y contaron chistes de velorios de campo.
Pero lo peor para mí fue dormir en la habitación contigua al cuarto del velorio. Mamá vino a darnos las buenas noches a todos los chicos que había en el cuarto.
—¿Mi papá se fue al cielo? —preguntó Martita.
— Tu papá subirá cuando ustedes terminen de rezar todo lo que tienen que rezar —amenazó mamá.
—Yo no voy a rezar —le contesté, y miré a mi hermano.
—Vos vas a rezar porque si no, mi papá no sube.
—Yo no rezo.
—Vos rezás.
Empezó mi hermano y siguió Martita, llorosa por miedo a que por caprichosa yo no rezara. Mamá repitió la orden y se fue, sin antes advertir:
—Hija, rezá, porque si el alma no sube, se mete en el cuerpo de los que no creen.
Mi corazón empezó a cabalgar. Miré abajo de la cama, detrás de las cortinas y adentro del placard. Puse un papelito en el agujero de la cerradura, pero Martita dijo que las almas atravesaban las paredes.
El silencio de la noche dejaba oír los murmullos de los que quedaban en el velorio y algunas frases se filtraban por debajo de la puerta. Cada tanto, Martita, que rezaba, me decía que lo hiciera. Yo masticaba la sábana; no quería pensar en el muerto ni creer que su alma se asilaría en mi cuerpo. Y le dije que sí, que iba a rezar.
Pero no recé.

Sandra Comino
sandracomino@sion.com
"Velorio de campo" fue extraído, con autorización de la autora y los editores, del libro El pueblo de mala muerte, de Ediciones Garabato (Córdoba, Argentina, 2002).
Fuente:
http://www.imaginaria.com.ar/08/7/comino.htm

 

 

El botánico

Por Mónica Russomanno
En ese lugar se siente Europa en Buenos Aires. Desde los perímetros
resguardados por rejas de hierro hasta los faroles fundidos en negro,
elegantes, recortando su sombrero de cristal contra el cielo celeste.
Los senderos proponen recorridos erráticos para paseantes sin apuro. Se
acercan y alejan de los límites del parque, se entrecruzan, aparecen entre
matas y desaparecen por detrás de las estatuas. Hay calma aquí, tan cerca y
tan escindido el aire de las cercanas avenidas transidas de ferocidad.
La paz se traduce en gatos que toman sol con los ojos cerrados.
Sentados, con las patitas juntas abrigadas por la cola, echarpe natural, tan
hieráticos, tan delicados. Otros se enroscan en el césped, se estiran sobre
el tejado de la construcción inglesa de ladrillo y teja, se acercan a la
gente a restregarse contra piernas generosas o a buscar una mano para
acariciarse a sí mismos pasando la cabeza de dientitos afilados, una y otra
vez, los bigotes replegados por el placer. Gatos atigrados, manchados,
negros, marrones. Gatos de a diez, de a ciento. Gatos. Gatos gordos y
lustrosos, que aceptan o no la ofrenda de comida que por todos los rincones
les dejan los fieles. Una anciana en un banco de tablillas de madera, dirige
el rostro al firmamento mientras un gato duerme en su falda. No es suyo, se
le presta. Dos sueños se entremezclan en melodía vegetal.
El jardín botánico es un campo felino, plácido, indiferente, replegado
en su propia belleza, tendido al sol con su pelaje de árboles y arbustos.
Nos deja admirarlo pero no tiene fidelidad canina. Somos visitantes en él.
Apenas le pasaremos la mano por el flanco, pero sólo si él lo desea.
Belleza añadida, sumando al encanto natural el sensible empeño humano,
las esculturas, las bellísimas esculturas en la foresta.
Las estatuas son de bronce o mármol. Los materiales son nobles. Ni
flores de plástico ni esculturas de cemento. Y cada forma es pura, delicada,
se recorta contra arbustos del África o árboles asiáticos. Un extraño
helecho abre sus florecillas en la nervadura de las hojas. Una mujer
aborigen se detiene para siempre en la fronda pétrea. Dos ninfas danzan para
que el estanque con hojas flotantes les preste vida en sus reflejos que,
ellos si, ellos también, bailan. Una figura despliega un velo que queda
suspendido en el espacio, vela de navío fantasma; dos amantes sonríen y
miran el futuro con ojos confiados; una muchacha grácil se enrosca en su
íntimo dolor. Una mujer llegada de Sagunto ha matado a su hijo, y se clava
para siempre el puñal en el pecho, para que los sitiadores de la ciudad no
encuentren nada más que destrucción y despojos detrás de las murallas. El
enorme grupo de bronce de las bacanales se ríe tontamente, eternamente, en
la zona donde la borrachera aún es alegre, alguno ya caído en el suelo,
otros abrazados, todos tan vivos en ese eterno gesto que allá en Roma, en
1904, fue primero cera y luego el metal fundido que aquí nos reclama y se
mira en nuestra mirada.
Y el palacio acristalado, etéreo, transparente, abrigando a los
retoños. El invernadero dibujado a tinta y plumón sobre las nubes. Qué
belleza la de ese edificio de líneas filigranadas, tan elevado, tan frágil,
contra la vastedad del cielo.
Por la noche las estatuas retendrán la luna en los ojos ciegos, los
gatos pondrán en orden su universo, las plantas crecerán minúsculamente. Y
alguna oruga trabajará en lo quedo preparando la dicha de la libertad alada.
Tendrá en primavera sus joyas este jardín, y serán regias, movedizas,
verdaderas.

Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com

 

 

Agonías recurrentes

Por Miriam Cairo

Variaciones. Mientras más me acerco a tu cuerpo, menos necesario resulta lo que me rodea. Con la cabeza ya perdida y la imaginación ociosa, llego al último círculo, al núcleo mágico, a la caldera del pensamiento. El espejismo es un mundo hecho sin lágrimas. Dueña de tu asombro por mi manera de hacer y de nombrar, erijo la íntima majestad. Alimento tu atención con la memoria de otros sueños, pero vueltos a ser, frescos, como si recién los hubiera soñado.
El ajetreo. La abrumadora mayoría de mis retraimientos se deben a la contundencia onírica de mis convicciones. Vivir en los dos planos de la realidad produce un fuerte ajetreo anímico. El territorio del sueño exige un desprendimiento terrenal y las reglas de la vigilia desestiman todo lo que venga del sueño. Si mi naturaleza lo permitiera, no dudaría en quedar anudada al otro lado del espejo, pero no puedo volverme necia: cargo sobre mi espalda un nacimiento, una educación, una sociedad, una inclinación innata al miedo. Sin embargo, tampoco consigo estar por entero en el mundo de la vigilia, porque no puedo negar que veo, como pájaro cegado, los ojos espantados del silencio. Porque en ocasiones hago contacto con las criaturas del abismo y la noche es una desnudez perdida que frecuento.

Elegida por el exilio, destejo la memoria del sueño para no quedar fuera de la realidad. Luego desato las ligaduras vigilantes para penetrar sin amarras a lo irreal. Imposibilitada de pertenecer por entero a uno u otro universo, muy a menudo quedo sumergida en hondos pozos de incertidumbre. Vencida y esperanzada, ante un privilegio que se vuelve enfermedad, me interrogo ¿sólo la vigilia es realidad? O bien, ¿qué es la realidad?

Confesiones. No me ahorraré una sola fatiga. Una sola palabra. Un solo nombre. Esa luna amarilla que abre la boca y me pregunta por los pasos que has pisado como si lo ignorara todo, me provoca a responderle con diminutas mentiras resplandecientes.
Desnudo pensamiento. Yo insistía en que fuéramos amigos porque confiaba en la amistad. Pero a él no lo conformaba esa palabra sin ajetreo sexual: seamos amantes, insistía. No me pude resistir a la tentación de ostentar un título tan marginal. Si me hubiera propuesto matrimonio, me habría herido, habría destruido todos los sueños que él mismo había inspirado.

Convencidos de la necesidad de eludir el esfuerzo que suele estancar la fluidez de todo vínculo y amortajar la vivacidad del cuerpo, ser amantes resultó una relación comprometida con el deleite de su causa.
Con sumo cuidado planeábamos el momento del encuentro, al que cada uno arribaba con su propio enredo de astros. Inmediatamente abríamos una brecha en el corazón del mundo. Un círculo de hostia consagrada donde el cuerpo se hacía desnudo pensamiento.
Para no parecernos en nada a lo conocido, evitamos cumplimentar el formulario de las visitas obligatorias, la regularidad de la frecuencia, el rictus de la llamada diaria. Nos centramos en los minutos en desmedro de las horas. Preferimos ciertos días a las enormes semanas. A fuerza de privilegiar los instantes construimos el delicado soplo de la eternidad.

Afirmados en la orilla de la historia, diminutos en un camino de hormigas, sin pretensiones pero con sueños, sin garantías pero con felicidad, montábamos nuestro caballo cosido de audacias y candores.

Resplandor. El refugio de cuatro paredes donde me encerré se transformó en un mar del que bebían las nubes. Fui a intentar allí algo diferente de mí misma. Buscaba en las nieblas del porvenir las manos de la noche temblando sobre el pecho hirviente de la luna. Sostenía las escaleras desde donde descendía la altura aunque no hiciera falta. La silenciosa señal del horizonte me volvía tan tenue, que los golpes del propio corazón me parecían lejanísimos. Habría podido morir de bienestar, pero abrí las puertas hacia el mundo y la boca se me llenó de humo.

La mordedura. El hombre o la sombra que se aproxima, anuncia un festivo subir y bajar. Juntos descendemos hacia la cavidad lunar donde los errores cometidos se vuelven más necesarios que los aciertos festejados.
Con ese hombre o esa sombra, vuelvo a subir los precipicios, hábil, ante su mirada. No pierdo el camino ni la intrepidez porque su corazón me orienta y me estimula.

No sé de dónde nace él o su sombra. Y ya no recuerdo que he sido llevada y traída entre abismos porque ese hombre mata y no sé con qué. Abruma y no sé con qué. Asfixia y no sé con qué. Tan vivaz me he vuelto que no le tengo miedo a no saber.
Estoy lejos de los límites comunes. No puedo detenerme. Ese hombre o su sombra me llama y yo acudo porque ansío ser mordida por su serpiente sin alas.

Bebida. Que estás allí, en el mundo, es un hecho. Pero ¿te hago falta cada vez que dejás sobre la mesa los brazos cansados? ¿Soy necesaria para darte de beber el delicado sorbo de universo? ¿alcanza la fotografía de mi goce como testimonio de tu calidez y tu erotismo? Yo recorro entre líneas todo lo que no escribo. Me doy cuenta de que desmigajás tu corazón y se lo das de comer al primer pájaro, pero ¿sabés que detrás de esos ojos que te miran no hay nadie? No creas en el recorrido que estás obligado a repetir día tras día. No permitas que te alimenten de la fuente del reclamo. Pero sobre todo, no esperes que la obsoleta máquina de la costumbre improvise una fatalidad que te libere.

Miriam Cairo  cairo367@hotmail.com
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Artista

Por Rolando Revagliatti
Al principio del proceso de gestación, le ocasionaba inconvenientes diversos a su mamá, tenues y vulgares. El parto fue normal, y en la cama matrimonial de sus papis: borroso don Lacio, ya un provecto, y Catalina. A Andresito lo antecedieron Gustavito, luego el robusto adolescente Gustavo, y Luisita, recibida precozmente de ingeniera civil y con promedio distinguido. Andresito y Gustavito eran rudos entre sí, en tanto con Luisita se mostraban considerados. Andresito era el más serio de los tres. Y el segundo más serio de los cinco. La fiesta acontecida a raíz del vigésimo cumpleaños de Gustavo, se malogró por el síncope que demoliera a don Lacio, más lacio que nunca yaciendo sobre el sofá del living, rodeado por la muchachada. Catalina no tardó en volver a casarse. Y Andresito contrajo hepatitis, en represalia, a modo de amonestación por ese enlace con un anciano entero y pintón. A él no le resultaba sencillo entregarse y disfrutar. Y se martirizaba por nimiedades y
desacuerdos con circunstanciales novias o amigas. ¿Avatares?: un par de blenorragias, o bien, borracheras con vino del zorro, o amontillado, o vodka, después de cortes bruscos.
Quiso el destino que a su medio siglo se encamotara nada menos que con una mendiga con parada en Retiro. Y que la sustrajera y la hiciera bañar, y curar de esos estigmas ulcerosos en las piernas. Y la extirpara de las calles ubicándola en un piso donde la ama con fervor encomiable. Y la vista en Gina Buti y la peine en Miguelito Romano. Y la declare su musa redimida, ya que inusitadamente estimulado, escribe y pinta ahora, y la menta y la plasma desde la pluma y el pincel. Es en la Galería de Arte y Poemas Ilustrados Delacroix donde expondrá desde el próximo primero de marzo, fecha de la vernissage con celebridades invitadas, y ágape y prensa, hasta el diecinueve de ese mismo mes.

Rolando Revagliatti
revadans@yahoo.com.ar 
http://www.revagliatti.com.ar
Texto publicado por "Inventiva Social" el 19/07/07  inventivasocial@yahoo.com.ar
 
 


Galaxia Galeano

Por Sandra Russo
Galeano es conocido como Galeano, y rara vez se pronuncia su nombre de pila.
No hay otros Galeano en la vida pública, así que uno no debe estar aclarando que se trata de Eduardo y no de otro. Y ese accidente de la realidad hace que Galeano sea nombrado sólo por su apellido que, yo creo, para muchos suena como el nombre de un planeta.
Leí hace poco que decía John Berger que cuando un escritor tiene un estilo fuerte y depurado, lo que dice y cómo lo dice no pueden separarse. Hay una cópula entre forma y sentido cuando el escritor hace del estilo lo mejor y lo más difícil que se puede hacer con él: construir un mundo.
Si uno menciona el estilo de Galeano, los interlocutores, y ni siquiera hace falta que lo hayan leído, comprenden que uno habla de textos transparentes y oscuros al mismo tiempo, muy cortos, casi sin músculo: Galeano trabaja con las palabras como huesos. Las elige quizá sin elegirlas, no sé cómo es su
método de trabajo, pero probablemente Galeano se haya ido conociendo a sí mismo a medida que les sacaba palabras a los textos después de haberlos escrito. Probablemente ese ejercicio de desmalezamiento en sus textos le haya venido de una necesidad estética y al mismo tiempo ética. Dejar el hueso de la palabra, el hueso chupado y lavado, el hueso con el sentido último de la palabra, aquello que la palabra no puede dejar de ser: es a través de esa operación de máxima limpieza que la prosa de Galeano es generosa; muestra hueso de palabra para que en los ojos de quien lo lee florezca espléndida la carne. Galeano no busca lectores: busca con quién tomar su comunión. Y estoy segura de que aunque ésta sea una palabra que tiene enagua católica, Galeano comprenderá a qué me refiero. Del hueso de la
palabra comunión necesitamos todos agarrarnos, antes que nada, para entrar en el universo Galeano.
En ese universo hay olores y climas y conversaciones a veces sin sentido, como de parábola china, que lo dejan a uno desacomodado. Hay viejos y mendigos, pobre gente que sin embargo no se autocompadece y es protagonista, muchas veces, de historias mágicas, aunque la magia del universo Galeano tiene poco que ver con magos que convocan palomas. Esta magia que sobrevuela a las criaturas vulnerables de Galeano es de otro orden. Quizá del orden de la justicia. O de la libertad.
Su mirada concentrada en la América pre o poscolombina, su mirada concentrada en la guerra de Irak. Dos escenarios y tiempos completamente distintos, y no obstante qué placer encontrar esa misma mirada, atenta siempre a los detalles que nos narran la verdadera historia.
Sus textos breves, o sus textos brevísimos, no hacen más que profundizar el estilo que nombra su apellido. Los huesos de las palabras pesan mucho, y a veces no le hacen falta más que tres o cuatro líneas para crear una situación completa, con pasado, presente y futuro, con perspectiva y foco, con ideología, con piedad o con rabia.
Si algo puede afirmarse de Galeano es que de los escritores de su generación y de varias otras, es el que más ha esculpido la palabra. Las ha tomado de a una. Homeopáticamente, quizá para devolverles, con muchos anticuerpos, el sentido que les fue arrebatado por el tiempo, claro, pero sobre todo por el
poder.
En ese sentido, el trabajo político que ha hecho Galeano con las palabras todavía está por reconocerse. Alguna vez se tendrá en cuenta, al hablar de él, que además de ser un escritor magnífico, Galeano jamás ha dejado de escribir una línea sin operar sobre el lenguaje y desenmascararlo, sin liberar para sus lectores las palabras que eran rehenes de otros significados.

Sandra Russo
Fuente: Diario  Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-87218-2007-06-27.html

 

Decálogo más uno, para principiantes

Por Juan Carlos Onetti- (1909-1994)

I. No busquen ser originales. El ser distinto es inevitable cuando uno no se preocupa de serlo.


II. No intenten deslumbrar al burgués. Ya no resulta. Este sólo se asusta cuando le amenazan el bolsillo.


III. No traten de complicar al lector, ni buscar ni reclamar su ayuda.


IV. No escriban jamás pensando en la crítica, en los amigos o parientes, en la dulce novia o esposa. Ni siquiera en el lector hipotético.


V. No sacrifiquen la sinceridad literaria a nada. Ni a la política ni al triunfo. Escriban siempre para ese otro, silencioso e implacable, que llevamos dentro y no es posible engañar.


VI. No sigan modas, abjuren del maestro sagrado antes del tercer canto del gallo.


VII. No se limiten a leer los libros ya consagrados. Proust y Joyce fueron despreciados cuando asomaron la nariz, hoy son genios.


VIII. No olviden la frase, justamente famosa: 2 más 2 son 4; pero ¿y si fueran 5?


IX. No desdeñen temas con extraña narrativa, cualquiera sea su origen. Roben si es necesario.


X. Mientan siempre.


XI. No olviden que Hemingway escribió: Incluso di lecturas de los trozos ya listos de mi novela, que viene a ser lo más bajo en que un escritor puede caer.

Juan Carlos Onetti
Material enviado por Mirta Liliana Urdiroz

 

Villa Links

Los links que "La Máquina de Escibir" recomienda para visitar:

AUDIOVIDEOTECA DE LOS ESCRITORES DE BUENOS AIRES -  Un espacio indispensable para recorrer, leer y escuchar:
http://www.buenosaires.gov.ar/areas/com_social/audiovideoteca/index_es.php

LO QUE APARECE - El blog de Alejandra Dening, creadora de los "papeluchos poéticos":
www.aledening.com.ar/blog

FOTOS ENCONTRADAS - Curioso blog que edita un poeta porteña con fotos encontradas en las calles de Buenos Aires ya sea tiradas en la basura, ya sea tiradas por ahí:
http://www.fotosencontradas.com.ar/

BIBLIOTECA IGNORIA - Hay algo de Octavio Paz sobre poesía imperdible (no lo puidmos publicar por ser muy extenso, nos lo envió Rubén Vedovaldi):
http://bibliotecaignoria.blogspot.com/ 

SONES Y DESAZONES - El blog de Alejandra Merello espera colaboraciones: textos, fotos, datos, etc. Enviarlos a:juanaines_ar@yahoo.com.ar . Para conocer el blog:
www.titangorock.blogspot.com

INVENTIVA SOCIAL - No hace falta hablar de esta excelente publcación virtual. Ahora también se la puede disfrutar en blog:
http://inventivasocial.blogspot.com/

REVISTA PAPIROLAS - La revista literaria Papirolas nació en 1996, editándose mensualmente en papel durante 10 años y distribuyéndose en 23 países y 650 ciudades mayoritariamente de habla hispana, pero también en Portugal, Francia, Italia, Alemania, Bélgica y Suiza. Para enviar su comentario, poesía, mini relato, e-mail a: normapadra@gmail.com - Para entrar a su blog clikear en:
www.revistapapirolas.blogspot.com

POEMAS DESDE EL NORTE GRANDE DE CHILE - Carolina nos invita a conocer su blog de poesía y artes plásticas:
http://caingove.blogspot.com/


EL REVISIONISTA - El blog del cine olvidado realizado por Julio Héctor Diz Y Aníbal Jorge Sciorra. Acaban de hacerse actualizaciones muy interesantes:
http://elrevisionista.blogspot.com/

S C I O R R A - No se queda quieto, sigue insistiendo aunque escriba cada vez peor, todavía tiene el tupé de agregar más textos de su autoría (no sabemos cómo está todavía permitido este tipo de atropello a la literatura):
http://sciorra52.blogspot.com/ 


DE PRÓXIMA APARICIÓN:
Suplemento Especial
Homero Manzi
100 años

 

 

La Máquina de Escribir
ESPACIO LITERARIO VIRTUAL
Buenos Aires, Argentina/
Fundado y dirigido por Aníbal Jorge Sciorra (anisci)/
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Revista Cañasanta

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ENTREVISTA :: 

CRITICA DE CINE :: 

EL DOSSIER :: 

ARTICULO X :: 

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EN ESPECIAL DE NUESTRA REVISTA QUINCENAL:



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Cañasanta y Cañasanta.com agradecen a todos aquellos que, de una forma u otra, han aportado sus ideas, inquietudes, emociones, el tiempo y la creación para la realización de este proyecto. Muchas gracias.

Le solicitamos a todos nuestros colaboradores, artistas, lectores, la divulgación de nuestro espacio. Siendo esta una forma más de esparcer nuestra cultura y nuestra obra. Además, invitamos a cada uno comentar sobre los artículos exhibidos en nuestras páginas. ¡Su comentario será siempre válido!

 

A mis amigos...enviado por Mirta Urdiroz....

 Pico Bolívar Venezuela

A MIS AMIGOS

A mis amigos les adeudo la ternura y las palabras de aliento y el abrazo, el compartir con todos ellos la factura que nos presenta la vida paso a paso.
A mis amigos les adeudo la paciencia de tolerarme mis espinas más agudas, los arrebatos del humor, la negligencia, las vanidades, los temores y las dudas.
Un barco frágil de papel parece a veces la amistad, pero jamás puede con él la más violenta tempestad.
Porque ese barco de papel tiene aferrado a su timón, por capitán y timonel...un corazón!
A mis amigos les adeudo algún enfado que perturbara sin querer nuestra armonía, sabemos todos que no puede ser pecado el discutir alguna vez por tonterías.
A mis amigos legaré cuando muera mi devoción en un acorde de guitarra, y entre los versos olvidados de un poema, mi pobre alma incorregible de cigarra.
Amigo mío si esta copla como el viento a donde quieras escucharla te reclama, serás plural porque lo exige el sentimiento cuando se llevan los amigos en el alma.

A. Cortez.

Inventren/ La revista

INVENTREN
Viaje por vías y estaciones abandonadas de Argentina.
Para viajar gratuitamente enviar un mail en blanco a inventren-subscribe @gruposyahoo. com.ar
*
Sentada junto a la
ventanilla
ves pasar las estaciones,
los puentes
y las esquinas
de suburbio,
como no viéndolos, o
como mirando
una película, que es
la misma
de hace un año
o parecida;
después mirás tus
manos,
tus uñas a medio
despintar,
y a los pasajeros
apiñados
con sus ojos y sus
aires,
todos con un cansancio
distinto
y semejante, hasta que
abrís
el libro que traías
en el bolso
-el tomo II de Paul
Eluard-
para cerrarlo en la
estación
entrante, y seguir
cavilando
o buscando un
detalle,
Un color, un brillo,
y todo
como en un diario
viaje
de secuencias, que
te animan
a mirar, tocar, tu
soledad
de manera cierta,
o conveniente;
tu soledad más
íntima,
que entibia y
pinta
hasta tus párpados.
*de Eduardo Dalter. cuadcarmin@hotmail. com
-En "Nidia". Ediciones del Nuevo Cántaro. Buenos Aires. 2007
Estación ARROYO DULCE.
*
Siempre le pasaba lo mismo, y a decir verdad, ya estaba un poquito harta de la situación en general: de la indecisión masculina, y de su propia insatisfacció n. De nada le servía emperifollarse, tirarse el placard encima y acicalarse con los mejores perfumes, resaltando su ya de por sí impactante belleza física, si al final los hombres que le gustaban no le daban ni la hora. Se cargaba sobre los hombros a una interminable serie de pesados y babosos que no la dejaban en paz, que proclamaban groserías a su paso, o que con todos juntos -como una versión criolla y femenina del Dr. Víctor Frankenstein- no conseguiría armar uno solo que valiera la pena.
         Como cada mañana, tomaba el remozado tren de trocha angosta rumbo a su trabajo, donde se desempeñaba como selectora de personal de una importante empresa mayorista de perfumerías, eligiendo entre cientos de postulantes los mejores perfiles para designar promotoras, vendedoras, encargadas de sucursal… Y como cada mañana, se exponía a las miradas de los demás; en especial, esas miradas masculinas que la desnudaban impunemente a la distancia, fantaseando en aplicar con ella la más sofisticada galería de perversiones, pero que jamás osarían acercarse, al menos no de una manera galante, como a ella le gustaría que la abordasen, transmitiéndole un afecto verdadero, más allá de cualquier insolencia –con las que sus admiradores se resguardaban de una posible reacción de conformidad seductora de su parte-.
         “Manga de cagones”, solía pensar ella, volviéndose a mirar en ese espejito de mano que consultaba varias veces al día, comprobando que no se le hubiera corrido el maquillaje –Revlon, obviamente-. “Ellos se lo pierden”.
         Pero nunca descansaba, aunque se sintiese continuamente defraudada por el sexo opuesto. Y aunque por la noche despotricara telefónicamente con sus amigas, izando en alto la inevitable frase “ya no hay hombres”, a la mañana siguiente volvía a convertirse en la hermosa y elegante profesional que acude a su trabajo en tren, con el consabida ejercicio cotidiano de espantar a los bichos que se le acercaran en busca de una supuesta miel que muy pocos habían tenido el placer de degustar.
         Sentada del lado del pasillo, en un vagón bastante lleno, sentía posarse sobre su cuerpo las miradas masculinas que habían conseguido divisarla en el andén. A su lado, el sexagenario dormitaba con el diario entre sus manos, sin prestarle la mínima atención. Un par de adolescentes, engalanadas con ropa informal de marcas caras, conversaban y reían estridentes, desplegando su natural explosión hormonal, para que las registrase todo el pasaje. Ella, que no se había levantado con el mejor humor –luego de una infinita noche de insomnio, sintiéndose vacía y sola-, las miraba con atención y suspiraba. ¡Quién pudiera volver a tener 18 años, pujantes y despreocupados! Con esa energía ilimitada, esa ansiedad por devorarse el mundo, un lozana juventud que a esa edad siempre parecía eterna… Volvió a suspirar, sumiéndose en sí misma, olvidando el clásico jueguito histérico que cada mañana desplegara en su trayecto al trabajo. Una creciente melancolía comenzó a embargarla a pasos agigantados.
         ¿Cuántas veces fantaseó con tener el cuerpo que luciera hace más de 15 años? Siempre había sido una mujer bonita, pero la consistencia de sus músculos y la tersura de su piel habían ido desvaneciéndose con el cruel transcurso del tiempo. No es que se mirase al espejo y descubriese a una vieja en su lugar, pero ya no se sentía la inquieta jovencita que alguna vez había sido, hermosa pero inexperta, cautivadora de las miradas desde siempre.
         Apeló por enésima vez al espejito de mano. El maquillaje resaltaba sus mejores virtudes, pero también ocultaba las pequeñas imperfecciones faciales, esas malditas arruguitas que una vez aparecidas jamás la abandonarían. ¿Quién podría sentirse lacerada en su autoestima con semejante porte, con esa figura de una hermosura avasallante, que dejaba boquiabierto a más de uno? Ella. Se sentía tan disconforme con esos diminutos detalles que cualquier ostentación de sus curvas nada podía hacer al respecto.
         Inmersa en tales pensamientos, apenas registró la manito que pasaba a su lado y le dejaba con un leve aleteo sobre el antebrazo una estampita de la Virgen Desatanudos y un calendario con la colorida efigie de un osito infantil que proclamaba “Te quiero mucho”. Alzó la vista y alcanzó a ver el perfil de una niñita de cabello hirsuto y mejillas sucias que se alejaba a los tumbos entre la gente, como si no hubiese nadie alrededor, como si toda esa gente adulta que la rodeaba no existiese y sólo atravesase un bosque poblado de maniquíes inanimados.
         Su mirada se alejó por el pasillo, siguiendo esa cabecita que se bamboleaba a un lado y el otro, eludiendo siluetas de pie. A su ya de por sí creciente melancolía se sumó una nueva inquietud, que ya le carcomiera el corazón desde hacía tiempo, y se presentó de improviso en una sola pregunta: “¿Cómo sería ser mamá?”
         Durante años había sentido que los hombres se le acercaban a fin de conseguir pasar un buen momento, satisfacer sus ansias sexuales, y luego deshacerse en huecas y vanas promesas de reencuentro que jamás se concretaban. Pocos eran los que deseaban mantener el contacto con ella, pero en su fuero más íntimo no sentía que pudiesen reunir las condiciones que ella buscaba para conformar una pareja estable, que la contuviera, que le brindase todo su amor de manera contundente, que la siguiese amando luego de haberse acostado juntos, que pudiera eternizar el momento del amor más allá de la pasión. Y esa falta, ese vacío casi existencial, la sumía en el mayor de los abismos. Necesitaba del otro, más no sólo de su mirada. Demandaba el afecto, la presencia, el calor de ese otro que la hiciera sentir querida, además de convertirla en una verdadera mujer.
         Sus deseos de perenne belleza parecieron extinguirse dentro del emergente ensueño de una panza redonda y lozana; por sobre todas las cosas: viva. El fruto del amor que le brindase un hombre de verdad, alguien con los huevos bien puestos, que se jugase por entero al estar junto a ella en todo momento. La emoción amenazó con desbordarse a través de sus párpados entrecerrados. “Voy a quedar con la cara a la miseria”, pensó, al tiempo que manoteaba el espejito y se enjugaba las primeras lágrimas con un pañuelo de papel.
         De pronto, sintió a su lado nuevamente la presencia de la niñita, retirando con aire ausente los calendarios y estampitas. El aire desaliñado de aquella carita, arrasada por el desamor, la llenó de una congoja inenarrable. Y sin pensarlo siquiera, sin amagar acaso a abrir la cartera y ofrecerle algunas monedas a cambio casi de nada, estiró su mano y le aferró un bracito, gesto frente al cual la niñita reaccionó volviendo la cabeza violentamente hacia ella, a la espera de algún inesperado peligro, quizá evocando en un solo segundo los golpes y maltratos recibidos al final del día, cuando llegaba el momento de volver a casa y entregar las monedas recibidas, que la mayor parte de las veces escaseaban –más no así el dolor-.
         Ella esbozó una amplia sonrisa, forzada a causa de las lágrimas, pero intensa desde lo más profundo de su corazón, y sin decirle una palabra, la acercó hacia ella con infinita ternura, apoyó su mano libre sobre uno de los hombros de la niñita, y le besó la frente. La pequeña, con un rostro signado por la indiferencia, sorprendida pero sin emitir expresión de cariño alguna, parpadeó perpleja y permaneció inmóvil, sin intenciones de alejarse, más curiosa que asustada, contemplando a esa hermosa mujer cuyo rostro acicalado se veía surcado por gruesas e incontenibles lágrimas, que estropeaban sin piedad esa elaborada capa de maquillaje.
         Y por primera vez en mucho tiempo, a aquella elegante y eficiente selectora de personal nada le importó menos que las miradas de los demás. 
* de ALDIMA.  licaldima@yahoo.com.ar
Y SIN EMBARGO…*
Campanillas violeta,
ínfimos adornos,
enredaderas de ferrocarril.
Sobre las pilas de escombros,
entre las vías abandonadas,
tapando techos agujereados,
entre los hinchados cadáveres
de perros envenenados.
En la miseria última y final.
Sobre chapas, hierros y
pobreza desvencijada,
debajo de carrocerías deshechas,
se abre la flor inesperada,
maravillosa,
de la alegría.
*de MONICA RUSSOMANNO.  russomannomonica@ hotmail.com
Contra las estaciones perdidas*

"Mi escritorio se había transformado en un santuario, y mientras estuviese sentado allí, luchando por encontrar la próxima palabra, nada habría de tocarme...Por primera vez en todos los años en que había estado escribiendo, sentí como si estuviese en llamas. No podía decir si lo que escribía era bueno o malo, pero eso ya no parecía importante. Había dejado de cuestionarme. Estaba haciendo lo que tenía que hacer y lo hacía de la única manera en que me era posible. Todo lo demás se desprendía de ello. Me había vuelto intercambiable con mi trabajo, y ahora aceptaba ese trabajo en sus propios términos, comprendiendo que nada podía aliviarme del deseo de hacerlo. Este era el entendimiento más fundamental, la iluminación en la que la duda se disolvería lentamente. Aun si mi vida se hiciese pedazos, habría algo por lo que vivir."
Paul Auster.

Durante varios días leí y releí estas palabras, fui y vine al espejo a ver reflejado mi rostro, a ver una vez más alguna expresión de profundo miedo a vivir, a tomar riesgos. Busque entonces, el coraje que necesito para escribir, para vencer el miedo a poner palabra tras palabra y esperar que me lean, tal vez aun más secretamente que me acepten o me quieran. Trate de reencontrar imágenes para estas sensaciones, y otra vez me encontré a mi padre:
la primera vez fue hace una semana atrás, cuando el nogal que él planto hace muchos años, volvió a brotar de primavera, pensé ¡ Qué obstinado en vivir!!!  a pesar de las redes subterráneas que pasaron y le cercenaron casi todas sus raíces. Pero insiste en volver a dar esas mismas nueces que mi padre molía pequeñas para las tortas que hace mi madre en los cumpleaños. De las nueces vino otra una imagen fuerte, sobre mi padre bajo el nogal ...
 Ese día se sentía mal, no se si alguna malasangre le desato la alta presión arterial que lo acompañaba desde bastante tiempo atrás ( mientras pudo trato de rehuir a los médicos). Pero esa mañana, aun con mareos y el pánico de mi madre, fue abajo del nogal a picar cascotes, allí estaba cuando llego la ambulancia, con 24 de presión y cierta rigidez facial, pero picando cascotes debajo de su árbol. Les costo trabajo internarlo, pero lo hicieron, derechito a terapia intensiva.
Sin duda fue aquella una muestra de la obstinación que heredé por pelear la vida aun en desventaja.

Una segunda imagen surgió mientras caía en sueños, bajo el rítmico sonido a batería del andar parejito de estos trenes de larga distancia. Un sonido monótono, casi un símbolo protector que filtra los malos sueños como el catch dreamer de los indios navajos. Me veo acompañando a mi padre en sus caminatas de madrugada a la estación de trenes. Allá va el viejo con lluvia, frió o noche estrellada, a ganarse el mango en la fabrica, saliendo a las tres de la mañana. Son más de 20 cuadras a la estación y a esa hora no hay colectivos. Pensé una y otra vez en su soledad, quizá esto era algo más que pensar en un tipo laburador, quizá es verlo en su obstinación y también en su soledad. Sólo por la vida con sus recuerdos de pequeño pueblo, traducidos del italiano a medias, siempre mi dificultad para entenderlo, para representarme ese mundo donde él había dejado además de familia, más de la mitad de su alma.
Ahí va con su campera de cuero negra ajada y algo desteñida por el uso permanente, su bolsito también de cuero que parece portafolio de escolar, a tomarse el primer tren del nuevo día.
Trato de representarme una bella noche de primavera, y su andar por las calles, apenas cruzado de ladridos nocturnos. Los zorzales han comenzado su mágica convocatoria a la luz, su melodía circular, una calesita que gira esperando al sol.
Mira el cielo que se derrama en brillos y senderos de blanca vía Láctea, casi como el cielo de Montecassino, pero libre de cohetes y bombas que iluminaban la noche de una batalla que se prolonga en cada día de vida.  Toda la historia de una vida empieza a desandarse en los viajes, cuando uno cree atravesar los muros irreversibles y sólidos del tiempo.
"caprichoso garibaldino, tru la laaaa...", lo oigo cantar mientras el espejo oscuro de la ventanilla deja ver una media luna justa sobre el cielo de la estación Tambo Nuevo, cerca de la usina Láctea que tenía La Armonía . Unos pasos fuertes han dejado huellas de sombra en la luz de la luna, se cierran mis ojos, me entrego al sueño, confió en el Guarda y su promesa de avisarme en la estación Arroyo Dulce. En mi necesidad de llegar para ver amanecer, y escribir con las primeras luces.

Faltan 36 kilómetros , el tren va lento sobre areneros y pastos que por momentos tapan los rieles, es un viaje solitario, como muchos otros que hago diariamente para ver y reconocer en el camino a otras soledades acompañadas. Siento un golpe en mi hombro, el hombre de gorra con visera y su uniforme color arena me avisa que es la próxima. desciendo en una neblina que deja malamente ver la estación, una joyita de la arquitectura ferroviaria francesa, desciendo como en el final de una película, y pienso en soledades, las de mi padre fuera de su mundo de montaña, la mía casi sin explicación, sin otras perdidas que las percibidas en cada silencio.
A lo lejos se ve otro tren en sentido contrario. él maquinista espera el bastón piloto entregado en mano por el conductor de la formación entrante para saber que tiene la vía única libre. En el anden de enfrente unos pocos pasajeros, obreros la mayoría, esperan. Luciérnagas de luz roja se desprenden de cada pitada, humo dentro de la neblina, solo siluetas de aire.

Pero, allí esta él, enseguida se llueven  los ojos para ver más nítido, todavía no le han prohibido el cigarrillo, es un nacido en el año 23 y no cumplió cuarenta años, el cigarrillo le cuelga del labio en un costado de la boca, casi como el Humphrey Bogart de Casablanca. No se quien de los dos, o los dos, ha extraviado su destino en esta madrugada.
Lo saludo, me saluda sin saber quien soy, un hombre algo mas grande que él que lo saluda del otro lado de las vías, casi con un abismo de por medio, lo acompaño con la mirada hasta que llega su tren y se sienta mirando hacia el camino que le resta por hacer. Sigo caminando, se que ahora la vía esta libre, me han dejado el bastón piloto de mi propio destino. Él ya partió, aunque yo sienta que en esta madrugada adentro de una neblina similar al final de Casablanca. Lo siento caminar a mi lado, me dice con su mano derecha en mi hombro

-hico.., este puede ser el comienzo de una gran amistad....

- a mi viejo, Francisco-
*
“La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, ay Dios…”, se encontró canturreando Julián Ramírez, Jefe de Estación, mientras contemplaba acercarse al tren local de las 5:15, el único que circulaba durante las primeras horas de la mañana. Ignoraba por qué, pero aquella rima se le había impuesto desde hacía varios días; quizá, como cierta clase de perverso presentimiento.
         La formación se detuvo con un chirrido mecánico y un resoplido, en esa penumbra previa al amanecer que parece convocar a los espectros. El maquinista lo saludó con un gesto de su mano derecha, sin apearse del vehículo, regulando con la izquierda el ritmo del potente motor diesel, mientras la única pasajera del carguero descendía del furgón, enfundada en su clásico guardapolvo blanco debajo de la campera de nylon matelasseada, transportando el saco del correo colgado de un hombro. Don Julián se acercó a recibirla, apurándose a quitarle el bulto de encima.
  -Buen día, señorita Adriana -, saludó. –Parece que le dieron trabajo esta mañana…
         -Buen día, Don Julián. Sí, el empleado de correos de Salto me pidió que le entregara esto. Dijo que no podía venir con nosotros; se sentía bastante afiebrado.
         -Está muy bien. Tarea cumplida, entonces. Y no se preocupe por Luis, ya se va a poner mejor. Venga, vamos para la casa, que hoy hace mucho frío.
         La maestra lo siguió, como cada mañana, hacia las habitaciones que el Jefe ocupaba con su señora detrás del edificio de la Estación propiamente dicho. Como cada mañana, Don Julián dejaría el saco del correo en la oficina, para repartir los envíos hacia las 8:00. Como cada mañana, ensillaría la yegua, a fin de recorrer el campito que el Ferrocarril le había destinado, donde pastaban sus ocho vacas, trayéndose a la lechera con su respectivo ternero. Y como cada mañana, la señorita Adriana se metería en la cama junto con Nélida, la mujer de Julián, compartiendo el calor de las cobijas hasta que se hicieran las 7:25, hora en que volvería a salir para dirigirse a la escuelita rural, distante unas quince cuadras de la Estación.
         Nélida ya la estaba esperando con unos mates. Hacía unos cuantos meses que Adriana realizaba esta extraña costumbre a la que su profesión la había llevado, por esas cosas de la vida. Aunque se sintiera bastante descolocada en un principio, con el correr del tiempo le había ido tomando la mano a semejante hábito. Y por sobre todo, se había encariñado con este matrimonio tan agradable, que la recibía todos los días como si fuese una Princesa proveniente de un exótico país extranjero, en viaje diplomático.
         El silbato del tren se dejó oír como de costumbre, y el potente motor diesel reguló hasta desplazar las numerosas toneladas de la locomotora, arrastrando al resto del tren al ritmo del pistoneo de la chimenea. El Jefe y la docente avanzaron veloces hacia la cocina, cerrando muy bien al entrar para que no se escapase el calor.
Aquella mañana, Nélida se encontraba distinta. Adriana pudo contemplarlo en sus ojos, brillantes y profundos. Algo dentro suyo se estremeció, percibiendo un clima muy particular dentro de aquella casa, aunque no llegó a demostrar nada. Se sentó en el banquito, con las piernas juntas y ambas manos sobre las rodillas. Don Julián terminó de recoger sus cosas, saludó con la cabeza, muy sonriente, y se alejó, sumergiéndose en el frío del amanecer. Nélida volvió a contemplarla, mientras le extendía el mate en silencio. Adriana asió la calabaza y comenzó a sorber de la bombilla, sin dejar de mirarla. Nadie podía negar que a lo largo de aquellos meses, habían aprendido a quererse mucho. Quizá, más de lo que pudiesen admitir.
         Don Julián ensilló, montó en la yegua y taloneó los estribos, avanzando al paso largo hacia el campito. Una delgada brisa le cortaba la cara, pero al menos el sombrero le protegía las orejas, algo que lo privaba de contraer sabañones. Primero decidió revisar los alambrados; aparentaban estar bien, aunque aquellos alambres del recodo parecían estar poco tensos. Cualquier arremetida de las vacas contra él, y ya tendría un buen problema con sus superiores, al tener que faenar el desprevenido ganado que aplastase la primera formación que llegase hasta allí.
Dio unas vueltas por el lugar, sin mucho entusiasmo, y ya estaba por volverse cuando divisó una veloz silueta avanzando entre el pajonal, paralelo a la vía, rumbo a la estación.
 -¡Eeeh! ¿Quién va por ahí? -, gritó, parándose sobre los estribos.
         La figura se detuvo lentamente, y una extraña cabeza se movió en su dirección, a la manera de un misterioso extraterrestre. Sólo cuando la figura lo saludó con un brazo en alto, advirtió que aquello era una cabeza humana, aunque ataviada por un extraño casco oblongo. Se acercó hasta el alambrado, y se encontró con el recién llegado, montado en una bicicleta.
         -¿Qué anda buscando? -, preguntó el Jefe, experimentando una extraña perturbación; como si le hablase a un fantasma que no perteneciese a su mismo espacio y tiempo. Alguien procedente de un pasado remoto, o quizás de un futuro apocalípticamente cercano.
         -¡Buen día! Disculpe, buen hombre: quiero llegar hasta Tambo Nuevo. ¿Podría informarme cómo tengo que hacer?
         -Siga derecho por el costado de la vía. Cuando vea un cartel que diga "La Criolla", va a andar cerca; es la fabrica que industrializa la leche de los tambos que existen por esta zona. No se puede perder.
         -¡Muchas gracias! -, saludó el ciclista, con la misma mano en alto, y se perdió entre los pajonales.
         A medida que se alejaba, Don Julián dejó de experimentar ese misterioso escalofrío que percibiera segundos antes. Aunque le resultó inexplicable, la sensación lo inquietó durante días, quizá por la manera en que la asoció con los eventos posteriores……
La lechera se dejó atrapar con mansedumbre, conocedora de su destino. El ternero la siguió berreando, mientras Don Julián regresaba con la correa del brocado de la vaca en la mano hacia el improvisado establo de la casa, silbando bajito.
Al acercarse, divisó las luces de la casa encendidas. “Se habrán olvidado de apagarlas antes de acostarse”, supuso con certeza. Pero decidió cumplir con su tarea antes de regresar junto a su cálida cocina económica y el mate lavado que no tardaría en ensillar.
Desmontó, ató a la vaca contra el poste, y desensilló la yegua, mientras el ternero se enfrascaba en chupar de la teta. Al rato, él lo apartó, lo ató a un costado, y acercó el banquito con el balde, para ponerse a succionar con los dedos esas frías y colmadas ubres, por las que el ternero no cesaba de clamar. Una vez completado el ordeñe, Don Julián se apartó, retiró el banquito, soltó al sediento ternero -quien volvió a lanzarse en vano sobre la teta-, y regresó a la casa.
Al abrir la puerta, silencioso como era para no despertarlas, no advirtió nada fuera de lugar, salvo las luces encendidas. Se encogió de hombros al contemplar la lamparita y depositó el balde sobre la mesada. Entonces oyó el primer gemido.
Volvió la cabeza y observó la puerta de su habitación; cerrada, como cada mañana. “Hablará en sueños”, pensó. Tomó el cucharón, retiró la nata de la superficie de la leche, y la volcó sobre el tazón. El sonido de la nata cayendo se confundió con el murmullo del segundo gemido.
“No puede ser”, se preocupó él, como si volviese a encontrarse con aquel espectro disfrazado de ciclista. Había algo que le disgustaba en la escena, aunque no podía descifrar qué. Un escalofrío le recorrió los muslos y los antebrazos, sin que pudiera explicárselo.
El tercer gemido llegó acompañado por una frase entrecortada:
-¡Ay, sí……chita……mor! ¡Así, así!
“¿Nelly?”, se alarmó. Aquellos no eran los murmullos proferidos por una persona dormida, sino por una muy despierta……y excitada. Un feroz impulso que nació en el mismo centro de sus tripas lo llevó a lanzarse contra la puerta, sin desear creer que aquello estuviese ocurriendo realmente. Herido de muerte en su propio orgullo ante lo que sus propios temores fantaseaban.
Abrió de golpe, sin preguntar. La realidad siempre es más aterradora que cualquier fantasía. Y Don Julián lo experimentó en carne viva.
Ambas mujeres se hallaban desnudas, enredadas en las cobijas de su propia cama, enlazadas en un curioso abrazo que depositaba la boca de una sobre los labios vaginales de la otra, succionados mutua y activamente hasta que él entrara por aquella puerta, interrumpiendo el placer. Ambas cabezas lo contemplaron horrorizadas, Nelly con una intensa expresión de culpabilidad y demorada insatisfacció n –soportado quizá durante años-, por entre el cabello despeinado.
        Y a él, simultáneamente, lo asaltaron dos recuerdos. Uno fue aquella rima caribeña que se le impusiera desde hacía varios días: “La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, ay Dios…”. El otro fue una frase escuchada de boca de Trapanni, el antiguo Jefe del Ramal General Belgrano, en su media lengua italiano-castellana , a comienzos de su carrera:
        -Ramirez: nunca descuide su puesto.…
*de Aldima.  licaldima@yahoo.com.ar
CRÓNICAS DEL TERRAPLEN*


UNA SAGA FERROVIARIA
Sorpresiva, inquietante e innovadora, de la entraña proletaria y combativa surge esta rica obra literaria, "Crónicas del terraplén", que describe, emotiva y cabal, "la lucha y la vida de los que viven en esos lugares, los habitantes del terraplén y sus resistencias. " Ya Juan Carlos Cena había dado sobradas muestras de su calidad literaria y humana en "El guardapalabras (Memorias de un ferroviario) ", "una vida a través del ferrocarril" , crónica "que es un libro de la vida, la vida verdadera", como dice en su introducción Osvaldo Bayer. Y crónica de la enconada y valerosa lucha gremial de los trabajadores argentinos del riel. Donde se aprende a "militar la vida todos los días y a cada rato", según el autor.
"Dedicado a mis compañeros" este tercer aporte tiene al terraplén como protagonista principal. "lugar de consulta, refugio, amparo y otras cosas. Aquí aprendimos a escuchar y después a hablar, a respetar el silencio del otro y luego el de uno; lugar de códigos y solidaridades, de resistencias y transgresiones, de mezquindades y heroísmos, de solidaridades entre malandraje y laburantes, entre meretrices y huelguistas, de emociones y congojas. Paraje de antiguos juegos, de amores inclinados, de peleas, de palabras clandestinas, de chismes, todo era hervor en esa zona colmada de impertinencias y de aguantes. Parador de silencios militantes. Aquí, las palabras resistieron el embate de los conversos que intentaron limarle las aristas para que éstas sean monótonas y redondas, acá se reafirmó el lenguaje y se crearon palabras nuevas, porque era un lugar lleno de fantásticas invenciones. En este lugar se inventaron y reinventaron verbos, modos, gestos, señales y esas cosas; era territorio efervescente, misterioso, inescrutable, plagado de imaginerías, de llegadas y escondrijos, de partidas y regresos...¨bueno, yo vengo de ese espacio terraplenado" , dice Cena.
A partir de sus "inaugurales andadas" (ya que la cosa no comienza en el año cincuenta en Guiñazú sino bastante antes, cuando el autor era infante), en la estación Pie de Palo, todo era el ferrocarril: la casa, el patio, el laburo de mi viejo, la playa de la estación, el depósito de locomotoras. Impresiona la rica descripción de la variada naturaleza, desde las espectrales salinas hasta la fauna autóctona, pasando por un burro, que conocía el horario de los trenes que llevaban coche comedor. Y que todavía espera el retorno del tren, interrumpido hace tantos años.
Mezcla de lo español con lo prehispánico, la pintoresca descripción de un velorio diferente, de rito rural tucumano, pone de manifiesto el valor estético de la sensibilidad del autor, teñida del sabor original de lo autóctono. Y así el tradicional rito del mate surge "como un apretón de manos, un instrumento de comunicación aunque en ese momento no transiten las palabras".
A partir de la década del 60 -en plena etapa frondizista- la lucha por la sobre vivencia del ferrocarril, condenada por los intereses más espurios y retrógrados asume dimensiones homéricas tras huelgas y proscripciones. "Había dejado de ser un presagio, era un hecho real, no aflojar, no desfallecer ante nada, no desertar, ser solidarios, eran los temas recurrentes" . Pero tras la dura experiencia de la derrota, la pérdida del ferrocarril fue un drama humano durísimo: "recién salíamos de ese naufragio terrestre: rengos, tullidos, atontados los más; ferroviarios sin rumbo como pájaros sin aire: el ferrocarril ya no estaba entre nuestras pertenencias. Hombres escombros, estrellados, fuera de la vía..." La sensibilidad y penetración psicológicas de Cena logra evaluar y describir el vacío, la dolorosa sensación producto de la desaparición del ferrocarril. Mientras en Europa y Estados Unidos este medio seguía y sigue siendo valioso elemento de transporte, en nuestro extenso país turbios intereses prescindieron de él desaprensivamente. Grave drama humano y social que afectó a toda la sociedad.
De estas "inaugurales andadas" a las "alucinaciones militantes" se da un tránsito amargo, acorde al ritmo del país. La figura de Perón, la idealización de Evita, se integran al comienzo objetivamente en el texto. Las experiencias y vivencias de la represión adquieren luego en el texto expresión vívida. El personaje de la Hormiga Negra -el almirante Rojas- circula como fantasma por el relato. La figura del riojano de Anillaco también recorre el texto mostrando su hilacha rastrera a pesar de su prolijidad en los modales, su síganme falaz y engañadoras apariencias. "Gestos que tenían que ver con los deseos de agradar, complacer, de servir, eso, de servir con galanura de academia: se vistió como los del puerto, chau pilcha federal. Se cambió y los colores de los trajes fueron los clásicos, el corte de pelo se hizo ciudadano. En un principio un bisoñé se hizo boina vasca, se dio cuenta y lo cambió. Todo fue cambiando. Diría, lo de él, fue un cambio integral y en permanente movimiento. Lo que no modificó fue su ignorancia. Citaba a autores que nunca escribieron nada, o le achacaba una obra a un autor que no correspondía, lo hacía -creo, supongo, digo- por fonética".
El humor campea en esta obra. Las consideraciones sobre el seguro de sepelio, el tema de la muerte y la reencarnación, parece preocupar a los ferroviarios en la etapa democrática del más allá que a todos nos iguala. Aquí la demanda de amparo excede la etapa vital, proyectándose a la otra vida.

Un episodio curioso es el relato sobre "los niños de Tafí Viejo": a partir de la presencia de una cuadrilla de obreros rusos, que habían llegado al país, huyendo de la represión zarista y que permanecieron aquí entre 1907 y 1914, estos regresaron a Rusia a raíz de la Revolución de Octubre y se incorporaron al regimiento de Kronstadt; un grupo de chicos que había trabajado con ellos, lograron armar una radio a galena y sintonizar transmisiones procedentes de Rusia. Se las tradujo un trabajador ucraniano, confirmando asombrado su procedencia y relatando episodios de la Revolución rusa, con el consiguiente entusiasmo de los trabajadores tucumanos.

Estos y muchos otros episodios y relatos enriquecen el libro, venero de anécdotas y humanas experiencias ferroviarias, rica descripción de una etapa histórica de nuestro país.

*Sylvia Bermann.
-De Crónicas del terraplen de Juan Carlos Cena. Editado por La Rosa Blindada. 2007.
* ferrocena2003@ yahoo.com. ar



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Queridas amigas, queridos amigos:

El domingo 15 de julio del 2007 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor argentino Rubén Carrasco. Las poesías que leeremos pertenecen a Juan Carlos Galeano (Colombia) y la música de fondo será de Uakti (Brasil). ¡Les deseamos una feliz audición!
ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik. at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!! ! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!
REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!
YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage. com
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Tel. + Fax: 0043 662 825067

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