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Prohìbido García Márquez

Prohíben a García Márquez en Irán

El gobierno de Teherán dice que la publicación fue un error burocrático; el editor fue despedido

Jueves 15 de noviembre de 2007 | Publicado en la Edición impresa 
Noticias de Cultura: < anterior | siguiente >
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TEHERAN Y PARIS (AFP).- El gobierno de Irán prohibió ayer la última novela del escritor colombiano Gabriel García Márquez, Memoria de mis putas tristes , y consideró un error burocrático la autorización inicial de publicación, según indicó ayer la agencia iraní Fars. A su vez, el editor responsable de la publicación fue despedido y deberá dar explicaciones.

La primera edición del libro, que fue traducido al persa y salió hace tres semanas en Irán, apareció en ese mercado con el nombre de Memorias de mis tristes cariñitos . Incluso, la palabra "prostituta" había sido reemplazada por "mi belleza". En los últimos días, los medios conservadores habían protestado contra la publicación, que tildaron de "novela inmoral".

El libro del premio Nobel de literatura colombiano, quien en marzo cumplió 80 años, cuenta en primera persona los fantasmas eróticos de un anciano ex periodista que decide regalarse, el día de su cumpleaños 90, "una noche de amor loco con una adolescente virgen". El narrador prefiere amar a Delgadina, de 14 años, dormida, sin poseerla, sin hablarle. Pero con cada noche que pasa al lado de la adolescente en el protagonista se va desatando la tormenta del amor.

La primera edición del libro, que tiene 125 páginas, se agotó en tres semanas. "La publicación fue un error", declaró un responsable cultural que fue citado sin ser identificado. Fue el Ministerio de Cultura iraní el que se negó a permitir la reedición del libro.

Aumento de la censura

La publicación de cualquier libro en Irán debe ser aprobada por ese ministerio y las más altas autoridades de la República Islámica. Los editores se han lamentado de un aumento de la censura sobre los nuevos libros desde la llegada al poder del presidente Mahmoud Ahmadinejad, en 2005.

Poco antes de asumir, Ahmadinejad decidió que toda reedición de libros cuya publicación hubiese sido autorizada en años pasados sería sometida a una nueva decisión de la censura.

Gabriel García Márquez es uno de los autores internacionales más famosos en Irán, donde ya fueron publicadas algunas de sus grandes obras, como Cien años de soledad , El amor en los tiempos del cólera y Crónica de una muerte anunciada .

Sin embargo, no es la primera vez que la censura iraní ataca uno de sus libros. Cien años de soledad estuvo prohibida oficialmente durante años, si bien se podían adquirir a precios elevados en el mercado negro copias de segunda mano y fotocopias del libro.

Memoria de mis putas tristes incluso desató divisiones y críticas cuando se publicó en Colombia. "El autor desperdicia una oportunidad inmejorable para hacerle tributo a la vejez ahora que le está sucediendo a él. [...] Era el momento de hacer un balance, no de recrearse en una aventura oscura en la que se utiliza la inocencia para satisfacerse", dijo entonces Luisa Margarita Henao, una de las comentaristas que criticaron abiertamente la obra de García Márquez.

Lista de prohibiciones

La prohibición de Memoria de mis putas tristes en Irán se suma a otras prohibiciones y anatemas contra libros en el mundo islámico. El más célebre de ellos es el caso de Versos satánicos, del escritor británico Salman Rushdie.

La fatwa (decreto religioso) pronunciada el 14 de febrero de 1989 por el imán Khomeini, fundador de la República Islámica de Irán, condenó a muerte a Rushdie por considerar que su obra es "blasfematoria" contra el profeta Mahoma.

Otros casos de censura de libros en el mundo musulmán en los últimos años son el de la escritora de Bangladesh Tasmila Nasreen, autora de Lajja (La vergüenza), en el que describe los actos violentos de los que fueron víctimas los hindúes en Bangladesh tras el saqueo de la mezquita de Ayodhiya en la India, en diciembre de 1992.

Los fundamentalistas musulmanes de Bangladesh lanzaron igualmente una fatwa contra Nasreen por haber dicho en una entrevista que El Corán, libro sagrado de los musulmanes, estaba pasado de moda y debía ser revisado.

En tanto, en noviembre de 2002, los dirigentes religiosos del estado de Zamfara, en Nigeria, anunciaron una fatwa contra la periodista Isioma Daniel por haber escrito un artículo sobre la elección de Miss Mundo, considerado blasfematorio para los musulmanes.

En Egipto, en febrero de este año, varios libros, entre los que se encuentran Zorba el griego , de Nikos Kazantzakis, y La insoportable levedad del ser , del checo Milan Kundera, fueron incautados en la aduana.

El Milagro del Sincrodestino

El Milagro del Sincrodestino

El milagro del sincrodestino. Deepak Chopra
“Cuando aprendemos a vivir desde el alma, ocurren varias cosas. Tomamos conciencia de loa exquisitos patrones y ritmos sincrónicos que gobiernan la vida, comprendemos los infinitos recuerdos y experiencias que nos han convertidos en quienes somos ahora. El temor y la ansiedad desaparecen cuando observamos el mundo conforme se desarrolla. Identificamos la red de conciencias que nos rodean y nos damos cuenta de que hasta los sucesos más pequeños tiene un significado. Descubrimos que al prestar atención e intención a estas coincidencias, podemos conseguir resultados específicos. Establecemos contacto con todos y con todo lo existente en el universo y reconocemos el espíritu que nos une a ello. Revelamos la maravilla oculta en nuestro interior y nos deleitamos en nuestra gloria recién descubierta. Concientes convertimos nuestra vida en la expresión infinitamente creativa para la que fue creada y con ello vivimos nuestros sueños más profundos y nos acercamos a la iluminación”.

La Màquina de Escribir

La Máquina de Escribir.55
ESPACIO LITERARIO VIRTUAL FUNDADO Y DIRIGIDO POR ANÍBAL JORGE SCIORRA
Buenos Aires, Argentina, Noviembre de 2007 - Nº 55
Blog:
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Correo electrónico:
lamaquinaliteraria@gmail.com
Luciana Peker: Una mujer, muchas mujeres
Rescates: Reflexiones sobre la escritura por Felisberto Hernández
Gustavo Solórzano Alfaro: Haikú para las aves
Rubén Vedovaldi: Orígen y elementos constitutivos de la lengua castellana (Primera entrega)
Roque Dalton: Porqué escribimos
María Moreno: Sin esmalte
Libros: Alejandra Dening, Norma Segades y Mariano Meiraldi
Rolando Revagliatti: Roger Vadim
Mónica Russomanno: El Botánico
Mirta Liliana Urdiroz: 3 Poemas
Oswaldo Roses: Todas las madres del campo
Correspondencia
Villa Links

La prensa independiente no existe,
y la independencia es una máscara para
hacer pasar la mercadería de
contrabando como agua corriente
incolora, inodora, insípida, para que el
estómago del lector no se prevenga
defensivamente.
Arturo Jauretche (1901 - 1974)

 

 

Una mujer, muchas mujeres

Pasadas las elecciones y también el primer impacto sobre la certeza de que habrá una presidenta a partir de diciembre, se impone, además del festejo por las posibilidades simbólicas que abre una mujer "ahí", la reflexión sobre de qué se trata ser mujer, qué clase de acuerdo significa nombrarse así –si es que alguno sobrevive– y qué se puede esperar de otra como una –¿otra como una?– en el poder.
 

Por Luciana Peker
En 1920 las mujeres argentinas votaron por primera vez. Pero, además, pudieron votar mujeres. Alicia Moreau fue la candidata del socialismo, Elvira Rawson del radicalismo y Julieta Lanteri encabezaba una propuesta independiente. La ganadora fue Moreau. Pero, entre las tres, lograron apenas cuatro mil votos y el premio era el intento y no la posibilidad de acceder al poder. La votación fue, en realidad, un simulacro realizado simultáneamente con luchadoras sufragistas de Francia como una manera de presionar al poder político para que las ciudadanas también, igual que los ciudadanos, tuvieran derecho a votar. Y a ser elegidas. En el 2007, ochenta y siete años después, también tres mujeres se presentaron como candidatas a la presidencia de la Nación –Cristina Kirchner, Elisa Carrio y Vilma Ripoll– y una de ellas se convirtió en la primera mujer electa jefa de Estado, mientras que otra se consagró como líder de la oposición. Entre las tres arrasaron con el 72,5 por ciento de los votos. Por supuesto, no hay lectura política posible que reúna a dos rivales que no son capaces de saludarse por teléfono. Pero, más allá de diferencias y disputas –e incluso más allá de ellas– no deja de ser un signo de cambio que sólo cincuenta y seis años después de que en 1951 las mujeres fueran habilitadas para votar por primera vez, ahora, siete de cada diez argentinos y argentinas haya elegido a una candidata para que lo/la represente.
"La gente no tuvo miedo de votar a mujeres y eso es importante", destaca la escritora Ana María Shua. Aunque, a pesar de la enorme presencia femenina en la elección, los temas de género –la violencia contra las mujeres, los femicidios íntimos, el reclamo por la despenalización del aborto, la trata y explotación sexual, los noviazgos violentos, la disparidad salarial entre varones y mujeres, la mortalidad materna, la desnutrición de las mujeres indígenas, etc.– no tuvieron, prácticamente, lugar en la campaña electoral ni el debate público. ¿Fue una oportunidad perdida o puede ser una oportunidad aprovechada para revalorizar la llegada a la presidencia de una mujer?
Incluso, más allá de las distancias estéticas –la aplicación, o no, de botox para disimular arrugas como eje de la superficial diferencia entre Cristina y el resto– no hubo discusiones o posibilidades de reflexionar sobre viejos y nuevos moldes de mujer. A diferencia de Chile, en donde Michelle Bachelet está separada, con tres hijos (de dos diferentes matrimonios) y donde, con humor, ella se atreve a no resignar una candidatura a un eventual amor. En Alemania, la canciller Angela Merkel –casada con Joachim Sauer, un profesor de química, pero sin hijos– desafió la matemática cultural de la feminidad como sinónimo de maternidad. Mientras que en Francia, Ségolène Royal, madre de cuatro hijos, no iba en contra del mandato pero sí reclamaba por la conciliación de la vida familiar y política. Pero perdió. En Francia, en Argentina, no.
Ségolène escuchó arriba del palco el discurso de Cristina. Las dos son mujeres políticas, las dos pertenecen a matrimonios políticos. Pero Cristina ganó. Y Ségolène no llegó a la presidencia y sí al divorcio post electoral de su ex marido y dirigente del Partido Socialista Francés, François Hollande. Cristina también le ganó de mano a Hillary Clinton en pasar del rol de senadora y primera dama a presidenta.
Tal vez todo eso empujó a Cristina a definirse más cerca de otras mujeres después del triunfo electoral. "Permítanme dirigirme a mis hermanas de género para convocarlas a todas, a las que tal vez han quedado solas frente al hogar, a las obreras en las fábricas, a las estudiantes en las universidades, a las profesionales, a las empresarias, sé que podemos desarrollar una gran tarea, porque estamos con las aptitudes especiales, ni diferentes ni mejores, especiales, de poder ser ciudadanas de lo privado y de lo público, de poder articular el mundo de la familia y el mundo de la política y la militancia. Y haber hecho las dos cosas bien, que es lo importante. La política sin la familia no vale y la familia, sin lo que uno piensa como modelo de país, tampoco", apuntó Cristina.
Tal vez uno de los puntos más criticados desde el movimiento de mujeres sea la falta de compromiso de la presidenta electa con la despenalización del aborto. "Siempre me he definido en contra del aborto, aunque tampoco creo que nadie esté a favor del aborto, ni los que abogan por su despenalización. Eso sería una simplificación. Mi postura siempre ha sido clara en ese sentido", delineó en su último día de campaña.
La socióloga María Luisa Storani, del Centro de la Mujer de San Fernando, subraya: "Es histórico haber tenido a dos mujeres disputando la presidencia. Pero el solo hecho de ser mujeres no garantiza el cambio. Espero que ambas puedan aprovechar el impulso que les da la sociedad para revisar sus posiciones respecto de los derechos sexuales y reproductivos". Por su parte, Nina Brugo, presidenta de la Comisión de la Mujer de la Asociación de Abogados de Buenos Aires, advierte: "No confundamos: el hecho de pertenecer al sexo femenino no significa que ellas (Carrió y Kirchner) representen la continuación de quienes emprendieron las luchas reivindicativas de nuestro género ni tampoco que lleguen a reconocer que sin esas luchas no ocuparían el lugar que hoy ocupan". Pero Brugo no augura un estilo de conducción que abra nuevos caminos. "Hasta ahora ninguna de las dos ha demostrado diferenciación con el poder político masculino." Sin embargo, más allá de las posturas personales hay símbolos sociales que irrumpen como los chistes: "¿Che, viste que ahora nos va a gobernar una mujer?".

Luciana Peker
lpeker@yahoo.com
Fuente: Las/12|Viernes, 02 de Noviembre de 2007
© 2000-2007
www.pagina12.com.ar|República Argentina|Todos los Derechos Reservados

 


Rescates:
Reflexiones sobre la escritura por Felisberto Hernández* (Fragmento)


"Obligado o traicionado por mí mismo a decir cómo hago mis cuentos, recurriré a explicaciones exteriores a ellos.

No son completamente naturales, en el sentido de no intervenir la conciencia. Eso me sería antipático. No son dominados por una teoría de la conciencia. Eso me sería extremadamente antipático. Preferiría decir que esa intervención es misteriosa. Mis cuentos no tienen estructuras lógicas. A pesar de la vigilancia constante y rigurosa de la conciencia, esta también me es desconocida. En un momento dado pienso que en un rincón de mí nacerá una planta. La empiezo a acechar creyendo que en ese rincón se ha producido algo raro, pero que podría tener porvenir artístico. Sería feliz si esta idea no fracasara del todo. Sin embargo, debo esperar un tiempo ignorado: no sé cómo hacer germinar la planta, ni cómo favorecer, ni cuidar su crecimiento; sólo presiento o deseo que tenga hojas de poesía; o algo que se transforme en poesía si la miran ciertos ojos. Debo cuidar que no ocupe mucho espacio, que no pretenda ser bella o intensa, sino que sea la planta que ella misma esté destinada a ser, y ayudarla a que lo sea. Al mismo tiempo ella crecerá de acuerdo a un contemplador al que no hará mucho caso si él quiere sugerirle demasiadas intenciones o grandezas. Si es una planta dueña de sí misma tendrá una poesía natural, desconocida por ella misma. Ella debe ser como una persona que vivirá no sabe cuánto, con necesidades propias, con un orgullo discreto, un poco torpe y que parezca improvisado. Ella misma no conocerá sus leyes, aunque profundamente las tenga y la conciencia no las alcance. No sabrá el grado y la manera en que la conciencia intervendrá, pero en última instancia impondrá su voluntad. Y enseñará a la conciencia a ser desinteresada.

Lo más seguro de todo es que yo no sé cómo hago mis cuentos, porque cada uno de ellos tiene su vida extraña y propia. Pero también sé que viven peleando con la conciencia para evitar los extranjeros que ella les recomienda."
 

*Felisberto Hernández (escritor uruguayo, 1902-1964) es considerado uno de los principales exponentes de la literatura fantástica en idioma español. Especialista en el ámbito de la narrativa breve, sus obras han sido traducidas a múltiples idiomas. Entre sus obras se destacan Nadie encendía las lámparas (1947), La casa inundada (1960) y la novela corta Las hortensias (1949). Fue, también, un pianista notable.

Fuente: Boletín de LibrosEnRed Nº 81
boletines@librosenred.com
http://www.librosenred.com/autores.asp

 

 

Haikú para las aves
por Gustavo Solórzano Alfaro

 

El ciruelo florece,
el ruiseñor canta;
pero yo estoy solo.

Kobayashi Issa

Sombra del sueño,
caemos hacia el alba:
ágil delirio.

Tu nombre canta
las sílabas finales
de aquel silencio.

Ahora el aire
parece diminuto:
una mariposa.

Si el viento calla,
la montaña empieza
a cantar en la noche.

Te vi desnuda:
tu mano reposada…
y tu cintura.
Caen las hojas,
el tiempo detenido:
serenidad.

Aunque no muera,
mi camino está listo:
el sueño aguarda.

El frío cae,
mis rodillas lo saben
y desesperan.

Hoy lo presiento,
mañanas de verano
y una paloma.

La rama añeja
se desprende en el aire
y tu risa aparece.

Nada es tan fácil
cuando el viento arrasa
tus labios secos.

Las nubes solas,
y tus viejos jardines
rompen el cielo.

Hoy estoy solo:
lejos del aire frío
brilla tu risa.

Busco secretos
en la fugaz tormenta
de nuestros miedos.

Aspiro lienzos
donde pintar el fuego
que nos embriaga.

Las estaciones:
pequeñas dagas rojas
inalcanzables.

Si el cielo calla
robaré tus silencios
para alcanzarte.

La suave lluvia
amaina los segundos:
todo está en calma.

El árbol roto
es aquella ventana
en la que bailas.

Las verdes ramas
acallan el crepúsculo
y nada importa.

Los nidos viejos
son esquirlas húmedas
de liviandad.

La noche viene.
Mis temores empiezan:
la inmensidad.

Cuando descansan,
las aves son espejos
del infinito.

 

El viento sopla.
El día soleado.
Mis ojos lloran.

Si nadie aguarda,
el tiempo llegará
contra las nubes.

En la mañana
observo el cielo oscuro:
la brisa pasa.

Veo pájaros
que en su vüelo inventan
la eternidad.


Gustavo Solórzano Alfaro
del poemario inédito "El espejo y la memoria"
Fuente: a r i a d n a - r c / ocubre 2007
[ariadna rc número treinta y siete edición de otoño de dos mil siete]
ariadna-rc@domeus.es
www.ariadna-rc.com  


Rubén Vedovaldi:
ORIGEN Y ELEMENTOS CONSTITUTIVOS DE LA LENGUA CASTELLANA

-Primera Entrega-

Proviene del latín que se hablaba hace 2.225 años en la Roma Imperial.

Esa lengua ya desaparecida y que ahora quieren reimponer en misa en el Vaticano, sufriría constantes cambios debidos al contínuo contacto con pueblos que hablaban otras lenguas, lo que produjo diversas formas de oír, interpretar y hablar el latín, de acuerdo a los estratos socio-culturales, las ocupaciones, las regiones geográficas, etc.

Con la caída del imperio, por la presión de los bárbaros, ese latín experimenta un profundo y continuo proceso de dialectalización que desembocará en las nuevas lenguas romances que después formarán lo que hoy es el italiano o toscano, el rumano, el retorromano, el sardo, el provenzal,  el francés, el  español, el gallego, el catalán,  el portugués,  y una lengua ya desaparecida que fue el dálmata, que hoy no lo ladran ni los ciento un perritos de la película de la Dysney.

 

El latín en Hispania y las lenguas romances
Con la.invasión romana por el desembarco de los Escisiones en Ampurias en el año 218 a.C. en el contexto de la Segunda Guerra Púnica, la península ibérica sufre una nueva alteración lingüística que se suma a la ya existente.

Hablaban sermo urbanus o nobilis los nobles, el clero y los literatos  y chamuyaban sermo vulgaris o rústicus, los reos, los guerreros y soldados. El rústicus se impuso como la lengua provinciana y popular.

Cada vez más gente hablaba esa lengua vulgar y así, golpe a golpe y verso a verso se fueron olvidando los modos y usos clásicos y literarios.

Por ejemplo, a la latina y noble palabra MAGNUS el vulgo la cambió por  grandis, que es la que ahora decimos grande.

El galopante sustantivo CABALLUS reemplazó al latino EQUUS, del que hoy nos queda la vulgar palabra caballo y la noble o culta y españolizada palabra equino o la descalificatoria y lunfarda palabra burro, donde burrero ya no es el que cuida al asno sino el que apuesta dinero en las carreras de caballos.

 

Difusión
El castellano o español es la lengua romance o neolatina más difundida y propagada por la prensa gráfica, la imprenta-editorial, la radio, el cine, la televisión y por  contar con el mayor número de hablantes. Más de trescientos veinte millones de personas hablan como propia nuestra lengua en España, México, Dominicana, Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua, Costa Rica, Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú, Bolivia, Chile, Argentina, Uruguay, Paraguay, Filipinas, sur de los Estados Unidos y comunidades sefardíes del Cercano Oriente y África del Norte.  

También valoriza el castellano el desarrollo literario y los muchos escritores españoles e hispanoamericanos que han obtenido el Premio Nobel de Literatura por su reconocido y notable aporte a la lírica o poesía, a la narrativa, a la dramaturgia o teatro y al ensayo. 

Elementos determinantes:
Sin embargo, en sus orígenes, ante el intento de conquista romana de la península, muchos pueblos preexistentes resisten fuertemente y se oponen a los  invasores. Lusitanos, celtas e íberos lucharon osadamente ( y bien digo osadamente, porque al que agarraban le rompían los huesos)  hasta hacer casi infranqueable el paso de los conquistadores romanos. Sólo en el año 19 antes de Cristo, el emperador Augusto los somete definitivamente en Cántabros y Astures. 

Cuatro elementos determinan el desarrollo del latín en Hyspania:

a)      Desfase entre el uso hablado y literario del latín durante la dominación romana.

b)      Existencia de diversos estratos linguísticos o dialectales entre los soldados, colonos y oficiales.

c)      Lejanía de la metrópolis romana, la que se constituía como un órgano nivelador de la lengua.

d)      Influencia de los usos de las lenguas nativas peninsulares en el latín ( sustrato).

Versión resumida por Rubén Vedovaldi
vedonet@netcoop.com.ar
Fuente: Biblioteca Temática Larousse para los darios El Día y Popular, Chile y Argentina 1993.

 

Roque Dalton:
Por Qué Escribimos
 
Uno hace versos y ama la extraña risa de los niños,
el subsuelo del hombre que en las ciudades ácidas disfraza su leyenda,
la instauración de la alegría que profetiza el humo de las fábricas.

Uno tiene en las manos un pequeño país, horribles fechas,
muertos como cuchillos exigentes, obispos venenosos,
inmensos jóvenes de pie sin más edad que la esperanza,
rebeldes panaderas con más poder que un lirio,
sastres como la vida, páginas, novias, esporádico pan, hijos enfermos, abogados traidores, nietos de la sentencia y lo que fueron,
bodas desperdiciadas de impotente varón,
madre, pupilas, puentes, rotas fotografías y programas.
Uno se va a morir, mañana, un año, un mes sin pétalos dormidos;
disperso va a quedar bajo la tierra y vendrán nuevos hombres pidiendo panoramas. Preguntarán qué fuimos, quienes con llamas puras les antecedieron, a quienes maldecir con el recuerdo.
Bien. Eso hacemos:
custodiamos para ellos el tiempo que nos toca

Roque Dalton
Enviado por Susana Torralbo
susanatorralbo@hotmail.com

 


Acerca de Doris Lessing, Premio Nobel de Literatura
Sin esmalte

Por María Moreno
Jane Somers, así firma un par de sus novelas, para dar una gran broma a los críticos. Doris Lessing, que es sufi, quiere ser como el Mulá Nasrudin que hace filosofía chapuceando. Escribe esas novelas despojándose de sus saberes –viajes, conocimientos culturales, política y sofisticación– en nombre de esa Jane Somers, una joven periodista. Sus editores ingleses rechazan el primer libro, cuando logra publicarlo las críticas son pequeñas, mezquinas, algunas –solidarias– de mujeres.

Durante el curso de una entrevista, Roger Caillois le menciona una fecha a Borges, éste lo interrumpe diciendo: "Ah, ése es el año en que usted me inventó a mí". Más allá de la broma, Borges estaba señalándose no como un valor trascendente e indiscutible más allá de toda contingencia sino como una construcción –a él no le hubiera disgustado decir "ficción"– ligada a la historia, a las vicisitudes de la traducción, los códigos de interpretación de una época, la atracción por continentes perdidos, el imaginario común de la crítica. Y a través de una ética admirable fue en el fracaso de su Pierre Menard al escribir El Quijote fuera de época y lugar como Borges desmitifica su propio nombre, devolviéndole la huella de la historia.

Lessing y Borges tienen algo en común: carcajearse con una crítica que ni siquiera puede lidiar decentemente con un tema en el que deberían ser expertos: la atribución. Es la misma crítica que ha creado ese slogan por el que no se puede diferenciar el texto de un hombre del de una mujer y en realidad debería confesar que no puede decir nada de un texto si no viene firmado por un autor conocido aunque ella haya decretado el deceso del autor genérico reteniendo, por las dudas, su biografía, los detalles de con quién se acostaba y de las enfermedades en la sangre que le hubieran provisto sus padres (para usarlos disimuladamente a pesar del voto de abstinencia decretado por la inquisición estructuralista).

Bien, ¿dónde está Lessing? Observando con perplejidad, respeto y un dejo de ironía la ópera que ha compuesto con Philipp Glass. No está impresionada. Es sabia por experiencia como esa mujer de su novela En busca de un inglés que decide ahorrar para comprar un esmalte de uñas yendo al trabajo a pie en lugar de usar el tranvía y que cuando logra tener el dinero suficiente descubre que las chapitas de sus zapatos están tan gastadas que debe cambiarlas –sádicamente, chapitas y esmalte tienen el mismo precio–.

Estas líneas pertenecen al prólogo de María Moreno escrito para el tomo de entrevistas a escritoras del Paris Review que El Ateneo publicó en 1997, y en el que se incluye una entrevista a Lessing realizada por Thomas Frick.
Fuente: Radar|Domingo, 21 de Octubre de 2007
© 2000-2007
www.pagina12.com.ar|República Argentina|Todos los Derechos Reservados
 

Libros:
"Con la vida atragantada", de Alejandra Dening
(Ed. Del Dock, Buenos Aires, octubre 2007)
 
 
Alejandra Dening.
Una voz en la niebla.

Niebla, des-orientación, imprecisión, fantasmas mudos. Y la imposición de andar en medio de "realidades" virtuales cada vez más abstractas e impersonales.
El sistema, minotauro devorador, prostituye las palabras, les pone precio; en lugar de ponerles valor.
Máscara de máscaras, las urbes estruendosas violan la sacralidad de las personas y las hacen incapaces de ver, escuchar, responder. Así andan muchos, ciegos, sordos y mudos, hasta que aparece una voz poética y la niebla se disipa. Ella nombra de una manera única y hace de la palabra la cosa. La realidad se hace sensual e inteligible, en su doble vertiente existencial: lo interior y el mundo.
No esperemos complacencias, no imaginemos "Barbies" con mariposas de papel.
Acá hay una voz que es música y grito. Quitar máscaras es doloroso, pero solo así se llega a la verdad.
Sólo se es libre cuando uno conoce la verdad, desgarradora, atenaceante; ella es la madre de la libertad.
Saludamos a esta nueva voz: incisiva, fuerte, musical. No dudamos que disipará las nieblas de muchos caminantes ciegos.
No vamos a definir los aspectos formales, estilísticos y semánticos de esta gran poeta.
Bastará con escucharla.

Texto de Contratapa del libro por Emilse Cersósimo

Emilse Cersósimo es Profesora en Letras (Universidad Nacional de La Plata), Licenciada en Letras (Stephen Austin State Universtity) y autora de libros de crítica literaria: "Sobre héroes y tumbas, de los caracteres a la metafísica" y "Literatura y Profecía".
aledening@gmail.com
http://www.alejandradening.com.ar/acerca-autora.html

 
  
 
3 Libros de Norma Segades

Nos comenta la autora en un mail: "Ante la imposibilidad de publicar en Argentina, no solamente por tener que solventar las ediciones, sino por la inutilidad de hacerlo debido a la falta de distribución, me he tomado el atrevimiento de acercarte para su lectura estos libros que tuve secuestrados en los cajones de mi escritorio. Te asiste el derecho de negarte a hacerlo por sentirte invadido en tu privacidad. De ser así, por favor, dímelo, y prometo no hacerlo más. Un abrazo cordial, Norma", e incluye los enlaces correspondientes para poder ser leídos a través de Internet.
Son los siguientes:

Historias para Tiago: http://historiastiago.blogspot.com/

Bitácora del viento: http://bitacoradelviento.blogspot.com/

A solas con la sombra: http://asolasconlasombra.blogspot.com/

y por supuesto, se pueden leer y/o bajar desde aquí.
 
Para contactarse con la autora:
segadesmanias@yahoo.com.ar

 

 

Primer libro de cuentos de Mariano Meiraldi
 
Un puchito por favor

"Nuestro día comienza temprano, como a las seis de la mañana ya está la enfermera con los remedios que debemos tomar. Hay de todos los colores y tamaños; azul, rojo amarillo y verde, grandes, medianos y chicos; es como un gran cóctel de caramelos sugus y palitos de la selva de gustos rancios y amargos".
 
Fue poco tiempo el que resistió Humberto alejado de su sueño de formar una familia, trabajar y vivir libremente en la realidad de afuera, de afuera de estos cuatro muros que nos protegen y aíslan del peligro exterior. Una mañana, al despertar el loquero de su insoportable oscuridad, Humberto se encontraba  colgado con sus propias sabanas del ventilador de techo, y abajo del cuerpo una carta escrita a puño y letra que decía..."el suicidio es el reparo de las almas en pena". 
 
Lo puedes adquirir en la librería El Garage del Arte, San Martín 837, Campana, o en
Editorial Tierras del Sur, Casa La Gomera, Quinquela Martín 1799, Ciudad Autónoma de Buenos Aires (Barracas)
O, comunicarte vía mail a:
kira_baleno@yahoo.com.ar

 

Rolando Revagliatti:
Roger Vadim

Hace un año que no la llaman de ningún canal. Llama ella a algún ejecutivo, la citan, intima, pero no la incluyen en programas. No entiendo lo que pasa. Ahora estudia canto. Algunas empezaron como ella y llegaron a ser figuras. O impactaron con un aviso filmado. Intervino en varios, pero no resultaron un boom. Y en dos largometrajes. En el dramático, la desnudaban varias mujeres presidiarias y la gozaban. En el otro, se desvestía con crispante morosidad en la pieza de un albergue suntuoso mientras un actor de reparto, ridículo, la esperaba en la cama cubierto con una toallita. Además posó para la tapa de un long play y para fotonovelas. No es estúpida. "Sé que la mayoría se queda en el camino", me dijo. Pero no encuentra en sí las fuerzas suficientes para torcer el rumbo. Tendría que partir de cero. De otro modo . Tal vez, el canto.
Entró al mundo artístico a los diecisiete años y por la puerta grande de la televisión. Su madre había logrado un contacto con el productor del show de Toto Alcalá, y allí, con su autorización y complacencia lució su primer bikini con lentejuelas. Al insinuársele Toto, ella le deslizaba con ingenuidad: "Me dejaron solita y usted no me inspira confianza". Se hizo notar y en Radiolandia y en Antena le adjudicaron romances con un tenista, un locutor de radio Belgrano, un jugador de fútbol, el hijo del propietario de un boliche de moda, y el más promocionado, con un cómico en pleno candelero. Hizo carrera (carrerita) sin esfuerzo. Supo imponerse. Tiene las formas y da el tipo que excita. Su estilo contorneado gusta siempre y a todos. No es tan tosca como otras chicas del ambiente. Incluso diría que no le falta sensibilidad. Conserva cierta frescura porque no ha renunciado a su familia. Y la estimulan. Es en el estudio del canto donde en la actualidad deposita sus ilusiones de perdurar, de trascender. Quisiera dedicarse profesionalmente a interpretar temas melódicos. Sueña con su propio ciclo. Posee mejores cualidades que muchas. Debe animarse a largar la voz, de por sí, entonada.
En algo estuvo en el último año. No sé con exactitud cómo es que accedió. En su casa mentía que eran comerciales para Venezuela. Pero eran fotos. Para almanaques. Fotos semi-pornográ ficas con maquillajes estrambóticos. Le costó desinhibirse hasta tal punto delante de la cámara y de todo un pequeño equipo, pero era buen cachet y le aseguraron que no se distribuirían en la Argentina. Le sirvió para sentirse activa y requerida mientras aguardaba una oportunidad como la gente.
Procura engrosar su vocabulario, no pronunciar palabras groseras o inadecuadas y refinar modales. "Pretendo que me respeten", dice. La comprendo: una cosa es el espectáculo y otra muy distinta la cotidianeidad. Por eso es que estudia canto. "Me pulo", dice. Bah, aprende. Si aparecieran bolos como actriz para tiras o una propuesta como secretaria de algún conductor de programas de entretenimientos, lo aceptaría. Más adelante, ya verá. Depende de ella. Y de la suerte, de las circunstancias. Le adelantaron sotto voce que tratarían de ubicarla para protagonizar un filme de "sexo explícito". Y que también se distribuiría fuera de nuestro país. Me da la impresión de que rechazaría la cosa. "No quiero encasillarme" , me dijo. Por mi parte, además de las clases, le ofrecí un apoyo más comprometido. Ayudarla a crecer. Lo está pensando. No sería la primera que se afianza en base a mi experiencia, conexiones e iniciativas. Y ella lo sabe. Siempre tuve buen ojo: clínico. Desplegaría su potencial. Me necesita. Y me conmueve lo bastante. Sé donde hay . Para mí, vivificante desafío. Pudiera constituirme en su Roger Vadim. Sería delicioso y apasionante. ¿Cuán maleable, plástica en mis manos, con mi perspicacia? Que lo piense … , que lo piense. Y le ofreceré aún más. Le ofreceré venirse a vivir conmigo: una relación estable. Para su familia, demás está puntualizarlo, inequívocamente, sólo seríamos amigas.
 
Rolando Revagliatti
revadans@yahoo.com.ar
http://artespoeticas.librodenotas.com/?c=Revagliatti-Rolando
http://paralelo30.iespana.es/rolando_37.htm
http://www.revagliatti.com.ar

 

Mónica Russomano:
El Botánico

En ese lugar se siente Europa en Buenos Aires. Desde los perímetros
resguardados por rejas de hierro hasta los faroles fundidos en negro,
elegantes, recortando su sombrero de cristal contra el cielo celeste.
Los senderos proponen recorridos erráticos para paseantes sin apuro. Se
acercan y alejan de los límites del parque, se entrecruzan, aparecen entre
matas y desaparecen por detrás de las estatuas. Hay calma aquí, tan cerca y
tan escindido el aire de las cercanas avenidas transidas de ferocidad.
La paz se traduce en gatos que toman sol con los ojos cerrados.
Sentados, con las patitas juntas abrigadas por la cola, echarpe natural, tan
hieráticos, tan delicados. Otros se enroscan en el césped, se estiran sobre
el tejado de la construcción inglesa de ladrillo y teja, se acercan a la
gente a restregarse contra piernas generosas o a buscar una mano para
acariciarse a sí mismos pasando la cabeza de dientitos afilados, una y otra
vez, los bigotes replegados por el placer. Gatos atigrados, manchados,
negros, marrones. Gatos de a diez, de a ciento. Gatos. Gatos gordos y
lustrosos, que aceptan o no la ofrenda de comida que por todos los rincones
les dejan los fieles. Una anciana en un banco de tablillas de madera, dirige
el rostro al firmamento mientras un gato duerme en su falda. No es suyo, se
le presta. Dos sueños se entremezclan en melodía vegetal.
El jardín botánico es un campo felino, plácido, indiferente, replegado
en su propia belleza, tendido al sol con su pelaje de árboles y arbustos.
Nos deja admirarlo pero no tiene fidelidad canina. Somos visitantes en él.
Apenas le pasaremos la mano por el flanco, pero sólo si él lo desea.
Belleza añadida, sumando al encanto natural el sensible empeño humano,
las esculturas, las bellísimas esculturas en la foresta.
Las estatuas son de bronce o mármol. Los materiales son nobles. Ni
flores de plástico ni esculturas de cemento. Y cada forma es pura, delicada,
se recorta contra arbustos del África o árboles asiáticos. Un extraño
helecho abre sus florecillas en la nervadura de las hojas. Una mujer
aborigen se detiene para siempre en la fronda pétrea. Dos ninfas danzan para
que el estanque con hojas flotantes les preste vida en sus reflejos que,
ellos si, ellos también, bailan. Una figura despliega un velo que queda
suspendido en el espacio, vela de navío fantasma; dos amantes sonríen y
miran el futuro con ojos confiados; una muchacha grácil se enrosca en su
íntimo dolor. Una mujer llegada de Sagunto ha matado a su hijo, y se clava
para siempre el puñal en el pecho, para que los sitiadores de la ciudad no
encuentren nada más que destrucción y despojos detrás de las murallas. El
enorme grupo de bronce de las bacanales se ríe tontamente, eternamente, en
la zona donde la borrachera aún es alegre, alguno ya caído en el suelo,
otros abrazados, todos tan vivos en ese eterno gesto que allá en Roma, en
1904, fue primero cera y luego el metal fundido que aquí nos reclama y se
mira en nuestra mirada.
Y el palacio acristalado, etéreo, transparente, abrigando a los
retoños. El invernadero dibujado a tinta y plumón sobre las nubes. Qué
belleza la de ese edificio de líneas filigranadas, tan elevado, tan frágil,
contra la vastedad del cielo.
Por la noche las estatuas retendrán la luna en los ojos ciegos, los
gatos pondrán en orden su universo, las plantas crecerán minúsculamente. Y
alguna oruga trabajará en lo quedo preparando la dicha de la libertad alada.
Tendrá en primavera sus joyas este jardín, y serán regias, movedizas,
verdaderas.

Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com


Mirta Liliana Urdiroz:
3 Poemas

Cosquillas de sal sobre mi cuerpo


                        me retornan al abrazo azul


                        interminable 


                        de cada día sin horas


                        Mi cuerpo ebrio de espuma


                        danza


                        en un  ensueño


                        donde el cielo


                        y la luna apenas asomada


                        sólo


                        acompañan
 
 

* * * * *

 

 Me dejó por un rato


                                   y fue la vida


                                   somnoliencia


                                   en la que viví


                                   desde su partida


                                   Siempre vuelve


                                   a poseerme en mis sueños


                                   Siempre vuelve


                                   pero yo


                                   ya he desaparecido
 
 

* * * * *


 y tú insistes


                                 juegas a ser rosa


                                 entre rosas


                                 única preferida


                                 entre inalcanzables


                                 sedosa y  bella


                                 entre supremas


                            

                                 Escucha al viento


                                 él te murmura


                                 deténte


                                 tú no eres rosa
 
 

Mirta Liliana Urdiroz
Todos los Derechos Reservados
mirtaurdiroz@yahoo.com.ar
http://porsiemprepoesia.blogspot.com


Oswaldo Roses:
TODAS LAS MADRES DEL CAMPO
 

Todas las madres del campo,
con el dios de lo sencillo,
han vivido trabajando
como el que empuja la tierra
en el olvido del tiempo
sin tener más paz que pena.

 

Son vientres, sobreesfuerzos
que entre el destino ruedan
por misteriosos azules
alzando besos a ciegas;
fértiles melancolías
enlizadas de belleza
ganando amor por hijo
como fieras fortalezas
que no atravesará el frío
ni subrepticios de guerras.

 

Cantan a la sombra extraña
un día, con ansia eterna
y hasta con la voz lejana,
para retar a su fuerza;
colmadas de luz por cándidas,
colmadas de miel por tiernas
irán regalando vidas
-al par que las ven estrellas-
por todos los nuevos sitios
en donde la noche espera.

 

Son musas de la verdad,
del hambre a su sur abierta
diciendo al viento: "Estamos
jurándote la miseria".

 

Pero, sangre a sangre, alma
a alma, se recuperan
y no maldicen al cielo
ni a la fe que las entierra.
 

Oswaldo Roses
oswaldo_roses@hotmail.com
http://leerlosojosalmundo.blogspot.com/

 

Correspondencia

Hola Aníbal,
Creo que nunca te escribí y eso que tengo pendiente enviarte unos cuantos de los microcuentos que me gusta borronear.Hace años que vengo recibiendo con muchìsimo placer "La máquina de escribir" y quizás por eso , porque he recibido tanto ,me veo en la obligación de hacer una mínima colaboración, que consiste nada más que en sembrarte una duda, para intentar con un granito de arena, sostener la fiabilidad que tu página tiene.
Leo el texto de Galeano y sabés qué...no me lo creo, dudo que sea de él. ¿vos chequeaste que sea el autor? No te lo podría asegurar claro y ojalá me equivoque pero quizás por haber leído tanto (o todo)Galeano, hay mucho del texto que no me cierra con su estilo. Te digo esto no con ánimo de molestar ni de quejarme sino como te dije antes de colaborar para que "La Máquina" siga siendo ese lugar donde nos da placer encontrarnos y donde no tendrían que aparecer textos truchos como tanto de García Marquez o Borges que circula en Internet.
 
Un abrazo.
Gracias por todo.
Y felicitaciones por los cuatro años.!!!!
 
Walter Rago
acaestawalter@yahoo.com.ar

N. de la R.: El texto al que se refiere Walter fue publicado en el Nº 54 (Octubre 2007) con el título "Porqué todavía no me compré un DVD" y nos los fue enviado por Jorge "el pollo Daffra". Desconocemos aún de dónde le llegó a éste el mencionado relato que se le atribuye la autoría a Eduardo Galeano. dejamos por ahora abierta la posibilidad de que sea dudoso que lo haya escrito Galeano, salvo que alguien lo corrobore con pruebas fehacientes.


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Un gran saludo a "EL ARCA del Sur", publicación literaria santafecina que acaba de cumplir 15 años de vida y en especial a su creador: Alejandro Alvarez Durante. También nuestras felicitaciones a los realizadores del cortometraje en homenaje a esta publicación donde participó como guionista nuestra columnista Mónica Russomanno.
EL ARCA del Sur está también en Internet: 
www.elarcadelsur.com.ar

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Villa Links
Los sitios recomendados por "La Máquina de Escribir"

Los blogs de Agustín Espina: donde se conjugan poesía, pintura, diseño, arte:
TIEMPOS: 
http://agustinespina.blogspot.com/
REALES:   http://agustin-espina.blogspot.com/


Tuerto Rey: Poesía desde la aldea/  Sitio web de César Cantoni y Sandra Cornejo/
(Un espacio destinado a publicar información, poemas y textos vinculados con la creación poética):
www.tuertorey.com.ar


El grupo literario "Muestrario de Palabras" acerca el Octavo Número de la revista virtual "Palabras al sol":
http://grupomuestrario.googlepages.com


ÑUSLETER las 24 hs en:
http://www.niusleter.com.ar


Monumento a las Víctimas del Terrorismo de Estado (Inauguración: 7 de noviembre 2007 a las 18 hs.) en el Parque de la Memoria (Av. Costanera Norte Rafael Obligado s/n -Adyacente a Ciudad Universitaria-):
www.parquedelamemoria.org.ar

 

"Te doy mi palabra", noticias de los cuentacuentos:
www.circulocuentos.com.ar


EL ARCA del Sur, publicación mensual gratuita (Santa Fe, Argentina). Acaba de cumplir 15 años!!!:
www.elarcadelsur.com.ar


Blog de Haikús de Verónica Curutchet - Jardín Haikú:
http://jardinhaiku.blogspot.com/


Los poemas de Gustavo Tisocco:
http://poemasdegustavotisocco.blogspot.com/


Sexualidad, amor, salidas, chat, videos, solos & solas: "Vida de Pareja":
http://lavidadepareja.blogspot.com/search/label/Comunicación

Web oficial de la gira "Dos pájaros de un tiro" (Serrat/ Sabina):
http://www.dospajarosdeuntiro.es/


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37 Grados
domingos 18 a 19 hs.
con Luciana Peker
AM 530 La Voz de las Madres
http://www.madres.org/asociacion/noticia/grilla/madres.htm


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A partir de enero 2008
La Máquina de Escribir
toda una en el blog
http://lamaqdeescribir.blogspot.com/
textos/ poesía/ ensayo/ opinión/ entrevistas/ gacetillas/ libros/ cine/ teatro/ música/ espectáculos/ rescates/ historia/ cr`ticas/ comentarios/ fotografía/ cartas/ inquietudes/ homenajes/ etcéteras...
actualización permanente


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La Máquina de Escribir
ESPACIO LITERARIO VIRTUAL
Buenos Aires, Argentina/ 
Fundado y dirigido por Aníbal Jorge Sciorra (anisci)/
Para suscripciones, desuscripciones y/o envíos escribir a:
lamaquinaliteraria@gmail.com   
Página web:
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Blog:
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El editor no se hace responsable de las notas firmadas. 
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Dónde está Laika????

Dónde está Laika????

TODO VERDE Y UN ÁRBOL LILA...
"¿Dónde está Laika?"*
*Por Osvaldo Pepe opepe@clarin. com
No tenía ni la menor idea. En mi primera infancia, a un paso de cruzar la frontera de los 5 años, no podía saber que mi ansiedad se asociaba con el delicado equilibrio de poder de la Guerra Fría. Recuerdo que en las cálidas noches de aquella primavera, junto a mi madre explorábamos el cielo, y que yo le pedía que me dijera dónde estaba Laika: aquel fue el primer rayo de curiosidad que atravesó la infancia de toda una generación.
Laika era la perrita que los soviéticos habían lanzado al espacio en un satélite el 3 de noviembre de 1957: fue el segundo paso que daban en la carrera espacial para discutirle la hegemonía tecnológica a un EE.UU. perplejo. Un mes antes de que Laika, cuyo nombre en ruso era "pequeño ladrador", se transformara en el primer ser vivo en desafiar las leyes de la ingravidez, los soviéticos habían dado comienzo a la carrera espacial con el lanzamiento del Sputnik I. Desafiantes, habían anunciado que Laika regresaría a la Tierra viva y en paracaídas. La verdad, callada entonces, fue que murió a las pocas horas.
En aquella barriada mansa, en la periferia de Villa Devoto, buscábamos en el cielo una huella, un rastro de certeza, rodeados de tanos y gallegos inmigrantes que tomaban "la fresca" en la vereda de sus casas con las sillas puestas "al revés", toscanos de olores definitivos en los labios y pantallas en las manos para aliviar los sofocones del verano insinuante. De noche urgía a mi madre, y ella me mentía. O no: "Allá, allá, ¿ves?", señalaba una imprecisa estrella lejana, que tintineaba su rutina de siglos.
Por años, como un relámpago de la memoria, recordé una tapa de Clarín con la foto de Laika antes del despegue: creí haberle visto una cara de pánico y una indefensión casi humanas. De grande sospeché que todo había sido un atajo de la fantasía, un gesto impostor de la imaginación temprana. Hasta que por reflejo de este aniversario acudí al archivo. Y allí estaba la tapa que tanto recordaba. El 5 de noviembre de 1957, con esa foto, tal cual, Clarín anunciaba: "Fuera de este mundo, sigue con vida la perrita del satélite". Hace décadas que ya no busco a Laika. Pero en las noches cálidas de primavera aún conservo ese hábito indisputado de mirar al cielo.
*Fuente: Clarín 
http://www.clarin. com/diario/ 2007/11/02/ opinion/o- 02902.htm

Sodoma y Gomorra


CURZIO MALAPARTE

Sodoma y Gomorra



Traducción de Eduardo Bittini

Plaza & Janés






Contiene:

Sodoma y Gomorra
La Magdalena de Carlsbourg
La hija del pastor de Born
La mujer roja
Historia del Caballero del Árbol
El negro de Comacchio
El «martillador» de la vieja Inglaterra
La Madonna de los patriotas


“A ti que entraste a caballo en mi vida”

SODOMA Y GOMORRA

Yo creo firmemente que, al menos una vez en la vida, las trompetas de Jericó resuenan en el corazón de cada hombre.
Cuando era pequeño, allá en mi Toscana, solía despertarme por la noche, sobre todo en la primavera, oyendo en el interior de mi mente, en lo profundo de mi ser, algo así como un clamor de trompetas: un clamor que resonaba luego por los valles de mi querida patria chica. Aquellas noches de mi infancia eran dulces, sumidas en un silencio profundo y claro como un lago.
Mucho tiempo después, en París, y más concretamente en la «Sala Gaveau» dos negros de América, relucientes ambos, protestantes ambos, cantaban un spiritual ante un público enfermo de spleen y agobiado de ramalazos eróticos: uno de ellos, el más negro, tenía una profunda voz de bajo, una voz que parecía salirle directamente del vientre; el otro, una voz de contralto, apasionada y lánguida, algo así como la voz de Andrómeda encadenada a los arrecifes. La letra del spiritual loaba las virtudes de Josué y de su trompeta, allá bajo los muros de Jericó.
Los dos negros cantaban con los ojos hacia el cielo, las manos juntas, como los pastores de Belén cuando, arrodillados, veían lucir sobre sus pobres cabezas la estrella que les anunciaba la Buena Nueva; sus pálidas uñas, al final de las manos de carbón, tomaban el aspecto de mortecinas llamitas de gas, o quizá, de fuego de san Telmo. Aquellas mismas llamas que debían tener en las puntas de sus manos, cuando oraban, las propias santa Teresa y santa Catalina.
Los dos cantores negros debían seguir con su vista, mientras cantaban poniendo los ojos muy en blanco, el vuelo de los ángeles negros, de unos ángeles de cabellos ensortijados y de labios abultados, que se alzaban, al influjo de las palabras de tal canción, sobre las ruinas de los abatidos muros de Jericó: los negros han de ver, sin la menor duda, los ángeles a su manera; la Virgen de los negros ha de ser, forzosamente, como la Virgen polaca de Czestochowa, ennegrecida totalmente tras los incendios provocados por el asedio de las tropas suecas.
El recuerdo de aquel spiritual me acompañaba al presente, mientras cabalgaba sobre la carretera de Jerusalén al mar Muerto.
El cielo de marzo, inquieto sobre el monte de los Olivos y estriado de corrientes claras como si fueran las aguas de un golfo marino, se iba haciendo más azul cada vez, ganando en intensidad por el cerco del horizonte, allí sobre las pétreas soledades de la tierra de Lot. El país estaba bastante cubierto, por aquellos contornos, de cipreses y olivos: algunas colinas recubiertas de verdor me hacían recordar los paisajes toscanos que pintara Giotto.
Iba yo así, cabalgando lentamente, sumido en mis meditaciones y en mis recuerdos, cuando, súbitamente, me sorprendió un estrépito como de trompas que resonaban a mis espaldas.

Había pasado aquella noche en la Hostería del Buen Samaritano, tumbado sobre una estera, colocada en una mísera habitación, y adosada a la esquina de unos arcaicos muros. Había partido con el alba de Jerusalén, cabalgando calmosamente por aquellas zonas arboladas que van cayendo lentamente hacia el valle del Jordán; hacía calor y el viento de primavera nos traía, desde el cercano desierto, los primeros augurios de las nubes de langosta.
Tras de haber recorrido, durante aquel día, las colinas y los valles que al oriente del monte de los Olivos se prolongan hacia el de la Cuarentena, cortado a pico sobre Jericó, en el que Jesús hizo penitencia y donde también fuera tentado por el demonio, tras de haber reposado algunas horas en el convento griego de Koziba, pegado como una lapa a los flancos rocosos del monte de El Kelt, me dirigí finalmente hacia Nebi, donde pretenden los musulmanes que se halla el sepulcro de Moisés.
Ya era de noche; mi caballo se hallaba fatigado y creí así prudente dar fin a la cabalgata del día, dirigiendo, pues, nuestra marcha hacia la Hostería del Samaritano. Una vez llegado, situado ante la puerta de aquella casa, célebre en las crónicas por el gesto de misericordia que allí tuvo lugar y que todos conocemos ampliamente, vi parado un pequeño coche «Ford» totalmente recubierto de polvo de mil caminos.
Mientras descendía de mi caballo y echaba a éste las bridas por encima del cuello, vino a mi encuentro, con el aire de quien conoce de antemano la llegada y le está esperando a uno, un viejecillo delgado y esbelto, de cortas piernas y en cuya faz lucía una agradable sonrisa. Me dio la mano con la mayor naturalidad, con la cordialidad de un viejo amigo y luego, cogiéndome del brazo, me dijo:
—Perdóneme si me presento de este modo. Yo soy Francisco María de Arouet, señor de Voltaire.
—Pero... ¿el propio Voltaire? —hube de exclamar.
—El propio Voltaire, en efecto: el Patriarca de Ferney, el Voltaire de Cándido, del Sottisier de las Cartas filosóficas y de tantas cosas más. El mismísimo Voltaire.
—¡Es un gran placer! —dije— que debo sin duda a mi buena estrella.
Luego, bastante desconcertado, creo que seguí añadiendo una serie de esas frases de cortesía que salen de nuestros labios en tales momentos, sin que tengamos que tomarnos, para ello, ni la menor molestia.
Era un encuentro realmente extraordinario, fuera de lo corriente y que incluso tenía todo el aire de un auténtico milagro: lo cual, dicho sea de paso, no era demasiado raro, habida cuenta de que nos hallábamos ambos en la propia patria de los milagros, si así puede decirse.
Un árabe, entretanto, se había hecho cargo de mi caballo y procedía entonces a quitarle la silla y los demás arreos.
—Para mí también es un placer —me respondió Voltaire, conduciéndome siempre del brazo hacia la entrada de la Hostería— éste de encontrarme en estos parajes con un hombre que no sea ni un hebreo, ni un árabe, ni un inglés.
Cuando supo que yo era italiano y, por ende, que no era un peregrino, hizo ya el buen anciano un verdadero derroche de frases de placer, de maravilla y de alegría.
—Tengo la plena seguridad —continuó diciendo entonces—, que es mucho mejor la fe que mueve montañas que la fe que mueve a los hombres.
Y pasando luego al terreno de las confidencias, me contó que, tras su experiencia de tantos y tantos años, tras las desilusiones que había recibido —y sobre todo en los principios de este siglo—, tras los desengaños que le había dado la moral europea, esa moral moderna de la cual él se consideraba, no sin justicia, único responsable, había optado finalmente por elegir —puesto que de algo tenía él que vivir— una profesión que, con las variaciones actuales de los tiempos y de las normas, casi le hacía aparecer ante los ojos del público con mucha más dignidad que la que otrora le diera la suya de filósofo.
—Gracias a mis buenas amistades en América, gracias a que éstas me han dado la mano y me han concedido un buen margen de crédito, he logrado obtener la representación general para Francia, para sus mandatos y protectorados, de los automóviles «Ford»: y debo hacerle constar que he llegado a imponerme sobre el funcionamiento de tales máquinas con muchísima mayor propiedad y exactitud que la de muchos de mis discípulos sobre el funcionamiento de mi propio sistema filosófico.
—Nadie en París —le interrumpí— puede presumir de haber tenido un destino mejor que el de usted: ¿no es ello algo así como haber llegado a ser el representante de la filosofía americana, esto es, la menos volteriana del mundo, justamente en el país más volteriano de la tierra?
—¿Y quién dice —me replicó el Patriarca de Ferney —que la América de Ford sea menos volteriana que Francia? ¿Cómo podríamos explicar, en tal caso, este hecho curioso, este casi milagro, de que sea así el propio Ford el encargado de conducir a Voltaire a Tierra Santa?
—Ciertamente que es casi un milagro: mas de una tal categoría que ni el propio Moisés hubiera soñado cosa parecida, salvo, claro está, que hubiera recibido previamente una excelente educación burguesa.
Ante mi aserto, Voltaire me miró sonriendo abiertamente.
—En cuanto a Moisés... —comenzó a decirme, mas su frase quedó interrumpida por la aparición de un árabe barbudo, ataviado con una galabia corta que dejaba sus piernas al descubierto. Éste, con un paso lento y un arrastrar de pies, se acercó adonde nos hallábamos, nos arrimó una tosca mesa, plantando luego en ella unos platos descascarillados así como un jarro de vino y algunos otros adminículos.
Era un ser de mala catadura, de mirada torva y cuyo rostro hacía despertar, en todo momento, los peores augurios.
Nos miró de través, dio media vuelta y salió finalmente de la estancia.
—Ahora comprendo —dijo Voltaire riendo— por qué la Hostería del Buen Samaritano se llama también Khan el Hatrour, que quiere decir algo así como Posada de los Salteadores. Seguidamente pasó a relatarme que posadas de aquel tipo, sino de aquel nombre, las había encontrado a cientos por toda la extensión de Siria, país éste que acababa de recorrerse a lo largo y a lo ancho, tratando de colocar cumplidamente la mercancía que representaba.
—Es un buen mercado esa tierra —añadía— para coches de poco precio; pero la política francesa en Siria no es ciertamente nada favorable para la buena marcha de los negocios. Luego, viéndome sonreír por lo bajo, concluyó:
—¿Quién se habría imaginado, verdad, encontrar un día al autor de Cándido, al volante de un «Ford», sobre la ruta de Damasco?
De la política de los franceses en Siria, pasó luego su discurso a tratar sobre la de los ingleses en Palestina. Voltaire no podía soportar la injusticia de que fuesen los de la Gran Bretaña, precisamente, los encargados de la custodia de los Santos Lugares y de la administración de una tierra tan fértil en milagros. En toda la historia de Inglaterra, afirmaba, no se encuentra ni un solo milagro.
—No quiere esto decir, claro, que en las Islas no haya alguna poca gente que merezca poder hacerlos o que, si llega el caso, sea capaz de hacerlos; no. Lo que yo digo —continuaba— es que no conozco casos de milagros entre los ingleses. Incluso los propios santos ingleses —que por cierto figuran bien pocos de ellos en el Santoral del calendario— son demasiado gentlemen para llevar su santidad hasta el punto de hacer milagros. Y en cuanto a mí...
Suspendió la frase con una sonrisa socarrona.
—Está claro —le dije— que usted no cree en los milagros, por la pura y simple razón de que no sabe hacerlos.
—No he probado —me replicó Voltaire—. Pero, por otro lado, no creo en la naturaleza, como Rousseau, ni en la máquina, como Ford, hasta el punto de cerrarme en banda negando ese arte. Mas un francés de nuestro tiempo no puede hacer milagros. Eso es un hecho.
Y aquí, al llegar a este punto, nuestra conversación derivó hacia toda clase de cosas más o menos milagrosas, hacia la magia de los antiguos egipcios y luego, ya de paso, hacia la civilización de aquel remoto pueblo de la antigüedad. Había yo llegado a Tierra Santa tras una larga permanencia en el gran valle del Nilo. Recorrí tal zona desde una punta a otra y en todas las direcciones imaginables. Desde Alejandría a Assuan no quedó un rincón que no fuera visitado por mí, en mi sed de conocer siempre cosas nuevas. Pero es éste un país que, a mis ojos, no tiene nada de misterioso ni de mágico: una civilización de la que los únicos testimonios son las tumbas, no puede suscitar en mí más que un negro aburrimiento.
Lo único que conseguía alegrarme a veces el ánimo, a tal respecto, era el recuerdo de las momias, a las que los antiguos egipcios, para conservarlas, las rellenaban de cebollas.
También Voltaire era de mi mismo parecer: ¿no había acaso él escrito, en su obra Princesa de Babilonia que los egipcios «si fameux par des monceaux de pierres, se sont abrutis et deshonores par leur superstitions barbares»? «Tan famosos por sus montones de piedras, quedaron embrutecidos y deshonrados por sus bárbaras supersticiones».
El autor de Cándido no paraba de reír, bajo el pensamiento de la momia de aquella reina de rostro sereno, de ojos dulces, de labios delicados y sonrientes, de majestuoso aspecto, yaciendo en el fondo de un sarcófago de oro con todo el vientre y el estómago bien repleto de cebollas. ¿Y qué decir de los cocodrilos, de los topos, de los perros, de las serpientes y de los gatos embalsamados, que venían así a hacer compañía a los reyes y a las reinas en el fondo de sus tumbas?
El vino que estábamos bebiendo era dulce y claro; la sangre, bajo su influjo, se iba caldeando poquito a poco. Así, continuamos charlando largo tiempo sobre los egipcios, sobre sus «rimeros de piedras» (puesto que las pirámides para Voltaire no eran sino esto, simples «montones de piedras»), sobre los ingleses modernos, sobre su paciencia frente a la inmortalidad y sobre su libertad frente al cielo. (¿No había acaso escrito también Voltaire en sus cartas sobre los cuáqueros, que cada inglés, «comme homme libre, va au ciel par le chemin que lui plait»? Que cada inglés, «como hombre libre que es, va al cielo por el camino que mejor le place».
Seguidamente, nuestra charla fue derivando poco a poco hacia otros temas. Voltaire, en un cierto momento, demostró alguna curiosidad acerca de las causas de mi viaje a Tierra Santa. Explicadas éstas, me preguntó luego si me había trasladado ya a Jericó, si tenía ahora intención de pasar a la otra orilla del Jordán, e incluso se ofreció a llevarme a bordo de su destartalado cochecillo hasta la mismísima Sodoma.
Le respondí que tenía el firme propósito de terminar mi viaje al igual que lo había comenzado. Esto es, a lomos de mi caballejo. Pero que, no obstante, aceptaba con mil amores su compañía. Podíamos seguir ambos la misma ruta, si bien cada uno con sus propios medios de locomoción. Así, pues, saldríamos los dos hacia Jericó y hacia Sodoma, donde volveríamos a reunirnos.
—Debo advertirle a usted —concluyó el viejo— que no es nada prudente pasar la noche en Sodoma: es ésa una ciudad en la cual conviene andar siempre con los ojos bien abiertos.
Las autoridades inglesas de Jerusalén me habían advertido previamente que no era prudente fiarse de los árabes que acampan en las orillas del mar Muerto: el valle del Jordán estaba aún en plena ebullición, y así, el peligro de una nueva revuelta árabe contra los hebreos no podía quedar, ni en lo más mínimo descartada
—Siendo dos —proseguía Voltaire— podremos guardarnos las espaldas el uno al otro. —Y tal frase la acompañaba con un guiño picaresco—. Conque dejémonos de discursos, vayamos a dormir y mañana será otro día.
Durante toda aquella noche, mis sueños estuvieron poblados de resonar de trompetas y de estrépitos de murallas derrumbadas: luego recibí, en sueños, la visita del propio Josué, un Josué bajito y delgado, que me acogía con grandes muestras de satisfacción y que me tuteaba cariñosamente como a un gran amigo del alma. Tras un abrazo final, y siguiendo siempre con mis sueños, Josué dio media vuelta, montó en un coche «Ford» recién comprado y partió por la polvorienta carretera diciéndome adiós con grandes aspavientos.
Al alba partí yo en mi buen caballo: horas después saldría de la posada el autor del Diccionario filosófico, más o menos cómodamente instalado en su baqueteado «Ford»: el próximo punto de reunión era Jericó, según estaba previsto.

Voltaire, cuando al fin me dio alcance, detuvo su cochecillo.
—Si no me equivoco hemos llegado o estamos muy próximos a llegar, al menos.
No estábamos totalmente ante el objetivo fijado pero sí muy cerca, como bien dijera mi extraño compañero. Una milla más allá se divisaban ya las blancas casitas de Jericó, rodeadas por todas partes de palmeras y sicómoros.
—Quién sabe —dije— si no estará aún vivo y floreciente el sicómoro en el que se encaramara Zaqueo, el publicano, para ver pasar a Jesús.
—Y quién sabe —respondióme el Patriarca de Ferney— si en la ventana de Rahab, la meretriz, no colgará todavía la cinta roja que la salvó de la matanza.
Puse mi caballo al paso, en tanto que el «Ford» marchaba también despaciosamente. Así, uno al lado del otro, completamos nuestra marcha a Jericó. Íbamos hablando de ángeles y de milagros. Era perfectamente lógico creer que, en Jericó, y durante largos siglos, fueran los milagros la única moneda de curso legal en la historia de tales zonas. En aquellas épocas, en los tiempos de Josué y de Eliseo, en que los ángeles recorrían a pie el país, cubiertos con sus candidas vestiduras de lino, con sus largos cabellos sueltos sobre la espalda, con sus manos blancas como lirios, relucientes como llamas, unidas en postura piadosa sobre el pecho. Lo cierto es que yo guardo la esperanza de que estos seres alados no hayan desaparecido aún del todo por estas históricas zonas. Quiero creer que aún podré ver, tras un recodo del camino, un ángel ayudando al cansado peregrino o mostrando al sediento viajero la fuente que calme sus ansias. Ver un ángel, hablar con él, ha sido siempre mi mayor ilusión desde que era yo un simple zagalejo.
Recuerdo haber leído, algunos meses antes de la guerra, una noticia en la que se relataba que un ángel se había aparecido en la placita de un pequeño pueblo ruso para advertir a los lugareños que se abstuvieran de comer pichones por respeto al Espíritu Santo. Los pobres mujiks quedaron maravillados ante tal aviso: que ellos supieran, ningún pobre mujik comía nunca, por aquellas tierras, carne de paloma, quizá por no faltar al respeto del que les hablara el ángel. El caso es que era muy posible que la celestial persona estuviera mejor informada que los mismísimos campesinos. El rumor de la aparición llegó hasta los mandamases del pueblo, quienes hicieron oídos sordos a tal aviso y quienes profirieron alguna que otra amenaza contra aquella especie de detractores.
Al parecer, los grandes figurones no le hicieron caso: y de allí a algunos meses estalló la guerra como castigo a la desobediencia y a la falta de atención a las órdenes recibidas.
Yo, personalmente, siempre he creído en la realidad y en la certeza de aquella aparición de un ángel en un pequeño pueblecito ruso. Muchas veces, incluso, he creído ver en torno mío algún que otro ángel: he creído ver, en tal o cual persona, un auténtico ángel con sus alas replegadas. Pero luego, con absoluta tristeza, he comprendido que me engañaba.
Con todo y con eso, sigo convencido de que los ángeles, de que sus andanzas entre nosotros, no son una cosa tan rara como alguien puede suponer. Me contaron —y era éste un testimonio digno de fe— que durante la guerra, allá en el año 1917, en un hospital de Londres, un oficial inglés que resultó herido en Palestina, en la batalla por la conquita de Jerusalén, precisamente, recibía cada noche la visita de un jovencito de rostro pálido y verdaderamente luminoso. El desconocido entraba por la ventana, se acercaba al lecho del herido y se echaba a su lado, sin ocupar casi espacio, sin producirle ni la más mínima incomodidad; al alba, salía por donde había entrado ligero como una pluma, silencioso como una débil brisa matutina. Aquellas extraordinarias apariciones fueron tenidas por un simple sueño, por un puro delirio y nadie de cuantos tuvieron noticias de tal hecho quisieron concederle crédito. Mas a fuerza de repetirse la visita nocturna, se vieron luego forzados a reconocer no sólo que era cierto, sino, incluso, que aquel jovencito tenía en sus espaldas alguna cosa reluciente: algo que bien podía ser un par de alas replegadas. Era, pues, un ángel, sin la menor sombra de duda. Y por el modo con que caminaba, por la dulzura de sus movimientos, por el cuidado exquisito con que se situaba al lado del herido, atento a no producirle ni el menor roce, ni la menor molestia, acabaron por deducir los testigos que había de ser un ángel hermafrodita. Informada de aquel extraño caso, una enfermera trató de hacer una prueba concluyente. Quedóse aquella noche en la habitación del enfermo, en compañía de algunos otros testigos. Cerraron la ventana concienzudamente, afianzando a perfección la falleba. Un poco después, la figura del adolescente se dibujó netamente tras los cristales. Al ver que éstos estaban cerrados, tocó con sus relucientes manos, muy dulcemente, los cristales, en una especie de repiqueteo. El oficial herido, que aún no había salido de la gravedad, se alzó del lecho con ademanes de sonámbulo: descendió de la cama, cruzó la habitación andando sobre las puntas de sus desnudos pies, con los ojos aún cerrados, llegó hasta la ventana, descorrió la falleba y regresó seguidamente a su lecho. Ya de nuevo en él, continuó su tranquilo sueño que parecía no haber interrumpido. En su cara lucía una sonrisa apacible, parecida a la de los niños cuando sueñan, justamente, con los angelitos. El ángel penetró en la habitación y repitió su operación de costumbre. Esto es, echóse en la cama del enfermo, a su lado, como vigilando su sueño. Al alba partió otra vez del hospital. Durante algunos días cesaron sus visitas. Mas poco después, una noche volvió el ángel. Entró por la ventana, se sentó en el lecho del oficial herido y, con un mimo extraordinario, comenzó a acariciarle el rostro, besando además su frente. Después, con un profundo suspiro, desapareció otra vez la angélica figura.
A la mañana siguiente, el oficial amaneció muerto, con una pluma plateada colocada, precisamente, sobre el corazón: la pluma era, como decimos, de color plata y con reflejos azules: y apenas una enfermera trató de tocarla, se deshizo sin ruido pero enteramente, como si fuera de vidrio.
Voltaire sonreía ante aquellos relatos a los que él calificaba de fantasías mías. No confiaba tanto como yo en los ángeles y sólo estimaba a los profetas, tanto por su humanidad auténtica como por su humor implacable.
—¡Aquéllos sí que eran hombres! —concluía.
Reconocía, sin embargo, que el tiempo de los profetas había pasado ya del todo, por lo cual podía aceptar que más fácil habría de ser, hoy en día, tener un encuentro con un ángel que no con uno de sus estimados y admirados profetas.
—Hace algunos años —pasó a contarme— leí yo una historia algo similar a esa que acaba usted de relatarme. Pero si en la suya el ángel cuidaba a un oficial inglés herido, en la mía fue todo un profeta quien resucitó a un niño muerto. Un buen día Eliseo, aquel mismo Eliseo que en Betel hizo desgarrar por dos osos a cuarenta y dos chiquillos que se burlaban de él gritando: «¡Sube, calvo! ¡Sube, calvo!», fue llamado, como le digo, por la Sunamita a la que se le acababa de morir un hijo. Eliseo entró en la estancia donde el cadáver se hallaba tendido, cerró por dentro la puerta de la habitación, se inclinó sobre el muertecito y puso su boca sobre la del niño: de vez en cuando, descendía del alto lecho y daba paseos por la habitación. Volvía otra vez a abalanzarse sobre el niño, boca contra boca, hasta que así, en una de las ocasiones, el infante recobró la vida.
Con lo cual quedaba demostrado que Eliseo no bromeaba. Pero aquello ocurrió en una época en que los ángeles entraban en las casas como Pedro por la suya, se sentaban a la mesa y acompañaban a sus moradores mientras éstos cenaban, tratándose todos como antiguos amigos incluso. Luego, los ángeles les predecían el porvenir, les revelaban algunos pequeños secretos de Dios, avisaban a tal o cual mujer que antes de un año quedaría encinta y luego, habiendo dado ya satisfacción a todos, desaparecían de su vista, alejándose de la casa a pie, tal y como hasta ella habían llegado. No era raro, por tanto, que los profetas, en aquellos mismos días, hicieran también cosas sonadas, como la ya relatada, en la que jugó un papel preponderante el referido Eliseo, a cuya fuente íbamos a llegar de un momento a otro. Me refirió también que en otra ocasión, unos sepultureros se disponían a dar tierra a un muerto en una fosa que habían excavado justamente al lado de la tumba de Eliseo. Cuando estaban ocupados en aquellos menesteres de su oficio, vieron venir un grupo de bandoleros moabitas que, en aquel remoto entonces, infestaban completamente el país. A la vista del peligro, nuestros enterradores salieron corre que te corre, tirando así, malamente, el cadáver al hoyo que habían abierto a tal efecto: el pobre muerto cayó en la fosa como Dios quiso, mas hete aquí que fue a dar, justamente, en su caída, contra el esqueleto del profeta, que había quedado algo desenterrado por las palas de los sepultureros.
Establecerse el contacto entre ambos cuerpos y resucitar al recién enterrado todo fue uno. Conque éste, con los cabellos aún erizados de espanto, salió de su tumba con el consiguiente asombro de los bandoleros que habíanse acercado, tratando de desvalijar al difunto.
Todas estas historias y relatos, seguía diciendo, pueden leerse por centenares en la Biblia. De donde se deduce que si podían ser ciertos en tales épocas, igualmente ciertos podrían ser en el día de hoy. Como conclusión me dijo que no debía desesperarme: que era fozoso que yo no volviera a París sin haber visto antes un auténtico ángel o, al menos, un verdadero profeta.
Entretanto, habíamos llegado ya a Jericó. Nos dirigimos inmediatamente hacia la Fuente de Eliseo, situada al pie de un pequeño montículo sobre el cual se veían aún, por aquí y por allá, algunos restos o ruinas de los muros que Josué derribó con el sonido de su trompeta. A juzgar por el contorno que, más o menos, marcaban tales ruinas, Jericó debió haber sido una minúscula población, un pequeño pueblecilio no mayor que la Acrópolis de Alatri, en Ciociaria, o que la Plaza Colonna. Así se comprende bien que al gigante Goliat no le costara demasiado trabajo tenerla toda en un puño. Observando aquellos viejos restos de muros de barro, aquellas ruinas de arcilla cocida, suponiendo las míseras y pequeñas casuchas que en la antigüedad allí se alzarían, no se hacía cuesta arriba entender que el mero sonido de una trompeta causara tanta desolación y tanta ruina. Casi estoy por decir que para deshacer aquel endeble puebluco, el eco de una flauta hubiera bastado. El lugar tenía un aspecto triste y miserable. El único consuelo era dejar vagar nuestra mirada por los alrededores, contemplando así todo aquel bíblico escenario de las montañas del Moab, del valle del Jordán, el monte de la cuarentena, la azul lejanía del mar Muerto y el arco inmenso y luminoso del horizonte.
Nos encontramos algo después con un joven arqueólogo americano, de nariz afilada y de orejas despegadas del cráneo, que andaba removiendo todas aquellas tradicionales ruinas. Trabajaba por cuenta y orden de una Comisión sionista de Filadelfia. El buen hombre no podía perdonar, en modo alguno, a aquellos soldados turcos que, allá por el año 1907, habían acabado de derribar, en su barbarie, los pocos restos de muros que la trompeta de Jericó no había logrado deshacer por completo.
Afortunadamente, el profesor Sellín, de Viena, fue capaz de desenterrar posteriormente tales ruinas a costa de ímprobos trabajos, al finalizar el año 1909.
Nuestro hombre sentía una auténtica admiración por la seriedad y exactitud de la Biblia.
—Piensen ustedes —nos decía— que esta fuente es, justamente, aquella que Eliseo purificó con sal: y que estos cardos, estos árboles, estas hierbas, estos rosales —las célebres rosas de Jericó— siguen siendo las mismas que veían el paso de todas aquellas bíblicas generaciones. Y la fuente que aquí vemos sigue dando su humedad y su agua al igual que en aquel remoto ayer, a toda esta muestra de vegetación que circunda la ciudad maldita. Y a propósito de maldiciones, les diré a ustedes que la Biblia es de una exactitud realmente milagrosa. Recuerden que cuando Josué hubo cumplido su obra destructora con los sones de su trompeta, mandó reunir al pueblo y les hizo hacer un juramento diciendo: «Maldito sea aquel que trate de reedificar Jericó: la fundará de nuevo sobre su hijo mayor y colocará la puerta del pueblo sobre su hijo menor.» Quería significar con esto que tal reconstrucción habría de costar la muerte a sus hijos, edificando así realmente el poblado sobre sus tumbas.
Algún tiempo después, nos cuenta el Libro de los Reyes, un tal Hiél, de Betel, «reedificó Jericó y la fundó sobre Abiram, su primogénito, y situó la puerta de la muralla sobre Segub, su hijo más pequeño». Pues bien —siguió diciendo el arqueólogo—: las excavaciones llevadas a cabo por el profesor Sellín han demostrado, sin lugar a dudas, que bajo el pavimento del pueblo había un enorme número de tumbas conteniendo cadáveres de niños. Este impresionante descubrimiento ha sido fielmente publicado en la Revista Bíblica de julio de 1910.
—¿Y los ángeles? —pregunté yo—: ¿Se siguen encontrando aún por estos parajes?
—Según la época —respondióme el arqueólogo—: los ingleses les dan una caza despiadada. Incluso creo que en los últimos tiempos los han traído por la calle de la amargura. Así, pues, son más raros cada vez. Mas con todo y con eso, es posible aún hallar algunos si se les sabe buscar, ¿me comprende?
Mientras charlábamos así, habíamos ido dando la vuelta al contorno del pueblo. Ahora nos hallábamos de nuevo junto a la Fuente de Eliseo.
—Les aconsejo —siguió diciendo el joven americano, tras de haberse despedido de nosotros y de habernos deseado un buen y feliz viaje— que no pasen ustedes la noche en Sodoma; no es prudente. Podrían ustedes encontrarse...
Pero aquí, el ruido del motor del «Ford», al ser puesto en marcha, apagó totalmente sus palabras.
Me alcé yo sobre la silla de mi caballo, dispuesto también a proseguir la ruta. Mas antes de hacerlo, pude ver aún cómo el arqueólogo echaba a correr desaladamente hacia una banda de desharrapados chiquillos que venían jugando a los soldados. Eran todos pequeños hebreos polacos de la colonia sionista de Jericó. A la cabeza del infantil ejército marchaba un zagal, flaco y patilargo, con un palo en la diestra, a manera de espada, y que se afanaba además en arrancar fieros sonidos a una trompeta de hojalata. En cuatro zancadas el arqueólogo llegó junto a él y, con un papirotazo malhumorado, arrancó de cuajo al chico su infantil trompeta, tirándola luego, con rabia, al fondo de la histórica Fuente de Eliseo.
—Me parece una precaución muy justa —comentó Voltaire—. Nadie sabe el daño que puede causarse aún tocando la trompeta por estos parajes.

Hoy en día ya no hay necesidad de milagros (para cruzar, de un lado al otro, el río Jordán. —No logro entender —dijo Voltaire al llegar a la mitad del puente— cómo en toda la Biblia no se halla ni la más leve traza, ni la menor alusión, al más simple y sencillo puentecillo de madera. El Dios de Moisés prefería recurrir cada día a los milagros en vez de a los ingenieros. Para cruzar el mar Rojo, o para el primer paso del Jordán, está claro que era forzoso recurrir al milagro: había que pasar a la otra orilla toda una multitud apiñada, acompañada además de innumerables carros. Pero para el profeta Elias o para su discípulo Eliseo hubiera bastado, creo yo, una simple pasarela. De donde se deduce que los milagros no debían salir demasiado caros en aquellos días.
Yo no era del parecer de nuestro autor de Cándido. En un país como aquél, es mucho más fácil comprender un milagro que la construcción de un puente. Pero digo yo que, si así se lo hubiera propuesto, habría hecho también el milagro de construir el puente en una frac-sión de segundo, sin mayor esfuerzo ni trabajo. Y además, ¿quién nos aseguraba que si tuviéramos el valor de intentar atravesar a pie el río Jordán, no veríamos, asombrados, cómo también las aguas se iban retirando a nuestro paso, como lo hicieron ante el avance del profeta Elias y de Eliseo?
—Si usted quiere —me propuso Voltaire— podemos intentarlo.
Pero estábamos llegando ya justo a la otra orilla, con lo cual acordamos dejar el intento para nuestro regreso. —No quiero desanimarle a usted —opinaba el Patriarca de Ferney—, pero empiezo a pensar que tiene una excesiva confianza en los milagros. Claro que dado que es usted italiano se comprende más la cosa. Ustedes, los italianos, creen demasiado fácilmente en los hechos milagrosos, como viene a demostrarlo totalmente la propia historia de vuestras acciones y de vuestras andanzas. Gracias a Dios, nosotros, los franceses, somos más prudentes, más apegados a lo concreto. Y aunque estamos habituados ya, a lo largo de los siglos, a ser traicionados por los demás, solemos —quizá por ello— ceñirnos siempre a la razón y no a la fantasía.
Al llegar a este punto quedó en silencio: volvióse a medias sobre el asiento y dirigió la mirada hacia un lado, hacia el cercano mar Muerto, que bajo las luces del sol parecía una enorme turquesa.
—¿Se sentiría usted ofendido si le dijese que todos los italianos vienen a ser algo así como el Capitán del mar Muerto?
Unos kilómetros antes de llegar al puente que atraviesa el Jordán, nos habíamos detenido en la Hostería de Spiriotikes, un griego de ojos negros que hacía algún negocio allí con los caminantes de aquellas rutas. Y en su hostería trabamos conocimiento con un personaje de impresionante figura, grande, inmenso, lleno por todas partes de una descomunal barba y que, en aquellos instantes, tomaba su café tranquilamente.
Era aquel el famoso Capitán del mar Muerto, el Cristóbal Colón del vaporcillo que hace servicio regular entre la desembocadura del Jordán y la orilla de Kerak, en la que un castillo construido por los cruzados nos recuerda las hazañas de Renaud de Chatillon.
Sentado a su misma mesa, sin osar interrumpirle en su charla, el propio Spiriotikes le oía atentamente cuando nosotros hicimos irrupción en su negocio. Trabamos luego conversación con tan curiosos personajes. El griego nos había aconsejado no seguir adelante en nuestra caminata. Era más conveniente para nosotros, afirmaba, pasar ya la noche en su hostería. A su juicio, algunas nubéculas sobre los montes del Moab anunciaban un auténtico temporal.
—O agua, o fuego, o cenizas..., ¡pero siempre llueve algo sobre Sodoma!
El Capitán, con un puñetazo sobre la mesa, clamó con voz airada:
—¡No lloverá, señores, no lloverá! ¡Mas si lloviera, tampoco importa! No es necesario que asustes a estos señores, Spiriotikes. Si hay temporal ¡que lo haya! Conmigo pueden cruzar tranquilos a la otra orilla. No en balde llevo cuarenta años cruzando estas procelosas aguas sin haber tenido nunca el menor contratiempo. Por algo soy ¡indiscutiblemente!, el mejor marino de todo el mar Muerto.
—Tanto más que, si no me equivoco, debe ser usted el único marino de todo el mar Muerto, ¿no es cierto? —preguntó socarronamente Voltaire.
—¡El único y el mejor! —respondió amoscado el Capitán—. ¡Si todo el mundo se ahogase bajo las aguas, yo aún navegaría! —Luego, con voz más baja, prosiguió diciendo—: Desde luego, no he de negarlo, es un milagro que viene en mi ayuda: piensen ustedes, señores, que en cuarenta años de navegación en este mar, ¡ni una sola vez me he ido a fondo!
Ahora, en nuestro diálogo, ya solos los dos, Voltaire parangonaba a los italianos con el Capitán del mar Muerto.
—¿Y por qué he de ofenderme? —le repuse—. El buen Capitán del mar Muerto tenía todo el aire de una persona de bien.
—Sin la menor duda, amigo mío, sin la menor duda —aclaró el autor de Sottisier—, pero de un hombre de bien que cree demasiado en los milagros. Su fe es tan ciega y su conciencia está tan tranquila, que da más importancia a las virtudes milagrosas de su nave, a las condiciones milagrosas de su propio carácter, que a la pura y simple composición de las aguas sobre las que navega. El hecho de que su vaporcillo no pueda irse a pique no hay por qué atribuirlo a ningún milagro, sino solamente a la extraordinaria densidad de tales aguas. El análisis que realizó el profesor Lortet reveló la presencia de tal cantidad de cloruro y de bromuro de magnesio en ellas que ningún organismo vivo podría permanecer ni cinco minutos en tal elemento. Piense usted que en cada setenta partes de agua se hallan, muy a gusto, treinta de sodio, de calcio, de magnesio, de potasio, de bromuro de magnesio y de sulfato de calcio. Pruebe usted a meter en tal mar un niño de pocos meses y verá lo que ocurre: que por más que usted quiera no logrará echarle al fondo. Es un mar éste sobre el cual todo flota: un mar en el que un naufragio es absolutamente imposible. El Capitán del mar Muerto, por más que se esforzase, no podría jamás irse a pique: su buque está así asegurado de antemano contra naufragios. Por tanto es éste, sin duda alguna, el único marino que no puede hablar de que no ha naufragado «por milagro». El milagro aquí sería, y ello es curioso, que naufragase algún día.
—Pues no entiendo entonces —repliqué— en qué nos parecemos los italianos a tan curioso tipo...
Pero en tales momentos se levantó un gran viento: una nube negra, espesa y densa, se nos vino encima a gran velocidad. Instantes después, una descomunal bandada de langostas cayó sobre la zona en que nos hallábamos. Aquellos terribles devoradores se pegaban al terreno como lapas y todo rastro de vegetación desaparecía, como por ensalmo, minutos después. Se agarraban también a nuestro pelo, a nuestra ropa, a nuestra carne, y habíamos de hacer verdaderos esfuerzos para sacudirlos a manotazos. Me faltaba ya el aliento. Mi caballo estaba también recubierto de aquellas infectas langostas y yo debía ocuparme de limpiarle de la plaga al igual que hacía conmigo mismo. Piqué espuelas en tanto que Voltaire pisaba el acelerador a fondo. Delante nuestro, durante millas y millas, toda la tierra estaba recubierta de aquella costra animal que asolaba cuanto hallaba a su paso.
Finalmente logramos rebasar la zona de la invasión. Hicimos un alto y acabamos de quitarnos las últimas langostas que aún quedaban adheridas a nuestras personas, a nuestro caballo y a nuestro coche.
Cuando estábamos entregados a estas tareas de limpieza y de seguridad vimos llegar en nuestra dirección a dos muchachotes, vestidos a la usanza de los árabes, pero que, al llegar a nuestra altura, nos saludaron en un correcto inglés.
—Buenos días, señores —les respondió Voltaire, preguntándoles luego, ya de paso, si Sodoma quedaba muy lejos de aquel lugar.
—Sodoma está allí, precisamente —respondió uno de ellos, alzando su brazo, con ademán solemne e indicándonos hacia una colina que se alzaba cosa de media milla más lejos. Y, efectivamente, al pie de tal pequeño montículo se veían algunas casuchas, algunas tiendas y algunas ruinas que testimoniaban la existencia, en épocas remotas, de una pequeña ciudad.

Los dos desconocidos no aparentaban tener más de treinta años; eran dos ejemplares fuertes, musculosos y bien formados. Tenían, sin embargo, unas manos extraordinariamente blancas y unos rostros de expresión infantil. Sus cabellos, totalmente rubios, partidos en dos bandas sobre la frente, me trajeron a la memoria las cabelleras de los ángeles pintados por Benozzo Gozzoli.
—Si van ustedes en aquella dirección —nos dijo el otro desconocido—, podremos hacer esta parte del camino juntos.
—Suban ustedes entonces —les invitó Voltaire—. No es demasiado grande el coche, pero iremos mejor que andando. En todo caso, esto es lo único que yo puedo ofrecerles.
—Y ya es bastante —respondió uno de los muchachos—. Estas gentilezas se aprecian mucho en las broncas zonas en que nos encontramos.
Una vez instalados, y mientras cabalgaba yo al costado del auto, preguntaron a Voltaire si no habíamos encontrado en nuestro camino a los Ingenieros del Comisariado Inglés de Jerusalén. Pasaron a explicarnos que pertenecían ambos a la Policía de Carreteras y que habían recibido orden, tras los dolorosos y sensibles acontecimientos de días pasados, de acercarse hasta Sodoma para tratar de mantener la calma en aquellos difíciles lugares.
Se extrañaban francamente, según se desprendía de sus palabras, de encontrarse de pronto con dos europeos que viajaban solos y desarmados y que, al parecer, no habían sufrido ni el menor contratiempo hasta el presente.
Ante nuestras preguntas, y ante nuestra ignorancia, nos relataron los dolorosos hechos a los que acababan de referirse. La tarde anterior, en la propia Sodoma, un arqueólogo americano, llegado de Boston al único objeto de desenterrar las ruinas de la casa de Lot, había sido agredido por un tropel de árabes de los que acampaban por los contornos: ante los bastonazos de los enfurecidos seguidores del Profeta, el pobre americano había logrado salir con vida tan sólo por obra y gracia de un milagro. Un milagro tan indudable como el que otrora salvara la vida del mismísimo Lot.
—¡Pues espero entonces tener una suerte mejor o al menos igual que la del americano que ha logrado así, en resumen, salvar su pelleja! —dijo Voltaire entonces—. Y deseo también que mi buena estrella me guarde ya, de paso, la espalda de los sodomitas.
Y tras esto se puso a canturrear, a media voz, con una maliciosa sonrisa, su verso en memoria de Lot:

Loth but
et devint tendre
et puis il fut
son gendre.

—Ustedes, los ingleses —añadió tras la tonada—, no están nada fuertes en Historia Antigua. De hecho, su ignorancia en cuestiones sacras es tan clásica y tan grande como la del propio Rousseau.
—Le daría a usted la razón —le respondió aquel de los dos desconocidos que tenía más aire de autoridad— si es que nosotros fuésemos ingleses. Mas como quiera que somos de estas mismas regiones, resulta así que la Historia Sagrada viene a ser como la historia de nuestra propia familia.
—Entonces... ¿son hebreos? —quiso saber el Patriarca de Ferney.
—Ni hebreos ni árabes —respondióle el otro—. Somos ángeles.
—Me lo esperaba —dijo Voltaire con aire extrañamente pacífico— aun cuando he de reconocer que ya dudaba yo bastante de la existencia de ustedes. Pero está visto que en este país todo es posible, máxime cuando vuestro Dios siempre ha tenido fama de creador de ángeles. Mas espero que no quieran, para convencerme de su existencia real, obligarme a combatir contra ustedes como hiciera aquel otro ángel con Jacob.
—No estamos aquí para agredir a la gente —repuso el ángel—, sino para protegerla.
Y levantándose sus ropas árabes nos mostró el uniforme inglés, color tabaco, que vestían ambos bajo sus amplias hopalandas. Luego, ya animado, nos relató su historia y la de su acompañante, que venía a ser, más o menos, la historia de todos los ángeles de Palestina.
Tras la derrota de los turcos, los ingleses asentaron sus reales en todo aquel país; y a últimos de 1918 se dieron de lleno a la tarea de reclutar soldados entre las gentes del lugar: que quieras que no, enrolaron en sus filas a los árabes, a los griegos, a los hebreos y hasta a los mismísimos ángeles, un poco por las buenas —muy poco— y un mucho bajo la amenaza de utilizar la fuerza en caso contrario. Y así, los ángeles que habían logrado pasar la guerra, las persecuciones religiosas, la carestía de la vida e incluso la peste, se encontraron ante el dilema de afrontar una nueva batalla o aguantar las órdenes de los nuevos amos. Tan sólo algunos pocos tuvieron la suerte de ganar las fronteras de Siria huyendo así de la quema. Consecuentemente, unos ángeles fueron reclu-tados para la Policía de Carreteras, otros para las bases de las escuadrillas aéreas afincadas en Jerusalén. Pero todos, unos y otros, habían tenido que sufrir la afrenta de ver cómo aquellos bárbaros invasores les cortaban sus alas para impedir así que huyesen volando.
Nuestros dos ángeles no habían tenido más remedio que endosarse el uniforme inglés, que aceptar un estipendio y que ponerse a prestar servicio encuadrados en el de Policía de Carreteras de Su Majestad Británica.
—Reconozco que es un verdadero pecado privarles a ustedes de sus grandes alas plateadas —opinó Voltaire—. En París se hubieran hecho las cosas de un modo muy diferente.
—Si al menos —clamaba uno de nuestros acompañantes— nos hubieran dejado un poqui-tito de alas. ¡Tan sólo lo necesario para alzarnos siquiera cuatro palmos sobre el suelo...!
—Pero los ingleses no pueden consentir —observé yo— que los hombres de los pueblos por ellos sometidos tengan ningún recurso, por banal que sea, con el que consolarse de la Policía británica.
—Por eso no presumen tampoco de ser filántropos —comentó sonriendo un ángel—. Y sin embargo, tan sólo la filantropía es capaz de conservar los imperios.
Habíamos llegado, mientras tanto, al pie de la colina. Algunos árabes se hallaban tendidos a las puertas de sus tiendas, bajo la sombra de las lonas. Unos perros, escuálidos y famélicos, trataban de encontrar, inútilmente, algo que llevarse a sus hambrientas bocas. Más lejos, en dirección al mar Muerto, podían verse unos restos, medio calcinados ya, de antiguos muros.
—Éstas son las ruinas de Sodoma —nos explicó el ángel—. Y aquellas de más allá, las de Gomorra. La colina que se alza frente a nosotros, y a la que los árabes dan el nombre de Gebel Usdum o monte de la Sal, no es sino la propia estatua de la mujer de Lot. —Si no tuviera miedo de convertirme yo también en sal —opinó entonces el autor de Cándido— daría media vuelta antes de que se haga de noche. Francamente, no me parece nada aconsejable la idea de pernoctar en estos lugares.
—¿Y quién teme que le vaya a hacer mal, estando en mi compañía? —di jóle el ángel—. Me llamo Artajerjes, y en el valle del Jordán me conocen hasta las piedras. Todo el mundo sabe, por ende, que conmigo no se juega. —Luego, volviendo la cabeza hacia mí, añadió—: No muy lejos de aquí hay una antigua torre medio en ruinas, en la que los turcos, durante la guerra, tenían emplazado un puesto de vigilancia. Allí, al menos, estaremos cobijados. ¿Temen ustedes acaso que los modernos habitantes de Sodoma sigan teniendo las nefastas costumbres de sus predecesores?
—Pues no lo sé, francamente —opinó Voltaire—. Mas en todo caso, no habrá nadie capaz de hacerme dormir separado del muro.
—Si desconfian de dormir en Sodoma —nos propuso Artajerjes— podemos ir a pasar la noche en Gomorra, que tan sólo está a una milla de aquí.
—Prefiero realmente pasar la noche entre los sodomitas —dijo Voltaire sin la menor sombra de duda—. Al menos conozco de antemano sus costumbres, y así podré estar en guardia. Porque todos sabemos ya qué era lo que pasaba en Sodoma, pero... ¿y en Gomorra? ¿Qué hacían los de Gomorra?
—Eso mismo me pregunto yo también —respondió cabizbajo Artajerjes.
Llegamos en aquel instante al pie de la torre de vigía. El ángel nos condujo al interior.

Sentados sobre el duro suelo, con los brazos rodeando las rodillas, los dos ángeles cantaban plácidamente; sus voces eran dulces y suaves, la melodía tranquila y apacible. Cantaban en una lengua desconocida, armoniosa como el susurro de un ala. Traté yo, con la ayuda de Artajerjes, de verter a nuestra lengua la extraña canción. Tan sólo pude lograrlo en muy pequeña parte, puesto que aquel idioma parecía tener matices y dulzuras desconocidas por los hombres. Mas en resumen venía a decir algo así:

El ángel Anadiomene,
con la boca dulce aún de sueño,
partió al encuentro del alba azul.
Sus alas apenas le sostienen aún.

Artajerjes cantaba con los ojos vueltos hacia el cielo. El otro, agachada la cabeza, lo hacía en voz muy baja, como si sus labios tan sólo dibujasen las palabras:

Mueve casto las caderas
el ángel hermafrodita,
la mirada adormecida,
cándida su expresión,
las manos puras y blancas.

Desde fuera nos llegó un rumor. Era mi caballo que, atado a una estaca en las inmediaciones del «Ford», piafaba nervioso e inquieto.
Un viento cálido y pesado soplaba desde el mar: era el viento denso, caluroso y sofocante del mar Muerto.
—Si los ingleses fueran capaces de entender el lenguaje de los ángeles —seguía opinando Voltaire— estoy convencido de que podríamos dormir entonces a pierna suelta, con los ojos bien cerrados, por toda Palestina.
—Y no sólo en Palestina —añadí yo—. El gran defecto de los ingleses en su Imperio es el mismo en que cayeron los romanos en el suyo: no haber sido nunca capaces de entender el clamor de los ángeles.
—Inglaterra —dijo Artajerjes por su parte— ha caído, efectivamente, en el mismo error que tanto se ha achacado a los emperadores de la vieja Roma. No basta con empadronarse en Palestina, ombligo de la tierra y de los cielos, para poder ya dominar al mundo entero: hay antes que entender y que asimilar el lenguaje de los ángeles para poder así, y sólo así, llegar a saber las necesidades humanas, a conocer sus secretos y a dominar, por amor, los pueblos. Roma no llegó jamás a comprendernos, ni a entender tan siquiera nuestros más elementales conceptos; luchaba en cambio contra los ángeles, trataba por todos los medios de atarnos al yugo de su propia política, reduciéndonos al estado de esclavos y empleándonos en los más bajos menesteres. Aquel Judas que traicionó a Jesucristo era un ángel embrutecido, degradado por la esclavitud y por la baja servidumbre. Judas era, en Roma, lo que hoy llamaríamos un elemento agitador del «Intelligence Service». Y todo aquello acabó atrayendo la desgracia a los romanos, al igual que todo esto acarreará la desgracia a los ingleses.
—¡Pobre consuelo es ése! —concluyó el compañero de Artajerjes.
—Tú, Lucía, es inútil que hables de consuelos: tienes un carácter demasiado fiero. Para ti no habría ya más consuelo que devolverte las alas y ver toda Londres roída por los ratones.
—Entonces, vuestro compañero —quiso saber Voltaire—, ¿es un ángel femenino, puesto que se llama Lucía?
—Para nosotros —hubo de aclarar Artajerjes— los nombres no cuentan. Mi compañero tiene un nombre femenino, es cierto, pero, sin embargo, es todo un ángel.
—La cuestión no es tan sencilla como la presenta mi compañero —terció Lucía—. Todos los ángeles somos hermafroditas, pero debemos esconder, por pudor, nuestra condición femenina. Los pintores, por ello, nos han presentado siempre como ángeles del sexo masculino. Solamente hay una iglesia, en Roma, por más señas, en la que, en uno de sus frescos, aparece dibujado un ángel femenino.
—Pues no comprendo a qué viene ese pudor ni por qué tienen ustedes que ocultar tal condición —opinaba ante esto Voltaire—. El mismo Napoleón, según dicen ahora algunos historiadores, era también hermafrodita.
—No me cuesta nada pensar —le respondió Lucía con una sonrisa irónica— en un Napoleón macho en Austerlitz y en una Napoleón hembra en Waterloo.
—Pues Napoleón bien creía en los ángeles —metí yo también baza.
—Realmente, en los ángeles no —me refutó Artajerjes—, sino más bien en el Papa. Stendhal recuerda que Napoleón, en pleno Consejo de Estado y durante una discusión relativa al Vaticano, exclamó airadamente: «Si el Papa me dice que anoche se le apareció el arcángel Gabriel y le dijo tal y cual cosa, yo tengo obligación de creerlo.»
—Me gustaría saber —preguntó socarronamente Voltaire— si los ingleses, en su trato con ustedes, en sus propósitos, les consideran como ángeles de un sexo o del otro.
—Es imposible adivinar las intenciones de la política británica —hubo de reconocer Artajerjes—. Nosotros mismos, las más de las veces, no logramos entender ni una palabra. Mas lo cierto es que los ingleses tratan, en todo momento, de utilizar al máximo cuantos instrumentos tienen en su mano, adaptándolos de la mejor manera al propio terreno en que éstos operan. Tomemos, por ejemplo, nuestro mismo caso. ¿A qué nos han traído a Sodoma? A restablecer el orden público, que está bastante alterado por acá en los actuales momentos. Pues bien, según la propia Biblia, dos ángeles fueron también, en aquel ayer, enviados a Sodoma para restablecer la moral y el orden público. Y el fuego y el azufre que el Señor hizo llover sobre este pueblo pecador, no va a ser nada comparado con el que les ha prometido el Comisario Británico de Jerusalén a los lugareños si siguen cometiendo tropelías.
Yo quise luego saber:
—¿Cuál es la diferencia entre los vicios y los delitos de los antiguos sodomitas y los de los modernos?
—Los antiguos ciudadanos de Sodoma —me informó Voltaire— no hacían, ante todo, cuestión de política o de raza: si bien tenían esa mala costumbre de atacar a sus enemigos por la espalda, nadie puede afirmar que tan feo sistema tuviera ni la menor naturaleza política. Es verdad, claro, que odiaban a los extranjeros; no es posible mantener la tesis de que adorasen a Lot, puesto que Lot no era sodomita. Quiero decir con esto que no era un ciudadano de Sodoma: era un extranjero, hijo del hermano de Abraham, y había venido a establecerse en esta ciudad tan sólo algunos años antes. Pero es que además tenía él la fea costumbre de haber adoptado aires de gran patrono, de presumir a todas horas de hombre virtuoso. Pero la auténtica razón de la ruina de Sodoma fue el nefasto vicio y no el odio contra la condición extranjera de Lot: una razón, pues, de naturaleza moral y no de naturaleza política.
—No quiero llevarle la contraria —terció Lucía— mas, ¿no cree usted que Lot debió ser algo así como un «inglés» de su tiempo? Es bien cierto, señores, que la historia se repite.
—Esperemos que no —exclamé yo—. No me agradaría encontrarme hoy mezclado en la repetición de aquella noche famosa.
—Yo pienso —me dijo Voltaire riendo— que podemos dormir tranquilos. La Historia no suele conceder el «bis» como los teatros.
—Mas sin embargo —nos hizo ver Artajerjes— las cosas se van desarrollando hasta ahora en una forma muy similar a como nos lo relata la Biblia. También entonces fueron enviados dos ángeles a Sodoma para restablecer el orden público.
—La Biblia —añadió Lucía— nos cuenta que aquella noche, mientras que los dos gendarmes, digo, los dos ángeles, se disponían a irse a dormir, los hombres de la ciudad rodearon la casa de Lot, llamando a éste a grandes voces. Nótese que la multitud se componía de viejos y de jóvenes, pero de hombres sólo. Las mujeres no querían saber nada de aquel embrollo. «¿Dónde están —gritaban los sodomitas—, dónde están los dos hombres que has acogido en tu casa? ¡Que salgan! ¡Muéstranoslos! jQueremos verlos!» No sé qué hubiera sido de los dos pobres gendarmes caso de no haber contado con su condición de ángeles y caso de no haber venido en su ayuda, bien providencialmente, la milagrosa lluvia de fuego y de azufre...
—Esperemos —comentó Voltaire— que esta noche los árabes de Sodoma nos dejen dormir en paz. Y más que en la protección de ustedes confío yo en esta esperanza, dado que, según ustedes mismos me cuentan, tan sólo un milagro podría salvarnos si llegara el caso. Por otro lado, les estimo ya a ustedes demasiado para creerles capaces de hacer todavía milagros...
—Pues es ya un milagro, y bien cierto, el simple hecho de que se hayan encontrado con nosotros —respondióle secamente Artajerjes—. Y aunque el cielo no se hallase dispuesto a realizar hoy milagros en favor de ustedes, aunque no quisiera enviarnos otra lluvia de fuego. Estén seguros de que nosotros dos seremos bastantes.
Y al decir esto, abrió el ángel su hopalanda y golpeó significativamente el pesado revólver de reglamento que pendía del cinturón de su uniforme.

Y en aquel preciso momento, un gran clamor se alzó en torno a la torre. Voltaire, pálido como un difunto, casi no pudo pronunciar:
—¿Qué pasa? ¿Qué ocurre?
Luego, cogiéndome fuertemente del brazo, me indicó:
—¡Mire a Lucía y a Artajerjes!
Los dos ángeles, en efecto, se habían puesto en pie y parecían dispuestos a salir: miraban ambos hacia lo alto, más bien estáticos, y con sus manos como en actitud de orar. Parecía estar escuchando voces o músicas celestiales. Mientras tanto, fuera, arreciaban los chillidos y los amenazadores gritos.
—¡Como estemos esperando a que les lleguen a éstos órdenes del Paraíso, estamos perdidos! —farfullaba Voltaire, empezando ya a descomponerse por el miedo.
No pude contenerme y le respondí riendo:
—Perdidos, no. No perderemos nada, amigo mío, como no sea el honor.
—¿Y le parece poco? —se me encrespó el filósofo—. ¿Le parece aún poco? Acabar a manos de los sodomitas, ¡a mi edad! ¡Qué diría Rousseau! ¡Qué diría Algarotti...! ¡Todo París se reiría a costa mía!
—¡Calma, calma! No hay por qué tomarlo todo tan a lo trágico. Verá usted —le aseguré— como nuestros ángeles custodios nos sacan con bien de ésta.
—¿Pero va usted a fiarse de esa pareja de traidores? ¿Va usted, acaso, a confiar en los ángeles? —se encolerizó el autor de Cándido—. ¿Pero no ve usted, acaso, que serían ellos los primeros en atacarnos a traición en cuanto se presente la ocasión propicia? ¿No comprende, infeliz, que hemos sido traicionados?
—Espere y lo veremos —le respondí tranquilo—. Pero le aseguro que, en mi opinión, son dos perfectos caballeros.
—¡Ya nos habrían salvado si fueran tan caballeros como usted pretende!
—También Lot, señor mío, fue salvado en el último momento. No desespere, que un milagro puede hacerse en un instante.
En el ínterin, Artajerjes y Lucía habían salido de la torre. Se oían allá fuera sus voces, altas, enérgicas y con tono de mando.
Ante el discurso de los ángeles los árabes callaron luego. Tan sólo oíamos ya una tos ronca y cavernosa que resonaba pegada al muro. Una tos que parecía el golpeteo espaciado de alguien que estuviera queriendo horadar un muro con sordos golpes de piqueta. Un perro ladraba furioso, a lo lejos, hacia Gomorra.
Las palabras de los ángeles fueron también disminuyendo de tono. Sólo percibimos, finalmente, una especie de bisbiseo recortándose en el silencio.
—Tengo miedo —me confesó Voltaire— de que se estén poniendo todos de acuerdo.
En aquel crítico instante entró Lucía: los árabes del lugar nos habían tomado por dos hebreos y amenazaban con incendiar la torre si no abandonábamos Sodoma antes del alba. En todo el amplio valle del Jordán, y tras los incidentes que un par de meses antes ensangrentaran la carretera de Jerusalén, el odio contra los hebreos iba in crescendo; particularmente entre las tribus árabes acampadas por aquella orilla del mar Muerto, tal rabia parecía tener todo el furor de una auténtiea guerra santa.
El propio arqueólogo que llegara desde Boston para desenterrar las ruinas de la casa de Lot, había tenido la desgracia de ser tomado por hebreo con el resultado subsiguiente: los fanáticos y exaltados árabes le apalearon a conciencia, dejándole luego medio muerto sobre el camino.
Lucía, con tono tétrico, aclaró:
—Y los autores de tal desaguisado han sido, precisamente, las mismas turbas que ahora nos rodean.
Voltaire protestó, airado:
—No es que le tomaran por un hebreo. ¡Es que era un hebreo de pura cepa y comisionado, por ende, por un Comité sionista americano! Pero nosotros... ¿qué tenemos que ver nosotros? ¿Somos, acaso, hebreos? No. ¿Somos, acaso, ingleses? No. ¡Pues entonces...! Y en todo caso, en rigor de justicia, habrían de ser los propios judíos —y no los árabes— quienes tuvieran algún interés en darme a mí de bastonazos a cuenta de las calumnias, de las malignidades y de los improperios que he vertido yo siempre en todos mis libros contra el pueblo de Israel.
—Pero, no esperará usted, amigo mío —le cortó riendo el ángel— que estos toscos árabes hayan leído sus obras, ¿verdad?
Al llegar a este punto entró en el recinto Artajerjes, con semblante preocupado.
—No hay nada que hacer —confesó a media voz—. Estos bárbaros no quieren entender nuestras razones: si antes del alba no han salido del pueblo los dos malditos hebreos —y esto lo dicen por ustedes, señores—, los sodomitas obrarán por su cuenta, sin respetar ya ni tan siquiera nuestra propia condición de ángeles. Yo les aconsejo, pues, que partan de aquí sin perder ni un solo instante. Somos muy pocos —continuó diciendo Artajerjes— para intentar hacer frente a varios centenares de árabes enfurecidos y fanáticos. Ello, no obstante, si ustedes prefieren quedarse, cuenten conmigo para defenderlos.
—Y conmigo —añadió Lucía—; hasta la muerte.
—Lo cual significa un largo rato —ironizó Voltaire— si es verdad, como dicen, que son ustedes inmortales.
—¡Psché...! Desde que los ingleses se han mezclado en Palestina y han empezado a mangonear en todo, yo creo —confesó Lucía con aire triste— que nuestra inmortalidad se ha quedado reducida a algo muy transitorio...
—¡Basta ya de inútiles discusiones! —les cortó en seco Artajerjes—. No tenemos ni el menor tiempo que perder. Hay que decidir lo que sea, una cosa u otra, antes de que los árabes se arrepientan de la palabra dada y nos caigan encima por sorpresa.
—Marchémonos, pues —propuso Voltaire con aire ya de moribundo—, y ¡así les parta un rayo a todos!
Abrazamos a los dos ángeles a guisa de despedida. Lucía me estrechó fuertemente entre sus brazos nervudos. Sentí en mi mejilla la humedad de sus lágrimas. Artajerjes parecía también emocionado.
La noche era oscura como boca de lobo. No se veía nada, absolutamente nada, a dos pasos de distancia. Tan sólo un apagado rumor de voces nos rodeaba por doquiera. Por la parte del monte de la Sal el rumor ganaba en intensidad. Al parecer, en aquella colina estaba la principal concentración de fuerza. Y recordé entonces, no sé por qué, que tal monte no era, en realidad, sino la estatua de sal de la mujer de Lot. Era el testimonio del castigo a su desobediencia por haber vuelto atrás el rostro.
Llegamos al fin, pasito a paso, hasta donde se hallaban mi caballo y el «Ford» de Voltaire. El animal estaba francamente nervioso y piafaba inquieto, queriendo romper las trabas para alejarse de allí al momento.
Monté sobre la silla; Voltaire puso su automóvil en marcha. Y al ir a partir, se nos acercó Artajerjes gritándonos una última y conminatoria advertencia.
—¡Pase lo que pase, oigan lo que oigan, vean lo que vean, no se vuelvan hacia atrás! ¡No vuelvan nunca hacia atrás, ocurra lo que ocurra!
El sonido del motor cortó las palabras del ángel. Hizo Voltaire un gesto de adiós con la mano, pisó el acelerador y su «Ford» comenzó la huida. Clavé mis talones en los flancos de mi caballo y le obligué a seguir, venciendo su nerviosismo, la lucecilla roja de la trasera del vehículo.
El «Ford» aceleró la marcha y yo hube de poner mi caballo al galope para no perder así, al menos, la noción del camino seguido por Voltaire.
Súbitamente, una gran llama, resplandeciente, pareció caer del cielo sobre el monte de la Sal. Un fuerte resplandor iluminó los contornos. Un clamor de voces asustadas pareció salir del fondo de las tinieblas. Otras llamas, otros fuegos, se encendieron aquí y allá, cercando el horizonte. Gracias a ellos íbamos ganando en visibilidad. Mas, con todo, era una luz espectral, pálida y vivísima, que sobrecogía el ánimo. Nuevas llamas y nuevos clamores se percibían ya por todas partes.
Mi caballo, tan asustado como yo, no necesitaba mi estímulo para tragarse las millas.
Al tomar una curva del camino pude ver, asombrado, que el coche se hallaba detenido, en medio de la carretera, rodeado por un grupo de árabes gesticulantes.
—¡Le han cogido las turbas! —pensé.
Mas en esto vi a Voltaire que, saliendo de un salto de su «Ford», ponía pie en la carretera y comenzaba a correr hacia mí, retrocediendo por el camino, seguido de una multitud de sodomitas aullantes.
Frené mi caballo y me hice fuerte en la silla, agarrándome al arzón, dispuesto así a coger al vuelo al fugitivo y a izarle a mi lado tan pronto como llegara a mi altura.
Mientras le esperaba, recordé, sin proponérmelo, los consejos del ángel:
—¡No vuelvan hacia atrás! Pase lo que pase, ¡no vuelvan nunca hacia atrás!
Voltaire, al parecer, había olvidado, bajo la acción del miedo, tales órdenes o consejos.
El hombre venía corriendo desalado a mi encuentro. La multitud perseguidora le ganaba ya terreno. Cuando de pronto, inexplicablemente, Voltaire comenzó a disminuir su marcha: dio dos o tres trompicones, volvió a ganar el equilibrio, pero sus movimientos fueron haciéndose lentos, cada vez más lentos, como al ralenti.
Un espantoso grito de «¡Socorro! ¡Socorro!» salió de su garganta. Luego, en postura aún de correr, pareció quedar súbitamente clavado en tierra. Un pie apoyado en el suelo, la rodilla todavía algo doblada hacia delante. La otra pierna atrás, levantada en el aire. Los brazos, junto al pecho, en ademán de carrera.
Con la boca aún abierta, como si aún siguiera lanzando un inaudible «¡Socorro!», con los ojos muertos en el pálido rostro, quedó allí Voltaire, quieto, mudo y clavado, inmóvil como una estatua.


LA MAGDALENA DE CARLSBOURG

Nuestros últimos muertos habían sido ya enterrados en el cementerio de Rocroi.
El primero de diciembre nos pusimos de nuevo en camino hacia septentrión: nos hallábamos, en aquel entonces, en el mismo corazón de ese triste país valón que abraza, con sus inmensos bosques de abetos, toda aquella tierra belga que confina ya con Luxemburgo.
Nadie recordaba un invierno tan riguroso. Por la noche, se oían los aullidos de los lobos por entre los abetales; los hielos obligaban a los ciervos y a los jabalíes a salir de las intrincadas espesuras de los bosques, buscando tierras menos inhóspitas por las inmediaciones de Carls-bourg donde, justamente, teníamos nosotros nuestro acantonamiento invernal.
Los recuerdos aún latentes de nuestras aventuras del verano y del otoño pasados, de nuestra partida de Italia encuadrados en el Segundo Cuerpo de Ejército, las cruentas batallas por los bosques de Bligny, por el Aisne, sobre el camino de las Damas, sobre las marismas de Sissone, la victoriosa persecución hasta Rocroi del enemigo en derrota; la impresión de las interminables jornadas de marcha, horas y horas, bajo la incesante lluvia, desde el Mosa hasta las selvas de Saint-Hubert, curvados y agobiados bajo el peso de los equipos, de la fatiga, de las heridas, y pisando siempre los talones al ya casi deshecho y derrotado ejército teutón, nada de esto, con ser mucho, lograba quitar de nuestros espíritus la impresión de sentirnos, en medio de aquellos enormes, húmedos y tenebrosos bosques, como los meros restos de un ejército disperso que ha de luchar siempre contra el frío, contra el hambre y contra la agobiante sensación de hallarse aislado en medio de un territorio extranjero.
El horizonte estaba continuamente teñido de un tono grisáceo, monótono y desesperante. La casa en que me alojaba, frente por frente del «Vrai sanglier des Ardennes» —albergue y taberna que nuestros soldados llenaban de cánticos y de risas durante la noche a los compases del «rommelpot»—, aquella casa, repito, me oprimía el corazón con su aspecto de soledad, de abandono, de eterno frío.
Por las mañanas, o al caer la tarde, solía dedicarme a la caza del ciervo: las furiosas persecuciones me proporcionaban así una válvula de escape que a veces lograba darme el grado de equilibrio necesario para poder luego seguir afrontando aquella monotonía en que nos hallábamos sumidos.
Pero ¡qué triste es, realmente, el sonido del cuerno de caza cuando se le oye desde el fondo mismo de los bosques!
Aun así, y como antes digo, me dediqué de lleno a la caza, a falta de mejor ocupación en aquellos días concretos: con algunos soldados marismeños y con otros tantos cazadores de Carlsbourg y de Saint-Hubert, buenos conocedores éstos de las tretas del jabalí, dábamos batida tras batida por los nevados parajes. La alegría de los cazadores se volvía contagiosa: sus canciones, las charlas en torno a la hoguera, los tragos de buen vino con que combatir el frío reinante, todo ello llevaba calor a mi espíritu y me permitía, al menos por algunas horas, olvidar la causa de nuestra estancia, los horrores que por doquiera nos rodeaban. El «¡dallí! ¡dallí!» de los marismeños, el «¡Hallalí!» de los batidores de Carlsbourg, lograban sacarme de mi estado de aburrimiento, de abatimiento, y por eso, justamente, me lanzaba en su compañía, vez tras vez, a lo más profundo de los bosques.

Una tarde, al regresar de una batida, me quedé solo, aislado, escuchando los sonidos—multiplicados a través de la espesura— del cuerno de caza que llamaba a los batidores indicándoles que había ya llegado el momento del regreso. Se me hizo de noche cuando, al fin, me decidí a volver a Carlsbourg: recordé, no sé por qué, que mi camino debería pasar forzosamente a un tiro de piedra de la hostería «El jabalí negro» donde habitaba totalmente recluida, al decir de las gentes, una desgraciada muchacha que durante la ocupación había tenido comercio de amores con los invasores alemanes.
Era así una hostería prohibida: por orden terminante de nuestra Plana Mayor nadie, ni oficial ni soldado, podía trasponer aquel umbral.
Tal prohibición había sido exigida por el burgomaestre de Carlsbourg. En toda Bélgica, y al igual que en aquellas regiones de Francia que habían sido invadidas, tal clase de mujeres era tratada con odio por sus convecinos. Habían sido, incluso, declaradas fuera de la Ley, puestas al margen de la sociedad, de los Hombres.
Se contaba, por aquellos días, que en Bruselas, durante la tarde del once de noviembre —Día del Armisticio— una de esas pobres mujeres había sido perseguida por el Boulevard Anspach, y apaleada por una multitud enloquecida y ávida de sangre: fue tratada luego, precisamente, como lo eran las prostitutas de los remotos tiempos de la Historia.
Y tal ola de odio había llegado, como la llama de un incendio que se propaga, hasta aquel pequeño pueblo perdido en el fondo de las Ardenas.
Hacía un frío intenso que se metía entre la ropa y que calaba hasta el interior de los huesos. Debo decir, sin embargo, que no fue ésta la causa que me impelió a llamar a la puerta de la casa prohibida.
Al sonar mis aldabonazos, un llanto comenzó a oírse allá dentro. Inmediatamente me arrepentí de lo hecho y bruscamente me separé unos pasos, quedando así en la oscuridad. En la planta baja se abrió una contraventana y pude entrever, en la penumbra, una cara, casi aún de niña, que desapareció seguidamente.
Aquella tarde no tuve valor para llamar de nuevo; pero al día siguiente, hacia el ocaso, volví otra vez a la hostería de «El jabalí negro» y, sin dudarlo más, entré ya en su interior.
La aborrecida prostituta no era sino una mu-chachita de poco más de veinte años, frágil y blanca, con grandes ojos dulces, y con el pelo rubio dividido en dos crenchas y anudado luego, bajo la nuca, en un pequeño moño. Hablaba sonriendo y aquella sonrisa triste iluminaba por completo su cara, sus ojos, dándole un aspecto de total desamparo. Se llamaba Magdalena; pero en el país, desde que ocurrió aquello, la llamaban Madelón.
Me acogió con miedo al principio; luego, quizá, con confianza y con agradecimiento. Pero aquel primer día no me atreví ni tan siquiera a darle la mano.
En las próximas visitas llegamos ya a ser buenos amigos. Su casa era húmeda y fría, igual en todo a una casa abandonada.
Magdalena no solía atreverse ni tan siquiera a salir al bosque para buscar leña: su madre, una viejecilla que me miraba silenciosa desde un rincón del cuarto, no tenía fuerzas para manejar el hacha. Y cuando los lugareños la veían recogiendo las ramas caídas, la amenazaban también desde lejos, con puños y palos. Aquellas ramitas no eran suficientes para calentar el hogar. Daban una gran llama al principio, pero acababan de arder en breves minutos. La casa, así, continuaba helada día tras día. Magdalena, durante la noche, hacía de vez en cuando pequeñas incursiones por el bosque. Pero pronto la dominaba el terror y regresaba apresuradamente a casa, trayendo tan sólo algún pequeño tronco, las manos llenas de sangre y el corazón atenazado por el pánico.
Una tarde me ofrecí a acompañarla y así aquella casa volvió a conocer la alegría de las llamas bailando en la campana de la chimenea. Magdalena me veía comer, pero sin querer probar bocado. Nenni, me decía en su francés valón, y enrojecía luego de vergüenza. Pero la maravilla de una naranja siciliana que nos había llegado entre otras provisiones del ejército, fue ya más fuerte que su orgullo. Cuando acercaba a sus labios la fruta, me fijé en su mano: la muchacha bajó los ojos, retiró la mano escondiéndola tras la espalda y comenzó a llorar, lenta, muy lentamente, con una indescriptible sensación de pena.
Al día siguiente, llevé a la casa un frasco de pomada de azufre y enseñé a Magdalena cómo debía usarla. Al cabo de una semana, gracias a aquel cuidado, la muchacha se había curado totalmente. Y era la suya entonces una alegría inocente, pero tan intensa que se le salía por los ojos aun cuando estaba en silencio. Empecé a sentir así una gran piedad por aquella desgraciada: cuando nuestros ojos se encontraban era yo siempre el primero en bajar la vista.
Magdalena se fue recuperando gradualmente y comenzó ya a sentir de nuevo la alegría de vivir, la confianza en el mañana.
Una tarde, la pobrecilla chiquilla cogió mi mano, la apretó con fuerza, puso sus labios sobre ella y comenzó a llorar en silencio. La historia surgió entera, sin haberla nadie pedido:
Al principio de la guerra, cuando ya los alemanes habían entrado en Dinant, el padre y el hermano de Magdalena se hallaban por los bosques, dedicados a la caza. Y en aquellas mismas zonas selváticas se unieron ambos a las guerrillas de francotiradores de las Ardenas.
¡Hallalí! ¡Hallalí! Los cazadores profesionales comenzaron la caza del hombre, la caza del ulano.
Pronto el ejército ocupante organizó la captura de tales guerrilleros: los francotiradores de Carlsbourg no regresaron ya jamás a sus hogares. Magdalena quedó sola con su madre, en aquella casa perdida en el bosque en la que faltaba, y faltaría de allí en adelante, el calor y la protección de un hombre. Magdalena quedó, pues, virtualmente sola y sin poder defenderse. Pasó luego la oleada de los ocupantes. Magdalena fue violada por las fuerzas tantas veces como los dominadores así lo quisieron. Después, Magdalena hubo de entregarse por hambre.
Sentí un profundo dolor en el corazón; un dolor que no era sino rabia y piedad, odio y compasión al mismo tiempo. Hubiera entonces querido decirle: «Magdalena, yo sí te quiero»: pero... ¿cómo podría hacerlo?
Acaricié sus cabellos y su rostro.
Con mi mano, torpemente, sequé sus lágrimas.
La luna parecía ir saliendo al cielo desde el fondo de los bosques, en los que el viento entonaba su monótona melodía.

Allá por Navidad, cuando los primeros soldados del rey Alberto —la infantería de Char-leroi, de Ypres, de Lys— iban regresando a sus hogares de Carlsbourg, de Saint-Hubert, de Houffalize, el odio contra todas aquellas desventuradas que se habían vendido a los invasores tomó nuevos bríos y se extendió como un reguero de pólvora de un extremo a otro de las Ardenas. En muchos pueblos había comenzado ya la caza de tales mujeres, llevada a cabo además con auténtico furor bíblico: la multitud, ahita de desquite, ansiosa de vengarse en quien fuera y como fuera, las había arrastrado por los cabellos, de calle en calle, fustigando sus cuerpos desnudos, al mismo tiempo con crueles latigazos. Los gendarmes se habían visto precisados, en muchas ocasiones, a disparar sus armas al aire a fin de contener el tumulto.
En Saint-Hubert, donde radicaba el Cuartel General del Cuerpo de Ejército Italiano, nuestra Plana Mayor se había dado buena maña para sacar de la localidad a todas aquellas mujeres, bajo buena escolta, trasladándolas a Na-mur donde parecía existir un mayor número de seguridades.
Se cursaron también órdenes rigurosas a todos los mandos italianos —desde Houffalize hasta la frontera francesa— de detener a tales desventuradas para recluirlas, antes de que la multitud se hiciera con ellas, en los conventos de los pueblos; por ende, tales conventos habían de quedar debidamente protegidos por nuestros propios soldados.
La noticia de tal fuga, de tal medida, que venía así a privar al pueblo de su venganza, hizo que un odio exacerbado se desatase entre los aldeanos: más de una casa fue incendiada. Ellas habían escapado por minutos pero sus propiedades sufrirían, al menos, las consecuencias.
Al primer anuncio de peligro, Magdalena fijó en mí sus ojos: «Ahora me tocará a mí. Vendrán a llevarme.» Se apoyó en el quicio de la puerta mirándome con una expresión de amor y, a la vez, de resignación, de fatalismo.
Era un día claro, despejado y aparentemente en calma. De improviso, la campana de la iglesia comenzó a voltear, alocada, anunciando un peligro inminente.
Salí de la casa y miré hacia el pueblo: las calles estaban totalmente desiertas. Pero una negra nube de humo se alzaba allá por la parte del convento.
—Han incendiado la casa de la Valghedem —murmuró en voz baja Magdalena—. Luego quemarán la nuestra. ¡Dios nos ha dejado de su mano!
Y al decir esto, paradójicamente, se santiguó con fervor y miedo.
La vieja había caído de rodillas en un rincón y se tapaba angustiosamente el rostro con las manos.
¡Huir! ¡huir!, pero... ¿hacia dónde? ¿Esconderse en el bosque, entre las espesuras?; pero... ¿y luego? El frío y los hielos obligarían bien pronto a abandonar tales refugios.
No había tiempo que perder: en cuatro saltos llegué al centro del pueblo, corrí a nuestro Comando y, breves instantes después, regresaba ya con un piquete de soldados. Rodeamos a Magdalena y a la anciana y minutos después se hallaban ya ambas, sanas y salvas, dentro de los muros del convento.
—Nenni —me dijo Magdalena mirándome fijamente a los ojos.
No quise detenerme más. La campana seguía tocando a rebato. Era preciso ver qué pasaba, qué podía hacerse aún por evitarlo.
Todo el pueblo estaba alzado, presa de un auténtico odio y de una tremenda furia: pedía venganza.
Había circulado ya la noticia de que aquellas prostitutas iban a escapar, en breve plazo, bajo una buena escolta, quedando así fuera del alcance de sus iras. Los hombres, las mujeres y los muchachos recorrían el pueblo armados con bastones, picos y horcas, gritando las peores amenazas. La casa de la Valghedem, efectivamente, había sido incendiada. —¡La Valghedem, la Valghedem! Cercaban ahora la casa como los perros cercan la presa. Esperaban verla salir, obligada por el fuego, para caer entonces sobre aquella mujer que había cometido el imperdonable delito de amar a los invasores.
En un cierto momento, alguien hizo circular la noticia de que no saldría: de que aquellas heteras se habían amparado en el convento. La multitud se puso en marcha. Al llegar frente al recinto, una lluvia de piedras cayó contra las ventanas. Comenzaron seguidamente a aporrear las puertas con sus aperos de trabajo, con sus palos, con sus propios puños.
Nuestro Comando no esperaba esta reacción. No creíamos que pudiese la gente atreverse a violar así la seguridad del convento. Se tomó la decisión inmediata de mandar un piquete en auxilio de los frailes, mientras que otro partía hacia la casa de la Valghedem para tratar de apagar el incendio.
Partí con mis soldados a paso de carga, calle abajo, los fusiles en ristre, gritando:
—¡Fuera, fuera; despejen las calles!
Los aldeanos trataban de impedirnos el paso agarrándonos por las mangas, por las guerreras. A codazos, a culatazo limpio, me fui abriendo camino.
Mientras corríamos, miré hacia «El jabalí negro». No se veía humo en aquella dirección. ¡Nadie había pensado, al parecer, en Magdalena!
Un soldado me indicó:
—¡Han ido hacia aquella parte! ¡Hacia el convento!
¡Dios mío, Dios mío, cuida que no le ocurra nada a Magdalena!
Súbitamente, llegó hasta nosotros el eco de un rumor cada vez más cercano. La horda chillaba enronquecida.
Al llegar a las afueras del pueblo nos dimos de bruces con la multitud que avanzaba. En medio de aquel impresionante grupo, en un claro, iba Magdalena, desnuda, arrastrada también por los cabellos. Su cara se hallaba llena de sangre, rebozada en polvo. En la piel de su cuerpo se veían las marcas sangrientas de los latigazos.
—¡Disparen al aire! —ordené a mis soldados.
Y ante el ruido de los fusiles, el alud se disolvió.
Me abalancé sobre Magdalena. Pero antes que yo, sólo algún instante antes, se echó sobre ella, salvajemente, un paisano. Vi cómo éste golpeaba a la muchacha brutalmente en la ingle. Se alzó luego el vengador, con el agudo cuchillo aún en la mano y, dándose a la carrera, desapareció entre los bosques.


LA HIJA DEL PASTOR DE BORN

Tras la muerte de mi madre, el desolado silencio de los grandes bosques de Norrland fue invadiendo paulatinamente nuestra casa de Born: el frío y la humedad se fijaron contra los vidrios de las ventanas; una pátina verdosa comenzó a recubrir poco a poco los muros del edificio. Y así, nuestro hogar fue impregnándose de aquella humedad, de aquel frío que acabó por entrar hasta en los últimos rincones.
Mi padre, pastor de la iglesia de Born, trató inútilmente de defenderla contra aquel lento pero incesante ataque que procedía de los bosques: hizo grandes hogueras en las chimeneas, quemó las matas, colocó braseros en todas las habitaciones y terminó, incluso, por abatir los seculares abetos que rodeaban nuestra casa. Pero todo fue en vano. La humedad se filtraba por el suelo, por los rincones, por el mismo aire y continuaba, tenaz y machacona, su ininterrumpida invasión. Los muros, las maderas del suelo, las grandes vigas de los techos, todo, en una palabra, rezumaba ya humedad, tristeza, frío.
En cierto momento, mi padre se sintió tentado a prender fuego a la casona para no verla morir así, poco a poco, en aquella interminable agonía. Pero el amor al hogar, cuna de la familia, pudo más. No quiso, por ende, rebelarse contra los designios del Señor. Y optó por refugiarse en la habitación más oscura, rindiendo la casa a la invasión, sin hacer ya, desde entonces, ni el más leve gesto de defensa.
Desde aquel mismo día, también, parecimos quedar en el más absoluto aislamiento. Nadie venía a vernos, nadie lograba trabar conversación con mi padre, ni tan siquiera en la misma iglesia. Se había convertido en un hombre silencioso y huraño que esquivaba las amistades y que miraba a todo el mundo con aire de enemigo. La gente de Born, cuando le veía dirigirse hacia la casa, miraba con curiosidad a la puerta principal, que había sido ya condenada, y alzaba luego los ojos hacia las ventanas como queriendo hallar en alguna parte del inmueble el menor signo de vida. Se decía, incluso, que el pastor me tenía recluida, semiprisionera, en aquella casona en ruinas sin que fuera óbice para ello, al decir de las gentes, mi lamentable estado de salud. Pero nadie se atrevía a interrogar a mi padre al respecto: cuando, en la penumbra de la iglesia, se volvía él hacia los fieles para dirigirles el sermón dominical, contemplaban todos entonces su cara mustia, su boca siempre plegada en mueca enfermiza, sus ojos hundidos, y todos entonces sentían piedad por el anciano y se reprochaban en su fuero interno haberle dejado solo, haber consentido que se aislase de aquella manera de la totalidad de sus feligreses.
¡Cuánto había cambiado en aquellos tiempos! ¡Qué diferente era de cuando aún le acompañaba mi madre en sus paseos por los alrededores de Born, por las blancas calles del pueblo, hacia los abetales oscuros del bosque, mientras se oían las cantarínas campanas de la iglesia!
En todos los corrillos se hablaba de su estado actual, de su retraimiento, de sus visibles sufrimientos y todos, en el fondo, se sentían un poco culpables de ello. Sólo los más jóvenes le reprochaban su rendición sin lucha, haciéndole así responsable del estado de abandono, de se-mirruina de lo que antes fuera aquella bella casa del pastor, e incluso de su comportamiento para conmigo. Pero los ancianos, los que le habían conocido cuando era joven y estaba pletórico de vida, decían en su descargo que yo había salido en un todo a mi madre, con el mismo carácter débil e irresoluto, y no se extrañaban por tanto, ni en lo más mínimo, de mi voluntario enclaustramiento.
En medio de aquellas paredes que rezumaban humedad, mis días eran lentos, desesperantes, eternamente iguales y monótonos. Mi padre, que sentía por mí un cariño celoso e inquieto, no me permitía ni el menor gesto exagerado, ni la menor palabra de alegría, ni de piedad, ni de afecto. Una simple carcajada mía hería instantáneamente su sistema nervioso.
—¡Ana, Ana, tengo miedo! —gritó una vez desde el fondo de su lóbrega estancia al oírme cantar.
—¡Vete, apártate! —me dijo otra en que apoyé, en un tímido intento de demostrarle mi cariño, mi cabeza sobre sus hombros. Tenía, en tal momento, sus ojos llenos de lágrimas: su mirada me infundió una auténtica sensación de pena. Procuraba esconderme para llorar a solas mi sufrimiento: me situaba en los rincones más oscuros de la casa y comenzaba allí a sollozar, como un niño, restregándome los ojos con mis puños.
De repente, le oía ponerse a gritar, encerrado en la única habitación que utilizaba: «¡Socorro, socorro», exclamaba con gritos desacompasados; luego, súbitamente, volvía a quedar en silencio. Entonces, entraba yo de puntillas en su habitación para poner en orden todos los objetos que, durante su ataque, había arrojado por el suelo. En tales momentos, escondía mi padre el rostro entre los brazos, echado de bruces sobre su escritorio, fingiendo dormir y aguantando su jadeante respiración. Pero cuando de nuevo volvía a apoderarse de él uno de aquellos ataques de miedo, volvía entonces a mi encuentro, con mirada suspicaz y temerosa, volviéndose a cada momento, como si temiese que alguien le fuera pisando los talones.
Sentía también una verdadera fobia por los espejos. Revolvió cientos de veces la casa, de un rincón al otro, tratando de hallar alguno. Miraba detrás de los armarios, en el interior de los cajones, en el desván. Y cuando se daba el caso de encontrar un espejo, por muy pequeño que fuese, lo alzaba entonces con sus manos, torcía la cara para no verse reflejado en él y corría, como un poseso, a tirarlo por la ventana con todas sus fuerzas. Al oír el sonido del vidrio roto, su cara volvía a serenarse. Luego, recorría en triunfo la casa dando gritos de alegría y ya le continuaba el buen humor por algunas horas.
Así, pues, yo me veía precisada, para arreglarme, a mirarme como podía en los cristales de las ventanas. No quería tampoco mi padre que me aviase yo a mi manera; para no hacerle sufrir tenía que vestirme como lo hacía mi madre: me veía obligada a usar los trajes de ella, sin que yo osara, en modo alguno, arreglarlos o modificarlos.
Y yo, envuelta en aquellos trajes ya viejos, en mal estado casi, y de talla muy diferente a la mía, sentía aumentar mi tristeza, mi sensación de abandono, de encerramiento. Pasaba horas y horas sin poder hacer más que escuchar los ruidos de aquel viejo caserón, los gemidos de las vigas y de las maderas, ya casi completamente empapadas, el susurro del viento que entraba libremente por los mil resquicios, el ruido que hacían allí cerca los abetos agitados por el aire. Me parecía que el tiempo era algo interminable, algo fuera de toda medida y de todo fin; continuaba inmóvil, sin ninguna esperanza, sin ningún objetivo, sin ninguna alegría.
Tenía un recuerdo confuso de los tiempos ya pasados. A veces, al mirarme en el cristal de una ventana, creía divisar allí el rostro de mi madre, y me echaba entonces a llorar ante el recuerdo de su cara, tan pálida, tan inmóvil.
—¡María! —imploraba mi padre, llamándome por el nombre de mi pobre madre—: ¡María!
Yo quedaba entonces quieta, temerosa, sin atreverme a sacarle de su error, sin atreverme siquiera a moverme.

El día que Guda entró en nuestra casa por primera vez, mi padre no consintió en recibirle.
—¿Qué ha venido a hacer? —me preguntó—. Prepárale una habitación y no vuelvas luego a ocuparte de él. Es el nuevo pastor que viene a sustituirme aquí en Born.
Volvió la espalda, agachó más aún sus caídos hombros y se encerró en su estancia.
Guda me aclaró inmediatamente que él no había venido a sustituir a mi padre sino, por el contrario, a ayudarle.
—La iglesia de Born es demasiado importante —añadió— para que todo su peso y trabajo recaigan sobre un hombre tan cansado y enfermo como es ahora su padre.
Me hizo ver que sólo así, con su ayuda, podría seguir siendo mi padre el pastor titular de la iglesia de Born. Las autoridades de la Iglesia no le hubiesen consentido, de otro modo, seguir en su puesto dado su actual estado.
—Está enfermo, muy enfermo —continuó di-ciéndome en voz baja, mientras me miraba fijamente a los ojos. Me pidió que le ayudase a hacer comprender al anciano la verdadera razón de su venida; a hacerle creer que, acabado él de ordenarse, había elegido Born como primera residencia a causa de la importancia de su iglesia y el cariño que los feligreses sentían hacia su pastor. Así, en tan buena compañía, él daría los primeros pasos de su ministerio.
Aquella tarde me hice el propósito de tener una conversación con mi padre, para contarle todo aquello que Guda me había relatado. Cuando lo hice, me respondió riendo con una expresión no demasiado confiada aún en sus ojos:
—Lo sabía ya: había sido advertido de todo. La ciudad de Dios es tomada con asechanzas. Por lo demás, ¡sea bienvenido a nuestra casal Si es verdad lo que dice, las pruebas nos lo demostrarán. Pero que no crea que va a hacerse el amo de la iglesia. Si quiere ayudarme, ¡que comience por quitar la herrumbre de la campana! Pero mi casa es mía y aquí no le consentiré ni que me ayude ni que me aconseje.
Cerró luego los ojos y pareció quedar meditando. Mas cuando yo me dirigía hacia la puerta, estalló en otro de sus arrebatos de furor.
—¡María, María! —gritó con acento destrozado—, ¿quién te ha mandado peinarte así? —y se tapaba los ojos con las manos para no ver mi peinado, que no se parecía en nada al que él viera siempre en su esposa.

Guda era un hombre alto, delgado, con rostro juvenil pero severo, con ojos muy negros y de mirada firme. Hablaba y sonreía con la serenidad del que tiene una conciencia bien tranquila y no ha de ocultar nada a nadie.
Ya el primer día de su estancia entre nosotros me dio a conocer la curiosidad tan grande que sentía al verme vestida de aquella estrafalaria forma, con aquellos viejos y ajados vestidos, de un tamaño no apropiado a mi cuerpo y de un estilo que en nada convenía a una muchacha joven. Incluso puso lógicas y atinadas objeciones al anticuado peinado que llevaba.
Cuando vio que mi padre no me llamaba por mi nombre sino por el de mi pobre mamá, una sonrisa de comprensión pasó por su rostro. Cayó entonces en la cuenta de por qué me veía yo obligada a vestirme y a peinarme como una mujer mayor. Me hizo un guiño como para asegurarme que estaba ya en el secreto.
Poco a poco, me fui sintiendo atraída por su bondad, por la paciencia y cariño con que trataba a mi padre. Le acompañaba a la iglesia, le ayudaba, le sustituía en las tareas más fatigosas, le seguía incesantemente en sus visitas al pueblo. Y todo ello lo hacía sin parar mientes en la continua serie de desaires con que mi padre le trataba. El anciano parecía empeñado en no querer verle, en ignorarle. Cuando hablaba de él, decía simplemente «ése» con un aire totalmente despectivo.
Pero lentamente pareció irse luego acostumbrando a la presencia de su joven ayudante y llegó ya hasta a dar paseos con él por la campiña, colocándose a su lado y no algunos pasos delante como hacía invariablemente en los primeros tiempos. Cuando nos hallábamos los tres juntos, yo procuraba no mirar tan siquiera a Guda para no herir aquel cariño celoso y enfermizo que por mí sentía mi padre. El caso es que, poco a poco, la vida se fue haciendo menos dura en la casa. El anciano pareció salir de su ostracismo y pudimos así ir combatiendo otra vez la húmeda invasión que procedía de los bosques. Al cabo de algunas semanas, las habitaciones habían vuelto a orearse, las hierbas habían sido de nuevo arrancadas y volvía a respirarse ya, dentro de la morada, un aire de casa habitada, de casa que vencía los embates del frío, de la humedad, del abandono.
Cuando Guda estaba cerca de mí, me parecían menores las penas, más pequeñas las dificultades. Cuando me veía llorar venía hasta mí, me cogía tiernamente la mano, me miraba a los ojos y sonreía. Yo, entonces acababa mi llanto y sonreía feliz. Una tarde me dijo:
—Ana, tienes que acabar esta dolorosa comedia. Tu madre no sufre ya.
Y luego me hizo cambiar de peinado, enderezar los hombros y mirarle sonriente.
Tan pronto como mi padre se dio cuenta de aquel pequeño cambio me gritó:
—¡Fuera, fuera de aquí! ¡No quiero que cambies! —y escondió su cara tras las manos para no verme.
Guda me contuvo con la mirada:
—¡Quédate aquí! —me ordenó en voz alta.
Me sentí desfallecer y hube de apoyarme en la pared para no caer por tierra. Luego, miré a Guda a los ojos. Pero no fui capaz de obedecerle y me dirigí a la puerta del cuarto. Corrí a mi habitación y allí, sobre mi cama, lloré largo rato.
Algo después me contó Guda que mi padre había caído en una crisis: había comenzado a gemir como un niño, habiéndole de mí como si fuera María, su esposa. Le culpó luego a él de haber entrado en aquella casa para sembrar la discordia y la desgracia, para romper la poca felicidad que le quedaba. Después, con voz entrecortada por el llanto, le dijo —según me siguió contando Guda— que no le importaba ya ni tan siquiera que le quitase su puesto en la iglesia de Born, aun con ser mucho lo que esto para él significaba. Pero que no le quitase el amor de María, la única persona que no le había abandonado después de la muerte de su hija, la pobrecita Ana. «Está muy enfermo —concluyó Guda—, pero aun con eso, y con toda la piedad que siento por él, no puedo seguir su juego. Va con ello tu felicidad, ¿comprendes? No puedo hacerlo ni aun pensando en su enfermedad. Es necesario hacerle comprender de nuevo. Necesitamos que, poco a poco, vuelva a ver en ti a su hija. Y el día en que él deje de encontrar en ti la imagen de su mujer, el día que te vea como quien eres realmente, en tal momento su espíritu estará ya en camino de curarse. Dios creó la felicidad, Ana, pero la creó para todos. No lo olvides.»
En sus ojos, mientras decía esto, se veía una pequeña luz que era, sin duda, de amor.
¿Para qué recordar ahora todo cuanto sufría yo en aquellos días, en aquella casa siempre llena de angustia y de temor hacia la horrenda enfermedad de mi padre?
Muy poquito a poco, casi insensiblemente, y con una cautela llena de temor, fui volviendo a tomar mi auténtico aspecto: comencé por arreglar a mis medidas y a mi estilo algunos viejos trajes de mi madre. Sólo aquello fue ya bastante para hacerme aparecer como lo que realmente era: como una chica joven y llena de vida. Pero no me atrevía aún a llevar más adelante los cambios para no herir muy de golpe al impresionable viejo.
Pero él pronto cayó en la cuenta de tales mudanzas y entonces hizo lo imposible para no verme, por no mirarme. «¡María, María!», gritaba luego, cuando se hallaba a solas, con un acento de desamparo, de miedo y de rabia a la vez.
Por aquel entonces comenzó también a sentirse continuamente perseguido. Hasta cuando estaba en la iglesia se volvía cada momento hacia los fieles, con mirada recelosa, como si temiera que alguno de entre ellos tratase de hacerle mal.
Todos los domingos por la mañana invitaba a Guda a que pasase a su aposento y le pedía entonces que escuchase sus pláticas. Pero Guda le abandonaba pronto para ir a hacerse cargo de los deberes de la iglesia. El anciano seguía entonces solo, predicando en alta voz en aquella sombría y desierta habitación. Yo era la única que, tras la puerta, escuchaba sus frases: unas frases dichas con un acento de bondad, de infinita tristeza, pero sin la menor fuerza. Las palabras de un hombre bueno; mas unas palabras que habían ya perdido definitivamente todo su acento.
—¿Se curará el pastor? —preguntaban a Guda los ancianos del pueblo—. ¡Al menos, que Dios cuide de su desventurada hija!
Todos temían por mi salud. Algunos, que me habían visto ataviada con aquellos extraños trajes, comenzaban ya a preocuparse por mí y creían, sinceramente, que yo no tardaría en seguir los pasos de mi pobre madre. El día en que, finalmente, me atreví a salir de casa, la gente me miraba con curiosidad, me sonreía con conmiseración viendo mi cara demacrada, pálida y como sin vida, a fuerza de aquel continuo encierro entre las lóbregas y húmedas paredes de la casona. Al darme el aire libre volví a tener color, volví a tener nuevamente algo del aspecto de juventud que me correspondía. Se comenzó entonces a pensar que Guda no debería ser extraño a tal curación. El pueblo de Born no lo veía con malos ojos, puesto que todas sus gentes eran buenas y, además, querían ya a Guda.
Yo me sentía cada vez más ligada a él, con un afecto delicado y profundo. Nuestros silencios estaban llenos de significado. A su lado todo me parecía más agradable, más lleno de vida y de esperanza. Un brusco cambio se operó en mí cuando Guda me besó por primera vez. Entonces decidí yo también acabar cuanto antes con aquella comedia que me privaba de mi propia vida, de una vida que yo tenía pleno derecho a vivir.
Con el aliento y la ayuda de Guda me sentí nuevamente esperanzada y deseosa de alcanzar la felicidad que hasta entonces nunca había conocido.
Mi padre comprendió inmediatamente lo que me ocurría. Se dio cuenta del cambio de mi expresión, de la variación de mis vestidos, de mi aire incluso. Se curvaron más sus hombros, se agachó más aún su cabeza y rehuía mirarme. Las raras veces que lo hacía, veía yo en sus ojos una expresión de celos, de. desconfianza, de tortura. Me sentía incapaz de soportar el peso de aquella mirada ora aviesa, ora implorante, y huía entonces despavorida llorando.
—¡No temas! —me consolaba Guda—. No te hará daño.
Una tarde, pasado ya el mediodía (las primeras nieblas caían ya sobre los bosques, juntándose en el suelo con las nieves), mientras andábamos paseando Guda y yo en dirección al lago, oímos gritar a nuestra espalda: eran unos gritos breves y agudos, parecidos a aquellos de los pastores cuando azuzan a sus perros «¡ehá! ¡ehá!»
—No te preocupes —me tranquilizó Guda—; será sin duda Marno que reúne su rebaño.
Estábamos llegando ya junto a los tres molinos, allá donde el camino se reúne con la orilla del lago, cuando oímos ya claramente una voz que gritaba:
—¡Guda, Guda, has deshonrado mi casa! ¡Me has robado mi mujer, Guda, Guda, Guda!
Una gruesa piedra vino a caer junto a mis pies. Guda me tapó con su cuerpo; luego, volvióse hacia donde había sonado la voz y echó a correr en aquella dirección. Al no hallar nada ni a nadie, regresamos a casa, entre la niebla que se iba espesando por momentos. Mi angustia era tan grande que no podía ni llorar. Guda permanecía sereno, pero sus labios se movían como si estuviese rezando en voz muy baja.
Un momento después, mi padre entró en la casa. Traía el aire de un niño que se siente culpable por algo que ha hecho. Mas luego, sacando fuerzas, se plantó delante de Guda, mirándole fijamente a los ojos.
Guda se dirigió a él:
—Padre, ha estado muy mal lo que usted ha hecho. No ha sido la acción de un hombre que cree en Dios y que le sirve.
Mi padre agachó la mirada, abatió los hombros y murmuró con voz débil:
—¡Tengo frío!
—Hace mucho tiempo que no reza —prosiguió Guda en voz baja—. Pero nadie puede esconder sus acciones a la mirada de Dios.
El pobre enfermo intentó sonreír con aspecto lastimoso:
—¡Tengo frío! —repitió.
Luego, dando un rodeo, esquivó la presencia de Guda y salió muy lentamente de la estancia.
A partir de aquella tarde, se acabó por completo la paz en nuestra casa. Teníamos miedo de mi padre: no sabíamos qué hacer para evitarle, para no encontrarnos con él, para huirle, puesto que ya el miedo había llegado a ser más fuerte que la piedad y que la lástima. Cuando menos lo esperaba le hallaba en un rincón oscuro, detrás de un árbol, continuamente espiándome, vigilándome, desconfiado y celoso. Cuando me encontraba, se iba arrastrando pesadamente los pies mientras gritaba:
—¡Desgracia, desgracia!
Ésta era la palabra que se hallaba a todas horas en sus labios:
—¡Desgracia, desgracia!
Delante de Guda, por el contrario, permanecía tranquilo, sereno y en calma, como si le temiese. Cuando Guda leía en voz alta, mi padre le escuchaba atentamente, mirándole cara a cara e intentando sonreír a veces. Pero estos momentos de calma eran cada vez más cortos y más escasos, e iban seguidos siempre por otro período de inquietud, de nervios, de desconfianza.
Una tarde, encontraron a mi padre caído en un foso de los alrededores de Born. Estaba allí dentro, tumbado, quieto, inmóvil como un muerto, entre la nieve y el fango. A los que le recogieron les decía:
—¡Andad y decid a todo el mundo que el pastor de Born ha sido medio asesinado por Guda, por Guda que le ha robado la mujer!
Le alzaron en vilo y le llevaron así hasta nuestra casa, dando un gran rodeo para no pasar de aquella forma por el pueblo. Mientras tanto, él les iba diciendo:
—¡Mirad, mirad cómo el viejo pastor de Born ha sido maldecido por su Dios!
Al llegar a su hogar, no quiso ni abrir los ojos ni hacer el más mínimo movimiento, pero estuvo sin embargo, toda la noche tumbado sobre la cama, sin dormir, y sonriendo.
A la mañana siguiente, Guda entró en su cuarto:
—Levántese y abra los ojos. ¿No siente, acaso, que todo el pueblo de Born está a su lado? ¿Qué teme, pues?
Rápidamente se incorporó el anciano sobre la cama y abrió los ojos. Al ver a Guda, cara a cara, comenzó a llorar desesperadamente, ocultando la cara entre las manos:
—¡Desgracia, desgracia, han querido asesinar al pobre pastor de Born! ¡Le han dejado tirado en un foso, entre la nieve; le han dejado solo!
Y siguió así quejándose entre sollozos, hasta que al fin el sueño pudo más que él y acabó durmiéndose.
A la tarde siguiente, Guda reunió a los hombres de Born y les explicó con toda claridad el actual estado de mi padre: les contó sus delirios, sus manías, sus visiones, haciéndoles ver el peligro que todo ello representaba para mí y pidiéndoles que tomasen alguna decisión al respecto.
—Es un enfermo al que todos tenemos que tratar de curar: no podemos dejarle solo. Hemos de estar a su lado pensando en el bien que podremos hacerle, aun sabiendo todo el mal que de él podremos recibir.
Guda hablaba con su clásica dulzura, pero con voz firme y decidida. Nadie ignoraba ya en el pueblo el verdadero estado de su pastor. Todo el mundo lo sufría como una desgracia propia, pero nadie encontraba la manera efectiva de ayudarle. Cada uno opinaba una cosa diferente. Comenzaron, pues, a discutir, enfadados todos por no poder hacer prevalecer sus propias opiniones. Todos querían curarle, mas cada cual a su forma y estilo. Alejarle de Born, aun cuando ello pudiera sonar a ingratitud por parte de los feligreses, era la opinión que parecía ir contando con más adeptos.
—Ha sido nuestro padre tanto tiempo —decía el viejo Mamo— que ahora hemos de cuidarle como si realmente lo fuera. Él sufre por nuestros propios pecados; no es la primera vez que la justicia de Dios cae sobre la cabeza de un inocente para salvar así con un sacrificio, ¿a los culpables. Hemos de cuidarle, pues, como a un auténtico padre. Y hemos de curarle. Le tendremos con nosotros en Born, ¡nada de alejarle! Usted, Guda, podría ocuparse de la iglesia en su nombre, como de hecho lo viene ya haciendo desde hace algún tiempo.
Todos, al fin, aprobaron cuanto Mamo había dicho.
—El pastor pertenece al pueblo de Born —concedió Guda—, pero, ¿y su hija?
Los reunidos miraron a Guda; éste bajó los ojos.
—Solamente usted —añadió un tercero— podrá cuidar debidamente de ella.
—Nadie mejor que usted para ser su tutor, padre —propuso otro.
Guda se quedó en silencio, meditando. Luego miró a la concurrencia y dijo:
—El cariño que siento por ella me impide hacer el papel de tutor.
Después, les contó todo: les dijo cómo había sido su llegada a nuestra casa, cómo había tratado de impedirme continuar aquella trágica comedia, cómo así el amor había nacido insensiblemente entre nosotros: les relató también cómo mi padre, en su falta de juicio, creía ver en mí no a su hija, sino a aquella esposa que había muerto ya hacía bastante tiempo. Cómo él la creía con vida mientras que daba por muerta a Ana. Y cómo de aquí habían nacido sus celos, su desconfianza.
—No veo entonces sino una solución, un solo remedio —indicó Mamo—. Que usted se case con la muchacha.
Guda concretó:
—Ésta ha sido una de las razones de esta reunión para la que os he convocado: para pedir vuestro consentimiento. Ana no me pertenece. Yo no puedo resolver por mí solo. Vosotros sois quienes podéis decidir sobre nuestra felicidad futura.
Todos quedaron conmovidos ante la franqueza, ante la honradez de Guda. Él, al decir todo esto, tenía los ojos llenos de lágrimas.
Y así, en aquella asamblea, se decidió que nuestros esponsales se celebraran al llegar el invierno.
Mi padre, entretanto, consintió en pasar a vivir en casa de Mamo. Se le adujo, para convencerle, que allí estaría más tranquilo y más sosegado y que con la calma recobraría rápidamente la salud y las fuerzas.
Una mujer de Born, que me había tenido ya en sus brazos cuando yo no era más que una pequeña recién nacida, vino a vivir conmigo para no dejarme sola en aquella lóbrega casona llena para mí de tantos recuerdos desagradables.
El día de nuestra boda llegó al fin. Todo el pueblo de Born acudió en pleno a los esponsales. Todos me felicitaron y me besaron como a una hija, celebrando ver de nuevo la alegría en mi expresión, tras todos aquellos difíciles tiempos soportados.
Nadie había comunicado a mi padre la noticia. El día de la boda, Mamo se lo llevó de paseo por el campo, al otro lado del lago, acomodándole luego en la alquería que se alzaba en la otra orilla. Pero luego, el buen Mamo regresó a toda prisa al pueblo, consiguiendo así verme salir de la iglesia, ya del brazo de mi esposo. Al divisarme, me saludó a grandes voces, al estilo de los pastores. Empuñó después una vara verde y se puso al lado de los hombres que, con otras tantas varas y ramas, formaban el arco bajo el cual habíamos de pasar nosotros. De esta forma aquellas gentes querían desearnos la felicidad y demostrarnos su alegría.
Tras la ceremonia, vino la fiesta. Todos los hombres y mujeres de Born tomaron parte en ella. Hubo música, canciones y bailes. La gente cantaba, bebía y estaba alegre. Al final, todos marchamos en grupos tras los músicos, cantando aquella vieja canción que comienza diciendo: «¡Vayamos a buscar a las rubias muchachas para hacer palidecer de envidia a la luna!»
Nunca me había sentido yo más feliz, pero, a la vez, más triste. La noche era clara y despejada. Los árboles marcaban, bajo la luz de la luna, su sombra sobre la nieve.
Luego, después, me contaron que mi padre se había presentado de improviso en medio de la fiesta, con aires de locura y de ira, gruñendo como un lobo herido. Tuvieron que cogerle entre varios y, a viva fuerza, llevarle algo más lejos de allí, tapando su boca para que sus gritos y exclamaciones no llegasen hasta nosotros. Los hombres cantaron entonces a pleno pulmón para tapar, con sus voces, las que el anciano lograba aún proferir.

A partir de aquel día mi vida transcurrió durante bastante tiempo, sin inquietudes. Guda era tan bueno para mí como un hermano: nunca me arrepentí de amarle. Si alguna vez temblaba entre sus brazos era con inocencia, mezclando el placer con el pudor. En las tranquilas tardes, en el sereno ambiente de la casa, Guda me miraba en silencio o bien me hablaba pausadamente de la felicidad que aún nos estaba reservada. Y cada vez que me besaba, cerraba Guda los ojos para no verme enrojecer, como él me decía cariñosamente.
Día tras día, Guda preparaba su trineo y se iba a dar una vuelta por las alquerías, visitando así a los enfermos, interesándose por el estado de los pastores, de las gentes de los bosques. El pastor no abandonaba a sus feligreses.
Aquel invierno era insólitamente largo y frío. Las ovejas morían ateridas de frío, las vacas no daban leche. Más de una vez hallaron los lugareños, en los caminos del bosque, algunos zorros muertos de hambre. Por las noches, se oían los angustiosos aullidos de los lobos. La nieve continuaba recubriendo todo el suelo, tenaz e incansablemente. El día primero de marzo, aún la blanca capa rodeaba al pueblo por todos lados.
Las gentes que venían del septentrión nos traían noticias y rumores sobre una inminente época de escasez y nos aconsejaban que hiciésemos buena provisión de harina, bajando a los molinos cuando aún era tiempo. El agua de los ríos se iba helando y los molinos quedaban, por tal causa, inmovilizados. Las gentes de Born armaron sus trineos y se dirigieron apresuradamente hacia aquellos que todavía funcionaban.
Alguien le había visto pasar junto al lago, en dirección a los molinos. Horas después, otras personas habían hallado su trineo volcado sobre la nieve; el caballo magullado y enfangado, con los arreos rotos, separado del trineo que debía arrastrar. Lo encontraron allá por los bosques que limitan la carretera de Born.
¡Guda! ¡Guda! ¡Guda!
Los hombres del pueblo se lanzaron a recorrer el bosque, explorando las barrancas, mirando por entre las malezas y no dejando, en fin, ni un rincón sin explorar.
Nuestra casa se fue llenando de gente: me sentía yo incapaz hasta de gritar. Parecía como si súbitamente hubiera quedado ensordecida: veía cómo se movían los labios de todas aquellas personas, pero tan sólo oía un rumor sordo sin poder distinguir, dentro de él, palabras ni conversaciones.
De pronto, oí un rumor de pasos, fuera de la casa, un arrastrar de botas. Corrí hacia la puerta. Alguien me sujetó por un brazo y trató de hacerme retroceder. Di un agudo grito.
Y entonces, lenta, muy lentamente, aparecieron en el umbral de la puerta dos hombres que portaban sobre unas angarillas, un cuerpo humano maltrecho, herido.
—Despacio, con cuidado —dijo alguien.
Los dos portadores entraron en la estancia y, con infinitas precauciones, dejaron la pequeña y tosca camilla en el suelo, en el centro de la habitación. ¡Guda, Guda!
Sentí que todo giraba en torno mío: di un paso adelante y caí bruscamente sobre la angarilla, sobre el pecho de Guda. Tenía éste el rostro pálido, totalmente blanco: los labios en un rictus, la mirada fija, estática, inmóvil. Alguien trató de separarnos. Sentí un tremendo dolor en el alma, mas no podía ni tan siquiera llorar. Me dolían los ojos espantosamente.
—Le han golpeado en la cabeza —se oía comentar a alguien.
Y yo no podía hacer nada más que esperar
y desear que todo aquello fuera un sueño del que luego despertara.
—Ha sido un tremendo bastonazo —decía otro.
Y ninguno le había defendido, le habían dejado solo, nadie quería hacer nada ahora.
—Le han golpeado bestialmente en la cabeza —seguían diciendo las voces. Pero yo las oía cada vez más bajas, cada vez más lejanas.
—Pero... ¿por qué, Guda, por qué?
Todos me miraron mas nadie me respondió. Bajaron las cabezas rehuyendo mirarme. Un hombre se acercó a Guda y trató de cerrar sus párpados.
—¡No, no! —grité mientras lo impedía—. ¡Mamo, ayúdame, por favor! ¡No podemos dejarle morir así! ¡Hemos de salvarle!
El viejo me miraba en silencio mientras lloraba emocionado.
—¡Llevadla, separadla de ahí! —ordenó luego.
Y no pude hacer nada por impedirlo, Guda, nada en absoluto. Pero... ¿Quién ha sido, Guda, quién ha sido?
Algunos minutos después, entró mi padre en la casa. Venía lívido, con el semblante desencajado, todo él lleno de barro y de fango. Miró a todos los presentes sin querer ver, no obstante, la angarilla que se hallaba en el centro de la estancia. Luego, sin decir una sola palabra, se dirigió, arrastrando los pies con aire de infinito cansancio, hacia su antigua habitación.
—¡Ven, ven conmigo! —me dijo Mamo llevándome de la mano.
Mi padre andaba con la cabeza agachada. Al llegar al pasillo comenzó a hablar en voz alta, gesticulando desaforadamente. Apenas nos vio entrar en su cuarto miró fijamente a Mamo y le dijo:
—¿Qué queréis? ¿Qué has venido tú a hacer en esta casa? ¿Has venido quizá a regañarme? ¿Qué quieres de mí, Mamo? ¡Esta casa es mía, yo soy el amo y no quiero intrusos en ella!
Luego se refugió en un rincón gimiendo y lloriqueando. Una gran piedad me invadió ante aquel espectáculo. Me dirigí hacia él, cogí su mano y la besé. Entonces el viejo comenzó a temblar, ocultó sus brazos tras la espalda y miró fijamente, con sus enrojecidos ojos, circundados por oscuras y profundas ojeras, los gestos lentos de Mamo que estaba encendiendo una a una, todas las velas del candelabro. La oscuridad fue desapareciendo. El pobre viejo me miró luego y, con una humildad y un abatimiento profundos, empezó a besar mis cabellos.
—¡María, María, he sufrido tanto por ti...! Pero ahora ya podremos volver a ser felices...
Aquellas palabras me hicieron comprender la verdad. Me levanté bruscamente dando un agudo chillido.
—Déjale hablar —me aconsejó Mamo acercándose a mí, no sólo para que oyera el consejo dado en voz baja sino también, indudablemente, para protegerme—. Déjale hablar; déjale que lo diga todo.
Mi padre agachó la cabeza temblando nuevamente.
—María, yo te perdono. Pero tú también tienes que perdonarme hoy. Tú me perdonas, ¿verdad, María?
No pude oír más. Me acerqué a él tratando de tapar su boca con mi mano. Mamo tiró de mi brazo queriendo separarnos. Yo clamé:
—¡Déjeme, déjeme! ¡Guda! ¡Guda!
Al oír aquel nombre, se enderezó mi padre, dio un alarido y comenzó a llorar de nuevo.
Mamo se puso a su lado, algo detrás de él y así, casi junto a su oído, comenzó a decirle:
—¡Tiene que hablar, tiene que decirnos por qué lo ha hecho, por qué, por qué...!
Mi padre volvió la cara y le miró con extrañeza.
—Tú también, Mamo, ¿tú también quieres hacerme daño?
Luego, cayó súbitamente por tierra, quedando allí inmóvil, como si estuviera muerto.
Instantes después se recobró y se fue incorporando trabajosamente. Mamo, de improviso, lanzó la pregunta:
—¿Dónde has escondido el bastón?
El anciano le miró fijamente: quedó un momento en silencio y preguntó él mismo a su vez:
—¿Guda? ¿Dónde está Guda?
Mamo señaló con su dedo hacia la sala:
—Ahí, en la entrada.
Se alzó del todo mi padre y trató de huir. Pero sus pobres piernas no le sostenían ya. Sus pies trastabillaron y cayó de cara al suelo, gritando aún con acento de pánico:
—¡Guda, Guda, Guda!


LA MUJER ROJA

Tania había quedado en acompañarme aquel día al Nowodievici Monastir, allá en el fondo de esa especie de península que se alarga, pasado el suburbio de Hamowniki, en la amplia curva del Moscova.
La plaza Sverdlow, donde nos hallábamos en espera del tranvía número 34, estaba menos concurrida que de ordinario. No llovía ya y el olor de la primavera —aroma de agua y tierra— alegraba el aire y todo el claro horizonte que se abría sobre las cúpulas del Kremlin.
De las stalovaie, pequeños restaurantes populares, salían en gran número los obreros y empleados que se dirigían luego, presurosos, hacia la embocadura de la Twerskkaia. Llegaban hasta nosotros, desde el fondo de la plaza, los reclamos y los pregones de los vendedores de buñuelos y de pepitas de girasol, apoyados todos, en una larga fila, contra los muros almenados de la Ciudad china, la Kitai Gorod.
Delante de la fachada del Pequeño Teatro Académico, un grupo de operarios se atareaba, alrededor de un andamiaje de vigas de madera, luchando por trasladar una estatua desde la plataforma de un camión hasta el pedestal que había de recibirla: era una estatua de Ostrowski sentado, pero que en aquellos momentos estaba totalmente aprisionado entre cuerdas y cables, preparado así para el corto salto. Sobre la acera, en las proximidades de tal estatua, totalmente indiferentes a aquellos trabajos y ajetreos, dos vendedoras ambulantes de cigarrillos instalaban sus pequeños tenderetes en los que se veían alineadas las cajas de papirossi bajo unos grandes cartelones que rezaban la palabra «Mosselprom». Mientras tanto, hablaban ambas en voz alta, con esa cadencia tan típica de las mujeres moscovitas, riendo y gesticulando también exageradamente.
Un grupo de diputados kirguises, cubiertos con sus largas vestiduras de anchas mangas, y tocados con sus gorritos redondos que se colocaban con estilo peculiar sobre el occipucio, con sus cabellos negros y brillantes cortados en forma de melena, con sus altas botas de montar limpias y ajustadas como guantes, se hallaban agrupados tras las columnas del Gran Teatro de la Ópera, cuya fachada aparecía cubierta de grandes colgaduras rojas esperando el comienzo de la sesión del Congreso Panruso del Soviet. La fachada del Gran Teatro, con todas aquellas tiras de paño rojo brillante, parecía estar iluminada por las llamas de un monstruoso incendio. Una patrulla de soldados, con gorras de plato de corta visera y con uniformes de paño amarillo grisáceo, desfilaban por delante del «Hotel Metropol» hacia la desembocadura de la calle Petrowka.
Eran las primeras horas de la tarde: en el aire templado, donde el oro y el verde chocaban contra el azul del cielo, el sordo rumor de la multitud y el estrépito de los vehículos se confundían y aunaban, convirtiéndose así en un vago sonido como el que se escucha acercando el oído a una de esas grandes caracolas.
—Aquí llega nuestro tranvía —me dijo Tania al cabo de un rato.
Cuando subíamos a él, pude apreciar una de las piernas de mi acompañante: llevaba unas medias de seda, bastante remendadas aquí y allá, zurcidas con hilos de diferentes colores. Ya en la plataforma, Tania se volvió hacia mí, sonriendo con los ojos entornados: el sol le daba en pleno rostro. Me fijé luego en sus párpados, de color rosa, sombreados por una línea de color verde junto al nacimiento de las pestañas.

Apenas había el tranvía desembocado en la Ochotny Riad, donde antiguamente se hallara situado el mercado de caza, cuando súbitamente disminuyó su marcha con un brusco frenazo: varios grupos de trabajadores, a escasos metros de las vías, estaban agarrados, todos en fila, a unos gruesos cables de acero de los que halaban con visible esfuerzo, apoyándose fuertemente en las piernas y arqueando el busto.
—¡Ahó!, ¡vamos...! ¡Ahó!, ¡vamos!
Los obreros seguían la cadencia de las voces de mando, aunando así todos sus esfuerzos.
—¡Mira, mira! —me advirtió Tania agarrándome fuertemente por un brazo.
Los cables atravesaban la calle, tan ancha en aquel punto preciso como una plaza, subían luego, y terminaban aferrados a la cruz que se alzaba sobre una cúpula; una cúpula recubierta de ladrillos verdes de mayólica. La cruz oscilaba peligrosamente a cada nuevo estirón de los cables.
—¡Ahó!, ¡vamos...I ¡Ahó!, ¡vamos!
Los trabajadores pararon luego un poco, para cobrar nuevos alientos. Se restregaron fuertemente las manos y después, volvieron a la tarea. A los tirones, caían de vez en cuando los ladrillos de mayólica y se estrellaban contra el suelo, desde lo alto, con un golpe sordo, levantando, una pequeña nube de polvo. Muchos paseantes se habían detenido a contemplar el espectáculo. Los inevitables besprisorni jugueteaban por los contornos, bien llevándose los trozos rotos de los ladrillos, bien haciendo como que ayudaban a los obreros a tirar de los grandes cables o haciendo, en broma, grandes y exagerados aspavientos de pena al ver como, poco a poco, se iba estropeando aquella preciosa cúpula.
—Dicen que hay demasiadas iglesias en Moscú —murmuró Tania—; una a una las van deshaciendo todas.
Hablaba en voz muy baja, mirándome fijamente a los ojos. Se había inclinado ahora hacia delante para ver mejor la cruz que quedaba fuertemente iluminada por el sol. Se apoyaba así la muchacha con todo su peso sobre mis brazos.
El tranvía, entretanto, había logrado pasar del sitio en que se afanaban los trabajadores e iba llegando ya, poco a poco, a la calle Mokhovaia, que estaba totalmente repleta de gentes que iban y venían. Ya en ella, vimos en primer lugar, la Dom Sovietow y luego, más allá, el gran edificio de la Universidad de Moscú; a la izquierda, la sede de la Administración, donde en los días de la revolución había sido cortado el galope de los caballos a fuerza de ráfagas de ametralladora.
Tania me había acompañado también, algunos días antes, a visitar —en la Vosdvijenka— el Museo Central del Ejército Rojo y de la Flota, la casa del Atamán Rasunowski —hoy sede de la Comisión del Gosplan—, la iglesia del Monasterio Krestovosvijenski y el gran palacio del Mosselprom, orgullo de la arquitectura bolchevique.
Para aquellas visitas habíamos elegido un día en que el calor apretaba. Tania se fatigó pronto. Entramos, pues, en una heladería, llena por completo de estudiantes, de muchachas del pueblo, con sus cabellos recogidos en pañuelos rojos tipo serie, y de señores de aspecto aún ligeramente burgués, que resultaban algo ridículos en su intento de seguir vistiendo —con prendas ya totalmente ajadas— al estilo de los tiempos ya pasados.
La gente me observaba con extrañeza, con curiosidad, reconociendo en mí un extranjero.
—Me toman por un burgués —hice notar, con acento divertido.
Tania me respondió en un tono extraordinariamente bajo:
—Si supieras que yo, que no soy sino una pobre burjuica, me he visto tachada más de una vez de burguesa...
Y comenzó a reír nerviosamente; noté, incluso, que su mano temblaba. Aquella era la primera vez, con todo, que oía reír a Tania. Pero su risa me dio lástima, puesto que me hice cargo del desagradable fondo que había en cuanto acababa de decirme. Así, pues, acaricié su mano con cariño, tratando de tranquilizarla.
Y fue justamente en tal momento cuando un besprisorni —uno de esos muchachos abandonados que uno puede hallar a toda hora del día o de la noche por las calles de Moscú entregados a las más raras y extrañas ocupaciones (entre las que no falta, claro está, la del pillaje)— deslizó su mano cuidadosamente en el bolsillo de mi chaqueta. A pesar de todo su cuidado, me percaté inmediatamente de su maniobra. No había yo tenido aún tiempo casi de volverme y de agarrar al ladronzuelo por un brazo, cuando ya un obrero que se hallaba sentado en una mesa vecina a la nuestra se le había echado encima, propinándole al mismo tiempo un fuerte puñetazo. No puedo decir con toda precisión lo que ocurrió en tales momentos, puesto que, seguidamente, se organizó un auténtico alboroto. Pero una vez expulsado del local el ladronzuelo —quien se fue acusando bien claramente los efectos del golpe recibido— pareció volver la calma a la heladería: cada cual regresó a su puesto. Me creí obligado a dirigir una sonrisa de agradecimiento a aquellos hombres que, sin pedírselo nadie, habían salido en mi defensa y se habían ocupado así de librarme del pequeño pilluelo. Mas, súbitamente, Tania —que no se había unido a la barabúnda, sino que siguió sentada tranquilamente en su puesto— se puso en pie, palidísima, se acercó al obrero que pegara al muchacho y le dio una sonora y rápida bofetada en plena cara.
Quedé mudo de sorpresa ante aquella reacción tan inusitada. Por ende, no pude captar el sentido de las palabras con que Tania acompañó el golpe. El obrero se puso en pie y agarró a Tania por el brazo, más con ánimo de sujetarla que de hacerle mal alguno. El público volvió a arremolinarse en torno nuestro. Pude notar que todos ellos miraban a Tania con comprensión, como si entendieran y aprobaran la actuación de la muchacha. Tania decía entonces en voz baja:
—No debió pegarle: no es culpa suya.
Y lo decía en voz baja, muy baja, con aire de disculpa parecido al que emplean los niños cuando saben que han sido malos.
Todo el mundo, repito, se había puesto en pie formando un círculo alrededor de nuestra mesa. Yo me preguntaba aún el porqué del comportamiento de Tania y el porqué de aquel mudo asentimiento del público que llenaba el local. Me extrañaba igualmente la manera en que el obrero había recibido el castigo: parecía haber quedado avergonzado, corrido, ante los ojos de la concurrencia. Todo el mundo comenzó después a hablar en voz alta, rodeándonos cada vez desde más cerca, como si no quisieran perder ni un solo detalle de cuanto aún pudiera ocurrir. En medio de aquel ambiente de bochorno y de excitación, el obrero era el único, con todo, que parecía estar medianamente tranquilo: seguía inmóvil, la mirada baja, aguantando la curiosidad de que era objeto. Se trataba de un hombre de unos cuarenta años, pequeño y delgado, con barba cerrada y fuerte y una mirada dura y opaca. Levantó al fin la cabeza y miró fijamente a Tania.
—No se debe robar —dijo con voz ronca, mientras se levantaba lentamente.
Giró la vista a su alrededor y se dispuso a salir del local. Al hallarse a la puerta, dio de nuevo la vuelta, pareció recobrar ánimos, se encaró con la gente y, alzando el puño, exclamó con voz airada:
—¡Nadie debe robar!, ¿os enteráis?
Al decir esto, su mirada se había clavado fijamente en Tania. Continuó así algunos instantes y luego, definitivamente, salió del establecimiento dando un fuerte portazo.
Nadie había abierto la boca en aquel pequeño lapso de tiempo. Tania continuaba impasible. Pero cuando el obrero fijó en ella la última mirada, mi compañera trató de sonreírle tímidamente; pero lo único que logró, en rigor de verdad, fue hacer una mueca extraña: sus labios, incluso, habían perdido todo el color.
Creí que mi deber era separarla de allí, alejarla de aquel ambiente, procurando distraerla con nuevas cosas. Pasé un brazo en torno a su cintura y la empujé suavemente diciendo:
—¡Vamonos, Tania; vamonos de aquí!
—¿Acaso tienes miedo? —me respondió en ruso con acento brusco y enfadado—. No comprendes nada; no eres capaz de comprender nada. ¡No eres más que un pobre burgués!
Tras ello, se levantó y salió decidida a la calle, soltándose de mi brazo.

Aquellas palabras, más que enfadarme, me habían extrañado en grado sumo. No lograba yo comprender del todo la reacción de aquella chiquilla ni, mucho menos aún la frase que había pronunciado. Con todo y con ello, no creí prudente ni oportuno seguir insistiendo sobre tan desagradable tema. Pero luego, y ya a solas, traté muchas veces de analizar el significado de aquella escena. Quise comprender por qué un hecho que a mis ojos no tenía mayor trascendencia la había afectado tanto; por qué había castigado al obrero, que no tenía ni la menor culpa, y por qué, finalmente, me había llamado burgués e incapaz de comprender las cosas. Pero en tanto no supe toda la verdad sobre la vida de Tania fui absolutamente incapaz de hallar nuevas luces.
Todo ello, en aquel entonces, me hizo caer en la cuenta de lo poco que sabía yo sobre mi compañera. Comprendía, eso sí, que había algo en su vida que ella guardaba celosamente en secreto, algo que no quería decirme y que no estaba dispuesta a dejarme adivinar. Algo, por tanto, que yo tampoco debía investigar a fondo sino que debía respetar. Si la muchacha lo guardaba herméticamente, con auténtico pudor y celo, no era yo quien, en resumen, para tratar de averiguarlo.
Nuestra amistad se iba haciendo más fuerte y más sincera cada vez. Todas las mañanas la esperaba junto a la capilla de la Virgen de Iberia, a la entrada de la Plaza Roja, justamente bajo la inscripción que campeaba sobre el muro lateral de la Segunda Casa del Soviet de Moscú. Era un enorme cartelón en el que se leía, en gruesos y llamativos caracteres, la consigna: «La religión es el opio del pueblo.»
Tania aparecía siempre por la Nikolskaia y venía luego a mi encuentro sonriéndome. Era una criatura joven, ágil y llena de vida. A los pocos días pude ya notar que iba siempre ataviada con el mismo vestido; sin duda alguna, era el único que poseía. Se trataba de una blusa de algodón color paja y una falda azul turquesa con adornos en blanco.
—Vamos —me decía siempre al llegar, antes aun de saludarnos.
Juntos ya, recorríamos infatigablemente Moscú. Unas veces visitábamos un museo, otras una iglesia, una escuela, un club de obreros. Al mediodía hacíamos un alto en una stalovaia, uno de esos restaurantes populares que siempre, a tales horas, se hallan abarrotados de obreros, empleados y trabajadores de todas clases. Veíamos allí, también, estudiantes de los más diversos tipos y de las más variadas regiones: tártaros, armenios, caucasianos... Un conglomerado de oficios y de razas que daban así a tales restaurantes un ambiente extraño de mezcolanza.
Por la tarde, cuando ya Tania se fatigaba de caminar, entrábamos a tomar algo en alguna pastelería o bien nos instalábamos en algún cinematógrafo. Luego, cuando ya las luces de las calles empezaban a encenderse y cuando los grandes reflectores comenzaban a arrojar sus chorros de luz sobre la roja bandera que flameaba en lo alto de la cúpula del antiguo Senado de Moscú, hoy Palacio del Gobierno, situado dentro del amurallado recinto del Kremlin, llegaba entonces, indefectiblemente, nuestra separación. Tenía entonces que acompañar a Tania hasta la desembocadura de la Nikolskaia; quedaba yo allí en la esquina, viendo cómo la muchacha, mezclada con la multitud, iba desapareciendo lentamente, perdiéndose así de mi vista.
Nunca llegué a saber, ni tan siquiera, dónde vivía. No sé aún por qué, mas el caso es que en aquellos días comencé a sospechar algo. La calle Nikolskaia, tras atravesar la Kitai Gorod, iba a parar a la Plaza Lubianka donde se encuentra, como es harto sabido, la sede central de la GPU o Dirección Política de la Policía del Estado. Hubiera podido seguir a Tania cualquier día al separarme. No me hubiera sido demasiado difícil hacerlo, toda vez que esas calles se hallan siempre, a tales horas, lo suficientemente llenas de gente como para poder iniciar mi persecución sin mayor riesgo de ser descubierto. Pero no quise nunca hacerlo. Me parecía que ello vendría a ser algo así como una traición hacia aquella reserva que, fuera por lo que fuera, Tania se empeñaba en guardar. Por otro lado, había ya oído numerosas historias sobre determinadas muchachas dedicadas especialmente al trato con extranjeros.
Una mañana, al encontrarme con ella, le pregunté con aire de broma:
—¿De dónde vienes, Tania? ¿De la Lubianka?
Me miró fijamente a los ojos y me respondió con voz serena:
—¡Yo no soy una espía!
Lo dijo con un acento tal de sinceridad, que me sentí inclinado a creerla. Sin embargo, pude notar que durante todo aquel día mi compañera se halló un poco ajena a la conversación, un poco, quizá, preocupada.
Yo, mientras tanto, seguía haciéndome preguntas. ¿En qué trabajaba Tania? ¿De qué vivía? Lo único que sabía cierto, puesto que así lo había deducido anteriormente de sus propias palabras, era que Tania vivía sola en Moscú. ¿A qué se dedicaba entonces para poder vivir por sus propios medios?
—Estoy empleada en las oficinas de un teatro —me aclaró una vez cuando nos separábamos en la esquina de la calle Nikolskaia.
No le había preguntado nada al respecto. Tania, probablemente, había comprendido mis dudas y mis interrogantes.
—Trabajo allí solamente por la noche; y eso, no creas que es tan molesto como parece. Es sólo cuestión de acostumbrarse, ¿sabes?
Acepté su explicación sin querer ahondar más. ¿Qué derecho tenía yo para interrogarla ni para querer explorar su vida? Era un extranjero, un europeo: Europe, vieille canaille! Ningún extranjero, ningún «burgués», podrá llegar nunca a comprender el pudor que se encierra en estas pobres mujeres de la Rusia del Soviet, aun en las más simples de entre ellas, en cuanto se refiere a las miserias y a las dificultades de sus propias vidas.
Con respecto a sus modales, Tania parecía proceder de buena familia: incluso me atrevería a afirmar que de familia burguesa. Tendría, más o menos, unos dieciocho años. No había conocido, por lo tanto, la antigua Rusia. Pero, sin embargo, su perfecto conocimiento de la lengua francesa, su conversación y su modo de comportarse, dejaban ver, bien a las claras, que la muchacha había recibido, en otros tiempos, una educación bastante cuidada.
Se sentía feliz cuando podía demostrarme que no estaba aún «bolchevizada». (Recuerdo ahora que cada vez que la chica debía pronunciar esta palabra, «bolchevizada», hacía previamente esta pausa como si dudase, como si le costase trabajo sólo el pronunciarla.)
Siempre que había ocasión jugaba ante mí su papel de jeune filie bien élevée y, en tales momentos, disfrutaba sinceramente.
¡Pobre Tania! De pie, en la plataforma del tranvía, con su cabeza reclinada sobre mi hombro, pegado su costado al mío (le había yo pasado el brazo alrededor de la cintura), notaba que se confiaba a mí, apoyándose así como un niño lo hace cuando empieza a sentir cansancio o sueño. Sus ojos estaban entornados y respiraba muy lentamente, sonriendo a la par.
El tranvía, mientras yo recordaba todas estas cosas, había pasado ya del cruce de la calle Znamenka y comenzaba así a recorrer la vía Volchonka: numerosos grupos de estudiantes llenaban sus aceras, paseando calmosamente. Al pasar ante el Museo de Bellas Artes, pensé en los pintores italianos que tanta fama habían alcanzado, como Tiziano, Veronés, Reni, Caracci, Pietro da Cortona, de los cuales logré ver algunas de sus obras, días atrás, en el mismo corazón de Moscú.
Proseguíamos nuestra marcha; dejamos a la derecha la Universidad, atravesamos la plaza que se abre en torno a la catedral del Salvador —con sus cinco cúpulas doradas— y desembocamos en la vía Krapotkin, pasando así ante la casa construida por Domenico Gilardi y en la que ahora se halla un Museo; junto a ella, el Museo Tolstoi.
—Mira, ¡fíjate! —me dijo Tania.
El sol encendía con radiantes colores los campaniles de la iglesia de la Trinidad de Zubow.
La gente, en la parada, descendía del tranvía con aire apresurado. Eran gentes típicas del suburbio: mujeres con niños en brazos, obreros de barba hirsuta, proletarios de cortos y rapados cabellos, muchachos delgados y mal trajeados, con aspecto enfermizo. Me iba fijando en todos según pasaban a mi lado. Nuestro tranvía volvió a arrancar; pasamos luego por la Balsciaia Pirogowskaia, por la vía Zarizinskaia, ya en pleno centro del barrio Hamowniki que estuvo habitado, en tiempos de los zares, por los tejedores.
—Al final de esta calle —me explicó Tania— hay una vieja casa de madera en la que Tolstoi permaneció encerrado durante veinte largos años.
El vehículo, poco a poco, fue aminorando su marcha; pasó por delante de los pabellones del Policlínico y llegó a una pequeña plazuela. Terminaba allí nuestro viaje. Habíamos llegado, pues, a las inmediaciones del Nowodievici Monastir.
Tania caminaba con paso airoso y rápido por el sendero que asciende —flanqueado de árboles— todo a lo largo de las tapias del convento. Más que convento se diría que aquello era un auténtico fuerte, a juzgar por el tamaño de los muros de su cerca, por sus torres e incluso por su estratégica situación en la extremidad de aquella especie de península sobre la que se asienta el barrio de Hamowniki. Repasé mentalmente la historia de este famoso Nowodievici Monastir. Fue allí donde Boris Godunoff esperó ansioso el momento de ocupar el trono, donde la hermana de Pedro el Grande, Sofía, fue obligada a tomar los hábitos y donde, para celebrar tal acontecimiento, fueron ahorcados, en aquellos mismos árboles del jardín, más de trescientos strelzi que eran devotos partidarios de la citada hermana del zar. El espectáculo de aquellas gentes colgadas de los árboles, con sus lenguas desmesuradamente fuera, debió ser una escena de auténtica pesadilla. Hoy en día, sólo quedaban en aquel viejo convento algunas pocas monjas encargadas del cuidado del cementerio situado junto al ancho huerto. Se las veía, pequeñas, tímidas y como asustadas, siempre con las cabezas bajas como rehuyendo constantemente la mirada de las gentes. Se hubiera dicho, a juzgar por su comportamiento, que eran ciegas, sordas y mudas.
En los claustros, en las grandes salas, se hallaban alojadas, en el momento presente, numerosas familias de obreros y de empleados. Pero algunas otras salas y el refectorio habían sido conservados en calidad de museo. Las voces de los niños que lo poblaban resonaban extrañamente en aquel muerto caserón.
—Aquéllos son los Montes de los Pájaros —me indicó Tania haciéndome fijar en las colinas que se alzan a la otra orilla del Moscova.
El cielo, en aquel maravilloso día, lucía un color azul brillante; el aire, refrescado por las lluvias de primavera, olía a mil perfumes diferentes: a tierra mojada, a campo, a flores. Fuimos paseando por un pequeño camino que bordeaba la falda del montículo, llegando después hasta una zona de marismas situada ya junto a la misma orilla del agua. En aquel paraje, las pequeñas ranas se zambullían veloces en las aguas más profundas, asustadas por el ruido de nuestros pasos. Tania se echó a reír feliz y comenzó luego, como una auténtica chiquilla, a corretear por los contornos, gozando al ver la confusión que sus carreras producían entre aquellas tranquilas y asustadizas ranitas.
Camino adelante, llegamos hasta un terreno ya seco que se veía cruzado por la vía del ferrocarril. Un tren de mercancías sobre ella, se hallaba maniobrando, soltando furiosos bufidos de vapor desde su locomotora. Los vagones entrechocaban ruidosamente siguiendo los tirones y los frenazos de la máquina. A poca distancia de allí, en un alto, divisamos la pequeña estación de Vorobiowy Gory, una estacioncita típica de suburbio, montada como a caballo sobre la península.
La lengua de tierra parecía estar casi desierta en aquella hora. Tan sólo nosotros dos y, un poco más allá, dos muchachuelos que hacían agujeros en el limo buscando lombrices y gusanos con que cebar sus rudimentarias cañas de pesca. En aquel punto el olor agrio del limo deshacía por completo la pureza del aire. Cuando pasamos junto a ellos, los muchachos alzaron sus caras mirándonos con curiosidad.
Nuestro camino doblaba luego bruscamente a la derecha y desembocamos por él en una especie de paso subterráneo que salvaba, por debajo, una elevación del terreno. Dentro de aquella galería retumbaba como un trueno el rumor del tren de mercancías y sus pitidos se clavaban fuertemente en nuestros tímpanos.
A la mitad del pasaje, un pelotón de cosacos se cruzó con nosotros. Venían al trote, en dirección contraria a la nuestra. Los caballos pararon su carrera, bruscamente, asustados quizás al embocar la entrada de aquel pequeño túnel; se pusieron luego al paso con un andar nervioso y desconfiado. El sonido de sus cascos al chocar contra el duro suelo se multiplicaba por la resonancia y por el eco. Tania, pegada contra el muro para mejor dejarles pasar, alargó la mano, acariciando las ancas sudorosas de uno de los cuadrúpedos. Luego, riendo, se volvió hacia mí y me dijo algo que no pude yo entender a causa del ruido de las caballerías.
Uno de los cosacos, al pasar, se inclinó un poco sobre el arzón de su silla e hizo cosquillas en el rostro de Tania con un puñado de hierbezuelas que llevaba en la mano. Se enderezó después riendo feliz y contento como un muchacho.
No eran aquéllos los cosacos que todos aún recordamos, con sus impecables kaftanes, sus cartucheras cruzadas en equis sobre el pecho, sus amplias mangas y sus altos y típicos gorros de astracán. Eran ahora una nueva versión de los cosacos, vestidos con uniformes de paño color amarillogrisáceo y con gorras de plato de visera corta al estilo inglés. Todos ellos, unos muchachotes jóvenes, morenos y curtidos, de complexión atlética.
El ruido de los caballos y los rumores de las voces de los cosacos se mitigaron de golpe al salir, unos y otros, de la galería. El cosaco de las hierbezuelas se volvió sobre su silla, y dijo adiós a Tania con la mano, sonriendo aún abiertamente.
Salimos nosotros también del túnel y llegamos así a unas verdes praderas que contorneaban el camino. Éste, a partir de aquel momento, ascendía ya sensiblemente.
—Volvamos atrás —me pidió Tania.
Frente a nosotros se alzaban las colinas, recortándose sus perfiles en el nítido horizonte. Un viento ligero hacía moverse las hierbas de los prados.
—Volvamos atrás —insistió Tania, tirando esta vez de mi brazo.
Obedecí su petición. Los dos muchachos seguían ocupados, sobre el limo, en su búsqueda de gusanos. Caminamos en silencio por la orilla, hasta llegar de nuevo al Nowodievici Monastir.
Pasamos al cementerio del viejo convento, donde descansaba el famoso Salavioff y el escritor Chejov.
—Detrás de aquel muro, en el nuevo camposanto —me dijo Tania en un susurro— se hallan las tumbas de Scriabin y de Krapotkin.
Una monjita se movía silenciosa por entre las lápidas, sin levantar nunca la vista del suelo.
—Tengo frío —se quejó Tania.
Noté, a la vez, que un estremecimiento recorría su cuerpo. Pasé mi brazo por sus hombros y la apreté contra mí. Se desasió bruscamente y me miró con enfado, sin decirme ni una sola palabra.
Entramos luego en el recinto, sentándome yo sobre unas piedras; pues empezaba a sentirme fatigado. Tania me esperó en pie sin protestar. Permanecimos así, inmóviles, algunos instantes. Luego, reanudamos la marcha. No sé aún por qué, hicimos un alto, en determinado momento, junto a un sepulcro. En su lápida leí el nombre de Von Meck, y tal apellido me hizo recordar a aquel Director General de los ferrocarriles soviéticos que terminó sus días ante el pelotón de ejecuciones de la GPU.
—Tengo frío —insistió Tania con voz quejosa.
Miré a su cara y ella entonces trató de ocultarme sus ojos, rehuyendo mis miradas, a la vez que ponía sus manos entre las mías. La atraje hacia mí, haciendo que apoyase su cabeza en mi hombro. Luego, muy suavemente, rocé con mis labios sus cabellos, su cara y, finalmente, el contorno de su boca.
—Quisiera que todo siguiese así, como ahora, ya para siempre —me dijo ella levantando su cabeza y tratando de sonreír. Pero sus ojos, entretanto, continuaban llenos de lágrimas.

Fue algún tiempo después cuando pude yo, al fin, comprender la razón de los súbitos cambios de humor de Tania, de su orgullosa sensibilidad, de su impaciencia y, en dos palabras, de su extraño proceder manifestado en tantas y tantas ocasiones. La muchacha nunca me había concedido, hasta aquel entonces, nada más que sonrisas; incluso sus confidencias, sus rarísimos abandonos, su fantasía y sus inquietudes, tenían siempre un fondo de rencor y de sospecha. No se podía decir, a fuer de sinceros, que lo nuestro fuera un auténtico amor. Pero tampoco podía afirmarse que fuera meramente una simple amistad. ¡Cuántas veces había yo leído en su mirada algo así como un fondo de tristeza, de anhelo, que me hacía presentir la existencia de un auténtico cariño! Tania, ya lo había yo notado, presentaba ante mí el papel de jeune fille bien élevée. Mas a pesar de todo, seguía yo persuadido de que Tania era sincera, absolutamente sincera, cuando me cogía cariñosamente por el brazo.
Los dos pasábamos juntos muchas de las horas del día. Y durante todo este tiempo, Tania parecía estar viviendo una vida de ficción. Trataba, indudablemente, de seguir comportándose al estilo de una época que ella no había llegado a conocer (era apenas una chiquilla cuando la sorprendió la revolución), de una vida que ella, sin embargo, presentía o incluso notaba en su propio espíritu a través de su herencia. Se veía, cuando llegaba a mi lado, cómo cambiaba súbitamente y cómo, a partir de tales momentos, empezaba a representar su papel de señorita refinada, de señorita de la época anterior a la gran tragedia.
Parecía tener a orgullo esto de poder demostrar a un extranjero que, aun en medio de aquella ruina del mundo moral y social, de aquel estado caótico al que ella, quisiera o no, pertenecía, se había sabido conservar simple y honestamente burguesa y que no estaba, por consiguiente, nada «bolchevizada» como se decía en aquel entonces. Hacía gala de poderme demostrar que en la Rusia proletaria en la que la revolución había tirado por tierra todos los valores morales y sociales, todos los principios y todos los prejuicios, era aún posible hallar une jeune fille bien élevée, criada y formada en el seno de una familia de las que aún conservaban tales principios, prejuicios y tradiciones.
El caso concreto es que tales mudanzas y tales reacciones, incomprensibles las más de las veces, me hicieron preocuparme por ella e incluso entrar en sospecha. Lograba entrever que algo había en Tania; algo que había de ser, sin duda, la clave de sus bruscas e impensadas reacciones, de sus cambios de humor y de sus agrios comentarios. Sentía yo que una sorda rabia, un auténtico rencor, turbaban a mi compañera.
Como todas las muchachas de la Rusia de aquellos días, como toda la juventud criada en tan trágico ambiente, no creía —no podía hacer profesión de fe al menos— en las teorías burguesas de tiempos pasados. Y, sin embargo, cuando estaba en mi compañía, parecía estar cohibida, sujetando sus reacciones, a fin de vivir conmigo, a mi lado, unos días que estuvieran en un todo de acuerdo con aquel mundo moral y burgués que si bien ella no llegó a conocer, debió haber sido el propio de sus mayores; un mundo en el que, a juzgar por todo ello, deseaba Tania fervientemente haber vivido. Así, quizá, podría explicarse aquel empeño ciego en representar tal farsa e incluso aquella rabia latente que parecía existir en el fondo del espíritu de la muchacha.
Tania era un típico producto de la revolución. Su aspecto, nada fuerte, hablaba bien claramente de las penurias pasadas en la edad crítica de la niñez. Sentía envidia de un mundo —el de ayer— donde existía toda una serie de cosas, de ideas y de principios que ella, aun sin haberlo vivido, añoraba. Pero su orgullo le impedía manifestarlo claramente. No obstante, a través de sus reacciones más simples, cuando jugaba a la «gran señora», era fácil comprenderlo, incluso para un observador —como ocurría en mi caso— apasionado.
No puedo explicar, por más que quiera, el acento tan extraño con que acogía mis más simples e inocentes comentarios sobre las cosas o las personas de la Rusia revolucionaria. Un día, por ejemplo, habíamos ido juntos a visitar el mausoleo de Lenin, erigido en la Plaza Roja, situado al pie mismo de las murallas del Kremlin.
El cuerpo embalsamado de Lenin se hallaba dentro de la gran urna de cristal, a pocos pasos de donde nosotros nos habíamos detenido. El rostro del omnipotente dictador ruso, tremendamente pálido, acababa en una pequeña barba rojiza. Entre la lógica palidez y el deslumbrador efecto de las luces, se hubiera dicho más bien que era una máscara de cera en lugar de un auténtico rostro humano.
—Pensaba yo, a juzgar por los retratos que he visto, que Lenin tenía negra la barba —observé en voz baja.
No creí, sinceramente hablando, haber dicho nada inconveniente. Mas, sin embargo, Tania me miró de soslayo, con una auténtica expresión de enfado.
—¡Cuidado con tus palabras! ¡Con todo y estar muerto, puede aún quitarte a ti tu burguesa vida!
Me dejó perplejo la reacción de la muchacha. Volvió entonces a mi memoria, por una asociación de ideas, el episodio del besprisorni y el comportamiento de Tania para con el obrero que pegó en tal día al ladronzuelo. Recordé también que en el cementerio del monasterio, y al estar yo haciendo algún comentario sobre el fusilamiento de Von Meck, me permití decir, de pasada, algo sobre el terror que en toda Rusia inspiraba el solo nombre de la GPU. Entonces, Tania me cortó en seco:
—¡Sólo los traidores tienen miedo a la GPU!
Después, me volvió bruscamente la espalda y caminó en otra dirección, alejándose de mi lado.
Creí, francamente, que aquellas palabras habían salido de su boca por la sola acción y efecto de la educación política que, quieras o no, recibía en plan intensivo toda la juventud de las Rusias. Recordé también, en contraposición, cómo los ojos de la chiquilla se llenaron de lágrimas cuando pasábamos por entre las tumbas del Nowodievici Monastir. Alguna relación muy íntima debía haber, pues, entre aquel secreto que tan cuidadosamente guardaba y, por otro lado, la pureza de sus lágrimas.
Aquella misma tarde, al regreso ya de nuestra excursión al Nowodievici Monastir, y tras haberla acompañado como era de costumbre a la esquina de la calle Nikolskaia, me dirigí ya solo hacia el Teatro de Stanilawski, donde representaban una comedia de Bulgakoff llamada Los días de la familia Turbin.
Entré en él; el teatro se hallaba completamente abarrotado del más diverso público. Había allí obreros, empleados, muchachuelos de cabellos rapados y con camisetas de vivos colores, miembros de los Komsomolzs con sus uniformes, luciendo todos una expresión fiera y taciturna en sus semblantes; se veían también soldados de las distintas Armas y hasta algún que otro representante del campo cercano a la capital.
Hacía calor; un olor agrio y compuesto salía de toda aquella muchedumbre.
En los entreactos, salía el público fuera de la sala a fumar sus cigarrillos. Los vendedores de limonada circulaban entre los grupos anunciando su mercancía.
Al final del último acto, cuando se empezaban a oír las notas de La Internacional y cuando, por tanto, junto al umbral de la casa de los Turbin resonaba ya el paso cadencioso de las victoriosas tropas rojas que entraban en Kiev, gané la salida presuroso para evitar las aglomeraciones y me dispuse, fuera ya, a regresar calmosamente hacia mi alojamiento, paseando por la plaza Sverdlow.
Había comenzado ya a caer la noche; una noche clara y serena, típica del Norte, que continuaría así sin oscurecerse ya más, hasta la llegada del alba. Las calles estaban iluminadas profusamente por aquella zona y mucha gente paseaba aún por sus aceras.
Iría yo por la mitad de la Theatralny Proiesd, la amplia vía que conduce, a lo largo de los muros de la Kitai Gorod, desde la Plaza Sverdlow hasta la Plaza Lubianka, cuando vi un grupo de gente que se hallaba detenido en la esquina de la calle Rojdestvenka, haciendo un corrillo junto a la entrada de una stalovaie. Se empinaban todos sobre las puntas de sus pies para poder ver mejor, y a juzgar por sus expresiones y por sus comentarios, algo muy chusco o muy divertido debía estar ocurriendo allá dentro. Alguien, en el interior de la stalovaie, cantaba acompañándose por algún instrumento de cuerda y su voz se mezclaba con toda una serie de airados gritos y denuestos. La gente coreaba con sus risas tales chillidos.
—¿Qué pasa ahí dentro? —pregunté a un vendedor de cigarrillos que ocupaba un lugar preferente en el corrillo, pero que se salió finalmente de él, temeroso de que con las apreturas sufriese algún desperfecto la caja que con tabacos y cerillas llevaba colgando del cuello.
—Son dos prostitutas que se están peleando —me contestó con la risa aún bailándole en los labios.
Aprovechando la salida del vendedor callejero, pude hacerme un pequeño lugar en medio del grupo. Alzándome yo también de puntillas logré divisar el interior del establecimiento. Vi así cómo dos muchachitas se peleaban airadas, llamándose las peores cosas con voces enronquecidas por la rabia.
—¡Tania! —grité.
Al oír su nombre y, sobre todo, mi voz, se volvió rápida la chiquilla, dando la espalda a su adversaria. Pude ver así su cara, pálida como la de una muerta.
—¡Tania! —volví a llamarla.
Pero Tania alzó un brazo como queriendo protegerse de mí y, con una voz y un acento que jamás lograré olvidar mientras viva, me gritó desesperada:
—Bourgeois! Bourgeois, tu ne comprends rien, bourgeois!
Desapareció luego en el interior mientras la muchedumbre acogía sus voces y sus gestos con un clamor de roncas risotadas.


HISTORIA DEL CABALLERO DEL ÁRBOL

Su padre, Samuel hijo de Jacob Baumritter —que en lengua teutona quiere decir Caballero del Árbol— había llegado a Italia, desde Polonia, cuarenta años antes, llevando por todo bagaje su oficio de óptico o anteojero, como en aquel entonces se decía, un enorme amor por la filosofía, a la manera de Spinoza, un cariño desmedido por las ganancias seguras y sin riesgo y muy poquitos rublos de oro en el fondo de los bolsillos del tradicional gabán negro. Al verle tan barbudo, tan suspicaz y desconfiado, e incluso tan eternamente resentido, los buenos papistas de Bruselas y de Saint-Jean-en-Gréve le hubieran tomado, ciertamente, por un determinado hebreo que, al decir del Patriarca de Ferney, había sido sorprendido un buen día partiendo con un viejo cuchillo una hostia de la que así hizo brotar la sangre. Pero en Italia no se da demasiada importancia a ciertas cosas.
Llegado a Roma cuando la Brecha de Porta Pía había dado ya una salida o escape a la gran aglomeración del ghetto y cuando ya habían desaparecido las amarillas hopalandas del Campo de las Flores, Samuel, padre del Caballero del Árbol, se sintió renacer en aquel ambiente liberal, entre aquel buen pueblo romano que pasaba su tiempo libre haciendo el amor o entregándose a tratar con mimo a los buenos jarros de Montefiascone, y todo ello siempre a la perpetua gloria de la famosa Ley de Garantías. Pero no es ahora el caso de relatar minuciosamente la historia de nuestro barbudo anteojero, puesto que, a mi juicio, todas las historias de judíos, como todos los cuentos que sobre ellos tratan, son absolutamente similares. Como quiera que en estas vidas no solemos hallar lances y aventuras, sino compras y ventas, créditos y réditos, ocurre así que en ellas de lo único que se podría hablar, propiamente, es de la aritmética en lugar de la historia.
Diremos, por tanto, a manera de resumen, que el padre del Caballero del Árbol, gracias a su tradicional habilidad en el tallado de lentes, gafas y anteojos, logró cambiar, en el transcurso de pocos años, los escasos rublos que llevara al país por abundantísimas liras de plata; sobre esto, logró hacerse también una sólida reputación de hombre honesto, trabajador y astuto, experto además en toda clase de tráficos, intrigas y embrollos. Pero sobre todo, aunque parece innecesario decirlo, su especialidad principal era la de olfatear, a enorme distancia, las ganancias fáciles y no demasiado trabajosas. Así llegó un buen día en que nuestro anteojero podía ya mirar el calendario sin la menor preocupación y pensar por tanto en su vejez, con la tranquilidad de los justos y de los hacendados.
Transcurrió algún tiempo. Samuel, padre de Isaac, se fue dando cuenta gradualmente de que iba perdiendo paulatinamente la fiereza de su tradición talmúdica: sus ardores doctrinales se iban convirtiendo en simple rescoldo. Sucedía, incluso, que no observaba ya, con el acendrado escrúpulo de otros tiempos, las leyes de Moisés ni los consejos de los profetas. Tampoco guardaba demasiado celosamente todos aquellos ritos que sus ascendientes le habían enseñado. Iba, pues, así, poquito a poco, haciéndose menos hebreo cada vez. El único consuelo que el hombre hallaba en tal cuita era la seguridad de que si era un mal judío, al menos, como él decía, no era aún tampoco un auténtico cristiano. Las crisis de conciencia —¡rara cosa!— van siempre acompañadas, cuando el sujeto es un hebreo, de una especie de obsesión racional a través de la cual buscan una justificación, un cálculo o un beneficio. Pero esto no es cosa demasiado fácil de conseguir, salvo que el protagonista se halle francamente empeñado en dejarse convencer a sí mismo, en cuyo caso no es grave problema el encontrar la fórmula conciliadora. Con todo y con ello, no seré yo el primero en culpar al padre del Caballero del Árbol por no haber sabido aprovechar su crisis de conciencia para aportar, tan siquiera, algún nuevo elemento al «panteísmo geométrico» del filósofo Spinoza; me contentaré con decir que, al fin, nuestro hombre logró vencer sus escrúpulos talmúdicos e incluso halló modo (y esto no se sabe aún si fue el efecto o si fue la causa) de abrirse un huequecito entre los miembros de la corte del Vaticano, llegando a entrar en ella gracias a la recomendación y a los buenos oficios de un prelado que ocupaba una posición muy allegada a la del heredero del «hebreo» San Pedro. (Tan irreverente adjetivo calificativo es de la propia cosecha de Samuel, quien, dicho sea de paso, lo encontraba reverente a más no poder.) Le favoreció en su subida el hecho de que era tradicional que los joyeros, médicos y ópticos de la corte pontificia fueran judíos en su mayor parte.
Aun a pesar de ello, no resultaba fácil para un circunciso el abrirse camino por entre la corte de la Cabeza de la Iglesia. Si bien se le aceptaba por sus servicios, no era fácil conseguir un trato donde su condición religiosa fuese olvidada. El buen hombre comprendió, pues, que debía hacer algo que testimoniase su agradecimiento e incluso su adhesión. Y en tal estado de ánimo, con tales propósitos en mientes, llegó el día en que Samuel Baumritter se vio padre de un hermoso primogénito. ¿Debería mantener al recién nacido en sus tradiciones familiares y de raza o, por el contrario, debería aceptar el consejo de su prelado benefactor, bautizando al niño y dándole entrada de esta forma en el seno de la Iglesia Católica?
Esta horrible duda le tuvo despierto toda una larga noche. Pero las crisis de conciencia de nuestro buen Samuel nunca llegaban a durarle demasiado rato: tras dar vueltas y más vueltas al problema en su cabeza, llegó a una conclusión conciliatoria que, nada más ocurrírsele, ya le pareció, a él mismo, la maravilla de las maravillas; iba, de esta guisa, a respetar la tradición familiar imponiendo al hijito un nombre de antigua resonancia hebraica, de la más pura solera, y, al mismo tiempo, a salvaguardar los beneficios de su cargo recién logrado, y a pagar su deuda de gratitud, bautizando al pequeñajo.
Tan magistral idea venía a ser algo así como un puente que uniera y ligara al mismo tiempo al Antiguo con el Nuevo Testamento.
Pasaron largos años y llegó así la fecha en que Samuel, tras una corta agonía, fue a reunirse con sus mayores. Nuestro Caballero del Árbol quedó, pues, huérfano. Mas como quiera que su padre, al morir, le dejó una cuantiosa fortuna y unas amistades que podían valerle de mucho, no era el caso, como vemos, del huerfanito desamparado. No. Ni mucho menos.
Mas ocurrió que, aun a pesar de tales valores y de tales apoyos, nuestro Caballero era francamente el más infeliz de los mortales. El contraste entre el fondo hebreo de su sangre y su improvisada educación cristiana, producía en él un continuo desequilibrio que nada lograba mitigar. Sería mentira afirmar que nuestro hombre sintiese repugnancia por su propio y actual estado, tan distinto en un todo del de su pobre padre. Lo que ocurría, sencillamente, es que no lograba en su propio ser un auténtico equilibrio estable. Su educación era cristiana, pero su instinto era hebreo al ciento por ciento: su conciencia de bautizado le decía blanco cuando su herencia, sus instintos más soterrados, le decían negro. Y así hasta ciento. ¡Ah, si al menos él lograse hallar alguna fórmula que le diera el escape, la salida, a aquella continua contradicción que se debatía, día tras día, en su propio espíritu...!
Su inteligencia también tomaba buena parte en todos estos líos y dificultades. Voltaire fue quien, en primer lugar, le hizo sospechar sobre la certeza de muchas cosas en las que los suyos habían creído, siglo tras siglo, a pies juntillas. El sarcasmo de tal hombre contra los hebreos, sus chistes e irónicos comentarios sobre las edades respectivas de Abraham y de su mujer Sara (la jeune Sara avait quatre-vingt-dix ans, selon l'Écriture, quand Dieu lui promit qu'Abraham, qui en avait alors cent soixante, lui ferait un enfant dans l'année), sus maliciosos comentarios a propósito de la circuncisión, del infierno de los hebreos, de las viandas de Ezequiel (le Seigneur lui ordonna de manger, pendant trois cents quatre-vingt-dix jours, du pain d'orge de froment et de millet, couvert de merde) no le disgustaban en modo alguno. Al joven le agradaba el buen humor, el desenfado de los católicos, frente a la habitual seriedad, a la tenebrosa seriedad del pueblo judío.
Mas en otras ocasiones, cuando leía u oía ofensas contra el pueblo hebreo, se sentía enrojecer de ira, sintiendo que tales insultos caían sobre su padre, sobre sus abuelos, sobre toda su raza. En dichas ocasiones mudaba la decoración. Se sentía despegado así del Nuevo y pasaba a respetar el Antiguo Testamento. La fuerza de su sangre judía afloraba a la superficie y entonces él adoptaba un aire descaradamente hebreo aun sin proponérselo. Era la tradición que se adueñaba del presente. Algo misterioso se movía en el fondo mismo del muchacho y sentía éste una especie de vergüenza por aquella tradición involuntaria a su clan, a su raza en pleno. Se consideraba a sí mismo como un auténtico renegado y comprendía que mientras tal estado de cosas continuase no podría nunca hallar la satisfacción ni la paz del espíritu que buscaba. Hacía falta, por consiguiente, establecer ahora un auténtico y firme contacto con la tradición hebrea de su familia.
Vino a ser una especie de revolución o, mejor dicho, una restauración religiosa la que el Caballero del Árbol se dispuso a llevar adelante. Pero la lucha había de ser dura, por cuanto si bien era cierto que pesaban en su ánimo muchos siglos de tradición talmúdica, no lo era menos que el buen hombre se hallaba ya encariñado también con las prácticas católicas, con su fe, su esperanza y su caridad, que tan buenas armas son para pasar los difíciles tragos de la vida.
Mas el caso es que sus amistades judías acabaron de vencer sus recelos y así fue como el Caballero se decidió a abrazar de una vez todos los ritos y creencias de sus ascendientes. Lo que no sabían tales consejeros es el dolor que, en algunos momentos, tal decisión producía en el alma del religioso por ambos bandos. Para acabar con todas aquellas flaquezas, para llevar a buen fin su propósito, le aconsejaron hacer un viaje al lejano país del que procediera su padre, para establecer así, en verdad, un contacto íntimo y directo con aquellos otros seres de su familia que llevaban la misma sangre. La idea le pareció de perlas, de modo y manera que el Caballero del Árbol se dispuso para partir hacia Polonia, orgulloso ya de su misión, de su familia y procedencia e incluso de la fe que ahora así abrazaba.

Es lícito suponer que la Viena de la Antigüedad, asediada de cerca por los turcos, debía estar tan abarrotada de gente temerosa, de gente evacuada de otras regiones, como lo estaba justamente Varsovia bajo la amenaza de las tropas bolcheviques. El miedo, el más desesperado miedo, era fruto de la temporada en aquel agosto del año mil novecientos veinte. Por las calles, desfilaba una interminable procesión de gentes, de las más diversas estofas, que venían huyendo de los rusos. Traían sus bagajes, lo poco que habían salvado en su huida, a hombros, en pequeños carritos, o medio arrastrándolo ya por el suelo, bajo el efecto del agotador cansancio. Los soldados se entremezclaban con esta población en éxodo; los campesinos traían del ronzal su ganado: uno arreaba una cabra, el de más allá una vaca... Y tan siniestro y trágico desfile iba acompañado de un rumor sordo, compuesto por el llanto de las mujeres y de los niños, por las roncas voces de los hombres, por los gritos de los soldados que pedían paso libre y hasta por las respectivas voces de las bestias, asustadas ante aquel tropel de gentes alocadas. No faltaban también otras voces humanas, que sobresalían del conjunto, rezando a gritos al buen Dios de Polonia. Al pasar ante las iglesias, algunos trataban de arrodillarse para rezar de nuevo. Pero pronto, ante el empuje de los que les seguían, debían alzarse en pie y continuar su agotadora e ininterrumpida marcha. Era un éxodo propio de los pinceles de un Miguel Ángel. Frente a la iglesia donde se custodiaba el corazón de Chopin, una inmensa multitud se hallaba, rodilla en tierra, rezando a coro, en voz alta, las plegarias con las que pedían la tranquilidad, la paz y la salvación de su patria. Había allí de todo: enfermeras, soldados heridos, trabajadores, mujeres, niños, campesinos, hombres del campo y de la ciudad: un inmenso conglomerado de gente con el denominador común del pánico.
De vez en cuando cruzaban las calles algunos piquetes de soldados armados que iban custodiando grupos de bolcheviques prisioneros. Iban éstos con sus ropas destrozadas: unas guerreras de color rojizo, unos pantalones como de tela de saco y con sus rostros de un color verde espinaca, quizá por el hambre, quizá por el miedo. La gente, al ver así el motivo de su odio y de su pánico, se apiñaba a su paso y los amenazaba con puños y palos, llenándolos de improperios. Los presos trataban entonces de andar más de prisa para escapar de la multitud encolerizada. Los mismos soldados de la escolta, temerosos del fin de sus custodiados, apretaban también la marcha, abriéndose paso, a viva fuerza, por entre la gente que trataba de cerrar el círculo. El miedo de las gentes se iba trocando así, poco a poco, ante la presencia del enemigo vencido, en ese valor tan discutible que siente la masa cuando comprende que es más poderosa: el pánico que sentían ante la amenaza del ejército enemigo, se transformaba en matonería frente a aquellos pocos prisioneros desarmados y desmoralizados.
Mientras tanto... No puedo evitar conmoverme pensando en el estupor, en la sorpresa y en el miedo que estaba pasando en tan críticos momentos el Caballero del Árbol. Él no había ido para encontrarse con aquel espectáculo de Apocalipsis. Fue hasta aquel lejano país a unir unos vínculos familiares. Pero ¡ah!, la decoración era bien distinta de lo que él suponía. Había caído de hoz y coz en medio de una ciudad casi sitiada, se había mezclado por tanto en la barahúnda de un pueblo prisionero del miedo y de las calamidades de la guerra.
Nuestro hombre comenzó a maldecir su propia suerte, y, sobre todo, la hora en que se le ocurrió tan inoportuno viaje. Hasta los alimentos eran difíciles de hallar en aquella Varsovia acongojada. Así, pues, se dijo que a la menor oportunidad, dejaría la ciudad encaminándose hacia Lomza, donde esperaba encontrar a un hermano de su padre; en tal decisión influía también el hecho de que aquella villa estaba más alejada, en aquel entonces, de los teatros de operaciones.
Mientras que el día ansiado llegaba, Isaac Baumritter pasaba sus horas en el ghetto del barrio de Nalewki, mezclado en todo momento con aquel pueblo que se llamaba a sí mismo «el elegido de Dios». Hablando en plata, ¡qué brusca sorpresa, qué enorme desilusión vino a sufrir el pobre Caballero del Árbol! El solo pensamiento de que si el buen viejo Samuel, su padre, no se hubiera decidido en aquel remoto entonces a partir hacia Italia con sus lentes, sus utensilios de trabajo y su valor, hubiera él nacido y vivido en aquel sórdido ambiente, le ponía los pelos de punta. Aquella gente raquítica y barbuda, aquella aglomeración de tipos de mirada huidiza y desconfiada, le repugnaba físicamente. Por eso, al asaltarle tal idea, al pensar en el acierto de su padre, un suspiro le brotó de lo más hondo del pecho. «¡Qué satisfacción, qué suerte la mía!» No le faltó, pues, aunque él no lo dijera o no lo quisiera decir, sino felicitarse también a sí mismo por el hecho de ser cristiano. Pero luego, después, cuando llegaba la reacción, consideraba que tal felicitación, por muy en mientes que hubiera sido hecha, era un auténtico insulto para su propio padre, para sus abuelos, para toda su genealogía en pleno. Con tales ideas, se hacía el hombre un auténtico embrollo y acababa, incluso, teniendo fiebre. Corría a refugiarse en su habitación, nada lujosa ni higiénica por cierto, se miraba en un espejo y, ya pasado el difícil trance, se complacía fijándose en sus facciones. Analizaba su nariz enjuta y afilada, el tono oliváceo de su piel, sus negros cabellos. «Soy verdaderamente un clásico tipo hebreo —se decía—; bautizado, sí, ¡pero hebreo!» Y luego quedaba sonriendo con una mueca difícil, puesto que estaba motivada aquella especie de sonrisa, por un no menos difícil interrogante: por el problema de que no sabía aún, a ciencia cierta, si de lo que tenía en realidad que alegrarse era de lo uno o de lo otro: de haber sido bautizado o de ser un prototipo de hebreo. ¡Qué confusión se armaba entonces en la mente del inconsecuente Caballero!
Llegó incluso un día en el que estuvo tentado de largar sus problemas por la borda y dejar la solución del enigma para más propicia ocasión. Un día en que, como verán ustedes, casi, casi, se decidió a caer la balanza de un solo golpe, hacia un lado ya bien definido.
El motivo fue bien simple. Se hallaba el Caballero paseando por el ghetto cuando, súbitamente, estalló en las cercanías un enorme griterío acompañado de carreras, portazos y escándalo sin cuenta.
Aullidos de mujeres asustadas, carreras de la chiquillería, cierre hermético de puertas y ventanas... ¿Qué pasa? ¿Qué pasa? Todo el ghetto estaba alborotado y, lo que es peor, asustado.
Escondido en el amplio quicio de una puerta, el Caballero del Árbol pensó, en primer lugar, en las hordas comunistas invadiendo la ciudad y por consiguiente, el mismísimo ghetto. Tras el asedio, la ocupación; luego, inevitablemente, el saqueo y las matanzas. Notó que un frío estremecimiento recorría, con velocidad de relámpago, su espina dorsal.
Mientras pensaba en tan desagradable tema, una horda pasó junto a él por la calle. Una horda que aullaba como si estuviera compuesta por posesos. Cerró los ojos fuertemente para no verla; pero sentía sus voces y los palos que, al pasar, iban sacudiendo sobre las cerradas puertas y ventanas. «¡Ahora caeré yo!», pensaba el aterrorizado judío.
Mas cuando el pobre hombre se atrevió a entreabrir los ojos, vio con asombro que no había tal horda bolchevique. Era una innumerable partida de muchachillos, de chavalones, que, armados de bastones, estacas y de banderitas polacas, blancas y rojas, recorría las calles del ghetto sembrando la consternación y el desconcierto. Cambió la escena en la imaginación del Caballero. «¡Un pogrom!», pensó inmediatamente. Y esta idea, tan desagradable como la anterior, le hizo cerrar los ojos de nuevo, bien fuertemente. Que se tratase de estudiantes polacos o de cosacos rusos, ¡el fin, si no había mucha suerte, podía ser el mismo! Bueno, podía ser para los demás, claro está. Puesto que él, en aquel crítico instante, comprendió que el hecho de estar bautizado debería ser su suerte, su salvación ante los enfurecidos muchachos. El agradecimiento que experimentó hacia su sino fue tan intenso que el pobre comenzó a temblar como un azogado, mas ya no de miedo, sino simplemente, de puros nervios por la tensión mantenida. Y en aquel histórico instante estuvo a punto, o casi a punto al menos, de renegar por segunda vez de la fe de sus mayores y de separarse para siempre de aquellos ghettos insalubres.
Otra idea sacudió su imaginación. «¡Pero tengo una típica estampa de judío! ¿Me podrá alguien creer ahora si yo afirmo lo contrario?» Nuevo escalofrío y nuevos sudores. Nuestro hombre estaba cerca de caer por tierra fulminado por el rayo del miedo.
En tanto, los gritos se iban alejando y otra vez la paz y el silencio caían sobre el barrio hebreo. Salió Isaac tímidamente de su escondite y fue calle tras calle, hacia su alojamiento, con mirada asustada y casi agonizante. Mas al sentir que ningún peligro rondaba ya por las cercanías, que todo había terminado sin que la sangre corriera por los suelos, su fe de judío fue saliendo de nuevo a flote, al igual que un conejo vuelve a asomar las orejas cuando sabe que los perros ya han pasado, y comenzó así a arrepentirse de su desfallecimiento, de su falta de fe y de su desconfianza.
Al llegar a la casa preguntó:
—¿Qué ha pasado? ¿Qué ha sido eso? ¿Ha habido muertos?
Otro judío le miró impasible, con aire casi conmiserativo:
—No ha pasado nada; una travesura de colegiales que querían asustarnos. Y los judíos, sábelo, ¡no morimos jamás!
El Caballero del Árbol quedó atónito, avergonzado y sorprendido ante aquella revelación de su propia inmortalidad, de la que tan poquísimo seguro estuviera escasos minutos antes.

Mientras en el ghetto ocurrían todas las cosas que acabamos de dejar relatadas, en los barrios cristianos una inmensa columna de gente recorría las calles en procesión, siguiendo, enfervorizada, a la imagen de la Virgen, implorándole a grandes voces que salvase a Polonia de las hordas invasoras.
Era, justamente, el día 15 de agosto, día de Santa María. El rugido de los cañones envolvía la ciudad. El Ejército rojo del hebreo Trotsky se hallaba ya en las inmediaciones de Radzimin, a veinte kilómetros tan sólo de los suburbios de Varsovia. Cuando la procesión desfilaba por la desembocadura de la calle Karowa, abierta junto al Vístula, todas las gentes volvían la cabeza mirando a lo lejos, más allá de las últimas casas, tratando de divisar, en la lejanía, los resplandores de la batalla. Las voces, aunadas, repetían sus oraciones. Sancta Maria, ora pro nobis. Y el murmullo de los fieles lograba apagar, a veces, los ecos de los cañones.
La Virgen del mes de agosto, reina de Polonia, respondiendo a las enfervorizadas oraciones, había enviado al general francés Weygand, su devotísimo hijo, a rechazar las huestes del judío Bronstein, más conocido por su nombre de guerra Trotsky.
Cuando, por la tarde, llegaron a la ciudad las primeras noticias de la victoria, la multitud fue presa de un auténtico delirio: en las calles, en las iglesias, en todas partes, la alegría era tal que parecía una población habitada por auténticos locos. Se encendieron grandes hogueras conmemorativas en todas las plazas y plazuelas. Los soldados eran acogidos como auténticos vencedores; las estatuas de los héroes del país se volvían a coronar de laurel; algunas bandas militares circulaban también por la ciudad atronando los aires con sus marchas y con sus músicas marciales.
En cuanto al Caballero del Árbol, la verdad es que se alegraba de todo corazón de aquella gran victoria de la Virgen de Agosto, Reina y Señora de Polonia. La alegría de las campanas echadas al vuelo se hermanaban con la alegría de su propio espíritu. Y tras aquel horizonte, ya más despejado, el Caballero comenzó a preparar su viaje hacia Lomza, la ciudad natal de su padre. ¡Qué dulzura y qué satisfacción experimentó por anticipado al pensar en la gran acogida que, sin la menor sombra de duda, le dispensarían allí los de su clan! ¡Cómo agradecerían todos ellos aquel viaje en tan peligrosas y delicadísimas circunstancias!
Pero al llegar ya definitivamente a Lomza, le esperaba una amarguísima desilusión. Tan pronto puso pie en la tierra buscada, el buen hombre se dispuso a establecer contacto con la familia de su padre: con su propia familia por tanto. El viejo rabino de la comunidad (que parecía totalmente uno de aquellos tipos clásicos que dibujara Holbein) le acogió con muchas palabras y con largos y grandilocuentes gestos, agradeciendo que un hombre rico y pudiente —como él era—, que un hijo de un emigrado hubiese vuelto de nuevo a sus lares despreciando los mil peligros del viaje por una Polonia encendida en guerra, solamente para restablecer los vínculos de la religión y de la sangre. Tras esta salutación, comenzó el hombre a bucear en los archivos de su memoria:
—Samuel Baumritter, Samuel hijo de Jacob... Sí, ya recuerdo, un chico listo, un muchacho de bien, trabajador; ¡le recuerdo muy bien! Era algunos años mayor que yo, un joven honesto, un verdadero hijo de Israel en Italia, Samuel Baumritter, mil ochocientos setenta y seis, setenta y siete, sí, setenta y siete, el año del incendio de Grodno. Pero espera, hijo mío; aquí vive un hermano de tu padre, José Jacob Baumritter, calle Svientokczyska, de oficio relojero, tiene dos hijos, más o menos de tu misma edad. Oh, pero...
Tras esta información comenzó a pedir al Caballero del Árbol toda clase de detalles: cómo había vivido su padre, cómo había muerto, si se había hecho rico, si se había habituado a Italia..., etc. Cuando se enteró así de las relaciones del viejo con algunas altas personalidades de la corte del Vaticano, de la extrañísima condición del hijo (¡un cristiano!, ¡un renegado!), la expresión de la cara del rabino cambió por completo, tomando entonces un aire de sospecha y de desconfianza.
El Caballero del Árbol, en un principio, no se percató del porqué de tal mudanza, orgulloso como estaba en traducir al alemán toda su teoría sobre su movimiento de restauración de la fe. Pero, poco a poco, el viejo le fue acompañando muy finamente hasta la puerta, mientras el Caballero seguía relatando su historia. Una vez en el umbral, el rabino cerró los batientes dejándole en plena calle, con la palabra aún en la boca. Llegó así el asombro; hubo de hacer un esfuerzo mental hasta dar con la razón de tal cambio y de tan poco gentil comportamiento. Se alzó de hombros, ocultando la herida que con todo aquello había hecho en su alma; dio media vuelta y se dirigió hacia la calle Svientokczyska, que en nuestra lengua quiere decir de la Santa Cruz. Luego contempló un rótulo que decía: José Jacob Baumritter, relojero. El Caballero del Árbol, antes de decidirse a entrar, contempló la casa del hermano de su padre con una especie de respetuoso estupor. Luego, se decidió, hizo girar la manija de la puerta y entró en el establecimiento. No había nadie; para llamar la atención, movió fuertemente los pies, tosió y dio un discreto golpe en la puerta de la trastienda. La llamada promovió una serie de rumores por allá dentro: chiquillos que corrían, palabras en voz baja, arrastrar de pies... Por la portezuela, tras una macilenta luz de petróleo, apareció una barbuda figura; dejó ésta la luz sobre una mesa llena de pinzas, de lupas de relojero, de piezas de recambio; luego, con una mirada suspicaz, dirigió una sonrisa de cumplido al visitante. Él Caballero pasó entonces a explicar quién era, de dónde procedía, a qué venía, acabó por preguntar si tenía el honor y la satisfacción de estar hablando con el respetable hermano de su padre. Tras la larga barba del relojero o, tras sus dos largas barbas, puesto que no se sabía a ciencia cierta si era una sola barba partida en dos o si, por el contrario, eran dos auténticos mechones paralelos y autónomos, se oyó una voz gutural. Y a su eco, toda una numerosa familia salió del interior de la tienda del relojero.
Lleno de un nuevo pero auténtico amor hacia toda aquella gente a quienes ya consideraba como de su indudable familia, el Caballero del Árbol se dejó mirar y remirar, tocar y admirar, con una sonrisa en los labios. Era lógico que un recién llegado causase aquella admiración y aquella sorpresa. Trató de imaginar lo que toda aquella buena gente estaría pensando en tales momentos: un hombre rico, el hijo de un rico hebreo avecindado en Roma, en un país de calma y de paz, se entregaba a un larguísimo viaje, cruzando los horrores de la guerra, sin importarle ello un ápice, sólo para volver a reanudar su relación con la familia, con la religión, con la sangre. Así, no era nada raro que le mirasen a más y mejor, que diesen vueltas alrededor suyo y que fuese él el blanco de la admiración de la familia en pleno. Hasta sus propias ropas, bien cortadas y de buena calidad, tenían necesariamente que despertar la curiosidad y la admiración de aquellos humildes artesanos.
Al pensar en tantas cosas, estuvo en un tris de que lágrimas de auténtica emoción asomasen a sus ojos. Bien mirado, aquella ocasión era única, puesto que era la primera vez que el hijo de un emigrado regresaba voluntariamente —y en pleno éxito de su vida— a la lejana y pobre ciudad de Lomza.
Con todo aquello, el Caballero del Árbol se sentía hebreo al ciento por ciento, puesto que sólo quien tuviese mucho apego a la gran familia judía podría ser capaz de aquel viaje de renunciación, de aquel viaje de íntegro sabor talmúdico. Mas de improviso, una idea cruzó su cerebro. ¿No sería aquel cariño que de improviso sentía por la humildísima familia, un simple y puro efecto de la caridad cristiana? ¡Caramba!, tuvo que sacudir fuertemente la cabeza para alejar de su mente tan inoportuna idea. La familia, mientras tanto, seguía rondando en torno del forastero, admirando sus buenos trajes, sus zapatos a medida, su camisa de buena tela blanca y cien detalles más que si bien en Roma no hubieran extrañado a nadie, allá, en aquella aldea, le hacían sentirse, al parecer, como un auténtico dandy.
Tres zagalejos despeinados le miraban con expresión algo alelada: junto a ellos estaba la mujer de José («mi tía»), una vieja de rojos y carnosos labios que resaltaban extrañamente en su largo y verdoso rostro. «¡Pobre tía!», pensaba Isaac para su capote. La mujer, en tanto, contemplaba a su sabor al sobrino, palpando incluso su ropa y haciendo gestos de asombro al comprobar su buena calidad. El visitante empezaba ya a estar francamente violento y cohibido y hasta un poco apurado con aquella especie de exhibición. Creyó oportuno darle fin; y para ello empezó a hablar relatando a su familia las razones de su visita y, en fin, toda la historia que nosotros ya sobradamente conocemos. Supo luego así algo de la vida de aquellos humildes artesanos y de las dificultades que, casi siempre, atravesaban. Y como quiera que las palabras, una vez que empiezan a fluir, se van atrayendo las unas a las otras, queramos nosotros o no las más de las veces, se escuchó a sí mismo, de pronto, pronunciando todo un auténtico discurso: les hablaba en él de todos los porqués de su venida, de su satisfacción al hallarse en su propio medio ambiente y de sus proyectos de regresar, al cabo de algún tiempo, a Italia, llevándose consigo, si es que ellos así lo autorizaban, a aquellos tres nietecillos de José, el hermano de su padre, para sacarlos de aquella vida siempre difícil, siempre llena de pobreza, de miedo y de oscuridad.
Mientras Isaac decía todo esto, la familia le contemplaba con auténtico respeto, acompañando con gestos cuanto decía aquel sobrino que parecía haber caído directamente del cielo.
Finalmente, y por suerte para el Caballero del Árbol, alguien recordó que había llegado la hora de tomar algún alimento y que esperaban que el recién llegado les honrase compartiéndolo con ellos. Pasaron, pues, a la mesa. Durante toda la cena, no cesaron de asaetearle a preguntas. El forastero hubo de relatarles mil y mil cosas de Roma y de Italia en general. Les habló del agradable pueblo romano, de sus costumbres, del Papa, de los cardenales, de la Basílica de San Pedro, de las procesiones, de los milagros, de la popularidad que los santos tenían en aquellas tierras, de la devoción que sentían por las reliquias, de los escándalos ocurridos, de las excomuniones, de la misteriosa muerte del cardenal Rampolla, y de ochenta cosas más que no es preciso citar aquí con más detalles. Luego, bien pianito, fue derivando la conversación hacia su propio padre. Relató, según él mismo había oído, su llegada a Roma, cómo se las compuso para empezar a trabajar, para hacerse una clientela y para ir levantando cabeza en aquella tierra que aún era extraña. Les contó cómo había encontrado algunos prelados que le protegieron y le dieron la magnífica clientela de la corte del Vaticano y cómo el buen viejo se había llegado a crear así un auténtico problema de agradecimiento; cómo había creído que era lógico corresponder, en alguna forma, con aquella fente a la que, en rigor de verdad, llegó a deber su posición; y, finalmente, cómo tal agradecimiento se tradujo en el bautismo de su primogénito, o sea, como ya sabemos, en el bautizo del propio Caballero del Árbol. Al llegar a tan espinoso punto de la cuestión, percibió nuestro hombre, con verdadera sorpresa, que la cara de su anfitrión se tornó bruscamente verde: sus cejas se contrajeron y una gran arruga surcó su estrecha frente. Luego, se marcó en su rostro una mueca de indignación y de desprecio.
Algo había que hacer para salir al paso de aquella mueca. Así, pues, en un alarde de oratoria, quiso hacerles ver cómo todo aquello había sido tan solo un artilugio, un modo de guardar unas simples formas. Mientras lo explicaba así, sonreía a la vieja, acariciaba a los niños y empleaba sus mejores métodos y modales a fin de que sus asertos fuesen más humanos, más convincentes.
Terminó su discurso con una afirmación categórica:
—¡En suma, y como veréis, yo soy tan hebreo, en el fondo de mi alma, como vosotros mismos!
Y la frase fue acompañada de la mejor, de la más dulce y de la más apacible de sus sonrisas.
Pero el viejo José no se dejó engañar tan pronto por aquellas palabras ni por aquellas sonrisitas de serafín o de querube. Cauto, y siempre temeroso de la buena reputación de su familia, fiel hasta el no va más a los principios y a los preceptos de su religión, no podía abrir los brazos a un renegado, por más de su familia que fuera (¡oh, hermano mío!, ¿por qué lo hiciste?) si ello llevaba consigo el riesgo de perder su buen nombre, su buena fama, e incurrir en el más temido castigo para un judío: en la pérdida de la estimación en el seno de la gran familia hebrea. Ya el solo hecho de estar dando hospitalidad a un renegado, de haberle sentado a su propia mesa, podía acarrearle luego funestas consecuencias. Nadie le perdonaría, se lo estaba temiendo, que hubiera dado entrada en su propio hogar a un cristiano hijo de hebreo. Además... ¿qué habría venido a hacer aquel renegado en Lomza, en plena guerra, entre rapiñas, venganzas e incendios? ¿Qué se propondría aquel poco agradable sobrino Isaac? ¿Qué cálculos, qué intereses o qué misteriosos móviles le habrían llevado hasta allí? ¿Cuál era la verdadera, la oculta finalidad de su viaje? ¿Quién le habría mandado desplazarse hasta tan lejos?
El Caballero del Árbol no sospechaba toda la tormenta que se estaba desarrollando en la mente de su anciano tío. Y así, con su buena intención, con su ingenuidad si se quiere, iba él pensando: «¡Pobre gente! ¡La alegría de verme los vuelve inquietos; el temor de perderme de nuevo los hace desconfiados!» Y seguía luego comiendo, hallando en los alimentos el auténtico sabor de familia, de paz, de tranquilidad.
Cuando llegó, por fin, la hora de despedirse, besuqueó a los tres arrapiezos, dio la mano respetuosamente a su «tía» y agradeció con mil palabras corteses todas las atenciones recibidas y los exquisitos alimentos con que había sido obsequiado. Hizo constar también su inmensa alegría por haber vuelto al seno de la familia y por haberlos hallado a todos en buena salud y libres ya de peligros.
El tío, sin despegar los labios, enfiló hacia el pasillo, arrastrando su negro y sempiterno gabán, que llevaba aún a pesar del calor reinante. Él Caballero siguió sus pasos, igualmente en silencio.
El alojamiento que «tío José» le buscó era una especie de casucha situada de cara a la abierta llanura. Quedó allí el hombre, solo en su miserable habitación. Tumbóse sobre la cama y comenzó a hacer una especie de examen de conciencia. Gracias a Dios (y él se guardaba muy bien de especificar a qué Dios se refería, puesto que en su condición de hebreo-renegado, o de cristiano-renegado, según se mirase la cosa, había de andarse con pies de plomo), gracias a Dios, repito, su misión de restaurador de la religión y de la fe se hallaba en una espléndida fase: todo parecía ir, a su juicio, descaradamente viento en popa. Llegaría el día —lo presentía ya— en que volvería a Italia con aquellos tres muchachitos, con aquellos tres jóvenes brotes del tronco secular, para tenerlos siempre con él, en su compañía; los educaría en uno de los mejores colegios, donde les hicieran conocer y respetar las sabias e inequívocas enseñanzas de la inviolable Ley de Moisés. De tal guisa, cuando toda la comunidad de Lomza se percatara de lo bueno y de lo desinteresado, de lo generoso de su obra, todos le darían su bendición y le harían algo así como hijo preclaro y predilecto de la tribu de Jehová. Esto, con ser mucho y más agradable, no lo era todo: más importante aún era el hecho de poder sacar a aquellos tres inocentes chiquillos de los horrores de la guerra, de las privaciones y miserias del ghetto polaco, para trasplantarlos al aire abierto, cálido, liberal y soleado de la lejana Roma. Y Dios, desde lo alto de los cielos, vería la generosidad de su intento y le perdonaría del todo, ayudándole a remediar el craso error que en otro tiempo cometiera su padre.
Luego, cuando el final llegara, le tendría preparado, a buen seguro, un lugar preferente en el amplio seno de Abraham.
Pero estaba ya escrito que el problema psicológico del Caballero del Árbol no podía dormir tranquilo mucho tiempo sin salir de nuevo a la superficie: surgió, nadie sabe cómo, la consabida pregunta:
—¡Si se deberá mi bondad —pensó—, mi desinterés, mi espíritu de caridad, mis buenos propósitos, a aquella larva del cristianismo que las aguas bautismales pusieron, seguro, dentro de mi espíritu!
Sólo mucho tiempo después logró conciliar el sueño: pero fue un sueño inquieto, intranquilo, lleno de interrogantes y de complicados dilemas religiosos.

Ya de madrugada abrió los ojos; hubo de hacerlo lentamente, pues la noche, con sus inquietas pesadillas, no le había valido gran cosa de descanso. Poco a poco se fue dando cuenta del motivo de su temprano despertar. En su propia habitación había un chico, un muchachito pequeño y delgado, que se hallaba ocupado dejando una carta sobre las ropas del Caballero. Al ver que éste había despertado, apresuró sus maniobras y salió seguidamente sin despegar tan siquiera los labios.
Saltó nuestro hombre de la cama e intrigado cogió la misiva:
«Será mejor que esperes en tu propio alojamiento —decía aquel papel—. Tu presencia en mi casa podría comprometerme seriamente. Y tú no has venido a Lomza para arruinarme, ¿no es cierto?»
Seguía luego la firma, casi ilegible. Pero ni tan siquiera un saludo.
Quedó desconcertado. ¿A qué podía deberse aquel súbito cambio de decoración? ¿Se trataría tal vez de algún malentendido? ¿Por qué iba a querer arruinar a la familia de su tío, ni cómo iba a comprometerle su presencia en la casa del relojero? ¿Qué había hecho? ¿Qué había pasado?
Las cuatro paredes de la habitación le agobiaban más aún que todo aquel cúmulo de preguntas. Se vistió, ganó la salida y comenzó a pasear lentamente por el pueblo. Sus pies, sin quererlo, le llevaron hasta la misma casa de su familia. Tan pronto se dio cuenta de ello, volvió sobre sus pasos y regresó otra vez junto a su alojamiento.
—Es preciso que le vea y le hable —razonaba el hombre—; es necesario que deshaga el error, que le haga comprender...
No pudo permanecer en su espera mucho tiempo. Nuevas dudas turbaron su mente. Y al final, un poco ya comido por la inquietud y por no lograr comprender lo que estaba pasando, echó a correr como un poseso por las calles del pueblo, bajando la vista para no ver la curiosidad que su desalada marcha despertaba en los viandantes y en los vecinos. Llegó así, con la respiración agitada, ante la casa de sus familiares. Unos pasos antes de la puerta, se detuvo en seco. Alzó la mirada y vio, tras los sucios cristales de una ventana, tres figuras barbudas que le miraban atentamente. Una de ellas, su tío, sin la menor duda, alzó una mano, haciéndole así un gesto para que detuviera su marcha.
Aquella visión le turbó profundamente: le causó incluso un auténtico dolor en el corazón. Desearía tener valor para abrir la puerta, para penetrar en el interior del local y enfrentarse con todos aquellos, para saber así, de una buena vez por todas, qué es lo que estaba pasando. Pero el coraje no estaba de su lado. Volvió la espalda tímido, como avergonzado. Echó a andar, apretó el paso paulatinamente hasta que al final acabó ya descaradamente corriendo. «¡Es verdad, es verdad! Mi sola presencia molesta, conturba, perjudica. Pero... ¿a quién? Puedo hacer daño, manchar el prestigio, pero... ¿por qué? Soy un ser despreciado, un ser contaminado, un ser peligroso. ¡Dios mío! ¿Qué es lo que he hecho?»
Al acabar tales pensamientos, se encontraba ya! de nuevo en su inhóspita habitación. Se abalanzó sobre el lecho y quedó allí, inmóvil y triste, como un perro apaleado.
Un rato más tarde, y cuando aún el triste Caballero no había cambiado ni tan siquiera de postura ni de estado de ánimo, oyó unos pasos que se acercaban a su puerta. ¿Sería tal vez el viejo José que, arrepentido y convencido de su error, venía a presentarle sus excusas? Los pasos se acercaron, la manija de la puerta comenzó a moverse y ésta, finalmente, se abrió de par en par.
El tío José apareció en el umbral. Pero no venía solo, como el Caballero había previsto. Estaban con él sus dos hijos, con aire cazurro, la mirada baja, la cabeza hundida entre los hombros. Detrás de ellos, el rabino, con aire de cuervo, sospechoso, desconfiado: tenía, reconozcámoslo, un auténtico aspecto de jettatore. Pasaron todos a la habitación y se agruparon junto a la cama; movieron los pies, tosieron nerviosos, sin querer nadie, al parecer, ser el primero en romper el silencio. Parecían estar esperando que el Caballero del Árbol hiciera alguna pregunta, o saludara, o algo, en fin, que les diera pie para comenzar a exponer el motivo que sin duda llevaba hasta aquella habitación a tal embajada. Pero visto que el otro no se movía ni abría la boca tan siquiera, puesto que el estupor y la desconfianza ante aquel pleno no se lo permitía, el viejo José reunió ánimos, echó un vistazo al rabino, se cambió la colilla de sitio en la boca, entre los primeros pelazos de la barba, y al fin, dispuesto ya a entrar de lleno en materia, dio un paso adelante y comenzó a hablar:
—Mi caro sobrino —dijo—, no es culpa nuestra si hemos tardado tanto en contestar a tu gentil ofrecimiento de ayer tarde; aunque nuestra respuesta sea negativa, es preciso que sepas la contestación. Tú sabes que tras la muerte de mi nuera...
—¡No sabía que la madre de los tres chiquillos hubiera muerto también! Ustedes me habían dicho que había partido de Lomza, que se había ido a Vilna, al mercado de Vilna, ¿no es eso?
—No no. Está muerta, realmente muerta, no hay ninguna duda sobre ello —confirmó el rabino con aire rabioso y enfurecido.
—¡Cuánto lo siento! —exclamó Isaac, profundamente entristecido. A la vez que hablaba así, miraba nerviosamente al extraño grupo como queriendo adivinar por sus expresiones, qué era, en realidad, lo que aquella gente le estaba preparando.
El anciano tío volvió a hacer uso de la palabra.
—Mi caro sobrino —repitió éste, simulando que limpiaba con sus manos algunas imaginarias lágrimas—, mi caro, bueno y querido sobrino: nosotros, como familia amantísima que somos, tratamos con todo interés el grave problema de la educación y del porvenir de esos tres pobrecillos huerfanitos. Haríamos cualquier cosa, sin regatear esfuerzos, para que éstos fueran el día de mañana tres bellos y bien preparados ejemplares de nuestra raza. Pero has de tener en cuenta que la condición de tu propia familia...
—¡Si yo no tengo familia —cortó Isaac con voz grave—, si yo soy también, como ellos, un huérfano de padre y madre!
—...pues tus condiciones personales, entonces, tu particularísima situación en el momento actual, las garantías que nosotros deseamos...
—En otras palabras, ¿qué quiere usted decir, tío? Perdone esta pregunta, pero es que no comprendo del todo lo que están tratando de decirme —inquirió el Caballero del Árbol.
—En otras palabras —continuó José—, tú habrás de convenir con nosotros en que no podemos, en que nos es absolutamente imposible aceptar tu generosa oferta de cuidar y educar a esos tres pobres niños. Hay una razón mucho más poderosa que nuestros propios intereses... Una razón mucho más importante que tu propio desinterés... Y es ésta: tú no eres israelita, ¿no es cierto?
—¡Oh, todavía no del todo! —respondió con un soplo de voz nuestro atribulado hombre.
—¡Luego tú eres cristiano...!
—¡Casi no soy cristiano! ¡Ya no lo soy casi nada!
—Mira, sobrino mío; quiéraslo tú o no, tú has sido bautizado; eres, por tanto, un convertido, un...
—¡Un renegado! —clamó el rabino con acento airado, al'ver que el tío dudaba ante el empleo de la cruel palabra.
—...y deberás reconocer, por tanto, que no podemos poner en tus manos la educación y la formación de esos tres pequeños cachorros, de esos tres niños que podrían ser blanda cera en tus manos. —José bajó los ojos y continuó luego su perorata—. Es un caso de conciencia, un caso francamente grave. ¿Quién nos garantizaría que los pobres huerfanitos...? Carísimo sobrino, perdona que te lo diga, pero estoy convencido de que acabarían los tres, gracias a tus artes, formando parte de la legión de los convertidos, de los bautizados, de los renegados como tú mismo...
—¡Un momento! —interrumpió el Caballero—. ¡Yo no seré aún israelita del todo! ¡De acuerdo! Pero tampoco soy ya ni cristiano, ni renegado, ni nada de cuanto me acusáis.
—¡Cuestión de punto de vista, mi querido sobrino! ¡Simple punto de vista!
El rabino tomó cartas en el juego:
—Su condición, señor mío, es tal que ni usted mismo se atreve a confesarla. Más que un hombre caritativo, usted es, simple y llanamente, un fanático; el caso no es nuevo entre los católicos, por ende. ¿Quiere que le aclare qué es lo que se esconde tras su falsa caridad, tras ese falso e hipócrita deseo de hacer bien a todo el mundo?
—¡No me interesan sus opiniones! ¡Todo cuanto dice es falso! —clamó el pobre Isaac, ya francamente angustiado.
El rabino no le hizo caso y siguió exponiendo su tesis.
—Usted no ha venido a Lomza para conocer a la familia de su difunto padre. Tal motivo no puede justificar, en modo alguno, un viaje tan largo, tan lleno de fatigas y de peligros como lo es éste en la época que atravesamos. El móvil de tal viaje no es otro sino el de sacar, de nuestro propio ghetto, seguidores de su religión. Ha venido a reclutar, a causar bajas espirituales en las filas de los que seguimos las leyes de Moisés. Esto es tan claro como la luz del día. Pero usted no se atreve a confesarlo, ¿no es cierto? Y ¿por qué? Porque usted no es un benefactor, sino un corruptor. No es un hijo pródigo que retorna al seno de la familia, sino un renegado que viene a conseguir más renegados. Y para tan fea acción, ¿qué es lo que trae como pantalla? La caridad, el amor al prójimo, el amor por la familia. Pero, ¿qué es lo que se ve claramente tras tan burdo telón? ¿Quiere saberlo? Pues bien: ¡que es usted un misionero, un jesuíta, un procurador de las huestes bautismales! ¡Eso y nada más!
Ya enardecido, José repitió también con rabia, moviendo sus largos brazos:
—¡Un jesuíta, sí, señor, un misionero!
—A mayor abundamiento, no puede probarnos ni una palabra de cuanto dice —siguió arremetiendo el airado rabino—. Ni su sinceridad, ni su caridad, ni tan siquiera su religión. ¡Nada en absoluto! Está bautizado, pero niega ser ya cristiano; afirma que «aún no es-israelita, pero ya casi lo es» y sin embargo aún no se ha hecho circuncidar. Pero, ¿qué religión es entonces la suya? ¿Quiere decírnoslo de una vez? La del renegado, ¿verdad? ¡La del renegado!
—¡Pero, señores! Esto no es pura y llanamente una cuestión de religiones: es, ante todo, un caso de conciencia —pudo decir al fin el Caballero.
El rabino despreció el alegato de la defensa, volviendo nuevamente al ataque con todo el furor de un fiscal enardecido.
—¿Qué religión es entonces la vuestra, si siendo cristiano os sentís israelita y si, afirmándoos israelita os comportáis como un cristiano...? Vamos, vamos no intente convencernos de lo que no es sino una simple mentira. ¡Vamos, vamos, jesuíta disfrazado! ¡Ya está bien, hipócrita clerical! ¡Si es usted un renegado, peor para usted, pero deje en paz a los inocentes, y no venga a nuestra propia casa a buscar nuevas víctimas ni a sembrar la traición y el deshonor entre los más débiles, por pequeños, de nuestra raza! ¡Tenga algo de respeto, al menos, para la tradición de sus mayores...!
»¡Ah, y sobre todo no olvide que su perfidia merece un castigo y que éste vendrá...! ¡Claro que vendrá! ¡No faltaría más...!
El atribulado Caballero escondió el rostro entre sus manos y, aun sin quererlo, comenzó a lloriquear calladamente: «Aquella era la voz de su clan, la voz de su clan, la voz de su sangre...» Todo le estaba, pues, negado: la sinceridad, la bondad, la caridad. Nadie creía en sus palabras, aunque su solo deseo fuera el de hacer bien a los de su misma familia. ¡Ay!, esto es lo que ocurre por meterse a restaurador de la religión. Hubiera querido proclamar a gritos su inocencia, la pureza de sus propósitos, la bondad de su corazón. Pero comprendió que hubiera sido totalmente inútil, puesto que no le creían, por la simple razón de que no querían creerle.
¿Para qué luchar, pues, con aquellas mentes desconfiadas y sucias que no querían ver sino la parte mala de todas las cosas?
Se alzó luego de la cama, sin saber qué hacer. Mas el viejo José lo interpretó torcidamente y, en consecuencia, empujó con la mano a su sobrino, echándole sobre el lecho. Luego, le amenazó con un índice largo y huesudo y, con voz cavernosa y tono grandilocuente, le dijo:
—¡Tú lo has querido! Todo en la vida tiene su precio. Y tú —óyelo bien, ¡renegado!—, tú, no serás ya más cristiano. ¡No serás ya más cristiano...!

Abandonado sobre el lecho, rotos sus nervios, el Caballero del Árbol no sabía ya, en tal punto, qué hacer ni qué pensar. La cabeza le pesaba como si estuviese llena de plomo. Las lágrimas se le habían acabado. Las sienes le martilleaban continuamente. Cerró los ojos y quedó allí, inmóvil, sin querer pensar.
En un cierto momento, y sin saber por qué, volvió a su memoria la imagen de Pascal. Aquel recuerdo se apoderó por entero de su mente. Fue repasando, con la idea, toda una serie de obras fundamentales, le parecía estar releyendo las Pensées, la Priére pour la máladie, la Convertion du pécheur, la Comparaison des chrétiens y, muy especialmente, aquella obra que el filósofo Condorcet y el médico Lélut llamaban el amuleto de Pascal. Se alzó sobre los codos y, con una sonrisa en los labios, comenzó a recitar a media voz, muy lentamente, las palabras del amuleto:

Dieu d'Abraham, Dieu d'Isaac, Dieu de Jacob.
Non des philosoph.es et des savants.
Certitude. Certitude. Sentiment. Joie. Paix.
Dieu de Jésus-Christ.
Deum meum et Deum vestrum.
Ton Dieu sera mon Dieu...

Su ánimo ganó la serenidad. En su alma no había ya diferencia alguna entre el Dios hebreo de Abraham, de Isaac, y de Jacob y el Dios de Jesucristo. Se iba sintiendo invadido por una dulzura completamente nueva, por una fe y una esperanza tan grandes como nunca, hasta entonces, había conocido.
Pareció comprender, en tal momento, que su conversión, su crisis particular de conciencia, era totalmente absurda e innecesaria. No tenía ya precisión de convertirse para salvar el alma y para sentir tranquila de nuevo su conciencia. ¡Podía sentirse cristiano y hebreo al mismo tiempo! Nada se oponía a que su religión y su raza se aunara en la fe. Dios estaba sobre todas las cosas y sobre todos los hombres por igual.
Tal descubrimiento llevó la paz a su corazón. Apoyó la cabeza sobre la almohada y quedó en calma, tranquilo, respirando rítmica y pausadamente.
Mas de repente, un rumor extraño le hizo incorporarse sobresaltado. Era un rumor formado por bisbíseos, por arrastrar de pies, por gente que se acercaba con sigilo a la puerta de su cuarto. El ruido se iba aproximando. La manija comenzó a girar. En el umbral apareció luego un numeroso grupo de gente que, sin pedir permiso, se adentró en la habitación del forastero. Con ademanes extraños, rodearon su cama, sin decir una sola palabra, pero mirándole todos torvamente. Alguien, por la espalda, le cogió la cabeza y le hizo, a pura fuerza, reclinarse sobre el lecho. Quiso gritar, pero una mano larga, fuerte y peluda, tapó su boca. Pudo ver entonces que el rabino se abría paso entre el grupo, acompañado por una rara y extraña vieja. Nuevas manos inmovilizaron a nuestro asustado Isaac: sus brazos, piernas y cabeza quedaron así totalmente sujetas. El buen hombre no sabía qué hacer ni qué pensar. Su asombro y su miedo llegaron al cénit cuando vio que otras manos más comenzaban a arrancarle brutalmente la ropa; su pecho y su vientre quedaron al descubierto. La cara de la vieja, cara de auténtica bruja en aquelarre, fue acercándose hacia él con un gesto maligno y vengador. Movió la cabeza bruscamente el Caballero y pudo emitir un agudo grito. Pero más manos cayeron sobre sus labios y ahogaron sus sonidos.
La vieja le miraba fijamente a los ojos, con una agria y desconcertante mueca: en su mano, que fue alzando lentamente, apareció un fino y afilado cuchillo. El Caballero del Árbol tembló como un azogado. No sabía nada, no entendía nada, pero veía allí mismo el peligro. La vieja, sin decir una sola palabra y en medio de un sepulcral silencio, se fue agachando despacio, sobre el prisionero. Bajó el cuchillo, manipuló, y ¡zas!: la circuncisión quedó echa.


EL NEGRO DE COMACCHIO

La ciudad de Comacchio, famosa por su laguna poblada de anguilas, y que parece estar metida hasta el cuello en el agua durante todos los días del año, es la única ciudad de la que Ferrara, la gran Ferrara, debe cuidarse en todo momento, sin descanso ni desmayo, si quiere seguir siendo de secano. Y decimos esto por cuanto ocurre que la gran ilusión de la referida Comacchio es la de ayer, y cuanto antes mejor, convertida toda la región de Emilia en una inmensa laguna para poder «sembrar» así a su gusto —válganos la frase— más anguilas cada vez. Esta política, claro está, es totalmente opuesta a la que llevan los habitantes de Ferrara —y no digamos ya la gran laguna de Comacchio— para poder continuar, por tan dilatada zona, la siembra de sus vegetales. Todos los gobiernos y todos los poderes de Italia han visto siempre en Comacchio una auxiliar peligrosa de Venecia en esta cuestión de inundar zonas y más zonas, tan sólo por cariño al líquido elemento.
Entre las gentes de Comacchio y las de Ferrara no ha habido nunca —justicia es reconocerlo— ni un gran amor ni tan siquiera una buena política de vecindad. Pero, ¿cree alguien que existe método o manera de aunar los intereses de dos pueblos, casi contiguos, cuando se da el hecho, como en el caso presente, de que uno es eminentemente agricultor y el otro, por contra, vive de la anguila?
Sólo hay un nexo, un lazo de unión, entre ambas buenas gentes: los de la parte de Ferrara son partidarios fervientes del salchichón, porque dicen, con buen acierto, que el tal salchichón abre las ganas de beber y prepara la boca para recibir el vino. Los de Comacchio, por su lado, pescan las anguilas para poderlas ahogar en alguno de los buenos vinos que tanto abundan en toda Italia. A las anguilas les pasa algo parecido a lo que acaece con el arroz: que si bien nace en el agua, como mejor muere es en el vino.

Desde el año 1860 hasta nuestros días, la «Sociedad ferrarense pro fertilidad de la zona de Comacchio» continuó machaconamente explicando su proyecto de cómo había que desalojar tales zonas de sus actuales habitantes para poder liberar así tan feraces suelos del absurdo y antieconómico empleo que los malos habitantes de Comacchio le estaban dando. No había que dejar ni una sola anguila: el suelo, el bendito suelo, debía dedicarse a algo más serio que a servir de fondo a tal descomunal pecera. Los de la ciudad afectada, claro está, tampoco carecían de proyectos con respecto a la ciudad vecina. Así, si unos y otros hubieran podido llevar a efecto sus deseos, se hubiera podido andar en carroza por los suelos ya secos de Comacchio y, en contrapartida, los de Comacchio hubieran podido pasear en góndola por los ya inundados valles de Ferrara .
Pero la vida decidió, a despecho de unos y de otros, obrar por su propia cuenta, sin tomar en consideración los deseos de los de acá ni de los de allá. Estaba escrito el desarrollo de los acontecimientos.
En nuestra historia se produjo luego, en el año 1885 para ser más exactos, un nuevo capítulo que habría de venir a enconar más aún la inquina que los de este lado sentían por los de aquél y los de aquél, claro está, por los de éste.
Las cosas comenzaron con la llegada a Comacchio de un negro de Uganda, llamado Semba. Era éste alto y fuerte como un auténtico Hércules: un boxeador nato, un luchador de magistral clase, un verdadero hijo de las selvas ecuatoriales. Cuando se reía, mostraba una amplia boca, llena de unos dientes blancos; blancos, pero fuertes, poderosos y temibles, como los del león, rey de la selva: no hacía sino mover levemente su brazo y por aquí y por allá surgían unos músculos como maromas, rellenando toda su anatomía de nudos y de abultamientos; su pecho era fuerte y desarrollado como el de un titán; de su espalda podrían sacarse las de tres mortales del tipo medio; su vientre, musculado igualmente hasta el máximo, resonaba como un tambor cuando el negro lo golpeaba con la ancha palma de su fuerte mano. Sus ojos, que habitualmente tenían un aspecto más bien bovino, se convertían en dos simples líneas —pero dos líneas tremendamente inyectadas en sangre— cuando el titán africano montaba en cólera.
La primera bofetada con la que Semba obsequió a un pobre guardia que quería arrestarle, bajo pretexto de que éste asustaba con su aspecto a los niños y a las pobres mujeres embarazadas que circulaban por las calles, aquella bofetada, que aún es famosa en los anales de la villa, resonó como un auténtico cañonazo, como un descomunal golpe de gongo, e hizo correr, ésta es la pura verdad, a todo el pueblo de Comacchio.
En aquella zona, y según los recuerdos de los más viejos, nunca se había visto un negro vivito y coleando. La gente, así, se emocionó bien pronto con aquella visita fuera de serie. Ante la bofetada que, para más detalles, hizo saltar al infeliz guardia sus buenos metros por el aire, los ciudadanos de la noble villa no supieron hacer más que dar gritos —aún no se sabe si de miedo o de admiración— y formar un círculo en torno al lugar del suceso, pero con una respetuosa distancia entre tal corro y el autor de la hazaña.
—¡Sujetadle fuerte! ¡Que no se escape! —gritaba el guardia desde el suelo, donde aún continuaba caído, y mientras se aplicaba ambas manos a un lado de la cara que comenzaba a hincharse a ojos vistas.
»¡Sujetadlo fuerte! ¡Atadlo! ¡Pero, cuidado, no os muerda! —seguía gritando el vigilante que, como se ve, había pasado ya de la acción a los consejos.
Parece obvio decir que nadie hacía demasiado caso de las recomendaciones del señor agente de la autoridad. ¿Quién tenía ganas de poner la mano encima a aquel Hércules negro y poderoso? Huelga la respuesta, claro.
El rumor y la expectación iban creciendo sin cesar. Corría ya la noticia de boca en boca y nuevas gentes venían, a cada minuto, para ver con sus propios ojos todo aquello, tan extraño, que estaba acaeciendo.
Los viejos dejaron sus puestos al sol; las mujeres abandonaron las comidas sobre el fogón; los niños venían en bandadas y hasta los hombres colgaron sus respectivos trebejos para no desperdiciar tan única ocasión.
Y, como ocurre siempre que se junta una buena multitud, y máxime si ésta está integrada por alegres gentes de raza latina, el tumulto tuvo pronto un aire alegre, como de romería. Los más chuscos comentarios se oían por doquier con respecto al irrespetuoso trato que había recibido el representante del orden público.
El negro, extrañado en un principio, no tardó en percibir la corriente de buen humor, de alegría y de juerga que se estaba creando entre aquellas buenas gentes. No era cosa de dejar pasar la ocasión, cuando se brindaba propicia. Y así, sin más ni más, comenzó a bailar una de sus danzas tradicionales, cantando al mismo tiempo con potentísima voz de bajo:

«A na ngo tu ng' ande
chelecheteche
chelecheteche
a na ngo ku tu ng" ande.»

Ante aquel espectáculo folklórico, ante aquel baile extraño, pero lleno de ritmo; ante aquella melodía rara y cadenciosa, los habitantes de la villa, amantes todos de la música y del ritmo, comenzaron a corear la canción: Chelecheteche! Cantaban ya a coro, todos a una. El negro, mientras tanto, proseguía con sus saltos y sus contorsiones, acompañándose ahora, a falta de su tam-tam acostumbrado, con fuertes golpes en el vientre, dados con la mano abierta, que resonaban marcando el ritmo de la danza. Avanzó hacia la multitud, que le abrió paso ya sin miedo alguno. Se situó luego detrás del guardia, que, habiendo recobrado ya su posición erecta, le hacía prudentes, pero conminatorios gestos para que le siguiera. Al ver que el negro le obedecía, echó a andar calle abajo el guardia, la cabeza muy erguida, queriendo recobrar con su apostura algo de la dignidad perdida. Semba marchaba tras él, gesticulando y bailando su extraña danza: la multitud cerraba filas, marcando también la cadencia y coreando a pleno pulmón el estribillo.
El guardia, disimuladamente, se llevaba de vez en cuando la mano a la hinchazón de la cara. Para compensarlo, echaba furiosas miradas a diestro y siniestro, queriendo evitar así, suponemos, que alguien pudiera mofarse de él, al verle tan maltrecho. De rato en rato, volvía la cabeza hacia atrás para comprobar si el negro le seguía. Y, efectivamente, allá iba el negro, saltando, bailando y haciendo cabriolas sin cesar ni por un instante su rítmica melopea. Chelecheteche!, cantaban a coro los lugareños, que, realmente, se estaban corriendo una auténtica juerga con todo aquello.
Cuando llegaba ya justamente ante el cuartelillo de la Policía, acertó a pasar por allí, cruzando justo ante el guardia y el prisionero, un pescador: en su brazo se veía un gran cesto y dentro de éste unas lustrosas y aún inquietas anguilas. Semba, al cruzar junto a él, y como quien no quiere la cosa, alargó una de sus enormes manazas, agarró fuertemente una escurridiza anguila y, sin dejar de bailar por eso, introdujo la cabeza del pescado —la cabeza y un buen trozo del cuerpo, claro— en su enorme bocaza. Era la viva estampa del auténtico de-vorador de serpientes. ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh...! La multitud no salía de su asombro. Pero luego alguien, aún no sabemos quién, cogió otra de las anguilas del pescador y como atraídos por un imán, allá fueron todos los del pueblo, en una auténtica rebatiña; cogían las anguilas del pobre hombre —quien acabó lanzando el cesto, completamente lleno, por los aires— y las lanzaban luego sobre el negro, gritándole:
—¡Cógela, coge ésta también, diablo!
Semba, por su parte, hizo una rápida composición de lugar:
—¡Aquí, o me escapo pronto, o me como crudas todas las anguilas, o las anguilas y estas gentes me comen a mí!
Una vez pensado esto, y sin dudarlo más, se acercó al asustado guardia, le agarró por el cogote y, levantándole en vilo, como a un muñeco, avanzó con él, a grandes y solemnes pasos, hacia el cuartelillo.
Así fue como el negro Semba —¡oh paradojas de la vida!— acabó llevando a la cárcel al mismísimo representante de la autoridad en la noble villa de Comacchio.

Aquella noche, ninguno de los habitantes del lugar se preocupó demasiado de dormir. Faltaba tiempo para intercambiar noticias para contar lo que uno sabía y escuchar las novedades que el otro le proporcionaba. Corrió así, de boca en boca, la historia del negro, sus aventuras, su procedencia de las verdes y misteriosas selvas del África, sus exploraciones, sus viajes y, sobre todo, su periplo final que le había conducido, desde el mismo corazón del África negra, hasta las plazas de Comacchio.
Resultaba así que, antes de pasar a ocupar una celda de la prevención, el buen negro había contado, con una oratoria llena de gestos y de manotazos, toda la historia de su vida: seguían diciendo las confidencias que no se trataba de un negro cualquiera: no era un negro escapado de un circo, ni tampoco uno de aquellos moros que a veces instalaban sus tenderetes para tratar de venderles piezas de marroquinería o perfumes más o menos exóticos y más o menos orientales. No. El negro aquel era alguien, era un personaje digno de respeto, aun cuando su presentación no hubiera sido demasiado diplomática. Era nada menos que un explorador negro, de gran renombre entre los suyos, y que había contribuido en gran modo a que allá, en sus remotas tierras de origen, se tuviesen ahora amplios conocimientos de las costumbres e incluso de la geografía de Europa.
La historia de aquel explorador negro que no trabajaba por cuenta y orden de la «African Association» ni de la «Real Sociedad Geográfica de Londres» sino, precisamente, por la del rey de Uganda, no era menos interesante, ni mucho menos, que las respectivas de todos aquellos famosísimos exploradores blancos de los años ochocientos.
Dejando a un lado el color de su piel, Semba podía alinearse perfectamente en la fila del Mungo Park, de Laing, de Denham, de Clopperton, de Richard Laudes, de Barth, etc.; su nombre, si bien desconocido para los europeos, gozaba de la más alta fama por todas las selvas ecuatoriales y de un renombre sólo equivalente al de Livingstone, Stanley, Speke, Grant, Bel-trame, Andrés Debono, Giovanni Miani, Baker, Burton, Antonelli, Thomson, Ruspoli, Bottego, y todos esos valerosos «pioneros» de la conquista africana. Era célebre ya desde bastantes años atrás, a causa de haber descubierto el curso superior del Nilo, del cual, por aquellas épocas, los negros de Uganda ignoraban aún su existencia.
El caso cierto es que un buen día Semba había tenido la feliz ocurrencia de emprender la descomunal hazaña de ir al descubrimiento de Europa, de aquel continente legendario que tanto despertaba la curiosidad y la envidia del pueblo africano.
Era ya muy frecuente en aquellas épocas la aparición en tales regiones africanas de exploradores blancos procedentes, por tanto, de las lejanas, ignotas y fabulosas tierras del Norte. Semba, ante las ansiosas preguntas de los europeos, siempre había sonreído beatíficamente, pensando en los innumerables y arduos trabajos que tales gentes blancas se tomaban para descubrir montones de cosas que, si a él le hubiesen dejado, las hubiese ido señalando con el dedo sobre el mapa, puesto que conocía todos aquellos parajes tan bien como un niño conoce sus propios juguetes. Y sin embargo, se entregaban los blancos a peligros sin cuento, a calamidades y fatigas, llevados de su sed inagotable de descubrir cosas que —digámoslo claro— estaban ya más que descubiertas por los pueblos africanos. Pero, por otro lado, él llegaba a veces a comprender un poquito todo aquello, puesto que en su alma tenía una gran plaza, un sitio de honor, su orgullo de ser él, y nadie más que él, el auténtico descubridor de las fuentes del Nilo. Un día comenzó a pensar y a considerar seriamente que, remontando el Nilo, podría llegar hasta el lejano mar. Y una vez allí, cruzándolo, daría con sus huesos en las misteriosas playas de la desconocida Europa. Y como lo pensó lo hizo.
Partió de su natal Uganda en el otoño de 1883, atravesó luego Semba, con la sola compañía de dos amigos, en piragua unas veces y a pie las otras, todo el inmenso territorio que separa la región de los grandes lagos ecuatoriales de las costas del mar Mediterráneo. Y llegaron así, una feliz mañana —tras haber pasado peligros sin cuento y fatigas cuya sola narración llenaría todo un volumen— a la ciudad de Alejandría, a esa ciudad que, según las tradiciones de su patria chica, estaba situada en el fin del mundo, a la orilla de un tremendo mar poblado de monstruos.
Pero aquella empresa, que figuraba en buena ley entre las mejores de todas las realizadas sobre la tierra africana, no estaba aún completa ni mucho menos. Era preciso continuar la proeza, llevándola hasta su mismo final. Hasta el logro del objetivo deseado: que era, como ya se sabe, desvelar el misterio del Continente Blanco.
Semba no quiso arriesgar la vida de sus dos fieles compañeros. Les mandó, pues, iniciar el regreso, para poder anunciar así, a su vuelta a la tierra nativa, que el heroico explorador negro había llegado, como primera etapa, hasta la misma desembocadura del Nilo; que después de esto —habría de contarlo también— el aguerrido hércules pasaría a hacerse a la mar, en una simple piragua, para surcar las procelosas aguas del misterioso Mediterráneo. ¡La Europa ignota aguardaba ya su llegada!
Sin más temor que el lógico, y sin un titubeo, nuestro negro montó en su frágil piragua y, encomendándose a no sabemos quién, comenzó su aventura náutica. Frente a las costas de Siria, una fuerte tempestad agitó las aguas de los mares; la pobre piragua no fue lo bastante marinera para sortearla y ¡allá fue nuestro atribulado explorador! Un velero de la matrícula de Malta, contrabandista habitual de aquellas zonas, recogió al náufrago, quien ya creía a pie juntillas en aquellas historias de los feroces monstruos que poblaban tales mares.
La embarcación salvadora aproaba ya hacia tierra cuando un fuerte viento y una mala maniobra trajeron como resultado que la chalana zozobrase sin más ni más, volviendo a sumergir a nuestro hombre en las frías aguas.
La pobre barquichuela quedó auténticamente desmantelada por la fuerza del mar; por allá iba un palo, por acá, flotando, los cuarteles de las escotillas... Todo aquel pedazo de mar se veía poblado de restos de naufragio. Finalmente, en un remolino, el Mediterráneo acabó por tragarse de una vez por todas la barca con todo su contrabando.
Por fortuna, la tierra no estaba demasiado lejos: allá, hacia el Norte, pudo Semba apreciar una playa baja, terminada en una punta de arena, que parecía estarle esperando, acogedora.
«Ésa —pensó el negro— debe ser Europa, sin la menor duda.» Con alarde de facultades, nadó un buen rato, hasta poner sus pies sobre el suelo firme. Y entonces, al considerar los peligros que había dejado atrás y el buen fin de su aventura, una enorme alegría invadió a nuestro héroe. Fiel a las costumbres de su tribu, comenzó a cantar, a saltar y a bailar, manifestando así su excelente estado de ánimo al encontrarse ya, sano y salvo, sobre un suelo que le mantenía sin vaivenes. Y así, cantando, bailando y saltando avanzó poco a poco por la recién hallada Europa, hasta encontrarse, finalmente, en plena Plaza Mayor de la muy noble villa de Comacchio.

Tras una noche de insomnio por la emoción que les produjera tan insospechado acontecimiento, los habitantes de Comacchio se presentaron todos, como un solo hombre, ante la Prevención de la villa, cuando aún el sol casi no había acabado de levantarse sobre el horizonte. Se formó un enorme y apretado grupo ante la ventana de la celda. Todos, a voz en cuello, empezaron a gritar:
—¡Que salga! ¡Que se asome!
Pero entonces comenzó a circular entre las gentes un viento negro de presagio: decían las malas lenguas que habían trasladado al negro, al simpático negrazo, a la cárcel de Ferrara; se aseguraba que, de noche aún, habían venido los carabinieri de aquella odiosa ciudad a llevarse al negro: al negro que era ya algo propio de los hombres de la laguna. La ira empezó a despertar dormidos rencores.
Los lugareños se hallaban amenazadores: las mujeres los animaban, y nadie sabe a ciencia cierta cómo ni en qué hubiera acabado todo aquello. Lo cierto es que la actitud de las gentes no auguraba nada bueno. Mas he aquí que el negro Semba, del brazo nada menos que del señor cura párroco, apareció en uno de los balcones del edificio. Estallaron los vivas como cohetes y el júbilo volvió a apoderarse de los honrados pescadores. El párroco, su párroco, les hizo saber, en una especie de improvisado discurso, que los ferrarenses estaban celosos a más no poder de aquella novedad, de aquel imprevisto que había caído en el pleno centro de Comacchio. Y su envidia y su rabia llegaron hasta tal punto que estaban tratando de llevarse al negro, de robarles a su negro, para meterlo de cabeza en el palacio de Ludovico el Moro. Pero, ¡ah!, ¡no lo lograrían! Si ellos, que presumían tanto, tenían todo un palacio, los de Comacchio tenían ahora, por su buena estrella, un auténtico Ludovico. Lo cierto, seguía diciendo el cura, es que Semba había caído en Comacchio y los de Ferrara no tenían, pues, por qué meterse en tales asuntos. Y como quiera que Semba no había hecho mal a nadie, ni había en realidad ningún cargo contra él, ¡seamos todos felices, y a quien Dios se la dé, san Pedro se la bendiga!
Un gran clamor y una salva de aplausos llegaron desde la plaza. El negro era suyo y el negro se quedaría con ellos. Era lo justo, y los de Comacchio sabían cómo defender la justicia si llegaba el caso. Semba, por tanto, fue puesto en libertad. Y al verse objeto de tantas atenciones, de tan cariñosa acogida, de tan simpático trato, pronto perdonó a la Europa en pleno. Incluso el guardia que quiso detenerle, y a quien él obsequiara con tan magnífica bofetada, se hallaba ya incluido en su perdón general. Mas una duda subsistía en su cabeza. Si los de Ferrara querían apartarle de aquella simpática gente, de aquellos magníficos anfitriones, ¡algo muy malo debía pasar en Ferrara! ¡Qué mala gente no habrían de ser los ferrasenses!
Sembra pronto fraternizó con todos los habitantes. Comió cuanto quiso, bebió a su placer, cantó, bailó sus ya célebres chelecheteche e hizo, en dos palabras, las delicias de aquella gente que tanto se aburría de ordinario. Hacia el final de la tarde, Semba había sido ya solemnemente nombrado Capitán de los Pescadores, Gran Explorador de la Albufera de Comacchio, y hasta cincuenta títulos más, todos ellos igualmente rimbombantes.
En medio de aquella algarabía, Semba continuaba tranquilo. El enorme corpachón trasegaba el vino como si de agua se tratase; las anguilas las engullía una detrás de otra, como si fuesen simples piñones. ¡Caramba, en qué país maravilloso había caído! Extendía la mano y alguien, no sabía quién, colocaba en ella una jarra de aromático vino. Acababa una anguila y ya llegaban más, dos, tres, cuantas quisiera, a cubrir el puesto vacante. Todo era bueno, todos le agradaban... ¡Aquél era un auténtico Edén!
La gente se apiñaba y se apretujaba para verle comer y beber; las mujeres, riéndose a carcajadas, golpeaban su vientre por el solo gusto de oír cómo resonaba. Los chiquillos se acercaban a él y miraban, asustados, sus músculos. Y cuando el negro les cogía, muy suavemente, y los alzaba por encima de su cabeza, cual si fuesen simples plumas, ponían tales caras de miedo que el público estallaba en nuevas carcajadas. Entre bocado y bocado, entre trago y trago, Semba relataba por enésima vez su historia, y la acababa bebiendo siempre a la salud de aquellos marinos cuya barca había zozobrado tan a tiempo, permitiéndole a él llegar así a un país de maravilla. Luego se metía de nuevo en la boca la cabeza de una anguila; los espectadores abrían otra vez sus ojos como platos. Y el negrazo, poquito a poquito, se la iba tragando y devorando toda, de prisa, de prisa, como si fuera una máquina aspiradora. «¡Escúpela, escúpela!», le recomendaban. Pero él, tras un eructo feliz, acababa gritando: «¡Viva Comacchio!» Y como si tal fuera la consigna, comenzaba otra vez a circular el vino. Todos bebían en cantidades tales que parecía que querían ayudar ellos así, ingiriendo grandes cantidades de mosto, a la pesada digestión que el negro, a fuerza de engullir anguilas, habría de tener dentro de poco.
—Si toda Europa es así —pensaba en el ínterin Semba—, ¡que no me esperen más en Uganda!
En los días siguientes, y ya pasado el holgorio, Semba se dedicó de lleno a ayudar a los hombres en sus tareas. Nadie como él hacía las cosas tan bien. Se metía desnudo en el agua, negro, gigantesco y hercúleo, y chapoteando de acá para allá, dando gritos y echando canciones al viento, iba con una larga pértiga apaleando las aguas, para asustar así a las anguilas y obligarlas a dirigirse a los criaderos. Parecía en tales ocasiones una mezcla de Neptuno y de Vulcano: un Hércules que hubiera elegido para vivir el reino de las olas.
El negro trabajaba de buena gana para todos, ayudaba a todos y allá donde él estaba era siempre el primero en acabar las pesadas tareas, el primero en hacer más cosas en menos tiempo. Todos le alababan y consideraban como una bendición del cielo que hubiera caído sobre la villa en pago a sus virtudes. Acabó ya por ser capitán, el guía nato. Tenía más fuerza, más agilidad, más poder que nadie. ¿Quién como él se atrevía a coger con la mano las culebras de agua sin demostrar miedo alguno? ¿Quién podía estar horas y horas desnudo, chapoteando por entre los cienos? ¿Quién podía quitar las enormes rocas que estorbaban, sin herniarse en la empresa? Todos querían a Semba, todos reclamaban a Semba y todos le estaban, al final, agradecidos por algo.
Cuando había ya pasado la época de las duras tareas, cuando llegó —como ocurre en todos los pueblos del mundo— la época de la holganza, de la tranquilidad, Semba no tenía más recurso que encerrarse con los demás en las tabernas, trasegando vino del Bosco y hablando, mientras tanto, mal de los de Ferrara. Fue entonces cuando en su corazón de intrépido aventurero se asentó la morriña: se despertó en él el afán de acción, de aventuras. Le pesaba demasiado aquella tranquilidad; aquel no hacer nada, aquel apoltronarse día tras día. Le volvió la sed de descubrimientos, la pasión por ver tierras inexploradas.
El viento de la aventura abría nuevos horizontes ante sus ojos que ya empezaban a cansarse de ver las mismas caras, las mismas costumbres, los mismos tragos de vino. Y así, una tarde, tras haber trasegado abundantemente el rico caldo de la tierra, nuestro negro desertó de la villa que tan bien le había acogido, partiendo hacia lo desconocido, llevando como objetivo primero de su correría el descubrimiento de las fuentes o nacimiento del río que fluye a la inmensa laguna.
Durante algunos días nada se supo de él. «¡Ha muerto!», decían unos; «¡Ha huido!», se quejaban otros. Y no faltaba quien opinaba que eran los de Ferrara los que, simplemente, le habían raptado. Esta opinión ganó últimamente muchos adeptos entre el elemento pescador, que es tanto como decir entre todos los hombres útiles del pueblo. Armados con palos y con grandes y robustos remos, recorrían las calles, clamando justicia y venganza, y pidiendo la devolución del capitán negro de los hombres del lago. Como quiera que la falta de mutua simpatía era cosa secular entre ambos pueblos, como ya hemos dejado dicho, pronto todos los habitantes del valle se unieron a esta manifestación, gritando con acento desaforado: «¡A Ferrara! ¡Vamos contra Ferrara!
Y sólo Dios sabe cómo hubieran terminado las cosas. Pero en el momento crítico comenzó a correr una noticia por entre todos los exaltados. El negro, al parecer, había sido hallado, tumbado y despatarrado en el santísimo suelo, en una plaza de Módena, borracho a más no poder y repleto hasta el tope del rico vino italiano.
El regreso del negro fue apoteósico, triunfal. El pueblo de Comacchio pudo ya, por fin, dormir tranquilo aquella noche. Su negro, su héroe, había vuelto al redil. Mas lo cierto es que el vino había logrado apagar la sed de Semba, sí, pero la sed física; la sed de aventuras, de descubrimientos, quedaba íntegra en el interior del explorador africano. «O me dejáis partir por las buenas o me escapo y no vuelvo más», les decía luego el negro a los hombres de la laguna que se hacían los sordos. «¿Y si no hubiésemos llegado a tiempo de salvarte? ¿Y si llegas a caer en manos de los de Ferrara?», le respondían éstos. Pero ni aun así, ni tan siquiera con esta terrible amenaza, lograban frenarle. Finalmente, y en vista de que no les quedaba otra solución, consintieron en que partiera. Pero ya de hacerlo, fuerza era realizar las cosas en forma debida. Consecuentemente le proveyeron de una buena cantidad de anguilas, de una gran cantimplora llena de vino del Bosco, y por ende le aparejaron un pequeño bote a vela para que así nuestro Semba llevase a cabo la exploración marítima que ahora le andaba por las mientes. Luego, en cortejo, le acompañaron todos, hombres, mujeres y niños, hasta el mismísimo Puerto Garibaldi. Cuando el arrojado y valiente negro pasó a bordo, todos, detrás de él, se metieron en el agua de la inmensa laguna, diciéndole adiós con las manos, y entonando a coro, a manera de despedida, el famoso chelecheteche que había popularizado el negro por todos aquellos contornos.
Tres semanas largas habían transcurrido cuando Semba, satisfecho de sus exploraciones por las costas vecinas, regresó más negro, más desnudo y más alto que nunca a sus tierras de la acogedora Comacchio.
Una vez en el pueblo, relató las mil hazaña realizadas. Y, por otra parte, hasta Comacchio llegaron los rumores de la admiración que por todas partes había despertado el negro en sus viajes. Para las buenas gentes de la tranquila Italia fue una auténtica sorpresa la presencia del negro. Éste, al llegar al otro lado de la laguna, a la orilla opuesta de aquella en que se asienta Comacchio, fue forzado a echar pie a tierra y a recorrer así, como caballero andante, las regiones que se le ofrecían por delante. Juzgúese el asombro de los campesinos al ver aparecer ante ellos, sin previo aviso, un enorme, descomunal y atlético negro que, por todo equipo y traje llevaba un morral bien lleno de anguilas a la espalda y una enorme cantimplora colgando a su lado.
Pero lo importante era que Semba estaba de nuevo en casa. ¡Ah! ¡Cuánto habían pensado en él los lugareños! ¡Qué de preocupaciones les daba a todos con sus andanzas, con su inquietud viajera!
«¡Ahora no te nos escaparás más, Semba! ¡Esperamos que hayas ya quedado satisfecho para una buena temporada!», le decían sus amigos. Y para ayudarse en este empeño trataban de llenarle de vino a todas horas, suponiendo, con bastante fundamento, que el vino hace tender al hombre hacia la molicie y la buena vida que no hacia la exploración de terrenos desconocidos.
Pero Semba, lo quisieran así los lugareños o no, había nacido especialmente predispuesto para un destino de libertad y de gloria. Y el día preciso de la Virgen de Agosto, entre las lágrimas y las quejas de todo el pueblo, partió de nuevo a la aventura, sin querer escuchar los sabios consejos con que los demás ancianos del pueblo le asesoraban. Iba esta vez, al descubrimiento de las fuentes del río Reno.
Dicho y hecho. Comenzó, debidamente preparado y equipado, su descomunal caminata. Pasó Bolonia, puso proa a los Apeninos, entró después en el Valle de San Lucas y así, como el que no quiere la cosa, llegó a mediados de setiembre a las fuentes precisas, al mismísimo nacimiento de aquel gran Nilo de la región Emilia.
La fama de su nueva hazaña recorrió esta vez media Italia. Su nombre cruzaba de una punta a otra de la región, de boca en boca, adornado siempre con los más curiosos adjetivos.
Recibió homenajes de asociaciones excursionistas, de los mozos de éste, de aquél y del otro pueblo. Le invitaban todos, se lo disputaban todos. O sea, que Semba, si hubiera sabido entender la vida, hubiese ya podido vivir en paz en el justo disfrute de su fama, sin más preocupaciones que las de comer, beber, dormir, dejarse querer y, en dos palabras darse una vida de príncipe.
Pero su destino era la inquietud perpetua. Ardía en deseos de descubrir nuevas tierras, de seguir a la inversa el curso de cuantos ríos se ponían a su alcance, de pisar las cimas de los montes que le circundaban, de adentrarse en lo más oscuro de los densos bosques...
Y a primeros de octubre, Semba dijo otra vez adiós al pintoresco pueblecito de Comacchio, partiendo esta vez dispuesto a llegar hasta las fuentes del Po. Semba, en su fuero interno, sentía francamente ocasionar tantos disgustos a aquellas plácidas gentes. Pero..., ¡ah!, era su sino: había que apagar aquella sed viajera.
El Po, como es sabido, pasa a un tiro de piedra de la ciudad de Ferrara, de donde se deduce que no resulta demasiado raro el hecho de que algunos ferrarenses, más o menos locos, se dedicasen habitualmente a enredar con los diques que regulan por allá su curso.
Si esto lo hacían con mala idea o no, es cosa desconocida; mas los desperfectos que frecuentemente ocasionaban son cosas comparables, verídicas y aun palpables.
Partió el negro, como decimos, pero —y esto es lo triste del caso— no regresó jamás. Alj cabo de un mes, el pueblo de Comacchio se alzó ya en franco tumulto: se armaron los hombres de palos, picas, cuchillos y hoces, y estaban ya dispuestos a largarse a Ferrara para dar un escarmiento total a aquellas gentes que no les dejaban vivir su vida y que, sin la menor duda, les habían ahora robado a su hijo predilecto y adoptivo, el negro Semba. En el peor de los casos, había que ir a vengarle pasando a fuego la ciudad, si es que alguien había tocado un solo pelo de su cabeza. Súbitamente, un día de aquellos se presentó en el pueblo, jadeante aún y sofocado por la carrera, uno de los hombres de Comacchio, uno precisamente que se ocupaba de rastrillar, día tras día, los cienos y lodos del Po. Con la voz aún sofocada, con el aliento aún cortado, pudo éste relatar al pueblo entero el trágico fin del héroe. Semba, sin saberlo, se había adentrado por la zona en que se estaba saneando la cuenca del Po. Se metió así por aquel dédalo de canales de desagüe. Semba, nuestro bueno y querido Semba, desapareció una noche tenebrosa, una noche oscura como boca de lobo, chupado a traición, absorbido por una de aquellas feroces máquinas, por una de aquellas descomunales bombas que secaban zonas de los pantanos. El último y terrible grito del héroe provocó un coro de asustados relinchos de los potrillos salvajes de aquel contorno; un coro cuyo eco se extendió y propagó por toda la amplísima zona de las marismas, llegando luego hasta los bosques lejanos. Era un estruendo de asustados relinchos que llenaban el aire de la zona. Un trágico grito animal que se confundía así con los rumores del río. Se diría un final de tragedia griega: el llanto de los equinos y el llorar del río, confundidos en una sola voz: una voz que lloraba como dicen que otrora lo hiciera la corriente del Sca-mandro cuando rasgó los aires también el grito final, la postrer llamada de auxilio de Héctor, el mitológico domador de caballos.

EL “MARTILLADOR” DE LA VIEJA INGLATERRA

La primera vez que Bob As apareció en Prato era, justamente, un lunes. En la plaza del Duo-mo, tras los puestos de los vendedores de baratijas, hizo nuestro hombre su aparición. Era un tipo descomunal, grande y fuerte como un Hércules, con manos como palas de remo, tórax de luchador y una espalda y unos brazos que parecían, realmente, muestrarios ambulantes de músculos y tendones. Su cabeza era pequeña, redondita y calva, pero unida al cuerpo por un poderoso cuello, fuerte como el de un toro. En su cara, que tenía algo de seráfica, lucía una sempiterna sonrisa.
Mas si la mitad superior del cuerpo era, como queda dicho, todo carne, músculo y poder, de fuerte osamenta y amplia complexión, las piernas, por el contrario, eran unas simples y puras cañas, afiladas, enjutas y flacas, que parecían haber sido talladas con un cortaplumas. Nunca se había visto —o al menos ésta era la opinión de los habitantes de Prato—, unas piernas de cristiano más flacas, más secas, ni más torcidas que aquéllas.
Parecía así un hombre especialmente diseñado para no valerse de aquellas extremidades; un hombre nacido para estar siempre sentado. Un Hércules de cintura para arriba y un flaco por antonomasia en lo que a piernas se refiere.
Para colmo de males iba vestido a la moda escocesa, luciendo por tanto una faldita que llegaba apenas a sus nudosas rodillas.
El extraño tipo, sin hacer ni el menor caso de la curiosidad que su atuendo despertaba, se instaló al pie del monumento de Magnolfi, abrió una maleta, grande como un baúl que hasta allí acarreara, y sacó de ella una alfombra muy enrollada, una bola de hierro provista de una anilla o argolla, un trípode plegable, un trompetín, una bandera inglesa, cuatro guantes de boxeo, un banquillo pequeño, una botella de whisky y, por último, un rollo que parecía contener algunos cartelones de esos que utilizan en su propaganda los vendedores ambulantes. Sin decir una sola palabra, colocó el asta de la bandera inglesa sobre el trípode, izando así, en plena plaza, los colores nacionales de la rubia Albión; luego, extendió la alfombra por tierra, alineó cuidadosamente sobre ella, en una orilla, los guantes, la bola y la botella, agarró con su manaza la trompeta e hinchó el pecho. Volviendo un poco la cabeza, echó una mirada a la muchachita que había ido hasta allí en pos de él y que en aquel momento preciso tomaba asiento en el pequeño taburete. Le dirigió una sonrisa llena de cariño y le hizo luego un gesto sonriente. Finalmente, tosió el atleta, escupió a una banda y, haciendo acopio de aire, sopló por la trompeta, para llamar de esta guisa la atención de las gentes.
Los lunes son días de mercado, por cuya razón la plaza principal del pueblo se halla concurridísima a todas horas. Queremos decir con esto que pronto una gran multitud rodeó al curioso hombre del faldellín. Apostaban unos a que el tipo aquél era un tragador de sables. Otros preferían creer que iba a echar fuego por las narices.
Cuando la concurrencia ya era lo bastante nutrida, se separó el hombre la trompeta de la boca y quedó ante su auditorio en postura de «firmes», pero más con un aire de gimnasta que de soldado, si hemos de ser veraces.
Luego, tras un leve saludo, se afianzó sobre aquellas entecas piernas, se dobló hacia abajo por la cintura, agarró con su mano diestra, por la argolla, la enorme bola de hierro y la fue levantando, lentamente, hasta la altura del pecho. En medio de un absoluto silencio, hizo luego un leve giro de muñeca y siguió extendiendo el brazo, ya hacia arriba, elevando así la pesa por encima de su cabeza.
Empezaron a oírse algunos rumores.
—¡Silencio! —bramó el atleta.
Y su auditorio comprendió bien pronto, al percatarse del acento, que aquél no era el Hércules de Pratolino sino un Hércules del extranjero. Es un romano, opinaban unos. No, un alemán, aseguraban otros. ¡Un inglés, hombre, un inglés! ¿O es que no veis la bandera?
En tanto que la demostración de fuerza proseguía, salió de entre la masa de espectadores un grito de: «¡Viva el Gambacciani!», ante el que todos los espectadores soltaron la carcajada.
El Hércules les despreció olímpicamente. Fue haciendo descender, lenta, muy lentamente, la pesada bola de hierro, hasta posarla en tierra con la suavidad de la mariposa. Luego, en seguida, hizo un par de movimientos respiratorios, tras lo cual empuñó con la siniestra el asta de la bandera, alzando con la otra mano, por encima de su cabeza, un gran cartelón, ya desplegado. Se leía allí, en grandes caracteres tipográficos:

«Éste es el invencible Bob As, campeón indiscutido de Escocia, veterano del ring, y llamado, por su potente pegada, el martillador de la Vieja Inglaterra.»

Bob se volvía a uno y otro lado para que así toda la concurrencia pudiera leer el anuncio. Luego, quiso él completarlo de viva voz y comenzó a pregonar a los cuatro vientos:
—¡Cuarenta años de boxeo! ¡Ciento y pico victorias! ¡Treinta medallas! ¡Diez dientes rotos en el curso de mis combates!
Al llegar a este punto de su perorata, abría los labios para que todos pudieran ver así las áureas piezas que habían venido a rellenar los huecos que en sus filas dentarias dejaron las pasadas luchas, las pasadas victorias.
Y en este momento preciso, la muchachita que le acompañaba, se puso en pie y comenzó a aplaudir entusiasmada: la claque hizo efecto y todos obsequiaron con sus aplausos al atleta extranjero.
Éste, tras un saludo de aire circense, colocó de nuevo la bandera sobre el trípode, plegó muy lentamente el cartelón y se hizo otra vez con la pesada bola. La asió con ambas manos y la tiró violentamente a lo alto; al caer ésta, la recogió, antes de que llegara a tierra, haciendo un alarde de musculatura.
A continuación, pasó a hacer toda una serie de ejercicios gimnásticos con la referida pesa, demostrando ampliamente de esta suerte cómo él, con una sola mano, podía hacer cuanto quisiera con aquel chisme, despreciando por entero su enorme peso, la ley de la gravedad y demás zarandajas por el estilo. No hay como una buena musculatura para salvar esos pequeños escollos.
—¡Cincuenta liras le daré, sí señores, sí, a aquel que logre alzar esta bola con una sola mano! ¡Cincuenta hermosas liras! ¿No hay nadie que lo intente?
Dejó la bola sobre la alfombra, puso un pie sobre ella, cruzó sus musculosos brazos sobre su no menos musculoso pecho, miró olímpicamente a derecha e izquierda y quedó, por fin, mayestático, como un gran Titán vencedor de arduo combate.
—¡Viva el campeón de Escocia! —gritó la muchacha, fiel a su misión de enardecer a las masas.
La multitud volvió a aplaudir a Bob As. Algunos había que miraban ya a la bola como considerando, en su fuero interno, qué posibilidades había de ganarse aquel medio centenar de liras.
—¡Debe pesar bastante! —opinaba uno.
—Más de cien kilos, creo yo —apuntaba otro.
—Que viene a ser media lira por kilo —completó un tercero—. ¡No está mal el precio!
Las mujeres, entonces, comenzaron a animar a los hombres.
—¡Hala, muchachos, ganaos las liras e invitadnos luego!
—¿Tienes miedo, Fulanito?
—¿No puedes con ella, Zutano?
—¡Que no se diga, Mengano, con lo que presumes tú de atleta con las mujeres!
Ante las voces de las hembras, los hombres empezaron a mirarse entre sí, pensando cada cual para su capote a quién de ellos le tocaría hacer el ridículo, pasando a ser la inocente víctima que precisaba el buen humor general. Sin mediar palabras, parecieron ponerse todos de acuerdo: rodearon a un fuerte muchachote de pelo rojo y, quieras que no, le fueron empujando, encaminando hacia la alfombra en la que se hallaba el hércules escocés. El pelirrojo se revolvía y trataba de liberarse; demostrando no tener demasiadas ganas ni de hacer ejercicios físicos ni de hacer, claro está, tan descomunal ridículo. Pero cuando llegó a tiro del de las falditas alargó éste su descomunal manaza, asió al muchacho por un hombro y, de un brusco tirón, le plantó a su lado, junto a la infernal bola de hierro que, a los ojos del paisano, parecía ir ganando en peso y en tamaño cuanto más de cerca la contemplaba. Con una presión de sus fuertes dedos, Bob obligó al italiano a inclinarse sobre la bola de hierro. Una vez en tal postura, no le quedó al joven más remedio que intentar la hazaña. ¡Peor iba a quedar ante los ojos de sus camaradas si ni tan siquiera intentaba levantar el peso! Consecuentemente, pasó la mano por la argolla, enderezó algo el espinazo, hinchó a conciencia los pulmones y comenzó su intento.
—¡Ánimo! ¡Fuerza! ¡Adelante, valiente! —le animaban sus paisanos.
Concentrando energías y tensando bien los músculos, logró, poquito a poquito, levantar la descomunal bola un palmo sobre el suelo; otro esfuerzo y otro palmo más arriba, luego, a fuerza de sudores, otro palmo más en altura; la bola iba llegando ya al nivel de su cintura. Quedaba ahora, justo y precisamente, lo más difícil: hacer girar la muñeca, con la bola a cuestas, para que el brazo pudiera comenzar su marcha hacia las alturas y hacia las cincuenta liras prometidas. Sudando a chorros, con los músculos y los tendones a punto de reventar, el muchacho comenzó la difícil operación. Su cuello estaba hinchado por la tensión; su espalda contraída y, desgraciadamente para él, el tórax demasiado avanzado e inclinado. Y a causa de este defecto —bueno, y de la falta de fuerzas quizás—, el caso es que en el momento crítico, en el punto culminante, la bola pudo más que el titán en ciernes y ¡allá fueron ambos, hombre y bola, de cabeza hacia el suelo! La multitud, claro está, estalló en una abierta y general carcajada. Bob As estaba preparado para el quite. Y al ver lo que sucedía, lanzó disparada una de sus manos con la que agarró al hombrecillo por el cogote impidiéndole así que se estrellase de narices contra la alfombra. Una vez conseguido esto, le agarró con la otra por el fondillo de los pantalones y a la voz de ¡ahí va eso! lanzó al fracasado pelirrojo sobre el grupo de amigos que le habían inducido a probar sus fuerzas. Le cogieron éstos en vilo, en medio del general regocijo, obsequiándole seguidamente con un descarado abucheo.
Bob As quedó invicto, sobre su alfombra, los brazos cruzados sobre el pecho, con aire de Titán presumiendo a ojos vistas de aquellas asombrosas facultades con las que le obsequiara la Naturaleza. Miraba de reojo a derecha e izquierda, saboreando el fracaso de aquel pobre competidor que tan maltratado quedara en el inútil empeño. Mas he aquí que en aquel preciso momento, un can, un vulgar chucho, salió por debajo de las piernas de los espectadores y, sin el menor alarde de miedo ni de desconfianza, se dirigió resueltamente, con pasitos cortos, hacia el héroe de la jornada. Pisó la alfombra, miró a la partenaire del campeón, se acercó a la bola de hierro, la olfateó con mucho cuidado, levantó descaradamente una de sus patas traseras contra aquella bola de hierro que nadie, salvo de héroe, lograba levantar a pulso. Y mientras ocurría lo que inmediatamente pasó, lo que en tales casos es fuerza que pase, se quedó el perro mirando descaradamente al as del boxeo escocés, sin reconocer, al parecer, ni sus méritos ni su universal renombre. El regocijo de la multitud no es para ser descrito. Las carcajadas elevaban su coro al aire, y la gente se retorcía materialmente de risa. Pero Bob no logró ver la cosa por su lado humorístico, ni mucho menos. Aquel odioso can venía así a mancillar su triunfo, a sumirle en el más espantoso de los ridículos, cuando precisamente estaba logrando uno más en su larga carrera de éxitos. La rabia pudo más que la flema británica. Agarró al maldito perro por la cola, alargó el brazo, tensó los músculos y comenzó a voltear al chucho por encima de su cabeza, como hacen los vaqueros del lejano Oeste con sus famosos lazos de cuerda. Después, con un impulso final, largó al bicho por los aires: el pobre perro salió como la piedra de una honda. Cruzó los aires por encima de la multitud, pasó por lo alto del monumento a Magnolfi y luego, en una limpia trayectoria, fue a caer, o a aterrizar, encima del puesto de un vendedor de buñuelos. La gente lo estaba pasando maravillosamente bien. Ni tan siquiera en el circo, ni en los títeres, se habían reído tanto en los últimos tiempos. ¿Cuál será, se preguntaban, el próximo número?
Pues bien, aunque ellos no lo supieran, el próximo número estaba ya comenzando: Un hombretón robusto como un roble, gordo como una vaca, y con el rostro colorado por la rabia, se abalanzó sobre el «martillador» de la Vieja Inglaterra, gritando a grandes voces:
—¡Ahora te enseñaré yo a hacer volar a mi perro!
Agarró al escocés fuertemente por el brazo y comenzó a propinarle furiosas bofetadas con la otra mano.
Era Carnaccia, el casquero de la calle de Porcellatico, famoso por sus kilos, por su fuerza y por su mal humor sempiterno. De modo y manera que ahora se les ofrecía así, gratuitamente, un ameno «match» de lucha libre. [Buena estaba la cosa! ¡Más valdría no perderse ni un detalle! Conque claro está, las filas se apretaron más y todos, o casi todos, se pusieron de puntillas para ver mejor, sobre las cabezas de los que se hallaban delante, aquel descomunal y divertido combate.
—¡Hala, hala, Carnaccia, dale fuerte!
Ante aquel impensado ataque, Bob As quedó un poco desconcertado, con lo cual hubo de encajar las dos primeras bofetadas. Gracias a ellas reaccionó rápidamente; se deshizo de la presa y con unos pasos típicos del ring, puso una prudencial distancia entre él y su enemigo, largándole luego dos descomunales trompazos.
—¡Contesta, casquero, no te guardes ésas! —le gritaba la gente.
El bueno de Carnaccia quiso responder a los golpes, pero el boxeo no se había hecho para él. Cada vez que intentaba acercarse, se encontraba de plano con los puños de su enemigo. Si se retiraba un poco la gente le llenaba de insultos. Así pues, meditó rápidamente un segundo y se decidió a atacar a su estilo. Dio unos pasos atrás, despreciando los comentarios, tomó impulso, y se lanzó como una tromba sobre el boxeador de las f alditas, sin tener en cuenta el par de pescozones que le pillaron por el camino. Cayó con todo su enorme corpachón sobre el inglés, quien ante aquella embestida, más propia de un toro furioso que de un hombre, fue por tierra, recibiendo encima de sí todo el peso del enfurecido casquero.
—¡Ah, traidor! —gritó el pobre en un ronco aullido.
La masa de gente aplaudía enardecida ante la aparente victoria de su paisano. Pero cuando los aplausos estaban aún sonando, ya se encontraba nuevamente en pie Bob As, en su peculiar postura de boxeador, incitando a su enemigo a que se lanzara para poderle dar el castigo que se había merecido. En vista de que éste no lo hacía así, Bob le agarró con la izquierda por el cuello, hizo presión con sus dedos, obligándole a levantarse. Y tan pronto como el gigantón se separó del tapete, un espantoso gancho fue a parar a sus narices de las que comenzó la sangre a brotar a chorros. Un nuevo golpe en el mentón y el dueño del perro cayó por tierra con la misma fuerza y el mismo desplome con que su can cayera, pocos minutos antes, sobre el montón de buñuelos recién hechos.
Aquel espectáculo no fue ya del agrado del respetable público. Una cosa es una broma y otra que la sangre ande ya por medio. Así, y mientras que unos se ocupaban de recoger al pobre y maltrecho vendedor de tripas, los otros se lanzaron sobre el extranjero, tratando de darle, simple y llanamente, una descomunal paliza. El inglés luchaba por desasirse de aquella lluvia de manos que caía sobre él, pretendiendo agarrarle y tirarle por tierra. Pero a pesar de su habilidad y de su fuerza, no creemos le hubiera ido muy bien en aquel desigual combate. Afortunadamente, el escándalo era ya demasiado grande para pasar inadvertido, y así fue cómo se presentó en la plaza un piquete de guardias dispuestos a poner orden. Repartiendo algún que otro porrazo lograron atravesar la compacta fila de luchadores, llegando hasta el apurado inglés, al que salvaron del linchamiento, formando —entre él y la multitud— una barrera con sus propios cuerpos.
—¡Calma, calma, señores! ¡Dejen este asunto de nuestra cuenta!
La multitud respondía:
—¡A la cárcel con él! ¡Ponedle las esposas! ¡Es un peligro público! ¡Es una auténtica fiera!
Los guardias, los propios guardias, eran los primeros que deseaban llevárselo de allá, para evitar las contingencias que pueden surgir cuando la multitud se halla enardecida y enfadada en sumo grado. De forma que, haciendo siempre un corro alrededor del prisionero, comenzaron a cruzar la plaza, en un extraño desfile, dirigiéndose hacia la Prevención, seguidos siempre del gentío que continuaba obsequiando al atleta con los peores insultos. Éste no había abandonado, entretanto, sus útiles de trabajo; iba detenido, sí, pero eso no impedía que antes de partir hubiese metido bajo su fuerte brazo, la bola de hierro, los cartelones, la botella de whisky, el trípode, los guantes de boxeo... En la otra mano, llevaba orgulloso la bandera inglesa. Al marchar, miró despreciativo a la gente y clamó:
—¡Está salvado el honor de Inglaterra!
La muchachita, con cara de asustada, seguía a prudencial distancia al escocés, la mirada gacha, temiendo sin duda que la gente pudiera luego emprenderla con ella. Parecía un pobre-cito perro apaleado, sin amo, un pajarito sin recursos y sin nido en el que cobijarse. Iba despacito, despacito, tras el extraño cortejo tosiendo de vez en cuando cavernosamente.
Por algún tiempo, no se supo más del extraño atleta ni de su desmedrada compañera. Corrió la noticia de que éste había pasado una quincena en la cárcel por el delito de promover escándalo en la vía pública. Otros, los más enterados, afirmaban que si le habían puesto en libertad era tan sólo para que pudiera acompañar así, en su último viaje, a la infortunada muchachita, desde el hospital hasta el camposanto de la iglesia nueva.
Tras el fúnebre carromato iba el entristecido atleta —con los ojos bajos, y resonándole en el pecho unos sollozos que partían el alma. Cuando el ataúd bajó al fin a la fosa, cayó el hombre-tón y comenzó a llorar, desaforadamente, llamando a grandes voces a la muchachita por su nombre.
Al siguiente día, y a la caída de la tarde, cuando ya los mercaderes se hallaban desmontando sus tenderetes, Bob As apareció de nuevo en la plaza del Duomo, con una mirada ausente y como extraviada. Paró en un rincón, abrió la maleta, sacó su bandera y su bola de hierro. Sin mirar a nadie, sin decir una sola palabra, ató el cabo de una soga a la anilla de la referida bola. Con el otro extremo de la cuerda hizo una especie de lazo corredizo y pasó éste luego por su cabeza, quedando así tal lazada alrededor del poderoso cuello del inglés. Con la mano izquierda sujetó la bandera; con la derecha, asió la bola y así, a pasos largos y cansinos, se dirigió lentamente hacia el Borgo. Unos pasos más allá, se paró y miró por última vez a su pesada maleta, como si quisiera decirle adiós para siempre.
Una nube de chiquillos se juntó pronto a su alrededor, ávidos de ver lo que aquel extraño sujeto iba a hacer: creían que era un nuevo espectáculo del boxeador extranjero. Pero éste los despreció, ignorándolos por completo. Ni tan siquiera parecía darse cuenta de su presencia.
Reanudó la marcha, siempre con la bandera y la bola a cuestas. Cien metros más allá, paró de nuevo. Depositó la bola en tierra, sacó de su bolsillo una cinta negra y la anudó luego cuidadosamente en lo alto del asta de su bandera. Cargó otra vez con ella y con la pesa y, con la mirada perdida en la lejanía, siguió su lenta marcha. Su cara estaba pálida, blanca, como sin vida. Pero una extraña sonrisa, una triste y desalentada sonrisa, parecía haber quedado grabada indeleblemente en su boca. Cruzó la plaza, pasó por debajo de los pórticos, torció una esquina y llegó, paso a paso, al puente del Mercatale.
El río Bisenzio corría allá abajo; sus aguas tumultuosas chocaban contra los pilares del puente; venía el río en plena crecida y se formaban así, en diversos lugares, fuertes remolinos de un color pardo sucio. Un rumor sordo acompañaba a la corriente en su paso por el pueblo.
Bob As izó, a fuerza de brazo, la pesada bola de hierro sobre la barandilla del puente; luego, la bandera. Y finalmente, a pleno pulso, fue alzándose él sobre el pretil. Pasó primero, sobre la barandilla, su vientre; después, sus muslos, hasta que con una flexión de piernas, quedó en pie, la bola en la mano, sobre el borde de la metálica barandilla.
Tenía un aspecto extraño. Su rostro era gris, terroso, como del color de las sucias aguas del río. Se mantenía allí en vilo, luciendo su cuerpo de atleta y sus piernas contrahechas. Con su mano derecha sujetaba la bola de hierro que tantas veces levantara ante el asombro del público. Con la izquierda, la bandera enlutada de su lejana patria.
Quedó inmóvil un momento, meditando. Después despacio, despacio, con los ojos brillantes por las lágrimas, besó con cariño, con un mudo recuerdo, el negro crepón que minutos antes atara al asta de su bandera. Hinchó luego el pecho, miró hacia abajo y, sin una palabra, sin un quejido, se lanzó para siempre jamás, a las turbias aguas de la corriente del río.


LA MADONNA DE LOS PATRIOTAS

Lo poco que ha influido Arezzo siempre en los asuntos toscanos no tiene, a mi modo de ver las cosas, justificación alguna. Los naturales de tal ciudad, los aretinos por tanto, tienen la nariz lo suficientemente recta para no desmerecer de los demás toscanos. Y, sin embargo, con todo y con eso, parecen estar confinados allí como a trasmano, por no decir incluso que quedan ya fuera de la gracia de Dios. Por la espalda, geográficamente hablando, tienen a los romanólos, de quien nuestra Señora del Consuelo nos libre; por el lado de oriente, a los enfermizos umbros de Ciudad del Castillo; por delante, a los sieneses a quienes san Donato se los lleve y luego, por la parte de occidente, que es la que nos resta, a los florentinos, nada menos, a los que así san Antonio meta en un saco y quiera llevárselos al mercado de Padua a venderlos como bellotas.
Los aretinos tienen hoy algo más en qué pensar que en ir a buscar las cosquillas a los demás toscanos; se quedan pues en sus casas donde, dicho sea de paso, tienen bastantes cosas que hacer, ya que los líos de familia, de gran familia, nunca escasean por aquellos contornos. Si cada cabello arrancado en el seno de aquel pueblo quisiera transformarse un buen día en árbol, ¡ya verían ustedes lo que eran bosques tupidos y densos! Pero menos mal que mientras se desmelenan así, mutua y recíprocamente, no tienen tiempo para exportar tales peculiares actividades. De otra forma, ¿quién estaría a salvo de los humores de Arezzo?
Consecuentemente, rara vez se salen de su marco para incordiar al prójimo. Pero cuando lo hacen ¡sálvese el que pueda!, ya que los are-tinos tienen la rara especialidad de sembrar vientos, quitándose luego del paso para dejar acá, galantemente, que sean los demás quienes recojan tempestades. Y esto no es un aserto gratuito. Esto, sin ir más lejos, lo saben al dedillo los franceses que, por haberse arriesgado a plantar su árbol de la libertad en Arezzo, el malhadado día 7 de abril de 1799, estuvieron en un tris de salir de Italia con una marca clarísima de bota en su dorso, un poquito más abajo de donde se les acaba la espalda.
El hecho, como todos los demás que luego siguieron, ha sido narrado en gran número de opúsculos y de manuscritos, de los que se lucieron eco todos los diarios de aquellas épocas. Figuraron también en las proclamas, cartas, estampas e incluso caricaturas que se hallan conservadas —por si alguien desconfía— en la Biblioteca de la Hermandad de Nuestra Señora de Arezzo. Y todos estos documentos deberían ser leídos por todo buen toscano para aprender así, de antemano, a no dejarse sorprender por un posible recrudecimiento de los malos humores aretinos. Aprenderían así, ya de paso, a ponerse a salvo cuando el barómetro barrunte tempestades por aquellas duras zonas de la Italia. En tal ánimo, en tal estado de espíritu, podrían también hojear las obras conservadas en el Archivo del Estado de Florencia, entre las cuales figuran el Diario de Ausano Per-pignani, los testimonios de las Actas resueltas por S. A. R. y por el Senado florentino durante todo el año de marras, los relatos de los inspectores de Policía y variar cartas anexas.
Pero volvamos a nuestra historia de los franceses y aprendamos así, nosotros también, a no plantar ninguna clase de árboles en los huertos de Arezzo.
Después de las vísperas, nos narra Ludovico Albergotti en el manuscrito número 24 de la Biblioteca de la Hermandad de Santa María de Arezzo, sucedió que, por Domingo Pignotti, fanático afrancesado, fue izado en medio de la plaza mayor del pueblo el árbol de la libertad, a los sones de una banda y ante los reiterados ¡vivas! de unos cuantos muchachos —más pagados para ello que los músicos— y a quienes acaudillaba el afrancesado ya referido. Tan odiada enseña consistía en un mástil, todo pintado a rayas con los colores de la tricolor enseña francesa, y en cuyo tope campeaba altiva la bandera de los invasores.
Tan impía maniobra fue mirada, con ojo receloso, por algunos aretinos, en cuyos meollos no se fraguaba, ya, de seguro, nada bueno.
Culminó después el acto en un pequeño discurso: unas cuantas palabras, más o menos apropiadas, leídas, ¡para colmo!, por un sacerdote piamontés, preceptor de la casa de Canuto Albergotti. Los escasos espectadores oyeron, con auténtico horror, las palabras del religioso.
Pero bueno, en rigor de verdad, nada o casi nada había pasado hasta tal momento. El olor de los palos llegó después.
Los franceses habían hecho su entrada triunfal en Arezzo el día anterior, 6 de abril, pero claro está que tal llegada no había alegrado a nadie, si descontamos los jacobinos. «El resto de la población mostróse de malísimo humor y especialmente los campesinos, quienes, por ser sábado de feria, habían acudido en gran número a la ciudad.» Con este ambiente hostil iba transcurriendo la primera jornada. Su fin se compuso a base de proclamas y de edictos que vinieron, claro, a complicar más aún las cosas.
Mas hemos de hacer constar, antes de pasar a relatar ese punto concreto, que algunos aretinos, de esos que siempre quieren dar la razón a todo el mundo, se apresuraron a fabricarse escarapelas tricolores para lucirlas en seguida sobre sus ropas. Y estos «algunos» eran los de siempre, ¿me comprenden ustedes?, esos que todo lo hacen, según dicen ellos, por política, por contemporizar y por todas esas zarandajas.
Mas luego resultó que los «invasores» sacaron a la luz un edicto por el cual todos los ciudadanos tenían que enrolarse, que quieras que no, en la guardia nacional, realizando sus buenas horas de guardia. Como quiera que, al parecer, este edicto no bastaba, se sacaron otro de la manga, en el que se decía que toda persona de alcurnia estaba obligada a alistarse en tales fuerzas, sin excluir de tal obligación ni tan siquiera a los curas ni a los nobles. Añadían luego que, el que así lo quisiera, podía zafarse de cada guardia mediante el pago de tres paulos (medias liras), lo cual no era nada baladí en aquel entonces. Con todo y con eso, el primer día no quedó nadie exceptuado por razón alguna, y ello suscitó, como es lógico, la indignación popular. Era un espectáculo bufo aquél de ver a los nobles y a los clérigos haciendo guardia, el tricornio allá en la nuca, las cartucheras colgando a la altura del ombligo y el fusil sostenido como si de un cirio de procesión se tratase.
Yo creo que entre las razones, entre las muchas razones, que pueden justificar la revuelta, tiene mucho peso ésta del decreto que venía a ridiculizar a elementos tan importantes como el clero y la nobleza.
Pero en la hoguera había, por ende, muchos otros leños: estaba la vejación de que el pueblo era objeto por parte no ya de los franceses, sino de los mismos afrancesados y jacobinos: el absoluto desprecio que todos éstos sentían por las cosas religiosas, la tan cacareada crueldad republicana e incluso las mil supercherías del capitán Lavergne, comandante militar de la plaza. A manera de ejemplo, se podría citar las tropelías y latrocinios de los comisarios franceses: uno de ellos, tras un viaje de inspección, «partió para Cortona y tras de haber limpiado allí todas las cajas públicas, volvióse a Florencia con algo más de siete mil escudos».
Total, que las cosas iban de mal en peor sin que nadie, por innecesario, se dedicara a echar leña al fuego. Al mes de haber entrado los invasores, todas las gentes del pueblo enviaban ya a sus niños y a sus perros a regar el árbol, si me permiten señalarlo de tal manera. Y añadiremos que para tal fecha, habiendo pasado tan sólo un mes, como antes digo, el curioso mástil estaba ya por tierra, derribado y maltrecho.
Mas no es justo que hablemos todavía del jaleo, sin que les pongamos a ustedes al corriente de cuál fue el estado de ánimo reinante, y sin relatarles ce por be cuáles y cómo fueron las chispas que encendieron la descomunal hoguera. Volvamos, pues, al principio.
Antes de terminar el día 12 de abril, esto es, pasadas apenas dieciocho horas de la entrada del general francés en Florencia por la Puerta de San Galo, quince horas después, por tanto, de la partida del Gran Duque Fernando III, los patriotas florentinos, luceses y pistoianos se habían ya sublevado. He de decir, con dolor, que en Prato todos callaban. Yo soy de Prato, mas de haberme hallado allí todo hubiera acontecido de muy distinta manera.
Conque tenemos que en todas esas zonas o regiones estalló un primer chispazo de rebelión: los jacobinos y los afrancesados, por serlo, se ganaron las primeras palizas. Y de aquí que, cosa curiosa, éstas parecieron servir de desahogo a los paisanos, quienes se fueron tranquilizando luego poco a poco.
Y aquí fue donde, según las viejas crónicas, intervino la Providencia para hacerles ver que el invasor estaba aún pisando el suelo italiano, con lo cual la obra no estaba terminada todavía.
Nos cuenta Brigidi, en el opúsculo que sobre los jacobinos y los realistas se imprimió en Siena, en 1882, en la tipografía de Torrini y que incluso Zobi confirma en su Historia Civil de Toscana (editada en Florencia, por Molini, en 1815), que la florentina Virgen de la Concepción, en la vía Cerezo, amaneció un día dispuesta a hacer milagros, con lo cual pasó a hacer florecer los lirios marchitos que rodeaban su capilla. Tan pronto como la gente se dio cuenta, acudió en visita a la Virgen llevando ramos y más ramos de lirios marchitos. Y, efectivamente, ante el altar, los lirios reverdecían. En Prato, la Virgen de las Miradas, que si bien es pratense no quiso ser menos que la advocación florentina, restableció de paso la reputación de mi ciudad, comenzó a llorar y a sudar sangre «para demostrar la ira de los cielos contra los jacobinos toscanos, impíos escarnecedores de la religión y de los santos Ministros de Dios». En Certal-do, la Virgen María comenzó a aparecer cada tarde en lo alto de una cueva enclavada junto al Santuario de las Grutas. Claro que los franceses y los jacobinos dijeron luego que no era sino una muchacha del pueblo llamada Marinari... Pero, ¡bueno, ya saben ustedes cómo son unos y otros!
Y en la tienda de un barbero de Siena, una Virgen Dolorosa, pintada al óleo y tan ennegrecida que parecía haber sido bañada en hollín, empezó a lanzar destellos bajo sus párpados, tal vez en honor de Pío VI, fugitivo, y de paso por Siena. Los deslenguados ya referidos, proclamaron que aquel óleo no representaba ni tan siquiera a la Virgen, sino que era un viejísimo grabado de Cleopatra con el áspid. Pero, es lo que digo yo: algo tiene que calumniar la gente cuando empiezan a producirse milagros en su contra, ¿no?
¿Y qué hizo la Virgen de Montalcino? Pues abrió y cerró los ojos ante la vista de numerosos testigos.
Fue una suma tal de milagros por toda Tos-cana que ya llegaba uno a pensar si no se habrían convertido todos aquellos terrenos en tierra de Dios, en infierno de los franceses, en purgatorio de los malos ciudadanos jacobinos y en paraíso destinado a los magníficos patriotas.
Pero el milagro nunca visto, el milagro fuera de serie, ocurrió precisamente en Arezzo y fue algo, como digo realmente extraordinario. Dicho así en pocas palabras, la cosa fue que la Virgen del Consuelo alquiló un día un carruaje y se hizo pasear por toda la ciudad. Mas como la cosa requiere explicaciones —lo comprendo—, pasaré a dárselas a ustedes con sumo gusto.
Adolfo Ramini, en su opúsculo titulado, El 1799 en Toscana —editado en 1906, en la región de Reggio Emilia, y en la imprenta de Ste-fano Calderini— nos cuenta que en la mañana del día ya citado, 6 de mayo, algo pasadas ya las siete horas, un carruaje procedente de la vecina hacienda de Frassineto, en el Valle del Pantano, entró en la ciudad por la Puerta del Espíritu Santo a todo correr de su caballo. En el coche se hallaban un hombre y una mujer que asía una bandera italiana desplegada. Sin aminorar su marcha, cruzaron la ciudad de una punta a otra, pero a tal velocidad, tan de prisa, tan de prisa, que no podían tratarse de humanos. El clero, que algún interés tenía también en ello, confirmó la suposición del pueblo: los dos personajes que recorrían la ciudad, haciendo gala de patriotismo, no eran otros que la Virgen del Consuelo y el mismísimo san Donato, patrón de los aretinos. De esta manera incitaban a sus protegidos, con claridad meridiana, a barrer de aquellas pacíficas tierras a los franceses, por invasores, y a los jacobinos por renegados y por vendidos.
Éste era el mensaje de la Virgen Patriota, de la Virgen de los valientes, que no podía tolerar, por tanto, ni aquellos escarnios ni los turbios manejos de los afrancesados recalcitrantes. Era la Juana de Arco de la región, la abanderada de los que estaban dispuestos a romper sus duras cabezas sobre los tricornios de los franchutes: hela aquí recorriendo Arezzo en un coche, junto a san Donato, quien, seguro, seguro, sentiría el pobre no poder tomar parte personal en la refriega.
El misterioso auriga fustiga el velocísimo caballo, ¡ohé! ¡ohé! y van cruzando así una y otra calle, ¡ohé! ¡ohé!, levantando los ímpetus guerreros y patrióticos de los lugareños.
El pueblo revive, abre las ventanas y mira aturdido: hasta la brisa de la templada mañana parece tener, en su seno, los colores de la bandera de Italia. Suena por sobre los árboles el ¡ohé! ¡ohé!, del cochero y su eco más parece ser un toque de rebato. ¡Ohé, ohé! ¡Paso a la Virgen del Consuelo! ¡Paso libre a la Madonna de los Patriotas!
Por la esquina, entre una nube de polvo, surge ya la carroza. El auriga, en el pescante, fustiga suavemente el caballo, que corta el viento, que no pisa tan siquiera el suelo. Y luego, en el asiento, ¡ved a san Donato cómo nos mira, nos anima y nos sonríe! ¡Ved a la Madonna de los Patriotas, vestida de púrpura y azul, cómo despliega la bandera, nuestra bandera, y cómo nos mira con sus ojos protectores!
¡Halalí! ¡Arriba los hombres de Arezzo! ¡Halalí, arriba muchachos, jóvenes y ancianos! ¡Halalí!
¡Halalí por la Virgen valiente! ¡Halalí por la Madonna de los italianos!
«Y pronto el pueblo, ya propicio a la revuelta, al grito de ¡Viva María! y ¡Viva Fernando!, se sublevó y desfogó su odio contra el ridículo árbol de la libertad que pronto, hecho astillas, fue pasto de las llamas.»

El reloj de darwin


LA CIENCIA DE MUNDODISCO 3
EL RELOJ DE DARWIN

Terry Pratchett, Jack Cohen, Ian Stewart


Con respecto a Mundobola
Mundodisco es real. Es la manera en que los mundos deberían funcionar. Indudablemente, es plano y va por el espacio sobre el lomo de cuatro elefantes parados sobre la caparazón de una tortuga gigante, pero consideremos las alternativas. Consideremos, por ejemplo, un mundo globular, una simple corteza sobre un infierno de roca y hierro fundidos. Un mundo accidental, hecho con los restos de viejas estrellas, el hogar de la vida que, sin embargo, de un modo sumamente poco atractivo, es segada con regularidad de su superficie por hielo, gas, inundaciones o rocas que caen a 20.000 millas por hora.
Un mundo así de improbable, y todo el cosmos que lo rodea, fue -de hecho- creado por los magos de la Universidad Invisible. El Decano de la Universidad Invisible desestabilizó el firmamento en bruto al juguetear con él, con la posibilidad de que haya resultado en la creencia, si la memoria de la gente se extiende a nivel de las partículas sub-sub-sub-subatómicas, de que todo fue efectivamente hecho por alguien con barba.
De infinito tamaño en el interior, pero de más o menos un pie de diámetro en el exterior, el universo de Mundodisco está ahora guardado en un globo de vidrio en la UI, donde ha sido fuente de gran interés y preocupación.
Principalmente, es fuente de preocupaciones. Para alarma general, no contiene narrativium.
El narrativium no es un elemento en el significado corriente. Es un atributo de todos los otros elementos, por lo tanto los convierte, en un sentido oculto, en moléculas. El hierro no sólo contiene hierro, sino también el relato del hierro, la historia del hierro, la parte del hierro que garantiza que continuará siendo hierro con un trabajo de hierro que hacer, y que no es, por ejemplo, queso. Sin narrativium, el cosmos no tiene historia, ni propósito, ni destino.
Sin embargo, bajo la antigua regla mágica de Así Como Arriba Es Abajo, el defectuoso universo de Mundobola se esfuerza a cierto nivel por crear su propio narrativium. El hierro busca a otro hierro. Las cosas giran. Ante la ausencia de algún dios que cree la vida, la vida ha logrado crearse a sí misma, a pesar de todo. Sin embargo los humanos que han evolucionado en el planeta creen de corazón que hay cosas tales como dioses, magia, propósito cósmico, y una-posibilidad-en-un-millón de que surjan nueve de cada diez veces. Buscan en el mundo historias que el mundo, por desgracia, no está equipado para contar.
Los magos, sintiéndose algo culpables por esto, han intervenido varias veces en la historia de Mundobola cuando les parecía que estaba mal encaminado. Alentaron a los peces (o criaturas parecidas a peces) a dejar los mares, visitaron las proto-civilizaciones de descendientes de dinosaurios y cangrejos, se desesperaron por la manera en que el hielo y los cometas que caían borraban a menudo formas de vida más elevadas —y encontraron algunos monos que estaban obsesionados con el sexo y aprendían rápido, especialmente si el sexo estaba involucrado o podía, con considerable ingenuidad, involucrarse.
Otra vez los magos intervinieron, enseñándoles que el fuego no era para tener sexo con él y en general alentándolos a salir del planeta antes de la siguiente gran extinción.
En esto, todos fueron guiados por Hex, la mágica máquina pensante de la UI, que es enormemente poderosa en todo caso, y con Mundobola, que desde el punto de vista de Hex es una simple subrutina de Mundodisco y es prácticamente divino, aunque más paciente.
Los magos piensan que han solucionado todo. Los monos han aprendido sobre su mundo en permanente peligro por medio de un tipo de tecnomancia llamada Ciencia y todavía pueden librarse de un destino de congelación.
Y sin embargo...
La cuestión sobre los planes mejor preparados es que casi nunca salen mal. A veces salen mal, pero no a menudo, por haber sido, como se dijo anteriormente, bien preparados. La clase de planes preparados por los magos, que se empujan, gritan mucho, tratan de solucionar todo antes de la hora de almorzar y desean lo mejor, por el contrario... bueno, salen mal casi al instante.
Hay una clase de narrativium en Mundobola, si uno realmente mira.
En Mundodisco, el narrativium de un pez le dice que es un pez, que fue un pez, y que continuará siendo un pez. En Mundobola, algo dentro de un pez le dice que es un pez, que fue un pez... y que al final podría ser otra cosa...
... quizás.


CAPÍTULO 1
Cualquier otro asunto
Estaba lloviendo. Esto, por supuesto, sería bueno para los gusanos.
A través de los chorros que corrían por la ventana, Charles Darwin miraba el jardín.
Gusanos, miles de ellos, ahí afuera bajo la suave lluvia, convirtiendo los desechos del invierno en marga, construyendo el suelo. Qué... conveniente.
Los arados de Dios, pensó, e hizo una mueca. Eran los rastrillos de Dios los que lo atormentaban ahora.
Era extraño oír el sonido de la lluvia; parecía personas susurrando...
En ese punto, notó el escarabajo. Estaba trepando el interior de la ventana, una joya tropical verde y azul.
Había otro, más arriba, golpeando de manera estéril contra la hoja de vidrio.
Uno aterrizó sobre su cabeza.
El aire se llenó con la vibración y el zumbido de las alas. Encantado, Darwin giró para mirar la brillante nube en la esquina de la habitación. Estaba tomando forma...

Es siempre útil que una universidad tenga una Cosa Muy Grande. Ocupa a los miembros más jóvenes, para alivio de sus mayores (especialmente si la CMG está ubicada a cierta distancia del mismo centro de enseñanza) y gasta mucho dinero que de otra manera andaría por allí causando problemas, o sería utilizado por el departamento de sociología o, muy probable, ambos. También ayuda a ampliar límites, y no importa mucho qué límites son, ya que como cualquier investigador le dirá, lo que importa es empujar, no el límite.
Es una buena idea, también, que sea una CMG más grande que la de cualquiera y, en particular, siendo ésta la Universidad Invisible —la mayor universidad mágica del mundo—, que sea más grande que la que esos bastardos están construyendo en la Universidad de Braseneck.
—A decir verdad —dijo Ponder Stibbons, Director de Magia Aplicada Inadvertidamente—, la de ellos es realmente apenas una CBG, o Cosa Bastante Grande. ¡En realidad, han tenido tantos problemas con ella, que es probable que sólo sea una CG!
Los magos superiores asintieron con felicidad.
—Y la nuestra es sin dudas más grande, ¿verdad? —dijo el Prefecto Mayor.
—Oh, sí —dijo Stibbons—. Basándome en lo que puedo determinar por la charla con gente de Braseneck, la nuestra será capaz de empujar límites dos veces más grandes hasta tres veces más lejos.
—Espero que no les hayas dicho eso —dijo el Conferenciante en Runas Recientes—. No queremos que construyan una... una... ¡una CAMG!
—¿Una qué, señor? —dijo Ponder con cortesía, mientras su tono decía, "Conozco sobre esta clase de cosas especiales y preferiría que no pretenda que usted también”.
—Hum... ¿una Cosa Aun Más Grande? —dijo Runas, consciente de estar acercándose a un territorio desconocido.
—No, señor —dijo Ponder, con gentileza—. El próximo a construir sería una Gran Cosa Grande, señor. Se ha postulado que si alguna vez pudiéramos construir una GCG, conoceríamos el pensamiento del Creador.
Los magos se quedaron en silencio. Por un momento, una mosca zumbó contra la alta ventana con montantes de piedra, con su imagen en cristales de color del Archicanciller Sloman Descubriendo la Teoría Especial del Slood, y luego, después de depositar una pequeña mota de mosca sobre la nariz del Archicanciller Sloman, salió con precisión a través de un diminuto agujero en un panel, causado dos siglos atrás por una piedra arrojada desde un carro que pasaba. Originalmente el agujero se había quedado allí porque nadie se molestó en arreglarlo, pero ahora se quedaba allí porque era tradicional.
La mosca había nacido en la Universidad Invisible, y por el campo mágico —alto y permanente— era mucho más inteligente que la mosca corriente. Extrañamente, el campo nunca tenía este efecto sobre los magos, quizás porque la mayoría de ellos eran más inteligentes que las moscas en todo caso.
—No creo que queramos hacerlo, ¿verdad? —dijo Ridcully.
—Podría ser considerado descortés —dijo el Director de Estudios Indefinidos, en total acuerdo.
—¿Exactamente qué grande sería una GCG? —dijo el Prefecto Mayor.
—Del mismo tamaño que el universo, señor —dijo Ponder—. De hecho, cada partícula del universo sería modelada dentro de ella.
—Bastante grande, entonces...
—Sí, señor.
—Y bastante difícil encontrarle un espacio, imagino.
—Sin dudas, señor —dijo Ponder, que mucho tiempo atrás había renunciado a tratar de explicar la Gran Magia al resto del profesorado superior.
—Muy bien, entonces —dijo el Archicanciller Ridcully—. Gracias por tu informe, Sr. Stibbons. —Sorbió—. Suena fascinante. Y el siguiente asunto: Cualquier Otro Asunto. —Lanzó una mirada alrededor de la mesa—. Y ya que no hay ningún otro asun...
—Er...
Era una mala palabra en ese momento. A Ridcully no le gustaban los asuntos de comité. Por cierto, no gustaba ningún otro asunto.
—¿Bien, Rincewind? —dijo, lanzando una mirada a lo largo de la mesa.
—Hum... —dijo Rincewind—. ¿Creo que es Profesor Rincewind, señor?
—Muy bien, profesor —dijo Ridcully—. Vamos, se pasa el tiempo del Primer Té.
—El mundo se ha estropeado, Archicanciller.
Como un solo mago, todos miraron lo que se podía ver del mundo a través del Archicanciller Sloman Descubriendo la Teoría Especial de Slood.
—No seas tonto, hombre —dijo Ridcully—. ¡El sol está brillando! ¡Es un bonito día!
—No este mundo, señor —dijo Rincewind—. El otro.
—¿Qué otro? —dijo el Archicanciller, y luego su expresión cambió.
—No... —empezó.
—Sí, señor —dijo Rincewind—. Ése. Se ha estropeado. Otra vez.

Todas las organizaciones necesitan que alguien haga esos trabajos que no quiere hacer o que secretamente piensa que no necesitan ser hechos. Rincewind tenía diecinueve de ellos ahora, incluyendo el Oficial de Salud y Seguridad.
Como Egregio Profesor de Geografía Cruel y Desusada era responsable del Globo. En estos días, estaba sobre su escritorio en el lóbrego pasillo del sótano donde trabajaba, trabajo que en gran parte consistía en esperar hasta que las personas le dieran algo de geografía cruel y desusada a profesar.
—Primera pregunta —dijo Ridcully, mientras el profesorado se arrasaba a lo largo de las losas frías y húmedas—. ¿Por qué estás trabajando aquí afuera? ¿Qué pasa con tu oficina?
—Hace demasiado calor dentro, señor —dijo Rincewind.
—¡Solías quejarte de que hacía demasiado frío!
—Sí, señor. En invierno es así. El hielo se congela sobre las paredes, señor.
—Te damos abundante carbón, ¿verdad?
—Suficiente, señor. Un balde por día por puesto, según la tradición. Ése es el problema, realmente. No puedo hacer que los conserjes lo comprendan. No me darán menos carbón, sólo nada de carbón en absoluto. De modo que la única manera de asegurarme de estar caliente en el invierno es mantener el fuego encendido todo el verano, lo que significa que hace tanto calor dentro que no puedo trabajar... ¡No abra la puerta, señor!
Ridcully, que acababa de abrir la puerta de la oficina, la cerró de golpe otra vez, y se secó la cara con un pañuelo.
—Calientito —dijo, parpadeando por el sudor en los ojos. Entonces se volvió hacia el pequeño globo sobre el escritorio a su espalda.
Tenía aproximadamente un pie de diámetro, por lo menos desde el exterior. Por dentro, era infinito; la mayoría de los magos no tienen problemas con hechos de este tipo. Contenía todo lo que había, para un determinado valor de ‘contenía todo lo que había’, pero en su estado por defecto se concentraba en una diminuta parte de todo lo que había, un pequeño planeta que estaba, actualmente, cubierto de hielo.
Ponder Stibbons hizo girar el omniscopio que estaba ajustado a la base de la cúpula de vidrio, y miró el pequeño mundo congelado.
—Sólo escombros en el ecuador —informó—. Nunca desarrollaron la gran cosa gancho celestial que les permitió marcharse. Debe haber sido algo que no previmos.
—No, solucionamos todo —dijo Ridcully—. ¿Recuerdan? Todas las personas se fueron antes de que el planeta se congelara.
—Sí, Archicanciller —dijo Stibbons—. Y luego otra vez, no.
—Si te pido que lo expliques, ¿me lo dirás con palabras que pueda comprender? —dijo Ridcully.
Ponder miró la pared por un momento. Sus labios se movían mientras probaba frases.
—Sí —dijo por fin—. Cambiamos la historia del mundo, enviándolo hacia un futuro donde las personas podían escapar antes de que se congelara. Parece haber ocurrido algo desde entonces que lo cambió.
—¿Otra vez? ¡La última vez lo hicieron los elfos!
—Dudo que lo hayan intentado otra vez, señor.
—Pero sabemos que la gente se fue antes del hielo —dijo el Conferenciante en Runas Recientes. Miró cada una de las caras y añadió, vacilante—. ¿No lo sabemos?
—Antes pensábamos que lo sabíamos —dijo el Decano, lúgubremente.
—En cierto modo, señor —dijo Ponder—. Pero el universo de Mundobola es un poco... blando y mutable. Aunque nosotros podemos ver que ocurre un futuro, el pasado puede cambiar de tal modo que desde el punto de vista de los Mundoboleros no ocurre. Es como... sacar la última página de un libro y poner una nueva. Uno todavía puede leer la página vieja, pero desde el punto de vista de los personajes, el final ha cambiado, o... posiblemente no.
Ridcully le palmeó la espalda.
—¡Bien hecho, Sr. Stibbons! ¡No mencionaste el quantum ni siquiera una vez! —dijo.
—Sin embargo, sospecho que podría estar involucrado —suspiró Ponder.


CAPÍTULO 2
El reloj de Paley [1]
Escena: un programa radial de entrevistas en el Cinturón Bíblico de los Estados Unidos, hace algunos años. El anfitrión recibe un llamado telefónico sobre la evolución, un concepto que es anatema para cada fundamentalista sureño temeroso de Dios. La conversación va algo así:
Anfitrión: Entonces, Jerry, ¿qué piensa sobre la evolución? ¿Debemos prestar atención a las teorías de Darwin?
Jerry: Ese tipo Darwin nunca consiguió un premio Nobel, ¿verdad? Si es tan grandioso, ¿cómo es que no consiguió ningún premio Nobel?
Anfitrión: Creo que tiene un muy buen punto allí, Jerry.
Tal conversación ocurrió, y el anfitrión no hablaba con ironía. Pero el punto de Jerry no es el argumento demoledor que él pensaba que era. Charles Robert Darwin murió en 1882. El primer Premio Nobel fue otorgado en 1901.
Por supuesto, las personas bien intencionadas son a menudo ignorantes de las sutilezas del detalle histórico, y es injusto recriminarles por eso. Pero es muy justo recriminarles otra cosa: los cerebros del anfitrión y de su invitado no estaban funcionando. Después de todo, ¿por qué tenían esa discusión? Porque, como sabe cada fundamentalista sureño temeroso de Dios, casi todos los científicos ven a Darwin como uno de los grandes de todos los tiempos. De hecho, Jerry estaba intentando dispararle a esta aseveración. Ahora, debe ser bastante obvio que los ganadores de premios Nobel (por ciencia) son seleccionados mediante un proceso que depende mucho del consejo de científicos. Y ésos, ya sabemos, son predominantemente de la opinión de que Darwin estaba en algún lugar cerca de la cima del árbol científico. De modo que si Darwin no recibió un Nobel, no pudo haber sido (como los oyentes intentaban inferir) porque el comité no tuviera buena opinión de su trabajo. Tenía que ser por otra razón. Como ocurre, la razón principal era que Darwin estaba muerto.
Como esta historia muestra, la evolución todavía es un asunto caliente en el Cinturón Bíblico, donde es a veces conocida como "Evilution" y por lo general considerada trabajo del Diablo. Los creyentes religiosos más sofisticados —especialmente los europeos, entre otros el Papa— descubrieron hace mucho tiempo que la evolución no plantea ninguna amenaza a la religión: es simplemente la manera en que Dios hace las cosas, en este caso, la fabricación de criaturas vivientes. Pero los del Cinturón Bíblico, a su manera fundamentalista no-sofisticada, reconocen una amenaza, y tienen razón. La sofisticada reconciliación de la evolución con Dios es un compromiso flojo, una deserción. ¿Por qué? Porque la evolución hace un enorme agujero en lo que de otro modo podría ser el mejor argumento jamás diseñado para convencer a las personas de la existencia de Dios, y es el ‘argumento desde el diseño’.
El universo es impresionante en su tamaño, asombroso en su complejidad. Cada parte de él ajusta prolijamente con cada otra parte. Considere una hormiga, un oso hormiguero, un antirrhinum. Cada uno es perfectamente adecuado para su rol (o ‘propósito’). La hormiga existe para ser comida por los osos hormigueros, el oso hormiguero existe para comer hormigas, y el antirrhinum... bien, a las abejas les gusta, y eso es bueno. Cada organismo muestra claras evidencias del ‘diseño’, como si hubiera sido hecho específicamente para llevar a cabo algún propósito. Las hormigas son exactamente del tamaño correcto para que las succionen las lenguas de los osos hormigueros, los osos hormigueros tienen las lenguas largas para meterlas en los nidos de las hormigas. Los antirrhinums tienen exactamente la forma para ser polinizadas por las abejas. Y si observamos el diseño, entonces seguramente no puede estar lejos un diseñador.
Muchas personas encuentran convincente este argumento, especialmente cuando es desarrollado extensamente y en detalle, y le dan al ‘Diseñador’ una ‘D’ mayúscula. Pero la ‘idea peligrosa’ de Darwin, como Daniel Dennett la caracterizó en su libro con ese título, pone una traba muy grande en la rueda del diseño cósmico. Suministra un proceso alternativo, muy verosímil, y en apariencia sencillo, donde no hay ningún rol para el diseño y ninguna necesidad de un diseñador. Darwin llamó ‘selección natural’ a ese proceso; en la actualidad lo llamamos ‘evolución’.
Hay muchos aspectos de la evolución que los científicos aún no comprenden. Los detalles detrás de la teoría de Darwin todavía están disponibles, y cada año trae nuevos cambios de opinión mientras los científicos tratan de mejorar su comprensión. Los del Cinturón Bíblico comprenden aun menos sobre la evolución, y típicamente la distorsionan en una caricatura: ‘la elección ciega’. No tienen el menor interés en mejorar su conocimiento. Pero comprenden, mucho mejor que los decadentes europeos, que la teoría de la evolución constituye un ataque muy peligroso a la psicología de la fe religiosa. No en su esencia (porque cualquier cosa que la ciencia descubra puede ser atribuido a la Deidad y vista como su mecanismo para provocar los eventos asociados), sino sobre su actitud. En cuanto Dios es quitado de la diaria operación del planeta, e instalado en algún lugar detrás de la bioquímica del ADN y de la Segunda Ley de la Termodinámica, ya no es tan obvio que Él deba ser fundamental en la vida cotidiana de las personas. En particular, no hay razón especial para creer que Él afecta esas vidas de alguna manera, o que desee hacerlo, de modo que los predicadores fundamentalistas bien podrían quedarse sin trabajo. Lo cual mostraría por qué la falta de un Nobel para Darwin puede convertirse en un punto de debate en una radio local estadounidense. Es también la línea general a lo largo de la cual evolucionó el propio pensamiento de Darwin —empezó su vida adulta como estudiante de teología y la terminó como un agnóstico algo atormentado.

Visto desde afuera, y aun más desde adentro, el proceso de investigación científica es desordenado y confuso. Es tentador deducir que los mismos científicos son desordenados y confundidos. En cierto modo, lo son —es lo que involucra una investigación. Si usted supiera qué está haciendo no sería una investigación. Pero ésa es apenas una disculpa, y hay mejores razones para esperar esa clase de confusión, efectivamente, para evaluar. La mejor razón es que ésa es una manera sumamente eficaz de comprender el mundo, y tener un justo nivel de confianza en esa comprensión.
En su libro, Defendiendo la Ciencia-Razón, la filósofa Susan Haack esclarece los desórdenes de la ciencia con una simple metáfora, el crucigrama. Los entusiastas saben que resolver un crucigrama es un asunto desordenado. Uno no resuelve las pistas en orden numérico y las escribe en su lugar correcto, convergiendo de una manera ordenada a una correcta solución, a menos que quizás se trate de un crucigrama rápido y uno sea un experto. En cambio, uno ataca las pistas un poco al azar, guiado por la vaga sensación de cuáles parecen más fáciles de resolver (algunas personas encuentran anagramas con facilidad, otras los odian). Verifica las respuestas propuestas con las que se cruzan, para asegurarse de que todo encaje. Detecta los errores, los borra, anota las rectificaciones.
Podría sonar como un proceso no racional, pero el resultado final es completamente racional, y los controles y balances son estrictos —¿se ajustan las respuestas a las pistas, caben todas las letras? Todavía podrían quedar algunos errores, donde las palabras alternativas responden tanto a la pista y también se ajustan a las palabras que la cruzan, pero tales errores son infrecuentes (y no son realmente errores, sólo ambigüedades por parte del compilador).
El proceso de investigación científica, dice Haack, se parece bastante a resolver un crucigrama. Las soluciones a los acertijos de la naturaleza llegan erráticamente y por etapas. Cuando su respuesta es verificada contra las de otros acertijos, a veces la no encaja, y entonces algo tiene que cambiar. Las teorías que alguna vez se pensaron correctas resultan ser tonterías y son descartadas. Hace algunos años, la mejor explicación del origen de las estrellas tenía una pequeña falla: implicaba que las estrellas eran más viejas que el universo que las contenía. En un momento determinado, algunas de las respuestas de la ciencia parecen ser muy sólidas, algunas un poco menos, algunas son dudosas... y algunas están completamente erradas.
Otra vez, no suena como un proceso racional, pero conduce a un resultado racional. Efectivamente, todo ese entrecruzamiento, retroceso y revisión incrementa nuestra confianza en el resultado. Recordando, siempre, que nada es demostrado por completo, nada es final.
Los críticos usan a menudo este confuso y enredado proceso de descubrimiento como un motivo para desacreditar a la ciencia. Esos científicos estúpidos ni siquiera pueden ponerse de acuerdo entre ellos, cambian de opinión todo el tiempo, todo lo que dicen es provisorio... ¿por qué debería alguien creer en tal confusión? Distorsionan por lo tanto una de las mayores fortalezas de la ciencia, retratándola como un defecto. Un pensador racional siempre debe estar preparado a cambiar de opinión si las pruebas lo requieren. En la ciencia, no hay ningún lugar para el dogma. Por supuesto, muchos científicos individuales se quedan cortos en este ideal; son sólo humanos. Escuelas enteras de pensamiento científico pueden quedar atrapadas en un callejón sin salida intelectual y entrar en la negación. En general, sin embargo, los errores son eventualmente sacados a la luz... por otros científicos.
La ciencia no es la única área del pensamiento humano que se desarrolla de esta manera flexible. Las humanidades hacen cosas similares, a su propia manera. Pero la ciencia se impone esta clase de disciplina de manera más enérgica, sistemática, y eficaz, que prácticamente cualquier otro estilo de pensamiento. Y usa los experimentos como un control de realidad.
Las religiones, los cultos, y los movimientos seudo-científicos no se comportan de ese modo. Es sumamente infrecuente que los líderes religiosos cambien de opinión sobre algo que ya está en su Libro Sagrado. Si consideran que sus creencias son la verdad revelada, directa desde la boca de Dios, es difícil admitir errores. Aun más crédito para los católicos, entonces, por admitir que en la época de Galileo estaban equivocados en que la Tierra era el centro del universo, y hasta hace poco estaban equivocados sobre la evolución.
Las religiones, los cultos y los movimientos seudo-científicos tienen un diferente programa de ciencia. La ciencia, como mucho, mantiene abiertas las líneas de investigación. Siempre está buscando nuevas maneras de probar las viejas teorías, incluso cuando parecen estar bien establecidas. No sólo mira la geología del Gran Cañón y se asienta en la creencia de que la Tierra tiene cientos de millones de años de edad, o más. Hace una verificación cruzada tomando en cuenta los nuevos descubrimientos. Después de que descubrieron la radiactividad, se volvió posible obtener fechas más exactas de los eventos geológicos, y compararlas con el registro aparente de la sedimentación en las rocas. Muchas fechas fueron entonces revisadas. Cuando la deriva continental entró desde el campo izquierdo, arribaron maneras completamente nuevas de encontrar esas fechas, y fueron usadas rápidamente. Más fechas fueron revisadas.
Los científicos —colectivamente— quieren encontrar sus errores, para poder deshacerse de ellos.
Las religiones, los cultos, y los movimientos seudo-científicos quieren cerrar las líneas de investigación. Quieren que sus seguidores dejen de hacer preguntas y acepten el sistema de creencias. La diferencia es notoria. Suponga, por ejemplo, que los científicos se convencieran de que hay algo digno de tomar en serio en las teorías de Erich von Daniken, que las antiguas ruinas y estructuras debían haber sido el trabajo de visitantes alienígenas. Entonces empezarían a hacerse preguntas. ¿De dónde vinieron los alienígenas? ¿Qué clase de naves espaciales tenían? ¿Por qué vinieron aquí? Las inscripciones antiguas, ¿sugieren un tipo de alienígena o muchos? ¿Cuál es el patrón de las visitas? En tanto que los creyentes en las teorías de von Daniken están satisfechos con unos alienígenas genéricos, y no preguntan más. Los alienígenas explican las ruinas y las estructuras... problema resuelto.
De forma similar, para los primeros defensores del diseño divino y sus modernas reencarnaciones en el creacionismo y el ‘diseño inteligente’ —la más reciente moda cuasi-religiosa—, en cuanto sabemos que unas criaturas vivientes fueron creadas (por Dios, por un alienígena, o por un no especificado diseñador inteligente) entonces el problema se soluciona y no necesitamos buscar más. No somos alentados a buscar evidencias que podrían refutar nuestras creencias. Sólo cosas que las confirmen. Acepte lo que le decimos, no haga preguntas.
Ah, sí, pero la ciencia también desalienta las preguntas, dicen los cultos y las religiones. Ustedes no toman nuestras opiniones seriamente, no admiten este tipo de pregunta. Ustedes tratan de evitar poner nuestras opiniones en las lecciones de ciencia de la escuela como alternativas a su cosmovisión.
Hasta cierto punto, eso es verdad —especialmente la parte sobre las lecciones de ciencia. Pero son lecciones de ciencia así que deben enseñar ciencia. Mientras que las afirmaciones de los cultos, los creacionistas y los cerrados deístas que adhieren al diseño inteligente no son ciencia. El creacionismo es simplemente un sistema de fe deísta y no ofrece ninguna prueba científica creíble además de sus creencias. Las evidencias de visitas alienígenas son débiles, incoherentes, y la mayor parte de ellas son fácilmente explicadas por aspectos completamente corrientes de la antigua cultura humana. El diseño inteligente reclama pruebas de su visión, pero esos reclamos fracasan incluso ante un escrutinio científico informal, como se documenta en los libros del 2004, Por Qué Falla el Diseño Inteligente, editado por Matt Young y Taner Edis, y Debatiendo el Diseño, editado por William Dembski y Michael Ruse. Y cuando unas personas (ninguna de las anteriores, nos apresuramos a señalar) afirman que el Gran Cañón es evidencia de la inundación de Noé —un notable incidente reciente— no es muy difícil demostrar que se equivocan.
El principio de la libertad de expresión implica que estas opiniones no deben ser suprimidas, pero no implica que deban ser importadas en las lecciones de ciencia, no más que las alternativas científicas para Dios deban ser importados en el sermón dominical del vicario. Si usted quiere colocar su cosmovisión en la lección de ciencia, tiene que establecer sus credenciales científicas. Pero porque los cultos, las religiones y los sistemas de creencia alternativos evitan que las personas hagan preguntas inoportunas, no hay manera en que alguna vez puedan conseguir esa clase de evidencia. No sólo el azar es ciego.

La visión científica del planeta que es actualmente nuestra única casa, y de las criaturas con las que lo compartimos y el universo a su alrededor, ha logrado su forma actual a lo largo de miles de años. El desarrollo de la ciencia es mayormente un proceso incremental, un lago de conocimientos llenado por la constante acumulación de diminutas e innumerables gotas de lluvia. Como el agua en un lago, el charco del conocimiento también puede evaporarse otra vez —porque lo que creemos que comprendemos hoy puede ser expuesto mañana como una tontería, exactamente como lo que creíamos que comprendíamos ayer es expuesto hoy como una tontería. Usamos la palabra ‘comprensión’ en lugar de ‘conocimiento’ porque la ciencia es más que, y menos que, una colección de hechos inmutables. Es más, en cuanto abarca los principios organizadores que explican lo que nos gusta pensar que son hechos: las extrañas trayectorias de los planetas en el cielo tienen perfecto sentido en cuanto se comprende que los planetas son movidos por fuerzas gravitatorias, y que estas fuerzas obedecen a reglas matemáticas. Es menos, porque lo que hoy podría parecer un hecho, mañana puede resultar una interpretación equivocada de otra cosa. En Mundodisco, donde las cosas obvias tienden a ser verdaderas, un Sol diminuto e insignificante efectivamente gira alrededor del importante y grandioso mundo de las personas. Solíamos pensar que nuestro mundo era así también: por siglos, fue un ‘hecho’, y uno obvio, que el Sol giraba alrededor de la Tierra.
Los grandes principios organizadores de la ciencia son las teorías, sistemas coherentes de pensamiento que explican enormes cantidades de hechos de otra manera aislados, que han sobrevivido a extenuantes pruebas deliberadamente diseñadas para quebrarlas si no concuerdan con la realidad. No han sido simplemente aceptadas como algún acto de fe científica: en cambio, las personas han tratado de falsificarlas —para probar que estaban equivocadas— pero hasta ahora han fallado. Estos fracasos no prueban que la teoría sea verdadera, porque siempre hay nuevas fuentes potenciales de discordia. La teoría de la gravitación de Isaac Newton, en conjunción con sus leyes del movimiento, era —y todavía lo es— bastante buena para explicar los movimientos de los planetas, los asteroides y otros cuerpos del sistema solar al detalle, con gran exactitud. Pero en algunos contextos, como en los agujeros negros, ahora ha sido reemplazada por la teoría de la relatividad general de Albert Einstein.
Espere algunas décadas, y seguramente otra cosa la reemplazará. Hay abundantes señales de que no todo está bien en las fronteras de la física.
Cuando los cosmólogos tienen que postular la extraña ‘materia oscura’ para explicar por qué las galaxias no obedecen a las conocidas leyes de la gravedad, y luego incluir la aun más extraña ‘energía oscura’ para explicar por qué las galaxias se alejan a velocidad creciente, y cuando las evidencias independientes de estos dos poderes de la oscuridad son casi inexistentes, se puede olfatear el venidero paradigma.
La mayor parte de la ciencia es incremental, pero alguna es más radical. La teoría de Newton fue una de las grandes rupturas de la ciencia —no una llovizna que agitó la superficie del lago, sino una tormenta intelectual que desencadenó un torrente violento. El Reloj de Darwin es otra tormenta intelectual: la teoría de la evolución. Darwin hizo a la biología lo que Newton había hecho a la física, pero de una manera muy diferente. Newton desarrolló ecuaciones matemáticas que permitieron a los físicos calcular números y probarlos con muchos decimales; fue una teoría cuantitativa. La idea de Darwin está expresada en palabras, no en ecuaciones, y describe un proceso cualitativo, no números. A pesar de eso, su influencia ha sido por lo menos tan grande como la de Newton, posiblemente aun más grande. El torrente de Darwin hoy todavía ruge.
La evolución, entonces, es una teoría, una de las teorías más influyentes, de más alcance e importancia jamás ideada. En este contexto, vale la pena señalar que la palabra ‘teoría’ es usada a menudo en un sentido muy diferente, para significar una idea propuesta para ser probada. En rigor, la palabra que debería usarse aquí es ‘hipótesis’, pero es una palabra rebuscada y pedante que las personas tienden a evitar. Incluso los científicos, que deberían conocerla mejor. ‘Tengo una teoría’, dicen. No, usted tiene una hipótesis. Se necesitarán muchos años, posiblemente siglos, de severas pruebas, para convertirla en una teoría.
La teoría de la evolución fue una vez una hipótesis. Ahora es una teoría. Los detractores se ajustan a la palabra y olvidan su doble uso. ‘Sólo una teoría’, dicen con desdén. Pero una teoría verdadera no puede ser desestimada tan fácilmente, porque ha sobrevivido a muchas pruebas rigurosas. Al respecto, hay muchas más razones para considerar seriamente la teoría de la evolución, que a cualquier explicación de la vida que dependa, por decir, de la fe religiosa, porque la falsificación no está muy valorada en el programa religioso. Las teorías, en ese sentido, son las partes mejor establecidas y más creíbles de la ciencia. Son, en general, considerablemente más creíbles que la mayoría de los otros productos de la mente humana. De modo que lo que estas personas están pensando cuando cantan su desdeñoso lema, en realidad debería ser ‘Sólo una hipótesis’.
Ésa fue una posición justificable en los primeros días de la teoría de la evolución, pero hoy es simplemente ignorante. Si algo puede ser un hecho, la evolución lo es. Es posible que tenga que ser inferida de las pistas depositadas en las rocas, y más recientemente comparando los códigos de ADN de criaturas diferentes, más que vista directamente a simple vista en tiempo real, pero no se necesita de un testimonio de los hechos para hacer deducciones lógicas de las evidencias. Las evidencias, de varias fuentes independientes (como los fósiles y el ADN), son abrumadoras. La evolución ha sido establecida tan firmemente que nuestro planeta no tiene sentido en absoluto sin ella. Las criaturas vivientes pueden cambiar, y lo hacen, con el tiempo. El registro fósil muestra que han cambiado sustancialmente durante largos períodos de tiempo, hasta el punto de surgir especies completamente nuevas. Hoy pueden observarse cambios más pequeños, durante períodos tan breves como un año, o simples días en bacterias.
La evolución ocurre.
Lo que queda abierto a la disputa, especialmente entre los científicos, es cómo sucede la evolución. Las mismas teorías científicas evolucionan, adaptándose a las nuevas observaciones, a los nuevos descubrimientos, y a las nuevas interpretaciones de viejos descubrimientos. Las teorías no son talladas en tabletas de piedra. La mayor fortaleza de la ciencia es que cuando se enfrenta con pruebas suficientes, los científicos cambian de opinión. No todos ellos, ya que los científicos son humanos y tienen los mismos defectos que el resto de nosotros, pero una cantidad suficiente para permitir que la ciencia mejore.
Incluso hoy hay intransigentes —no son una mayoría, a pesar del ruido que hacen, sino una minoría significativa— que niegan que esa evolución haya ocurrido alguna vez. La mayoría de ellos son norteamericanos, porque una rareza de la historia (unida con algunos derechos tributarios idiosincrásicos) ha hecho de la evolución un asunto educativo muy importante en los Estados Unidos. Allí, la batalla entre los seguidores de Darwin y sus adversarios no sólo sucede en el elevado terreno intelectual. Se trata de dólares y centavos, y se trata de quién influye en los corazones y las mentes de la siguiente generación. La pelea se enmascara como religiosa y científica, pero su esencia es política. En los 20, cuatro estados estadounidenses (Arkansas, Mississippi, Oklahoma, y Tennessee) declararon ilegal enseñar la evolución a los niños en las escuelas públicas. Esta ley quedó en vigencia casi medio siglo: fue finalmente prohibida por la Corte Suprema en 1968. Esto no ha detenido a los defensores de la ‘ciencia de la creación’ de tratar de encontrarle la vuelta a esa decisión, o aun revertirla. La mayor parte, sin embargo, ha fallado, y una razón es que la ‘ciencia de la creación’ no es ciencia; carece de rigor intelectual, carece de pruebas objetivas, y a veces está totalmente chalada.
Es posible sostener que Dios creó la Tierra, y nadie puede demostrar que está equivocado. En ese sentido, es algo justificable en qué creer. Los científicos podrían sentir que esta ‘explicación’ no nos ayuda enormemente a comprender nada, pero ése es su problema; para todo lo que cualquiera puede demostrar, podría haber ocurrido de esa manera. Pero no es sensato seguir la cronología bíblica del prelado anglo-irlandés James Ussher y sostener que el acto de la creación ocurrió en 4.004 a.C., porque hay pruebas abrumadoras de que nuestro planeta es mucho más viejo —4,5 mil millones años en lugar de 6.000. O Dios deliberadamente trata de engañarnos (que es concebible, pero no concuerda bien con los mensajes religiosos habituales, y bien podría ser herético) o estamos parados en un terrón de roca muy viejo. Presuntamente, el 50% de los estadounidenses cree que la tierra fue creada hace menos de 10.000 años, que si es verdad dice algo bastante triste del sistema de educación más costoso en el mundo.
América está librando una batalla, desde el principio otra vez, que fue librada y terminada en Europa un siglo atrás. El resultado europeo fue un acuerdo: el Papa Pío XII aceptó la verdad de la evolución en una encíclica de 1950, pero no fue una victoria total para la ciencia. En 1981 un sucesor, Juan Pablo II, suavemente señaló que ‘la Biblia... no desea enseñar cómo fueron hechos los cielos, sino cómo uno va al cielo’. La ciencia fue reivindicada, la teoría de la evolución fue aceptada en general, pero las personas religiosas eran libres de interpretar ese proceso como la manera de Dios de hacer criaturas vivientes. Y es una muy buena manera, como Darwin comprendió, de modo que todos pueden ser felices y dejar de discutir. Los creacionistas, al contrario, parecen no haber apreciado que si clavan sus creencias religiosas en un planeta de 6.000 años de edad, no se están haciendo ningún favor y tampoco se dejan una real salida.
El Reloj de Darwin trata de una sociedad victoriana que nunca ocurrió —bien, en cuanto los magos interfirieron, dejó de haber ocurrido. No es la sociedad que los creacionistas están intentando organizar todavía, que sería mucho más ‘fundamentalista’, llena de personas rectas diciéndoles a todos los demás qué hacer y sofocando cualquier creatividad verdadera. La verdadera era victoriana fue una paradoja: una sociedad con una base religiosa muy fuerte pero bastante flexible, donde se daba por sentado que Dios existía, pero que dio a luz a toda una serie de revoluciones intelectuales muy importantes que condujeron, bastante directamente, a la sociedad occidental secular de hoy. No olvidemos que en los EE.UU. hay incluso una separación constitucional del estado y la iglesia. (Extrañamente, el Reino Unido, que en la práctica es uno de los países más seculares en el mundo —casi nadie asiste a la iglesia, excepto para bautizos, bodas y funerales— tiene su propia religión estatal, y un monarca que afirma ser nombrado por Dios. A diferencia de Mundodisco, Mundobola no tiene que tener sentido.) De todos modos, los verdaderos victorianos eran una raza temerosa de Dios, pero su sociedad alentaba a los inconformistas como Darwin a pensar fuera del círculo cerrado, con trascendentales consecuencias.
El hilo de los relojes corre directo a través del paisaje metafórico de la ciencia. La visión de Newton de un sistema solar funcionando de acuerdo con ‘leyes’ matemáticas precisas es frecuentemente referida como un ‘universo de relojería’. No es una mala imagen, y el planetario —un modelo de sistema solar, cuyas ruedas dentadas hacen girar a los planetas diminutos con alguna apariencia de realidad— se ve como un mecanismo de relojería. Los relojes estaban entre las máquinas más complejas de los siglos XVII y XVIII, y eran probablemente los más confiables. Incluso hoy, decimos que algo funciona ‘como un reloj’; todavía tenemos que cambiarlo a ‘exactitud atómica’.
En la era victoriana, el arquetipo de los artefactos seguros se había convertido en un reloj de bolsillo. Las ideas de Darwin están íntimamente vinculadas con un reloj, que nuevamente juega el rol metafórico de la intrincada perfección mecánica. El reloj en cuestión fue introducido por el clérigo William Paley, que murió tres años después de que naciera Darwin. Aparece en el párrafo inicial del grandioso trabajo de Paley, Teología Natural, publicado por primera vez en 1802. La mejor manera de ganar una sensibilidad especial para su línea de pensamiento es usar sus propias palabras:
Al cruzar un brezal, suponga que golpeo mi pie contra una piedra, y que preguntemos cómo llegó la piedra a estar ahí; posiblemente podría responder, ya que no conozco nada en contrario, que ha estado allí desde siempre: tampoco sería muy fácil tal vez demostrar el disparate de esta respuesta. Pero suponga que he encontrado un reloj sobre el suelo, y debería averiguar cómo fue que el reloj estaba en ese lugar; apenas debería pensar en la respuesta que antes había dado, que, según lo que sabía, el reloj podría haber estado ahí desde siempre. Sin embargo, ¿por qué esta respuesta no sirve para el reloj como para la piedra? ¿Por qué no es tan admisible en el segundo caso, como en el primero? Por esta razón, y no por otra, a saber: que cuando observamos el reloj percibimos (que no podemos descubrir en la piedra) que sus varias partes están formuladas y colocadas para un propósito, por ejemplo, que están tan bien formadas y ajustadas para producir movimiento, y que ese movimiento es tan regular que puede señalar la hora del día; que si las diferentes partes hubieran tenido formas diferentes de las que tienen, tamaños diferentes de los que tienen, o ubicadas de cualquier otra manera, o en cualquier otro orden que el que tienen, ningún movimiento en absoluto podría haber sido llevado a cabo en la máquina, o ninguno habría dado respuesta al uso para el que ahora sirve.
Paley continúa elaborando los componentes de un reloj, conduciendo al quid de su argumento:
Al observar este mecanismo... pensamos que la inferencia es inevitable; que el reloj debe haber tenido un fabricante; que debe haber existido, en algún momento, y en algún lugar u otro, un artesano o artesanos, que lo formaron para el propósito que actualmente responde; alguien que comprendía su construcción, y diseñó su uso.
Luego allí sigue a una larga serie de párrafos numerados en los que Paley puntualiza su argumento más cuidadosamente, lo extiende a casos donde, por ejemplo, faltan algunas partes del reloj, y descarta algunas objeciones de su razonamiento. El segundo capítulo retoma la historia describiendo un hipotético ‘reloj’ que puede producir copias de sí mismo —una extraordinaria anticipación del concepto del siglo XX de una máquina de Von Neumann. Todavía habrá una buena razón, dice Paley, para deducir la existencia de un ‘ideador’; a decir verdad, en todo caso, se produciría el efecto de aumentar la propia admiración por la destreza del ideador. Además, el observador inteligente reflexionaría, que aunque el reloj enfrente de él era, en cierto sentido, el hacedor del reloj que fue fabricado en el transcurso de sus movimientos, lo era en un sentido muy diferente al del carpintero, por ejemplo, que fabrica una silla.
Continúa desarrollando esta idea, y se deshace de una posible sugerencia: que, así como una piedra podría haber existido desde siempre, según lo que sabe, un reloj podría haber existido desde siempre. Es decir, podría haber una cadena de relojes, cada uno hecho por su predecesor, remontándose infinitamente hacia el pasado, de modo que nunca hubo ningún primer reloj. Sin embargo, nos dice, un reloj es muy diferente de una piedra: es ideado. Quizás las piedras podrían haber existido desde siempre: ¿quién lo sabe? Pero no los relojes. De otra manera tendríamos ‘ideas’ pero ningún ideador; pruebas del diseño, pero ningún diseñador. Rechazando esta sugerencia sobre varios aspectos metafísicos, Paley establece:
La conclusión que sugiere el primer examen del reloj, de su trabajo, construcción y movimiento, es que debe haber tenido, como causa y autor de esa construcción, un artesano, que comprendió su mecanismo, y diseñó su uso. Esta conclusión es invencible. Un segundo examen nos presenta con un nuevo descubrimiento. Se encuentra que el reloj, en el curso de sus movimientos, produce otro reloj, similar a sí mismo: y no sólo eso, sino que lo percibimos en un sistema u organización, calculado separadamente para ese propósito. ¿Qué efecto tendría este descubrimiento, o debería tener, sobre nuestra última deducción? ¡Qué otra cosa, como ya se ha dicho, sino incrementar, más allá de toda medida, nuestra admiración por la destreza que fue empleada en la formación de una máquina así!

Bien, todos podemos ver hacia dónde va el buen reverendo, y llega a su objetivo en el tercer capítulo. En lugar de un reloj, considere un ojo. No está perdido en un brezal, sino en un animal, que tal vez está tendido en un brezal. Lo que él dice es: compare el ojo con un telescopio. Hay tantas semejanzas que nos vemos forzados a deducir que el ojo fue ‘hecho para la visión’, exactamente como el telescopio. Aproximadamente treinta páginas de descripción anatómica refuerzan la opinión de que el ojo debe haber sido diseñado para el propósito de ver. Y el ojo es sólo un ejemplo: considere un ave, un pez, un gusano de seda, o una araña. Ahora, finalmente, Paley establece explícitamente lo que todos sus lectores sabían que venía desde la página uno:
Si no hubiera ningún ejemplo en el mundo de un invento excepto el del ojo, él solo sería suficiente para respaldar la conclusión que sacamos: la necesidad de un Creador inteligente.
Allí lo tenemos, en pocas palabras. Las criaturas vivientes son tan intrincadas, y funcionan tan eficazmente, y ajustan tan perfectamente, que sólo pueden haber surgido de un diseño. Pero diseño implica un diseñador. Ergo: Dios existe, y Él creó el magnífico despliegue de vida en la Tierra. ¿Qué más hay para decir? La prueba está completa.


CAPÍTULO 3
Teología de las especies
Eran tres horas más tarde...
Los magos superiores entraron con cautela en el Edificio de Magia de Alta Energía, en parte porque no era su hábitat natural, pero también porque la mayoría de los estudiantes que lo frecuentaban usaban el piso como un gabinete de clasificación y, penosamente, como una despensa. La pizza es muy difícil de quitar de una suela, especialmente el queso.
En el fondo —siempre en el fondo del edificio de Magia de Alta Energía— estaba Hex, la máquina pensante de la universidad.
Ocasionalmente, partes de la cosa, o posiblemente ‘ser’, se movían. Hacía mucho que Ponder Stibbons había renunciado a tratar de comprender cómo trabajaba Hex. Posiblemente Hex era la única entidad en la universidad que comprendía cómo trabajaba Hex.
En algún lugar dentro de Hex la magia ocurría. Los hechizos eran reducidos, no a sus componentes velas, varitas mágicas y cantos, sino a lo que significaban. Eso ocurría demasiado rápido para verlo, y quizás demasiado rápido para comprenderlo. De todo lo que Ponder estaba seguro era que la vida estaba íntimamente involucrada. Cuando Hex estaba pensando profundamente se escuchaba un zumbido perceptible desde las colmenas a lo largo de la pared trasera, donde unas ranuras les daban acceso al mundo exterior, y todo dejaba de funcionar por completo si la colonia de hormigas era retirada de su gran laberinto de vidrio en el corazón de la máquina.
Ponder había puesto su linterna mágica para una presentación. Le gustaba hacer presentaciones. Por un breve momento en el caos del universo, una presentación hacía que todo sonara como si estuviera organizado.
—Hex ha corrido la historia de Mundobola contra la última copia —anunció, cuando el último mago se sentó—. Encontró cambios significativos comenzando en lo que fue conocido como el siglo XIX. Diapo, por favor, Rincewind. —Se escuchó alguna queja amortiguada detrás de la linterna mágica y una imagen de una dama rolliza y de edad apareció en la pantalla—. Esta dama es la Reina Victoria, gobernante del Imperio de los Británicos.
—¿Por qué está patas arriba? —dijo el Decano.
—Podía ser porque con un globo no hay técnicamente una manera derecha —dijo Ponder—. Pero me aventuro a pensar que la puse mal. Siguiente diapo, por favor. Con cuidado. —Quejido, clic—. Ah, sí, ésta es una máquina de vapor. El reinado de Victoria fue notable por los grandes desarrollos en ciencia e ingeniería. Fue un tiempo muy excitante. Excepto... siguiente diapo, por favor. —Quejido, clic.
—¡Diapo equivocada, hombre! —dijo Ridcully—. Está en blanco.
—Ajá, no, señor —dijo Ponder, con regocijo—. Ésa es una manera dinámica de mostrarles que el período que acabo de describir, de hecho, resulta no haber ocurrido. Debería, pero no. En esta versión del Globo, el Imperio de los Británicos no se volvió tan grande, y los otros desarrollos fueron bastante débiles. La grandiosa ola de descubrimientos se aplana. El mundo se conformó con un período de estabilidad y paz.
—Suena bueno para mí —dijo Ridcully, y recibió un coro de ‘muy bien’ de los otros magos.
—Sí, Archicanciller —dijo Ponder—. Y luego otra vez, no. Abandonar el planeta, ¿recuerda? ¿La gran helada en quinientos años? ¿Ninguna forma de vida terrestre sobreviviente más grande que una cucaracha?
—¿Nadie se preocupó por eso? —dijo Ridcully.
—No hasta que fue demasiado tarde, señor. En ese mundo como lo dejamos, los primeros humanos caminaron sobre la Luna al menos setenta años después de que comenzaran a volar.
Ponder miró sus caras sin expresión.
—Que fue un logro importante —dijo.
—¿Por qué? Nosotros lo hemos hecho —dijo el Decano.
Ponder suspiró.
—Las cosas son diferentes en un globo, señor. No hay ningún palo de escoba, ninguna alfombra mágica, y volar a la luna no es simplemente un caso de saltar sobre el borde y tratar de evitar a la tortuga en el camino hacia abajo.
—¿Cómo lo hicieron, entonces? —dijo el Decano.
—Usaron cohetes, señor.
—¿Las cosas que se elevan y estallan con muchas luces de color?
—Inicialmente, señor, pero afortunadamente encontraron cómo evitar que hicieran eso. Siguiente diapo, por favor... —Una imagen que podría haber sido un pantalón pasado de moda apareció en la pantalla—. Ah, éste es nuestro viejo amigo, el Pantalón del Tiempo. Todos lo conocemos. Es lo que uno obtiene cuando la historia sigue dos caminos. Lo que tenemos que hacer ahora es averiguar por qué se dividen. Eso quiere decir que tendré que...
—¿Estamos cerca del punto donde mencionas el quantum? —dijo Ridcully, rápidamente.
—Me temo que se vislumbra, señor, sí.
Ridcully se puso de pie, recogiendo su túnica a su alrededor.
—Ah. Creo que escuché el gong para la cena, caballeros. Justo a tiempo, realmente.
La luna salió. A medianoche, Ponder Stibbons leyó lo que Hex había escrito, caminó a través del húmedo césped hasta la biblioteca, despertó al Bibliotecario, y le pidió una copia de un libro titulado El Origen de las Especies.
Dos horas después volvió, despertó al Bibliotecario otra vez, y pidió Teología de las Especies. Mientras salía con él, escuchó que cerraban la puerta con llave a su espalda.
Más tarde aun, se quedó dormido con la cara en una pizza fría y ambos libros abiertos sobre el escritorio, chorreando marcadores y trozos de anchoa.
Al su lado, la tabla de escribir de Hex zumbaba. Veinte plumas cruzaban de un lado al otro y giraban sobre brazos cargados de muelles, haciendo que la tabla se pareciera a varias arañas gigantes de espaldas. Y, a cada minuto, una página caía en la pila que se estaba formando sobre el piso...
Ponder soñó a intervalos en dinosaurios que trataban de volar. Siempre chapoteaban cuando llegaban al fondo del despeñadero.
Despertó a las ocho y media, leyó los papeles acumulados, y sofocó un pequeño grito.
Muy bien, muy bien, pensó. No hay ninguna prisa verdadera, como tal. Podemos volverlo a cambiar en cualquier momento que queramos. Eso es lo que significa viajar en el tiempo.
Pero aunque el cerebro puede pensar eso, la glándula del pánico nunca lo cree. Manoteó los libros y tantas notas como pudo cargar y salió rápidamente.

Hemos escuchado las campanadas de medianoche, dice el refrán. Los magos no sólo las habían escuchado sino también la de la una, de las dos y de las tres de la mañana. Ciertamente no estaban interesados en escuchar nada a las ocho y media, sin embargo. El único ocupante de las mesas en el Gran Salón era el Archicanciller Ridcully, a quien le gustaba un desayuno poco saludable después de su carrera matutina. Estaba solo en las mesas de caballete en el gran salón.
—¡Lo he encontrado! —anunció Ponder, con cierto triunfo nervioso, y dejó caer los dos libros enfrente del asombrado mago.
—¿Encontraste qué? —dijo Ridcully—. ¡Y cuidado donde estás poniendo cosas, hombre! ¡Casi te echas el plato de tocino encima!
—¡He puesto mi dedo —declaró Ponder—, sobre la precisa división en el Pantalón del Tiempo!
—¡Buen hombre! —dijo Ridcully, estirando la mano a la jarra de salsa marrón—. Cuéntame sobre eso después del desayuno, ¿quieres?
—¡Es un libro, señor! ¡Dos libros, a decir verdad! ¡Él escribió el equivocado! ¡Mire!
Ridcully suspiró. No había defensa contra el entusiasmo de los magos. Estrechó sus ojos y leyó el título del libro que Ponder Stibbons sujetaba:
—Teología de las Especies. ¿Y?
—Archicanciller, fue escrito por un Charles Darwin, y causó bastante jaleo cuando fue publicado, ya que pretendió explicar el mecanismo de la evolución de una manera que molestaba algunas creencias ampliamente sostenidas. Intereses adquiridos despotricaron contra él, pero prevaleció y tuvo un significativo efecto sobre la historia. Er... el equivocado.
—¿Por qué? ¿De qué se trata? —dijo Ridcully, cortando cuidadosamente la punta de un huevo cocido.
—Le he echado un vistazo solamente, Archicanciller, pero parece describir el proceso de la evolución como algo con permanente participación de una deidad omnipotente.
—¿Y? —Ridcully seleccionó un trozo de tostada y empezó a cortarla en soldados.
—No es así como funciona en Mundobola, señor —dijo Ponder, pacientemente.
—Así es como funciona aquí, más o menos. Hay un dios que se ocupa de eso.
—Sí, señor. Pero, como estoy seguro de que recordará —dijo Ponder, usando las palabras en el sentido de ‘como sé que se ha olvidado’—, no hemos encontrado ningún vestigio de Deitium en Mundobola.
—Bien, de acuerdo —concedió el Archicanciller—. Pero no veo por qué el hombre no debería haberlo escrito, aun así. Un buen libro sólido, por su aspecto. Le llevó algún tiempo pensarlo, estoy seguro.
—Sí, señor —dijo Ponder—. Pero el libro que debería haber escrito... —colocó con fuerza otro volumen sobre la mesa de desayuno—... era éste.
Ridcully lo levantó. Tenía una cubierta mucho más colorida que ‘Teología’, y el título:
Darwin Revisado
EL ORIGEN DE LAS ESPECIES
por Rev. Richard Dawkins

—Señor, creo que puedo probar que el mundo se fue por una pernera diferente del Pantalón del Tiempo porque Darwin escribió el libro equivocado, y la humanidad no abandonó el planeta antes de la gran helada —dijo Ponder, alejándose.
—¿Por qué lo hizo, entonces? —dijo Ridcully, perplejo.
—No lo sé, señor. Todo lo que sé es que, hasta que hace algunos días, este Charles Darwin escribió un libro que decía que toda la evolución funcionaba naturalmente, sin un dios. Ahora resulta que no. En cambio, escribió un libro que dice que funcionaba porque había un dios involucrado en cada etapa.
—¿Y este otro tipo, Dawkins?
—Dijo que Darwin casi tenía bastante razón excepto la parte del dios. No se necesita uno, dijo.
—¿No necesita un dios? ¡Pero aquí dice que es un sacerdote de alguna clase!
—Er... algo así, señor. En la... historia donde Charles Darwin escribió Teología de las Especies, se había vuelto más o menos obligatorio tomar las órdenes sagradas para asistir a una universidad. Dawkins decía que la evolución ocurrió por sí sola.
Cerró los ojos. Ridcully solo era un público mucho mejor que el profesorado superior, que habría llevado la conversación a temas referentes al estatus de una bella arte, pero su Archicanciller era un hombre práctico y sensato, y por lo tanto encontraba difícil a Mundobola. No era un lugar sensato.
—Me has confundido allí. ¿Cómo puede simplemente ocurrir? —dijo Ridcully—. No tiene sentido si no hay nadie que sepa qué está ocurriendo. Tiene que haber una razón.
—Muy cierto, señor. Pero esto es Mundobola —dijo Ponder—. ¿Lo recuerda?
—¿Pero seguramente este otro tipo, Dawkins, lo puso bien otra vez?
Ridcully vaciló.
—Dijiste que era el libro correcto.
—Pero en el tiempo equivocado. Fue demasiado tarde, señor. No escribió su libro hasta después de cien años más. Causó un jaleo enorme...
—¿Uno a destiempo, sospecho? —dijo Ridcully alegremente, untando la tostada en el huevo.
—Jajaja, señor, sí. Pero aun así fue demasiado tarde. La humanidad estaba en camino a la extinción.
Ridcully levantó Teología y la giró en sus manos, manchándola con mantequilla.
—Parece bastante inocente —dijo—. Dioses haciendo que todo ocurra... bien, eso es sentido común. —Alzó una mano—. ¡Lo sé, lo sé! Esto es Mundobola, lo sé. Pero donde hay algo tan complicado como un reloj, sabes, debe haber un relojero.
—Eso dijo el Darwin que escribió el libro Teología, señor, excepto que afirmó que el relojero permanecía como parte del reloj —dijo Ponder.
—¿Aceitándolo, y cosas así? —dijo Ridcully, alegremente.
—Algo así, señor. Metafóricamente.
—¡Ja! —dijo Ridcully—. No me asombra que hubiera jaleo. A los sacerdotes no les gusta ese tipo de cosas. Siempre se retuercen cuando las cosas se ponen místicas.
—Oh, ¿los sacerdotes? Lo adoraban —dijo Ponder.
—¿Qué? ¡Pensé que dijiste que unos intereses adquiridos estaban en su contra!
—Sí, señor. Quise decir los filósofos y los científicos —dijo Ponder Stibbons—. Los tecnománticos. Pero perdieron.



CAPÍTULO 4
Ontología Paley
La metáfora de Paley del reloj, a la que alude Ridcully, todavía permanece poderosa; tan poderosa que Richard Dawkins tituló su réplica neo-Darwiniana de 1986 El Relojero Ciego. Dawkins puso en claro que según su opinión, y de esos biólogos más evolutivos en los últimos cincuenta años, no había ningún relojero para los organismos vivos, en el sentido de Paley: «El argumento de Paley es realizado con apasionada sinceridad y es informado por la mejor erudición biológica de sus días, pero está equivocado, gloriosa y completamente equivocado». Pero, dice Dawkins, si debemos dar un rol al relojero, entonces ese rol debe ser el proceso de selección natural que Darwin expuso. Si es así, el relojero no tiene sentido del propósito: es ciego. Es un título claro pero fácilmente malinterpretado, y abre el camino a réplicas, como el reciente libro de William Dembski, ¿Qué Tan Ciego Está El Relojero? Dembski es un defensor del ‘diseño inteligente’, una reencarnación moderna de Paley con biología actualizada que repite los viejos errores en nuevos contextos.
Si usted encontrara un reloj en un brezal, es probable que su primera no sea que debe haber un relojero, sino un propietario del reloj. Podría incluso desear devolverle la propiedad al propietario, o mira a su alrededor para asegurarse de que no está en ningún lugar cercano antes de quedárselo. Paley nos dice que si encontramos, por decir, una araña en el sendero, entonces estamos inclinados a deducir la existencia de un hacedor de la araña. Pero no encuentra semejante inclinación a deducir la existencia de un propietario de araña. ¿Por qué es enfatizado un rol social humano, pero el otro sofocado?
Además, sabemos para qué sirve un reloj, y esto influye en nuestro pensamiento. Suponga, en cambio, que nuestro paseante por el brezal en el siglo XIX se encontró con un teléfono móvil, dejado por allí por algún viajero en el tiempo descuidado. Probablemente todavía inferiría ‘diseño’ de su forma intrincada... pero ¿propósito? ¿Qué propósito concebible tendría un teléfono móvil en el siglo XIX, sin una red de torres de transmisión? No hay manera de mirar un teléfono móvil e inferir algún propósito evidente. Si su batería se ha descargado, no hace nada. Y si lo que encuentra sobre el sendero es un chip de computadora —por ejemplo del motor de un automóvil— entonces incluso el elemento de diseño sería no-detectable, y el chip bien podría ser descartado como alguna roca cristalina oscura. El análisis químico confirmaría el diagnóstico mostrando que es principalmente silicio. Por supuesto, sabemos que estas cosas sí tienen un diseñador; pero en ausencia de cualquier propósito claro, el paseante en el brezal de Paley no tendría derecho a hacer tal inferencia.
En pocas palabras, la lógica de Paley está fuertemente parcializada por lo que un humano sabe sobre un reloj y su fabricante. Y su analogía se viene abajo cuando consideramos las otras características de los relojes. Si ni siquiera funciona para los relojes, que nosotros comprendemos, no hay razón para que sea aplicable a los organismos, que no comprendemos.

Es también algo injusto con las piedras.
Algunas de las rocas más viejas del mundo se encuentran en Groenlandia, en una banda de 25 millas de largo conocida como el cinturón supracortal de Isua. Son las rocas más viejas conocidas entre las que han sido colocados sobre la tierra, en vez de surgir del manto inferior. Tienen 3,8 mil millones de años, a menos que no podamos hacer inferencias confiables de las observaciones, y en tal caso las evidencias de un diseño cósmico tienen que ser desechadas junto con las de las rocas. Conocemos su edad porque contienen diminutos cristales de circón. Los mencionamos aquí porque muestran que la falta de interés de Paley en las ‘piedras’, y su casual aceptación de que podrían haber ‘estado allí desde siempre’, es injustificada. La estructura de una piedra no es tan simple como Paley supuso. A decir verdad, puede ser tan intrincada como un organismo, aunque no tan obviamente ‘organizada’. Cada piedra tiene una historia para contar.
Los circones son un buen ejemplo.
El circonio es el elemento 40 en la tabla periódica, y el circón es el sulfato de circonio. Aparece en muchas rocas, pero generalmente en cantidades tan diminutas que su presencia es ignorada. Es extremadamente duro —no tan duro como el diamante, pero más que el más duro de los aceros. Los joyeros lo usan a veces como un sustituto del diamante.
Los circones, entonces, se encuentran en la mayoría de las rocas, pero en este caso la roca importante es el granito. El granito es una roca ígnea, que brota de las capas fundidas debajo de la corteza terrestre, abriéndose paso a través de la roca sedimentaria que ha sido depositada por el viento o el agua. Los circones se forman en el granito que solidifica a unas 12 millas abajo (20 km) dentro de la Tierra. Los cristales son realmente diminutos: una diezmilésima de pulgada (2 micrones) es lo típico.
Durante las últimas décadas hemos sabido que nuestro planeta aparentemente estable es altamente dinámico, con continentes que se mueven sobre la superficie, acarreados por gigantescas ‘capas tectónicas’ que tienen 60 millas (100 km) de espesor y que flotan sobre el manto líquido. A veces incluso chocan entre sí. Se mueven menos de una pulgada (unos 2 cm) por año, promedio, y a escala temporal geológica eso es rápido.
El noroeste de Escocia fue una vez parte de Norte América, cuando la placa norteamericana chocó contra la placa eurasiática; cuando después las placas se apartaron, un trozo de América fue abandonado, constituyendo el Cinturón del Moine (Escocia). Cuando las placas chocan, incluso se deslizan unas sobre otras, y con frecuencia forman montañas. Las montañas más altas sobre la Tierra hoy, los Himalayas, se formaron cuando India chocó con la masa terrestre asiática. Todavía están creciendo hoy más de media pulgada (1,3 cm) por año, aunque a menudo erosionan más rápido, y la India todavía se mueve hacia el norte.
De todos modos, el granito profundo dentro de la Tierra puede ser elevado por la colisión de placas continentales, para aparecer en la superficie como parte de una cordillera. Siendo una roca dura, sobrevive cuando las rocas sedimentarias más blandas que lo rodean se desgastan. Pero eventualmente, incluso el granito se desgasta, de modo que la montaña erosiona. Los cristales de circón son aun más duros de modo que sobreviven al desgaste; se separan del granito, para ser arrastrados hasta la costa por arroyos y ríos, depositados sobre la orilla arenosa, e incorporados en la siguiente capa de roca sedimentaria.
Además de ser muy duro, el circón es químicamente muy estable, y resiste la mayoría de los cambios químicos. De modo que, a medida que el sedimento aumenta y el cristal de circón es enterrado bajo crecientes cantidades de roca incipiente, el cristal es relativamente inmune al calor y la presión crecientes. Incluso cuando la roca es calentada por el calor profundo, volviéndose metamórfica —cambiando su estructura química— el cristal de circón sobrevive. Su única concesión al ambiente extremo a su alrededor es que eventualmente desarrolla una nueva capa, como una cáscara, sobre su superficie. Este ‘borde’, como es llamado, es más o menos de la misma edad de la roca circundante; el núcleo interior es mucho más viejo.
Ahora el proceso se puede repetir. El núcleo del circón, con su nuevo borde, puede ser elevado con las rocas circundantes para formar una nueva cordillera. Cuando esas montañas se desgastan, el circón puede regresar a las profundidades, para adquirir un segundo borde. Entonces un tercero, un cuarto... Exactamente como los anillos del árbol muestran su crecimiento, los ‘bordes del circón’ reflejan una secuencia de formación de montaña y erosión. La diferencia principal es que cada anillo de un árbol corresponde a un período anual, mientras que los bordes del diminuto circón corresponden a ciclos geológicos que duran típicamente cientos de millones de años. Pero, así como el ancho de los anillos de un árbol nos dicen algo sobre el clima en los años que están representados, así los bordes de un circón nos dicen algo sobre las condiciones que existieron durante un ciclo geológico determinado.
Por una de esas pulcras coincidencias que Paley interpretaría como la Mano de Dios pero que en la actualidad reconocemos como una consecuencia inevitable de la absoluta riqueza del universo (sí, vemos que esas afirmaciones podrían ser lo mismo), el átomo de circonio tiene la misma carga eléctrica, y es casi del mismo tamaño, que un átomo de uranio. De modo que las impurezas del uranio pueden fácilmente escabullirse en ese cristal de circón. Esto es bueno para la ciencia, porque el uranio es radioactivo. Con el tiempo, se descompone en plomo. Si medimos la relación del uranio en plomo entonces podemos calcular el tiempo que ha transcurrido desde que una determinada parte del cristal de circón fue depositada. Ahora tenemos una poderosa herramienta de observación, un cronómetro geológico. Y también tenemos un simple pronóstico que nos da la confianza en la hipótesis de que el cristal de circón se forma en etapas sucesivas. Concretamente, el centro debería ser la parte más vieja del cristal, y los bordes sucesivos deberían ser por lo tanto más jóvenes, en etapas distintas.
Un cristal típico podría tener, por decir, cuatro capas. El centro podría datar 3,7 mil millones de años, el siguiente 3,6, el tercero 2,6, y el último 2,3 mil millones de años. De modo que aquí, en una simple ‘piedra’, tenemos evidencias de ciclos geológicos que duran entre 100 millones y mil millones años. El orden de las edades coincide con el orden en que el cristal debe haber sido depositado. Si el panorama general previsto por los geólogos estuviera equivocado, entonces se necesitaría un único grano de arena para refutarlo. Por supuesto eso no confirma los enormes ciclos geológicos: ésos se deducen de otras pruebas. La ciencia es un crucigrama.
Los circones pueden enseñarnos más. Se piensa que la relación de dos isótopos de carbono, carbono-12 y carbono-13, puede distinguir los orígenes orgánicos del carbono de los inorgánicos. Hay carbono en la formación de Isua, y la relación allí sugiere que la vida podría haber existido hace 3,8 mil millones de años, sorprendentemente poco después de que la superficie terrestre se solidificó. Pero esta conclusión es polémica, y muchos científicos no están convencidos de que las otras explicaciones puedan ser excluidas.
De todos modos, para los circones Isua sabemos que no es una opción haber ‘estado allí desde siempre’. Las piedras son mucho más interesantes que lo que podrían parecer, y cualquiera que sepa cómo leer las rocas puede deducir muchas cosas sobre su historia. Paley creyó que podía deducir la existencia de Dios en la complejidad de un ojo. No podemos obtener Dios desde un circón, pero podemos obtener inmensos ciclos geológicos de formación de montañas y erosión... y sólo posiblemente, evidencias de vida extremadamente antigua.
Nunca subestime a la humilde piedra. Podría ser un reloj disfrazado.

La posición de Paley es que usted obtiene lo que ve. La apariencia es la realidad. Su título Teología Natural lo dice, y su subtítulo apenas podría ser más directo. Los organismos parecen diseñados porque son diseñados: por Dios; parecen tener un propósito porque tienen un propósito: el de Dios. Dondequiera que Paley mirara, veía rastros de los trabajos manuales de Dios; todo a su alrededor era evidencia del Creador.
Esa clase de ‘evidencias’ existe en tal abundancia que no hay dificultad para acumular ejemplos. El ejemplo central de Paley fue el ojo. Observó su semejanza con un telescopio, y dedujo que ya que un telescopio estaba diseñado, también debía estarlo un ojo. La cámara no existía en sus días, pero si hubiera existido, habría encontrado semejanzas aun más cercanas. El ojo, como un telescopio o una cámara, tiene una lente para poner la luz entrante en foco nítido, formando una imagen. El ojo tiene una retina para recibir esa imagen, exactamente como un telescopio tiene un observador, o una pantalla sobre la que la imagen es proyectada.
La lente del ojo es inútil sin la retina; la retina es inútil sin la lente. No se puede armar un ojo poco a poco —se necesita todo, al mismo tiempo, o no podrá funcionar. Posteriores partidarios de las explicaciones deístas de la vida convirtieron los sutiles argumentos de Paley en un lema simplista: ‘¿Qué utilidad tiene medio ojo?’
Una razón para dudar de la explicación de ‘diseño’ de Paley es que en la ciencia muy raramente se obtiene lo que se ve. La Naturaleza está lejos de ser obvia. Puede parecer que las olas sobre el océano están viajando, pero el agua principalmente da vueltas en diminutos círculos. (Si no lo hiciera, la tierra quedaría anegada rápidamente.) Puede parecer que el Sol gira alrededor de la Tierra, pero en realidad es todo lo contrario. Las montañas, aparentemente sólidas y estables, crecen y caen a escalas temporales geológicas. Los continentes se mueven. Las estrellas explotan. De modo que la explicación ‘parece diseñado porque es diseñado’ es demasiado trillada, demasiado obvia, demasiado poco profunda. Eso no prueba que esté equivocada, pero nos da qué pensar.
Darwin era uno de un selecto grupo de personas que se dieron cuenta de que podría haber una alternativa. En lugar de algún diseñador cósmico creando la impresionante organización de organismos, esa organización podría ser una cuestión espontánea. O, con más exactitud, como una inevitable consecuencia de la naturaleza física de la vida, y las interacciones con su ambiente. Las criaturas vivas, sugería Darwin, no son el producto del diseño, sino de lo que ahora llamamos ‘evolución’ —un proceso del cambio lento, incremental, casi imperceptible de una generación a la siguiente, pero capaz de acumularse durante períodos extensivos de tiempo. La evolución es una consecuencia de tres cosas. Una es la habilidad de las criaturas vivas de pasar algunos de sus atributos a sus hijos. La segunda es la naturaleza ligeramente descuidada de esa habilidad: lo que pasan es rara vez una copia precisa, aunque habitualmente está cerca. La tercera es la ‘selección natural’ —las criaturas que son mejores para sobrevivir son las que logran reproducirse, y pasar sus atributos de supervivencia.
La selección natural es lenta.
Como un talentoso estudiante de geología —geología de campo al estilo victoriano, donde recorre el paisaje tratando de averiguar qué rocas están bajo sus pies, o a medio camino colina arriba de la siguiente montaña, y cómo llegaron allí—, Darwin era bien consciente de la absoluta profundidad abisal del tiempo geológico. El registro de las rocas ofrecía pruebas convincentes de que la Tierra debía ser muy, pero muy vieja efectivamente: decenas o cientos de millones de años, tal vez más. La actual cifra de 4,5 mil millones de años es aun mayor que la que los geólogos victorianos se atrevieron a imaginar, pero probablemente no los habría sorprendido.
Incluso unos pocos millones de años es un tiempo muy largo. Los pequeños cambios se pueden convertir en unos enormes después de tal período de tiempo. Imagine una especie de gusano de cuatro pulgadas (10 cm) de largo, cuya longitud se incremente una milésima todos los años, de modo que ni siquiera las mediciones muy exactas detectarían algún cambio anualmente. En cien millones de años, los descendientes de ese gusano tendrían 30 pies (10 m) de largo. De anélido a anaconda. El gusano vivo más largo hoy a veces llega a la longitud de 150 pies (50 m), pero es un gusano marino: Lineus longissimus, que viven en el Mar del Norte y puede ser encontrado bajo las rocas con la marea baja. Las lombrices de tierra son mucho más cortas, pero los gusanos Megascolecid de Australia pueden crecer hasta una longitud de 10 pies (3 m), que todavía es impresionante.
No estamos sugiriendo que la evolución ocurre con ese nivel de sencillez o regularidad, pero no hay ninguna duda de que el tiempo geológico permite que ocurran inmensos cambios en etapas imperceptibles. De hecho, la mayoría de los cambios evolutivos son mucho más rápidos. Las observaciones de los ‘pinzones de Darwin’, 13 especies de ave que habitan las Islas Galápagos, revelan cambios mensurables de un año al otro —por ejemplo, en el tamaño promedio de los picos de las aves.
Si queremos explicar el rico despliegue de vida sobre la Tierra, no es suficiente con observar que las criaturas vivas pueden cambiar a medida que pasan las generaciones. También debe haber algo que impulsa esos cambios en una dirección ‘creativa’. La única fuerza movilizadora que Paley podía imaginar era Dios, diseñándolos con deliberación e inteligencia, y desde el principio. Darwin era más agudamente consciente de que los organismos pueden cambiar y lo hacen desde cada generación hacia la siguiente. Tanto el registro de fósiles como su experiencia con la reproducción de nuevas variedades de plantas y animales domésticos ponían ese hecho en claro. Pero la reproducción es también una decisión impuesta desde afuera, por el criador, de modo que si cabe, los animales domésticos parecen una evidencia a favor de Paley.
Por otro lado, ningún agente humano jamás crió dinosaurios. ¿Implica eso que el agente era Dios... o los dinosaurios engendraron de algún modo en nuevas formas? Darwin se dio cuenta de que hay otra clase de ‘decisiones’, no impuestas por la voluntad inteligente sino por la circunstancia y el contexto. Ésta es la ‘selección natural’. En la vasta y continuada competencia por comida, espacio vital, y oportunidad de reproducirse, la naturaleza preferirá automáticamente a los ganadores sobre los perdedores. La competencia introduce un tipo de trinquete, que se mueve principalmente en una dirección: hacia lo que funciona mejor. De modo que no debería sorprendernos que los diminutos cambios incrementales de una generación hacia la siguiente posea alguna clase de ‘dirección’ en conjunto, o dinámica, con cambios que se acumulan de manera coherente a través de los eones para producir algo completamente diferente.
Esta clase de descripción es fácilmente malinterpretada como una especie de tendencia incorporada hacia el ‘progreso’ —siempre hacia adelante, siempre hacia arriba. Es aun más complejo. Muchos victorianos se dieron cuenta de que el propósito de la evolución era el surgimiento de la humanidad. Somos la forma más alta de la creación, estamos en la cima del árbol evolutivo. Con nosotros, la evolución ha llegado; ahora se detendrá, habiendo logrado su objetivo final.
Basura. ‘Funciona mejor’ no es una afirmación absoluta. Se aplica en un contexto que está cambiando en sí mismo. Lo que funciona mejor hoy puede no hacerlo en un millón de años —o incluso mañana. Tal vez por un rato, el pico de un ave ‘funcionará mejor’ si es más grande y más fuerte. Si esto es cierto, así es cómo cambiará. No porque las aves sepan qué clase de pico resultará mejor, sino porque esa clase de pico que funciona mejor es la que sobrevive más eficazmente y es por lo tanto más posiblemente heredada por generaciones exitosas. Pero los resultados de la competencia pueden cambiar las reglas del juego, de modo que más tarde, los picos grandes pueden convertirse en una desventaja; por ejemplo la comida apropiada podría desaparecer. De modo que ahora ganarán los picos más pequeños.
En pocas palabras, la dinámica de la evolución no es recetada de antemano: es ‘emergente’. Crea su propio contexto, y reacciona ante ese contexto, mientras avanza. De modo que en cualquier momento determinado esperamos encontrar alguna direccionalidad sensata en el cambio evolutivo, coherente durante muchas generaciones, pero a menudo el mismo universo sólo descubre cuál es esa dirección explorando qué es posible y descubriendo lo que funciona. A una escala temporal más larga, la dirección misma puede cambiar. Es como un río que fluye a través de un terreno erosionando: en un momento determinado hay una clara dirección de la corriente, pero a la larga el paso del río puede cambiar lentamente su propio curso.
Es también importante apreciar que los organismos individuales no compiten aisladamente, o contra un ambiente fijo. Ocurren miles de millones de competencias todo el tiempo, y su resultado puede ser afectado por los resultados de las otras competencias. No son como las Olimpíadas, donde los lanzadores de jabalina esperan con cortesía a que pasen los corredores del maratón. Es más como una versión de las Olimpíadas donde los lanzadores de jabalinas tratan de clavar tantos maratonistas como pueden, mientras los corredores de obstáculos están tratando de robarles sus jabalinas para convertir cada obstáculo en un salto de pértiga en miniatura, y el objetivo principal de los maratonistas es beber el salto de agua antes de que los corredores de obstáculos lleguen a ella y se la beban primero. Éstas son las Evolimpíadas, donde todo ocurre al mismo tiempo.
Las competencias evolutivas, y sus resultados, también dependen del contexto. El clima, en particular, juega un gran rol. En las Galápagos, la selección del tamaño de pico en los pinzones de Darwin depende de cuántas aves tienen qué tamaño de pico, y de qué clase de comida —semillas, insectos, cactus— está disponible y en qué cantidad. La cantidad y tipo de comida depende de qué plantas e insectos están compitiendo mejor en la batalla por sobrevivir —en gran parte por no ser comidos por los pinzones— y qué variedad. Y todo esto es jugado contra un fondo de variaciones climáticas: veranos húmedos o secos, inviernos húmedos o secos. Las observaciones publicadas en 2002 por Peter y Rosemary Grant muestran que la principal característica imprevisible de la evolución del pinzón en las Galápagos es el clima. Si pudiéramos pronosticar el clima con exactitud, podríamos pronosticar cómo evolucionarían los pinzones. Pero no podemos pronosticar el clima lo bastante bien, y hay razones para pensar que nunca será posible.
Eso no impide que la evolución sea ‘predictiva’, por lo tanto una ciencia, no más que lo que impide a la meteorología ser una ciencia. Pero las predicciones evolutivas dependen del comportamiento del clima. Predicen qué ocurrirá en qué circunstancias, no cuándo ocurrirá.
Darwin casi sin dudas leyó el trabajo de Paley cuando joven, y en su vida posterior bien puede haberlo usado como una piedra de toque para sus propias y más radicales opiniones, y mucho más indirectas. Paley expresó sucintamente muchas de las objeciones más efectivas a las ideas de Darwin, mucho antes de que Darwin llegara a ellas. La honestidad intelectual exigió a Darwin encontrar respuestas convincentes para Paley. Tales respuestas están dispersas en todo el épico tratado de Darwin, El Origen de las Especies, aunque el nombre de Paley no aparece.
En particular, Darwin encontró necesario enfrentar la espinosa cuestión del ojo. Su respuesta fue que aunque el ojo humano parece ser un mecanismo perfeccionado, con muchas partes interdependientes, hay abundancia de ‘ojos’ diferentes en el reino animal, y muchos de ésos son relativamente rudimentarios. Incluso pueden estar organizados en una aproximada progresión desde manchas sensibles a la luz hasta cámaras de agujero de alfiler y hasta lentes complejas (aunque esta organización no debe ser interpretada como una real secuencia evolutiva). En lugar de medio ojo, encontramos un ojo que es la mitad de eficaz para detectar la luz. Y esto es mucho, mucho mejor que no tener un ojo en absoluto.
El enfoque de Darwin para el ojo es complementado por algunos experimentos de computadora publicados por Daniel Nilsson y Suzanne Pelger en 1994. Estudiaron un simple modelo de la evolución de un parche de células sensibles a la luz, cuya geometría podía cambiar ligeramente en cada ‘generación’, y que fue dotada con la capacidad de desarrollar accesorios tales como una lente. En sus simulaciones, unas simples 100.000 generaciones fueron suficientes para transformar un parche sensible a la luz en algo que se aproximaba a un ojo humano, incluyendo una lente cuyo índice refractivo variaba de lugar a lugar, para mejorar su enfoque. El ojo humano posee exactamente esa lente. Además, y crucialmente, en cada uno de esos 100.000 pasos, la habilidad del ojo para sentir la luz mejoró.
Esta simulación fue recientemente criticada sobre la base de que saca lo que pone. Para empezar, no explica cómo pueden aparecer esas células sensibles a la luz, o cómo puede cambiar la geometría del ojo. Y usa una medida algo simplista del rendimiento del ojo. Éstas serían críticas importantes si estaban usando el modelo para alguna clase de prueba de que los ojos deben evolucionar, y como una descripción exacta de cómo lo hicieron. Sin embargo, nunca fue el propósito de la simulación. Tenía dos objetivos principales. Uno era mostrar que en el contexto simplificado del modelo, la evolución obligada por la selección natural podía hacer mejoras incrementales y llegar a algo semejante un verdadero ojo. No se quedaría atascado en el camino con alguna versión sin salida del ojo que sólo podría ser mejorado descartándolo y empezando de nuevo. El segundo objetivo era calcular el tiempo requerido para que tal proceso tuviera lugar (mire el título del trabajo), sobre la suposición de que los ingredientes necesarios estaban disponibles.
Algunas de las suposiciones del modelo son fácilmente justificadas, como ocurre. La luz transmite energía y la energía afecta los lazos químicos, de modo que no es sorprendente que muchos químicos respondan a la luz. La evolución tiene una inmensa gama de moléculas a las que recurrir —proteínas especificadas por las secuencias de ADN en los genes. Las posibilidades combinatorias aquí son realmente inmensas: el universo no es lo bastante grande, y no ha durado bastante tiempo, para hacer una molécula de cada proteína posible tan compleja como, por decir, la hemoglobina, el transportador de oxígeno en la sangre. Sería completamente asombroso si la evolución no pudiera producir por lo menos un pigmento sensible a la luz, e incorporarlo a una célula.
Incluso hay algunas ideas de cómo podría haber ocurrido. En Debatiendo el Diseño, Bruce Weber y David Depew señalan que se pueden encontrar unos sistemas de enzimas sensibles a la luz en bacterias, y que estos sistemas probablemente sean muy antiguos. Las bacterias no los usan para la visión, sino como parte de sus procesos metabólicos (ganancia de energía). Las proteínas en la lente humana son muy similares a las enzimas metabólicas encontradas en el hígado. De modo que las proteínas que forman el ojo no comenzaron como componentes de un sistema cuyo propósito era la visión. Surgieron en otro lugar y tenían ‘funciones’ muy diferentes. Su forma y función fueron entonces selectivamente modificadas cuando su rudimentario poder de sentir la luz resultó en ofrecer una ventaja evolutiva.
Aunque ahora conocemos bastante de la genética del ojo humano, ningún biólogo afirma saber exactamente cómo evolucionó. El registro fósil es pobre, y los ojos humanoides no se fosilizan (aunque los ojos del trilobites sí). Pero los biólogos pueden ofrecer simples razones de por qué y cómo pudo haber evolucionado el ojo, y son suficientes para demoler afirmaciones de que su evolución es imposible en principio porque los componentes del ojo son interdependientes, y si se quita alguno de ellos el ojo funciona mal. El ojo no desarrolló un componente a la vez. Su estructura se desarrolló en paralelo.

Los instigadores de los más recientes resurgimientos de la doctrina de Paley, aunque en tonos menos abiertamente deístas, han tomado el mensaje del ojo como un caso específico... pero parecen haber olvidado sus aspectos más genéricos. La discusión del ojo de Darwin, y el experimento de computadora Nilsson-Pelger, no se limitan a los ojos. Aquí hay un mensaje más profundo. Cuando enfrente un ‘mecanismo’ vivo complejo, no suponga que la única manera en que puede evolucionar es componente por componente, parte por parte. Cuando ve un reloj, no piense en enganchar muelles y añadir ruedas dentadas de alguna caja estándar de piezas de repuesto. Piense más en el ‘reloj blando’ de Salvador Dalí que puede fluir y distorsionarse, deformarse, dividirse, y reunirse. Piense de un reloj cuyas ruedas dentadas pueden cambiar de forma, crecer nuevos dientes, y cuyos ejes y soportes evolucionan al mismo tiempo que los dientes de modo que en cada etapa toda la cosa encaja bien. Piense en un reloj que puede haber comenzado como un clip de papel, y a lo largo del camino se volvió un palo de pogo. No piense en un reloj que tiene y siempre tuvo un único propósito, que era decir la hora. Piense en un reloj que una vez sostuvo hojas de papel, y que también pudo ser enderezado para formar un mondadientes, y que más tarde resultó ser grandioso para rebotar, y que empezó a ser usado para medir el tiempo sólo cuando alguien notó que sus movimientos rítmicos podían registrar los segundos que pasaban.
Sí, los defensores del diseño inteligente comprenden el ojo... pero sólo como un ejemplo, no como la base de un principio general. «Oh, sí, sabemos todo sobre el ojo», dicen (nosotros parafraseamos). «No vamos a preguntar qué utilidad tiene medio ojo. Es una tontería ingenua.» De modo que en cambio, preguntan qué utilidad tiene medio flagelo bacterial, y en consecuencia repiten el error idéntico en un contexto diferente.
Debemos este ejemplo a Michael Behe, un bioquímico que quedó desconcertado por la complejidad del flagelo bacterial. Son las ‘colas’ que las bacterias usan para moverse, diminutas ‘hélices’ como las propelas de los barcos, impulsadas por un motor molecular giratorio. Para hacer tal motor se necesitan aproximadamente cuarenta proteínas, y si pierde alguna de ellas, no funciona. En La Caja Negra de Darwin, 1996, Behe afirmó que la única manera posible de hacer un flagelo era codificar toda la estructura, con anticipación, en el ADN bacterial. Este código no podía haberse desarrollado a partir de algo más simple, porque el flagelo era ‘irreductiblemente complejo’.

Se dice que un órgano o sistema bioquímico es irreductiblemente complejo si al retirar alguna de sus partes falla. Behe dedujo que ningún sistema irreductiblemente complejo podía evolucionar. El ejemplo del flagelo bacterial se convirtió rápidamente en piedra angular del movimiento de diseño inteligente, y el principio de la complejidad irreducible de Behe fue promovido como una barrera ineludible a la evolución de las estructuras y funciones complejas.
Hay varios libros excelentes que debaten el diseño inteligente: ya hemos mencionado dos en una nota al pie de página. Es justo decir que los anti están ganando el debate sin esfuerzo —incluso en libros editados por los pro, como Debatiendo el Diseño. Quizás el mayor problema para los pro es que el concepto fundamental de la ‘complejidad irreducible’ de Behe tiene defectos fatales. Con su definición, la deducción de que un sistema irreductiblemente complejo no puede evolucionar es válida sólo si la evolución consiste siempre en añadir nuevas partes. Si ése fuera el caso, entonces la lógica es clara. Suponga que tenemos un sistema irreductiblemente complejo, y suponga que hay una ruta evolutiva que conduce hacia él. Enfóquese sobre el paso final, donde es añadida la última parte. Entonces sea lo que sea que había antes debe haber sido un fracaso, de modo que no podía haber existido. Esto es absurdo: fin de la historia.
Sin embargo, la evolución no necesita simplemente añadir componentes identificables, como un obrero que monta una máquina. También puede quitarlos —como un constructor que usa un andamio y que luego lo quita una vez hecho su trabajo. O la estructura entera puede desarrollarse en paralelo. Cualquier posibilidad permite que un sistema irreductiblemente complejo evolucione, porque el próximo al último paso ya no tiene que empezar desde un sistema que carece de esa pieza final y esencial. En cambio, puede empezar desde un sistema con una pieza adicional, y quitarla. O añadir dos piezas esenciales simultáneamente. Nada en la definición de Behe de la complejidad irreducible prohíbe cualquiera de estas acciones.
Además, ‘falla’ es un concepto resbaladizo: un reloj que carece de manecillas falla al decir la hora, pero todavía puede usarlo para detonar una bomba de tiempo, o colgarlo de un cordel para hacer una plomada. Los órganos y los sistemas bioquímicos a menudo cambian de funciones mientras evolucionan, como acabamos de ver en el contexto del ojo. Ninguna definición satisfactoria de ‘complejidad irreducible’ —una que realmente constituya una barrera a la evolución— ha sido sugerida aun.
De acuerdo con Kenneth Miller en Debatiendo el Diseño: La grandiosa ironía de que el flagelo crezca en aceptación como un icono del movimiento antievolucionista es el hecho de que la investigación había demolido su estatus como un ejemplo de complejidad irreducible casi desde el mismo momento en que fue declarado. Si se quitan partes del flagelo no causa que éste ‘falle’. La base del motor bacterial es notablemente similar a un sistema que las bacterias usan para atacar a otras bacterias, el ‘sistema de secreción tipo III’. De modo que aquí tenemos la base de una ruta evolutiva completamente sensata y plausible al flagelo, en el cual se agregaron componentes proteicos. Cuando los retira otra vez, no tiene un flagelo activo... pero tiene un sistema de secreción que funciona. El método bacterial de propulsión bien puede haberse desarrollado a partir de un mecanismo de ataque.
A su favor, los defensores del diseño inteligente están alentando esta clase de debate, pero todavía no han reconocido la derrota, aunque su programa entero descansa en fundamentos temblorosos y está desplomándose en ruinas. Los creacionistas, desesperados por coger cualquier paja de respetabilidad científica para su programa político de instalar la religión en el sistema de escuelas públicas estadounidenses, todavía no han notado que lo que actualmente están tomando como soporte científico está rompiendo las costuras. La misma teoría del diseño inteligente no es abiertamente deísta —efectivamente sus defensores tratan con todas sus fuerzas no sacar conclusiones religiosas. Quieren que los argumentos científicos sean considerados como ciencia. Por supuesto, eso no va a ocurrir, porque las implicancias deístas son demasiado obvias —incluso para los ateos.
Hay algunas cosas que la evolución no explica —lo cual alegrará el corazón de cualquiera que sienta que, a pesar de Darwin, hay algunos asuntos que ciencia no puede abordar.
Es perfectamente posible estar de acuerdo con Darwin y sus sucesores que la Tierra tiene 4,5 mil millones de años, y que la vida ha evolucionado, por procesos puramente físicos y químicos, desde orígenes inorgánicos —y sin embargo todavía se encuentra un lugar para una deidad. Sí, en un universo rico y complejo, todas estas cosas pueden ocurrir sin intervención divina. Pero... ¿cómo empezó a existir ese universo rico y complejo?
Aquí, la cosmología actual ofrece descripciones del cómo (Big Bang, varias alternativas recientes) y del cuándo (hace aproximadamente 13 mil millones de años), pero no del por qué. La teoría de cordel, una reciente innovación en las fronteras de la física, hace un interesante intento en el ‘por qué’. Sin embargo, deja una parte aun más grande de ‘por qué’ sin respuesta: ¿por qué teoría de cordel? La ciencia desarrolla las consecuencias de las reglas físicas ("leyes"), pero no explica por qué esas reglas son aplicables, o cómo llegó a existir tal configuración.
Éstos son hondos misterios. Por el momento, y probablemente para siempre, no son asequibles al método científico. Aquí las religiones hacen su negocio, brindando las respuestas a los acertijos acerca de los cuales la ciencia prefiere quedarse muda.
Si usted quiere respuestas, están disponibles.
Una buena cantidad de diferentes respuestas, a decir verdad. Elija la que le haga sentir más cómodo.
Sentirse cómodo, sin embargo, no es un criterio reconocido por la ciencia. Puede hacernos sentir tibios y cobijados, pero el desarrollo histórico de los conocimientos científicos muestra que, una y otra vez, tibios y cobijados es sólo una manera cortés de decir ‘equivocados’.
Los sistemas de fe dependen de la fe, no de las pruebas. Proveen respuestas —pero no suministran ningún proceso racional para evaluar esas respuestas. De modo que aunque hay preguntas a responder más allá de la capacidad de la ciencia, es principalmente porque la ciencia se establece altos estándares para las evidencias, y sujeta su lengua cuando no hay ninguna. La supuesta superioridad de los sistemas de fe comparados con la ciencia, cuando se trata de estos hondos misterios, no proviene de un fracaso de la ciencia, sino de la buena disposición de los sistemas de fe para aceptar la autoridad sin cuestionar.
De modo que una persona religiosa puede sentirse cómoda porque sus creencias le suministran respuestas a las profundas cuestiones de la existencia humana, que están más allá de los poderes de la ciencia, y el ateo puede sentirse cómodo porque no hay absolutamente ninguna razón para esperar que esas respuestas sean correctas. Pero tampoco hay alguna manera de demostrar que están equivocados, entonces ¿por qué no simplemente coexistimos en paz, nos mantenemos fuera del campo de los otros, y seguimos con nuestras propias cosas cada cual? Lo cual es fácil de decir pero más difícil de hacer, especialmente cuando algunas personas se niegan a permanecer en su propio campo, y usan medios políticos, o la violencia, para promocionar sus ideas, cuando el debate racional los demolió hace tiempo.
Algunos aspectos de algunos sistemas de creencias son verificables, por supuesto —el Gran Cañón no es evidencia del diluvio de Noé, a menos que Dios esté haciendo una broma a costa de nosotros, que indudablemente sería una cosa muy Mundodisco para hacer. Y si la está haciendo, entonces todas las apuestas terminan, porque Su palabra revelada en [inserte su Libro Sagrado preferido] también puede ser una broma. Otros aspectos no son verificables: los asuntos más profundos se extravían en territorio intelectual donde, al final, usted tiene que conformarse con cualquier explicación que su tipo de mente encuentra convincente, o sólo dejar de hacer esa clase de preguntas.
Pero recuerde: lo que es más interesante sobre sus creencias, para alguien que no las comparte, no es si usted tiene razón... es lo que usted cree que es una ventana hacia el funcionamiento de su mente. ‘Ah, de modo que usted piensa así, ¿verdad?’
Allí es donde conduce el grandioso misterio de la existencia humana, y donde todas las explicaciones son verdaderas —para un valor dado de ‘verdadero’.



CAPÍTULO 5
La Pernera del Tiempo equivocada
El globo de vidrio de Mundobola había sido instalado sobre un pedestal enfrente de Hex para cuando la mayor parte del profesorado superior se levantó y daba vueltas por allí. Estaban siempre un poco como cabos sueltos al terminar el Segundo Desayuno y cuando todavía no era tiempo de los Onces, y esto parecía un entretenimiento.
—Uno se pregunta si es digno de que lo salvemos, realmente —dijo el Director de Estudios Indefinidos—. Ha tenido enormes eras de hielo antes, ¿verdad? Si los humanos son demasiado estúpidos para partir a tiempo, entonces es seguro que hay otra especie interesante por aquí en medio millón de años o algo así.
—Pero la extinción es tan... más bien... final —dijo el Conferenciante en Runas Recientes.
—Sí, y nosotros creamos su mundo y les ayudamos a volverse inteligentes —dijo el Decano—. No podemos permitir que se congelen. Sería como irnos de vacaciones y no alimentar al hámster.
Un relojero como parte del reloj, pensó Ponder, ajustando el omniscopio más grande de la universidad; no sólo hacer el mundo, sino pellizcarlo todo el tiempo...
Los magos no creían en dioses. No negaban su existencia, por supuesto. Simplemente no creían. No era nada personal; no eran en realidad descorteses sobre eso. Los dioses eran una parte visible del narrativium que hacía que las cosas funcionaran, que le daba su propósito al mundo. Es que sólo estaban mejor si los evitaban.
Mundobola no tenía ningún dios que los magos hubieran podido encontrar. Pero uno que estuviera incorporado... ésa era una idea nueva. Un dios dentro de cada flor y cada piedra... no exactamente un dios que estaba en todas partes, sino un dios que estaba en todas partes.
El último capítulo de Teología de las Especies había sido muy impresionante...
Retrocedió. Hex había estado ocupado toda la mañana. También el Bibliotecario. Ahora mismo estaba quitando el polvo cuidadosamente a los libros e introduciéndolos en la tolva de Hex. Hex había llegado a dominar el secreto de la lectura osmótica, normalmente sólo intentada por estudiantes.
Y el Bibliotecario había localizado una copia correcta de El Origen de las Especies, el libro que Darwin debería haber escrito. Tenía una imagen de Darwin como portada. Con un sombrero puntiagudo habría pasado por mago en cualquier lugar. Si se trataba de eso, podría haber pasado por el Archicanciller.
Ponder esperó hasta que los magos se acomodaron y abrieron sus palomitas de maíz.
—Caballeros —dijo—, espero que todos hayan leído mi análisis...
Los magos lo miraron fijamente.
—Trabajé muy duro en él toda la mañana —dijo Ponder—. Y fue entregado en todas sus oficinas...
Hubo más miradas fijas.
—Tenía una tapa verde... —apuntó Ponder.
Las miradas fijas eran muy intensas ahora. Ponder se rindió.
—¿Quizás debería recordarles los puntos importantes? —dijo.
Las caras se iluminaron.
—Refresca nuestras memorias —dijo el Decano, alegremente.
—Discutí líneas temporales alternativas en el espacio fase —dijo Ponder. Eso fue un error, podía verlo. Sus compañeros magos no eran estúpidos, pero tenías que ser cuidadoso para concebir ideas que encajaran en los agujeros de sus cabezas.
—Dos perneras diferentes en el Pantalón del Tiempo —dijo Ponder—. En el año 1859, por el corriente sistema de contar en uso en esa parte de Mundobola, un libro cambió la manera de pensar sobre el mundo de muchas personas. Sólo que ocurrió que era el libro equivocado...
—Demuéstralo —dijo el Director de Estudios Indefinidos.
—¿Perdone, señor?
—Bien, corrígeme si estoy equivocado, ¿pero supón que Teología de las Especies era el libro correcto? —dijo el Director.
—Silenció el progreso científico, es decir, tecnomántico, durante casi cien años, señor —dijo Ponder, cansadamente—. Retrasó el conocimiento de la humanidad de su lugar en el universo.
—¿Quieres decir que fue construido por unos magos y dejado en un estante en un corredor? —dijo el Director.
—Eso es sólo verdadero desde el exterior, señor —dijo Ponder—. Mi punto es, algo le pasó al Sr. Darwin en algún momento de su vida que hizo que escribiera el libro equivocado. Y estaba equivocado. Sí, habría sido el libro correcto aquí en Mundodisco, señor. Sabemos que hay un Dios de la Evolución.
—Eso es correcto. Un viejo flaco, vive en una isla —dijo Ridcully—. Tipo decente, a su manera. ¿Recuerdan? Estaba rediseñando el elefante cuando estuvimos ahí. Con ruedas, muy inteligente. Muy aficionado a los escarabajos, también, según recuerdo.
—¿De modo que por qué escribiría Darwin este libro de teología en cambio? —insistió el Director de Estudios Indefinidos.
—No lo sé, señor, pero como escribí en la página 4, estoy seguro de que lo recuerda, era el libro equivocado en el tiempo exactamente correcto. Sin embargo, tenía sentido. Había algo en él para todos. Todo lo que los tecnománticos tenían que hacer era dejar un lugar en su ciencia para el dios local, y todo lo que los sacerdotes tenían que ceder eran algunas creencias en las que ninguno de los sensatos creía de todos modos...
—¿Como qué? —dijo el Decano.
—Bien, que el mundo fue creado en una semana y que no era muy viejo —dijo Ponder.
—¡Pero eso es verdad!
—Otra vez, sólo desde el exterior, Decano —dijo Ponder suavemente—. Hasta donde podemos saber, Teología de las Especies polarizó la opinión intelectual de una manera curiosa. De hecho, jaja, la ecuatorizó, podrían decir.
—No creo que lo hagamos —dijo Ridcully—. ¿Qué significa la palabra?
—Ah... er, sobre un globo, el ecuador es una línea imaginaria alrededor del medio —dijo Ponder—. Lo que ocurrió fue que la mayor parte de los tecnománticos y los sacerdotes fueron detrás de las ideas expresadas en el libro de Darwin, porque les daban a todos mucho de lo que querían. Unos pocos de los tecnománticos tenían una fuerte creencia en el dios, y la mayoría de los sacerdotes más brillantes podían ver grandes fallas en el dogma. Juntos, eran una fuerza muy grande e influyente. Los religionistas de línea dura y los tecnománticos inflexibles fueron marginados. Afuera, en el frío. Polarizados, de hecho. —Este prolijo juego de palabras, aunque lo dijo él mismo, ni siquiera logró un gruñido de reconocimiento, de modo que continuó—: No estaban de acuerdo con el grupo unido e indudablemente no estaban de acuerdo entre sí. Y, por lo tanto, el compromiso feliz gobernaba. Durante bastante más de sesenta años.
—Eso es bueno —dijo el Conferenciante en Runas Recientes.
—Er... sí, señor, y entonces otra vez, no —dijo Ponder—. La tecnomancia no funciona bien en esas circunstancias. No puede hacer verdadero progreso por consenso. Ja, conducida por un grupo de ancianos presumidos que son más interesantes en grandes cenas que haciendo preguntas; ésa es una receta para el estancamiento, cualquiera puede verlo.
Los magos asintieron sabiamente.
—Muy verdadero —dijo el Archicanciller Ridcully, achicando los ojos—. Ése era un punto importante que tenías que exponer.
—Gracias, Archicanciller.
—Y ahora tienes que pedir disculpas.
—Lo siento, Archicanciller.
—Bien. De modo que, Sr. Stibbons, qué...
Se escuchó un traqueteo desde la máquina de escribir de Hex. Los brazos arañosos ondularon a través del papel y escribieron:

+++ El Director de Estudios Indefinidos tiene razón +++
Los magos se agruparon alrededor.
—¿Razón en qué? —dijo Ponder.
+++ El Charles Darwin de Teología de las Especies fue durante gran parte de su vida un párroco de la Iglesia de Inglaterra, un subconjunto de la nación británica +++ garabateó la computadora +++ La principal función de los sacerdotes de esa religión en ese tiempo era como mucho promover las artes de la arqueología, historia local, colecciones de mariposas, botánica, paleontología, geología y la fabricación de fuegos artificiales +++
—¿Los sacerdotes hacían eso? —dijo el Decano—. ¿Y qué me dices de rezar y todo eso?
+++ Algunos de ellos también lo hacían, sí, aunque lo consideraban estar presumiendo. El Dios de los ingleses no pedía mucho en el sentido de sacrificio, sólo que las personas actuaran decentemente y que no hicieran ruido. Ser sacerdote en esa iglesia era un trabajo natural para un joven de buena cuna y educación pero sin un talento muy específico. En las zonas rurales tenían mucho tiempo libre. Mis cálculos sugieren que Teología de las Especies era el libro que él estaba destinado a escribir. En todas las historias de espacio fase de tercer nivel, hay sólo una en la que escribe El Origen de las Especies +++
—¿Por qué es eso? —dijo Ponder.
+++ La explicación es compleja +++
—Bien, suéltala —dijo Ridcully—. Aquí somos todos hombres sensatos.
Otro trozo de papel se deslizó de la bandeja de Hex. Decía:
+++ Sí. Ése es el problema. ¿Comprenden que cada posibilidad de elección da a luz un nuevo universo en el que esa elección se manifiesta? +++
—Esto es el Pantalón del Tiempo otra vez, ¿verdad? —dijo Ridcully.
+++ Sí. Excepto que cada pernera del Pantalón del Tiempo se bifurca en muchas otras perneras, y también esas perneras y cada pernera siguiente, hasta que está tan lleno de perneras por todos lados que a menudo pasan a través de otras o se unen otra vez +++
—Creo que estoy perdiendo la huella —dijo Ridcully.
+++ Sí. El idioma no es bueno para esto. Incluso la matemática se pierde. Pero una pequeña historia podría resultar. Les contaré la historia. No será totalmente inexacta +++
—Adelante —dijo Ridcully.
+++ Imaginen un número inimaginablemente grande +++
—De acuerdo. No hay problema allí —dijo Ridcully, después de que los magos consultaran entre sí.
+++ Muy bien +++ escribió Hex. +++ Desde el momento en que el universo Mundobola fue hecho, empezó a dividirse en copias casi idénticas de sí mismo, miles de millones de veces por segundo. Ese número inimaginablemente grande representa todos los posibles universos Mundobola que hay +++
—¿Todos estos universos existen realmente? —dijo el Decano.
+++ Imposible demostrarlo. Supongamos que sí. En todos esos universos hay apenas ninguno en el que exista un hombre llamado Charles Darwin, que hace un viaje oceánico trascendental, y que escribe un libro enormemente influyente sobre la evolución de la vida en el planeta. Sin embargo, ese número es todavía inimaginablemente grande +++
—¿Pero imaginado por una imaginación más pequeña? —dijo Ridcully—. Quiero decir, ¿es la mitad de la cantidad del otro número inimaginable?
+++ No. Es inimaginablemente grande. Pero comparado con el primer número, es inimaginablemente pequeño +++
Los magos lo debatieron en susurros.
—Muy bien —dijo Ridcully, por fin—. Continúa y te seguiremos cuando podamos.
+++ Aún así, no es tan inimaginable como el número de universos en los que el libro era El Origen de las Especies. Esa cantidad es muy extraña y sólo puede ser imaginada en absoluto en circunstancias muy poco habituales +++
—¿Es inimaginablemente más grande? —dijo Ridcully.
+++ Inimaginablemente único. El número uno. Caballeros. Completamente solo. Uno es uno y completamente solo. Uno. Sí. En el espacio fase de tercer nivel hay sólo una historia donde él se sube al bote, termina el viaje, considera las conclusiones y escribe ese libro. Todos los otros Darwin alternativos no existieron, o no se quedaron en el bote, o no sobrevivieron al viaje, o no escribieron ningún libro en absoluto, o escribieron, en muchos casos, Teología de las Especies y entraron en la iglesia +++
—¿Bote? —dijo Ponder—. ¿Qué bote? ¿Qué tienen que ver los botes con esto?
+++ Ya expliqué, en la exitosa línea vital que llega hasta la humanidad abandonando el planeta, el Sr. Darwin hace un viaje importante. Es uno de los diecinueve eventos cruciales en la historia de la especie. Es casi tan importante como Joshua Goddelson dejando su casa por la puerta trasera en 1734 +++
—¿Quién era él? —dijo Ponder—. No recuerdo el nombre.
+++ Un zapatero que vivía en Hamburgo, Alemania +++ escribió Hex. +++ Si ese día hubiera dejado su casa por la puerta principal, la fusión nuclear comercial no habría sido perfeccionada 283 años después +++
—Eso fue importante, ¿verdad? —dijo Ridcully.
+++ Ampliamente. Tecnomancia superior +++
—¿Necesitaba mucho en el sentido de zapatos, entonces? —dijo Ridcully, perplejo.
+++ No. Pero la cadena de causalidades, aunque compleja, es clara +++
—¿Qué tan difícil es subir a este bote? —dijo el Decano.
+++ En el caso de Charles Darwin, muy difícil +++
—¿Adónde iba?
+++ Navegaba desde Inglaterra hasta Inglaterra. Pero había paradas cruciales en el camino. Incluso en esas historias donde se embarcó, no terminó el viaje ni completó El Origen de las Especies, en todos los casos excepto uno +++
—Sólo una versión de la historia, dices —dijo Ponder Stibbons—. ¿Sabes por qué?
+++ Sí. Es una donde ustedes intervienen +++
—Pero no hemos intervenido —dijo Ridcully.
+++ En un primitivo sentido subjetivo ése es el caso. Sin embargo, van a desearlo pronto +++ escribió Hex.
—¿Qué? ¡Y no soy un sujeto primitivo, Sr. Hex!
+++ Lo siento. Es difícil expresar ideas de cinco dimensiones en una lengua desarrollada para gritar desafíos a los monos del árbol cercano +++
Los magos se miraron unos a otros.
—Meter a un hombre en una embarcación no puede ser difícil, ¿verdad? —dijo el Decano.
—¿Es peligrosa la época de Darwin? —dijo Rincewind.
+++ Inevitablemente. El centro del Globo es un infierno, la humanidad está protegida de ser asada viva por nada más que una cáscara de aire y fuerzas magnéticas, y el riesgo de un golpe de asteroide está siempre presente +++
—Creo que Rincewind se refería a cuestiones más inmediatas —dijo Ridcully.
+++ Comprendido. La ciudad principal que deben visitar tiene muchas áreas mugrientas y alcantarillas abiertas. El río que la divide en dos es nocivo. Su destino podía ser considerado una zanja de drenaje de grandes crímenes en un mundo peligroso y sucio +++
—¿Casi como aquí, quiere decir?
+++ La semejanza es notable, sí +++
Los brazos que escribían dejaron de moverse. Unas partes de Hex traquetearon y se sacudieron. Las hormigas cesaron su decidido andar y empezaron a arremolinarse sin rumbo fijo en sus tuberías de vidrio. Hex parecía tener algo en mente.
Entonces, un brazo de escribir untó la pluma en la tinta y escribió, lentamente:
+++ Hay un problema adicional. No está claro para mí por qué Darwin no escribió El Origen en alguna parte de los universos múltiples sin su próxima ayuda +++
—No hemos decidido que iremos... —empezó Ridcully.
+++ Pero ustedes van a haberlo hecho +++
—Bien, probablemente...
+++ A través de todo el espacio fase de este mundo, Charles Darwin hizo muchas cosas. Se convirtió en un relojero experto. Dirigió una fábrica de cerámica. En muchos mundos fue un sacerdote de provincia. En otros, fue geólogo. En otros aún, hizo el importante viaje y como resultado escribió Teología de las Especies. En algunos, empezó a escribir El Origen de las Especies sólo para abandonarlo. Sólo en una línea de vida, El Origen fue publicado. No debería ser posible. Detecto... +++
+++ Detecto... +++
Los magos esperaron cortésmente.
—¿Sí? —dijo Ponder.
La única pluma se movió a través del papel.
+++ MALEVOLENCIA +++



CAPÍTULO 6
Tiempo prestado
Las perneras del Pantalón del Tiempo que siempre se bifurcan son una metáfora (a menos que usted sea un físico cuántico, en cuyo caso representan cierta visión matemática de la realidad) de los muchos senderos que la historia podría haber tomado si los eventos hubieran sido ligeramente diferentes. Más adelante, pensaremos en todas esas perneras, pero por ahora limitaremos nuestra atención a una. Una línea vital. ¿Qué es exactamente el tiempo?
Sabemos qué es en Mundodisco. «Tiempo, dice La Nueva Compañía de Mundodisco, es una de las personificaciones antropomórficas más herméticas del Mundodisco. Se aventura que el tiempo es mujer (no espera a ningún hombre) pero nunca ha sido vista en los mundos mundanos, habiendo partido siempre hacia algún otro lugar justo hace un momento. En su castillo cronofónico, formado por interminables habitaciones de vidrio, a veces, er, se materializa como una alta mujer de pelo oscuro, con un largo vestido rojo y negro.»
Tick.
Incluso Mundodisco tiene problemas con el tiempo. En Mundobola es peor. Había una vez (aquí vamos) cuando espacio y tiempo eran considerados cosas totalmente diferentes. El espacio tenía, o era, una extensión —algo esparcido alrededor y a través del cual uno podía moverse a voluntad. Dentro de lo razonable, tal vez unas 20 millas (30 km) por día en un buen caballo, si los senderos no estaban demasiado embarrados y los salteadores de caminos no eran demasiado molestos.
Tick.
Tiempo, por contraste, se movía por propia voluntad y llevaba al humano con él / ella. El tiempo pasaba, a la velocidad fija de una hora por hora, siempre en dirección hacia el futuro. El pasado ya había ocurrido, el presente estaba ocurriendo ahora mismo —ups, ya se fue— y el futuro todavía tenía que ocurrir, pero caramba, recuerde mis palabras, será cuando esté listo.
Tick.
Usted podía escoger adónde ir en el espacio, pero no podía elegir cuándo en el tiempo. No podía visitar el pasado para averiguar qué había ocurrido realmente, o visitar el futuro para averiguar qué destino le aguardaba; simplemente tenía que esperar y averiguarlo. De modo que el tiempo era totalmente diferente del espacio. El espacio era tridimensional, con tres direcciones independientes: izquierda / derecha, atrás / adelante, arriba / abajo. El tiempo sólo era.
Tick.
Entonces vino Einstein, y el tiempo empezó a mezclarse con el espacio. Las direcciones temporales todavía eran diferentes de las espaciales, de alguna manera, pero uno podía mezclarlas un poco. Uno podía tomar prestado tiempo aquí y devolverlo en algún otro lugar. Aún así, uno no podía salir hacia el futuro y encontrarse a sí mismo atrás, en su propio pasado. Sería viajar en el tiempo, que no jugaba ningún rol en la física.

Lo que la ciencia aborrece, las artes ansían. El viaje en el tiempo puede ser una quimera física, pero es un maravilloso recurso narrativo para los escritores, porque permite que la historia se mueva al pasado, presente o futuro, a voluntad. Por supuesto, no necesita de una máquina del tiempo para hacerlo —una escena retrospectiva es una estratagema literaria habitual. Pero es divertido (y respetuoso con el narrativium) tener alguna clase de lógica que se ajuste a la misma historia. A los escritores victorianos les gustaba usar sueños; un buen ejemplo es Canción de Navidad de Charles Dickens, de 1843, con sus fantasmas de la Navidad pasada, presente, y aun por venir. Hay incluso un subgénero literario de "novelas del tiempo", algunas de ellas realmente muy apasionadas. Las francesas.

El viaje en el tiempo causa problemas si se lo trata como algo más que un simple recurso literario. Cuando está relacionado con la libre voluntad, conduce a paradojas. El supremo estereotipo aquí es la "paradoja del abuelo", que viene del relato de Rene Barjavel, El Viajero Imprudente. Usted vuelve en el tiempo y mata a su abuelo, pero porque su padre no ha nacido, tampoco usted, de modo que no puede volver y matarlo... No está claro por qué es siempre su abuelo (excepto como signo de que es un estereotipo, una forma de bajo nivel de narrativium). Matar a su padre o a su madre tendría las mismas consecuencias paradójicas. Y también podría tenerlas la matanza de una mariposa del Cretáceo, como en El sonido del trueno, cuento de 1952 de Ray Bradbury, donde la muerte accidental de una mariposa a manos de un inconsciente viajero del tiempo empeora la política actual.

Otra célebre paradoja temporal es la del público acumulativo. Ciertos eventos, siendo el más corriente la Crucifixión, están dotados con tanto narrativium que cualquier turista del tiempo que se respete exigirá verlos. La consecuencia inevitable es que cualquiera que visite la Crucifixión encontrará a Cristo rodeado por miles, si no millones, de viajeros del tiempo. Una tercera es la paradoja de las inversiones continuadas. Usted pone dinero en una cuenta bancaria en 1955, lo saca en 2005 con el interés acumulado; entonces vuelve a 1955 y lo deposita otra vez... Tenga cuidado de usar algo como oro, no billetes —los billetes de 2005 no serán válidos en 1955. La novela de Robert Silverberg, Por el Tiempo trata sobre el Servicio Temporal, una fuerza de policía cuyo trabajo es impedir que tales paradojas se les vayan de las manos. Un tema similar ocurre en la novela de Isaac Asimov, El Fin de la Eternidad.
Toda una clase de paradojas surge de los bucles temporales, bucles cerrados de causalidad en los que los eventos sólo comienzan porque alguien viene del futuro a iniciarlos. Por ejemplo, la manera más fácil para que la humanidad de hoy obtenga una máquina del tiempo es que alguien encuentre una, traída por un viajero del tiempo desde el futuro lejano, cuando tales máquinas ya hayan sido inventadas. Él o ella entonces invierte la ingeniería de la máquina para averiguar cómo funciona, y más tarde estos principios constituyen la base para la futura invención de la máquina. Dos historias clásicas de este tipo son, Puerta Del Tiempo[2], de Robert Heinlein, y Todos Ustedes, Los Zombis[3], siendo la segunda digna de mención por un protagonista que se convierte en su propio padre y su propia madre (vía un cambio de sexo). David Gerrold llevó esta idea a extremos en El Hombre Que Se Plegaba.
Los escritores de ciencia ficción se dividen entre las paradojas temporales que siempre se abren prolijamente para producir resultados coherentes, o si es genuinamente posible en su entorno ficticio, cambiar el pasado o el presente. (Nadie se preocupa mucho sobre cambiar el futuro, a decir verdad, presumiblemente porque la ‘libre voluntad’ logra precisamente a eso; todos cambiamos el futuro, de lo que podría haber sido a lo que en realidad sucede, miles de veces, y todos los días; o así lo imaginamos ingenuamente). De modo que algunos escritores escriben sobre los intentos de matar a su abuelo que, por alguna pulcra vuelta de tuerca, le permite nacer de todos modos. Por ejemplo, su verdadero padre no era su hijo en absoluto, sino un hombre a quien él mató. Eliminando por error al abuelo equivocado, usted se asegura de que su verdadero padre sobrevive para engendrarlo. Otros, como Asimov y Silverberg, inventaron organizaciones enteras dedicadas a asegurar que el pasado, por lo tanto el presente, quede intacto. Lo cual podría funcionar o no.
Las paradojas relacionadas con los viajes en el tiempo son parte de la fascinación del tema, pero señalan hacia la conclusión de que los viajes en el tiempo son una imposibilidad lógica, además de una física. De modo que nos sentimos felices al permitirles a los magos de la Universidad Invisible, cuyo mundo funciona sobre magia, la facilidad de pasear a voluntad arriba y abajo de la línea temporal de Mundobola, cambiando la historia de un universo paralelo a otro, tratando de lograr que Charles Darwin —o alguien— escriba Ese Libro. Los magos viven en Mundodisco, operan fuera de los límites de Mundobola. Pero realmente no imaginamos que la gente de Mundobola pueda hacer lo mismo, sin ayuda externa, usando sólo la ciencia de Mundobola.
Extrañamente, muchos científicos en las actuales fronteras de la física no están de acuerdo. Para ellos, el viaje en el tiempo se ha convertido en un tema de investigación completamente respetable, a pesar de las paradojas. Al parecer no hay nada en las ‘leyes’ de la física, como las comprendemos actualmente, que prohíba el viaje en el tiempo. Las paradojas son más evidentes que reales; pueden ser ‘resueltas’ sin violar ninguna ley física, como veremos en el Capítulo 8. Podría ser una falla en la física de hoy, como sostiene Stephen Hawking; su ‘conjetura de protección de la cronología’ establece que las leyes físicas aun desconocidas conspiran para cerrar cualquier máquina del tiempo justo antes de ser montada —un policía temporal cosmológico incorporado.
Por otro lado, la posibilidad de viajar en el tiempo podría ser una declaración profunda sobre el universo. Probablemente no lo sabremos con seguridad hasta que abordemos el asunto usando la física del mañana. Y es digno de señalar que en realidad no comprendemos el tiempo, menos aun cómo viajar en él.
Aunque (en apariencia) las leyes de la física no prohíben el viaje en el tiempo, resulta que lo hacen muy difícil. Un proyecto teórico para lograr ese objetivo, que supone remolcar agujeros negros girando muy rápido, requiere bastante más energía que la que contiene el universo entero. Es una pequeña decepción, y parece descartar la típica máquina del tiempo de ciencia ficción, del tamaño de un coche.
Las descripciones más extensivas del tiempo de Mundodisco se encuentran en Ladrón de Tiempo. Los ingredientes de esta novela incluyen a un miembro del Gremio de Relojeros, Jeremy Clockson, que está decidido a hacer un reloj completamente exacto. Sin embargo, va en contra de una barrera teórica, las paradojas del filósofo efebiano Xeno, que primero son mencionadas en Pirómides. Un filósofo de Mundobola con un nombre curiosamente similar, Zeno de Elea, nacido alrededor de 490 a.C., establece cuatro paradojas sobre la relación entre el espacio, el tiempo y el movimiento. Es la contraparte Mundobola de Xeno, y sus paradojas tienen una curiosa semejanza con las del filósofo efebiano. Xeno probó únicamente por la lógica que una flecha no puede darle a un hombre que corre, y que la tortuga es el animal más veloz sobre el Disco. Combinó ambas en un experimento, tirando una flecha a una tortuga que estaba compitiendo contra una liebre. La flecha le dio a la liebre por error, y la tortuga ganó, lo que probó que él tenía razón. En Pirómides, Xeno describe el pensamiento detrás de este experimento.

—Muy sencillo —dijo Xeno—. Mira, supongamos que este hueso de aceituna es la flecha y esto, esto... —Miró a su alrededor—, y esa gaviota medio incons¬ciente es la tortuga, ¿de acuerdo? Bueno, pues cuando disparas la flecha va desde aquí hasta la gav... la tortu¬ga, ¿tengo razón?
—Supongo que sí, pero...
—Pero a estas alturas la gav... la tortuga se ha mo¬vido un poquito, ¿no? ¿Tengo razón o no tengo razón?
—Supongo que sí —tuvo que admitir Teppic.
Xeno le lanzó una mirada triunfal.
—O sea que la flecha tiene que recorrer un poqui¬to más de distancia, ¿no?, para llegar hasta donde está la tortuga ahora, si me vas siguiendo. Mientras tanto la tortuga ha echado a vol... se ha movido, de acuerdo, admito que no mucho, vale, pero no hace falta que sea mucho, ¿eh? ¿Tengo razón? Bueno, así que la flecha tiene un poquito más de distancia que recorrer, pero el problema está en que cuando llega a donde la tortuga está ahora, la tortuga ya no se encuentra ahí. O sea, que si la tortuga sigue moviéndose la flecha nunca podrá darle. La flecha se irá acercando más y más, pero nunca llegará a dar en la tortuga. Queda demostrado.

Zeno tiene una configuración similar, aunque la confunde en dos paradojas. La primera, llamada Dicotomía, dice que el movimiento es imposible, porque antes de poder llegar a cualquier lugar, tiene que llegar a mitad de camino, y antes de poder llegar allí, tiene que llegar a la mitad de eso, y etcétera para siempre... de modo que tiene que hacer infinitas cosas para arrancar, que es absurdo. La segunda, Aquiles y la Tortuga, es casi la paradoja enunciada por Xeno, pero la liebre es reemplazada por el héroe griego Aquiles. Aquiles corre más rápido que la tortuga —seamos realistas, cualquiera puede correr más rápido que una tortuga— pero empieza un poco atrás, y nunca puede alcanzarla porque siempre que llega al lugar donde estaba la tortuga, ésta ha adelantado un poco. Como el ambiguous puzuma, cuando uno llega, ya no está ahí. La tercera paradoja dice que una flecha que se mueve no se está moviendo. El tiempo debe ser dividido en instantes sucesivos, y en cada instante la flecha ocupa una posición definida, de modo que debe estar en descanso. Si siempre está en descanso, no puede moverse. La cuarta de las paradojas de Zeno, las Hileras Movedizas (o Estadio), es más técnico para describir, pero se reduce a esto. Suponga que tres cuerpos están nivelados entre sí, y que en el instante más pequeño uno se mueve la más pequeña distancia posible a la derecha, mientras que los otros dos se mueven la más pequeña distancia posible a la izquierda. Entonces esos dos cuerpos se han apartado dos veces la distancia más pequeña, tardando el instante más pequeño para hacerlo. De modo que cuando estaban a sólo la más pequeña distancia, a medio camino de su destino final, el tiempo debe haber cambiado al más pequeño instante posible. Que sería más pequeño, lo que es absurdo.
Hay un serio propósito para las paradojas de Zeno, y una razón porque haya cuatro de ellas. Los filósofos griegos de la antigüedad de Mundobola estaban discutiendo si el espacio y el tiempo eran discontinuos, formados por diminutas unidades indivisibles, o continuos —infinitamente divisibles. Las cuatro paradojas de Zeno claramente ordenan las cuatro combinaciones de continuo / discontinuo para el espacio con continuo / discontinuo para el tiempo, comprimiendo prolijamente las teorías de todos los demás, que es la forma en que alguien deja la huella en los círculos filosóficos. Por ejemplo, la paradoja de las Hileras Movedizas muestra que tener espacio y tiempo discontinuo es contradictorio.

Las paradojas de Zeno todavía aparecen hoy en algunas áreas de la física teórica y la matemática, aunque Aquiles y la Tortuga se pueden abordar acordando en que si espacio y tiempo son ambos continuos, entonces pueden ocurrir (y ocurren) infinitas cosas en un tiempo finito. La paradoja de la Flecha puede ser resuelta notando que en el tratamiento matemático general de la mecánica clásica, conocido como la mecánica de Hamilton por el gran (y borracho) matemático irlandés Sir William Rowan Hamilton, el estado de un cuerpo es dado por dos cantidades, no una: posición y momentum, una versión disfrazada de velocidad. Los dos están relacionados por el movimiento del cuerpo, pero son conceptualmente distintos. Todo lo que se ve es posición; el momentum es observable sólo a través de su efecto sobre las posiciones siguientes. Un cuerpo en una posición determinada con cero momentum no se está moviendo en ese instante, y por lo tanto no se irá a ningún lugar, mientras que uno en la misma posición con momentum no-cero —que aparece idéntico— se está moviendo, aunque en el instante permanece en el mismo lugar.
¿Lo entendió?
De todos modos, estábamos hablando de Ladrón de Tiempo, y gracias a Xeno todavía no hemos pasado de la página 21. La idea principal es que el tiempo de Mundodisco es maleable, de modo que las leyes del imperativo narrativo a veces necesitan de una pequeña ayuda para asegurar que el relato haga lo que el imperativo dice que debería hacer.
Tick.
Lady Myria Lejean es un Auditor de la realidad, que temporalmente ha asumido la forma humana. Mundodisco es despiadadamente animista; prácticamente todo es consciente hasta cierto nivel, incluyendo la física básica. Los Auditores supervisan las leyes de la naturaleza; muy probablemente le pondrían una multa por exceder la velocidad de la luz. Normalmente toman la forma de unas pequeñas túnicas grises con capucha... y nada adentro. Son el colmo de los burócratas. Lejean señala a Jeremy que el reloj perfecto debería poder medir la unidad de tiempo más pequeña de Xeno. ‘Debe existir, ¿verdad? Considere el presente. Debe tener una extensión, porque un extremo de él está conectado con el pasado y el otro está conectado con el futuro, y si no tuviera una extensión entonces el presente no podría existir en absoluto. No habría tiempo para que haya un presente’.
Sus opiniones corresponden estrechamente con las actuales teorías de la psicología de la percepción del tiempo. Nuestros cerebros perciben un ‘instante’ como un periodo de tiempo extendido, aunque breve. Esto es análogo a la manera en que las varas y los conos discontinuos en la retina parecen percibir puntos individuales, pero en realidad toman una pequeña región del espacio. El cerebro acepta datos de grano grueso y los suaviza.
Lejean le está explicando Xeno a Jeremy porque tiene un objetivo oculto: si Jeremy logra hacer el reloj perfecto, entonces el tiempo se detendrá. Esto hará mucho más simple la tarea de los Auditores como oficinistas del universo, porque los humanos siempre están cambiando las cosas de lugar, lo que hace difícil seguir el rastro de su locación en tiempo y espacio.
Tick.
Cerca del Eje de Mundodisco, en un valle alto y verde, está el monasterio de Oi Dong, donde viven los luchadores monjes de la orden de Wen, conocidos además como los Monjes de la Historia. Han asumido la tarea de asegurar que la historia correcta ocurre en el orden correcto. Los monjes saben qué es correcto porque protegen los Libros de Historia, que no son registros de lo que ocurrió, sino instrucciones de lo que debería ocurrir.
Un joven llamado Ludd, un niño abandonado y criado por el Gremio de Ladrones, donde fue un estudiante excepcionalmente talentoso, ha sido reclutado en las filas de los Monjes de la Historia y recibe el nombre de Lobsang. La ayuda tecnológica principal de los monjes es los aplazadores, inmensas máquinas giratorias que almacenan y mueven el tiempo. Con un aplazador se puede pedir tiempo prestado y devolverlo después. Lobsang no soñaría con vivir en el tiempo prestado, sin embargo —pero si no estuviera clavado, casi seguramente lo robaría. Puede robar cualquier cosa, y habitualmente lo hace. Y, gracias a los aplazadores, el tiempo no está clavado.
Si no ha entendido la broma todavía, eche otra mirada al título.
El plan de Lejean funciona; Jeremy construye su reloj.

El tiempo se detiene, que es lo que querían los Auditores. No sólo en Mundodisco: la estasis temporal se expande a través del universo a la velocidad de la luz. Pronto, todo se detendrá. Los Monjes de la Historia son impotentes, porque ellos también se han detenido. Sólo Susan Sto Helit, la nieta de Muerte, puede hacer que el tiempo arranque otra vez. Y Ronnie Soak, que solía ser Kaos, el quinto jinete del Apocalipsis, pero que se alejó por disputas artísticas antes de que se volvieran famosos... Por fortuna, a los Auditores les gusta obedecer reglas, y NO ALIMENTE AL ELEFANTE les deja realmente perplejos cuando no hay ningún elefante que alimentar. Mortalmente, también tienen una relación de amor-odio con el chocolate. Están viviendo un tiempo robado.

Un aplazador es una especie de máquina del tiempo, pero mueve el tiempo mismo, en lugar de mover a las personas a través del tiempo. Además, es un hecho, no ficción, como todo lo de Mundodisco para los que viven allí. En Mundobola, la primera máquina del tiempo ficticia, como opuesta a los sueños o los relatos de viaje temporal, parece haber sido inventada por Edward Mitchell, un editor del periódico Nueva York Sun. En 1881 publicó una historia anónima, El Reloj Que Marchaba Hacia Atrás, en el periódico. El más famoso artilugio para viajar en el tiempo aparece en la novela de Herbert George Wells, La Máquina Del Tiempo, de 1895, y estableció un patrón para todas las que siguieron. La novela cuenta de un inventor victoriano que construye una máquina del tiempo y viaja hacia el futuro lejano. Allí descubre que la humanidad se ha dividido en dos tipos distintos —los apestosos Morlocks, que viven en profundas cavernas, y los etéreos Eloi, que son depredados por los Morlocks y demasiado indolentes para hacer algo sobre eso. Varias películas, todas bastante horribles, se han basado en el libro.
La novela tuvo comienzos desfavorables. Wells estudiaba biología, matemática, física, geología, dibujo, y astrofísica en la Escuela Normal de Ciencia, que se convirtió en la Universidad Real de Ciencia y que al final se fundió con la Universidad Imperial de Ciencia y Tecnología. Mientras estudiaba allí, empezó el trabajo que terminó en La Máquina del Tiempo. Su primera historia de viajes en el tiempo, Los Argonautas Crónicos, apareció en 1888 en la Science Schools Journal, que Wells ayudó a fundar. El protagonista viaja al pasado y comete un homicidio. La historia no ofrece ninguna razón para los viajes en el tiempo y es más el relato de un científico loco en la tradición del Frankenstein de Mary Shelley, pero lejos de estar tan bien escrito. Más tarde, Wells destruyó cada copia que pudo localizar, porque le avergonzaba. Carecía incluso del elemento paradójico de Cheques Temporales de Turmalina,[4] de 1891, de Thomas Anstey Guthrie, que introdujo muchas de las paradojas estándares de los viajes temporales.
Durante los siguientes tres años, Wells produjo dos versiones más de su historia de viajes en el tiempo, ahora perdidas, pero por el camino el argumento cambió a una visión futura de la raza humana. La siguiente versión apareció en 1894, en la revista National Observer, como tres relatos conectados con el título La Máquina del Tiempo. Esta versión tiene muchas características en común con la novela final, pero antes de completar la publicación, el editor de la revista se cambió a New Review. Allí encargó la misma serie otra vez, pero esta vez Wells hizo cambios sustanciales. Los manuscritos incluyen muchas escenas que nunca fueron impresas: el héroe viaja al pasado, tropieza con un hipopótamo prehistórico, y encuentra a los Puritanos en 1645. La versión publicada en la revista es muy similar a la que apareció en forma de libro en 1895. En esta versión, el Viajero del Tiempo se mueve solamente hacia el futuro, donde descubre lo que le pasará a la raza humana, que se divide en los lánguidos Eloi y los horrendos Morlocks —ambos igualmente desagradables.

¿Dónde encontró Wells la idea? La respuesta corriente de los escritores de ciencia ficción a esta pregunta es ‘uno la inventa’, pero tenemos alguna información bastante específica en este caso. En un prólogo a la edición de 1932, Wells dice que fue motivado por ‘discusiones estudiantiles en los laboratorios y en la Royal College of Science en los ochenta’. De acuerdo con el hijo de Wells, la idea vino de un trabajo sobre la cuarta dimensión leído por otro estudiante. En la introducción a la novela, el Viajero del Tiempo (nunca es nombrado, pero en la primera versión es el Dr. Nebo-gipfel, de modo que quizás también lo sea) invoca la cuarta dimensión para explicar por qué es posible esa máquina:
—Pero espere un momento. ¿Puede existir un cubo instantáneo?
—No lo sigo —dijo Filby.
—¿Puede un cubo que no dura nada de tiempo en absoluto, tener una real existencia?
Filby se quedó pensativo.
—Evidentemente —continuó el Viajero del Tiempo—, cualquier cuerpo real debe tener extensión en cuatro direcciones: debe tener Largo, Ancho, Grosor, y... Duración...
.. Realmente hay cuatro dimensiones, tres que llamamos los tres planos del Espacio, y una cuarta, el Tiempo. Sin embargo, existe una tendencia a esgrimir una diferencia irreal entre las tres dimensiones y la última, porque ocurre que nuestra conciencia se mueve intermitentemente en una dirección a lo largo de la última desde el principio hasta el final de nuestras vidas...
Pero algunas personas filosóficas han estado preguntando por qué las tres dimensiones particularmente —¿por qué no otra dirección en ángulo recto con las tres?—, e incluso han tratado de construir una geometría de Cuatro Dimensiones. El Profesor Simon Newcomb lo exponía a la New York Mathematical Society hace apenas más o menos un mes.

La noción del tiempo como una cuarta dimensión se estaba convirtiendo en moneda corriente científica a fines de la era victoriana. Los matemáticos habían empezado, preguntándose qué era una dimensión, y decidiendo que no había necesidad de una dirección en el espacio real. Una dimensión era sólo una cantidad que podía variar, y la cantidad de dimensiones era el mayor número de tales cantidades que podían ser todas variadas independientemente. Por lo tanto, el thaum de Mundodisco, la partícula básica de magia, está en realidad compuesta de resones, que vienen al menos en cinco sabores: arriba, abajo, de costado, atractivo sexual, y menta. El thaum tiene por lo tanto cinco dimensiones, suponiendo que arriba y abajo son independientes, lo cual es probable porque es cuántico.
En 1700, el matemático Jean le Rond D'Alembert (su segundo nombre viene de la iglesia donde fue abandonado cuando bebé) sugirió pensar en el tiempo como una cuarta dimensión, en un artículo en la Reasoned Encyclopaedia or Dictionary of Sciences, Arts, and Crafts. Otro matemático, Joseph-Louis Lagrange, usó el tiempo como una cuarta dimensión en su Mecánica Analítica de 1788, y su Teoría de Funciones Analíticas de 1797 explícitamente dice: ‘Podemos considerar a la mecánica como una geometría de cuatro dimensiones'.
La idea necesitó de un tiempo para que penetrara, pero en la época victoriana los matemáticos estaban combinando espacio y tiempo con regularidad en una única entidad. No lo llamaban (todavía) espacio-tiempo, pero podían ver que tenía cuatro dimensiones: tres del espacio más una del tiempo. Los periodistas y el público lego pronto empezaron a referirse al tiempo como la cuarta dimensión, porque no podían pensar en otra, y a hablar como si los científicos la hubieran estado buscando durante siglos y acabaran de encontrarla. Newcomb escribió sobre la ciencia del espacio de cuatro dimensiones desde 1877, y habló de ella a la New York Mathematical Society en 1893.
La mención que hace Wells de Newcomb sugiere un enlace a uno de los miembros más pintorescos de la sociedad victoriana, el autor Charles Howard Hinton. Lo más cerca que Hinton ha estado de la fama fue su entusiasta promoción de ‘la’ cuarta dimensión. Era un matemático talentoso con un don genuino para la geometría de cuatro dimensiones, y en 1880 publicó ¿Qué Es La Cuarta Dimensión?, en la Dublin University Magazine, que fue reimpreso en la Cheltenham Ladies' Gazette un año después. En 1884 reapareció como un folleto con el subtítulo Fantasmas Explicados. Hinton, una especie de místico, relacionó la cuarta dimensión con temas seudo-científicos que se extendían desde los fantasmas hasta la vida después de la muerte. Un fantasma puede fácilmente aparecer, y desaparecer, desde una cuarta dimensión, por ejemplo, exactamente como una moneda puede aparecer, y desaparecer, de arriba de la mesa, moviéndose en ‘la’ tercera dimensión.
Charles Hinton estaba influenciado por las opiniones poco ortodoxas de su padre James, un cirujano, colaborador de Havelock Ellis, que indignaba a la sociedad victoriana con sus estudios sobre el comportamiento sexual humano. Hinton padre era partidario de la libertad sexual y la poligamia, y eventualmente dirigía un culto. Hinton hijo también tenía una agitada vida privada: en 1886 huyó a Japón, condenado por bigamia en el Old Bailey. En 1893 dejó Japón para convertirse en instructor de matemática en la Princeton University, donde inventó una máquina de lanzamiento de béisbol que usaba pólvora para propulsar las pelotas, como un cañón. Después de varios accidentes, el dispositivo fue abandonado y Hinton perdió su trabajo, pero sus continuados esfuerzos en promover la cuarta dimensión fueron más exitosos. Escribió sobre el tema en revistas populares como Harper's Weekly, McClure's, y Science. Murió de repente por una hemorragia cerebral en 1907, en la cena anual de la Society of Philanthropic Enquiry, cuando acababa de terminar un brindis por las filósofas de sexo femenino.
Probablemente fue Hinton quien puso a Wells ante las posibilidades narrativas del tiempo como la cuarta dimensión. Las pruebas son indirectas pero irresistibles. Sin lugar a dudas, Newcomb conocía a Hinton: una vez le consiguió un trabajo. No sabemos si Wells alguna vez se encontró con Hinton, pero hay pruebas circunstanciales de una conexión cercana. Por ejemplo, el término ‘romance científico’ fue acuñado por Hinton en los títulos de sus ensayos especulativos en 1884 y 1886, y después Wells usó la misma frase para describir sus propias historias. Además, Wells era un lector regular de Nature, que reseñó (favorablemente) la primera serie de Romances Científicos de Hinton en 1885, y resumió algunas de sus ideas sobre la cuarta dimensión.
Con toda probabilidad, Hinton fue también parcialmente responsable de otra saga transdimensional victoriana, El Mundo Plano, de Edwin A. Abbott (1884). El relato habla de Un Cuadrado, que vive en el plano Euclidiano, una sociedad bidimensional de triángulos, hexágonos y círculos, y que no creen en la tercera dimensión hasta que una esfera pasajera lo deja caer en ella. Por analogía, los victorianos que no creían en la cuarta dimensión eran igualmente estrechos de miras. Un subtexto es una sátira al trato victoriano de mujeres y pobres. Muchos de los ingredientes de Abbott se parecen mucho a los elementos encontrados en las historias de Hinton.

La mayor parte de la física de los viajes en el tiempo es la relatividad general, con una pincelada de mecánica cuántica. Hasta donde les interesa a los magos de la Universidad Invisible, todas esas cosas son ‘quantum’ —una carta intelectual y universal de escapar-de-la-cárcel— de modo que se puede usar para explicar prácticamente cualquier cosa, aunque sea muy rara. Efectivamente, cuanto más rara, mejor. Usted está a punto de recibir una sólida dosis de quantum en el Capítulo 8. Aquí estableceremos algunas cosas para una rápida idea de las teorías de la relatividad de Einstein: la especial y la general.
Como explicamos en La Ciencia de Mundodisco, ‘relatividad’ es un nombre tonto. Debería haber sido ‘absolutividad’. Toda la cuestión de la relatividad especial no es que ‘todo es relativo’, sino que esa única cosa —la velocidad de la luz— es inesperadamente absoluta. Encienda una antorcha desde un automóvil en movimiento, dice Einstein: la velocidad adicional del automóvil no tendrá ningún efecto sobre la velocidad de la luz. Esto contrasta dramáticamente con la anticuada física de Newton, donde la luz que sale de una antorcha en movimiento iría más rápido, sumando la velocidad del automóvil a la propia inherente. Eso ocurre si se lanza una pelota desde un automóvil en movimiento. Si se lanza luz, debería suceder lo mismo, pero no. A pesar del impacto contra la intuición humana, los experimentos muestran que Mundobola se comporta en realidad relativísticamente. No lo notamos porque la diferencia entre la física de Newton y la de Einstein se vuelve perceptible sólo cuando las velocidades se acercan a la de la luz.
La relatividad especial era inevitable; era seguro que los científicos pensaran en ella. Sus semillas ya estaban sembradas en 1873 cuando James Clerk Maxwell escribió sus ecuaciones para el electromagnetismo. Esas ecuaciones tienen sentido en un ‘marco móvil’ —cuando las observaciones son hechas por un observador en movimiento— sólo si la velocidad de la luz es absoluta. Algunos matemáticos, entre otros Henri Poincare y Hermann Minkowski, se dieron cuenta de esto y se anticiparon a Einstein a nivel matemático, pero Einstein fue el primero en tomar las ideas seriamente como física. Como señaló en 1905, las consecuencias físicas son extrañas. Los objetos se encogen cuando se acercan a la velocidad de la luz, el tiempo disminuye la velocidad a paso de tortuga, y la masa se vuelve infinita. Nada (bien, ninguna cosa) puede viajar más rápido que la luz, y la masa puede convertirse en energía.
En 1908, Minkowski encontró una manera simple de visualizar la física relativista, ahora llamada espacio-tiempo Minkowski. En la física de Newton, el espacio tiene tres coordenadas fijas —izquierda / derecha, adelante / atrás, arriba / abajo. Se piensa que espacio y tiempo son independientes. Pero en el marco relativista, Minkowski trató al tiempo como una coordenada adicional por propio derecho. Una cuarta coordenada, una cuarta dirección independiente... una cuarta dimensión. El espacio tridimensional se convirtió en espacio-tiempo de cuatro dimensiones. Pero el tratamiento del tiempo de Minkowski añadió un nuevo giro a la vieja idea de D'Alembert y Lagrange. El tiempo, hasta cierto punto, podía ser permutado con el espacio. El tiempo, como el espacio, se volvió geométrico.
Podemos verlo en el tratamiento relativista de una partícula en movimiento. En la física de Newton, la partícula está en el espacio, y a medida que el tiempo pasa, se mueve. La física de Newton ve una partícula en movimiento de la misma forma en que vemos una película. La relatividad, sin embargo, ve una partícula en movimiento como la secuencia de marcos quietos que componen esa película. Esto presta a la relatividad un explícito tono determinista. Los marcos de la película ya existen antes de correr la película. Pasado, presente y futuro ya están ahí. A medida que el tiempo fluye, y la película corre, descubrimos lo que la suerte nos tiene reservado —pero la suerte es realmente el destino, inevitable, ineludible. Sí... los marcos de la película quizás podrían aparecer uno por uno, el más nuevo siendo el presente, pero no es posible hacerlo coherentemente para cada observador.
Espacio-tiempo relativista = narrativium geométrico.
Geométricamente, un punto en movimiento traza una curva. Piense en la partícula como la punta de un lápiz, y el espacio-tiempo como una hoja de papel, con el espacio corriendo en horizontal y el tiempo en vertical. Mientras el lápiz se mueve, deja una línea en el papel. De modo que, a medida que una partícula se mueve, traza una curva en el espacio-tiempo llamado su mundo-línea. Si la partícula se mueve a una velocidad constante, el mundo-línea es recto. Las partículas que se mueven muy despacio cubren una pequeña cantidad de espacio en mucho tiempo de modo que sus mundos-líneas están cerca de la vertical; las partículas que se mueven muy rápido cubren mucho espacio en muy poco tiempo, de modo que sus mundos-líneas son casi horizontales. Entre ellas, corriendo en diagonal, están los mundos-líneas de las partículas que cubren una determinada cantidad de espacio en la misma cantidad de tiempo —medidos en las correctas unidades. Esas unidades son elegidas para que correspondan a la velocidad de la luz —digamos años para el tiempo y años-luz para el espacio. ¿Qué cubre un año-luz de espacio en un año de tiempo? La luz, por supuesto. De modo que los mundos-líneas diagonales corresponden a partículas de luz —fotones— o a cualquier otra cosa que se pueda mover a la misma velocidad.
La relatividad prohíbe que los cuerpos se muevan más rápido que la luz. Los mundos-líneas que corresponden a tales cuerpos se llaman curvas temporales, y las curvas temporales que pasan a través de un evento determinado forman un cono, denominado ‘cono de luz’. En realidad, es como dos conos pegados por las puntas, uno apuntando hacia adelante, el otro hacia atrás. El cono que apunta hacia adelante contiene el futuro del evento, todos los puntos en el espacio-tiempo en que posiblemente podría influir. El cono hacia atrás contiene el pasado, los eventos que posiblemente pudieron influir en él. Todo lo demás es territorio prohibido, otros cuandos y otros dondes que no tienen ninguna conexión causal posible con el evento elegido.

Se dice que el espacio-tiempo de Minkowski es ‘plano’ —representa el movimiento de partículas cuando ninguna fuerza está actuando sobre ellas. La fuerza cambia el movimiento, y la fuerza más importante es la gravedad. Einstein inventó la relatividad general para incorporar a la gravedad en la relatividad especial. En la física de Newton, la gravedad es una fuerza: saca a las partículas de las líneas rectas que naturalmente seguirían si ninguna fuerza estuviera actuando. En la relatividad general, la gravedad es una característica geométrica del universo —una forma de curvatura del espacio-tiempo.
En el espacio-tiempo de Minkowski, los puntos representan eventos, que tienen una ubicación tanto en espacio como en tiempo. La ‘distancia’ entre dos eventos deberá captar qué lejos están en el espacio, y qué lejos están en el tiempo. Resulta que la manera de hacerlo, en términos generales, es tomar la distancia entre ellos en el espacio y restar la distancia entre ellos en el tiempo. Esta cantidad se denomina intervalo entre dos eventos. Si, en cambio, usted hiciera lo que parece obvio y sumara la distancia-tiempo a la distancia-espacio, entonces el espacio y el tiempo estarían exactamente en la misma posición física. Sin embargo, hay claras diferencias: el movimiento libre en el espacio es fácil, el movimiento libre en el tiempo no lo es. Al restar, la diferencia lo refleja; en matemática se reduce a considerar el tiempo como espacio imaginario —espacio multiplicado por la raíz cuadrada de menos uno. Y tiene un notable efecto: si una partícula se desplaza a la velocidad de la luz, entonces el intervalo entre dos eventos cualesquiera a lo largo de su mundo-línea es cero.
Piense en un fotón, una partícula de luz. Viaja, por supuesto, a la velocidad de la luz. Mientras pasa un año de tiempo, viaja un año-luz. La suma de 1 + 1 es 2, pero no es así como se obtiene el intervalo. El intervalo es la diferencia 1 - 1, que es 0. De modo que el intervalo está relacionado con el ritmo aparente del paso del tiempo para un observador en movimiento. Cuanto más rápido se mueve un objeto, más despacio parece pasar el tiempo. Este efecto es denominado dilatación del tiempo. A medida que uno viaja más y más cerca de la velocidad de la luz, el paso del tiempo, como uno lo experimenta, disminuye su velocidad. Si pudiera viajar a la velocidad de la luz, el tiempo quedaría congelado. No pasa ningún tiempo sobre un fotón.
En la física de Newton, las partículas que se mueven cuando ninguna fuerza está actuando siguen líneas rectas. Las líneas rectas minimizan la distancia entre los puntos. En la física relativista, el movimiento libre de las partículas minimiza el intervalo, y siguen geodésicas. Finalmente, la gravedad es incorporada, no como una fuerza adicional, sino como una distorsión de la estructura del espacio-tiempo, que cambia el tamaño del intervalo y cambia las formas de las geodésicas. Este intervalo variable entre eventos cercanos es denominado métrica del espacio-tiempo.
La idea habitual es decir que el espacio-tiempo se ‘curva’, aunque este término es fácilmente malinterpretado. En particular, no tiene que curvarse alrededor de ninguna otra cosa. La curvatura es interpretada físicamente como la fuerza de gravedad, y provoca deformaciones en los conos de luz.
Un resultado es el ‘lensing gravitacional’, la curva de la luz causada por objetos grandes, que Einstein descubrió en 1911 y publicó en 1915. Predijo que la gravedad debería curvar el doble de la cantidad que las leyes de Newton implican. En 1919 este pronóstico fue confirmado, cuando Sir Arthur Stanley Eddington llevó una expedición a observar un eclipse solar total en África Occidental. Andrew Crommelin del Greenwich Observatory condujo una segunda expedición a Brasil. Las expediciones observaron las estrellas cerca del borde del sol durante el eclipse, cuando su luz no sería opacada por la mucho más brillante del Sol. Encontraron ligeros desplazamientos de las posiciones aparentes de las estrellas, coherentes con las predicciones de Einstein. Rebosante de alegría, Einstein envió una postal a su mamá: «Querida mamá, noticias felices hoy... las expediciones inglesas realmente han demostrado la desviación de la luz del Sol». El Times puso el titular: REVOLUCIÓN EN LA CIENCIA. NUEVA TEORÍA DEL UNIVERSO. IDEAS DE NEWTON REBATIDAS. A mitad de la segunda columna había un subtítulo: ESPACIO ‘COMBADO’. Einstein se convirtió en una celebridad de la noche a la mañana.
Sería grosero mencionar que ante los ojos modernos los datos por observación son decididamente inseguros —podría haber algo de curvatura, y luego otra vez, podría no haberla. De modo que no lo seremos. De todos modos, más tarde, unos mejores experimentos confirmaron la predicción de Einstein. Algunos quásares distantes producen imágenes múltiples cuando una galaxia se interpone y actúa como un lente, curvando su luz para crear un espejismo cósmico.
La métrica del espacio-tiempo no es plana.
En cambio, cerca de una estrella, el espacio-tiempo toma la forma de una superficie curva que se dobla para crear un ‘valle’ circular donde la estrella se ubica. La luz sigue las geodésicas a través de la superficie, y es ‘atraída’ hacia el agujero, porque ese camino provee un atajo. Las partículas en movimiento en el espacio-tiempo a velocidades por debajo de la luz se comportan del mismo modo; no siguen líneas rectas, sino que son desviadas hacia la estrella, de allí la figura Newtoniana de una fuerza gravitacional.
Lejos de la estrella, este espacio-tiempo está en efecto muy cerca del espacio-tiempo de Minkowski; es decir, el efecto gravitacional disminuye rápidamente y pronto se vuelve insignificante. Los espacio-tiempos que se ven como el espacio-tiempo de Minkowski a grandes distancias se dice que son ‘asintóticamente planos’. Recuerde ese término: es importante para hacer máquinas del tiempo. La mayor parte de nuestro propio universo es asintóticamente plano, porque los cuerpos masivos como las estrellas están muy dispersos.
Cuando se establece un espacio-tiempo, uno no puede combar cosas a la manera que quiera. La métrica debe obedecer las ecuaciones de Einstein, que relacionan el movimiento de las partículas de libre movimiento con el grado de distorsión fuera del espacio-tiempo plano.

Hemos dicho mucho sobre cómo funcionan el espacio y el tiempo, pero ¿qué son? Para ser honestos, no tenemos idea. De lo que estamos seguros es que las apariencias pueden ser engañosas.
Tick.
Algunos físicos llevan ese principio a los extremos. Julian Barbour, en El Final del Tiempo, argumenta que desde un punto de vista cuántico-mecánico, el tiempo no existe.
En 1999, en New Scientist, explicó la idea a grandes rasgos de esta manera. En cualquier instante, el estado de cada partícula en el universo entero puede ser representado por un único punto en un espacio fase gigantesco, que él llama Platonia. Barbour y su colega Bruno Bertotti averiguaron cómo hacer que la física convencional funcionara en Platonia. A medida que el tiempo pasa, la configuración de todas las partículas en el universo es representada en Platonia como un punto en movimiento, de modo que traza una trayectoria, exactamente como un mundo-línea relativista. Una deidad de Platonia podría hacer aparecer los puntos de esa trayectoria secuencialmente, y las partículas se moverían, y el tiempo parecería fluir.
El quantum de Platonia, sin embargo, es un lugar mucho más extraño. Aquí, ‘la mecánica cuántica mata el tiempo’, como lo dice Barbour. Una partícula cuántica no es un punto, sino una nube borrosa de probabilidad. Un estado cuántico del universo es una nube borrosa en Platonia. El ‘tamaño’ de esa nube, con relación a la misma Platonia, representa la probabilidad de que el universo esté en uno de los estados que comprende la nube. De modo que tenemos que dotar a Platonia con una ‘niebla de probabilidad’, cuya densidad en cualquier región dada determina qué tan probable es para una nube ocupar esa región.
Pero, dice Barbour, «no puede haber probabilidades en momentos diferentes, porque Platonia misma es atemporal. Puede haber una-y-para-todo probabilidades para cada configuración posible». Hay sólo una niebla de probabilidad, y es siempre la misma. En esta configuración, el tiempo es una ilusión. El futuro no está determinado por el presente —no porque haya un azar, sino porque no hay semejante cosa como futuro o presente.
Por analogía, piense en el juego infantil de serpientes y escaleras. En cada lanzamiento de los dados, los jugadores mueven sus fichas de cuadro a cuadro sobre un tablero; tradicionalmente hay cien cuadros. Algunos están conectados por escaleras, y si aterriza en la parte inferior inmediatamente va hasta la cima; otros están conectados por serpientes, y si aterriza en la cima inmediatamente cae abajo. El que alcanza primero el cuadro final gana.
Para simplificar la descripción, imagine que alguien juega solo, de modo que sólo hay una ficha sobre el tablero. Entonces, en cualquier instante, el ‘estado’ del juego está determinado por un único cuadro: el que está actualmente ocupado por la ficha. En esta analogía, el mismo tablero se convierte en el espacio fase, nuestro análogo de Platonia.
La ficha representa el universo entero. Cuando la ficha salta, de acuerdo con las reglas del juego, el estado del ‘universo’ cambia. La trayectoria que sigue la ficha —la lista de cuadros que ocupa sucesivamente— es análoga al mundo-línea del universo. En esta interpretación, el tiempo existe, porque cada movimiento sucesivo de la ficha corresponde a un tic del reloj cósmico.
Serpientes y escaleras cuánticas es muy diferente. El tablero es el mismo, pero ahora todo lo que importa es la probabilidad de que la ficha ocupe algún cuadro en particular —no exactamente en una etapa del juego, sino en general. Por ejemplo, la probabilidad de estar sobre el primer cuadro, en alguna etapa del juego, es 1 porque siempre empieza allí. La probabilidad de estar sobre el segundo cuadro es de 1/6, porque la única manera de llegar allí es sacar un 1 en el primer tiro con los dados. Y todo así. Cuando hemos calculado todas estas probabilidades, podemos olvidarnos de las reglas del juego y del concepto de un ‘movimiento’. Ahora sólo quedan las probabilidades. Ésta es la versión cuántica del juego, y no tiene movimientos explícitos, sólo probabilidades. Ya que no hay ningún movimiento, no hay ninguna noción del ‘siguiente’ movimiento, y ningún concepto sensato del tiempo.
Nuestro universo, nos dice Barbour, es cuántico, de modo que es como serpientes y escaleras cuánticas, y ‘tiempo’ es un concepto sin sentido. De modo que, ¿por qué nosotros, ingenuos humanos, imaginamos que ese tiempo fluye; que el universo (por lo menos, la parte cerca de nosotros) pasa a través de una secuencia lineal de cambios?
Para Barbour, el flujo aparente del tiempo es una ilusión. Sugiere que las configuraciones de Platonia que tienen alta probabilidad deben contener ‘una aparición de la historia’. Se ven como si tuvieran un pasado. Es un poco como la vieja castaña de los filósofos: tal vez el universo es creado nuevamente a cada instante (como en Ladrón de Tiempo), pero a cada momento es creado al mismo tiempo que aparentes registros de una larga historia anterior. Tales nubes aparentemente históricas en Platonia son denominadas cápsulas de tiempo. Ahora, entre esas configuraciones de alta probabilidad encontramos la disposición de las neuronas en un cerebro consciente. En otras palabras, el universo mismo es atemporal, pero nuestros cerebros son cápsulas de tiempo, configuraciones de alta probabilidad, y automáticamente llegan con la ilusión de que han tenido una historia anterior.
Es una idea ingeniosa, si le gusta ese tipo de cosas. Pero depende de la afirmación de Barbour de que Platonia debe ser atemporal porque ‘hay sólo una-y-para-todo probabilidades para cada configuración posible’. Esta afirmación es excepcionalmente evocadora de una de las paradojas de Xeno —perdone, de Zeno—: la Flecha. Recordará que dice que a cada instante una flecha tiene una ubicación específica, de modo que no puede estar moviéndose. Análogamente, Barbour nos dice que a cada instante (si tal cosa pudiera existir) Platonia debe tener una niebla de probabilidad específica, y deduce que esta niebla no puede cambiar (por eso no cambia).
Sin embargo, lo que tenemos en mente como una alternativa a la niebla de probabilidad atemporal de Barbour no es una niebla que cambia a medida que pasa el tiempo. Eso tendría problemas en la relación no-Newtoniana entre espacio y tiempo; diferentes partes de la niebla corresponderían a tiempos diferentes dependiendo de quién los observe. No, estamos pensando en la resolución matemática de la paradoja de la Flecha, con la mecánica de Hamilton. Aquí, el estado de un cuerpo es dado por dos cantidades, posición y momentum, en lugar de sólo posición. El momentum es una ‘variable escondida’, observable sólo a través de su efecto sobre las posiciones siguientes, mientras que la posición es algo que podemos observar directamente. Dijimos: un cuerpo en una posición determinada con cero momentum no se está moviendo en ese instante, mientras que uno en la misma posición con momentum no-cero se está moviendo, incluso cuando instantáneamente permanezca en el mismo lugar. El momentum codifica el siguiente cambio de posición, y lo codifica ahora. Su valor actual no es observable ahora, pero es (será) observable. Usted sólo tiene que esperar para averiguar cuál era. El momentum es una ‘variable escondida’ que codifica las transiciones de una posición a otra.
¿Podemos encontrar un análogo al momentum en serpientes y escaleras cuánticas? Sí, podemos. Es el conjunto de probabilidades de ir desde cualquier cuadro dado a cualquier otro. Estas ‘probabilidades de transición’ dependen sólo de los cuadros afectados, no del momento en que se hace el movimiento, de modo que en el sentido de Barbour son ‘atemporales’. Pero cuando uno está sobre algún cuadro dado, las probabilidades de transición le dicen a dónde puede conducir su siguiente movimiento, de modo que uno puede reconstruir las secuencias posibles de los movimientos, por lo tanto se devuelve el tiempo a la física.
Exactamente por la misma razón, una sola niebla de probabilidad fija no es la única estructura estadística con que Platonia puede estar dotada. Platonia puede también estar equipada con probabilidades de transición entre pares de estados. El resultado es la conversión de Platonia en lo que los estadísticos llaman una ‘cadena de Markov’, que es como la lista de probabilidades de transición para serpientes y escaleras, pero más general. Si Platonia se vuelve una cadena de Markov, cada secuencia de configuraciones recibe su propia probabilidad. Las secuencias más probables son las que contienen grandes cantidades de estados de alta probabilidad —se parecen curiosamente a las cápsulas de tiempo de Barbour. De modo que en lugar de una Platonia de un único estado obtenemos una Markovia de estados secuenciales, donde el universo realiza transiciones a través del conjunto de secuencias de configuraciones, y las transiciones más probables son las que proveen una historia coherente... narrativium.
Este enfoque de Markovia ofrece la perspectiva de volver a poner el tiempo en un universo de Platonia. A decir verdad, es muy similar a cómo Susan Sto Helit y Ronnie Soak lograron operar en las grietas entre los instantes, en Ladrón de Tiempo.
Tick.


CAPÍTULO 7
El pez ha salido
Dos horas más tarde una única hoja de papel se deslizó del escritorio de Hex. Ponder la recogió.
—Hay unos diez puntos donde debemos intervenir para asegurar que El Origen sea escrito —dijo.
—Bien, no se ve tan mal —dijo Ridcully—. Logramos que Shakespeare naciera, ¿verdad? Sólo tenemos que retocar.
—Esto parece un poco más complicado —dijo Ponder, dudoso.
—Pero Hex puede movernos hasta allí —dijo Ridcully—. Podría ser divertido, especialmente si algo o alguien están jugando a les buggeurs risibles. Podría ser educativo, Sr. Stibbons.
—Y hacen muy buena cerveza —dijo el Decano—. Y la comida era excelente. ¿Recuerdan ese ganso que comimos la vez pasada? Pocas veces he comido uno mejor.
—Vamos a salir a salvar el mundo —dijo Ridcully, con severidad—. ¡Tendremos otras cosas en mente!
—Pero habrá horas para comer, ¿sí? —dijo el Decano.

El Segundo Almuerzo y el Bocado de Media Tarde pasaron casi inadvertidos. Quizás los magos ya estaban dejando espacio para el ganso...
Estaba resultando ser un día largo. Habían puesto unos caballetes alrededor de Hex. El papel se desparramaba a través de cada mesa. El Bibliotecario prácticamente había construido una sucursal de la biblioteca en una esquina, y todavía iba a por libros a los distantes tramos del L-Espacio.
Y los magos se habían cambiado de ropa, listos para una intervención práctica. Apenas hubo una discusión sobre el tema, no después de que el Decano mencionara el ganso. Hex tenía mucho control sobre el Globo, pero cuando se trataba de detalle fino uno tenía que ser práctico, y especialmente práctico en cubertería. Hex no tenía manos. Además, lo había explicado a fondo, no había nada semejante a un control absoluto, no en un universo funcionando a pleno. Sólo había una variable cantidad de ausencia de control. De hecho, según Ponder pensaba, Hex era una Gan Cosa Grande en lo que se refería a Mundobola. Casi... divino. Pero todavía no podía controlar todo. Incluso si uno supiera dónde está cada diminuta partícula giratoria de materia, uno no puede saber qué hará después.
Los magos tendrían que entrar. Podían hacerlo. Lo habían hecho antes. Ningún problema es demasiado grande si salva a algunos excelentes chefs de la extinción.
La ropa, por lo menos, no sería un problema. Si se quitaban o se ponían el raro sombrero puntiagudo y los bastones, los magos podrían recorrer las calles de Mundobola sin atraer una segunda mirada.
—¿Cómo nos vemos? —dijo el Archicanciller, cuando se volvieron a reunir.
—Muy... victorianos —dijo Ponder—. Aunque técnicamente, por el momento, muy georgianos. Muy... cheviot y señorial, de todos modos. ¿Está totalmente feliz con el aspecto de obispo, Decano?
—¿No es apropiado para la época? —dijo el Decano, preocupado—. Revisamos el libro sobre trajes y pensé... —Su voz fue desapareciendo—. Es la mitra, ¿verdad...?
—Y el báculo —dijo Ponder.
—Quería verme bien, mira.
—En una catedral, sí... Me temo que sea ropa negra sencilla con polainas para calle. Sin embargo, puede hacer lo que quiera con su barba y puede usar sombreros que le den cabida a un niño pequeño. Pero en la calle, los obispos son muy sosos.
—¿Dónde está la diversión de eso? —dijo el Decano, con mal humor.
Ponder se volvió hacia Rincewind.
—En cuanto a ti, Rincewind, ¿puedo preguntar por qué no tienes puesto nada más que un taparrabo y un sombrero puntiagudo?
—Ah, bien, mira, si no sabes dónde te estás metiendo, lo desnudo siempre funciona —dijo Rincewind—. Es el traje multiuso. Cómodo en todas las culturas. La verdad es que a veces logras...
—¡En cheviot, hombre! —ladró Ridcully—. ¡Y ningún sombrero puntiagudo! —Contra un fondo de quejas se volvió entonces hacia el Bibliotecario—. Y en cuanto a ti, señor... un traje también. Y un sombrero chimenea. ¡Necesitas altura!
—¡Ook! —dijo el Bibliotecario.
—¡Soy el Archicanciller, señor! ¡Insisto! Y una barba postiza, creo. Cejas postizas, también. ¡Permite que el Sr. Darwin sea tu modelo aquí! ¡Estos victorianos eran personas muy civilizadas! ¡Pelo por todos lados! Mantén el nudilleo al mínimo y te harán Primer Ministro! Muy bien, caballeros. ¡De regreso aquí en media hora!
Los magos se reunieron. Un círculo de luz blanca apareció sobre el piso. Se pararon adentro, hubo un cambio en los sonidos que hacía Hex, y se esfumaron.

Aterrizaron hasta las rodillas en el fango de una turbera, provocando que unas burbujas de aire espantoso reventaran a su alrededor.
—¡Sr. Stibbons! —bramó Ridcully.
—Lo siento, señor, lo siento —dijo Ponder rápidamente—. Hex, levántanos dos pies, por favor.
—Sí, pero todavía estamos empapados —masculló el Decano, mientras flotaban hacia arriba en el aire—. ¡Parece que te has, ah, ‘ensuciado’, Sr. Stibbons!
—No, señor, quería mostrarles un Charles Darwin en la naturaleza —dijo Ponder—. Aquí viene ahora...
Un joven grande y lleno de energía saltó de las hierbas y fue a saltar un charco negro con un largo palo. El palo de inmediato se hundió un tercio de su longitud en el succionante suelo y su atlético propietario se hundió en el barro. Volvió a salir sujeto a una pequeña planta acuática. Ajeno a las burbujas a su alrededor, agitó la planta triunfalmente hacia algunos compañeros distantes, empujó el palo afuera de la turba con algo de esfuerzo, y se alejó chapoteando.
—¿Nos vio? —dijo Rincewind.
—No, todavía no. Ése es el Darwin joven —dijo Ponder—. Muy aficionado a coleccionar toda clase de vida silvestre. Coleccionar era muy popular entre los ingleses de este siglo. Huesos, conchas, mariposas, aves, países de otras personas... toda clase de cosas.
—¡Hombre cerca de mi propio corazón! —dijo Ridcully, alegremente—. ¡Tuve la mejor colección de lagartijas prensadas cuando tenía esa edad!
—No puedo ver a un beagle por ningún lado, sin embargo —dijo Rincewind, tristemente. Se ponía nervioso por la ausencia de su sombrero, y trataba de pararse debajo de cosas.
El Director de Estudios Indefinidos levantó la mirada del thaumómetro que tenía en la mano.
—Ninguna perturbación mágica, ninguna —dijo, mirando el pantano a su alrededor—. ¿Está Hex seguro? La única cosa extraña aquí somos nosotros.
—Comencemos, ¿quieren? —dijo Ridcully—. ¿Hacia dónde ahora?
—Hex, muévenos hacia Londres, ¿quieres? —dijo Ponder—. Locación 7. —Aparentemente los magos no se movieron, pero el paisaje alrededor vaciló y cambió.
Se convirtió en un callejón. Se escuchaban muchos ruidos callejeros cercanos.
—Estoy seguro de que todos ustedes leyeron la información que preparé esta mañana —dijo Ponder, animadamente.
—¿Estás también seguro de que no estamos de regreso en Ankh-Morpork? —dijo Ridcully en voz muy alta.
—¡Juraría que puedo oler el río!
—Ah, entonces quizás sea mejor que sólo les recuerde los puntos importantes —dijo Ponder con voz cansada—. La lista de las cosas muy importantes que pueden impedir el progreso de Darwin...
—Recuerdo los calamares gigantes —arriesgó Rincewind.
—Hex puede arreglarse con los calamares gigantes —dijo Ponder.
—Oh, qué lástima. Lo esperaba con ansias —dijo Ridcully.
—No, señor —dijo Ponder, con tanta paciencia como le fue posible—. Tenemos que tratar con las personas. ¿Recuerda? La última vez estuvimos de acuerdo en que no es ético dejarle eso a Hex. ¿Recuerda la lluvia de mujeres gordas?
—Eso nunca ocurrió en realidad —dijo el Conferenciante en Runas Recientes, con nostalgia.
—Exactamente —dijo Ridcully, con firmeza—. Y mejor también. Condúcenos, Sr. Stibbons.
—Tanto que hacer, tanto que hacer —farfulló Ponder, hojeando sus papeles—. Supongo es mejor que hagamos las cosas en orden... de modo que primero, debemos asegurarnos de que la cocinera del Sr. Habbakuk Souser deseche el pescado.

Un niño del fregadero abrió la puerta trasera, en una calle de casas de aspecto muy próspero. Ponder Stibbons levantó su sombrero muy alto.
—Deseamos ver a... —consultó la tablilla—... a la Sra. Boddy —dijo—. ¿Es la cocinera aquí, creo? Dile que somos el Comité de Salud Pública, y el asunto es urgente, ¡de modo que despabílate!
—Espero que sepas qué estás haciendo, Stibbons —susurró Ridcully cuando el niño se escurrió.
—Totalmente, Archicanciller. Hex dice que la línea de la causalidad es... Ah, ¿Sra. Boddy?
Se lo dijo a una mujer flaca y preocupada que avanzaba hacia ellos desde el penumbroso interior, secándose las manos en el mandil.
—Lo soy, señor —dijo la cocinera—. ¿El niño dijo que ustedes caballeros eran Higiénicos?
—Sra. Boddy, ¿le entregaron algunos peces esta mañana? —dijo Ponder, ceñudo.
—Sí, señor. Una buena pieza de merluza. —Una incertidumbre repentina se apoderó de sus rasgos—. Er... eso estaba bien, ¿verdad?
—¡Lamentablemente no, Sra. Boddy! —dijo Ponder—. Acabamos de venir del pescadero. Todas sus merluzas están pasadas. Hemos tenido muchas quejas. ¡Algunas de ellas eran de parientes muy cercanos, Sra. Boddy!
—¡Oh, qué haremos para ser salvados! —exclamó la cocinera—. ¡La he puesto a cocinar! ¡Olía muy bien, señor!
—A Dios gracias, entonces, no hay daños —dijo Ponder.
—¿Se la doy al gato?
—¿Le gusta el gato? —dijo Ponder—. ¡No, envuélvala en un poco de papel y tráigala aquí ahora mismo! Estoy seguro de que el Sr. Souser comprenderá cuando le sirva un poco del jamón frío de ayer.
—¡Síseñor! —La cocinera se alejó, y regresó en breve con un paquete de pescado muy caliente y muy húmedo. Ponder se lo quitó de las manos y lo puso en los brazos de Rincewind.
—¡Friegue la cacerola cuidadosamente, Sra. Boddy! —dijo Ponder, mientras Rincewind trataba de hacer malabares con la merluza—. ¡Caballeros, debemos darnos prisa!
Empezó a caminar muy rápido hacia el final de la calle, los magos corriendo detrás de él, y giró de pronto en un callejón justo antes de un grito de:
—¿Señor? ¿Señor? ¿Cómo sabía usted del jamón frío?
—Locación 9, Hex —dijo Ponder—. ¡Y quita ese pescado, por favor!
—¿De eso se trataba todo? —dijo Ridcully—. ¿Por qué tomamos el pescado de esa pobre mujer?
Rincewind dijo «¡Ouch!» cuando el pez desapareció.
—El Sr. Souser viajará, er, mañana para encontrarse con algunos hombres de negocios —dijo Ponder, mientras se formaba un círculo en el suelo alrededor de los magos—. Uno de ellos será un hombre llamado Josiah Wedgwood, un famoso industrial. El Sr. Souser le contará sobre su hijo James, que actualmente está trabajando con la marina. Ha hecho a un hombre de él, le dirá el Sr. Souser. El Sr. Wedgwood escuchará con interés, y se formará la opinión de que la aventura de un largo viaje por mar en respetable compañía bien podría ser beneficiosa para un joven al borde de la vida adulta. Por lo menos, lo hará ahora. Si el Sr. Souser comía ese pescado, mañana estaría demasiado enfermo para viajar.
—Bien, son buenas noticias para el Sr. Souser, pero ¿qué tiene que ver con nosotros? —dijo el Decano.
—El Sr. Wedgwood es el tío de Charles Darwin —dijo Ponder, mientras el aire vacilaba—. Tendrá alguna influencia en la carrera de su sobrino. Y ahora, nuestra próxima visita...
—¡Buenos días! ¿La Sra. Nightingale?
—¿Sí? —dijo la mujer, como si lo dudara. Hizo pasar al grupo de personas que tenía delante, los ojos fijos sobre el barbudo cuyos nudillos tocaban el suelo. A su lado, la criada que había abierto la puerta miraba nerviosa.
—Mi nombre es Sr. Stibbons, Sra. Nightingale. Soy secretario de La Misión para Viajero de Profundidades, una organización de beneficencia. ¿Creo que el Sr. Nightingale está a punto de embarcarse en una peligrosa misión hacia las aguas tormentosas, laberínticas, e infestadas de calamares gigantes comedores de barcos en Sudamérica?
La mirada de la mujer se apartó del Bibliotecario y sus ojos se estrecharon.
—Nunca me dijo nada sobre calamares gigantes —dijo.
—¿De veras? Lamento mucho escuchar eso, Sra. Nightingale. El Hermano Bookmeister aquí —Ponder palmeó al Bibliotecario sobre el hombro—, le contaría él mismo sobre ellos si no fuera que la terrible experiencia le robó el poder del habla.
—¡Ook! —dijo el Hermano Bookmeister lastimeramente.
—¿De veras? —dijo la mujer, encajando la mandíbula firmemente—. ¿Les importaría, caballeros, entrar en el salón?

—Bien, los bollos estaban buenos —dijo el Decano, mientras los magos salían sin prisa a la calle media hora después—. Y ahora, Stibbons, ¿te importaría decirnos de qué se trataba todo eso?
—Con gusto, Decano, y ¿puedo decir que su historia sobre la culebra marina fue muy útil? —dijo Ponder—. Pero Rincewind, ese relato sobre los peces voladores asesinos fue algo excesivo, creo.
—¡No los inventé! —dijo Rincewind—. Tenían unos dientes como...
—Bien, de todos modos... Darwin era la segunda alternativa para el puesto en el Beagle —dijo Ponder—. El Sr. Nightingale era la primera alternativa del capitán. La historia registrará que después de que la súplica de su esposa declinó la propuesta. Esto sucederá cinco minutos después de llegar a casa esta noche.
—¿Otro fino ardid? —dijo Ridcully.
—Estoy algo complacido de él, en realidad —dijo Ponder.
—Hum —dijo Ridcully. La astucia de los magos más jóvenes no es aplaudida automáticamente por sus mayores—. Muy inteligente, Stibbons. Eres un mago a tener en cuenta.
—Gracias, señor. Mi siguiente pregunta es: ¿alguien aquí sabe algo sobre construcción naval? Bien, quizás no sea necesario. Hex, llévanos a Portsmouth, por favor. El Beagle está siendo acondicionado. Necesitarán ser inspectores navales que, ajaja, estoy seguro que lo harán bien. A decir verdad, serán los inspectores más observadores que alguna vez haya habido. Locación 3, por favor, Hex.



CAPÍTULO 8
Adelante hacia el pasado
Bien, los magos han hecho una buena largada. Y con el poder de Hex por detrás, los magos pueden viajar a voluntad a lo largo de la línea temporal de Mundobola. Nos alegramos de que puedan hacerlo, en un contexto ficticio... pero ¿podríamos hacer lo mismo, en uno real?
Para responder, debemos determinar cómo se ve una máquina del tiempo dentro del marco de la relatividad general. Luego podemos conversar sobre construir una.
Viajar al futuro es fácil: esperar. Lo que es difícil es retroceder. Una máquina del tiempo permite que una partícula u objeto regrese a su propio pasado, de modo que su mundo-línea, una curva temporal, debe cerrarse en un bucle. Así que una máquina del tiempo es sólo una curva temporal cerrada, abreviado CTC. En lugar de preguntar, ‘¿Es posible viajar en el tiempo?’, nos preguntamos, ‘¿Puede existir una CTC?’
En el espacio-tiempo plano de Minkowski, no. Hacia adelante y hacia atrás, los conos de luz —el futuro y el pasado de un evento— nunca se cortan (excepto en el mismo punto, que descontamos). Si se dirige a través de un plano, sin desviarse nunca más de 45º del norte exacto, nunca puede encontrarse a sí mismo desde el sur.
Pero los conos de luz hacia adelante y hacia atrás pueden cortarse en otra clase de espacio-tiempo. La primera persona en notarlo fue Kurt Godel, mejor conocido por su trabajo fundamental en lógica matemática. En 1949 descubrió la matemática relativista de un universo rotatorio, y descubrió que el pasado y el futuro de cada punto se cortan. Arranque donde y cuando quiera, viaje hacia su futuro, y terminará en su propio pasado. Sin embargo, las observaciones indican que el universo no está rotando, y hacer girar un universo estacionario (especialmente desde el interior) no parece una manera plausible de hacer una máquina del tiempo. Sin embargo, si los magos fueran a darle un giro a Mundobola...
El ejemplo más simple de futuro encontrándose con el pasado surge si uno toma el espacio-tiempo de Minkowski y lo enrolla a lo largo de la dirección ‘vertical’ del tiempo para formar un cilindro. Entonces la coordenada tiempo se vuelve cíclica, como en la mitología hindú, donde Brahma recrea el universo cada kalpa, un período de 4,32 mil millones de años. Aunque un cilindro parece curvo, el correspondiente espacio-tiempo no lo es en realidad —no en el sentido gravitacional. Cuando uno enrolla una hoja de papel en un cilindro, no se distorsiona. Puede aplanarla otra vez y el papel no está doblado ni arrugado. Una hormiga puramente confinada a la superficie no notará que el espacio-tiempo ha sido curvado, porque las distancias en la superficie no han cambiado. En pocas palabras, la métrica local no cambia. Lo que cambia es la geometría global del espacio-tiempo, su topología de conjunto.
Enrollar el espacio-tiempo de Minkowski es un ejemplo de un poderoso truco matemático para desarrollar nuevos espacio-tiempos a partir de los viejos: recortar-y-pegar. Si uno puede cortar trozos de espacio-tiempo conocidos, y pegarlos sin distorsionar sus métricas, entonces el resultado es también un espacio-tiempo posible. Decimos ‘distorsionar la métrica’ más que ‘doblar’, por exactamente la misma razón que decimos que el espacio-tiempo de Minkowski enrollado no es curvo. Estamos hablando de una curvatura intrínseca, la experimentada por una criatura que vive en el espacio-tiempo, no de una curvatura aparente como la que ve algún visualizador externo.
La versión enrollada del espacio-tiempo de Minkowski es una manera muy simple de demostrar que los espacio-tiempos que obedecen las ecuaciones de Einstein pueden poseer CTC... y por lo tanto ese viaje no es incongruente con la física actualmente conocida. Pero eso no implica que el viaje en el tiempo sea posible. Hay una diferencia muy importante entre lo que es matemáticamente posible y lo que es físicamente viable.
Un espacio-tiempo es matemáticamente posible si obedece las ecuaciones de Einstein. Es físicamente viable si puede existir, o puede ser creado, como parte de nuestro propio universo o un accesorio. No hay una muy buena razón para suponer que el espacio-tiempo de Minkowski enrollado sea físicamente viable: indudablemente sería difícil rediseñar el universo en esa forma si no estuviera ya dotado de tiempo cíclico, y en este momento muy pocas personas (aparte de los Hindúes) piensan que lo está. La búsqueda de espacio-tiempos que posean CTC y tengan una física posible es una búsqueda de topologías más plausibles. Hay muchas topologías matemáticamente posibles, pero, como con el irlandés que da direcciones, no se puede llegar a todas ellas desde aquí.
Sin embargo, se puede llegar a algunas excepcionalmente interesantes. Todo lo que se necesita es la ingeniería del agujero negro. Oh, y de agujeros blancos, también. Y energía negativa. Y...
Un paso a la vez. Agujeros negros para empezar. Primero fueron pronosticados en la clásica mecánica de Newton, donde no hay ningún límite a la velocidad de un objeto en movimiento. Las partículas pueden escapar de una masa que las atraen, sin importar que tan fuerte sea su campo gravitacional, moviéndose más rápido que la adecuada ‘velocidad de escape’. Para la Tierra, es de 7 millas por segundo (11 kps), y para el Sol, de 26 millas por segundo (41 kps). En un artículo presentado a la Royal Society en 1783, John Michell observó que el concepto de velocidad de escape, combinado con una velocidad finita de la luz, implicaba que los objetos suficientemente masivos no pueden emitir luz en absoluto —porque la velocidad de la luz será más baja que la velocidad de escape. En 1796, Pierre Simon de Laplace repitió estas observaciones en su Exposición del Sistema del Mundo. Ambos imaginaban que el universo podía estar lleno de cuerpos inmensos, más grandes que las estrellas, pero totalmente oscuros.
Estaban un siglo por delante de su tiempo.
En 1915, Karl Schwarzschild dio el primer paso hacia una respuesta a la versión relativista de la misma pregunta, cuando resolvió las ecuaciones de Einstein para el campo gravitacional alrededor de una esfera maciza en el vacío. Su solución se comportaba muy extrañamente a una distancia crítica desde el centro de la esfera, ahora denominada radio de Schwarzschild. Es igual a la masa de la estrella, multiplicada por el cuadrado de la velocidad de la luz, multiplicada por dos veces la constante gravitacional, si quiere saberlo.
El radio de Schwarzschild para el Sol es de 1,2 millas (2 km), y para la Tierra de 0,4 pulgadas (1 cm) —ambos enterrados, inaccesibles y profundos, donde no pueden causar problemas. De modo que no estaba completamente claro qué tan significativo era el extraño comportamiento matemático... o incluso qué significaba.
¿Qué le pasaría a una estrella tan densa que está dentro de su propio radio de Schwarzschild?
En 1939, Robert Oppenheimer y Hartland Snyder demostraron que colapsaría bajo su propia atracción gravitacional. Efectivamente, toda una porción de espacio-tiempo colapsaría para formar una región de la que ninguna materia, ni siquiera la luz, podría escapar. Éste fue el nacimiento de un nuevo y excitante concepto físico. En 1967, John Archibald Wheeler acuñó el término agujero negro, y el nuevo concepto fue así bautizado.
¿Cómo se desarrolla un agujero negro a medida que pasa el tiempo? Un terrón inicial de materia se encoge al radio de Schwarzschild, y luego continúa encogiéndose hasta que, después de un tiempo finito, toda la masa ha colapsado en un único punto, denominado una singularidad. Desde afuera, sin embargo, no podemos observar la singularidad: está más allá del ‘horizonte de evento’ en el radio de Schwarzschild, que separa la región observable —de donde la luz puede escapar— de la región no-observable —donde la luz queda atrapada.
Si uno observara desde afuera un agujero negro colapsando, vería a la estrella encogiéndose hacia el radio de Schwarzschild, pero nunca la vería llegar allí. Mientras se encoge, su velocidad de colapso —vista desde afuera— se acerca a la de la luz, y la dilación temporal relativista implica que todo el colapso es infinitamente largo cuando es visto por un observador exterior. La luz de la estrella pasaría más y más profundo hacia el extremo rojo del espectro. El nombre debería ser ‘agujero rojo’.

Los agujeros negros son ideales para la ingeniería del espacio-tiempo. Uno puede cortar-y-pegar un agujero negro en cualquier universo que tenga regiones asintóticamente planas, como el nuestro. Esto hace a la topología de los agujeros negros físicamente posible en nuestro universo. En efecto, el escenario del colapso gravitacional lo hace aun más posible: uno sólo tiene que empezar con una concentración lo bastante grande de materia, como una estrella de neutrones o el centro de una galaxia. Una sociedad tecnológicamente avanzada podría construir agujeros negros.
Sin embargo, un agujero negro no posee CTC, de modo que no hemos logrado viajar en el tiempo. Todavía. De todos modos, nos estamos acercando. El siguiente paso usa la reversibilidad temporal de las ecuaciones de Einstein: a cada solución corresponde otra que es exactamente la misma, excepto que el tiempo corre hacia atrás. El reverso temporal de un agujero negro se denomina agujero blanco. El horizonte del evento de un agujero negro es una barrera de la que no puede escapar ninguna partícula; el horizonte del evento de un agujero blanco es uno donde ninguna partícula puede caer, pero del que pueden emerger partículas en cualquier momento. De modo que, visto desde el exterior, un agujero blanco parecería como la repentina explosión del valor material de una estrella, viniendo desde un horizonte del evento en tiempo revertido.
Los agujeros blancos podrían parecer bastante extraños. Tiene sentido que una concentración inicial de materia colapse, si es suficientemente densa, y que por lo tanto, forme un agujero negro; pero ¿por qué la singularidad dentro de un agujero blanco debería decidir de repente vomitar una estrella, habiendo permanecido igual desde el amanecer del tiempo? ¿Quizás porque el tiempo corre hacia atrás dentro de un agujero blanco, de modo que la causalidad corre desde el futuro hacia el pasado? Aceptemos que los agujeros blancos son sólo una posibilidad matemática, y notemos que también son asintóticamente planos. De modo que si uno supiera cómo hacerlo, podría pegarlo prolijamente en el propio universo, también.
No sólo eso: uno puede pegar un agujero negro y un agujero blanco juntos. Córtelos a lo largo de sus horizontes del evento, y péguelos a lo largo de éstos. El resultado es una especie de tubo. La materia puede pasar por el tubo sólo en una dirección: entra por el agujero negro y sale por el blanco. Es una especie de válvula de materia. El paso a través de la válvula sigue una curva temporal, porque las partículas de materia pueden atravesarla.
Ambos extremos del tubo pueden ser pegados en cualquier región asintóticamente plana de cualquier espacio-tiempo. Se podría pegar un extremo en nuestro universo, y el otro en el de alguien más; o se podrían pegar ambos extremos en el nuestro —donde le guste, excepto cerca de una concentración de materia. Ahora tiene un agujero de gusano. La distancia transversal del agujero de gusano es muy pequeña, mientras que entre los dos extremos, a través del espacio-tiempo normal, puede ser tan grande como quiera.
Un agujero de gusano es un atajo a través del universo. Pero es transmisión de materia, no un viaje en el tiempo. No importa: ya casi estamos ahí.

La clave para el viaje en el tiempo por agujero de gusano es la conocida paradoja de los gemelos, señalada por el físico Paul Langevin en 1911. Recordemos que en la relatividad, el tiempo pasa más despacio cuanto más rápido se viaja, y se detiene totalmente a la velocidad de la luz. Este efecto es conocido como dilación temporal. Citamos de La Ciencia de Mundodisco:
Supongamos que Rosencrantz y Guildenstern nacen en la Tierra el mismo día. Rosencrantz se queda aquí toda la vida, mientras que Guildenstern se va de viaje a casi la velocidad de la luz, y entonces da la vuelta y regresa a casa. Por la dilación temporal, un solo año (por decir) ha pasado para Guildenstern, mientras que pasaron 40 para Rosencrantz. De modo que Guildenstern tiene ahora 39 años menos que su hermano mellizo.
Se llama paradoja porque parece ser un misterio: desde el marco de referencia de Guildenstern, es Rosencrantz quien ha salido zumbando a una velocidad cercana a la de la luz. Seguramente, del mismo modo, ¿debería ser Rosencrantz 39 años más joven, no Guildenstern? Pero la aparente simetría es falaz. El marco de referencia de Guildenstern está sujeto a aceleración y desaceleración, especialmente cuando da media vuelta para dirigirse a casa; el de Rosencrantz no. En la relatividad, las aceleraciones hacen una gran diferencia.
En 1988, Michael Morris, Kip Thorne y Ulvi Yurtsever se dieron cuenta de que combinando un agujero de gusano con la paradoja de los gemelos se producía un CTC. La idea es dejar fijo el extremo blanco del agujero de gusano, y menear el extremo negro de atrás para adelante a una velocidad apenas por debajo de la de la luz. Cuando el extremo negro zigzaguea, la dilación temporal entra en juego, y el tiempo pasa más despacio para un observador que se mueve con ese extremo. Piense en mundo-líneas que unen a los dos agujeros de gusano a través del espacio normal, de modo que el tiempo experimentado por observadores en cada extremo sea el mismo. Al principio, esas líneas son casi horizontales de modo que no son temporales, y no es posible que las partículas de materia avancen a lo largo de ellas. Pero a medida que pasa el tiempo, la línea se acerca más a la vertical, y al final se vuelve temporal. En cuanto esta ‘barrera temporal’ es cruzada, se puede viajar desde el extremo blanco del agujero de gusano hasta el negro por el espacio normal —siguiendo una curva temporal. Porque el agujero de gusano es un atajo, se puede hacer en un período de tiempo muy breve, viajando en un instante desde el extremo negro al blanco correspondiente. Es el mismo lugar de su punto de partida, pero en el pasado.
Usted ha viajado en el tiempo.
Al esperar, uno puede cerrar el camino en un CTC, y terminar en el mismo lugar y tiempo desde el que arrancó. No volver hacia el futuro, sino avanzar hacia al pasado. Cuanto más lejos en el futuro esté el punto de partida, más lejos en el pasado podrá viajar desde ese punto. Pero hay una desventaja en este método: nunca se puede viajar hacia atrás más allá de la barrera temporal, y eso ocurre algún tiempo después de haber construido los agujeros de gusano. No espere volver para cazar dinosaurios. Ni para pisotear mariposas del Cretáceo.

¿Podríamos realmente hacer uno de estos dispositivos? ¿Podríamos realmente pasar a través de un agujero de gusano?
Hay otras máquinas del tiempo basadas en la paradoja de los gemelos, pero todas están limitadas por la velocidad de la luz. Funcionarían mejor, y quizás serían más fáciles de construir y operar, si pudiera seguir Star Trek y engancharse a su motor warp, viajando más rápido que la luz.
Pero la relatividad lo prohíbe, ¿correcto?
Equivocado.
La relatividad especial lo prohíbe. Resulta que la relatividad general lo permite. Lo asombroso es que la manera en que lo permite resulta ser la jerga habitual de ciencia ficción, invocada por incontables autores que conocían las limitaciones relativistas pero todavía querían que sus naves estelares viajaran más rápido que la luz. «La relatividad prohíbe que la materia se desplace más rápido que la luz», recitaban, «pero no prohíbe que el espacio viaje más rápido que la luz». Ponga su nave estelar en una región del espacio, y manténgala relativamente estacionaria en esa región. Ninguna violación de Einstein hasta ahí. Ahora mueva toda la región de espacio, nave estelar adentro, con velocidad superluminar (más-rápido-que-la-luz). ¡Bingo!
Ja, ja, sumamente divertido. Excepto que...
En el contexto de la relatividad general, a eso llegó exactamente Miguel Alcubierre Moya en 1994. Probó que existían soluciones de las ecuaciones de campo de Einstein que involucraban una ‘deformación’ local del espacio-tiempo para formar una burbuja móvil. El espacio se contrae por delante de la burbuja y se dilata por detrás de ella. Ponga una nave estelar dentro de la burbuja, y puede ‘surfear’ una ola gravitacional, cobijada dentro de una concha estática de espacio-tiempo local. La velocidad de la nave estelar con relación a la burbuja es cero. Sólo se mueve el límite de la burbuja, y es sólo espacio vacío.
Los escritores de ciencia ficción tenían razón. No hay ningún límite relativista para la velocidad a la que el espacio puede moverse.
Los motores warp tienen la misma desventaja que los agujeros de gusano. Se necesita materia exótica para crear la repulsión gravitatoria necesaria para distorsionar el espacio-tiempo de esta manera anormal. Se han propuesto otros esquemas para motores warp, que supuestamente superan este obstáculo, pero tienen sus propias desventajas. Sergei Krasnikov notó una inoportuna característica del motor warp de Alcubierre: el interior de la burbuja se vuelve causalmente desconectado de su borde delantero. El capitán de la nave estelar, dentro de la burbuja, no puede dirigirla, y ni siquiera puede encenderla o apagarla. Propuso un método diferente, una ‘autopista súper-luminar’. En el viaje de ida, la nave estelar viaja por debajo de la velocidad de la luz y deja un tubo de espacio-tiempo distorsionado detrás de ella. En el viaje de regreso, viaja más rápido que la luz a lo largo del tubo. La autopista súper-luminar también necesita de energía negativa; a decir verdad, Ken Olum y otros han probado que cualquier tipo de motor warp sirve.
Hay límites para la vida de una cantidad determinada de energía negativa. Para los agujeros de gusano y los motores warp estos límites implican que tales estructuras deben ser muy pequeñas, o si no que la región de energía negativa debe ser sumamente delgada. Por ejemplo, un agujero de gusano cuya boca tenga tres pies (1m) de ancho debe limitar su energía a una cinta cuyo espesor sea una millonésima del diámetro de un protón. El total de la energía negativa requerida sería equivalente al producto total (en energía positiva) de 10 mil millones de estrellas durante un año. Si la boca tuviera un año-luz de ancho, entonces el espesor de la cinta de energía negativa sería aun más pequeño que un protón, y ahora la energía negativa requerida sería la de 10 cuatrillones de estrellas.
Los motores warp, en todo caso, son peores. Para viajar a una velocidad 10 veces la de la luz (un simple Factor 2 de Star Trek) el espesor de la pared de la burbuja debe ser de 10-32 metros. Si la nave estelar tiene 200 yardas (200 m) de largo, la energía requerida para hacer la burbuja tiene que ser 10 mil millones de veces la masa del universo conocido.
Entendido.

El narrativium de Mundobola puede ser documentado, algunas veces. Cuando Ronald Mallett tenía diez años, su padre de 33 años murió por insuficiencia cardiaca, causada por beber y fumar. «Eso me apabulló completamente», se informa que dijo. Poco después, leyó La Máquina del Tiempo de Wells. Y razonó: «Si pudiera construir una máquina del tiempo, podría advertirle sobre lo que iba a ocurrir».

La idea infantil perdió intensidad, pero el interés en los viajes en el tiempo no. Cuando adulto, Mallett inventó un tipo completamente nuevo de máquina del tiempo, uno que usa luz curva.
Morris y Thorne curvaron el espacio para hacer un agujero de gusano usando materia. La masa es espacio curvo. Levi-Civita curvó el espacio usando magnetismo. El magnetismo tiene energía, la energía es (como nos dice Einstein) masa. Mallett prefiere curvar el espacio usando luz. La luz, también, tiene energía. De modo que puede actuar como masa. En 2000, publicó un trabajo sobre la deformación del espacio por medio de un rayo circular de luz. Entonces se le ocurrió. Si uno puede deformar el espacio, también debería poder deformar el tiempo. Y sus cálculos mostraron que un anillo de luz podía crear un anillo de tiempo... un CTC.
Con una máquina del tiempo de luz-curva de Mallett, uno puede volver a su pasado. Un viajero del tiempo hace su camino en el bucle cerrado de luz, espacio, y tiempo. El caminar alrededor del bucle tiene el mismo efecto que moverse hacia atrás en el tiempo. Cuantas más veces recorra el bucle, más atrás irá, trazando un mundo-línea helicoidal. Cuando se ha llegado lo bastante lejos en el pasado, se sale del bucle. Fácil.
Sí, pero... ya hemos estado aquí antes. Se necesitan enormes cantidades de energía para hacer un rayo circular de luz.
Eso es verdad... a menos que se pueda disminuir la velocidad de la luz. Un anillo de luz muy lenta, a velocidad-Mundodisco, como la del sonido en Mundobola, es mucho más fácil de hacer. La razón es que cuando la luz disminuye la velocidad, gana inercia. Esto le da mayor energía, y el efecto warp es mucho más grande para menor esfuerzo por parte del constructor.
La relatividad nos dice que la velocidad de la luz es constante... en el vacío. En otros medios, la luz disminuye la velocidad; es por esto que el vidrio refracta la luz, por ejemplo. En el medio correcto, se puede disminuir la velocidad de la luz, o aun detenerla totalmente. Los experimentos de Lene Hau demostraron este efecto en 2001, usando un medio conocido como condensado Bose-Einstein. Es una forma furiosa y degenerada de materia, que ocurre a temperaturas cercanas al cero absoluto; consiste en muchos átomos en un estado cuántico exactamente igual, formando un ‘súper-fluido’ de viscosidad cero.
De modo que tal vez el viajero del tiempo de Wells pudo haber incluido algún equipo de refrigeración y un rayo láser en su máquina. Pero una máquina del tiempo de luz-curva de Mallett sufre la misma limitación que una de agujero de gusano. No se puede viajar hacia atrás hasta ningún tiempo antes de que la máquina fuera construida.
Probablemente Wells tuviera razón al eliminar ese encuentro con un hipopótamo gigante.

Éstas son puramente máquinas del tiempo relativistas, pero el universo también tiene características cuánticas, y deben ser tenidas en cuenta. La búsqueda de una unificación de las teorías de la relatividad y cuántica —respetablemente conocida como ‘gravedad cuántica’ y a menudo ridiculizada como una Teoría del Todo— ha dado una hermosa propuesta matemática, la teoría de la cuerda. En esta teoría, en vez de que las partículas fundamentales sean puntos, están haciendo vibrar bucles pluridimensionales. La versión mejor conocida usa bucles de seis dimensiones, de modo que su modelo del espacio-tiempo es realmente de diez dimensiones. ¿Por qué nadie se dio cuenta? Quizás porque las seis dimensiones adicionales están rizadas hacia arriba tan tensas que nadie las ha observado —muy posiblemente, no han podido hacerlo. O quizás —el irlandés otra vez— no podemos irnos hasta allí desde aquí.
Muchos físicos esperan que la teoría de cuerdas, así como la relatividad unificadora y la mecánica cuántica, también proporcione una prueba de la conjetura de Hawking, la de protección cronológica —el universo conspira para mantener los eventos ocurriendo en el mismo orden temporal. En conexión con esto, hay un agujero negro rotatorio de cinco dimensiones según la teoría de cuerdas, llamado agujero negro BMPV. Si rota lo bastante rápido, tiene CTC fuera de la región del agujero negro. En teoría, se puede construir uno de ondas gravitacionales y artilugios esotéricos de la teoría de cuerdas denominado ‘D-branas’.
Y aquí vemos un atisbo de los policías temporales cosmológicos de Hawking. Lisa Dyson echó una mirada cuidadosa a lo que ocurre cuando se ponen juntas las ondas gravitatorias y las D-branas. Así como el agujero negro está a un pelo de convertirse en una máquina del tiempo, los componentes no se reúnen en el mismo lugar. En cambio, forman una concha de gravitones (hipotéticas partículas de gravedad, análogas a los fotones de la luz). Las D-branas están atrapadas dentro de la concha. Los gravitones no pueden ser persuadidos de acercarse más, y no se puede hacer girar el BMPV lo bastante rápido para crear un CTC accesible.
Las leyes de la física no permitirán montar esta clase de máquina del tiempo, a menos que se pueda inventar alguna ingeniosa clase de andamio.
La mecánica cuántica añade un nuevo efecto a todo el juego de viajes en el tiempo. Para empezar, puede abrir un camino para crear un agujero de gusano. A la muy diminuta escala de longitud del mundo cuántico, conocido como longitud de Planck (alrededor de 10-35 metros), se piensa que el espacio-tiempo es una espuma cuántica —una masa en perpetuo cambio de diminutos agujeros de gusano. La espuma cuántica es un tipo de máquina del tiempo. El tiempo se derrama dentro de ella como la espuma cabeceando sobre las olas del océano. Uno sólo tiene que aprovecharlo. Una civilización avanzada podría usar manipuladores gravitatorios para agarrar un agujero de gusano cuántico y agrandarlo hasta un tamaño macroscópico.
La mecánica cuántica también emite luz, o posiblemente oscuridad, en las paradojas del viaje en el tiempo. La mecánica cuántica es indeterminada —muchos eventos, como la decadencia de un átomo radioactivo, son aleatorios. Una manera de hacer esta indeterminación matemáticamente respetable es la interpretación de ‘muchos mundos’ de Hugh Everett III. Esta visión del universo es muy familiar a los lectores de ciencia ficción: nuestro mundo es sólo uno de una infinita familia de ‘mundos paralelos’ en los que ocurren todas las combinaciones de posibilidades. Es una manera dramática de describir la superposición cuántica de estados, en la que el giro de un electrón puede ser hacia arriba y hacia abajo al mismo tiempo, y (presuntamente) un gato puede estar tanto vivo como muerto.
Está bien para los electrones y probablemente sea un disparate para los gatos. Vea la fugaz aparición de Greebo en La Ciencia de Mundodisco.

En 1991, David Deutsch argumentó que, gracias a la interpretación de muchos mundos, el viaje en el tiempo según la mecánica cuántica no plantea ningún obstáculo a la libre voluntad. La paradoja del abuelo deja de ser paradójica, porque el abuelo será (o habrá sido) matado en un mundo paralelo, no en el original.
Encontramos esto un poco tramposo. Sí, resuelve la paradoja, pero sólo mostrando que realmente no era viajar en el tiempo en absoluto. Era viajar a un mundo paralelo. Divertido, pero no lo mismo. También coincidimos con varios físicos, entre otros Roger Penrose, que aceptan que la interpretación de ‘muchos mundos’ de la teoría cuántica es una efectiva descripción matemática, pero niega que los mundos paralelos involucrados sean en algún sentido reales. Aquí hay una analogía. Usando una técnica matemática llamada análisis de Fourier uno podría resolver cualquier sonido periódico, como la nota que toca un clarinete, en una superposición de sonidos ‘puros’ que involucra sólo una frecuencia vibratoria. En cierto sentido, los sonidos puros forman una serie de ‘notas paralelas’, que juntas crean la nota real. Pero no encontrará a nadie que afirme que por lo tanto debería existir un correspondiente juego de clarinetes paralelos, produciendo cada uno una de las notas puras. La descomposición matemática no necesita tener un análogo físico literal.

¿Y qué pasa con las paradojas del genuino viaje en el tiempo, sin entretenernos con mundos paralelos? En el entorno relativista, que es donde tales cuestiones surgen más naturalmente, hay una solución interesante. Si se montara una situación con posibilidades paradójicas, automáticamente conduciría a un comportamiento congruente.
Un típico experimento de pensamiento es enviar una bola de billar a través de un agujero de gusano, de modo que emerja en su propio pasado. Con cuidado, se puede enviar de modo que cuando salga (salió) golpee su reencarnación más temprana, desviándola de modo que nunca entre en el agujero de gusano en primer lugar. Es la paradoja del abuelo en forma menos violenta. La cuestión para un físico es: ¿puede uno realmente establecer tal estado paradójico? Tiene que hacerlo antes de construir la máquina del tiempo, luego construirla, y ver qué comportamiento físico ocurre en realidad.
Resulta que, por lo menos en la más simple formulación matemática de esta cuestión, las habituales leyes físicas seleccionan un comportamiento único y lógicamente congruente. Uno no puede de repente dejar caer una bola de billar dentro de un sistema pre-existente —ese acto involucra intervención humana, ‘libre voluntad’, y su relación con las leyes de la física es discutible. Si se lo deja a voluntad de la bola de billar, ésta sigue una ruta que no presenta contradicciones lógicas. Todavía no se sabe si se logran resultados similares en circunstancias más generales, pero bien podría suceder.
Todo esto está muy bien, pero evade la cuestión de la ‘libre voluntad’. Es una explicación determinista, válida para sistemas físicos idealizados como bolas de billar. Ahora, es posible que la mente humana sea en realidad un sistema determinista (ignorando los efectos cuánticos para mantener la discusión dentro de ciertos límites). Lo que nos gusta pensar en cómo hacer una libre elección podría ser en realidad lo que se siente cuando un cerebro determinista hace su camino hacia la única decisión que en realidad puede alcanzar. La libre voluntad podría ser el ‘quale’ de la toma de decisiones —la vívida sensación que recibimos, como el vívido sentido del color que obtenemos cuando miramos una flor roja. La física todavía no explica cómo surgen estas sensaciones. De modo que es habitual descartar los efectos de la libre voluntad cuando se habla de las paradojas temporales posibles.
Esto parece razonable, pero hay una trampa. Toda la discusión sobre máquinas del tiempo, en términos físicos, gira alrededor de la posibilidad de que las personas construyan los diversos espacio-tiempos warp involucrados. ‘Tome un agujero negro, péguelo a uno blanco...’ Específicamente, se trata de personas que eligen o deciden construir tal artefacto. En un mundo determinista, es seguro que lo construyen desde el principio, en cuyo caso ‘construir’ no es una palabra muy apropiada, o la cosa se monta por sí misma, y uno averigua en qué clase de universo está. Es exactamente como el universo giratorio de Godel: uno está adentro, o no, y no consigue cambiar nada. No se puede hacer una máquina del tiempo a menos que ya estuviera implícita en el desarrollo de ese universo de todos modos.

El punto de vista estándar de la física realmente sólo tiene sentido en un mundo donde las personas tienen libre voluntad y pueden decidir construir, o no construir, como les venga bien. De modo que la física, no por primera vez, ha adoptado puntos de vista incongruentes para diferentes aspectos de la misma cuestión, y por consiguiente se le han retorcido sus calzones filosóficos.
A pesar de todas las ingeniosas teorizaciones, la horrible verdad es que todavía no tenemos la menor idea de cómo hacer una máquina del tiempo práctica. Los dispositivos torpes y derrochadores de energía de la física real son una pálida sombra de la elegante máquina del Viajero del Tiempo de Wells, cuyo prototipo fue descrito como ‘una reluciente base metálica, apenas más grande que un reloj pequeño, hecha con mucha delicadeza. Tenía marfil, y alguna sustancia cristalina transparente'.
Todavía se necesita un poco de investigación y desarrollo.
Probablemente ésta es una Buena Cosa.



CAPÍTULO 9
Evitando Madeira
El carpintero estaba asombrado, como le contó a sus compañeros en el bar después del trabajo...
—... así que ya estaba terminando, y este tipo baja por la escalera y dice le ruego me disculpe, señor, pero sólo me gustaría verificar esa mampara, por favor. No tiene nada malo, le digo yo, está en perfectas condiciones. Entonces dice, correcto, correcto, por supuesto, pero tengo que verificar algo. Saca este trozo de papel del bolsillo y lo lee con cuidado, y dice que tiene que verificar que la nueva madera no tenga un raro gusano tropical que permite que se vea como buena madera pero que la debilita tanto que la embarcación absorberá demasiada agua y tendrá que desviarse a Madeira por arreglos, o algo, posiblemente. Pronto lo sabremos, le dije yo, y la golpeé con mi martillo y, oh sorpresa, se partió por la mitad. Habría jurado que era madera de primera, también. ¡Pequeños gusanos por todos lados!
—Es gracioso que diga eso —dijo el hombre enfrente—. Uno de ellos se acercó cuando estaba trabajando y me pidió que le permitiera mirar los clavos de cobre que estaba usando. Bien, saca un cuchillo, raspa uno, ¡es un trozo de hierro barato bajo una cáscara de cobre! ¡Tuve que hacer el trabajo de medio día otra vez! No me cabe en la cabeza cómo lo supo. Tom dijo que el proveedor juró que eran todos de cobre cuando los vendió.
—Ja —dijo un tercer hombre—, uno se acercó a mí y me preguntó qué haría si unos calamares gigantes hundieran la embarcación. Le dije que no haría nada, siendo como vivo en Portsmouth. —Vació su jarro—. Condenadamente concienzudos, estos inspectores.
—Sí —dijo el primer hombre, pensativo—. Piensan en todo...

—Siempre he pensado que un ganso es un ave inconveniente —dijo Mustrum Ridcully, trinchándolo—. Sólo apenas demasiado para uno pero no suficiente para dos. —Extendió un tenedor—. ¿Alguien más quiere un poco? Rincewind, haz que el hombre envíe algunas ostras más, ¿quieres? ¿Qué me dicen, caballeros? ¿Otras seis docenas? Tiremos la casa por la ventana, ¿eh? Jajaja...
Los magos habían tomado habitaciones en una posada, y el propietario, observando al atareado personal abajo en su cocina, estaba pensando con felicidad en un retiro temprano.
El dinero no había sido un problema. Hex simplemente había teleportado un poco desde un banco distante. Los magos habían debatido las implicancias morales del acto durante algún tiempo, con las bocas llenas, pero se habían puesto de acuerdo a favor de la idea. Estaban Haciendo Lo Correcto, después de todo.
Sólo Ponder no estaba comiendo mucho. Mordisqueaba un bollo y actualizaba sus notas; entonces anunció:
—Hemos cubierto todo, Archicanciller. Los clavos, los barriles de agua que pierden, el compás defectuoso, la carne mala... había nueve razones por las que el Beagle se habría desviado a la isla de Madeira. Hex cree que el calamar gigante podría ser una pista falsa. En cuanto a las nueve... sí, creo que hemos garantizado que ya no ocurrirán.
—Recuérdame por qué es importante, ¿quieres? —dijo el Decano—. Y pasa el vino, Mustrum.
—Sin esta intervención es más que probable que Darwin deje la embarcación en Madeira, si el Beagle para allí —dijo Ponder—. Estará terriblemente mareado durante el viaje.
—¿Y Madeira es...? —dijo el Decano.
—Una de un grupo de islas en el camino, Decano. Después de eso es un largo tirón hasta el Atlántico Sur, alrededor del extremo sur de Sudamérica con algunas paradas, y directo arriba hasta las Islas Galápagos.
—Abajo, al fondo, arriba —farfulló el Decano—. ¿Cómo puede alguien tomarle la mano a la navegación globular?
—El fenómeno que llamamos El Amor De Hierro, señor —dijo Ponder, suavemente—. Nosotros sólo lo encontramos en metales raros que caen del cielo, pero es muy común aquí. El hierro aquí trata de apuntar al norte.
El silencio cayó alrededor de la mesa.
—¿El norte? ¿Es la parte en la cima? —dijo Ridcully.
—Convencionalmente, señor, sí —dijo Ponder, y añadió algo tontamente—, pero sobre un globo no importa realmente, por supuesto.
—Por los dioses —farfulló el Decano, poniéndose la mano sobre los ojos.
—¿Cómo sabe el hierro en qué dirección apuntar? —insistió Ridcully.
—El metal no puede pensar.
—Es un poco como... como las arvejas que giran para seguir al Sol, señor —arriesgó Ponder, no seguro de que en realidad lo hicieran; quizás eran los agricultores de arvejas.
—Sí, pero las arvejas son cosas vivientes —dijo Ridcully—. Ellas... conocen al Sol, ¿correcto?
—Las arvejas no son exactamente renombradas por sus cerebros, Archicanciller —dijo el Director de Estudios Indefinidos—, de ahí el término cerebro de arveja.
—Pero una arveja debe ser un rematado genio comparado con un terrón de hierro, ¿sí? —dijo Ridcully.
Ponder sabía que tenía que ponerle un alto a esto. Los magos todavía estaban decididos a aplicar el sentido común a Mundobola, y eso no los llevaría a ningún lugar.
—Es una fuerza que puede ocurrir sobre los mundos con forma de globo —dijo—. Es causada por el núcleo giratorio de hierro fundido, y ayuda a evitar que la vida en la superficie sea asada por el Sol.
—Suena como Deitium con disfraz, ¿verdad? —dijo Ridcully—. ¿El planeta tiene este gran paraguas mágico para que la vida pueda sobrevivir? Muestra previsión.
—No trabaja totalmente de ese modo, Archicanciller —dijo Ponder—. La vida se desarrolló porque las condiciones se lo permitieron.
—Ah, pero si las condiciones no hubieran sido las correctas, no hubiera habido ninguna vida —dijo Ridcully—. Por lo tanto todo el ejercicio no tendría sentido.
—No realmente, señor. No habría nadie que apuntara la falta de sentido —dijo Ponder—. Estaba a punto de añadir que algunas aves, como las palomas, usan El Amor De Hierro como ayuda en los viajes a largas distancias. Tienen unas cosas diminutas llamadas ‘imanes’ en su cabeza, dice Hex. Son... pequeños trozos de hierro que saben dónde está el Polo Norte.
—Ah, me sé esa parte —dijo el Conferenciante en Runas Recientes—. Los polos Norte y Sur son esas partes de un globo donde sale el eje. Pero son invisibles, por supuesto —añadió.
—Hum —dijo Ponder.
—Espera un minuto, ¿podemos volver a estas aves? —dijo Ridcully—. ¿Aves con cabezas magnéticas?
—¿Sí? —dijo Ponder, sabiendo que esto iba a ser tendencioso.
—¿Cómo? —dijo Ridcully, blandiendo una pierna de ganso—. Sobre este globo, las aves salieron de enormes bestias lagartijas monstruosas, ¿es eso cierto?
—Er... pequeñas grandiosas bestias monstruosas, señor —dijo Ponder, deseando no por primera vez que su Archicanciller no tuviera el don de recordar los detalles inconvenientes.
—¿Tenían que volar largas distancias a través de la niebla y el mal tiempo? —dijo el Archicanciller.
—Lo dudo, señor —dijo Ponder.
—¿De modo que ya tenían estos imanes en la cabeza desde el primer momento, o aparecieron por alguna mano piadosa? ¿Qué dice el Sr. Darwin de El Origen sobre eso?
—No mucho, señor —dijo Ponder. Había sido un largo día.
—Pero sugiere, verdad, que La Ología, jaja, es correcta y El Origen está equivocado. ¿Quizás los imanes fueron añadidos cuando los necesitaron?
—Podría ser, señor —dijo Ponder. No le permitas empezar con el ojo, pensó.
—Tengo una pregunta —dijo Rincewind, desde el extremo de la mesa.
—¿Sí? —dijo Ponder, rápidamente.
—Habrá monstruosas criaturas en estas islas hacia las que vamos, ¿sí?
—¿Cómo lo sabías? —dijo Ponder.
—Sólo se me ocurrió —dijo Rincewind, lúgubre—. ¿De modo que hay monstruos?
—Oh, sí. Gigantes en su clase.
—¿Con grandes dientes?
—No, no realmente. Son tortugas.
—¿Qué tan grandes?
—Como del tamaño de un sillón, creo.
Rincewind parecía desconfiar.
—¿Qué tan rápidas?
—No lo sé. No muy rápidas.
—¿Y eso es todo?
—Desde una perspectiva Darwiniana, las islas son famosas por sus muchos tipos de pinzones.
—¿Alguno de ellos es carnívoro?
—Comen semillas.
—¿De modo que... no hay nada peligroso donde vamos?
—No. De todos modos, no tenemos que ir allí. Todo lo que tenemos que hacer ahora es encontrar el punto donde él decide escribir la Ología en lugar de El Origen.
Rincewind jaló el plato de papas hacia él.
—Eso dices —dijo.
+++ Tengo que comunicar serias noticias +++
Las palabras salieron del aire. En Mundobola, Hex tenía una voz.
—Estamos teniendo una pequeña celebración aquí —dijo Ridcully—. ¡Estoy seguro de que sus noticias pueden esperar, Sr. Hex!
+++ Sí. Pueden +++
—Bien. En ese caso, Decano, serías tan amable de pasarme...
+++ No desearía estropear su apetito +++ continuó Hex.
—Me alegra escucharlo.
+++ La destrucción de la raza humana puede esperar hasta después del budín +++
El tenedor de Ridcully se quedó en el aire entre el plato y su boca. Entonces dijo:
—¿Te importa explicar esto, por favor, Sr. Stibbons?
—No puedo, señor. ¿Qué está ocurriendo, Hex? Realizamos todas esas tareas apropiadamente, ¿verdad?
+++ Sí. Pero, pausa importante, ¿ha escuchado de una criatura mítica llamada, pausa otra vez, hidra? +++
—¿El monstruo con muchas cabezas? —dijo Ponder—. No necesitas decirnos cuándo haces una pausa, a propósito.
+++ Gracias. Sí. Corta una cabeza y una docena crece en su lugar. Esta historia es una hidra +++
Rincewind inclinó la cabeza hacia Ponder.
—Te lo dije —dijo, con la boca llena.
+++ Soy incapaz de explicar por qué es así, pero ahora hay 1457 razones de por qué Darwin no escribió El Origen de las Especies. El libro nunca ha sido escrito en esta historia. El viaje nunca ha tenido lugar +++
—¡No sea absurdo! ¡Sabemos que sí! —dijo el Decano.
+++ Sí. Lo hizo. Pero ahora, no lo hizo. Charles Darwin el científico ha sido quitado de esta historia mientras ustedes comían. Estaba, y ahora no lo está. Se convirtió en un sacerdote poco recordado que atrapaba mariposas. No escribió ningún libro. La raza humana muere en quinientos años +++
—Pero ayer... —empezó Ridcully.
+++ Considere al tiempo no como un proceso continuado sino como una sucesión de eventos discontinuos. La carrera científica de Darwin ha sido extirpada. Ustedes lo recuerdan, pero es porque no son parte de este universo. Negarlo es sólo gritarle a los monos en el próximo árbol +++
—¿Quién lo hizo? —dijo Rincewind.
—¿Qué clase de pregunta es ésa? —dijo Ponder—. Nadie lo hizo. No hay nadie que haga las cosas. Éste es algún tipo de fenómeno extraño.
+++ No. El acto delata inteligencia +++ dijo Hex. +++ Recuerden, detecté malignidad. Conjeturo que su interferencia en esta historia ha conducido a alguna contramedida +++
—¿Elfos otra vez? —dijo Ridcully.
+++ No. No son lo bastante inteligentes. No puedo detectar nada excepto fuerzas naturales +++
—Las fuerzas naturales no están animadas —dijo Ponder—. ¡No pueden pensar!
+++ Pausa para efecto dramático... Quizás las de aquí han aprendido a hacerlo +++ dijo Hex.



CAPÍTULO 10
Reloj-22
En la versión estándar de la historia de Mundobola, la presencia de Charles Darwin sobre el Beagle sucedió sólo por una serie altamente improbable de coincidencias —tan improbable que es tentador verla como una intervención de los magos. Darwin no esperaba ser un naturalista trotamundos que revolucionara la visión de la humanidad sobre las criaturas vivientes, sino un vicario provincial.
Y todo fue por culpa de Paley.
La línea de razonamiento, seductora y hermosa de las teologías naturales encontraba una considerable predilección con las personas devotas de la Inglaterra de George III y IV, y después de ellos, con los igualmente devotos súbditos de William IV y Victoria. Para cuando Victoria ascendió al trono, en 1837, era efectivamente casi obligatorio que los vicarios provinciales se convirtieran en expertos en alguna polilla local, o ave, o flor, y la Iglesia alentaba vigorosamente tales actividades porque continuaban revelando la Gloria de Dios. El párroco de Suffolk, William Kirby, fue coautor, con el hombre de negocios William Spence, de un abundante tratado de cuatro volúmenes Una Introducción a la Entomología, por ejemplo. Estaba bien que un clérigo se interesarse en los escarabajos. O en la geología, una relativamente nueva rama de la ciencia que había atrapado la atención del joven Charles Darwin.
El gran progreso en geología, que la convirtió en una ciencia madura, fue el descubrimiento del Tiempo Profundo por Charles Lyell —la idea de que la Tierra era enormemente más vieja que los 6.000 años de Ussher. Lyell argumentaba que las rocas que encontramos en la superficie terrestre eran el producto de una continuada secuencia de procesos físicos, químicos y biológicos. Midiendo el espesor de las capas de roca, y calculando el ritmo a que esas capas pueden formarse, dedujo que la Tierra debía ser extraordinariamente antigua.
Darwin tenía pasión por la geología, y absorbió las ideas de Lyell como una esponja. Sin embargo, Charles era básicamente bastante perezoso, y su padre lo sabía. También sabía, para citar la biografía de Darwin de Adrian Desmond y James Moore, que:
La Iglesia Anglicana, gorda, complaciente y corrupta, vivía lujosamente de diezmos y donaciones, como lo había hecho durante un siglo. Las parroquias deseables eran subastadas con regularidad al mejor postor. Una buena ‘vida’ rural con una rectoría espaciosa, algunos acres para arrendar o cultivar, y quizás un establo de diezmo para albergar la recaudación local, que valía cientos de libras por año, podía ser fácilmente comprada como una inversión por un caballero de los medios del Dr. Darwin y entregada a su hijo.
Ése, por lo menos, era el plan.
Y al principio, el plan parecía estar funcionando. En 1828, Charles fue admitido en la University of Cambridge, tomando su juramento de matrícula una fría mañana de enero, prometiendo respetar los antiguos estatutos y costumbres de la universidad, ‘me ayuden Dios y sus Santos Evangelios’. Fue inscrito en el Christ’s College para un título en teología, junto con su primo William Darwin Fox que había empezado el año anterior. (Previamente, Charles había intentado medicina en Edimburgo, siguiendo los pasos de su padre y abuelo, pero se desilusionó y abandonó sin un título.) Después de obtener su Licenciatura en Artes, pasaría un año más leyendo teología, listo para ser ordenado en la Iglesia Anglicana. Podría convertirse en coadjutor, casarse, y tomar un puesto rural cerca de Shrewsbury.
Todo estaba organizado.
Poco después de empezar en Christ’s College, Charles fue picado por el escarabajo, por así decir. Una Introducción a la Entomología echaba chispas por un gran interés en los escarabajos, cuando aparentemente media nación estaba registrando bosques y setos para encontrar nuevas especies. Ya que había más especies de escarabajos en el mundo entero que de cualquiera otra cosa, ésta era una seria probabilidad. Charles y su primo registraron los caminos apartados del condado rural de Cambridge, clavando sus hallazgos sobre grandes láminas de cartón en prolijas hileras. No encontró una nueva especie de escarabajo, pero encontró uno alemán, raro, visto sólo dos veces antes en toda Inglaterra.
Hacia el final de su segundo año en la universidad, los exámenes amenazaban. Darwin había estado demasiado concentrado en los escarabajos y en una joven dama llamada Fanny Owen, y descuidó sus estudios académicos. Ahora sólo le quedaban dos meses para hacer el trabajo de dos años. En particular, había diez preguntas sobre el libro Evidencias del Cristianismo, por un tal William Paley. Darwin ya había leído el libro, pero ahora lo leyó otra vez con nueva atención... y le encantó. Encontró su lógica fascinante. Además, las inclinaciones políticas de Paley eran claramente a la izquierda, que resultaba atractivo al innato sentido de justicia social de Charles. Animado por sus estudios de Paley, Darwin aprobó.
Lo siguiente en línea eran los exámenes finales. Otro de los libros de Paley estaba en el programa: Principios de Filosofía Moral y Política. El libro estaba desactualizado, y navegaba cerca del viento de la herejía (política) y bien metido en los bajíos de la heterodoxia; era por eso que estaba en el programa. Uno tenía que ser capaz de argumentar el caso contra él, donde fuera aplicable. Decía, por ejemplo, que una iglesia establecida no formaba parte del Cristianismo. Darwin, entonces un Cristiano muy convencional, no estaba seguro de qué pensar. Tenía que ampliar sus lecturas, y para hacerlo seleccionó otro libro más de su ídolo Paley: Teología Natural. Sabía que muchos intelectuales ridiculizaban la posición de Paley sobre el diseño como ingenua. Sabía que su propio abuelo, Erasmus Darwin, había sostenido una visión radicalmente diferente, especulando sobre cambios espontáneos en los organismos en su propio libro Zoonomia. Las simpatías de Darwin estaban con Paley, pero empezó a preguntarse cómo se establecían las leyes científicas, y qué clase de evidencias eran aceptables, una búsqueda que lo condujo a un libro de Sir John Herschel con el paralizante título de Discurso Preliminar Sobre el Estudio de la Filosofía Natural. También tomó una copia de Narrativa Personal, de Alexander von Humboldt, un éxito de ventas de 3.754 páginas sobre el viaje del intrépido explorador a Sudamérica.
Darwin estaba fascinado. Herschel estimulaba su interés en la ciencia, y Humboldt le mostraba qué tan excitantes podían ser los descubrimientos científicos. Decidió, en el acto, visitar los volcanes de las Islas Canarias y ver por sí mismo el Gran Árbol Dragón. Su amigo Marmaduke Ramsay accedió a acompañarlo. Saldrían hacia los trópicos en cuanto Darwin hubiera firmado los 39 Artículos de la Iglesia Anglicana en su ceremonia de grado. Para prepararse para el viaje, Charles fue a Gales a llevar a cabo un trabajo geológico de campo. Descubrió que no había Vieja Arenisca Roja en el Valle de Clwyd, contrario al mapa geológico nacional del momento. Había ganado sus galones geológicos.
Entonces llegó un mensaje. Ramsay había muerto. El programa Canarias se sacudió hasta detenerse. Los trópicos parecían más lejos que nunca. ¿Podría Charles ir solo? Todavía estaba tratando de decidirlo cuando llegó de Londres un voluminoso paquete. Adentro había una carta, ofreciéndole la oportunidad de unirse a un viaje alrededor del mundo. La embarcación saldría en un mes.
La Marina Británica estaba planeando explorar y trazar un mapa de la costa de Sudamérica. Iba a ser una investigación cronométrica, significando que se haría toda la navegación usando una técnica relativamente nueva, no completamente confiable, de encontrar la longitud con ayuda de un reloj muy exacto o cronómetro. Robert FitzRoy, un capitán de marina mercante de 26 años, dirigiría la expedición; su embarcación sería el Beagle.
A FitzRoy le preocupaba que la soledad de su comando pudiera conducirlo al suicidio. El riesgo no era inverosímil: el ex-capitán del Beagle, Pringle Stokes, se había disparado mientras trazaba el mapa de una parte particularmente complicada de la costa de Sudamérica. Además, uno de los tíos de FitzRoy se había cortado la garganta en un ataque de depresión. De modo que decidió que necesitaba de alguien con quien hablar, para mantenerse cuerdo. Éste era el puesto que ahora le estaba ofreciendo a Darwin. El trabajo sería especialmente adecuado para alguien con interés en la historia natural, y la embarcación tenía el equipo científico necesario. Técnicamente, Darwin no sería ‘el naturalista de la nave’, como después algunas veces alegó, y esa presunción le conduciría eventualmente a una todopoderosa pelea con el cirujano del Beagle, Robert McCormick, porque por tradición el cirujano hacía el trabajo de naturalista en su tiempo libre. Darwin estaba contratado como ‘caballero de compañía’ para el capitán.
Charles decidió aceptar el ofrecimiento, pero su padre, prevenido por las hermanas de Charles, rehusó el permiso. Darwin podía haber ido en contra de los deseos de su padre, pero la idea le hacía sentirse muy incómodo, de modo que escribió a la Marina y rechazó el trabajo. Entonces, inusitadamente, su padre cedió un poco —nuestro primer ejemplo de lo que se parece sospechosamente a una interferencia de los magos. Daría el permiso de viaje a Charles, dijo, siempre que ‘alguna persona de buena posición’ lo recomendara. Tanto Charles como su padre sabían de quién se trataba: el Tío Jos (Wedgwood, nieto del fundador de la compañía de cerámica). Jos era un industrial, y el Dr. Darwin confiaba en su criterio. De modo que Charles y su tío se sentaron muy tarde, a escribir la carta adecuada. Jos le dijo al Dr. Darwin que tal viaje sería el éxito del joven. Y, con astucia, añadió que mejoraría sus conocimientos de historia natural, lo cual sería muy útil para una subsiguiente carrera en el clero.
Darwin Padre se ablandó (un punto para los magos). Excitado más allá de toda medida, Charles escribió rápidamente otra carta a la Marina, esta vez aceptando. Pero entonces tuvo noticias de FitzRoy, quien le dijo que el puesto ya no estaba vacante. El capitán se lo había dado a un amigo.
Sin embargo, Darwin estaba primero en la lista si su amigo cambiaba de opinión.
Darwin fue a Londres para hacer planes de emergencia en caso de que tuviera suerte, y para tener una cita con FitzRoy. Llegó justo para que le dijeran que el amigo del capitán había cambiado de opinión, apenas cinco minutos antes. (¿Los magos otra vez?) Su esposa había objetado la duración del viaje, entonces planeado en tres años. ¿Quería Darwin todavía el trabajo?
Sin palabras, Charles asintió.

El corazón de Darwin se vino abajo cuando vio la embarcación. El Beagle era un dos-mástiles podrido y de once años, con diez cañones. Lo estaban reconstruyendo, en parte a costa del propio FitzRoy, de modo que estaría bastante navegable. Pero la embarcación era estrecha, de sólo 90 pies (30 m) de largo por 24 (8 m) de ancho. ¿Podría su compañía con el capitán sobrevivir a tan largo viaje largo en tan cercano contacto? Afortunadamente, le asignaron uno de los camarotes más grandes.
La tarea del Beagle era reconocer el extremo sur de Sudamérica, en particular las complicadas islas alrededor de Tierra del Fuego. El Almirantazgo había suministrado 11 cronómetros para la navegación, porque el viaje sería el primer intento de circunnavegar el globo usando cronómetros marinos para encontrar la longitud. FitzRoy pidió prestados cinco más, luego compró seis. De modo que el Beagle salió con 22 cronómetros abordo.
El viaje empezó mal. Darwin estaba mareado como un perro al cruzar el Golfo de Vizcaya, y tuvo que soportar el sonido de los marineros flagelados mientras estaba tendido con náuseas en su hamaca. FitzRoy era duro con la disciplina, especialmente al principio de un viaje. En privado, el capitán esperaba que su ‘compañero’ abandonara la embarcación en cuanto tocara tierra, y se marchara aprisa a Inglaterra. Se suponía que la embarcación parara en Madeira para cargar comida fresca, que sería la oportunidad perfecta. Pero el desembarco en Madeira fue cancelado porque el mar estaba demasiado pesado y no había necesidad urgente (¿Tercer punto para los magos?).

En cambio, el Beagle se dirigió hacia Tenerife en las Canarias. Si Charles abandonaba la embarcación allí, podría ver los volcanes y el Gran Árbol Dragón. Pero el cónsul en Santa Cruz temía que los visitantes de Inglaterra introdujeran el cólera en sus islas, y rehusó el permiso al Beagle de hacer escala en el puerto sin pasar por cuarentena (¿Cuarto punto? Ya veremos). Poco dispuesto a esperar fuera del puerto las dos semanas requeridas, FitzRoy ordenó que el Beagle se dirigiera al sur, a las Islas de Cabo Verde.
Podrían no haber sido los magos en funciones, pero algo estaba determinado a que Charles permaneciera en el Beagle. Y ahora, una quinta coincidencia, involucrando a su gran amor, la geología, le hizo imposible para él hacer cualquier otra cosa. A medida que el Beagle navegaba hacia el oeste, el océano se puso más tranquilo, el aire más caliente. Darwin podía buscar plancton y medusas con redes de gasa caseras. Las cosas estaban mejorando. Y cuando finalmente tocaron tierra, en la isla de Säo Jago en las Islas de Cabo Verde, Darwin encontró difícil de creer en su suerte. Säo Jago era un escarpado afloramiento volcánico, con volcanes cónicos y valles exuberantes. Charles podía hacer geología. E historia natural.
Recolectó de todo. Notó que unos pulpos podían cambiar de color, y por error pensó que era un nuevo descubrimiento. Después de dos días, había averiguado la historia geológica de la isla, usando los principios que había aprendido de Lyell. La lava había fluido sobre el lecho marino, atrapando conchas y otros restos, y más tarde había sido elevado a la superficie. Todo eso debía haber ocurrido recientemente, porque las conchas eran exactamente como las frescas sobre la playa. Ésta no era la teoría convencional del momento, que sostenía que las estructuras volcánicas eran increíblemente viejas.
El joven se estaba luciendo.

Al final, el viaje duró cinco años, y todo de ese tiempo, el pobre Darwin nunca dejó de marearse. Incluso en el tramo final a casa, todavía estaba enfermo. Pero se las ingenió para pasar la mayor parte del viaje sobre tierra, y sólo 18 meses en el mar. Y en tierra, hizo descubrimiento tras descubrimiento. Encontró quince nuevas especies de platelmintos en Brasil. Estudió a los ñandúes, enormes aves incapaces de volar relacionadas con el avestruz, en Argentina. Allí, también, encontró fósiles, incluso la cabeza de un gliptodonte gigante parecido a un armadillo. En Tierra del Fuego se convirtió en antropólogo, y estudió a las personas. «Nunca olvidaré qué tan despiadado y salvaje era un grupo», escribió, al encontrar ‘salvajes desnudos’. Encontró más fósiles, entre ellos los huesos del perezoso Megatherium y del Macrauchenia, parecido a una llama. En Chile, estudió la geología de los Andes y decidió que ellos, y las llanuras más allá, fueron elevados en movimiento geológico gigantesco.
Desde la tierra firme sudamericana, el Beagle fue en dirección noroeste hasta las Galápagos, un apretado grupo de islas, más o menos una docena, lejos de la costa en el océano Pacífico. Las islas tenían una geología fascinante, principalmente volcánica, y una gran variedad de animales que no se encontraban en ningún otro lugar. Estaban las espectaculares tortugas gigantes que habían dado su nombre a las islas. Darwin midió la circunferencia de una, siete pies (2 m). Había iguanas, y aves —alcatraces, currucas, pinzones. Los pinzones tenían picos de formas y tamaños diferentes, dependiendo de lo que comían, y Darwin los dividió en series de subfamilias. No notó que los diferentes tipos de animales vivían en islas diferentes, hasta que Nicholas Lawson lo señaló (¿Los magos otra vez? Oh sí, esto habrá ocurrido pronto...). Pero sí notó que los sinsontes de las islas Charles y Chatham (ahora Santa María y San Cristóbal) eran especies diferentes, y cuando, ahora alertado, miró en la Isla James (San Salvador), encontró una tercera especie más. Pero Darwin no estaba enormemente interesado en las pequeñas variaciones entre especies, o cómo esas variaciones correspondían a la geografía local. Estaba vagamente consciente de algunas teorías sobre los cambios en las especies, o ‘transmutación’, aunque fuera por su abuelo Erasmus, pero el tema no le interesaba y no veía razón para recolectar pruebas a favor o en contra de ellas.
De modo que el Beagle continuó hacia Tahití, Nueva Zelanda, y Australia.
Darwin había visto maravillas que en corto tiempo revolucionarían el mundo. Pero todavía no comprendía lo que había visto.
En Tahití, sin embargo, vislumbró su primer arrecife de coral. Antes de dejar Australia, estaba decidido a averiguar cómo nacían las islas de coral. Lyell había sugerido que, porque los animales del coral sólo viven en aguas poco profundas con luz de sol suficiente, los arrecifes debían estar construidos en la cima de volcanes sumergidos. Esto también explicaba su forma en anillo. Darwin no creyó en la teoría de Lyell. «La idea de una isla en laguna, de 30 millas de diámetro, apoyada sobre un cráter submarino de iguales dimensiones, siempre me ha parecido una hipótesis monstruosa». En cambio, tenía su propia teoría. Ya sabía que la tierra podía levantarse, lo había visto en los Andes. Razonaba que si alguna tierra se elevaba, entonces otra tierra debería bajar, para mantener el equilibrio de la corteza terrestre. Supongamos que cuando el arrecife empezó a formarse, el agua era poco profunda, pero entonces el fondo marino empezó a descender lentamente mientras los pólipos de coral en la superficie continuaban construyendo el arrecife. Entonces finalmente se tendría una inmensa montaña de coral surgiendo de lo que era ahora eran las profundidades oceánicas —todo construido por criaturas diminutas, siempre en aguas poco profundas mientras llevaban a cabo la construcción. ¿La forma? Era el resultado de una isla, con un borde de arrecifes, que se derrumba. La isla se hundiría, dejando un agujero en el medio, pero el arrecife continuaría creciendo.
Cinco años y tres días después de que el Beagle izara velas rumbo a Plymouth, Darwin entró en la casa familiar. Su padre levantó la vista de su desayuno.
—Vaya —dijo—, la forma de su cabeza está bastante modificada.

Darwin no llegó al concepto de la evolución durante su viaje en el Beagle. Estaba demasiado ocupado amontonando especimenes, correlacionando geologías, tomando notas, y mareado, para tener tiempo de organizar sus observaciones en una teoría coherente. Pero cuando el viaje terminó, fue prontamente elegido en la Royal Geological Society. En enero de 1837 presentó su trabajo inaugural, sobre la geología de la costa de Chile. Sugirió que las montañas de los Andes fueron originalmente el fondo marino, pero que se elevó más tarde. Su diario registra el asombro ante «la maravillosa fuerza que ha elevado estas montañas, y aun más las incontables eras necesarias para atravesar, mover y nivelar todas esas masas». Mucho después, la costa chilena se convirtió en parte de la evidencia de la ‘deriva continental’: ahora creemos que estas montañas resultan de subducción, mientras la placa tectónica de Nazca se desliza por debajo de la placa Sudamericana.
Darwin pudo descubrirlas, indudablemente.
Su interés en la geología tuvo otras implicancias menos obvias. Estaba empezando a preguntarse sobre los pinzones de las Galápagos. Parecían contradecir la opinión de Lyell sobre que las condiciones geológicas locales determinaban qué especies eran creadas. Era un misterio.
A decir verdad, era más misterio que lo que Darwin pensaba, porque había malinterpretado a los pinzones completamente. Pensaba que todos se alimentaban de la misma comida, en grandes bandadas. No había notado diferencias importantes entre sus picos, e incluso tenía dificultades para identificar las especies diferentes. Creía que algunos no eran pinzones en absoluto, sino chochines y mirlos. Estaba tan desconcertado por las aves, y tan indiferente a las muestras había recolectado, que las donó todas a la Zoological Society. En diez días, el experto en aves de la sociedad, John Gould, había descubierto que eran todos pinzones, todos emparentados, constituyendo una agrupación fuertemente entrelazada que no obstante contenía doce especies distintas. Esta cantidad era asombrosamente grande para un grupo tan pequeño de diminutas islas. ¿Qué había causado tal diversidad? Gould quería saberlo, pero a Darwin no le interesaba.
En 1837, la lógica de Paley ya no estaba en boga. Los deístas científicamente ilustrados ahora creían que Dios había instalado las leyes de la naturaleza en el momento de la Creación, y que esas leyes incluían no sólo las leyes físicas de ‘fondo’, a las que Paley suscribía, sino también el desarrollo de criaturas vivientes, que Paley había negado. Las leyes del universo estaban fijadas para toda la eternidad. Tenían que estarlo, de otro modo la creación de Dios era imperfecta. Las analogías de Paley fueron usadas en su contra. ¿Qué clase de artesano haría una maquinaria tan mala que tiene que hacerle pequeños ajustes todo el tiempo para mantenerla funcionando?
La ciencia y la teología se estaban cayendo a pedazos. La corrupción política de la iglesia se estaba volviendo innegable; ahora sus declaraciones intelectuales también estaban bajo fuego. Y algunos pensadores radicales, a menudo médicos que habían estudiado anatomía comparada y que habían notado las notables semejanzas entre los huesos de animales completamente diferentes, se ocupaban de especulaciones que cambiaban la visión de la misma creación. De acuerdo con la Biblia, Dios había creado cada tipo de animal como un artículo único —ballenas y aves aladas el quinto día, ganado y cosas reptantes y seres humanos el sexto. Pero estos médicos empezaban a pensar que las especies podían cambiar, ‘transmutar’. Las especies no fueron fijas para siempre. Se dieron cuenta de que había una gran brecha entre, por decir, un plátano y un pez. Uno no podía cruzar esa brecha de un paso. Pero con suficiente tiempo, y suficientes pasos...
Lentamente, Darwin se vio envuelto en la corriente. Su Libreta Roja, donde registró cualquier cosa que veía o que le venía en mente, empezó a insinuar la ‘mutabilidad de las especies’. Las pistas eran incompletas y desordenadas. Los bebés deformes parecían nuevas especies. Los picos de pinzones de las Galápagos tenían formas y tamaños diferentes. Los ñandúes eran un enigma, sin embargo: dos especies distintas de las aves gigantes se habían solapado en la Patagonia. ¿Por qué no se fusionaron en una especie única?
En julio, había empezado en secreto una nueva libreta, su Libreta B.
Era sobre la transmutación de las especies.
En 1839 Darwin había desarrollado una idea completa, y escribió un resumen de 35 páginas de su pensamiento. Thomas Malthus fue una influencia crucial: su Ensayo Sobre el Principio de la Población (1826) señaló que el crecimiento no controlado de los organismos era exponencial (o ‘geométrico’, en la anticuada frase de la época), mientras que el de los recursos era lineal (‘aritmético’). El crecimiento exponencial ocurre cuando cada paso multiplica el tamaño por alguna cantidad fija, por ejemplo 1, 2, 4, 8, 16, 32, donde cada número es el doble que el anterior. El crecimiento lineal añade alguna cantidad fija en cada paso, por ejemplo 2, 4, 6, 8, 10, donde cada número excede en 2 al anterior. Por más pequeño que sea el multiplicador del crecimiento exponencial, siempre que sea mayor que 1, y por más grande que sea el número añadido en el crecimiento lineal, resulta que a la larga el crecimiento exponencial siempre derrota al lineal. Aunque le toma un poco de tiempo si el multiplicador está cerca de 1 y el número a ser añadido es enorme.
Darwin se había subido a bordo del argumento de Malthus, y se había dado cuenta de que en la práctica lo que mantenía baja la población era la competencia por recursos, como comida y un lugar donde vivir. Esta competencia, escribió, conduce a la ‘selección natural’, en la cual las criaturas que son vencedoras en la ‘guerra de la naturaleza’ son las que producen la siguiente generación. Las criaturas individuales dentro de una especie no son exactamente idénticas; esas diferencias hacen posible que la fuerza de la selección natural produzca cambios lentos, graduales. ¿Qué tan lejos podrían llegar tales cambios? Según la visión de Darwin, realmente muy lejos. Lo bastante lejos para terminar en especies enteramente nuevas, dado el tiempo suficiente. Y gracias a la geología, los científicos ahora sabían que la tierra era sumamente vieja.
Darwin, siguiendo la tradición familiar, era Unitarista. Esta particular rama del Cristianismo ha sido acertadamente descrita como ‘personas que creen en al menos un Dios’. Como unitarista sensato, creía que la deidad debía trabajar a una escala mucho más grande. De modo que terminó su resumen con una poderosa apelación a la visión unitarista de la deidad:

Es peyorativo que el Creador de incontables sistemas de mundos debiera haber creado cada una de las miríadas de parásitos que se arrastran y de gusanos legamosos que han poblado cada día de vida en agua y tierra sobre este globo. Deja de asombrarnos, por mucho que podamos deplorar, que un grupo de animales haya sido creado directamente para poner sus huevos en los intestinos y la carne de otros —que algunos organismos se deleitan en la crueldad... Podemos ver que de la muerte, del hambre, de la violación, y de la guerra oculta de la naturaleza ha venido directamente la creación de los animales superiores, el más alto bien que podemos concebir.

Dios seguramente tiene mejor gusto que crear directamente parásitos desagradables. Existen sólo porque son un paso necesario a lo largo del sendero que conduce a los gatos, a los perros, y a nosotros.
Darwin tenía su hipótesis.
Ahora empezaba a sufrir por cómo parirla al mundo que la esperaba.



CAPÍTULO 11
Magos en pie de guerra
En la penumbra del Edificio de Alta Energía Mágica, Hex escribía. Minuto a minuto otra página se deslizaba del escritorio.
—«Barco hundido por colisión con pesquero español» —leía Ponder Stibbons, con un temblor en la voz—. «Barco naufragado sobre un inexplorado arrecife cerca de Madeira. Barco encontrado a la deriva sin nadie de la tripulación, con la mesa tendida para una comida. Barco incendiado, todo perdido. Barco hundido por meteorito. Darwin recibió un disparo accidental del cirujano y naturalista del barco durante una expedición de recolección en la isla de Säo Jago. Darwin recibió un disparo accidental del capitán del barco. Darwin se disparó por accidente. Darwin pierde el puesto en el barco. Darwin deja el barco por mareo. Darwin pierde las libretas. ¡Darwin picado a muerte por las avispas! Darwin se golpea la cabeza contra la parte inferior de la mesa y pierde la memoria...» —Dejó el papel—. Y éstas son las causas más sensatas.
—¿La piedra que cae del cielo es sensato? —dijo Ridcully.
—Comparado con el ataque de los calamares gigantes, Archicanciller, diría que sí —dijo Ponder—. Y el enorme grifo de agua. Y el naufragio lejos de la costa de Noruega.
—Bien, los barcos suelen naufragar —dijo el Decano.
—Sí, señor. Pero el país conocido como Noruega está en la dirección equivocada. El Beagle sólo llegaría allí navegando hacia atrás. Hex tiene razón, señor. Esto está loco. ¡En el momento en que decidimos cambiar una pequeña y simple historia, todo del universo está tratando de evitar que el viaje ocurra! ¡Y matemáticamente hablando, eso es ilegal!
Ponder golpeó la mesa, su cara roja. Los magos superiores respingaron. Eso era tan perturbador como escuchar a una oveja rugir.
—¡Caramba! —dijo Ridcully—. ¿Lo es?
—¡Sí! ¡Debe haber lugar en el espacio fase para la posibilidad de que El Origen sea escrito! ¡No está en contra de las leyes físicas de este universo!
—¿Que un joven hombre inexperto haga un viaje alrededor de este mundo y tenga una nueva percepción que cambie la visión de la humanidad sobre sí misma? —dijo el Decano—. Debes admitir que se ve un poco improbable... ¡Lo siento, lo siento, lo siento! —Retrocedió mientras Ponder avanzaba.
—¡Una de las religiones más grandes sobre Mundobola fue fundada por el hijo de un carpintero! —gruñó Ponder—. ¡Por años, la persona más poderosa en el planeta fue un actor! ¡Tiene que haber lugar para Darwin!
Volvió a golpear la mesa y recogió un puñado de papeles.
—¡Mire estas cosas! «Darwin mordido por araña venenosa... Darwin atacado salvajemente por un canguro... picado por medusas... comido por un tiburón... Beagle encontrado a flote, la mesa tendida para una comida, esta vez en un océano diferente, todavía nadie abordo... Darwin golpeado por un rayo... muerto por actividad volcánica... Beagle hundido por extraña ola...» ¿Acaso alguien espera que creamos esto por un minuto?
Se escuchó un silencio resonante.
—Puedo ver que esto te está preocupando, Sr. Stibbons —dijo Ridcully.
—Bien, sí, quiero decir, sí, es tan... ¡equivocado! Se supone que el multiverso no cambia las reglas. ¡Cualquier cosa que sea posible que ocurra tiene un universo donde ocurrir! Quiero decir, aquí, sí, las reglas pueden ser dobladas en toda clase de formas, ¡pero en Mundobola no hay nadie que las doble!
—Tengo una idea —dijo Rincewind. Los otros magos se volvieron, asombrados ante esta revelación.
—¿Sí? —dijo Ponder.
—¿Por qué no sólo dar por sentado que alguien está afuera para atraparte? —dijo Rincewind—. Eso es lo que yo hago. No te molestes en averiguar los detalles. Mira, cuando empezaste a jugar con el Globo, todo iba a ser simple navegación, ¿de acuerdo? ¿Hacer algunos pequeños ajustes, poner en aprietos a un pez, y todo estaría bien? Pero ahora hay casi mil quinientas nuevas razones...
Con un traqueteo, el escritorio de Hex se puso en marcha. Las plumas escribieron:
+++ 3563 razones ahora +++
—¡Se están reproduciendo! —dijo Ridcully.
—Allí lo tienes, entonces —dijo Rincewind, casi alegremente—. Algo ahí abajo está asustado. Está tan asustado que ni siquiera va a permitirle subir al bote. ¡Quiero decir, tiene que hacer el viaje sea cual sea el libro que escriba! ¿Correcto?
—Sí, por supuesto —dijo Ponder—. Teología de las Especies es considerado con seriedad porque está escrito por un renombrado y respetado científico cuya investigación fue meticulosa. También El Origen. En ambas alternativas, tiene que estar en ese bote. ¡Pero en cuanto nos interesamos, el viaje no ocurre!
—Entonces, si fuera yo, diría que algo se ha preocupado realmente —dijo Rincewind—. No le molesta si la Ología no llega a ser escrita en ningún universo, pero odia por completo la idea de que El Origen sea escrito.
—Oh, ¿de veras? —dijo Ridcully—. ¡Qué descaro! Soy el director de esta universidad, y eso... —señaló hacia el pequeño globo—... ¡es propiedad de la universidad! Ahora me estoy enfadando. ¡Vamos a contraatacar, Sr. Stibbons!
—¡No creo que usted pueda luchar contra todo un universo, señor!
—¡Es prerrogativa de cada forma de vida, Sr. Stibbons!

El vendaval rugió durante tres semanas. El tiempo de Mundobola era mutable para los magos; sólo los afectaba si querían que lo hiciera.
Algo o alguien no quería que el Beagle zarpara, y ellos podían influir en el clima. Podían influir sobre cualquier cosa. Pero de él, todavía no había ninguna señal.

El Decano observaba la tormenta en el gran omniscopio en el EAEM.
—Eso es lo que ocurrió cuando Darwin subió al barco en este universo —dijo Ponder, ajustando el omniscopio—. Si no hubiera partido, su lugar sería tomado por un artista, que como resultado produjo un famoso portafolios. Su nombre era Preserved J. Nightingale. Ustedes conocieron a su esposa.
—¿Preserved? —dijo el Decano, observando el espantoso vendaval.
—Es la contracción de Preserved-by-God —dijo Ponder—. Fue encontrado de niño entre los restos de una embarcación. Sus padres adoptivos eran muy religiosos. Y... Ah sí... es el clima que tienen cuando él está abordo.
El omniscopio parpadeó.
—¿No hay vendaval? —dijo el Decano, mirando el cielo azul.
—Vientos frescos del nordeste. Son las direcciones del mundo-bola, señor. Para los propósitos del viaje, son ideales. Veo que se ha puesto su chaqueta ‘Nacido para Runar’, señor.
—Tenemos una pelea en nuestras manos, Stibbons —dijo el Decano, seriamente—. ¡Ha pasado mucho tiempo sin ver al Archicanciller tan enfadado con alguien excepto conmigo! ¿Has terminado?
—Casi terminando, señor —dijo Ponder.
El EAEM tenía un aspecto desolado. Era porque había sido, en gran parte, abandonado. Unos gruesos tubos salían de Hex, a través del piso y afuera sobre el césped hacia el Gran Salón de la UI.
Los magos iban a la guerra. Se necesitó mucho para hacer que ocurriera, pero no se podía permitir que ningún viejo universo los lleve por delante. Dioses, demonios y Muerte eran una cosa, pero no se debía permitir que la materia sin mente tenga ideas.
—¿No podríamos simplemente encontrar una manera de traer a Darwin hasta aquí? —dijo el Decano, observando a Ponder que presionaba botones sobre el teclado de Hex.
—Muy probablemente, señor —dijo Ponder.
—Bien, entonces, ¿por qué no sólo lo traemos aquí, le explicamos la situación, y lo dejamos caer sobre su isla? Hasta podríamos darle una copia de su libro.
Ponder se estremeció.
—Hay bastantes razones por las que ese curso de acción no podría, con facilidad, ser rescatado de alguna manera coherente de la categoría de demencialmente poco sabio, Decano —dijo, habiendo descubierto que los magos superiores perdían interés en cualquier frase que viniera después de las primeras veinte palabras—. En primer lugar, él lo sabría.
—Podríamos golpearle la cabeza —dijo el Decano—. O poner una ‘influencia’ sobre él. Sí, ésa sería una buena idea —dijo, porque era suya—. Podríamos sentarlo en una silla cómoda y leerle en voz alta el libro correcto. Despertaría de nuevo en casa y pensaría que lo ha inventado todo.
—Pero no habría estado ahí —dijo Ponder. Agitó una mano. En el aire sobre su cabeza apareció una pequeña pelota de luz multicolor. Parecía un ovillo de hilos relucientes, o el apareamiento de arcos iris.
—Oh, podríamos resolverlo —dijo el Decano alegremente—. Mete un poco de arena en sus botas, algunas plumas de pinzón en su bolsillo... somos magos, después de todo.
—Eso sería poco ético, Decano —dijo Ridcully.
—¿Por qué? Somos los Buenos, ¿verdad?
—Sí, pero eso más bien depende de hacer ciertas cosas y de no hacer otras, señor —dijo Ponder—. Juguetear con la cabeza de una persona en contra de sus deseos es casi indudablemente uno de los no. Debería alistarse para moverse rápido, señor.
—¿Qué estás haciendo, Stibbons?
—He puesto a Hex a que proyecte un jeroglífico táumico en el espacio condicional de Darwin —dijo Ponder—. Pero para resolverlo apropiadamente Hex tendrá que operar el reactor táumico un poco más elevado de lo habitual.
—¿Cuánto más elevado? —dijo el Decano con desconfianza.
—Aproximadamente un 200%, señor.
—¿Es eso seguro?
—Absolutamente no, señor. Hex, resolución de jeroglífico en veinte segundos. ¡Decano, corra! ¡Corra, señor!
Desde la dirección del Viejo Campo de Squash venía un sonido que había estado ahí todo el tiempo, desatendido, y ahora se estaba poniendo más fuerte. Era el whum whum de moribundos taums, cada uno produciendo su magia intrínseca...
Los magos tienen una maravillosa capacidad de velocidad.
Ponder y el Decano llegaron al Gran Salón en doce segundos, el Decano apenas en primer lugar. Sin embargo, la pelota de arco iris había llegado allí antes que ellos, y colgaba a gran altura sobre las losas negras y blancas del piso.
El salón estaba atestado de magos. Habían enviado grupos a las esquinas más lejanas de la universidad, que estaban muy lejos. Hacía mucho tiempo que el espacio y el tiempo habían sido deformados por las antiguas piedras mágicas, y algunos magos en la UI habían ocupado alegremente recovecos y rincones por décadas o más, y pensaban en el Gran Salón y los edificios alrededor como los colonizadores en algún continente distante podrían considerar a la antigua madre patria. Habían allanado unos estudios distantes y arrastraron fuera a sus ocupantes o, en algunos casos desafortunados, los barrieron. En la multitud había unos magos a quienes Ponder nunca antes había visto, parpadeando a la luz del día.
Jadeando ligeramente, Ponder se acercó a Ridcully con rapidez.
—Dijo que quería un mapa, señor —dijo.
—Sí, Stibbons. ¡No puedes planear una campaña sin un mapa!
—¡Entonces mire hacia arriba ahora, señor! ¡Aquí viene!
El aire vaciló por un momento, y luego los arco iris apareados dieron a luz. Congeladas serpentinas de luz cruzaron en curvas el aire nebuloso del salón. Se retorcieron, enredaron y curvaron de maneras que sugerían que más de las cuatro dimensiones de todos los días estaban involucradas.
—Se ve muy bonito —dijo el Archicanciller, parpadeando—. Er...
—Pensé que nos ayudaría a resolver nodalidades adicionales —dijo Ponder.
—Ah sí, buena idea —dijo Ridcully—. Nadie quiere nodalidades no resueltas. —Los otros magos superiores asintieron sabiamente.
—Por lo cual quiero decir —añadió Ponder—, que nos mostrará esos puntos donde nuestra intervención será esencial, si puedo decirlo así.
—Oh —dijo el Archicanciller—. Er... ¿qué significa exactamente la línea de color?
—¿Cuál, señor?
—¡Todas ellas, hombre!
—Bien, los puntos de intervención que requieren a un humano aparecen como círculos rojos. Los que pueden ser dejados a Hex son blancos. Las líneas azules representan al autor de, ejem, La Ología, las amarillas son la ruta óptima hacia el autor de El Origen, y la línea verde representa la declinación entre futuros. Las conocidas oclusiones táumicas son púrpura, pero supongo que usted ya lo ha descubierto.
—¿Qué es eso? —dijo el Decano, señalando un círculo rojo con su bastón.
—Debemos asegurarnos que no baje del barco en una isla llamada Tenerife —dijo Ponder—. El mareo otra vez, sabe. Muy pocos Darwin salen de allí.
La punta del bastón se movió.
—¿Y ése?
—Debe bajar del barco en la isla de Säo Jago. Tiene valiosas ideas allí.
—¿Ve cosas evolucionando, esa clase de cosas? —dijo Ridcully.
—No, señor. No puede ver cosas evolucionando, incluso cuando lo estén haciendo.
—Las vimos sobre la Isla Mono —dijo el Conferenciante en Runas Recientes.
—¡Prácticamente podías escucharlas!
—Sí, señor. Pero nosotros tenemos un dios de la evolución. Los dioses no son pacientes. En Mundobola, la evolución lleva tiempo. Mucho tiempo. Darwin fue criado en la creencia de que el universo de Mundobola fue creado en seis días...
—Lo cual es correcto, como he señalado —dijo el Decano con orgullo.
—Sí —dijo Ponder—, pero también he señalado que en el interior llevó miles de millones de años. Es esencial que Darwin se dé cuenta de que esa evolución tiene mucho tiempo trabajando.
Antes de que el Decano pudiera protestar, Ponder se volvió al ovillo de luz que brillaba y giraba.
—Aquí es donde el mástil cae sobre su cabeza en el puerto de Buenos Aires —dijo, señalando—. Le dispararon al Beagle. Se suponía que fuera una salva disparada por un cañón, pero por alguna razón estaba cargado. Los británicos se disgustaron mucho por eso, y expidieron una severa protesta diplomática enviando un buque de guerra a bombardear el puerto hasta sus escombros. Éste es donde Darwin cae inconsciente por sus propias boleadoras en Argentina. Éste es donde es seriamente lastimado sofocando una insurrección...
—Tenía apenas muy poco de un hombre que coleccionaba flores y cosas —dijo Ridcully, con un dejo de admiración.
—Mira, he estado pensando en todo esto —dijo el Decano—. Toda esta ‘ciencia’ trata sobre la búsqueda de la verdad, ¿sí? ¿Por qué no les decimos la verdad?
—¿Quieres decir que vas a decirles que su universo fue accidentalmente puesto en marcha por ti, Decano, metiendo tu mano en un firmamento en bruto creado para usar el poder residual del reactor táumico? —dijo Ridcully.
—Puesto de ese modo, parece un poco improbable, lo admito, pero...
—Nada de contacto directo, Decano, lo acordamos —dijo Ridcully—. Sólo limpiarle el camino. ¿Qué es esa nodalidad, Stibbons? Está destellando.
Ponder miró donde el bastón del Archicanciller estaba señalando.
—Ésa es una tramposa, señor. Tendremos que asegurarnos que Edward Lawson, un funcionario británico en las Islas Galápagos, no sea golpeado por un meteorito. Es una nueva malignidad, dice Hex. En varias historias, ocurre unos pocos días antes de que conozca a Darwin. ¿Lo recuerda, señor? Lo mencioné en la carpeta amarilla que fue entregada en su oficina esta mañana. —Ponder suspiró—. Llama la atención de Darwin sobre algunos hechos interesantes.
—Ah, lo leí —dijo Ridcully, su tono feliz indicaba que era una coincidencia con suerte—. Darwin parecer estar demasiado ocupado corriendo de un lado a otro como un mono en una plantación de plátanos para descubrir las pistas, ¿eh?
—Sería verdad decir que su teoría completa de la selección natural fue desarrollada por reflexión madura algún tiempo después de su viaje, sí —dijo Ponder, respondiendo con cuidado a una pregunta ligeramente diferente.
—¿Y este amigo Lawson era importante?
—Hex cree que sí, señor. En cierto modo, todos a quienes Darwin conoció fueron importantes. Y todo lo que vio.
—Y entonces whoosh, ¿este tipo fue golpeado por una roca? Yo llamo eso sospechoso.
—Hex también, señor.
—Estaré muy feliz cuando hayamos puesto a este Darwin en las malditas islas, entonces —dijo el Archicanciller—. Necesitaremos unas vacaciones después de esto. Oh, bien, me dirigiré a los magos ahora. Espero que tendremos suficiente...
—Er, tenemos que ponerlo en las islas. Tenemos que devolverlo a casa, señor, todo el camino —dijo Ponder—. Estará lejos de casa durante casi cinco años.
—¿Cinco años? —dijo el Decano—. ¡Pensaba que todo se trataba de visitar las malhadadas islas!
—Sí y luego otra vez, en un sentido muy real, no, Decano —dijo Ponder—. Sería más correcto decir que después se convirtieron en todo lo que importaba. En realidad, estuvo ahí un poco más de un mes. Era un viaje muy largo, señor. Dieron toda la vuelta al mundo. Lo siento, no lo había puesto en claro. Hex, muestra las líneas temporales completas, por favor.
La visualización empezó a retroceder, sacando de ningún lugar más y más ovillos y lazos, como si a media docena de gatitos cósmicos les hubieran dado estrellas que jugar en lugar de bolas de lana. Se escuchó un grito entrecortado desde la multitud de magos.
Los ovillos todavía corrían por encima de sus cabezas cuando el Decano dijo:
—¡Hay millones de esas condenadas cosas!
—No, Decano —dijo Ponder—. Eso parece, pero hay sólo 21.309 nodalidades importantes en este momento. Hex puede arreglarse con casi todas ellas. Implican cambios muy diminutos en el nivel cuántico.
Los magos continuaron mirando hacia arriba mientras las espirales y los bucles pasaban y se reducían.
—Alguien realmente no quiere ese libro —dijo el Conferenciante en Runas Recientes, la cara iluminada por el brillo multicolor.
—En teoría no hay un alguien a cargo —dijo Ponder.
—¡Pero las probabilidades en contra de que Darwin escriba El Origen se están volviendo más grandes minuto a minuto!
—Las probabilidades en contra de que algo ocurra en realidad son inmensas, cuando te pones a pensarlo —dijo Ridcully—. Toma el póquer, por ejemplo. Las probabilidades en contra de cuatro ases son inmensas, pero las probabilidades de tener cuatro cartas cualesquiera en absoluto son muy grandes.
—¡Bien dicho, Archicanciller! —dijo Ponder—. Pero éste es un juego deshonesto.
Ridcully se acercó a grandes zancadas al centro del Gran Salón, la cara iluminada por el reluciente mapa.
—¡Caballeros! —bramó—. Algunos de ustedes ya saben de qué se trata esto, ¿eh? ¡Vamos a imponer una historia en Mundodisco! ¡Es una que ya debería estar ahí! Algo está tratando de evitarlo, caballeros. ¡De modo que si alguien quiere evitar que ocurra, queremos hacer que ocurra aún más! ¡Ustedes serán enviados a Mundobola con una serie de tareas a realizar! ¡La mayoría de ellas han sido simplificadas de modo que los magos puedan comprenderlas! En breve nuestras misiones para mañana, si deciden aceptarlas, les serán dadas por el Sr. Stibbons. ¡Si deciden no aceptarlas, son libres de escoger el rechazo! ¡Empezaremos al amanecer! ¡La Cena, Segunda Cena, Colación, Bocado de Medianoche, Mordiscos Sonámbulos, y Primer Desayuno serán servidos en el Viejo Refectorio! ¡No habrá Segundo Desayuno!
Sobre un coro de protestas continuó:
—¡Tomemos esto con seriedad, caballeros!



CAPÍTULO 12
El libro equivocado
Nuestro Darwin ficticio tiene mucho más en común con el ‘real’ —el Darwin de la particular línea de tiempo que usted habita, el que escribió El Origen y no La Ología— que lo que podría ser evidente al principio. O posible. La fuerza irresistible del narrativium nos induce a imaginar a Charles Darwin como un hombre viejo con barba, una vara, y una atisbo leve pero definitivo de gorila. Y así era, en la vejez. Pero de joven era vigoroso, atlético, y comprometido en la clase de actividades exuberantes y no siempre políticamente correctas que esperamos de los jóvenes.
Ya nos hemos enterado de la asombrosa fortuna del verdadero Darwin al subir a bordo del Beagle y permanecer allí, culminando en su placer sin límites por la geología de la isla coralina de Säo Jago. Pero hay otras nodalidades cruciales, puntos de intervención, y oclusiones táumicas en esa versión del registro histórico de Mundobola, y los magos están ejercitando extremo cuidado y atención en la esperanza de dirigir la historia a través, por encima, y alrededor de estas singularidades causales.
Por ejemplo, el Beagle realmente fue blanco del fuego de un cañón. Cuando el barco trató de entrar en el puerto en Buenos Aires en 1832, uno de los barcos de guardia locales disparó contra él. Darwin estaba convencido de haber escuchado el silbido de una bala de cañón sobre su cabeza, pero resultó que el disparo era una salva, realizado como advertencia. FitzRoy, mascullando airadamente por los insultos a la bandera británica, siguió adelante, pero fue detenido por un barco de cuarentena: las autoridades portuarias estaban preocupadas por el cólera. Enfurecido, FitzRoy cargó todos los cañones de un costado de su barco. Mientras salía del puerto los apuntó al barco de guardia, informando a su tripulación que si llegaban a dispararle al Beagle otra vez, enviaría su ‘carraza podrida’ al fondo marino.
Darwin realmente aprendió a lanzar boleadoras, también, en las pampas de la Patagonia. Disfrutaba cazando ñandúes, y observando a los gauchos cuando los hacían caer enredando las boleadoras en sus piernas. Pero cuando trató de hacer lo mismo, todo que logró fue hacer tropezar a su propio caballo. El Origen podría haber desaparecido de la línea temporal de la historia en el acto, pero Darwin sobrevivió, con apenas su orgullo herido. Los gauchos encontraban toda esta cosa sumamente divertida.
Incluso Charles tomó parte en sofocar una insurrección. Cuando el Beagle llegó a Montevideo, poco después del incidente de la bala de cañón, FitzRoy se quejó ante el representante local de la Marina de Su Real Majestad, que zarpó inmediatamente hacia Buenos Aires en su fragata HMS Druid para obtener una disculpa. Tan pronto el buque de guerra desapareció de la vista hubo una rebelión: unos soldados negros tomaron el fuerte central del pueblo. El Jefe de Policía le pidió ayuda a FitzRoy, y éste envió un escuadrón de cincuenta marineros, armados hasta los dientes... con Darwin alegremente brincando en la retaguardia. Los amotinados se rindieron inmediatamente, y Darwin expresó su decepción por que no se había disparado ninguna bala.
No se ha escatimado ningún esfuerzo, entonces, para traerle la verdad histórica, en la medida que una característica tan importante como la verdad pueda ser atribuida a algo tan etéreo como la historia. A excepción de los calamares gigantes, por supuesto. Eso ocurrió en una línea temporal diferente, cuando las fuerzas malignas se estaban poniendo sumamente desesperadas y se perdieron en Veinte Mil Leguas de Viaje Submarino a través de algún oscuro alabeo en el L-Espacio.
La más importante similitud entre los dos Darwin es menos excitante, pero esencial para nuestro relato. El verdadero Charles Darwin, como su homólogo ficticio, empezó escribiendo el libro equivocado. A decir verdad, escribió ocho libros equivocados. Eran libros muy buenos, muy respetables... de gran valor científico... y no le hicieron daño a su reputación en absoluto... pero no eran sobre la selección natural, el término para lo que los científicos llamarían después ‘evolución’. Sin embargo, ese libro estaba fermentando alegremente en el fondo de su mente, y hasta que estuvo listo para sacarlo del fogón trasero, tuvo abundantes otras cosas sobre qué escribir.
Fue FitzRoy quien le había puesto la idea de la autoría en la cabeza. El capitán del Beagle se había contratado a sí mismo para escribir la historia de su viaje alrededor del mundo, basada en el diario del barco. También había aceptado editar un libro acompañante sobre un reconocimiento previo por la misma nave —donde Stokes se había suicidado. Mientras el Beagle se dirigía al noroeste desde Ciudad del Cabo, se detuvo brevemente en Bahía, Brasil, y giró al noreste a través del Océano Atlántico hacia su destino final en Falmouth, FitzRoy le sugirió a Darwin que el diario del difunto podría constituir la base de un tercer volumen sobre la historia natural del viaje, completando la trilogía.
Darwin estaba nervioso pero excitado por la posibilidad de convertirse en un escritor. Tenía otro libro en mente, también, sobre geología. Había estado pensando en él desde su revelación en la isla de Säo Jago.
Tan pronto como el barco regresó a Inglaterra, FitzRoy se casó y se fue de luna de miel, pero también le dio un impresionante comienzo a su libro. Darwin empezó a preocuparse porque su propia lentitud para escribir retrasara todo el proyecto, pero el primer entusiasmo de FitzRoy pronto se detuvo. Entre enero y septiembre de 1837 Charles trabajó a toda máquina, adelantó al capitán, y hacia fines de año envió su manuscrito terminado al impresor. A FitzRoy le llevó más de un año alcanzarlo, de modo que la contribución de Darwin fue demorada; vio la luz finalmente en 1839, como volumen 3 de la Narrativa de los Viajes de Reconocimiento de HMS. Aventura y Beagle, Entre los Años de 1826 y 1836, con el subtítulo Volumen 3: Diario y Comentarios, 1832-1836. Después de algunos meses, los editores lo reeditaron por propia iniciativa como revista de Investigaciones sobre la Geología e Historia Natural de los Varios Países Visitados por el HMS. Beagle. Podría haber sido el libro equivocado, pero escribirlo tuvo un efecto muy útil sobre la mente de Darwin. Le forzó a tratar de encontrarle sentido a todas las cosas que había visto. ¿Había algún principio dominante que pudiera explicarlo todo?
Después vino su libro de geología, que finalmente se convirtió en tres: uno sobre los arrecifes de coral, uno sobre islas volcánicas, y uno sobre la geología de Sudamérica. Éstos establecieron sus credenciales científicas y le llevaron ganar un premio muy importante de la Royal Society. Ahora Darwin era reconocido como uno de los científicos destacados en el país.
También estaba tomando notas de aun mayor envergadura sobre la transmutación de especies, pero todavía no tenía prisa por publicar. Más bien lo contrario. En algún otro lugar, las fuerzas políticas estaban trabajando para destruir la influencia de la iglesia, y uno de sus puntos clave era que las criaturas vivientes podían fácilmente haber surgido sin la intervención de un creador. Darwin, siendo (en ese momento de su vida) un buen cristiano, era totalmente contrario a cualquier cosa que pudiera parecer aliarlo con tales personas. No podía adherir públicamente a la transmutación sin arriesgar un daño severo para la Iglesia Anglicana, y nada en el mundo entero le induciría a considerarlo. Pero su profunda comprensión de la selección natural no desaparecería, de modo que continuó desarrollándola como una especie de pasatiempo.
Sí mencionó la idea a varios científicos amigos y conocidos, entre otros a Lyell, y también a Joseph Dalton Hooker, quien no descartó la idea sin más. Pero le dijo a Darwin, «Me complacerá escuchar cómo piensa usted que este cambio pudo haber tenido lugar, ya que actualmente ninguna opinión sobre este tema me satisface». Y más tarde dijo, algo ásperamente, «Nadie tiene apenas el derecho de revisar la cuestión de las especies si no ha examinado muchas minuciosamente». Darwin tomó este consejo de corazón y buscó nuevas especies en las que convertirse en un experto. En 1846 envió las pruebas finales de sus libros de geología a la impresora y lo celebró recogiendo la última botella de muestras conservadas del viaje del Beagle. Arriba en la botella notó un crustáceo del Archipiélago Chonos... un percebe .
Eso serviría. Era tan bueno como cualquier otra cosa.
Hooker ayudó a Darwin a instalar su microscopio y a hacer algunas observaciones anatómicas preliminares. Darwin le pidió a Hooker que nombrara la nueva bestia, y juntos se decidieron por Arthrobalanus. ‘Sr. Arthrobalanus’, como lo llamaban en privado, resultó ser algo anormal. ‘¡Creo que Arthrobalanus no tiene saco de huevos en absoluto!’, escribió Charles. ‘La aparición de uno se debe completamente a que parte e introduce el pene posterior’. Para resolver el misterio tomó otros percebes de la botella y los observó, también. Ahora estaba haciendo anatomía comparada de percebes, y disfrutó inmensamente la experiencia práctica. Esto era mejor que escribir.
Cerca de Navidad había decidido estudiar cada percebe conocido por la humanidad —la orden entera de Cirripedia. La cual resultó ser bastante numerosa de modo que se conformó con los británicos. Incluso éstos eran muchos, y al final la tarea le llevó ocho años.
Podría haber terminado antes, pero en 1848 se interesó en el sexo de los percebes, y era muy peculiar efectivamente. La mayoría de los percebes eran hermafroditas, capaces de asumir cualquier sexo. Pero algunas especies tenían buenos y anticuados machos y hembras. Excepto que los machos pasaban gran parte de sus vidas incrustados en las hembras.
No sólo eso: algunas especies supuestamente hermafroditas también tenían machos diminutos que de algún modo ayudaban en el proceso reproductivo.
Ahora Darwin se emocionó mucho, porque se había convencido de que lo que estaba observando era una reliquia de la evolución, cuando un antepasado hermafrodita desarrolló gradualmente sexos separados. Un ‘eslabón perdido’ para el sexo de los percebes. Podía reconstruir el árbol genealógico de los percebes, y lo que pensó que veía reforzó sus opiniones sobre la selección natural. De modo que incluso cuando trataba de hacer ciencia respetable, y convertirse en un taxonomista, la transmutación insistía en entrar en escena. A decir verdad, si algo convenció a Darwin que tenía razón sobre la transmutación, fueron los percebes.
Enfermó, pero continuó trabajando sobre los percebes. En 1851 publicó dos libros sobre ellos —uno sobre percebes fósiles para la de Palaeontographical Society, el otro sobre los vivos para la Royal Society. En 1854 ya había producido una continuación de cada uno de ellos.

Éstos eran los ocho libros equivocados de Darwin:
1839 - Diario de Investigaciones en la Geología e Historia Natural de los Varios Países Visitados por el HMS. Beagle
1842 - La Estructura y Distribución de Arrecifes de Coral
1844 - Observaciones Geológicas de las Islas Volcánicas Visitadas Durante el Viaje del HMS. Beagle
1846 - Observaciones Geológicas de Sudamérica
1851 - Una Monografía sobre Fósiles Lepadidae, o, Pedunculated Cirripedes de Gran Bretaña
1851 - Una Monografía sobre la Sub-clase Cirripedia volumen 1
1854 - Una Monografía sobre Fósiles Balanidae y Verrucidae de Gran Bretaña
1854 - Una Monografía sobre la Sub-clase Cirripedia volumen 2
Ni un atisbo de la transmutación de especies, de la lucha por la vida, o de la selección natural.

Sin embargo, de una manera curiosa, todos sus libros —incluso los geológicos— eran pasos cruciales hacia el trabajo que se estaba armando ahora dentro de su cabeza. El noveno libro de Darwin sería dinamita pura. Quería escribirlo desesperadamente, pero ya había decidido que sería demasiado peligroso publicarlo.
Es un dilema común en la ciencia: publicar y ser maldito, o no publicar y entrar en erupción. Se puede tener el crédito de una idea realmente revolucionaria, o una vida tranquila, pero no ambos.

Darwin desconfiaba de la publicidad, y temía que poner sus ideas por escrito pudiera dañar a la iglesia. Pero no hay nada más eficazmente galvanizante para un científico que el miedo a que otra persona les gane la carrera. En este caso, esa otra persona era Alfred Russel Wallace.
Wallace era otro explorador victoriano, igualmente aficionado a la historia natural. Principalmente porque podía venderla. A diferencia de Darwin, no era de la ‘pequeña aristocracia’, y no tenía ningún ingreso independiente. Era el hijo de un abogado pobretón y había sido tomado a la edad de catorce años como aprendiz de un constructor. Pasaba sus tardes bebiendo café gratis en el Hall of Science en la calle Tottenham Court en Londres. Era una organización socialista, dedicada a derribar la propiedad privada y a la ruina de la iglesia. Las experiencias de Wallace joven reforzaron una opinión izquierda de la política. Financió sus propios viajes, y se ganaba la vida vendiendo los especimenes que recogía —mariposas, escarabajos (mil muestras etiquetadas por caja, exigían los comerciantes), incluso pieles de ave. Fue en una expedición de recolección al Amazonas en 1848, y otra vez al Archipiélago Malayo en 1854. Allí, en Borneo, buscó orangutanes. La idea de que los humanos estaban de algún modo relacionados con los grandes simios hervía a fuego lento en la subconciencia colectiva, y Wallace quería investigar un potencial antepasado humano.
Un miserable día de Borneo, cuando un monzón tropical rugía afuera y Wallace estaba clavado adentro, armó un pequeño trabajo científico esbozando algunas tímidas ideas que acababan de surgir en su cabeza. Eventualmente apareció en la Annals and Magazine of Natural History, una publicación algo corriente, y era sobre la ‘introducción’ de especies. Lyell, consciente del secreto interés de Darwin en tales temas, le señaló el trabajo, y Charles empezó a leerlo. Entonces otro de los corresponsales regulares de Charles, Edward Blyth, escribió desde Calcuta con la misma recomendación. «¿Qué piensa del trabajo de Wallace en el Ann M.N.H.? ¡Bueno! ¡En conjunto!» Darwin había conocido a Wallace poco antes de una de las expediciones del segundo —no podía recordar cuál— y pudo ver que el trabajo del Ann M.N.H. tenía cosas útiles que decir sobre las relaciones entre especies similares. Especialmente el rol de la geografía. Pero aparte de eso, sentía que el trabajo no contenía nada nuevo, e hizo una entrada para éste en una de sus libretas. De todos modos, a Darwin le parecía que Wallace estaba hablando de creación, no de evolución. Sin embargo, escribió a Wallace, animándolo a continuar desarrollando su teoría.
Ésa fue una Muy Mala Idea.
Alentado por Lyell y otros, que le estaban advirtiendo que si ahora se demoraba demasiado otros podrían arrebatarle el premio, Darwin estaba armando ensayos aun más elaborados sobre la selección natural, pero continuaba titubeando sobre su publicación. Todo eso cambió en un instante en junio de 1858, cuando el cartero dejó caer una bomba a través del buzón de Charles. Era un paquete de Wallace, que contenía una carta de veinte páginas, enviado desde las Molucas. Wallace había seguido el consejo de Darwin a fondo. Y había llegado a una teoría muy similar. Efectivamente muy similar.
Calamidad. Darwin declaró que el trabajo de toda una vida estaba ‘hecho añicos’. «Sus palabras se han hecho realidad a rabiar», escribió a Lyell. Cuanto más leía las notas de Wallace, más cerca estaban sus ideas de las propias. «¡Si Wallace tuviera mi boceto manuscrito escrito en 1842, no podría haber hecho un mejor resumen!», gemía Darwin en una carta a Lyell.
Los victorianos tradicionales pronto considerarían que tanto Wallace como Darwin estaban locos, y Wallace casi indudablemente sí, porque estaba sufriendo malaria cuando escribió su carta a Darwin. Como buen socialista, a Wallace le habían enseñado a no confiar en el razonamiento de Malthus, que argumentaba que la capacidad del mundo para alimentarse crecía linealmente mientras que la población lo hacía de manera exponencial —lo cual implicaba que eventualmente la población ganaría y que habría muy poca comida por allí. Los socialistas creían que la inventiva humana podría posponer tal evento indefinidamente. Pero en los 50 incluso los socialistas estaban empezando a considerar a Malthus bajo una luz más favorable; después de todo, la amenaza de la superpoblación era una muy buena razón para promover la anticoncepción, que tenía excelente sentido para cada buen socialista. Medio delirante por la fiebre, Wallace pensó en la rica variedad de especies con que había tropezado, se preguntó cómo encajaba con Malthus, sumó dos más dos, y se dio cuenta de que se podía tener reproducción selectiva sin la necesidad de un criador.
Como resultó, no tenía exactamente la misma visión que Darwin. Wallace pensaba que la presión selectiva principal provenía de la lucha por sobrevivir en un ambiente hostil —sequía, tormenta, inundación, lo que fuera. Esta lucha sacaba a las criaturas inadecuadas del charco reproductivo. Darwin tenía una visión algo más cándida del mecanismo de selección: la competición entre los mismos organismos. No era exactamente ‘Naturaleza roja en dientes y garras’ como Tennyson había escrito en su In Memoriam de 1850, pero las garras estaban extendidas y había cierto color rosado en los dientes. Para Darwin, el ambiente colocaba un fondo de recursos limitados, pero eran las mismas criaturas las que se seleccionaban para el hachazo cuando competían por esos recursos. Las inclinaciones políticas de Wallace le hacían detectar un propósito en la selección natural: para ‘hacer real el ideal de un hombre perfecto’. Darwin se negaba incluso a considerar esta clase de disparate utópico.
Wallace no había mencionado que publicaría su teoría, pero Darwin ahora se sentía obligado a recomendárselo. En ese momento parecía como si Charles hubiera agravado su Muy Mala Idea, pero por una vez el universo era amable. Lyell, buscando un acuerdo, sugirió que los dos hombres aceptaran publicar sus descubrimientos simultáneamente. A Darwin le inquietaba que esto pudiera hacerle parecer como si robara la teoría de Wallace, le preocupaba muy mucho, y finalmente le entregó la negociación a Lyell y Hooker, y se lavó las manos.

Afortunadamente, Wallace era un verdadero caballero (no obstante el accidente de su nacimiento) y estuvo de acuerdo en que sería injusto para Darwin hacer cualquier otra cosa. No sabía que Darwin había estado trabajando en exactamente la misma teoría por años, y no tenía ningún deseo de robarle a un científico eminente, ¡Dios le libre! Darwin rápidamente compuso una breve versión de su propio trabajo, y Hooker y Lyell insertaron los dos trabajos en el programa de la Linnaean Society, una asociación relativamente nueva para la historia natural. La Sociedad estaba a punto de cerrar por el verano, pero el concejo concertó una reunión adicional a última hora, y los dos trabajos fueron debidamente leídos a un público de aproximadamente treinta personas.
¿Qué hicieron de ellos esas personas? El presidente informó después que 1858 había sido un año algo aburrido, no ‘marcado por ninguno de esos descubrimientos sorprendentes que de inmediato revolucionaban, por así decirlo, nuestro departamento de ciencia’.
No importa. El miedo de Darwin a la controversia era ahora irrelevante, porque el gato estaba fuera de la bolsa, y no había absolutamente ninguna oportunidad de que la bestia pudiera ser regresada adentro. Sin embargo, como ocurrió, la controversia prevista no se materializó. La reunión de la Linnaean Society había sido acelerada, y el público había partido murmurando vagamente por lo bajo, sintiendo que debían sentirse indignados por ideas tan blasfemas... sin embargo desconcertados porque los enormemente respetados (y respetables) Hooker y Lyell claramente sentían que ambos trabajos tenían algo de mérito.
Y las ideas dieron en el blanco con algunos. En particular, el vice-presidente inmediatamente retiró toda mención de la inmutabilidad de las especies de una ponencia en que estaba trabajando.
Ahora que Darwin había sido forzado a poner su cabeza encima del parapeto, no perdería nada publicando el libro que antes había decidido no escribir, pero en el que había estado pensando todo el tiempo de todos modos. Quería que fuese un vasto tratado, de muchos volúmenes, con amplias referencias a literatura científica, examinando cada aspecto de su teoría. Iba a ser titulado Selección Natural (¿Una referencia consciente o subconsciente a la Teología Natural de Paley?). Pero el tiempo presionaba. Pulió su ensayo existente, le cambió el título a Sobre El Origen de las Especies y Variedades por Medio de la Selección Natural. Entonces, por el insistente consejo de su editor, John Murray, cortó ‘y Variedades’. La primera tirada de 1.250 copias salió a la venta en noviembre de 1859. Darwin envió una copia de obsequio a Wallace, con una nota: ‘Dios sabe qué pensará el público’.
Como resultó después, el libro se agotó antes de la publicación. Llegaron más de 1.500 órdenes por adelantado para esas 1.250 copias, y Darwin inmediatamente empezó a trabajar en la revisión para una segunda edición. A Charles Kingsley, autor de The Water-Babies, párroco provincial y socialista cristiano, le encantó, y escribió una generosa carta: «Es una concepción tan noble de la Deidad, creer que Él creó las formas originales capaces de auto-evolucionar... como creer que Él necesitaba un nuevo acto de intervención para llenar las lacunas que Él mismo había dejado». Kingsley era un poco disidente, debido a sus ideas socialistas, de modo que un elogio de este origen era un poco como un cáliz de veneno.
Las reseñas, categóricas en su ortodoxia cristiana, fueron claramente menos favorables. Aunque El Origen apenas menciona a la humanidad, fueron recitadas todas las quejas habituales sobre hombres y monos, e insultos a Dios y a su Iglesia. Lo que particularmente irritaba a los críticos era que personas corrientes lo estaban comprando. Estaba bien que las clases altas jugaran con pareceres radicales, tenía el escalofriante atractivo de la mala conducta y era perfectamente inofensivo entre los caballeros de cuna, aunque no damas, por supuesto; pero esos mismos pareceres podían poner ideas en la cabeza de la gente común, si eran expuestas a ellos, y desbaratar el orden establecido. ¡Por el amor de Dios, el libro incluso se estaba vendiendo a los viajeros diarios fuera de la estación Waterloo! ¡Debía ser retirado de la circulación!
Demasiado tarde. Murray se preparó para imprimir 3.000 copias de la segunda edición, cuyas ventas probables no iban a verse afectadas por la controversia pública. Y las personas que le importaban más a Darwin —Lyell, Hooker, y el anti-religioso ‘evangelista’ Thomas Henry Huxley— estaban impresionadas, y casi convencidas. Mientras Charles se mantenía fuera del debate público, Huxley se metió con entusiasmo. Estaba decidido a promover la causa del ateísmo, y El Origen le daba un punto de apoyo. Los ateos radicales adoraban el libro, por supuesto: su mensaje en conjunto y su peso científico eran suficientes para ellos, y no estaban demasiado preocupados por los detalles. Hewett Watson declaró que Darwin era ‘el revolucionario más grande en la historia natural de este siglo’.

En la introducción de El Origen, Darwin empieza contándole a sus lectores el escenario de su descubrimiento:
Cuando estaba a bordo del HMS. Beagle, como naturalista, me impresionaron mucho ciertos hechos, la distribución de los habitantes de Sudamérica, y las relaciones geológicas del presente con los habitantes anteriores de ese continente. Me pareció que estos hechos lanzaban un poco de luz sobre el origen de las especies —ese misterio de misterios, como ha sido llamado por uno de nuestros más grandes filósofos. De regreso en mi casa, se me ocurrió, en 1837, que quizás algo podría descifrar de esta cuestión acumulando y reflexionando pacientemente sobre toda clase de hechos que posiblemente pudieran tener alguna relación con ella.
Disculpándose profusamente por la falta de espacio, y tiempo, para escribir algo más exhaustivo que su tomo de 150.000 palabras, Darwin entonces se dirige hacia un breve resumen de su idea principal. Los autores de ciencia en general aprecian que rara vez es suficiente con discutir la respuesta para una pregunta: es también necesario explicar la pregunta. Y eso, por supuesto, debe hacerse primero. De otro modo, sus lectores no apreciarán el contexto en el que encaja la respuesta. Era claro que Darwin conocía este principio, de modo que empezó señalando que:
Es muy imaginable que un naturalista, reflexionando sobre las mutuas afinidades entre los seres orgánicos, sobre sus relaciones embriológicas, su distribución geográfica, sucesión geológica, y otros hechos como tales, podría llegar a la conclusión de que cada especie no había sido creada por separado, sino que ha descendido, como variedad, de otras especies. Sin embargo tal conclusión, incluso bien fundamentada, sería insatisfactoria, hasta que pudiera ser demostrado cómo han sido modificadas las innumerables especies que habitan este mundo, para que adquirieran esas perfecciones de estructura y co-adaptación que justamente provocan nuestra admiración.
Ya vemos un gesto hacia Paley —‘perfecciones de estructura’ es una referencia clara al argumento de reloj / relojero, y no ‘han sido creadas por separado’ muestra que Darwin no comparte la conclusión de Paley. Pero también vemos algo que caracteriza todo El Origen: la buena voluntad de Darwin en reconocer las dificultades en su teoría. Una y otra vez plantea las posibles objeciones —no como muñecos de paja, para ser criticado otra vez, sino como puntos serios a ser considerados. Más de una vez llega a la conclusión de que hay más que aprender, antes de que la objeción pueda ser resuelta. Paley, a su favor, hizo algo similar, aunque no fue tan lejos como admitir su ignorancia: él sabía que tenía razón. Darwin, un verdadero científico, no sólo tenía sus dudas —las compartió con sus lectores. Para empezar, no habría llegado a su teoría si hubiera dejado de buscar los defectos en las hipótesis sobre las que se basaba.
También, por supuesto, aclara que su propio trabajo se añade a las especulaciones de los anteriores ‘transmutacionistas’. Concretamente: ha encontrado un mecanismo para el cambio en las especies. Hay ventajas en ser honesto sobre las propias limitaciones: se gana el derecho a hablar de las limitaciones de otros. Y ahora nos cuenta cuál es ese mecanismo. Las especies, lo sabemos, son variables —la domesticación de especies salvajes como pollos, vacas y perros es una clara prueba de ello. Aunque es una deliberada selección hecha por los humanos, abre la puerta a la selección hecha por la naturaleza sin ayuda humana:
Luego pasaré a la variabilidad de las especies en un estado natural... De todos modos, podremos discutir qué circunstancias son más favorables a la variación. En el siguiente capítulo será tratada la Lucha por la Existencia entre todos los seres orgánicos de todo el mundo, que inevitablemente deriva de su poder de crecimiento altamente geométrico... El tema fundamental de la Selección Natural será tratado con cierto detalle en el cuarto capítulo; y veremos cómo la Selección Natural casi inevitablemente provoca la Extinción de muchas formas de vida menos mejoradas, e induce lo que he llamado Divergencia de Carácter.
Luego promete cuatro capítulos sobre ‘las dificultades más aparentes y serias de la teoría’, la más destacada entre ellas es comprender cómo un simple organismo u órgano puede convertirse en uno altamente complejo —otro gesto hacia Paley. La introducción termina con un floreo:
No tengo ninguna duda... de que la opinión que la mayoría de los naturalistas abrigan, y que antes abrigué es errónea: concretamente, que cada especie ha sido creada por separado. Estoy completamente convencido de que las especies no son inmutables; pero que las que pertenecen a lo que se llama el mismo género son descendientes en línea directa de algunas otras especies por lo general extintas... Además, estoy convencido de que la Selección Natural ha sido el medio principal pero no exclusivo de la modificación.
En esencia, la teoría de Darwin de la selección natural, que pronto se conoció como evolución, es sencilla. La mayoría de las personas piensan que la comprenden, pero su sencillez es engañosa, y sus sutilezas son fácilmente subestimadas. Muchas de las críticas habituales a la teoría evolutiva provienen de malentendidos comunes, no de lo que la teoría en realidad propone. El continuado debate científico sobre los detalles es a menudo malinterpretado como un desacuerdo con la idea general, que es un error basado en una opinión demasiado candorosa de cómo la ciencia se desarrolla y qué es ‘conocimiento’.
Brevemente, la teoría de Darwin va de este modo.
1. Los organismos, incluso los de la misma especie, son variables. Algunos son más grandes que otros, o más audaces que otros, o más lindos que otros.
2. Esta variabilidad es hasta cierto punto hereditaria, pasada a los vástagos.
3. El crecimiento descontrolado de población agotaría rápidamente la capacidad del planeta, de modo que algo lo controla: la competencia por recursos limitados.
4. Por lo tanto, a medida que el tiempo pasa, los organismos que sobreviven el tiempo suficiente para reproducirse serán modificados en maneras que mejoran su posibilidad de sobrevivir para reproducirse, un proceso llamado selección natural.
5. Los continuados cambios lentos pueden conducir, a la larga, a grandes diferencias.
6. El largo tiempo ha sido efectivamente muy largo —cientos de millones de años, tal vez más. De modo que ahora esas diferencias pueden ser enormes.

Es relativamente simple juntar estos seis ingredientes y deducir que pueden surgir nuevas especies sin la intervención divina —siempre que podamos justificar cada ingrediente.
Aunque diferentes especies parecen estar casi iguales —piense en leones, tigres, elefantes, hipopótamos, lo que sea— es en realidad bastante obvio que, en general, las especies no son invariables para siempre. Los cambios son relativamente lentos, por eso no los notamos. Pero ocurren. Ya hemos visto que en los pinzones de Darwin los cambios evolutivos pueden ser y han sido observados a una escala temporal de años, y en las bacterias ocurren a una escala temporal de días.
La evidencia más obvia de la variabilidad de las especies, en los días de Darwin y en los nuestros, es la domesticación de animales —ovejas, vacas, cerdos, pollos, perros, gatos...
... y palomas. Darwin era bastante conocedor de las palomas, era miembro de dos clubes de palomas de Londres. Cada aficionado a las palomas sabe que por cruzas selectivas de particulares combinaciones de palomas machos y hembras, es posible producir ‘variedades’ de palomas con características especiales. ‘La diversidad de las razas es asombrosa’, dice Darwin en el primer capítulo de El Origen. La paloma mensajera inglesa tiene una boca ancha, ventanas nasales grandes, párpados alargados, pico largo. La acróbata de cara corta tiene un pequeño pico regordete como un pinzón. La acróbata común vuela a gran altura en una bandada densa, y tiene el extraño hábito de dar vueltas en el cielo, de allí su nombre. La enana (a pesar de su nombre) es enorme, con un pico largo y patas grandes. La dardo es como la mensajera pero con un pico pequeño y ancho. La buchona tiene un buche inflable y puede sacar pecho. La turbit tiene un pico pequeño y una línea de plumas invertidas en el pecho. La jacobina tiene tantas plumas invertidas en el cuello que forma una capucha. Luego están la trompetista, la laugher, la fantail... Éstas no son especies distintas: pueden entrecruzarse, para producir factibles ‘híbridos’ cruzados.
La enorme variedad de perros es tan conocida que ni siquiera necesitamos mencionar ejemplos. No es que la especie perro sea excepcionalmente maleable, es que los criadores de perros han sido inusitadamente activos e imaginativos. Hay un perro para cada propósito que un perro pueda llevar a cabo. Otra vez, todos son perros, no nuevas (aunque relacionadas) especies. Mayormente pueden entrecruzarse (salvo por muy grandes diferencias de tamaño, y la inseminación artificial puede atender el simple tamaño). Los espermatozoides de un perro más el óvulo de un perro hacen un cigoto fértil de perro, y, finalmente, un perro —independientemente de la raza. Es por eso que los perros de pedigrí necesitan un pedigrí, para garantizar que su origen es puro. Si las diferentes variedades de perro fueran especies diferentes, no sería necesario.
En épocas modernas, se ha puesto en claro que los gatos son igualmente maleables, pero los criadores de gatos sólo se han dedicado a los gatos exóticos. Lo mismo va para vacas, cerdos, cabras, ovejas... ¿y qué hay de las flores? La cantidad de variedades de flores de jardín es inmensa.
Evitando la creación de híbridos, el criador puede mantener las variedades individuales durante muchas generaciones. Las palomas pouter se cruzan con otras pouter para producir (una sustancial proporción de) palomas pouter. Las mensajeras cruzadas con mensajeras producen (principalmente) mensajeras. La genética subyacente, sobre la que Darwin y sus contemporáneos no sabían nada, es tan compleja que aparentes híbridos pueden a veces surgir de lo que parece un linaje puro, exactamente como dos padres de ojos marrones pueden no obstante tener un niño de ojos azules. De modo que los criadores de palomas tienen que eliminar los híbridos.
La existencia de estas variedades cruzadas, de por sí, no explica cómo pueden surgir espontáneamente nuevas especies. Las variedades no son especies; además, la mano guía del criador es evidente. Pero las variedades ponen en claro que debe haber una abundante variabilidad dentro de una especie. A decir verdad, la variabilidad es tan grande que uno fácilmente puede imaginar que la reproducción selectiva conduce a especies completamente nuevas, dado el tiempo suficiente. Y la evitación de híbridos puede mantener las variedades de una generación a la siguiente, de modo que sus características (en biología, los rasgos que las distinguen) son hereditarias (en biología, ‘capaz de ser pasado de una generación a la siguiente’). De modo que Darwin tiene su primer ingrediente: la variabilidad hereditaria.
El siguiente ingrediente era más fácil (aunque todavía polémico en algunos lugares). Era el tiempo. Montones y montones de tiempo, el Tiempo Profundo de los geólogos. No unos cuantos miles de años, sino millones, decenas de millones... miles de millones, a decir verdad, aunque era más lejos de lo que los victorianos deseaban ir. El Tiempo Profundo, como observamos antes, es contrario a la cronología bíblica del Obispo Ussher, y es por eso que la idea permanece controversial entre ciertos cristianos fundamentalistas, que grotescamente han decidido defender su rincón sobre el más débil de los terrenos, por completo innecesario. El Tiempo Profundo está sustentado por tanta evidencia que un fundamentalista realmente comprometido tiene que creer que su Dios está tratando de engañarlo deliberadamente. Peor, si no podemos confiar en la evidencia de nuestros propios ojos, entonces tampoco podemos confiar en el aparente elemento de ‘diseño’ en las criaturas vivas. No podemos confiar en nada.
Lyell se dio cuenta de que la edad de la Tierra debía ser de millones de años cuando observó las rocas sedimentarias. Son rocas como la piedra caliza o la arenisca que se forman en capas, y que incluso han sido depositadas debajo del agua, como sedimentos barrosos, o en los desiertos, como arena acumulada. (Evidencias independientes de estos procesos provienen de los fósiles descubiertos en tales rocas.) Estudiando el ritmo a que se acumulan los sedimentos modernos, y comparándolos con el espesor de conocidas camas de roca sedimentaria, Lyell pudo calcular el tiempo que necesitaron las capas de roca para ser depositadas. Algo que varía entre 1.000 y 10.000 años produciría una capa de un metro de espesor. Pero los acantilados de creta de la costa de sur, alrededor de Dover, tienen cientos de metros de espesor. De modo que representan varios cientos de miles de años de depósito, y sólo hemos visto una de las numerosas capas de roca que forman la columna geológica —la secuencia histórica de diferentes rocas.
Ahora tenemos muchas otras clases de evidencias de la gran edad de nuestro planeta. El ritmo de degradación de elementos radioactivos, que podemos medir hoy y extrapolar hacia atrás, está de acuerdo en general con la evidencia de las capas de roca. El ritmo de movimiento de los continentes, combinado con las distancias que han recorrido, es otra vez compatible con las otras estimaciones. Hemos visto que India una vez estuvo pegada a África, pero hace unos 200 millones de años se desprendió, y por 40 millones de años se trasladó a su posición actual, chocando contra Asia y empujando los Himalaya hacia arriba.
Cuando los continentes se separan —como África y Sudamérica, o Europa y América del Norte ahora— en el fondo marino se forma nuevo material, que brota del manto subyacente para formar inmensas crestas oceánicas. Las rocas en las crestas contienen un registro de los cambios en el campo magnético de la Tierra, ‘congelado dentro’ a medida que la roca se enfriaba. Muestra una larga serie de repetidas reversiones de la polaridad del campo. A veces el polo ‘norte’ magnético está en el extremo norte de la Tierra, como ahora, pero muy a menudo la polaridad cambia, de modo que el polo magnético cerca del extremo norte es el del ‘sur’. Los modelos matemáticos del campo magnético de la Tierra predicen que tales reversiones ocurren más o menos una vez cada cinco millones de años. Cuente la cantidad de reversiones en las rocas de las crestas oceánicas, multiplique por cinco millones... otra vez, los números encajan razonablemente bien, y las comparaciones cuidadosas y un montón de disputas de los expertos conducen a números revisados que encajan aun mejor.
El Gran Cañón es un profundo corte a través de capas de roca de una milla (1,6 km) de espesor. Usted puede elegir. Puede comprender lo que el registro de las rocas le está diciendo aquí: se necesitó un tiempo muy largo para depositar esas rocas, y bastante mucho tiempo —aunque menos— para que la corriente del río Colorado las erosionara otra vez. O puede seguir un libro que hasta hace poco era exhibido en la sección de ‘ciencia’ de la librería del Gran Cañón, hasta que muchos científicos se quejaron, y que afirma que el Gran Cañón es evidencia del Diluvio de Noé. La primera elección encaja con cantidades enormes de pruebas y conocimiento geológico. La segunda es una excelente prueba de la fe, porque no encaja con absolutamente nada. Una inundación que duró sólo 40 días nunca pudo haber causado esa clase de formación geológica. ¿Un milagro? En ese caso, el desierto de Sahara podría igualmente ser aclamado como evidencia del diluvio de Noé, sin formar un profundo cañón, milagrosamente. En cuanto se admiten los milagros, uno no puede seguir un hilo lógico.
De todos modos, ése es el segundo ingrediente... Tiempo Profundo. Se necesitan enormes cantidades de tiempo para cambiar organismos en especies completamente nuevas, si todo lo que se puede hacer —según creía Darwin— son cambios muy graduales. Pero incluso el Tiempo Profundo, combinado con la variación hereditaria, no es suficiente para llevar a la clase de cambios ordenados y coherentes que se necesitan para crear nuevas especies. Tiene que haber una razón para que tales cambios ocurran, tanto como oportunidad y tiempo. Darwin, como hemos visto, encontró su razón en el argumento de Malthus: el incontrolado crecimiento de los organismos es exponencial, mientras que el de los recursos es lineal. A la larga, el crecimiento exponencial siempre gana.
La primera afirmación es bastante correcta, la segunda muy discutible. El calificativo ‘descontrolado’ es crucial, y la real población sólo crece de manera exponencial si hay abundancia de recursos disponibles. Típicamente, el crecimiento comienza exponencialmente con una población pequeña y luego se estabiliza a medida que el tamaño de la población aumenta. Pero en la mayoría de las especies, dos padres (pensemos en especies sexuales aquí) producen una cantidad más grande de vástagos. Un estornino hembra pone unos 16 huevos en su vida, y con crecimiento ‘descontrolado’, la población de estorninos se multiplicaría por 8 en cada generación. No pasaría mucho tiempo antes de que el planeta estuviera hasta las rodillas de estorninos. De modo que, por necesidad, 14 de esos 16 vástagos (promedio) no se reproducen —habitualmente porque algo se los come. Sólo dos se convierten en padres llegado el momento. Una rana hembra podría poner 10.000 huevos en su vida, y casi todos mueren de varias maneras grotescas para lograr dos padres; un bacalao hembra aporta más o menos cuarenta millones de sus vástagos a la cadena alimenticia del plancton, por cada dos que se reproducen. Aquí el multiplicador, con crecimiento ‘descontrolado’, sería 20 millones por bacalao. Simplemente no vale la pena pensar en el crecimiento descontrolado como una posibilidad objetiva.
Sospechamos que Malthus optó por el crecimiento lineal de los recursos por una razón ligeramente absurda. La matemática de los libros de texto victorianos distinguía dos principales tipos de secuencias: geométrica (exponencial) y aritmética (lineal). Había muchas otras posibilidades, pero no llegaron a los libros de texto. Habiendo ya atribuido el crecimiento geométrico a los organismos, a Malthus le quedaba el crecimiento aritmético para los recursos. Su idea principal no depende del verdadero ritmo de crecimiento, en todo caso, ya que es menos que exponencial. Como muestra el ejemplo del estornino, la mayoría de los vástagos mueren antes de reproducirse, y ésa es la idea principal aquí.
Dado que la mayoría de los estorninos jóvenes no tendrán la posibilidad de convertirse en padres, surge la pregunta: ¿cuáles lo harán? Darwin sentía que los que sobrevivían para reproducirse serían los mejor adaptados a la supervivencia, lo cual tenía sentido. Si un estornino es mejor para encontrar comida, o esperarla, que otro, entonces está claro cuál lo haría mejor si la provisión de alimentos se vuelve limitada. El mejor podría no tener suerte y ser comido por un halcón; pero a través de la población, los estorninos que están mejor equipados para sobrevivir son generalmente los que sobreviven.
Este proceso de ‘selección natural’ en efecto juega el rol de un criador externo. Elige ciertos organismos y elimina el resto. La elección no es deliberada —no hay conciencia de hacer la elección, y no hay un propósito preconcebido— pero el resultado final es muy similar. La principal diferencia es que la selección natural hace elecciones sensatas, mientras que la selección humana puede hacer unas ridículas (como perros con caras tan aplanadas que apenas pueden respirar). Las elecciones sensatas conducen a animales y plantas sensatos, que están perfectamente adaptados para sobrevivir en el ambiente en que estaban cuando la selección natural los estaba modelando.
Es exactamente como reproducir nuevas variedades de paloma, pero sin un criador humano. La selección natural explota la misma variabilidad de organismos que el criador de palomas. Hace elecciones basadas en el valor de supervivencia (en algún ambiente) en lugar del capricho. Es típicamente mucho más lenta que la intervención humana, pero la escala temporal es tan vasta que esta lentitud no importa mucho. La variación hereditaria más la selección natural inevitablemente conducen, durante un Tiempo Profundo, a la creación de especies.
La naturaleza hace todo por sí sola. No hay necesidad de una serie de actos de creación especial. Eso no implica que la creación especial no haya ocurrido. Sólo le quita cualquier imperativo lógico.
Paley estaba equivocado.
Los relojes no necesitan un relojero.
Pueden hacerse a sí mismos.



CAPÍTULO 13
El infinito es un poco taimado
Eran pasadas las cinco y media de la mañana, demasiado tarde para los Mordiscos y todavía temprano para el Primer Desayuno. Trotando a través de la niebla gris, el Archicanciller Ridcully vio las luces encendidas en el Gran Salón. Armándose de valor en caso de que Ponder tuviera estudiantes ahí dentro, abrió la puerta.
Había unos pocos; uno de ellos dormía bajo la canilla del café.
Ponder Stibbons estaba todavía sobre la escalerilla, agitando sus manos a través de las líneas temporales.
—¿Llegaste a algún lugar, Stibbons? —dijo Ridcully, corriendo en el mismo sitio.
Ponder logró recuperar el equilibrio justo a tiempo.
—Er... progreso general, señor —dijo, y se bajó.
—Un gran trabajo, ¿eh? —dijo Ridcully.
—Bastante agotador, señor, sí. Sin embargo hemos preparado las instrucciones. Estamos casi listos.
—Pégales duro, ése es el estilo —dijo Ridcully, boxeando el aire.
—Muy probablemente, señor —dijo Ponder, bostezando.
—Estuve pensando mientras corría, Stibbons, como es mi costumbre —dijo Ridcully.
Va a decirme sobre el globo ocular, supongo, pensó Ponder. Estoy bastante informado sobre el globo ocular ahora, pero luego preguntará sobre la avispa parasitaria y ése es un misterio, y luego preguntará cómo es, exactamente, que pasó la evolución si hay un espacio-dios justo allí. ¿Y luego preguntará cómo consigues una persona de una gota en el océano con sólo añadir luz de sol y tiempo? Y probablemente dirá: las personas saben que son personas, ¿sabían las gotas que eran gotas? ¿Qué parte de una gota lo sabe? ¿De dónde vino la conciencia, entonces? ¿La tenían las lagartijas grandes? ¿Para qué? ¿Y qué me dices de la imaginación? E incluso si puedo pensar alguna clase de respuesta para todas esas preguntas, dirá: Mira, Stibbons, lo que tienes allí son muchas respuestas de manual, y si te pregunto cómo puedes conseguir tortugas y cucharas y Darwin de una gran explosión, todo lo que eres capaz de decir son más cosas de manual. ¿Cómo ocurrió todo eso? ¿Quién lo preparó? ¿Cómo es que nada estalla? La Teología de las Especies tiene mucho sentido cuando --------
—¿Estás bien, Stibbons? —Se dio cuenta de que el Archicanciller lo miraba con atípica preocupación.
—Sí, señor, sólo un poco cansado.
—Es que tus labios se estaban moviendo.
Ponder suspiró.
—¿En qué estuvo usted pensando, señor?
—Muchos Darwin hacen este viaje, ¿correcto?
—Sí. Una cantidad infinita.
—Bien, en ese caso... —empezó el Archicanciller.
—Pero Hex dijo que es una cantidad infinita mucho más pequeña que la cantidad que no lo hace —dijo Ponder—. Y ésa es una cantidad aun más pequeña que la muy grande infinita cantidad que nunca continúa el viaje. Y la cantidad de infinitos donde nunca ni siquiera nace es...
—¿Infinita? —preguntó Ridcully.
—Por lo menos —dijo Ponder—. Sin embargo, hay un costado positivo en esto.
—Dime, Stibbons.
—Bien, señor, una vez que El Origen sea publicado, la cantidad de universos en los que también es publicado se volverá infinita en un espacio de tiempo infinitamente pequeño. De modo que aunque el libro sólo puede ser escrito una vez, inmediatamente habrá sido escrito en una incontable cantidad de universos adyacentes, según estándares humanos.
—¿Una cantidad infinita, sospecho? —dijo Ridcully.
—Sí, señor. Lamento todo eso. El infinito es un poco taimado.
—No puedes ni imaginar la mitad de él, en primer lugar.
—Eso es verdad. Realmente no es una cantidad en absoluto. No se puede llegar a él empezando con uno. Y ése es el problema, señor. Hex tiene razón, la cantidad más rara en el multiverso no es infinito, es uno. Sólo un Charles Darwin que escribe El Origen de las Especies... es imposible.
Ridcully se sentó.
—Estaré condenadamente feliz cuando termine el libro —dijo—. Solucionaremos todas esas cosas nudosas y lo traeremos de regreso, y le entregaré la pluma personalmente.
—Er... eso no ocurre inmediatamente, señor —dijo Ponder—. No lo escribió hasta que estuvo en casa.
—De acuerdo —dijo Ridcully—. Probablemente un poco difícil, escribir en un bote.
—Primero pensó mucho sobre eso, señor —dijo Ponder—. Ya lo mencioné.
—¿Cuánto tiempo? —dijo Ridcully.
—Aproximadamente veinticinco años, señor.
—¿Qué?
—Quería estar seguro, señor. Investigó y escribió cartas, muchas cartas. Quería saber todo sobre, bien, todo... gusanos de seda, ovejas, jaguares... Quería estar seguro de que tenía razón. —Ponder hojeó los papeles de su tablilla—. Esto me interesó. Era de una carta que escribió en 1857, y dice «qué gran salto hay desde una variedad bien caracterizada, producida por una causa natural, a una especie producida por el acto individual de la Mano de Dios».
—¿Ése es el autor de El Origen? Suena más al autor de La Ología.
—Era una gran cosa la que iba a hacer, señor. Le preocupaba.
—He leído La Ología —dijo Ridcully—. Bien, un poco de ella. Tiene mucho sentido.
—Sí, señor.
—Quiero decir, si no hubiéramos observado que todo en el mundo ocurre desde el Primer Día, habríamos pensado...
—Sé lo que quiere decir, señor. Pienso que por eso La Ología era tan popular. Darwin... quiero decir nuestro Darwin... pensaba que ningún dios haría tantas clases de percebes. Es demasiado desperdicio. Un ser perfecto no lo haría, pensaba. Pero los otros Darwin, los religiosos, dijeron que ése era toda la idea. Dijeron que exactamente como la humanidad tenía que esforzarse para lograr la perfección, así debía hacer todo el reino animal. Las plantas, también. La Supervivencia del más Adecuado, lo llamaban. Las cosas no fueron hechas perfectas, pero tienen un, er, impulso incorporado para lograr la perfección, como si parte del Plan estuviera dentro de ellas. Podían evolucionar. A decir verdad, eso era bueno. Significaba que estaban mejorando.
—Parece lógico —dijo Ridcully—. Según la lógica de dios, por lo menos.
—Y está toda esa cosa sobre el Jardín del Edén y el fin del mundo —dijo Ponder.
—Debo haberme perdido ese capítulo —dijo Ridcully.
—Bien, señor, es el mito básico de una época dorada al principio del mundo y de una terrible destrucción al final, pero codificado en un lenguaje muy interesante. Darwin sugirió que los primeros cronistas habían mezclado las cosas. Como los trolls, ¿sabe? ¿Que piensan que el pasado está delante de ellos porque pueden verlo? La terrible destrucción fue de hecho el nacimiento del mundo...
—Oh, ¿quieres decir las rocas muy calientes, los planetas que se chocan, ese tipo de cosas?
—Exactamente. Y el fin del mundo, bien, cuando suceda, sería la reunión de criaturas y plantas perfectas en un jardín perfecto, que pertenece al dios.
—¿Para ser felicitados, y todo eso? ¿Entrega de premios, mejores notas?
—Podría ser, señor.
—¿Como un picnic para siempre?
—No lo puso de ese modo, pero supongo que sí.
—¿Y qué me dices de las avispas perfectas? —dijo Ridcully—. Siempre aparecen, ya sabes. Y las hormigas.
Ponder estaba listo para esto.
—Hubo mucho debate sobre ese tipo de cosas —dijo.
—¿Y cómo concluyó? —dijo el Archicanciller.
—Decidieron que era esa clase de tema sobre el que podría haber mucho debate, y que las consideraciones terrenales no serían aplicables.
—¡Ja! ¿Y Darwin pasó todo esto delante de los sacerdotes?
—Oh, sí. De la mayoría, de todos modos —dijo Ponder.
—¡Pero les estaba poniendo todo su mundo patas arriba!
—Hum, eso estaba ocurriendo de todas maneras, señor. Pero así, el dios no se caía por abajo. Las personas estaban hurgando y probando que el mundo era realmente muy viejo, que los lechos marinos se habían convertido en cumbres, que toda clase de animales extraños habían vivido hacía mucho, mucho tiempo. Muchas personas ya aceptaban la idea de la evolución. La idea de la selección natural, como Darwin la llamó, de la vida evolucionando por sí misma, estaba rondando en el aire. Era una gran amenaza. Pero la Teología de las Especies decía que había un Plan. ¡Un Plan inmenso y divino, desarrollándose a través de millones de años! ¡Incluso afectaba al mismo planeta! Toda esa confusión y volcanes y tierras hundidas, eso era un mundo en evolución, ¿lo ve? Un mundo que terminaría con una capa arable, y el tipo adecuado de atmósfera, y minerales fácilmente accesibles, y mares llenos de peces...
—Un mundo para humanos, en otras palabras.
—Lo entendió inmediatamente, señor —dijo Ponder—. Humanos. La cumbre del árbol. Una criatura que sabía qué era, que le daba nombre a las cosas, que tenía un concepto de manifestación divina. Ese Darwin después escribió otro libro, titulado El Ascenso del Hombre. Curiosamente, nuestro Darwin va a escribir un libro similar, titulado La Ascendencia del Hombre...
—Ah, ahí mismo puedo ver una mala elección de palabras —dijo Ridcully.
—Exactamente —dijo Ponder—. La Ología Darwin fue considerado audaz pero... aceptable. Y había mucha evidencia de que éste era un planeta hecho para humanos. La religión cambió mucho, pero también la tecnomancia. El dios todavía estaba a cargo.
—Todo muy ordenado —dijo el Archicanciller—. Entonces... ¿qué me dices de los dinosaurios?
—¿Perdone, señor?
—Sr. Stibbons, sabes de qué estoy hablando. Los vimos, ¿recuerdas? No los grandes, ¿los pequeños que se pintaban el cuerpo y pastoreaban animales? ¿Y los pulpos que construyeron ciudades bajo el mar? ¡Para no mencionar a los cangrejos! Oh, sí, los cangrejos. Lo estaban haciendo realmente bien, los cangrejos. Estaban construyendo balsas con velas y esclavizando a otras naciones cangrejo. ¡Eso es prácticamente civilización! Pero todos fueron barridos. ¿Era eso parte de un plan divino?
Ponder vaciló.
—Veneraban a un dios con forma de cangrejo —dijo, como una declaración dilatoria mientras se le ocurría alguna idea.
—Bien, lo hacían, ¿verdad? —dijo Ridcully—. Eran cangrejos.
—Hum. ¿Quizás no eran exactamente... satisfactorios? —dijo Ponder—. ¿De alguna manera?
—Eran muy inteligentes —dijo Ridcully.
Ponder se sintió incómodo.
—Darwin no sabía de ellos —dijo—. No construyeron nada que durara. Supongo que el Darwin que escribió La Ología tenía la idea de que simplemente fallaron, o que eran perversos de alguna manera. Uno de los principales textos religiosos menciona una inundación divina que ahogó todo en el mundo, excepto a una familia y una barca llena de animales.
—¿Por qué?
—Porque todos eran perversos, creo.
—¿Cómo pueden ser perversos los animales? ¿Cómo puede ser perverso un cangrejo, a propósito?
—¡No lo sé, Archicanciller! —explotó Ponder—. ¿Tal vez porque comen algas marinas prohibidas? ¿Cavan una madriguera en mal día? ¡No soy teólogo!
Permanecieron sentados en un silencio desanimado.
—Es un poco desordenado, ¿verdad? —dijo Ridcully.
—Sí, señor.
—Realmente tenemos que asegurar que El Origen sea escrito.
—Tenemos que hacerlo, señor, efectivamente.
—Pero te gustaría pensar que hay alguien a cargo, ¿sí? —dijo Ridcully, suavemente—. De todo, quiero decir.
—¡Sí! ¡Sí, me gustaría, señor! ¡No una gran barba en el cielo, sino... algo! ¡Alguna clase de referencia, algún sentido de que el bien y el mal tienen verdadero significado! Puedo ver por qué era tan popular La Ología. ¡Abarcaba todo! Pero, ¿cómo ocurrió la evolución? ¿De dónde viene el orden? Si uno empieza con un montón de firmamento explotando, ¿cómo termina con mariposas? ¿Estaban las mariposas incorporadas desde el comienzo? ¿Cómo? ¿Qué parte del hidrógeno en llamas cargaba los planes para las personas? Incluso el Darwin que escribió El Origen apelaba a un dios para empezar la vida. Sería bueno saber que debajo de todo esto hay algún tipo de... sentido.
—No solías hablar de este modo, Sr. Stibbons.
Ponder se derrumbó.
—Lo siento, señor. Todo esto me está desanimando, creo.
—Bien, puedo ver por qué —dijo Ridcully—. Seguramente debe haber un poco de Deitium aquí. Algunas cosas no pueden simplemente ocurrir. Ahora, el globo ocular...
Ponder soltó un pequeño gañido.
—... es fácil —dijo Ridcully—. ¿Estás bien, Stibbons?
—Er, bien, bien, señor. Estoy bien. Fácil, ¿verdad?
—La vista te mantiene vivo —dijo Ridcully—. Cualquier clase de vista es mejor que nada. Puedo ver, ja, a dónde está llegando El Origen de Darwin. No tienes que tener un dios. Pero hay una clase de avispa que parasita a una araña... a menos que esté pensando sobre un tipo de araña que parasita a una avispa... de todos modos, lo que hace es, espera hasta que...
—Ah —dijo Ponder alegremente—, ¿no fue ése el gong para el Primer Desayuno?
—No escuché nada —dijo Ridcully.
—Estoy seguro —dijo Ponder, acercándose a la puerta—. Le diré qué, señor, iré y verificaré.



CAPÍTULO 14
Aleph-Umptyplex
Los magos no sólo están luchando contra los aparentes disparates del ‘quantum’, su frase abarcadora para la física y la cosmología avanzadas, sino contra el explosivo concepto filosófico / matemático de infinito.
A su propia manera, han redescubierto una de las grandes ideas de la matemática del siglo XIX: que puede haber muchos infinitos, algunos más grandes que otros.
Si esto suena ridículo, lo es. No obstante, hay un sentido enteramente natural en el que resulta ser verdad.
Hay dos cosas importantes para entender el infinito. Aunque el infinito es a menudo comparado con números como 1, 2, 3, el infinito no es en sí mismo una cantidad en ningún sentido convencional. Como Ponder Stibbons dice, no se puede llegar allí desde 1. La otra es que, incluso dentro de la matemática, hay muchos conceptos distintos y todos ellos llevan la misma etiqueta ‘infinito’. Si uno confunde sus significados, todo lo que obtendrá son tonterías.
Y luego —perdone, tres cosas importantes— uno tiene que apreciar que el infinito es a menudo un proceso, no una cosa.
Pero —oh, cuatro cosas importantes— la matemática tiene el hábito de convertir procesos en cosas.
Oh, y —muy bien, cinco cosas importantes— una clase de infinito es una cantidad, aunque una ligeramente poco convencional.
Así como con la matemática del infinito, los magos también están lidiando con su física. ¿Es el universo de Mundobola finito o infinito? ¿Es cierto que en cualquier universo infinito, no sólo puede ocurrir cualquier cosa, sino que todo debe suceder? ¿Podría haber un universo infinito que consistiera enteramente de sillas... inmóvil, inalterable, terriblemente poco emocionante? El mundo del infinito es paradójico, o así parece al principio, pero no deberíamos permitir que las aparentes paradojas nos desanimaran. Si mantenemos la cabeza clara, podemos dirigir nuestro camino a través de las paradojas, y convertir el infinito en una confiable ayuda para pensar.

Los filósofos generalmente distinguen dos ‘sabores’ diferentes de infinito, que llaman ‘verdadero’ y ‘potencial’. El infinito verdadero es una cosa infinitamente grande, y que es un bocado tan grande para tragar que hasta hace poco era de dudosa reputación. El sabor más respetable es el infinito potencial, que surge siempre que algún proceso nos da la clara impresión de que podría continuar tanto tiempo como nos guste. El proceso más básico de esta clase es contar: 1, 2, 3, 4, 5... ¿Alguna vez llegamos al ‘número más grande posible’ y entonces nos detenemos? Los niños hacen esa pregunta a menudo, y al principio piensan que el número más grande cuyo nombre conocen debe ser el número más grande que hay. Así que durante un tiempo piensan que el número más grande es seis, luego piensan que es cien, luego piensan que es mil. Poco después, se dan cuenta de que si pueden contar hasta mil, entonces mil uno es sólo un paso más lejos.
En su libro de 1949, Matemática e Imaginación, Edward Kasner y James Newman introdujeron al mundo el googol —el dígito 1 seguido de cien ceros. Tenga en mente que mil millones tiene simplemente nueve ceros: 1.000.000.000. Un googol es

10.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000

Y es tan grande que tuvimos que partirlo en dos para que quepa la página. El nombre fue inventado por el sobrino de Kasner, de nueve años de edad, y es la inspiración para el buscador GoogleTM de Internet
Aunque un googol es muy grande, definitivamente no es infinito. Es fácil escribir un número más grande:

10.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.001

Sólo añadiendo 1. Una manera más espectacular de encontrar un número más grande que un googol es formar un googolplex (nombre también cortesía del sobrino), que es 1 seguido por un googol de ceros. No intente escribir este número: el universo es demasiado pequeño a menos que use dígitos de tamaño subatómico, y su vida es demasiado breve, ni hablar de la suya.
Aunque un googolplex es extraordinariamente grande, es un número precisamente definido. No hay nada vago sobre él. Y definitivamente no es infinito (añádale 1). Es, sin embargo, lo bastante grande para la mayoría de los propósitos, incluyendo la mayoría de los números que aparecen en astronomía. Kasner y Newman observan que «tan pronto como las personas hablan de números grandes, se ponen frenéticas. Parecen estar bajo la impresión de que porque el cero es igual a nada, pueden añadirle tantos ceros como quieran a un número sin prácticamente ninguna consecuencia seria», una frase que el mismo Mustrum Ridcully podría haber pronunciado. Como ejemplo, informan que a fines de los 40 una distinguida publicación científica anunció que la cantidad de cristales de nieve necesarios para empezar una edad de hielo era mil millones a la mil millonésima potencia. «Esto», nos dicen, «es muy sorprendente y también muy absurdo». Mil millones a la mil millonésima potencia es un 1 seguido por nueve mil millones de ceros. Una cifra sensata es alrededor de 1 seguido por 30 ceros, que es increíblemente más pequeño, aunque todavía más grande que el saldo bancario de Bill Gates.
Sea lo que sea el infinito, no es un convencional número de ‘contar’. Si el número más grande posible fuera, por decir, umpty-ump gazillión, entonces de la misma manera umpty-ump gazillión más uno sería todavía más grande. E incluso si fuera más complicado, de modo que, por decir, el número más grande posible fuera umpty-ump gazillión dos millones novecientos sesenta y cuatro mil setecientos cincuenta y ocho... entonces ¿qué me dice de umpty-ump gazillión dos millones novecientos sesenta y cuatro mil setecientos cincuenta y nueve?
Dado cualquier número, siempre se puede añadir uno, y entonces se obtiene un número que es (ligera, pero visiblemente) más grande.
El proceso de contar sólo se detiene si usted se queda sin aliento; no se detiene porque se haya quedado sin números. Aunque quizás un casi-inmortal podría quedarse sin universo donde escribir los números, o sin tiempo para pronunciarlos.
En pocas palabras: existe una cantidad infinita de números.
Lo maravilloso de esa declaración es que no implica que haya algún número llamado ‘infinito’, que es más grande que cualquiera de los otros. Exactamente lo contrario: toda la idea es que no hay un número que sea más grande que alguno de los otros. De modo que aunque el proceso de contar puede, en principio, seguir para siempre, el número al que se ha llegado en cualquier etapa en particular es finito. ‘Finito’ significa que uno puede contar hasta ese número y luego parar.
Como los filósofos dirían: contar es una instancia de infinito potencial. Es un proceso que puede seguir para siempre (o por lo menos, así le parece a nuestro ingenuo cerebro reconocedor de patrones) pero que nunca llega a ‘para siempre’.

El desarrollo de nuevas ideas matemáticas tiende a seguir un patrón. Si los matemáticos estuvieran construyendo una casa, empezarían con las paredes de abajo, sosteniéndolas sin sustento más o menos a un pie por encima del hidrófugo... o de donde el hidrófugo debería estar. No habrá puertas ni ventanas, sólo agujeros con la forma correcta. Para cuando el segundo piso fuera agregado, la calidad de la mampostería habría mejorado dramáticamente, las paredes interiores estarían enyesadas, las puertas y las ventanas todas en su lugar, y el piso sería lo bastante fuerte para caminar sobre él. El tercer piso sería vasto, elaborado, completamente alfombrado, con cuadros sobre las paredes, enormes cantidades de mobiliario de diseño impresionante pero inconsistente, seis tipos de papel tapiz en cada habitación... El ático, por contraste, sería escaso pero elegante, de diseño minimalista, nada fuera de lugar, todo allí por una razón. Entonces, y sólo entonces, volverían a nivel del suelo, excavarían los cimientos, los llenarían con concreto, pegarían un hidrófugo, y prolongarían las paredes hacia abajo hasta que llegaran a los cimientos.
Al final de todo esto tendría una casa que mantendría en pie. A lo largo del camino, habría pasado mucho tiempo de su existencia viéndose espantosamente improbable. Pero los constructores, en su excitación por levantar las paredes hacia el cielo y llenar las habitaciones con decoración interior, estuvieron demasiado ocupados para notarlo hasta que los inspectores los fastidiaron por los defectos estructurales.
Cuando surgen las nuevas ideas matemáticas, nadie las comprende muy bien, que es natural porque son nuevas. Y nadie va a hacer mucho esfuerzo por solucionar todos los refinamientos lógicos y darle sentido a esas ideas, a menos que esté convencido de que todo valdrá la pena. De modo que la principal energía de la investigación se invierte en desarrollar esas ideas y ver si llevan a algún lugar interesante. ‘Interesante’, para un matemático, principalmente significa ‘¿puedo ver la manera de empujar esta cosa más lejos?’, pero la prueba de fuego es ‘¿qué problemas resuelve?’ Sólo después de obtener una respuesta satisfactoria a estas preguntas, apenas algunas almas resistentes y pedantes bajan a la planta baja y resuelven unos cimientos decentes.
De modo que los matemáticos estaban usando infinito mucho antes de que tuvieran una pista de lo que era o cómo manejarlo sin peligro. En 500 a.C., Arquímedes, el más grande de los matemáticos griegos y un serio aspirante a un lugar en el top-tres de todos los tiempos, descubrió el volumen de una esfera (conceptualmente) cortándola en muchos discos infinitamente delgados, como un pan cortado ultra-fino, y colgó todas las rebanadas de una balanza, para comparar su volumen total con el de una forma apropiada cuyo volumen ya conocía. En cuanto averiguó la respuesta por este asombroso método, empezó otra vez y encontró una aceptablemente lógica manera de probar que tenía razón. Pero sin toda esa pérdida de tiempo con el infinito, no hubiera sabido por dónde empezar y su prueba lógica no se habría levantado del suelo.
En la época de Leonhard Euler, un autor tan prolífico que podríamos considerarlo el Terry Pratchett de la matemática del siglo XVIII, muchos de los matemáticos prominentes estaban teniendo escarceos con la ‘serie infinita’ —la pesadilla de los escolares de una suma que nunca termina. He aquí una:
1 + 1/2 + 1/4 + 1/8 + 1/16 + 1/32 + ...
Donde el ‘...’ significa ‘continuar’. Los matemáticos han llegado a la conclusión de que si esta suma infinita llega a algo sensato, entonces la suma debe ser exactamente dos. Si usted se detiene en cualquier etapa finita, sin embargo, llega a algo que es ligeramente inferior a dos. Pero la cantidad por la que es menor que dos sigue encogiéndose. La suma más o menos se acerca a la respuesta correcta, sin llegar allí en realidad; pero la cantidad por la que no llega, puede ser reducida tanto como te plazca, sumando suficientes términos.
¿Le recuerda a algo? Se parece sospechosamente a una de las paradojas de Zeno / Xeno. Es así cómo la flecha no alcanza a la víctima, y cómo Aquiles no alcanza a la tortuga. Así es cómo se pueden hacer infinitamente muchas cosas en un tiempo finito. Haga la primera cosa; haga la segunda un minuto después; haga la tercera medio minuto después; luego la cuarta un cuarto de minuto después..., y continúe. Después de dos minutos, ha hecho una infinita cantidad de cosas.
La comprensión de que infinitas sumas pueden tener un significado sensato es sólo el principio. No disipa todas las paradojas. Principalmente, sólo las agudiza. Los matemáticos descubrieron que algunos infinitos son inofensivos, otros no.
El único problema que quedó después de esa brillante idea fue: ¿cómo los distingues? La respuesta es que si el concepto de infinito no conduce a contradicciones lógicas, entonces es seguro usarlo, pero si lo hace, entonces no lo es. La tarea es darle un significado sensato a cualquier ‘infinito’ que le intrigue. No se puede simplemente suponer que tiene sentido automáticamente.
A través del siglo XVIII y comienzos del XIX, la matemática desarrolló muchas nociones de ‘infinito’, todos ellos potenciales. En la geometría proyectiva, el ‘punto en el infinito’ era donde se encontraban dos líneas paralelas: el truco era dibujarlas en perspectiva, como líneas de ferrocarril perdiéndose en el horizonte, en cuyo caso parecen encontrarse en el horizonte. Pero si los trenes corren sobre un plano, el horizonte está infinitamente lejos y en realidad no es parte del plano en absoluto —es una ilusión óptica. De modo que el punto ‘en’ el infinito está determinado por el proceso de viajar a lo largo de las vías, indefinidamente. El tren nunca llega allí en realidad. En la geometría algebraica un círculo terminó siendo definido como ‘una sección cónica que pasa por los dos puntos circulares imaginarios en el infinito’, que ponía un par de compases en su lugar.
Había un consenso de conjunto entre los matemáticos, y se reducía a esto. Siempre que se use el término ‘infinito’, en realidad se está pensando en un proceso. Si ese proceso genera algún resultado bien determinado, por una interpretación tan retorcida como desee, entonces ese resultado le da significado al uso de la palabra ‘infinito’, en ese contexto particular.
El infinito es un proceso dependiente del contexto. Es potencial.
No podía quedarse así.
David Hilbert fue uno de los matemáticos top-dos en el mundo a fines del siglo XIX, y fue uno de los grandes entusiastas de un nuevo enfoque al infinito, en el cual —contrario a lo que acabamos de decir— el infinito es tratado como una cosa, no como un proceso. El nuevo enfoque era el invento de Georg Cantor, un matemático alemán cuyo trabajo lo condujo a un territorio que estaba cargado de trampas lógicas. Toda el área fue un confuso desorden durante aproximadamente un siglo (nada nuevo allí, entonces). Al final decidió resolverlo para siempre excavando hacia abajo más que construyendo siempre hacia arriba, y poniendo esos cimientos antes inexistentes. No fue la única persona en hacerlo, pero estaba entre los más radicales. Tuvo éxito en ordenar el área que lo condujo a estos extremos, pero sólo a expensas de causar problemas considerables en otro lugar.
Muchos matemáticos detestaban las ideas de Cantor, pero Hilbert las amaba, y las defendió enérgicamente. «Nadie», declamó, «nos expulsará del paraíso que ha creado Cantor». Es, seguro, tan paradojal como un paraíso. Hilbert explicó algunas de las propiedades paradójicas del infinito a lo Cantor en relación con un hotel ficticio, ahora conocido como el hotel de Hilbert.
El hotel de Hilbert tiene una cantidad infinita de habitaciones. Están numeradas 1, 2, 3, 4, etcétera, indefinidamente. Es una instancia de verdadero infinito —cada habitación existe ahora, todavía no están construyendo la habitación umpty-ump gazillión uno. Y cuando uno llega allí, el domingo por la mañana, todas las habitaciones están ocupadas.
En un hotel finito, incluso con umpty-ump gazillión una habitaciones, uno está en un aprieto. Ningún movimiento de personas puede crear una habitación adicional. (Para hacerlo simple, suponga que no se comparte: cada habitación tiene exactamente un ocupante, y las reglas de salud y seguridad prohíben más que uno.)
En el hotel de Hilbert, sin embargo, siempre hay espacio para un huésped adicional. No en la habitación infinito, sin embargo, porque no hay tal habitación. En la habitación uno.
¿Pero qué pasa con los pobres desafortunados de la habitación uno? Se cambian a la habitación dos. La persona en la habitación dos se muda a la habitación tres. Y continúa. La persona en la habitación umpty-ump gazillión se muda a la habitación umpty-ump gazillión uno. La persona en la habitación umpty-ump gazillión uno va a la habitación umpty-ump gazillión dos. La persona en la habitación n se muda a la habitación n + 1, para cada número n.
En un hotel finito con umpty-ump gazillión una habitaciones, este procedimiento tropieza con una dificultad. No hay habitación umpty-ump gazillión dos donde cambiar su ocupante. En el hotel de Hilbert, no hay final para las habitaciones, y todos se pueden cambiar un lugar. Una vez que este movimiento ha terminado, el hotel está lleno otra vez.
Eso no es todo. El lunes, un autobús cargado con 50 personas llega al hotel de Hilbert que está completamente lleno. No se preocupe: el administrador mueve a todo el mundo 50 lugares arriba —el de la habitación 1 a la 51, el de la 2 a la 52, y continúa— lo cual deja desocupadas las habitaciones 1 a 50 para las personas del autobús.
El martes, llega un coche de Infinity Tours que contiene una cantidad infinita de personas, amablemente numeradas A1, A2, A3, ... ¿Seguramente no habrá habitaciones ahora? Pero las hay. Los huéspedes existentes son mudados a las habitaciones con números pares: el de la 1 a la 2, el de la 2 a la 4, el de la 3 a la 6, y continúa. Entonces las habitaciones con números impares están libres, y la persona A1 entra en la 1, la A2 a la 3, la A3 a la 5... Nada raro en esto.
El miércoles, el administrador realmente se arranca los pelos, porque aparece una cantidad infinita de coches de Infinity Tours. Los coches están etiquetados A, B, C... de un alfabeto infinitamente largo, y las personas dentro de ellos son A1, A2, A3... B1, B2, B3... C1, C2, C3...
... y continúa. Pero el administrador tiene una idea genial. En una esquina infinitamente grande de la infinitamente grande playa de estacionamiento del hotel, organiza a todos los nuevos huéspedes en un cuadrado infinitamente grande:
A1 A2 A3 A4 A5...
B1 B2 B3 B4 B5...
C1 C2 C3 C4 C5...
D1 D2 D3 D4 D5...
E1 E2 E3 E4 E5...
Entonces los reordena en una única línea infinitamente larga, en el orden
A1 - A2 B1 - A3 B2 C1 - A4 B3 C2 D1 - A5 B4 C3 D2 E1...
(Para ver el patrón, mire a lo largo de sucesivas diagonales corriendo desde arriba a la derecha hasta abajo a la izquierda. Hemos insertado guiones para separarlas.) Lo que la mayoría de las personas haría ahora sería mudar a todos los huéspedes existentes a las habitaciones pares, y luego llenar las habitaciones impares con los nuevos, en el orden de la línea infinitamente larga. Eso funciona, pero hay un método más elegante, y el administrador, siendo un matemático, lo descubre inmediatamente. Carga a todo el mundo otra vez en un único coche de Infinity Tours, llenando los asientos en el orden de la línea infinitamente larga. Esto reduce el problema a uno que ya ha sido resuelto.
El hotel de Hilbert nos dice que tengamos cuidado cuando hacemos suposiciones sobre el infinito. No puede comportarse como un número finito tradicional. Si uno añade uno al infinito, no se agranda. Si uno multiplica infinito por infinito, todavía no se agranda. El infinito es así. A decir verdad, es fácil llegar a la conclusión de que cualquier suma que involucre infinito resulta infinita, porque uno no puede obtener nada más grande que infinito.
Eso es lo que todo el mundo pensaba, lo cual es bastante bueno si los únicos infinitos con los que alguna vez ha tropezado son los potenciales, a los cuales uno se acerca en una secuencia de pasos finitos, pero que en principio continúa tanto como desee. Pero en los 80, Cantor estaba pensando en verdaderos infinitos, y abrió una verdadera caja de Pandora de infinitos aun-más-grandes. Los llamó números trans-finitos, y tropezó con ellos cuando estaba trabajando en una área de análisis santificada y tradicional. Eran realmente cosas difíciles, técnicas, y lo condujeron hacia senderos inexplorados. Reflexionando profundamente sobre la naturaleza de estas cosas, Cantor se desvió de su trabajo en un área de análisis completamente respetable, y empezó a pensar en algo mucho más difícil.
Contar.
La manera acostumbrada en que empezamos los números es enseñando a los niños a contar. Aprenden que los números son ‘cosas que se usan para contar’. Por ejemplo, ‘siete’ es donde se llega si empieza a contar desde ‘uno’ el domingo y se detiene el sábado. De modo que la cantidad de días en la semana es siete. ¿Pero qué clase de bestia es siete? ¿Una palabra? No, porque se puede usar el símbolo 7 en su lugar. ¿Un símbolo? Pero entonces, hay la palabra... de todos modos, en japonés, el símbolo para 7 es diferente. Entonces, ¿qué es siete? Es fácil decir qué son siete días, o siete ovejas, o siete colores del espectro... ¿pero qué hay del mismo número? Uno nunca se tropieza con un ‘siete’ desnudo, siempre parece estar pegado a alguna colección de cosas.
Cantor decidió hacer una virtud de una necesidad, y declaró que un número era algo relacionado con un conjunto, o una colección, de cosas. Uno puede armar un conjunto de cualquier colección de cosas en absoluto. Intuitivamente, la cantidad que se obtiene contando le dice cuántas cosas pertenecen a ese conjunto. El conjunto de días de la semana determina el número ‘siete’. La maravillosa característica del enfoque de Cantor es ésta: uno puede determinar si cualquier otro conjunto tiene siete elementos sin contar ninguno. Para hacerlo, sólo tiene que hacer corresponder los miembros de los conjuntos, de modo que cada elemento de un conjunto coincida precisamente con uno del otro. Si, por ejemplo, el segundo es el conjunto de colores del espectro, entonces usted podría corresponder los conjuntos de esta manera:
Domingo Rojo
Lunes Naranja
Martes Amarillo
Miércoles Verde
Jueves Azul
Viernes Violeta
Sábado Octarino
El orden en que los artículos son listados no importa. Pero no se permite combinar Martes con Violeta y con Verde, o Verde con Martes y Domingo, en la misma correspondencia. O dejar fuera algún elemento de los conjuntos.
Por contraste, si se trata de combinar los días de la semana con los elefantes que sostienen el Disco, se tropieza con problemas:
Domingo Berilia
Lunes Tubul
Martes Gran T'Phon
Miércoles Jerakeen
Jueves ?
Más precisamente, uno se queda sin elefantes. Incluso el legendario quinto elefante no nos permite pasar del jueves.
¿Por qué la diferencia? Bien, hay siete días en la semana, y siete colores del espectro, de modo que uno puede hacer coincidir esos conjuntos. Pero hay solamente cuatro (quizás alguna vez cinco) elefantes, y uno no puede hacer coincidir cuatro o cinco con siete.
La profunda idea filosófica aquí es que uno no necesita saber sobre los números cuatro, cinco o siete para descubrir que no hay manera de hacer coincidir los conjuntos. Hablar de los números equivale a ser sabio después del evento. Coincidir viene lógicamente antes que contar. Pero ahora, a todos los conjuntos que coinciden se les pueden asignar un símbolo común, o ‘cardinal’, que es efectivamente el número correspondiente. El cardinal del conjunto de días de la semana es el símbolo 7, por ejemplo, y el mismo símbolo es aplicable a cualquier conjunto que coincida con los días de la semana. De modo que podemos basar nuestro concepto de número en el más simple de coincidencia.
Hasta ahora, entonces, nada nuevo. Pero ‘coincidir’ tiene sentido para infinitos conjuntos, no sólo los finitos. Uno puede hacer coincidir los números pares con todos los números:
2 1
4 2
6 3
8 4
10 5
... y continuar. Estas coincidencias explican los tejemanejes en el hotel de Hilbert. De allí sacó Hilbert la idea (techo antes que cimientos, recuerde).
¿Cuál es el cardinal del conjunto de todos los números enteros (y por lo tanto de cualquier conjunto que pueda coincidir con él)? El nombre tradicional es ‘infinito’. Cantor, cauteloso, prefirió algo con menos asociaciones mentales, y en 1883 lo nombró ‘aleph’, la primera letra del alfabeto hebreo. Y le puso un pequeño cero debajo, por razones que ocurrirán en breve: aleph-cero.
Él sabía lo que estaba empezando: «Estoy bien consciente de que al adoptar tal procedimiento me estoy poniendo en contra de las opiniones generalizadas respecto al infinito en matemática y a las actuales opiniones sobre la naturaleza de la cantidad». Recibió lo que esperaba: mucha hostilidad, especialmente de Leopold Kronecker. «Dios creó los enteros: todo lo demás es trabajo del Hombre», declaraba Kronecker.
En la actualidad, la mayoría de nosotros pensamos que hombre también creó los enteros.
¿Por qué presentar un nuevo símbolo —y hebreo? Si hubiera sido solamente un infinito a juicio de Cantor, también podría haberlo llamado ‘infinito’ como a todos los demás, y usado el tradicional símbolo de un 8 de costado (∞). Pero rápidamente vio que desde su punto de vista, bien podría haber otros infinitos, y se estaba reservando el derecho de nombrarlos aleph-uno, aleph-dos, aleph-tres, y continuar.
¿Cómo puede haber otros infinitos? Ésta era la gran consecuencia inesperada de esa idea simple e infantil de coincidir. Para describir cómo sucede, necesitamos hablar de alguna manera de los números muy grandes. Finitos unos e infinitos otros. Para inducirles a creer que todo está bien y amistoso, proponemos una simple convención.
Si ‘umpty’ es cualquier número, de cualquier tamaño, entonces ‘umptyplex’ representará 10^umpty, que es un 1 seguido por umpty ceros. De modo que 2 plex es 100, cien; 6 plex es 1.000.000, un millón; 9 plex es mil millones. Cuando umpty = 100 tenemos un googol, de modo que googol = 100 plex. Un googolplex es por lo tanto también expresable como 100plexplex.
Al modo de Cantor, empezamos a meditar sobre infinitoplex. Pero seamos precisos: ¿qué hay del aleph-zeroplex? ¿Qué es 10^aleph-cero?
Notablemente, tiene un significado enteramente sensato. Es el cardinal del conjunto de todos los números reales —todos los números que pueden ser representados como un decimal infinitamente largo. Recuerde al filósofo Efebano Pthagonal, que se registra diciendo, «El diámetro divide a la circunferencia... Debería ser tres veces. ¿Pero es así? No. Tres punto uno cuatro y muchas otras cifras. El cabrón no tiene fin». Esto, por supuesto, es una referencia al número real más famoso, a uno que realmente necesita infinitos lugares decimales para captarlo exactamente: n (‘pi’). Con un lugar decimal, n es 3,1. Con dos, es 3,14. Con tres, es 3,141. Y continúa, hasta el infinito.
Hay muchísimos números reales además de n. ¿Qué tan grande es el espacio fase de todos los números reales?
Piense en la parte después del punto decimal. Si trabajamos con un lugar decimal, hay 10 posibilidades: cualquiera de los dígitos 0, 1, 2, ... , 9. Si trabajamos con dos lugares decimales, hay 100 posibilidades: 00 hasta 99. Si trabajamos con tres lugares decimales, hay 1.000 posibilidades: 000 hasta 999.
El patrón está claro. Si trabajamos con umpty lugares decimales, hay 10^umpty posibilidades. Es decir, umptyplex.
Si los lugares decimales continúan ‘para siempre’, primero nos debemos preguntar ¿qué clase de para siempre? Y la respuesta es ‘el aleph-cero de Cantor’, porque hay un primer lugar decimal, un segundo, un tercero... los lugares coinciden con los números enteros. De modo que si estableciéramos ‘umpty’ igual a ‘aleph-cero’, descubrimos que el cardinal del conjunto de todos los números reales (ignorando cualquier cosa delante del punto decimal) es aleph-zeroplex. Lo mismo es verdad, por razones ligeramente más complicadas, si incluimos la parte antes del punto decimal.
Todo muy bien, ¿pero presumiblemente aleph-zeroplex va resultar ser aleph-cero con un disfraz pesado, ya que todos los infinitos deben ser seguramente iguales? No. No lo son. Cantor probó que no se puede hacer coincidir los números reales con los números enteros. De modo que aleph-zeroplex es un infinito más grande que aleph-cero.
Él fue más lejos. Mucho más lejos. Probó que si umpty es cualquier número cardinal infinito, el umptyplex es uno más grande. De modo que aleph-ceroplexplex es todavía más grande, y aleph-ceroplexplexplex es más grande que eso, y...
No hay ningún final para la lista de infinitos de Cantor. No hay ningún ‘hiperinfinito’ que sea más grande que todos los otros infinitos.
La idea del infinito como ‘el número más grande posible’ está recibiendo algunos golpes duros aquí. Y ésta es la manera sensata de montar la aritmética infinita.
Si se empieza con cualquier aleph-umpty cardinal infinito, entonces alephumptyplex es más grande. Es natural suponer que lo que se obtiene debe ser aleph-(umpty + 1), una afirmación que dobló la Hipótesis de Continuum Generalizado. En 1963, Paul Cohen (ninguna relación conocida con Jack ni con el Bárbaro) probó que... bien, depende. En algunas versiones de la teoría de conjuntos es verdadero, en otras es falso.
Las bases de la matemática son así, y es por eso que es mejor construir la casa primero y ponerle los cimientos después. De ese modo, si no le gustan, puede sacarlos otra vez y poner otra cosa en cambio. Sin perturbar la casa.
Esto, entonces, es el Paraíso de Cantor: un sistema completamente nuevo de números aleph, de infinitos más allá de toda medida, interminable —en un muy marcado sentido de interminable. Surge completamente natural de un principio simple: que la técnica de ‘hacer coincidir’ es todo lo que se necesita para colocar los cimientos lógicos de la aritmética. Ahora, la mayoría de los matemáticos activos coinciden con Hilbert, y las ideas inicialmente asombrosas de Cantor han sido hiladas en la misma tela de la matemática.

Los magos no sólo tienen que lidiar con la matemática del infinito. También se están enredando en la física. Aquí surgen cuestiones completamente nuevas sobre el infinito. ¿Es el universo finito o infinito? ¿Qué tipo de finito o infinito? ¿Y qué hay de todos esos universos paralelos de los que siempre están hablando los cosmólogos y los teóricos cuánticos? Incluso si cada universo es finito, ¿podría haber una cantidad infinita de universos paralelos?
De acuerdo con la actual cosmología, lo que normalmente pensamos como universo es finito. Empezó como un único punto en el Big Bang, y luego se expandió a un ritmo finito durante unos 13 mil millones de años, de modo que debe ser finito. Por supuesto, podría ser infinita y finamente divisible, sin límite inferior al tamaño de las cosas, exactamente como la línea o el plano matemático... pero hablando en mecánica cuántica hay una precisa granulación bajo la constante de Planck, de modo que el universo tiene una cantidad muy grande, pero finita, de estados cuánticos posibles.
La versión de ‘muchos mundos’ de la teoría cuántica fue inventada por el físico Hugh Everett como una manera de conectar la visión cuántica del mundo con nuestra visión ‘sensible’ de todos los días. Sostiene que siempre que pueda hacerse una elección —por ejemplo, si el espín de un electrón sea hacia arriba o hacia abajo, o si un gato está vivo o muerto— el universo no hace simplemente una elección y abandona todas las alternativas. Así es como nos parece a nosotros, pero realmente el universo hace todas elecciones posibles. Innumerables ‘alternativas’ o mundos ‘paralelos’ se ramifican del que percibimos. En esos mundos, ocurren cosas que no ocurren aquí. En uno de ellos, Adolf Hitler ganó la Segunda Guerra Mundial. En otro, usted comió anoche una aceituna adicional en la cena.
Narrativamente hablando, la descripción de muchos mundos de la esfera cuántica es una delicia. Ningún escritor en busca de una grandiosa jerga científica que justifique la aparición de personajes en argumentos alternativos —nos confesamos culpables— tiene la posibilidad de resistirse.
El problema es que, como ciencia, la interpretación de muchos mundos está algo sobrestimada. Indudablemente, la manera habitual de describirla es engañosa. De hecho, demasiado de la física de los universos múltiples es generalmente explicada de una manera engañosa. Es una pena, porque vuelve trivial un profundo y hermoso conjunto de ideas. La sugerencia de que exista un universo real, de algún modo adyacente al nuestro, donde Hitler derrota a los aliados, es una gran salida para muchas personas. Parece demasiado absurdo incluso para que valga la pena considerarlo. «Si de eso se trata la física moderna, preferiría que mis dólares de impuestos vayan hacia algo útil, como la reflexología».
La ciencia ‘del’ multiverso es fascinante —hay numerosas alternativas, cuál es la apropiada. Un poco de ella incluso es útil.
Y un poco —no necesariamente la parte útil— podría incluso ser verdadero. Sin embargo, trataremos de convencerlo, no sobre la parte de Hitler.

Todo empezó con el descubrimiento de que el comportamiento cuántico podía ser representado matemáticamente como una Gran Suma. Lo que en realidad ocurre es la suma de todas las cosas que podrían haber ocurrido. Richard Feynman lo explicó con su habitual claridad extrema en su libro QED (Electro Dinámica Cuántica, no Euclidiana). Imagine un fotón, una partícula de luz, que rebota de un espejo. Puede descubrir la trayectoria que el fotón sigue ‘por la suma’ de todas las trayectorias posibles que podría haber tomado. Lo que usted realmente suma son los niveles de luminosidad, las intensidades de la luz, no las trayectorias. Una trayectoria es una cinta concentrada de luminosidad, y aquí esa cinta golpea el espejo y rebota en el mismo ángulo.
Esta técnica de ‘suma de historias’ es una consecuencia matemática directa de las reglas de la mecánica cuántica, y no hay nada objetable o ni siquiera muy sorprendente en ella. Funciona porque todas las trayectorias ‘equivocadas’ interfieren con todas las otras, y entre ellas no aportan prácticamente nada a la suma del conjunto. Todo lo que sobrevive, cuando llegan los totales, es la trayectoria ‘correcta’. Usted puede tomar este inobjetable hecho matemático y vestirlo con una interpretación física. Concretamente: la luz toma en realidad todas las trayectorias posibles, pero lo que observamos es la suma, de modo que sólo vemos la única trayectoria en que el ‘rayo’ de luz golpea el espejo y rebota otra vez en el mismo ángulo.
Esa interpretación tampoco es terriblemente inadmisible, filosóficamente hablando, pero está al borde de un territorio que lo es. Los físicos tienen el hábito de tomar las descripciones matemáticas literalmente —no las conclusiones, sino los pasos empleados para conseguirlas. Llaman a esto ‘pensar físicamente’, pero en realidad es lo contrario: equivale a proyectar cifras matemáticas sobre el mundo real... ‘cosificando’ las abstracciones, dotándolas de realidad.
No estamos diciendo que no funcione —a menudo lo hace. Pero la cosificación tiende a hacer de los físicos unos malos filósofos, porque olvidan que lo están haciendo.
Un problema de ‘pensar físicamente’ es que a veces hay varias maneras matemáticamente equivalentes para describir alguna cosa —diferentes maneras de decir exactamente lo mismo en lenguaje matemático. Si una de ellas es verdadera, todas lo son. Pero, sus naturales interpretaciones físicas pueden ser inconsistentes.
Un buen ejemplo surge en la mecánica clásica (no-cuántica). Una partícula en movimiento puede ser descrita usando (una de) las leyes de Newton del movimiento: la aceleración de la partícula es proporcional a la fuerza que actúa sobre ella. Alternativamente, el movimiento puede ser descrito en términos de un ‘principio de variación’: relacionado con la trayectoria de cada partícula posible hay una cantidad llamada ‘acción’. La verdadera trayectoria que sigue la partícula es la que hace la acción tan pequeña como sea posible.
La equivalencia lógica de las leyes de Newton y el principio de la acción mínima son un teorema matemático. No se puede aceptar una sin aceptar la otra, a nivel matemático. No se preocupe por qué es la ‘acción’. Aquí no importa. Lo que importa es la diferencia entre las interpretaciones naturales de estas dos descripciones lógicamente idénticas.
Las leyes del movimiento de Newton son reglas locales. Lo que la partícula hace después, aquí y ahora, está completamente determinado por la fuerza que actúa sobre ella, aquí y ahora. No se necesita de ninguna previsión ni inteligencia; sólo seguir obedeciendo las reglas locales.
El principio de la acción mínima tiene un estilo diferente: es global. Nos dice que para moverse de A hasta B, la partícula debe de algún modo considerar la totalidad de todas las trayectorias posibles entre esos puntos. Debe descubrir la acción relacionada con cada trayectoria, y encontrar cuál de ellas tiene la acción más pequeña. Este ‘cálculo’ es no-local, porque involucra la trayectoria(s) entera, y en cierto sentido tiene que ser llevado a cabo antes de que la partícula sepa dónde ir. De modo que en esta interpretación natural de la matemática, la partícula parece estar dotada con una milagrosa previsión y habilidad para elegir, un rudimentario tipo de inteligencia.
¿Entonces cuál es? ¿Un mecánico terrón de materia que obedece las reglas locales a medida que se mueve? ¿O una entidad cuasi-inteligente con vastos poderes computacionales, que tiene la previsión para elegir, entre todas las trayectorias posibles que podría haber tomado, precisamente la única que minimiza la acción?
Nosotros sabemos qué interpretación elegiríamos.
Curiosamente, el principio de la acción mínima es una analogía mecánica del método de suma de historias de Feynman en óptica. Los dos están realmente muy cerca. Sí, se puede formular la matemática de la mecánica cuántica de una manera que parece implicar que la luz sigue todas las trayectorias posibles y las suma. Pero no está obligado a aceptar esa descripción como la real física del mundo real, incluso si la matemática funciona.

Los entusiastas de los muchos mundos aceptan esa descripción: de hecho, la llevan mucho más lejos. No la historia de un único fotón rebotando de un espejo, sino la historia del universo entero. Es, también, una suma de todas las posibilidades —usando la función onda cuántica del universo en lugar de la intensidad de la luz debida al fotón—, así del mismo modo podemos interpretar la matemática de una manera similar y dramática. Concretamente: el universo hace todas las cosas posibles. Lo que observamos es lo que ocurre cuando se suman todas esas posibilidades.
Por supuesto, también hay una interpretación menos dramática: el universo avanza lentamente obedeciendo las leyes locales de la mecánica cuántica, y hace exactamente una cosa... lo que resulta, por razones puramente matemáticas, igual a la suma de todas las cosas que podría haber hecho.
¿Qué interpretación acepta usted?
Matemáticamente, si una es la ‘correcta’ entonces también lo es la otra. Físicamente, sin embargo, llevan implicancias muy diferentes sobre cómo funciona el mundo. Nuestra idea es que, como con la partícula clásica, su equivalencia matemática no necesita que uno acepte su verdad física como descripciones de la realidad. Sólo la equivalencia de las leyes de Newton con el principio de la acción mínima nos obliga a creer en partículas inteligentes que pueden predecir el futuro.
La interpretación de muchos mundos de la mecánica cuántica, entonces, descansa en terreno difícil aunque sus fundamentos matemáticos son impecables. Pero la habitual presentación de esa interpretación va más lejos, añadiendo una abultada dosis de narrativium. Es esto precisamente lo que resulta atractivo a los escritores de ciencia ficción, pero es una pena que estire la interpretación mucho más allá del punto límite.
Lo que generalmente nos dicen es esto. A cada instante del tiempo, siempre que tenga que hacerse una elección, el universo se divide en una serie de ‘mundos paralelos’ en los cuales cada una de las elecciones ocurre. Sí, en este mundo uno se levantó, comió hojuelas de maíz para desayunar, y fue a trabajar. Pero en algún lugar ‘ahí afuera’ en la inmensidad del multiverso, hay otro universo en el que uno comió arenques ahumados para desayunar, lo cual hizo que uno saliera de casa un minuto después, de modo que cuando cruzó la calle tuvo una discusión con un autobús, y perdió, mortalmente.
Lo que aquí está equivocado no es, aunque sea extraño, la discusión de que este mundo sea ‘realmente’ una suma de muchos otros. Quizás lo sea a un nivel cuántico de descripción. ¿Por qué no? Pero está equivocado al describir esos mundos alternativos en términos humanos, como situaciones donde todo sigue una narrativa que tiene sentido en la mente humana. Como mundos donde ‘autobús’ o ‘arenque ahumado’ tienen algún significado. Y es aún menos justificable pretender que cada uno de esos mundos paralelos es una variante menor de éste, en el que algún nivel de elección humana ocurre de manera diferente.
Si esos mundos paralelos existen, son descritos cambiando varios componentes de una función de onda cuántica cuya complejidad está más allá de la comprensión humana. Los resultados no necesitan parecerse a situaciones humanamente comprensibles. Exactamente como el sonido de un clarinete puede ser descompuesto en tonos puros, pero la mayoría de las combinaciones de esos tonos no corresponden a ningún clarinete.
Los componentes naturales del mundo humano son autobuses y arenques ahumados. Los componentes naturales de la función de onda cuántica del mundo no son las funciones de onda cuántica de autobuses y arenques ahumados. Son totalmente diferentes, y tallan la realidad de una manera diferente. Voltean espines de electrón, rotan polaridades, cambian fases cuánticas.
No convierten hojuelas de maíz en arenques ahumados.
Es como tomar una historia y hacer cambios aleatorios en las letras, cambiando palabras, probablemente cambiando las instrucciones que la impresora usa para hacer las letras, de modo que no correspondan a ningún alfabeto conocido por la humanidad. En lugar de empezar con el himno nacional de Ankh-Morpork y llegar a la Canción del Erizo, uno sólo llega a un revoltijo sin sentido. Lo cual quizás es perfecto.

De acuerdo con Max Tegmark, en un escrito en el número de mayo de 2003 de Scientific American, actualmente los físicos reconocen cuatro niveles distintos de universos paralelos. En el primer nivel, alguna región distante del universo reproduce lo que está ocurriendo en nuestra propia región, casi exactamente. El segundo nivel involucra ‘burbujas’ más o menos aisladas, universos bebés, en los cuales varios atributos de las leyes físicas, como la velocidad de la luz, son diferentes, aunque las leyes básicas son iguales. El tercer nivel es el paralelismo cuántico de muchos mundos de Everett. El cuarto incluye universos con leyes físicas radicalmente diferentes —no simples variaciones sobre el tema de nuestro propio universo, sino sistemas totalmente distintos a los descritos por todas las estructuras matemáticas concebibles.
Tegmark hace un intento heroico para convencernos de que todos estos niveles realmente existen —que producen pronósticos probables, que son científicamente falseables si están equivocados, etcétera. Incluso logra reinterpretar la Navaja de Occam, el principio filosófico de que las explicaciones deben ser mantenidas tan simples como sea posible, para respaldar su opinión.
Todo esto, tan especulativo como parece, es buena cosmología y física de frontera. Es exactamente la clase de teoría que La Ciencia de Mundodisco debería discutir: imaginativa, increíble, desafiante. Sin embargo, hemos llegado a la renuente conclusión de que los argumentos tienen serias fallas. Es una pena, porque el concepto de mundos paralelos chorrea tanto narrativium que haría de cualquier escritor de ciencia ficción un babeante perro de Pavlov.
Resumiremos los puntos principales de Tegmark, describiremos algunas de las evidencias que cita en su favor, ofreceremos algunas críticas, y le dejaremos que usted se forme su propia opinión.
El nivel 1 de mundos paralelos surge si —porque— el espacio es infinito. No mucho antes le dijimos que es finito, porque el Big Bang ocurrió hace un tiempo finito de modo que no ha tenido tiempo de expandirse hasta la extensión de infinito. Aparentemente, sin embargo, los datos sobre el fondo de microondas cósmicas no sostienen un universo finito. Aunque uno finito muy grande generaría los mismos datos.
«¿Hay una copia de usted leyendo este artículo?», pregunta Tegmark. Suponiendo que el universo sea infinito, nos dice que «incluso los eventos más improbables deben tener lugar en algún lugar». Una copia de usted es más probable que muchas, de modo que debe ocurrir. ¿Dónde? Un cálculo directo indica que ‘uno tiene un gemelo en una galaxia aproximadamente a 10 a la potencia 10^21 metros desde aquí’. No 10^21 metros, que ya es 25 veces el tamaño del universo actualmente observable, sino 1 seguido de 1.028 ceros. No sólo eso: una copia completa de (la parte observable de) nuestro universo debe existir aproximadamente a 10 a la potencia 10^118 metros de distancia. Y más allá de eso...
Necesitamos de una buena manera para hablar de los números muy grandes. Los símbolos como 10^118 son demasiado formales. Escribir todos los ceros no tiene sentido, y es generalmente imposible. El universo es grande, y el multiverso es considerablemente más grande. Ponerle números a lo que es tan grande no es enteramente sencillo, y encontrar algo que también pueda ser escrito es aun más difícil.
Afortunadamente, ya hemos solucionado ese problema con nuestra anterior convención: si ‘umpty’ es cualquier número, entonces ‘umptyplex’ representará 10^umpty, que es 1 seguido por umpty ceros.
Cuando umpty = 118 obtenemos 118plex, que es más o menos la cantidad de protones en el universo. Cuando umpty es 118plex obtenemos 118plexplex, que es el número en el que Tegmark nos pide que pensemos, 10 a la potencia de 10 a la potencia de 118. Esos números surgen porque un ‘volumen Hubble’ de espacio —uno del tamaño del universo observable— tiene una gran cantidad, pero finita, de estados cuánticos posibles.
El mundo cuántico es granular, con un límite inferior donde el espacio y el tiempo pueden estar divididos. De modo que una región bastante grande de espacio contendrá una cantidad tan vasta de volúmenes Hubble que puede contener a cada uno de esos estados cuánticos. Específicamente, un volumen Hubble contiene 118plex protones. Cada uno tiene dos estados cuánticos posibles. Eso quiere decir que hay 2 a la potencia 118plex configuraciones posibles de estados cuánticos de protones. Una de las reglas útiles en este tipo de mega-aritmética es que el número ‘más bajo’ en la pila plexada —aquí 2— puede ser cambiado por algo más conveniente, como 10, sin afectar enormemente el número máximo. Entonces, en números redondos, una región de 118plexplex metros de ancho puede contener una copia de cada volumen Hubble.
El nivel 2 de mundos paralelos surge de la suposición de que el espacio-tiempo es una especie de espuma, en que cada burbuja constituye un universo. La razón principal para creerlo es la ‘inflación’, una teoría que explica por qué nuestro universo es relativísticamente plano. En un período de inflación, el espacio se expande rápidamente, y puede estirarse tanto que los dos extremos de la parte estirada se vuelven independientes entre sí porque la luz no puede llegar de uno al otro con la suficiente velocidad para conectarlos causalmente. De modo que el espacio-tiempo termina como una espuma, y cada burbuja tiene probablemente su propia variante de las leyes de la física —con la misma forma matemática básica, pero con constantes diferentes.
Los mundos paralelos de nivel 3 son los que aparecen en la interpretación de muchos mundos de la mecánica cuántica, que ya hemos abordado.
Todo lo descrito hasta ahora palidece hasta la insignificancia cuando llegamos al nivel 4. Aquí, los varios universos involucrados pueden tener leyes de la física radicalmente diferentes entre sí. Tegmark nos dice que aquí existen todas las estructuras matemáticas concebibles:

¿Y qué hay de un universo que obedece las leyes de la física clásica, sin efectos cuánticos? ¿Y qué hay del tiempo que viene en pasos discontinuos, como en las computadoras, en lugar de ser continuo? ¿Y qué hay de un universo que es sólo un dodecaedro vacío? En el nivel N del multiverso, todas estas realidades alternativas en efecto existen.

¿Pero es así?

En la ciencia, uno consigue las evidencias de las observaciones o de los experimentos.
Las pruebas de observación directa de la hipótesis de Tegmark son completamente imposibles, por lo menos hasta que alguna extraordinaria tecnología de viaje espacial aparezca. El universo observable no se extiende más allá que 27plex metros de la Tierra. Un objeto (incluso del tamaño de nuestro universo visible) que esté a una distancia de 118plexplex metros no puede ser observado ahora, y ninguna mejora concebible de la tecnología puede soslayarlo. Sería más fácil para una bacteria observar el universo conocido entero que para un ser humano observar un objeto a una distancia de 118plexplex metros.
Estamos a favor del argumento de que la imposibilidad de pruebas experimentales directas no convierte en no-científica a la teoría. No hay ninguna manera directa de probar la existencia previa de los dinosaurios, o el cronometraje (o la ocurrencia) del Big Bang. Inferimos estas cosas de pruebas indirectas. Entonces, ¿qué pruebas indirectas hay del espacio infinito y copias distantes de nuestro propio mundo?
Tegmark dice que el espacio es infinito porque el fondo de microondas cósmicas nos lo dice. Si el espacio fuera finito, entonces aparecerían vestigios de esa cualidad finita en las propiedades estadísticas del fondo cósmico y en las varias frecuencias de radiación que lo forman.
Éste es un curioso argumento. Hace apenas un año, algunos matemáticos usaron ciertos rasgos estadísticos del fondo de microondas cósmicas para deducir que no sólo el universo es finito, sino que su forma se parece un poco a una pelota de fútbol. Hay escasez de radiaciones de longitud de onda muy larga, y la mejor razón para no encontrarlas es que el universo es demasiado pequeño para contener tales longitudes de onda. Exactamente como una cuerda de guitarra de un metro de largo no puede soportar una vibración con una longitud de onda de 100 metros —no hay lugar para encajar la onda en el espacio disponible.
El otro punto principal de evidencias es de una naturaleza muy diferente —no una observación como tal, sino una observación sobre cómo interpretamos las observaciones. Los cosmólogos que analizan el fondo de microondas para descubrir la forma y el tamaño del universo habitualmente informan sobre sus resultados en la forma ‘hay una probabilidad de uno en mil de que tal forma y tal tamaño podrían ser compatibles con los datos’. Significa que con una probabilidad del 99,9% descartamos ese tamaño y esa forma. Tegmark nos dice que una manera de interpretarlo es que al menos un volumen Hubble en mil, de ese tamaño y forma, presentaría los datos observados. «La lección es que la teoría del multiverso puede ser probada y falseada incluso cuando no podemos ver los otros universos. La clave es predecir cuál es el conjunto de universos paralelos y especificar una distribución de probabilidad sobre ese conjunto.»
Éste es un argumento extraordinario. Fatalmente, confunde los volúmenes Hubble reales con los potenciales. Por ejemplo, si el tamaño y la forma en estudio es ‘una pelota de fútbol de 27plex metros de diámetro’ —una conjetura justa para nuestro propio volumen Hubble—, entonces la probabilidad ‘uno en mil’ es un cálculo basado en un potencial conjunto de mil pelotas de fútbol de ese tamaño. No son parte de un único universo infinito: son distintos ‘puntos’ conceptuales en un espacio fase de grandes pelotas de fútbol. Si uno viviera en tal pelota de fútbol e hiciera tales observaciones, entonces uno esperaría obtener los datos observados en aproximadamente una ocasión en mil.
No hay nada en esta declaración que nos obligue a deducir la real existencia de esas mil pelotas —y menos aun embeber el montón en un único espacio más grande, que es lo que nos pide hacer. En efecto, Tegmark nos está pidiendo que aceptemos un principio general: que siempre que uno tiene un espacio fase (los estadísticos dirían un espacio muestra) con una bien definida distribución de probabilidades, entonces todo en ese espacio fase debe ser real.
Esto está sencillamente equivocado.
Un ejemplo simple nos muestra por qué. Suponga que lanza una moneda cien veces. Consigue una serie de lanzadas algo como CCSSSCC ... CSS. El espacio fase de todas las posibles lanzadas contiene precisamente 2.100 secuencias. Asumiendo que la moneda sea buena, hay una manera sensata de atribuir una probabilidad a cada una de esas secuencias —concretamente la oportunidad de obtenerla es 1 en 2.100. Y se puede probar esa ‘distribución’ de probabilidades de varias maneras indirectas. Por ejemplo, se puede llevar a cabo un millón de experimentos, cada uno con una serie de 100 lanzadas, y contar qué proporción tiene 50 caras y 50 secas, o 49 caras y 51 secas, como sea. Tal experimento es enteramente viable.
Si el principio de Tegmark fuera correcto, ahora nos dice que todo el espacio fase de las secuencias de lanzar moneda realmente existe. No como un concepto matemático, sino como una realidad física.
Sin embargo, las monedas no se lanzan solas. Alguien tiene que hacerlo.
Si se pudieran lanzar 100 monedas por segundo, se necesitarían unos 24plex años para generar 2.100 experimentos. Eso es más o menos 100 billones de veces la edad del universo. Las monedas han existido sólo unos pocos miles de años. El espacio fase de todas las secuencias de 100 lanzadas de moneda no es real. Existe sólo como potencial.
Ya que el principio de Tegmark no funciona para las monedas, no tiene sentido suponer que funcione para los universos.
La evidencia propuesta a favor del nivel 4 de mundos paralelos es aun más pobre. Equivale a una apelación mística al famoso comentario de Eugene Wigner sobre ‘la poco habitual eficacia de la matemática’ como una descripción de la realidad física. En efecto, Tegmark nos dice que si podemos imaginar algo, entonces tiene que existir.
Podemos imaginar un hipopótamo púrpura montando una bicicleta a lo largo del borde de la Vía Láctea mientras canta Monteverdi. Sería encantador si significara que tiene que existir, pero en algún momento se necesita un control de realidad.

No queremos dejarlo con la impresión de que disfrutamos al volcar agua fría sobre cada intento imaginativo de expresar un sentimiento para algunos de los notables conceptos de la cosmología y la física modernas. Así que terminaremos con un agregado muy reciente al establo de mundos paralelos, que tiene algunas cosas a favor. Quizás sin sorprendernos, lo principal a su favor, y no corriente, es una pizca de evidencia experimental.
La nueva teoría en el edificio es la teoría de cuerdas. Provee una respuesta filosóficamente sensata a la antiquísima pregunta: ¿por qué estamos aquí? Y lo hace invocando los gigantescos números de los universos paralelos.
Es mucho más cuidadosa en cómo los maneja.
Nuestra fuente es un artículo, Panorama de la Teoría de Cuerdas de Raphael Bousso y Joseph Polchinski, publicado en el ejemplar de septiembre de 2004 de Scientific American —un número especial sobre Albert Einstein.
Si hay un único problema que ocupa el corazón de la física moderna, es el de unificar la mecánica cuántica con la relatividad. Esta búsqueda de una ‘teoría de todo’ es necesaria porque aunque ambas teorías son extraordinariamente exitosas al ayudarnos a comprender y predecir varios aspectos de la naturaleza, no son totalmente consistentes entre sí. Encontrar una teoría unificada es difícil, y todavía no la tenemos. Pero hay un intento matemáticamente atractivo, la teoría de cuerdas, que es conceptualmente atractivo aunque no haya evidencias observacionales de ella.

La teoría de cuerdas sostiene que lo que habitualmente consideramos puntos individuales en el espacio-tiempo, puntos adimensionales sin estructura interesante propia, son en realidad superficies multidimensionales muy, muy pequeñas y con formas complejas. La analogía estándar es una manguera. Vista desde lejos, una manguera parece una línea, lo cual es un espacio unidimensional —la dimensión es la distancia a lo largo de la manguera. Mírela desde cerca, en cambio, y verá que la manguera tiene dos dimensiones adicionales, perpendiculares a la línea, y que su forma en esas direcciones es una cinta circular.
Quizá nuestro propio universo sea un poco como esa manguera. A menos que lo veamos de cerca, todo lo que percibimos son tres dimensiones espaciales más una temporal —relatividad. En esas dimensiones solas se observa una enorme cantidad de física, de modo que los fenómenos de esta clase tienen una elegante descripción cuadridimensional —relatividad otra vez. Pero pueden estar pasando otras cosas a lo largo de las dimensiones adicionales “escondidas”, como el grosor de la manguera. Por ejemplo, suponga que en cada lugar del espacio-tiempo aparentemente cuadridimensional, lo que parece un punto sea realmente un círculo diminuto, perpendicular al propio espacio-tiempo. Este círculo podría oscilar. Si lo hace, recordaría a la descripción cuántica de una partícula. Las partículas tienen varios “números cuánticos”, como el espín. Estos números se presentan como múltiplos enteros de una cantidad básica. Lo mismo pasa con las oscilaciones de un círculo: cada onda cabe una vez en el círculo, o dos, o tres... pero no dos y cuarto, por decir.
Es por eso que se llama ‘teoría de cuerdas’. Cada punto del espacio-tiempo es reemplazado por un diminuto bucle de cuerda.
Para reconstruir algo que concuerde con la teoría cuántica, sin embargo, en realidad no podemos usar una cuerda circular. Hay demasiados números cuánticos diferentes y gran abundancia de otros problemas por superar. La sugerencia es que, en vez de un círculo, tengamos que utilizar una forma más compleja y con más dimensiones conocida como “brana”. Piénselo como una superficie. Existen varios tipos topológicos distintos de superficies: una esfera, una rosquilla, dos rosquillas unidas, tres rosquillas... y en más de dos dimensiones hay posibilidades más exóticas.
Las partículas corresponden a diminutas cuerdas cerradas que se enrollan alrededor de la brana. Existen montones de formas diferentes de enrollar una cuerda alrededor de una rosquilla —atravesando el hueco una vez, dos, tres... Las leyes físicas dependen de la forma de la brana y de los caminos seguidos por las cuerdas.
La brana preferida actualmente tiene seis dimensiones, lo que suma diez en total. Las dimensiones adicionales se piensan rizadas de forma muy apretada, en espacios menores a la longitud de Planck, que es la escala en la cual el universo se vuelve granulado. Es virtualmente imposible observar nada tan pequeño, debido a que la granulosidad esfuma todo y no pueden verse los detalles. Así que no hay esperanzas de observar ninguna dimensión adicional directamente. Sin embargo, hay varias maneras de inferir su presencia de modo indirecto. De hecho, la aceleración descubierta recientemente en la tasa de expansión del universo puede explicarse de esta manera. Por supuesto, esta explicación podría no ser correcta: necesitamos más evidencias.
Las ideas aquí cambian casi de día en día, de modo que no tenemos que comprometernos con el sistema predilecto de seis dimensiones. Podemos considerar cualquier cantidad de branas diferentes y cuerdas acomodadas de distinta forma. Cada elección —llamémosle brana rizada— tiene una energía particular en relación con la forma de la brana, con la presión del rizado y con la compacidad de las cuerdas a su alrededor. Esta energía es la “energía del vacío” de la teoría física asociada. En la mecánica cuántica, el vacío es un montón hirviente de partículas y antipartículas que existen por un instante antes de colisionar y aniquilarse por parejas. La energía del vacío mide la violencia con que hierven. Podemos usar la energía del vacío para deducir a qué brana rizada corresponde nuestro universo, cuya energía del vacío es extraordinariamente pequeña. Hasta hace poco se pensaba que era cero, pero ahora se cree que es aproximadamente 1/120plex unidades, donde una unidad es una masa de Planck por longitud cúbica de Planck, lo que es un googol de gramos por metro cúbico.
Nos encontramos ahora con una historia cósmica de los “tres osos”. Papá Oso prefiere una energía del vacío mayor que + 1/118plex unidades, pero tal espacio-tiempo estaría sujeto a expansiones locales mucho más energéticas que las de una supernova. Mamá Osa prefiere una energía del vacío menor a -1/120plex unidades (note el signo menos), pero entonces el espacio-tiempo se contraería en un crujido cósmico y desaparecería. Bebé Osito y Ricitos de Oro prefieren una energía del vacío “perfecta”: en algún lugar dentro del increíblemente pequeño rango entre + 1/118plex y – 1/120plex unidades. Ésta es la zona dorada en la que la vida tal como la conocemos podría existir.
No es casualidad que vivamos en un universo cuya energía del vacío esté en la zona dorada, porque somos vida tal como la conocemos. Si viviéramos en cualquier otra clase de universo, seríamos vida tal como no la conocemos. No es imposible, pero no seríamos nosotros.
Éste es nuestro viejo amigo el principio antrópico, usado de forma totalmente sensata para relacionar la forma en que funcionamos con la clase de universo que necesitamos para funcionar. La pregunta clave aquí no es “¿por qué vivimos en un universo como éste?”, sino “¿por qué existe un universo como éste para que nosotros vivamos en él?” Es el polémico asunto de la adaptación cosmológica, y la improbabilidad de un universo aleatorio que haya acertado justamente los números correctos se suele usar a menudo para demostrar que algo —siempre dicen “No lo sabemos, podría ser un extraterrestre”, pero lo que realmente piensan es “Dios”— debe haber preparado nuestro universo exactamente para nosotros.
Los teóricos cuerdistas está hechos de un material más fuerte, y tienen una respuesta más sensata.
En el año 2000, Bousso y Polchinski combinaron la teoría de cuerdas con una idea previa de Steven Weinberg para explicar por qué no debería sorprendernos que exista un universo con el nivel correcto de energía del vacío. Su idea básica es que el espacio de fase de universos posibles es absolutamente gigantesco. Es mayor que, digamos, 500plex. Estos 500plex universos distribuyen sus energías del vacío densamente en el intervalo de -1 a +1 unidades. Los números resultantes están mucho más apiñados que las 1/118plex unidades que determinan la escala del rango de energías del vacío “aceptables” para la vida tal como la conocemos. Mientras que sólo una diminuta proporción de estos 500plex universos se encuentran dentro de ese rango, hay tantos de ellos que incluso una diminuta proporción es todavía gigantesca —aquí, unos 382plex. De modo que una cantidad colosal de 382plex universos, de un espacio de fase de 500plex branas rizadas, es capaz de sustentar nuestra clase de vida.
Sin embargo, todavía es una proporción muy pequeña. Si uno toma una brana rizada al azar, la probabilidad de que no esté dentro de la zona dorada es abrumadoramente grande.
No hay problema. Los teóricos cuerdistas tienen una respuesta para eso. Si uno espera el tiempo suficiente, tal universo necesariamente empezará a existir. De hecho, todos los universos en el espacio de fase de las branas rizadas finalmente se convertirán en el “verdadero”. Y cuando la brana rizada del universo verdadero entre en la zona dorada, sus habitantes no sabrían nada de toda esta espera. Su sentido del tiempo comenzará a partir del instante en el que su brana rizada particular suceda.
La teoría de cuerdas no sólo nos dice que estamos aquí porque estamos aquí —nos explica por qué un “aquí” tan adecuado debe existir.
La razón por la que todos esos 500plex universos pueden legítimamente ser considerados “verdaderos” en teoría de cuerdas proviene de dos características de la teoría. La primera es una forma sistemática de describir todas las posibles branas rizadas que podrían ocurrir. La segunda invoca un poco de cuántica para explicar por qué, a largo plazo, ellas ocurrirán. Brevemente: el espacio fase de las branas rizadas puede representarse como un “panorama de energía”, al que llamamos branarama. Cada posición en el panorama corresponde a una elección posible de brana rizada; la altura en ese punto corresponde a la energía del vacío asociada.
Los picos del branarama representan branas rizadas con grandes energías del vacío, los valles representan branas rizadas con pequeñas energías del vacío. Las branas rizadas estables están en los valles. Los universos cuyas dimensiones ocultas se ven como estas particulares branas rizadas son asimismo estables... de modo que son los que pueden existir, físicamente, por más de una fracción de segundo.
En las zonas montañosas del mundo, el terreno es accidentado, lo que significa que tiene muchos picos y valles. Éstos se encuentran más cerca unos de otros que en cualquier otro lugar, pero generalmente se encuentran aislados entre sí. El branarama es realmente muy accidentado, y tiene una enorme cantidad de valles. Pero todas las energías del vacío de los valles deben estar en el rango entre -1 y +1 unidades. Con tantos números a contener, terminan apiñándose unos con otros.
Para que un universo sustente la vida tal como la conocemos, su energía del vacío debe estar en la zona dorada donde todo está bien. Y hay tantas branas rizadas que una enorme cantidad de ellas debe tener energías del vacío que caen allí.
Una cantidad infinitamente mayor caerá fuera del rango, pero no importa.
La teoría tiene una ventaja principal: explica por qué nuestro universo tiene una energía del vacío tan pequeña, sin exigir que sea cero —lo cual, ahora lo sabemos, no es.
La conclusión de todas las matemáticas, entonces, es que cada universo estable se encuentra en algún valle del branarama, y una imponente cantidad de ellos (aunque una mínima proporción del total) está en el rango dorado. Pero todos esos universos son potenciales, no reales. Sólo hay un universo real. Así que, si simplemente tomamos una brana rizada al azar, la probabilidad de que se encuentre en la zona dorada es prácticamente cero. Uno no le apostaría a un caballo con esas probabilidades, menos aún a un universo.
Por fortuna, la vieja cuántica viene a rescatarnos. Los sistemas cuánticos pueden “hacer un túnel”, y lo hacen, desde un valle de energía a otro. El principio de incertidumbre les permite tomar prestada suficiente energía para hacerlo, y luego devolverla tan rápidamente que la incertidumbre correspondiente al tiempo evita que alguien lo note. Así que si uno espera el tiempo suficiente —un umptyplexplexplex de años, quizá, o un umptyplexplexplexplex si fuera demasiado corto— entonces un universo cuántico podrá explorar todos los valles del branarama. En el camino, en alguna etapa, se encontrará en un valle dorado. Entonces surgirá vida como la nuestra y se preguntará por qué está allí.
No tendrá conciencia de los umptyplexplexplexplex años que han pasado en el multiverso: sólo de los pocos miles de millones que han pasado desde que el universo errante cruzó el túnel hacia el rango dorado. Ahora, y solamente ahora, estos habitantes humanoides comenzarán a preguntarse por qué tienen la posibilidad de existir, dadas las ridículas probabilidades en su contra. Eventualmente, si son lo bastante inteligentes, se darán cuenta de que, gracias al branarama y a la cuántica, las verdaderas probabilidades constituyen una certeza absoluta.
Es una hermosa historia, incluso si resulta estar equivocada.



CAPÍTULO 15
Auditores de la realidad
Era una hora después. Los magos estaban formados en hileras a lo ancho del Gran Salón en una variedad de trajes, pero la mayoría en algo que podría llamarse Pantalón Mañanero; a pesar de la opinión de Rincewind sobre la desnudez, una camisa y un pantalón sucios pasarían sin comentarios en muchas eras y países, y conducirían a menos arrestos.
—Correcto, entonces —dijo Ridcully, pasando a grandes zancadas a lo largo de las filas—. ¡Hemos mantenido todo esto muy simple de modo que hasta los profesores puedan comprender! ¡Ponder Stibbons les ha dado sus tareas a todos ustedes! —Se detuvo enfrente de un mago de edad madura—. Tú, señor, ¿quién eres?
—¿No lo sabes, señor? —dijo el mago, asombrado.
—¡Se me ha ido de la mente, hombre! —dijo Ridcully—. ¡Gran universidad, nadie puede esperar que reconozca a todos!
—Soy Buenpenique, señor. Profesor de Horticultura Extrema.
—¿Eres bueno en eso?
—¡Sí, señor!
—¿Algún estudiante?
—¡No, señor! —dijo Buenpenique, con aspecto ofendido.
—¡Eso es lo que me gusta escuchar! ¿Y qué estarás haciendo hoy?
—Primero, parece que seré dejado caer hasta la cintura en una laguna en las, las... —se detuvo, y rebuscó un trozo de papel en su bolsillo—... Islas Keeling, donde atacaré la parte baja de la arena a mi alrededor con este rastrillo —levantó el utensilio—, y luego volveré aquí tan pronto como vea algún humano.
—¿Y cómo harás eso?
—Diré en voz alta, "Regrésame, Hex" —dijo Buenpenique, con agudeza.
—Bien hecho, buen hombre —dijo el Archicanciller. Alzó su voz—. ¡Recuerden eso, todos! ¡Exactamente esas palabras! Escríbanlas si no pueden recordarlas. Hex los traerá de regreso sobre el césped afuera, junto a la construcción. ¡Habrá centenares de ustedes y muchos tienen varias tareas, de modo que no queremos ninguna colisión! Ahora, si...
—Discúlpeme —dijo Buenpenique, levantando una mano.
—¿Sí?
—¿Por qué estaré parado en una laguna por allí con un rastrillo, por favor?
—Porque si no lo hace, Darwin pisará la espina dorsal de un pez sumamente venenoso —dijo Ponder Stibbons—. Ahora...
—Discúlpeme otra vez, por favor —dijo Buenpenique.
—¿Sí?
—¿Por qué no pisaré yo este pez?
—Porque estarás mirando dónde pisas, Sr. Buenpenique —bramó Ridcully.
Pero se había levantado un bosque de otras manos. El único mago que no había alzado una mano era Rincewind, que miraba sus pies tristemente.
—¿De qué se trata todo esto? —dijo el Archicanciller, con irritación.
—¿Por qué tengo que mover una silla seis pulgadas?
—¿Por qué tengo que rellenar un agujero en medio de una pradera?
—¿Por qué tengo que ponerme unos pantalones?
—¿Por qué tengo que llenar un buzón con caracoles hambrientos?
Ponder agitó su tablilla frenéticamente para acallar el clamor.
—Porque de otra manera Darwin se habría caído de una silla, o habría sido lanzado de un caballo, o habría sido golpeado por una piedra lanzada por un alborotador, o una carta poco sabia habría llegado a su destino —dijo—. Pero hay más de dos mil tareas, de modo que no puedo explicar cada una. Algunas de ellas son el principio de una cadena causal muy asombrosa.
—Se supone que desarrollemos mentes inquisitivas, lo sabes —farfulló alguno.
—¡Sí, pero sin considerar la política de la universidad! —dijo Ridcully—. ¡Todos ustedes tienen trabajos muy simples que hacer! ¡Caballeros, el Sr. Stibbons gritará sus nombres, y rápidamente entrarán en el círculo! ¡Todo tuyo, Sr. Stibbons!
Ponder Stibbons recogió una tablilla diferente. Estaba empezando a coleccionar tablillas. Proclamaban orden en un mundo cada vez más difícil de comprender. Es todo lo que alguna vez realmente he querido, pensó. Sólo quiero sentir que las cosas están marcadas apropiadamente.
—Ahora, muchachos —dijo—. Esto no debería ser difícil, como ha dicho el Archicanciller. Si fuera en absoluto posible no hablen con nadie y no toquen nada. Adentro y afuera, ésa es la consigna. Quiero que se haga rápido. Tengo una... teoría sobre eso. De modo que no pierdan tiempo, donde sea que vayan. ¿Estamos todos listos? Muy bien... Aardvarker, Profesor A...
Uno por uno, con confianza o con inquietud o con una mezcla de ambas, los magos entraron en el círculo de luz de Hex y desaparecieron. A medida que lo hacían, pequeños símbolos de magos con sombreros puntiagudos aparecían en varios puntos en la madeja de luces arriba.
Rincewind observaba, lúgubre, y no se unió a la disonante aclamación cuando, uno por uno, círculos rojos empezaron a apagarse.
Antes, Ponder lo había llevado a un costado y le había explicado que, debido a que Rincewind era tan experimentado en este tipo de cosas, le iba a dar cuatro de las más, er, interesantes tareas. Así fue cómo lo dijo: Er, interesante. Rincewind conocía todo sobre "er, interesante". Había un calamar gigante ahí afuera con su nombre escrito, eso significaba.
Un movimiento al final del salón le hizo volver la mirada. Eran un baúl, una caja forrada con metal de la clase preferida por las personas que entierran tesoros, y caminaba sobre cientos de pequeñas piernas rosadas. Gimió. Lo había dejado dormido sobre el ropero en su dormitorio, con los pies en el aire.
—¿Hmm? —dijo.
—¡Rincewind! ¡Ya te vas, la mejor de las suertes! —repetía Ponder—. ¡Apresúrate! —No había nada que hacer. Rincewind entró en el círculo, y cayó mientras la embarcación se movía suavemente debajo de él.

Era el amanecer, y una húmeda neblina de mar cruzaba la cubierta. Los aparejos crujían, el agua lamía lejos, abajo. No había ningún otro sonido. El aire olía caliente y exótico.
Había un pequeño cañón a sólo unos pies de distancia. Rincewind los conocía. Era el único mago que había visto uno, en el Imperio Agatano, donde eran conocidos como "Perros Ladradores". Estaba seguro de que una de las reglas relacionadas con ellos era "no pararse enfrente".
Despacio, metió la mano bajo su camisa y sacó su sombrero puntiagudo. Era rojo, o más bien, era del color en que el rojo se convierte después de ser lavado, comido, recuperado, quemado, enterrado, aplastado, envuelto, lavado otra vez y muy retorcido, demasiado a menudo.
¿Nada de usar sombreros puntiagudos? ¿Estaban locos? Lo estiró un poco para devolverlo a su cómoda forma deforme, y se lo puso. Eso se sentía mucho mejor. Un sombrero puntiagudo significaba que uno no era apenas nadie.
Desenrolló sus instrucciones.

1. Retirar la bola del "cañón'
No veía a nadie por allí. Había una pila de bolas de metal junto al cañón. Rincewind dio vuelta el cañón con algún esfuerzo, palpó adentro del hoyo, y lanzó un gruñido cuando sus dedos tocaron la forma de una bola en el otro extremo.
¿Cómo podía sacarla? La manera de sacar una bola de un Perro Ladrador era ponerle un fósforo en la cola, pero Ponder había dicho que ésa no era una alternativa. Buscó a su alrededor, y vio un bulto de herramientas junto a la pila; una era una vara con un extremo como un súper- sacacorchos.
Con cuidado, lo metió en el cañón, haciendo una mueca ante cada tintineo. Dos veces sintió que las partes curvas y retorcidas enganchaban la bola, y dos veces se soltó y rodó hacia atrás con un ruido sordo.
En el tercer intento pudo sacar la bola casi afuera de la boca del cañón, y deslizó sus dedos por debajo.
Bien, no fue demasiado difícil, ¿verdad? La dejó caer sobre el costado, donde el mar se la comió con un ‘¡plomp!’
Esto no causó ninguna agitación en ningún lugar. ¡Trabajo terminado, y nada horrible había ocurrido en absoluto! Sacó un recorte de papel de su bolsillo. Era importante decir bien las palabras.
—Regrésa... —comenzó, y se detuvo. Con un pequeño y chirriante sonido metálico, otra bola rodó suavemente de la pila, a través de la cubierta, y saltó dentro de la boca del cañón.
—De acuerdo —dijo Rincewind lentamente. Por supuesto. Obviamente. ¿Por qué había pensado de otra manera durante incluso un segundo?
Suspirando, recogió el sujetador de bolas, lo metió por el cañón, pescó la bola, y tiró de ella tan fuerte que habría hecho un ruido delator al golpear la cubierta. Afortunadamente, aterrizó sobre el pie de Rincewind.
Un pequeño sonido metálico lo perturbó mientras yacía sobre el cañón haciendo el tradicional ruido ‘giiiiiii’ de los que gritan a través de los dientes apretados.
Era el ruido de otra bala de cañón que rodaba a través de la cubierta. Saltó sobre ella, la recogió, y sintió una leve resistencia que trataba de sacarla de sus manos. Forcejeó contra la fuerza invisible, dio media vuelta y la bola voló fuera de sus manos y sobre el pasamanos.
Esta vez el ‘¡plomp!’ causó un refunfuño interrogativo desde debajo de las cubiertas.
La última bola que quedaba empezó a rodar hacia el cañón.
—¡Oh, no, tú no! —gruñó Rincewind, y la agarró. Otra vez la fuerza trató de sacarle la bola, pero la sujetó más fuerte.
Escuchó el sonido de pisadas trepando la escalera. En algún lugar cercano, en la niebla, alguien sonaba enfadado.
Entonces, en las nubes enfrente de Rincewind había... algo. No podía distinguir la forma, pero agitaba la niebla, haciendo una especie de boceto. Parecía...
La soltó cuando alguien se acercó corriendo. Rincewind gruñó triunfante, se tambaleó hacia atrás, cayó sobre el pasamanos y, todavía agarrado a la bala de cañón, hizo ‘¡plomp!’.

—¡Mire los círculos rojos, señor! —gritó Ponder.
Erráticamente, en la movediza madeja de luces, los círculos rojos se estaban apagando. La línea amarilla se estaba extendiendo.
—¡Eso es grandioso, Sr. Stibbons! —rugió el Archicanciller—. ¡Sigue machacando!
Los magos iban y venían a través del salón, recibiendo instrucciones frescas, reteniendo la respiración y desapareciendo en el círculo otra vez.
Ridcully cabeceó hacia la camilla que contenía al aullante Buenpenique, mientras era llevado a toda prisa a la enfermería.
—Nunca vi ese matiz de púrpura en una pierna —dijo—. Le dije que mirara dónde pisaba. Me escuchaste, ¿verdad?
—Dice que fue dejado caer justo encima del pez —dijo Ponder—. Me temo que Hex esté funcionando al mismo límite de su potencia, señor. Estamos forzando toda una línea temporal. Uno tiene que esperar algunos accidentes. Algunos de los magos de regreso están apareciendo en la fuente. Tenemos que aceptar que es mejor que si aparecieran dentro de las paredes.
Ridcully inspeccionó la multitud, y dijo:
—Aquí viene uno de la fuente, por el aspecto...
Rincewind entró cojeando, la cara como un trueno, todavía chorreando agua por todos lados, con algo sujeto entre sus manos. A mitad camino del salón un pez saltó de su túnica, en obediencia a las inquebrantables leyes del humor.
Llegó hasta Ponder, y dejó caer la bala de cañón sobre el piso.
—¿Sabes qué difícil es gritar debajo del agua? —demandó.
—Pero veo que has tenido éxito, Rincewind —dijo Ridcully.
Rincewind levantó la mirada. A través de todas las corrientes de agua, los pequeños símbolos puntiagudos de mago aparecían y desaparecían.
—¡Nadie me dijo que se defendería! ¡Se defendió! El cañón trató de cargarse a sí mismo.
—¡Ajá! —dijo Ridcully—. ¡El enemigo se ha descubierto! ¡Estamos casi ahí! Si se están quebran...
—Era un Auditor —dijo Rincewind, con voz plana—. Estaba tratando de permanecer invisible pero vi su contorno en la niebla.
Ridcully se abatió un poco. Algo de euforia se desvaneció de su cara.
—Oh, maldición —dijo, porque un divertido malentendido en su juventud le había llevado a creer que era la peor palabra posible que podía decir.
—No hemos encontrado ninguna evidencia de ellos —dijo Ponder Stibbons.
—¿Aquí? ¿Acaso miramos? No encontraríamos ninguno de todos modos, ¿verdad? —dijo Ridcully—. Aparecerían como una fuerza natural.
—¿Pero cómo podrían existir aquí? ¡Aquí todas esas cosas trabajan por sí solas!
—¿Lo mismo que nosotros? —dijo Rincewind—. E interferirán con cualquier cosa. Ustedes los conocen. Y ellos realmente, pero realmente odian a las personas...

Auditores: personificaciones de cosas que tienen una personalidad que no puede ser imaginada. El viento y la lluvia son animados, y por lo tanto tienen dioses. Pero la personificación de la gravedad, por ejemplo, es un Auditor o, más o menos Auditores. En los universos que funcionan sobre narrativium más o menos automáticamente, son los medios por los cuales las cosas más básicas ocurren.
Los Auditores no son sólo poco imaginativos, encuentran imposible imaginar qué es la imaginación.
Nunca se encuentran en grupos menores de tres, por lo menos durante mucho tiempo. De a uno y de a dos rápidamente desarrollan rasgos de personalidad que los hacen diferentes, que les es fatal. Para un Auditor, tener una opinión diferente de la de sus colegas es segura... cesación. Pero mientras los Auditores individuales no pueden sostener una opinión (porque eso los haría individuales), el conjunto de Auditores ciertamente pueden, y con horrorosa seguridad sostienen que el multiverso sería mucho mejor sin la vida en él. La vida se cruza en el camino, tiende a ser sucia, actúa de manera impredecible e invierte la entropía.

Creen que la vida es un subproducto no deseado. El multiverso sería más confiable si no hubiera ninguna. Por desgracia, hay reglas. No se permite incrementar la gravedad por un millón y aplastar todas las formas de vida al fondo de piedra, aunque parecería ser muy deseable. El solo acto de asaltar formas de vida que simplemente caminan, vuelan, nadan o zumban atraería la atención de la más alta autoridad, a la que los auditores temen.
Son débiles, no muy inteligentes y siempre temerosos. Pero pueden ser sutiles. Y han descubierto que lo maravilloso de la vida inteligente es que con un poco de cuidado puede ser convencida de que se autodestruya.



CAPÍTULO 16
Destino manifiesto
Los magos están descubriendo que cambiar la historia no es tan fácil, incluso cuando tienen una máquina del tiempo. Los Auditores no están ayudando, pero la historia tiene su propio Auditor metafórico, a menudo llamado ‘inercia histórica’.
Inercia es la tendencia innata de los objetos en movimiento a continuar moviéndose a lo largo de la misma trayectoria, incluso si uno trata de desviarlos; es una consecuencia de las leyes del movimiento de Newton. La inercia histórica tiene un efecto similar pero una causa diferente: el cambio de un único evento histórico, sin importar qué tan importante puede parecer, podría no tener ningún efecto importante sobre el contexto social que dirige la trayectoria de la historia.
Imagine que tenemos una máquina del tiempo, y que nos vamos al pasado. No demasiado lejos, sólo hasta el asesinato de Abraham Lincoln. En nuestra historia, el presidente vivió hasta la siguiente mañana, de modo que una diminuta desviación de la bala del asesino podría hacer toda la diferencia. De modo que organizamos una pequeña desviación, y es baleado pero se recupera, sin lesión cerebral perceptible. Cancela un par de citas mientras se recupera, y luego pasa a hacer... ¿qué?
No sabemos nada sobre esa nueva versión de la historia.
¿O lo sabemos? Por supuesto que lo sabemos. No se convierte en un hipopótamo, para empezar, ni en un Modelo T de Ford, ni desaparece. Continúa siendo el presidente Abraham Lincoln, cercado por todas las conveniencias e imposibilidades políticas que existen en nuestra versión de la historia y que todavía existen en la suya.
El escenario contrafactual de un Lincoln vivo plantea muchas preguntas. ¿Piensa usted que ser el presidente estadounidense es como conducir un automóvil, que puede ir a donde quiera? ¿O es sentarse en un tren, observando el terreno por el que otros lo conducen?
En algún lugar entre ambos, sin duda.
Por lo general, no tenemos que pensar mucho en contrafactuales, precisamente porque son contrarios a los hechos. Pero los matemáticos piensan en ellos todo el tiempo —si lo que pienso ocurre que está equivocado, ¿qué puedo deducir que demuestre que está equivocado? Cualquier consideración de espacios fase automáticamente se enreda en los mundos de si. Uno no comprende realmente la historia a menos que intente imaginar lo que podría haber ocurrido si algún evento histórico muy importante no hubiera ocurrido. Ésa es una buena manera de apreciar la trascendencia de ese evento, para empezar.
En ese espíritu, pensemos en ese ‘ahora’ alterado: el comienzo del tercer milenio de la historia de Occidente, pero sin Lincoln asesinado en su pasado. ¿Cómo se llamaría su periódico matutino? ¿Sería diferente? ¿Estaría usted todavía tomando el mismo desayuno ritual, tocino, huevos y una salchicha tal vez? ¿Qué me dice de las Guerras Mundiales? ¿De Hiroshima?
Se ha escrito una cantidad muy grande de historias con este tipo de temática: Los Cazadores de Lincoln, de Wilson Tucker, se instala en un ‘universo alternativo’ como ése y aborda la cuestión de Lincoln.
Cosas curiosas ocurren en nuestra mente cuando le presentan algún mundo ficticio. Considere por un momento el Londres de fines del siglo XIX. Tenía un Jack el Destripador, y podemos preguntarnos quién era ese enigma del mundo real. Tenía un Darwin, un Huxley y un Wallace también. Pero no tenía un Sherlock Holmes, ni un Drácula, ni Nicholas Nickleby, ni un Sr. Polly.[5] Sin embargo, algunas de las mejores descripciones del mundo victoriano están centradas en esos personajes. A veces, las descripciones ficticias intentan poner un brillo humorístico sobre la sociedad del período. Los Picapiedras pusieron un brillo similar sobre la prehistoria humana, tanto que para pensar racionalmente en nuestra evolución debemos extirpar todas esas ideas, que es probablemente una tarea imposible.
Sherlock Holmes y el Sr. Polly eran victorianos exactamente en el mismo sentido en que el tyranosauro y el triceratops de Jurassic Park eran dinosaurios. Cuando imaginamos un triceratops, no podemos evitar el recuerdo de esa verrugosa piel con motas púrpura de Jurassic Park, mientras la bestia yace de costado, respirando en estertor. Y un tyranosauro, en nuestro recuerdo, está corriendo detrás del jeep, balanceando la cabeza como un ave. Cuando imaginamos la Baker Street de fines del siglo XIX es muy difícil no ver a Holmes y a Watson (probablemente en una de sus versiones fílmicas) tomando un cuatro ruedas, de salida a resolver otro crimen. Nuestras imágenes del pasado son una mezcla de figuras históricas legítimas y escenarios poblados por entidades ficticias, y es difícil mantenerlos separados, especialmente cuando las películas y las series de la TV adquieren una mejor tecnología para pegar esas imágenes falsas en nuestra cabeza.
El filósofo George Herbert Mead, en los 30, expresó gran parte de la obvia opinión de que el presente, en un mundo causal, no sólo determina (‘restringe’ si lo prefiere) el futuro, sino que también afecta el pasado, en sólo este sentido: si descubro un nuevo hecho en el presente, entonces el pasado (conceptual) que condujo al nuevo presente también debe haber sido diferente. Mead permitió una interesante manera de ver qué tan buenas son las descripciones de Sherlock Holmes, o del tyranosauro de Jurassic Park. Si mi imagen del presente no es modificada en absoluto por la presencia o la ausencia de un Sherlock Holmes en los 80, o si mi construcción del presente por un proceso evolutivo no es modificada en absoluto al ver Jurassic Park, entonces éstas son invenciones congruentes.
Drácula y los Picapiedras son invenciones incongruentes: si realmente existieron en nuestro pasado, entonces el presente no es lo que pensamos que es. Gran parte de la gracia de las historias de los ‘mundos de si’, y muchas de las ficciones como Los Tres Mosqueteros, está en que muestran causalidades cerradas en nuestro pasado aparente. Si D'Artagnan se hubiera agregado o no a los Mosqueteros y por ello introducido gran parte de la historia causal de Francia del siglo XVII, los niños de los siglos posteriores aprenderían la misma historia en los libros de texto. En última instancia, las ficciones históricas congruentes no tienen ninguna diferencia.
En La Ciencia de Mundodisco II jugamos con esta idea en muchos sentidos: la presencia de los elfos era, para nuestro asombro, compatible con nuestra historia; el anularlos condujo al estancamiento de los humanos y tuvo que ser revertido. En este libro, la interferencia de los magos de la Universidad Invisible en la historia victoriana es tratar de crear una historia, al parecer causada interiormente, donde Darwin escribió El Origen de las Especies y no La Teología de las Especies. Vamos a usar este truco para esclarecer las causalidades de la historia humana.

Para hacerlo de manera convincente, debemos hacer congruentes las intrusiones de Mundodisco, pero incluso entonces debemos abordar el problema de convergencia / divergencia, que es éste. ¿Acaso ese mundo interferido convergería hacia el nuestro, demostrando que la historia es estable; o cualquier diminuta diferencia iniciaría una divergencia que se volvería más y más ancha, demostrando que la historia es inestable?
La mayoría de las personas piensan esto último. Efectivamente, ni siquiera los físicos locamente imaginativos que creen que todas y cada una de las decisiones en este universo crean una nueva historia del mundo, generando nuevos universos en los cuales son implementadas las otras elecciones, imaginan que las historias convergen. No, cada universo sigue su propio camino, salpicando nuevos universos divergentes a medida que avanza. El Pantalón del Tiempo es un árbol: sus perneras pueden bifurcarse pero nunca fusionarse.
Las historias de Los Mundos de Si estaban divididas con respecto a este tema. Algunas hacían un diminuto cambio en el pasado que se amplificaba, resultando en inmensos cambios ahora: hemos mencionado la historia de Bradbury donde alguien pisotea una mariposa en el pasado lejano, en una cacería de dinosaurio, y vuelve para encontrar un régimen fascista. O los cambios que se hicieron fueron todos borrados, porque había un Destino, una gigantesca y todopoderosa inercia de eventos, que no podía cambiar. De cualquier modo que trate de evitar el destino, sólo lo hace más seguro de que ocurra. Y algunas historias tomaron un camino intermedio; algunas cosas convergen y otras no.
Pensamos que ésta es la manera racional de pensar en los viajes en el tiempo y en alterar el pasado.
Después de todo, no cambiamos las reglas sobre las que funciona el pasado. La gravedad todavía opera, los cristales del cloruro de sodio todavía son cúbicos, las personas se enamoran y se separan, los avaros atesoran y los manirrotos despilfarran. Lo que cambiamos es lo que los físicos llaman ‘condiciones iniciales’. Cambiamos las posiciones de algunas de las piezas del Gran Tablero de Ajedrez de la Vida, el Universo y Todo, pero todavía nos atenemos a las reglas del ajedrez. Así es cómo operaron los magos en La Ciencia de Mundodisco II. Volvieron en el tiempo para quitar a los elfos del tablero del juego; entonces volvieron otra vez para evitar que ellos mismos cometieran ese error.
Ahora estamos listos para pensar en nuestra pregunta anterior: ¿Acaso los nombres de los periódicos habrían cambiado si Abraham Lincoln hubiera vivido hasta una avanzada vejez?
Quizás algunos de ellos sí, porque algunas culturas se habrían vuelto algo diferentes. Quizás Québec no sería francesa; quizás Nueva York sería holandesa. Pero los nombres como Daily Mail, Daily News y New York Times son tan obvios, tan apropiados, que incluso si el Imperio Romano estuviera todavía administrando las cosas, los equivalentes en latín parecerían apropiados. Alguien habría inventado los inodoros, y habría habido un tiempo de la máquina a vapor, cuando varias personas inventaron el poder de vapor. Algunas cosas en la cultura occidental parecen muy probables, desde el papel higiénico hasta los periódicos (tan pronto como es inventado el papel), hasta los plásticos, hasta la madera artificial... La tecnología parece tener un conjunto de reglas para su progreso, de modo que parece racional esperar fonógrafos de alguna clase si las personas hacen música con instrumentos musicales, luego casetes cuando las personas se acostumbran a la electricidad y a sus posibilidades de amplificación. Luego desde analógico a digital, a las computadoras... algunas cosas parecen inevitables.
Quizás esta sensación sea engañosa, pero es absurdo insistir en que todo en absoluto en un futuro apenas divergente tiene que resultar diferente.

La evolución orgánica nos ofrece algunas lecciones aquí, y estas lecciones pueden enseñarnos qué tan diversos eran los avances probables en la organización animal. Unas innovaciones como las alas de los insectos, las mandíbulas de los vertebrados, la fotosíntesis, la vida que sale de los mares a la tierra... si corremos la evolución sobre la Tierra otra vez, ¿ocurrirían las mismas cosas? Si volviéramos al origen de la vida en este planeta, y lo matáramos, ¿se desarrollaría otro sistema y nos daría una gama completamente diferente de criaturas, o la Tierra se quedaría sin vida? ¿O seríamos incapaces de determinar si hemos hecho algo, porque todo sería igual la segunda vez?
Si la historia ‘cicatrizara’, no podríamos decir si fue la segunda, o la centésima, o la millonésima vez —cada vez, tarde o temprano, produce una versión de nosotros, cuya máquina del tiempo vuelve al origen. Habría un bucle de tiempo congruente, como ocurrió con los elfos en La Ciencia de Mundodisco II. Si la vida es ‘fácil’ de crear (y las evidencias se ven así) entonces no es un ejercicio de volver y matar a su abuelo, o si lo es, su abuelo es un vampiro y no puede permanecer muerto. Si la vida es fácil de inventar, entonces evitar que ocurra, una o un millón de veces, no hace a la larga ninguna diferencia. El mismo proceso que la generó ocurrirá otra vez.
Mirando el panorama de la vida en este planeta, tanto en tiempo como en espacio, podemos ver que hay dos clases de innovación evolutiva. La fotosíntesis, el vuelo, la piel, el sexo, y los miembros articulados han surgido todos por separado en varios linajes diferentes. Seguramente, como el papel higiénico, esperaríamos verlos de nuevo cada vez que corramos la vida sobre la Tierra.
Y, presumiblemente, los veremos en otros planetas acuosos cuando exploremos nuestra región local de la galaxia. Tales atractores evolutivos son llamados ‘universales’, en contraste con los ‘parroquiales’ o locales: improbables innovaciones que han ocurrido sólo una vez en la historia de la Tierra.
El clásico parroquial es el curioso conjunto de calidades que poseen los vertebrados de tierra, porque una particular especie de peces del Devoniano tuvo éxito al invadir la tierra en nuestra real historia. Los descendientes de esos peces fueron anfibios, reptiles, aves, y mamíferos —incluyéndonos. Los miembros articulados son una innovación universal. Los miembros de las arañas, operados hidráulicamente, difieren en el detalle de los miembros de los mamíferos, y presumiblemente fueron adquiridos vía un antepasado diferente, quizás una proto-araña artrópodo anterior. El esqueleto interno de los mamíferos, con un hueso al final del cuerpo, luego dos, luego una muñeca o tobillo, luego cinco líneas de huesos para dedos, fueron una evolución independiente del mismo truco universal.
Esta altamente improbable combinación ocurre ahora en todos los vertebrados de tierra (excepto la mayoría de los sin patas), porque todos son todos descendientes de esos peces que salieron del agua para colonizar la tierra. Otros parroquiales son las plumas y los dientes (de la clase que evolucionaron a partir de escamas, que es lo que tenemos). Y, en particular, cada uno de los especiales planos de cuerpos que caracterizan a los animales y a las plantas de la Tierra: mamífero, insecto, paramecio, trilobites, calamar, conífera, orquídea... Ninguno de éstos aparecería de nuevo después de una repetición de la historia evolutiva de la Tierra, ni encontraríamos réplicas exactas en otros planetas acuosos.
Esperaríamos que ocurran los mismos procesos, sin embargo, en una corrida repetida de la Tierra o sobre otro mundo similar: una atmósfera lejos del equilibrio químico mientras las formas de vida bombean su química usando la luz; capas de plankton de los mares colonizados por larvas de animales sedimentarios; criaturas voladoras de varios tipos. Tales ecosistemas probablemente también tendrían ‘capas’, una estructura jerárquica, básicamente similar a los ecosistemas que han aparecido en tantas circunstancias diferentes sobre la Tierra. De modo que habría criaturas "parecidas a plantas’, una productiva mayoría de bio-masa (como hierba o alga marina terrestre). Serían recorridas por diminutos animales (ácaros, saltamontes) y por animales más grandes (conejos, antílopes), con unas pocas criaturas muy grandes (elefantes, ballenas). Historias evolutivas comparables resultarían en los mismos dramáticos escenarios, pero representados por actores diferentes.
La lección principal es que, aunque la selección natural tiene una base muy variada con que trabajar (recombinaciones de antiguas mutaciones, surtido de manera diferente en todas esas progenies ‘desperdiciadas’), emergen claros temas a gran escala. Los predadores marinos, como tiburones, delfines, e ictiosauros, todos tienen casi la misma forma de la barracuda, porque la eficiencia hidrodinámica determina que la esbeltez le conseguirá más presas, más baratas. Los linajes muy diferentes de larvas del plankton todos tienen espinas largas u otras extensiones del cuerpo para restringir la tendencia de hundirse o flotar porque su densidad es diferente de la del agua de mar, y la mayoría de ellos también bombean iones adentro y afuera para ajustar su densidad. Tan pronto como las criaturas adquieren sistemas sanguíneos, otras criaturas —sanguijuelas, pulgas, mosquitos— desarrollan herramientas punzantes para aprovecharlo, y diminutos parásitos aprovechan tanto la sangre como comida y a los chupadores de sangre como sistemas postales. Los ejemplos son la malaria, la encefalitis letárgica, y leishmaniasis[6] en seres humanos, y muchas otras enfermedades parasitarias en reptiles, peces, y pulpos.
Los temas a gran escala podrían ser la lección obvia, pero los últimos ejemplos revelan una más importante: los organismos forman mayormente sus propios ambientes, y para un organismo casi todo el contexto importante son otros organismos.

La historia social humana es como la historia evolutiva. Nos gusta organizarla en cuentos, pero no es así como funciona en realidad. La historia, también, puede ser convergente o divergente. Parece muy sensato creer que los pequeños cambios en general se difuminan, o se pierden en el ruido, de modo que se necesitan grandes cambios para desviar el curso de la historia. Pero cualquiera familiarizado con la teoría del caos también esperará que algunas diminutas diferencias produzcan historias divergentes, derivando progresivamente más lejos de lo que podría haber ocurrido de otra manera.
Cambiar la historia es una temática de las historias de viajes en el tiempo, y los dos asuntos se juntan en esas historias llamadas ‘mundos de si’.
Tenemos la muy fuerte sensación de que lo que hacemos, incluso lo que decidimos, cambia la historia. Si decido, ahora, no ir y encontrarme con la Tía Janie en la estación del tren aunque me está esperando porque le dije que lo haría... el universo tomará una ruta diferente de la que habría tomado si hubiera hecho lo esperado. Pero acabamos de ver que incluso salvar a Abraham Lincoln del asesino tendría el más diminuto, el más local, de los efectos. Unos vecinos tales como los alienígenas bolsas-de-gas de Júpiter no notarían en absoluto que Lincoln sobrevivió, o por lo menos no durante un tiempo muy largo. Después de todo, todavía no los hemos notado.
De hecho, ¿cómo lo notarían ellos, o nosotros? ¿Cómo podríamos decir, ‘Espera un minuto, este periódico no debería llamarse Daily Echo... Debe haber habido un viajero del tiempo interfiriendo, de modo que ahora estamos en la pernera equivocada del Pantalón del Tiempo’?
Tía Janie al regresar de la estación no derribará imperios... a menos que usted crea, con The Mistress of Vision, de Francis Thompson, que...
Todas las cosas por inmortal poder
Cerca o lejos...
Ocultamente...
Entre sí conectadas están...
Que tú no puedes sacudir una flor
Sin molestar a una estrella.
Es decir, todas las mariposas contingentes del caos son responsables en cierto sentido de todos los eventos importantes como huracanes y tifones —y los títulos del periódico. Cuando un tifón, o un magnate del periódico, derriba un imperio, ese evento es causado por todo, todas esas mariposas, que le precedieron. Porque el cambio en cualquiera —o quizás sólo en uno de una cantidad muy grande— puede desencadenar el evento importante.
De modo que todo debe ser causado por todo antes de él, no sólo por un delgado cordel de causalidad.
Pensamos en la causalidad como un delgado cordel, una cadena lineal de eventos, conectado al siguiente conectado al siguiente... probablemente porque es la única manera que podemos entender cualquier clase de secuencia causal en nuestra mente. Como veremos, así es como abordamos nuestros propios recuerdos e intenciones, pero nada de esto significa que el universo puede aislar tal cordel causal antecedente de cualquier evento en absoluto, importante o no. Y con seguridad, ‘importante’ o ‘trivial’ son criterios humanos, a menos que el universo realmente ‘difumine’ los cambios más pequeños (sea lo que sea que signifique), y los eventos muy importantes son ésos cuya singular influencia puede ser distinguida en tiempos posteriores.
Porque son historias, comprometidas con la manera en que nuestra mente funciona y no con la manera en que el universo hace su propia causalidad, la mayoría de las historias de viajes en el tiempo suponen que se necesita un gran cambio (localizado) para tener un gran efecto —matar a Napoleón, invadir China... o salvar a Lincoln. Y las historias de viajes en el tiempo tienen otra convención, otra ‘presunción’, porque son historias, más cerca de fi-fi-fo-fum que de la física. Es la línea temporal recordada del viajero. Generalmente la trama depende de que él sea el único en ella. Cuando regresa a su presente recuerda haber pisado la mariposa, o haber matado a su abuelo, o haberle contado a Leonardo sobre los submarinos... pero nadie más es consciente de nada más que de su presente ‘alterado’.

Vayamos de los grandes eventos, causas grandes o pequeñas, a cómo influimos la aparente causalidad en nuestras propias vidas. Hemos inventado un oxímoron muy extraño para describirlo: ‘libre voluntad’. Estas palabras aparecen prominentemente sobre la etiqueta de la lata de lombrices llamada ‘determinismo’. En Inventos de Realidad titulamos el capítulo de la libre voluntad: "Queríamos tener un capítulo sobre la libre voluntad, pero decidimos no hacerlo, de modo que aquí está" para exponer la naturaleza paradójica de toda la idea. El reciente libro de Dennett, La Libertad Evoluciona es un muy poderoso tratamiento del mismo tema. Muestra que con respecto a la ‘libre voluntad’ no importa si el universo, incluyendo los humanos, es determinista. Incluso si podemos hacer sólo lo que debemos, hay maneras de hacer evitable lo inevitable. Incluso si son todas mariposas, si diminutas diferencias determinan caóticamente grandes tendencias históricas, sin embargo las criaturas tan evolucionadas como nosotros podemos tener ‘la única libre voluntad digna de tenerse’, de acuerdo con Dennett. Escribe sobre el acto de esquivar una pelota de béisbol que viene a su cara, y que quizás sea la culminación de una cadena causal que va directo hasta el Big Bang... aún si ayudara a su equipo, podría permitir que golpee su cara.
Pero entonces, lo que decide es: ¿ayudará a su equipo? Ésa no es una elección libre.
Inevitable, evitable.
El mejor ejemplo de Dennett es más antiguo: la nave de Odiseo se acerca a las Sirenas y su canción. De manera inevitable, si sus hombres la escuchan, conducirán la embarcación hacia las rocas. Pero el timonel necesita oír las olas, de modo que parece que no hay ninguna manera de evitar su seducción. Odiseo se hace atar al mástil, mientras todos sus marineros se tapan las orejas con cera de modo que no puedan escuchar a las Sirenas. El asunto esencial para Dennett es que los humanos, y en este planeta probablemente sólo los humanos, han desarrollado algunos estados más allá del observar-y-reaccionar que incluso los animales muy avanzados tienen. Nos observamos a nosotros mismos y a otros observando, por eso obtenemos más contexto donde arraigar nuestro comportamiento incluyendo nuestro comportamiento futuro. Entonces desarrollamos una táctica para etiquetar los resultados imaginarios buenos y malos, exactamente como etiquetamos nuestros recuerdos con etiquetas emocionales. Nosotros, y algunos otros simios —quizás también delfines, quizás incluso algunos loros— desarrollamos una ‘teoría de la mente’, una manera de imaginarnos a nosotros mismos o a otros en escenarios inventados, para anticipar los sentimientos y las respuestas asociados. Entonces aprendimos a usar más de un escenario: ‘Pero por otro lado, si hiciéramos tal o cual cosa, el león no podría atraparnos de todos modos...’, y ese truco pronto se volvió una parte muy importante de nuestra estrategia de supervivencia. También con Odiseo... y la ficción... y particularmente ese minucioso análisis de alternativas hipotéticas que llamamos historia de viajes en el tiempo.
En nuestra mente, podemos sostener muchas historias posibles, como Mead mostró que cada descubrimiento de hoy implica un pasado diferente que conduce a él. Pero si hay alguna manera en que el universo tenga varios pasados (o futuros) posibles es una cuestión mucho más difícil. Hemos argumentado que las vulgarizaciones de la indeterminación cuántica, particularmente el modelo de muchos mundos, se confunden sobre la cuestión. Nos dicen que el universo se ramifica en cada punto de decisión, mientras nosotros pensamos que las personas tienen que inventar una trayectoria causal mental diferente, una historia explicativa diferente, para cada presente o futuro posible.

Antonio Damasio ha escrito tres libros: Buscando a Spinoza, El Error de Descartes, y La Sensación de lo Que Ocurre. Son relatos populares de lo que conocemos sobre los importantes atributos de nuestra mente. Ha documentado nuestros descubrimientos, ahora que podemos usar varias técnicas experimentales para ‘mirar al cerebro mientras piensa’ y ver cómo se involucran sus diferentes partes en lo que sentimos sobre las cosas que pensamos. Tendemos a olvidar que nuestro cerebro está interactuando continuamente con nuestro cuerpo, que le proporciona hormonas de comportamiento a largo plazo, y de químicos de impacto emocional por la modificación del humor para cambiar a corto plazo nuestras intenciones y sentimientos, dirigiendo nuestros pensamientos.
De acuerdo con estos libros, el resultado de haber vivido con un cerebro que creemos que dirigimos usando algo como un timón, pero que en realidad está continuamente sometido a vientos cruzados, tormentas ocasionales, lluvia y sol caliente que nos inducen a días perezosos, es que hemos desarrollado una serie de recuerdos con diferentes sabores. O, el resultado de haber vivido con un cerebro que creemos que dirigimos usando algo como un volante de automóvil y pedales, pero cuya ruta está en realidad sometida continuamente a cambiantes objetivos a largo plazo (‘Vamos a un hotel, no con Tía Janie otra vez’), señales de tráfico a corto plazo y otros coches, es que hemos desarrollado una serie de recuerdos con diferentes sabores. O, cada uno de nosotros tiene una historia personal que explicamos internamente por las sensaciones agregadas a los recuerdos emocionales, de modo que hemos desarrollado una serie de recuerdos con diferentes sabores.
Damasio ha importado la predisposición emocional en lo que pensamos sobre nuestras propias intenciones, elecciones, otras personas, recuerdos, y planes futuros. Afirma que ‘para’ eso es la emoción, y ahora la mayoría de los psicólogos están de acuerdo en que los recuerdos etiquetados emocionalmente son el efecto de tener un cerebro cuya interacción con su cuerpo tiñe de emociones los recuerdos y las intenciones.
Habitualmente suponemos que la historia física real, y particularmente la historia social, funciona de la misma manera que nuestras propias historias personales, con eventos etiquetados ‘bueno’ o ‘malo’... pero no es así. Es engañoso pensar en el Big Bang, por ejemplo, como una explosión de una bomba o de fuegos artificiales, vista desde afuera. Toda la idea de la metáfora del Big Bang es que en el momento en que el universo hacía bum, no había ningún afuera. Más sutilmente, quizás, tendemos a pensar en el nacimiento del universo del mismo modo que pensamos en el nuestro propio, o incluso en nuestra concepción.
La historia real, después de lo que ‘realmente’ fue el Big Bang, depende de la acumulación de incontables secuencias diminutas de causa-efecto. Tan pronto empezamos a pensar cómo se ve cualquiera de esas secuencias, sacándola del contexto que la contiene, perdemos su causalidad. Este bullicioso mar de procesos, apariciones y desapariciones, donde ninguna causalidad puede estar aislada, es llamado a veces ‘País de Hormigas’. El nombre refleja tres características: la bullente y aparentemente sin sentido actividad de las hormigas, lo cual como agregado hace que las colonias de hormigas funcionen; la metafórica Tía Hillary en Godel, Escher, Bach, de Douglas Hofstadter,[7] que era un hormiguero sensible y reconocía el enfoque de su amigo el oso hormiguero porque algunas de sus hormigas habitantes se asustaban; y la Hormiga de Langton, un simple autómata celular, que muestra que incluso si conocemos todas las reglas que gobiernan un sistema, su comportamiento no puede ser pronosticado excepto corriendo las reglas y viendo qué ocurre. Lo cual en el libro de la mayoría de las personas no es ‘predicción’ en absoluto.
Por razones similares, es imposible pronosticar el clima con exactitud, ni siquiera con algunas semanas de adelanto. Sin embargo, a pesar de esta evidente ausencia de causalidad en los micro-niveles del clima, la imposibilidad de aislar la causalidad en las mariposas giratorias... a pesar de la naturaleza caótica de la meteorología tanto en lo grande como en lo pequeño, el clima tiene sentido. Como también una piedra que baja colina abajo. Como también mucho de la física, la ingeniería, y la aeronáutica: podemos construir un Boeing 747 que vuele confiablemente. Sin embargo, todos nuestros modelos físicos están arraigados en cerebros que tienen equivocada la mayoría de sus percepciones.
Gritar a los monos en el árbol cercano. Los cerebros evolucionaron para hacer eso. No para matemática ni física.

Mayormente entendemos la ecología y la evolución de manera correcta, pero a menudo equivocada, por las mismas razones. Las situaciones que desarrollamos no funcionan, son tan falsos a los hechos como el ‘clima’. Pero no podemos evitar desarrollarlos, y a menudo son bastante útiles para ser ‘buenos para el trabajo del gobierno’.
Para subrayar este punto, aquí hay un importante ejemplo evolutivo. Piense en el primer vertebrado terrestre, en ese pez que salió del agua. Tenemos la poderosa sensación de que si tomáramos una máquina del tiempo hasta el Devoniano, cuando ese importante primer pez estaba saliendo del mar, debería haber un momento que pudiéramos aislar: ‘Mira, meneándose afuera hacia el barro, ese pez hembra ha escapado de ese predador, de modo que ha vivido para poner sus huevos, y algunos de ellos serán nuestros antepasados... Si no hubiera tenido esas aletas patilargas, no lo habría logrado, y no estaríamos aquí’.
¿La paradoja del abuelo otra vez? No totalmente, pero podemos esclarecer la paradoja del abuelo con este ejemplo. Pregúntese a sí mismo qué hubiera ocurrido si mataba a ese pez. ¿Habría ocurrido alguna vez la humanidad? No completamente. Al aislar un único evento, hemos tratado mentalmente de hacer que la historia siga un delgado hilo de causalidad. Pero cometimos el error de Adán-y-Eva: los antepasados no disminuyen a medida que uno vuelve hacia atrás, se multiplican. Uno tiene dos padres, cuatro abuelos, tal vez sólo siete bisabuelos, porque los casamientos entre primos eran más comunes entonces. Cuando haya retrocedido un par de docenas de generaciones, una importante proporción de todos los reproductores de ese período fueron sus antepasados. Es por eso que todos encuentran algunos antepasados famosos cuando miran —y el hecho de que las personas famosas eran ricas, fuertes y sexualmente exitosas también ayuda, de modo que están mejor representadas reproductivamente en los descendientes de esa generación.
Note que dijimos ‘reproductores’ y ‘muchos’. Casi todas criaturas sexualmente producidas no se reproducen, incluyendo los humanos, de la mayor parte de las generaciones previas. No sólo que la mayor parte de las personas vivas en esa generación previa son niños pequeños que no sobrevivirán para reproducirse; muchos de los reproductores aparentemente exitosos contribuyen en linajes que mueren antes de llegar al día de hoy, porque son excluidos del limitado ecosistema por linajes más exitosos a medida que pasan las generaciones.
De modo que cuando miramos esos peces del Devoniano, no hay uno solo que fuera nuestro antepasado. Todos los reproductores, una pequeña proporción muy asistemática de la población de peces, contribuyeron en la recombinación y mezcla mutante de genes que se pasaron desde esos peces que dejaron el agua, a través de generaciones de anfibios y de reptiles parecidos a mamíferos, hacia los primeros mamíferos, y que fueron seleccionados para caracterizar a los primeros primates, y que eventualmente terminaron en nosotros. No hubo un único abuelo pez, ni un abuelo primate, no fue una delgada línea de ascendencia, exactamente como no hay una delgada línea de causalidad que vaya desde el batir de un ala de una mariposa hasta un huracán. Casi ningún pez que uno mate al volver haría prácticamente ninguna diferencia en la historia. Todavía estaríamos aquí, pero la historia habría tomado una ruta ligeramente diferente para llegar hasta nosotros.
Pero eso no significa que la historia no tenga ningún logro importante.
Especialmente algunos físicos han argumentado por esta falta de determinación y por las influencias caóticas en todos los micro-niveles que la historia no tiene patrones, que esa incertidumbre de Heisenberg gobierna. Equivocado. Sólo porque no podamos pronosticar el clima más allá de una semana, con las mejores y más grandes computadoras, no significa que no haya ninguna cosa tal como el clima. Nuestras situaciones evolutivas en esa delgada-línea-causal hacia la salida de esos peces hacia la tierra no funcionan, pero eso no significa que debemos desechar toda la idea de la causalidad en la evolución. Cualquier evento, cuando se mira en detalle, parece no tener una causa clara, pero eso sólo quiere decir que nuestras mentes-Damasio no son adecuadas a esa manera de analizar la historia.
Somos mucho mejores cuando ignoramos totalmente todas las cosas micro, y hacemos grandes conjeturas: Supongo que mañana estará soleado otra vez; o Supongo que entre todos esos peces que se comerán unos a otros en las marismas del Devoniano, algunos escaparán hacia la tierra. Confirmamos esas conjeturas al encontrar percas trepadoras, saltadores en el barro y un montón de otros linajes distintos haciendo exactamente eso sobre las marismas de hoy.
El grandioso biólogo evolutivo Stephen Jay Gould se equivocaba en este punto en Vida Maravillosa: «Si la evolución corriera otra vez no tendríamos personas, por todas las diminutas mariposas caóticas que condicionaron los resultados evolutivos, de modo que no habría ningún delgado hilo causal». No estamos de acuerdo: podríamos no tener, casi seguramente no, al mismo primate bajando de los árboles, pero unas importantes innovaciones equivalentes ocurrirían en los nuevos y diferentes linajes. Las personas son buenas para encontrar agrupaciones de alto nivel, para hacer analogías y metáforas, para discutir desde lo que Tía Janie hace hoy hasta lo que hará mañana, o hizo hace veinte años. Pero simplificamos demasiado cuando tratamos de desenredar el laberinto de diminutas causalidades que se esconde detrás de cualquier evento histórico, porque no podemos manejar esa clase de complejidad.
De modo que, aunque toda la causalidad ocurre en el micro-nivel y no podemos analizarla excepto en términos de decenas de partículas que interactúan cuando en realidad hay mil millones, y no se trata de eso. Es como cuando los físicos de principios del siglo XX nos decían que la mesa del comedor no estaba realmente ahí, que era casi todo espacio vacío, y que los conceptos como ‘dura’ y ‘marrón’ no tenían ningún lugar en la visión del mundo de los físicos. Tanto peor para los físicos. ¿No comían acaso su cena en una mesa dura y marrón? ¿Y acaso no estaba diseñado su cerebro para hacer cosas con abstracciones —como dura y marrón— de veras útiles en su vida cotidiana, y no los muy peculiarmente inútiles conceptos de átomos, núcleos, y todo eso?
Por lo contrario, nuestros cerebros son excelentes en los juicios de más alto nivel que son invitados a hacer, especialmente en un mundo que está lleno de mesas duras y marrones, puertas, casas, árboles con que hacerlas, y otras personas para ayudarnos o para competir con nosotros. Pero casi todos los cerebros humanos son malos cuando se trata de la física de los átomos y el micro-mundo.

Volvamos a la historia. Nosotros ‘encontramos el sentido’ de los grandes movimientos como la Ilustración, la democracia en la Atenas antigua, los Tudor; pero sabemos que si fuéramos a mirar todas las interacciones a pequeña escala, tendría poco sentido contra el fondo comprensible. Es precisamente por eso que las novelas históricas pueden ser tan fascinantes, y por qué los tres Mosqueteros no afectaron en realidad al Cardenal Richelieu ni a todas las personas importantes en la Francia del siglo XVII. Sin embargo, disfrutamos en grande la ficción que le pone sentido a los grandes movimientos al relacionarlos con los motivos y la nobleza de algunas personas como D'Artagnan, con quien nos podemos identificar. Las secuelas Diez Años Después y Veinte Años Después nos intrigaron a algunos de nosotros, mientras Dumas encontraba que estaba en algo bueno y produjo más de lo mismo. Algunos de nosotros, al menos, entonces descubrimos que la nobleza de Athos sonaba cada vez más falsa, y que el buen humor de Porthos era aburrido, mientras la religiosidad de Aramis se ponía muy tenue a medida que los años pasaban. La idea inicial calzaba en la historia que conocíamos, era congruente y proveía incidentes pintorescos. Pero las últimas obras-gananciosas estaban cada vez más en contra de como conocíamos que funcionaba la historia.
Hay un excelente ejemplo de lo opuesto, que establece ese punto aun mejor que Dumas. La Máquina del Tiempo de Wells, como hemos dicho, era la narración absolutamente clásica de un viaje en el tiempo, mostrándonos la gran imagen desde la prehistoria hasta las consecuencias sociales del capitalismo que el socialista Wells quería criticar. Entonces el Sol que se enfriaba, los grandes cangrejos sobre una playa post-diluviana... encantador. Pero la secuela moderna de Stephen Baxter, Las Naves del Tiempo, nos muestra qué tan inteligentes serán los Morlocks, cómo el Viajero es un poco lujurioso de la pequeña niña del porvenir —un eco con Alice de Lewis Carrol— que es inocente y un poco estúpida.
Es como una novela histórica que pone todas las pequeñas partes sexuales y despreciables en el gran tapiz de la historia. Tales ejercicios literarios añaden color y sabor a la historia, como Damasio demostró que hacemos con nuestros propios recuerdos personales. El placer que nos da este ejercicio indica cómo lee la historia nuestra mente: en general sin sabor, en lo pequeño con esa clase de color con que pintamos nuestras propias pequeñas reminiscencias. De modo que la novela romántica histórica es exactamente eso: la pintura romántica de los temas pequeños e interesantes, cuya causalidad podría afectar el concepto general, pero que no lo hace.
¿Qué significa, entonces, preguntar si el tiempo teje cualquier cambio, o si las traviesas mariposas son en última instancia responsables de la caída de los imperios?
Aquí las convenciones ficticias dejan de adecuarse al mundo real. Desde el punto de vista de los magos, el tiempo de Mundodisco es una secuencia unidimensional a la que pueden acceder en modo bi-dimensional como un libro. Por razones narrativas, tenemos que describirlo de este modo por todos esos relatos históricos de delgada-línea-de-causalidad que nuestra mente encuentra tan agradables. En un contexto ficticio, tenemos poca elección. Sin embargo, aquí queremos pensar en la naturaleza de la causalidad y en la libre voluntad en el universo ‘real’, que —como hemos aclarado en toda la serie de Ciencia de Mundodisco— no tiene nada de narrativium. En ese contexto, tenemos que entender que esta simple imagen de la historia de Mundodisco es un fraude. El Pantalón del Tiempo también funciona bien como una historia, pero como física genuina es un fraude: uno no puede ser empujado de una pernera a la otra por un evento. Peor, uno no puede distinguir que haya existido tal evento. En lo que respecta a uno, éste es el mundo. No tiene ningún ‘si’ en su pasado.
Nada de esto evita que usemos ‘qué pasa si’ (que por naturaleza son ficciones, no hechos) al pensar en la historia. Todavía podemos preguntar, en nuestra mente, qué habría ocurrido si, por decir, Lincoln hubiera sobrevivido... pero en el mundo real no lo hizo, y no podemos correr una maqueta ‘si sobrevivió’ en el mundo real: sólo en nuestra cabeza.
La ciencia tropieza precisamente con esta dificultad. Por ejemplo, el problema principal al probar los tratamientos médicos es que no podemos dar el tratamiento a la Sra. Jones y no darle el tratamiento a la Sra. Jones, simultáneamente, y comparar los resultados. Podemos hacerlo secuencialmente, pero entonces el segundo tratamiento (ya sea placebo o tratamiento verdadero) ocurre en una Sra. Jones diferente, una que ha recibido el primer tratamiento. De modo que lo que hacen los examinadores es tener grupos bastante grandes, les hacen el tratamiento primero a algunos, placebo primero a otros —y quizás deberían hacer dos placebos a algunos, y dos tratamientos a algunos otros.
Lo que hacen las historias de viajes en el tiempo, en nuestra mente, es el mismo tipo de prueba: ‘¿Qué habría ocurrido si Leonardo realmente hubiera visto funcionar un submarino?’, o de manera equivalente ‘¿Vio Leonardo un submarino funcionando?’ En La Ciencia de Mundodisco, y más explícitamente en La Ciencia de Mundodisco II, preguntamos si las interesantes historias que inventamos tienen alguna clase de explicación coherente, algo como el ‘mal’ —que personificamos en el segundo libro como elfos. ¿Hasta qué punto se relacionan tales conceptos con las verdaderas reglas del mundo real? Ahora argumentamos que no podemos saber si alguna respuesta que obtengamos sea útil; ni siquiera podemos saber si hemos obtenido alguna respuesta en absoluto. Y es precisamente por eso que la única clase de libre voluntad que vale la pena tener es la de Dennett. Es posible, dándonos a cada uno de nosotros la oportunidad de hacer evitables pequeños asuntos de un futuro de otra manera inevitable.
Cuando miramos atrás algo que hemos cambiado por este tipo de acto de libre voluntad, es tan causal como todo lo demás —y si el universo es en cualquier sentido determinado, entonces es determinado en ese sentido. Piense en Odiseo mirando atrás a lo que ocurrió cuando su embarcación no fue atrapada por las Sirenas. Sus hombres no las escucharon, y él, que pudo escucharlas, no podía actuar para conducir la embarcación. De modo que él y su tripulación sobrevivieron en el más improbable de los pasajes. En cierto sentido, por supuesto, cada pasaje de mar es igualmente único, como cada reparto de naipes; pero el viaje de Odiseo, como el reparto naipes un-color-por-jugador, es también totalmente extraordinario. Mirando hacia atrás en la historia, ¿podemos encontrar viajes, eventos, y procesos tan extraordinarios que parezcan ser el resultado de actos previos de libre voluntad?

¿Qué es, entonces, la causalidad? Por razones al estilo Damasio, tendemos a pensar que lo que le da dinámica a la historia son los grandes eventos, los ‘puntos pivote’. La falacia es que pensamos que se necesitan grandes causas para producir grandes efectos. Esto es falso (mariposa) pero hay un problema: escoger el diminuto cambio correcto (¿cuál mariposa?). Y siempre hay miles de millones de nuevas mariposas, arrastrando nuevos cambios desde diferencias antes invisibles ‘al 13º lugar decimal’, no-observables hasta que aparecen sus efectos.
La historia real es así; a menudo las causas están distribuidas, con enormes cantidades de diminutos eventos todos coincidiendo. Es justamente este problema el que lleva a Ridcully a emplear una cantidad tan enorme de magos, haciendo un conjunto de cosas triviales, simplemente para conseguir que El Origen sea escrito.
Sólo justificamos este tipo de causalidad en retrospectiva: la historia no sabía ‘a dónde estaba yendo’. De modo que al cambiar el pasado se crea un contexto para el futuro, no una cadena causal, y así es como los magos deben operar, por lo cual tenemos a miles de ellos haciendo interminables cambios triviales en la historia victoriana, en lugar de asesinar a la Reina Victoria, por decir. Cualquier victoriano, quizás particularmente la niñera bien entrenada, le dirá exactamente eso sobre su historia personal: su corazón debe ser puro (contexto) más que sus planes sutiles.



CAPÍTULO 17
Encuentro en Galápagos
Charles Darwin estaba sentado sobre una ribera cubierta de hierba. Tres tipos de abejas zumbaban entre las flores, y por arriba volaban ejemplares de Golondrinas Bermejas detrás de varias Efímeras.
Sus pensamientos eran complejos, como tienden a ser los pensamientos humanos cuando la mente está holgazaneando, pero incluían: éste es un interesante banco de asombrosa complejidad; podría haber peces para el almuerzo; tenía dolor de garganta; esperaba no recibir nunca más otra carta sobre percebes; el sarpullido parece estar empeorando; se escuchaba un extraño zumbido; ¿había experimentado realmente esa aparición?; la homeopatía trascendía todo sentido común; en realidad debería averiguar dónde estaba ubicado el ovario en la Langosta Marina; era realmente un zumbido muy fuerte...
Algo como un humo marrón amarillento salía de un agujero en la ribera a unas yardas de distancia, y se resolvió en una nube de enfadadas Avispas Comunes. Se abatió sobre el horrorizado Darwin...
—¡Por aquí, avispitas!
Darwin se quedó mirando fijo.
Esta misión había creado una difícil decisión para Rincewind, cuando le presentaron la tarea de evitar que Charles Darwin fuera picado a morir por las avispas. Desde el mismo comienzo era obvio que Darwin lo vería, y si Rincewind fuera invisible las avispas no lo verían a él. Por lo tanto había emprendido la misión llevando dos baldes de mermelada tibia y usando un tutú rosa, una peluca verde-limón y una nariz roja, razonando que (a) Darwin no creería que lo había visto y en todo caso (b) no se atrevería a decírselo a nadie...
Darwin observó que la aparición se alejaba saltando por los prados. Era muy asombrosa. Nunca había visto a las avispas enjambrar de tal manera.
Un trozo de papel aleteó hasta el suelo. El curioso payaso debía haberlo dejado caer.
Darwin lo recogió y leyó, en voz alta:
—‘Regrésame, Hex’. ¿Qué demon...?
La tarde continuó dormitando. La ribera cubierta de hierba regresó a sus asuntos de zumbidos, hervideros y floraciones.

Sobre la desolada playa apareció un hombre, escondió dos baldes detrás de una roca, y se quitó la nariz postiza.
Rincewind pasó la mirada por el paisaje mientras extraía su sombrero del interior de su camisa.
¿Era ésta una de las islas más famosas en la historia de la tecnomancia? Francamente, parecía algo aburrida.
Había esperado bosques y torrentes y multitudes de criaturas. Uno no se podía mover por la vida vibrante y afanosa sobre la Isla Mono, casa del Dios de la Evolución. Todo quería partir. Pero este lugar tenía un aspecto mezquino. Uno necesitaría ser duro para sobrevivir aquí. Uno tendría que integrarse.
No podía ver ninguna tortuga gigante, pero había un par de conchas grandes y vacías.
Rincewind recogió un trozo de madera flotante, cocinada por el sol en algo como piedra, y caminó deprisa por un angosto sendero.
Hex era bueno. El hombre que Rincewind seguía estaba caminando a zancadas por delante a lo largo del camino.
—¡Sr. Lawson, señor!
El hombre se volvió.
—¿Sí? ¿Es usted del Beagle?
—Sísseñor. De allí, señor —dijo Rincewind. Lawson se quedó mirándolo.
—¿Por qué lleva ese sombrero con la palabra ‘Hechizzero’?
Rincewind pensó rápido. Gracias al cielo, Mundobola tenía algunas costumbres extrañas.
—Ceremonia de Cruce de Línea, señor —dijo—. ¡Me encanta!
—Oh, Rey Neptuno y todo eso —dijo Lawson, retrocediendo un poco—. Muy alegre. ¿Cómo puedo ayudarlo?
—Sólo quería estrechar su mano y decirle qué alegres estamos todos porque usted está haciendo un maravilloso trabajo aquí, señor —dijo Rincewind, sacudiendo el brazo del hombre enérgicamente.
—Bie... es muy amable de su parte, Sr... ¿qué fue ese ruido?
—¿Perdone? Tiembla mi madera, por cierto.
—Ese... ruido sibilante... —dijo Lawson, con aire vacilante.
—¿Probablemente una de las tortugas? —dijo Rincewind, servicial.
—Sisean o... ¿eso no fue el ruido de un golpe? —dijo a Lawson. Detrás de él, una pequeña nube de polvo surgió encima de los arbustos.
—No escuché nada, yo no —dijo Rincewind, todavía estrechando la mano—. Bien, no me permita retenerlo, señor.
Lawson le lanzó la mirada de un hombre que siente haber caído sin querer en compañía dudosa. El sombrero estaba claramente alimentándose de su mente.
—Gracias, mi hombre —dijo, sacando la mano de un tirón—. Efectivamente, debo irme.
Se alejó a cierta velocidad, que aumentó cuando notó que Rincewind lo seguía, y dejó de notar completamente lo que era, después de todo, apenas otro pequeño agujero lleno de escombros entre muchos. Sin embargo, Rincewind lo descubrió, y después de esforzarse un poco sacó un pequeño terrón caliente.
Algo siseó, detrás de él.
Rincewind había averiguado que la única manera en que una tortuga gigante podía andar tan rápido como él era cayendo por un acantilado, y también que era muy improbable que atacara salvajemente a un hombre hasta morir. Sin embargo, estaba listo.
Giró con el palo alzado.
Algo, un algo grisáceo, algo lo bastante transparente para dejar ver el paisaje detrás de él en una triste luz grisácea, se mantenía en el aire a unos pies de distancia. Parecía una túnica de monje para un monje muy pequeño, y menos el monje. La capucha vacía era más preocupante que casi cualquier cosa que podría haberla llenado. No había ningún ojo, no había ninguna cara, pero sin embargo había una mirada, tan maligna como pantalones de navajas.
Otras sombras-batas aparecieron alrededor de la forma y empezaron a derivar hacia ella. Cuando la alcanzaron se esfumaron, y la forma central se puso más oscura y, de algún modo, más presente.
Rincewind no giró y corrió. No tenía ningún sentido tratar de correr de los Auditores; eran indudablemente más rápidos que cualquier cosa con piernas. Pero ésa no era la razón. Si fuera tiempo de correr, consideró, no eran aplicables otros cálculos. Ni siquiera se preocuparía porque su ruta de escape estaba bloqueada por lava sólida; podía superar la mayoría de las cosas si uno corría hacia ellas lo bastante duro. Sin embargo, había otra razón. Tenía pies rosados.
—¿Por qué se entrometen? —dijo el Auditor. La voz parecía ventosa e indecisa, como si el hablante tuviera que reunir las palabras a mano—. La entropía triunfará siempre.
—¿Es verdad que se muere si tiene una emoción? —dijo Rincewind. El Auditor era muy oscuro ahora, que significaba que había reunido suficiente masa para mover algo muy pesado, como una cabeza humana.
—No tenemos emociones —dijo el Auditor—. Es una aberración humana. En usted detectamos la manifestación física identificable para nosotros como miedo.
—No puede matar a las personas, lo sabe —dijo Rincewind—. Eso está en contra de las reglas.
—Creemos que puede no haber ninguna regla aquí —dijo el Auditor, avanzando.
—¡Espere, espere, espere! —dijo Rincewind, tratando de retroceder hasta la roca sólida—. Usted está diciendo que no sabe qué es el miedo, ¿correcto?
—No tenemos ninguna necesidad de hacerlo —dijo el Auditor—. Prepárese para cesar la función coherente.
—Dé media vuelta —dijo Rincewind.
Y una debilidad de los Auditores es que encuentran difícil desobedecer una orden directa, por lo menos por un segundo o dos. Giró, o más bien, fluyó a través de sí mismo para mirar hacia el otro lado.
La tapa del Equipaje se cerró con un ‘clop’ como el sonido de una trucha cazando una cachipolla confiada.
Me pregunto si realmente averiguó qué es el miedo, pensó Rincewind. Pero más formas grises salían del aire. Ahora era el momento de correr.



CAPÍTULO 18
Tiempo de máquina a vapor
Estaba Darwin, sentado en la ribera, observando a las abejas, las avispas, las flores... En el último párrafo de El Origen encontramos un hermoso e importante pasaje que insinúa tardes de esa clase:
Es interesante contemplar una ribera enmarañada, cubierta con muchas plantas de muchos tipos, con aves que cantan en los arbustos, con varios insectos revoloteando, y con gusanos arrastrándose sobre la tierra húmeda, y reflexionar que estas formas elaboradamente construidas, tan diferentes entre sí, y dependientes entre sí de una manera tan compleja, todas han sido producidas por leyes que actúan a nuestro alrededor.
Adelante Paley, alégreme el día.
Todo ese esfuerzo de los magos para ponerlo a escribir El Origen, no La Ología. Le importaba a Darwin, por supuesto, y le importa a los que mapean el curso de la historia. Pero, así como podemos preguntar si el asesinato de Lincoln realmente tuvo mucho efecto en los eventos siguientes, también podemos preguntar lo mismo sobre ese trabajo de Darwin. ¿Habría realmente importado si los magos hubieran fallado?
Magos metafóricos, obvio. Sí, esas felices coincidencias que pusieron a Charles a bordo del Beagle y lo mantuvieron allí parecen un poco sospechosas, ¿pero fueron los magos?
Hagamos la pregunta de una manera más respetable. ¿Qué tan radical era la teoría de la selección natural de Darwin, verdaderamente? ¿Tuvo ideas que nadie antes que él había considerado? ¿O simplemente ocurrió que era la persona que captó la mirada pública, con una idea que había estado circulando durante algún tiempo? ¿Cuánto crédito debería recibir?
Lo mismo puede preguntar —y ha ocurrido— de muchos conceptos científicos ‘revolucionarios’. Robert Hooke tuvo la idea de la ley de gravedad del cuadrado inverso antes que Newton. Minkowski, Poincare, y otros descubrieron gran parte de la relatividad especial antes que Einstein. Los fractales andaban por aquí, en cierta forma, por lo menos un siglo antes de que Benoit Mandelbrot los promocionara enérgicamente y se transformaran en una rama muy importante de la matemática aplicada. Los primeros aromas de la teoría del caos pueden encontrarse en las memorias premiadas de Poincare sobre la estabilidad del sistema solar en 1890, probablemente 75 años antes de que el tema ‘tomara vuelo’.
¿Cómo comienzan las revoluciones científicas, y qué determina quién recibe el crédito? ¿Es talento? ¿Un don para la publicidad? ¿Una lotería?
Parte de la respuesta de estas preguntas puede encontrarse en el estudio de Thurston, de 1878, de otra importante innovación victoriana, que Ponder Stibbons infaliblemente localizó en el Capítulo 3. El libro es Una Historia del Crecimiento de la Máquina a Vapor. El segundo párrafo dice:
La historia ilustra la muy importante verdad: las invenciones nunca son, como raramente los grandiosos descubrimientos, el trabajo de una única mente. Cada gran invento es realmente un conjunto de invenciones menores, o el paso final en una progresión. No es una creación, sino un crecimiento tan realmente cierto como los es el de los árboles en el bosque. Con frecuencia aparece el mismo invento en varios países, y por varios individuos, simultáneamente.
El tema de Thurston nos recuerda una metáfora común para esta clase de inventos aparentemente simultáneos: el tiempo de la máquina a vapor. Cuando llega el tiempo de la máquina a vapor, de repente todos están haciendo máquinas a vapor. Cuando llega el tiempo de la evolución, todos están inventando una teoría de la evolución. Cuando llega el tiempo de la videograbadora, todos están haciendo videograbadoras. Cuando llega el tiempo de Dotcom, todos están instalando sistemas de comercio en Internet. Y cuando llega el tiempo de la quiebra de Dotcom, todos los Dotcom se van a la quiebra.
Hay veces cuando los asuntos humanos realmente parecen correr sobre huellas pre-construidas. Algún desarrollo se vuelve inevitable, y de repente está en todos lados. Sin embargo, justo antes de ese momento propicio, no era inevitable en absoluto, de otra manera ya habría ocurrido. ‘El tiempo de la máquina a vapor’ es una metáfora conveniente para este curioso proceso. La invención de la máquina a vapor no fue el primer ejemplo, e indudablemente no fue el último, pero es uno de los más conocidos, y está muy bien documentado.
Thurston distingue invento de descubrimiento. Dice que los inventos nunca son la creación de un único individuo, mientras que los grandiosos descubrimientos lo son pocas veces. Sin embargo, la diferencia no siempre está bien definida. ¿Descubrieron los antiguos humanos el fuego como un fenómeno de la naturaleza, o lo inventaron como una tecnología para mantener lejos a los predadores, iluminar la cueva, y cocinar? Seguramente el fenómeno natural vino primero, en forma de maleza —o por incendios forestales provocados por un rayo, o posiblemente una gota de agua accidentalmente actuando como lente para concentrar los rayos del Sol sobre un poco pasto seco.
Sin embargo, esa clase de ‘descubrimiento’ no va a ningún lugar hasta que alguien le encuentra una utilidad. Fue la idea de controlar el fuego lo que hizo la diferencia, y que parece más un invento que un descubrimiento. Excepto... uno averigua cómo controlar el fuego descubriendo que no se extiende (tan fácilmente) a través de tierra desnuda, que pueden esparcirse muy fácil y efectivamente tomando un palo en llamas y dejándolo caer en pasto seco, o llevándolo a casa en la cueva...
El paso inventivo, si existe tal cosa, consiste en reunir algunos descubrimientos independientes para que aparezca como una novedad genuina.
Hierba seca y gotas de agua no son asociadas comúnmente, pero quizás un elefante mojado acababa de salir de un río a través de la sabana seca... Oh, invente su propia explicación.
De modo que las invenciones son a menudo precedidas por una serie de descubrimientos. De forma similar, los descubrimientos son a menudo precedidos por invenciones. El descubrimiento de las manchas solares dependió de la invención del telescopio, el descubrimiento de las amebas y los paramecios en el agua de un charco dependió de la invención del microscopio. En pocas palabras, invención y descubrimiento están íntimamente entrelazados, y probablemente no tenga sentido tratar de separarlos. Además, los ejemplos importantes de ambos son mucho más fáciles de señalar en retrospectiva que cuando ocurrieron la primera vez. La visión retrospectiva es maravillosa, pero tiene la virtud de proveer un contexto explícito para averiguar qué, o qué no, importa. La visión retrospectiva nos permite organizar el proceso excepcionalmente desordenado de invención / descubrimiento, y contar historias convincentes sobre él.
El problema es que la mayoría de esas historias no son verdaderas.

Cuando fuimos niños, muchos de nosotros aprendimos cómo se inventó la máquina a vapor. El joven James Watt, de unos seis años, observaba una tetera que hervía, y notó que la presión del vapor podía levantar la tapa. En un clásico momento ‘eureka’, cayó en la cuenta de que una tetera muy grande podría levantar trozos de metal muy pesados, y nació la máquina a vapor.
El narrador original de esta historia fue el matemático francés Francois Arago, autor de una de las primeras biografías de Watt. Por lo que sabemos, la historia podría ser verdadera, aunque es muy probablemente una ‘mentira-para-niños’, o ayuda educativa, como la manzana de Newton. Incluso si efectivamente el joven Watt estuvo de repente motivado por una tetera que hervía, no fue de ninguna manera la primera persona en hacer la conexión entre vapor y energía motriz. Ni siquiera fue la primera persona en construir una máquina a vapor que funcionara. El motivo de su fama depende de algo más complejo, y más importante. En las manos de Watt, la máquina a vapor se convirtió en una herramienta eficaz y segura. No la ‘perfeccionó’ —se hicieron muchas mejoras más pequeñas después de Watt— pero la hizo casi en su forma final.

Watt escribió en 1774: «La máquina a fuego (máquina a vapor) que he inventado ahora está marchando, y responde mucho mejor que cualquier otra que haya sido hecha». Junto con su socio comercial Matthew Boulton, Watt se volvió un nombre muy conocido de la máquina a vapor. Y no le hizo ningún daño a su reputación que, según palabras de Thurston: «De la historia personal de los anteriores inventores y mejoradores de la máquina a vapor, poco se sabe; pero la de Watt es bien conocida».
¿Fue Darwin sólo otro Watt? ¿Recibió el crédito de la evolución porque la puso en una forma pulida y efectiva? ¿Es famoso porque ocurre que sabemos mucho de su historia personal? Darwin era un obsesivo conservador de registros, apenas desechaba un simple resto de papel. Los biógrafos pudieron documentar su vida al detalle excepcional. Indudablemente no le hizo daño a su reputación que tal profusión de material histórico estuviera disponible.
Para hacer comparaciones, examinemos la historia de la máquina a vapor, evitando las mentiras-para-niños tanto como podamos. Luego miraremos los predecesores intelectuales de Darwin, y veremos si aparece algún patrón común. ¿Cómo funciona el tiempo de la máquina a vapor? ¿Qué factores conducen a una explosión cultural, mientras una idea aparentemente radical ‘sale’ y el mundo cambia para siempre? ¿Acaso la idea cambia el mundo, o un mundo cambiante genera la idea?

Watt completó su primera máquina a vapor significativa en 1768, y la patentó en 1769. Fue precedida por varios prototipos. Pero la primera referencia registrada sobre el vapor como fuente de potencia motriz ocurre en la civilización del antiguo Egipto, durante el Último Reinado cuando ese país estaba bajo el dominio romano. Alrededor del 150 a.C. (la fecha es muy aproximada) Hero de Alejandría escribió un manuscrito Spiritalia seu Pneumatica. Sólo han sobrevivido copias parciales hasta el presente, pero de ellas sabemos que el manuscrito se refería a docenas de máquinas movidas a vapor. Incluso sabemos que varias de ellas precedían a Hero, porque él nos lo dice; algunas eran el trabajo previo del inventor Cestesibus, célebre por gran número y variedad de sus ingeniosas máquinas neumáticas. De modo que podemos ver los orígenes de la máquina a vapor hace mucho tiempo, pero el progreso inicial fue tan silencioso y lento que el propio tiempo de la máquina a vapor todavía estaba lejos en el futuro.
Uno de los dispositivos de Hero era un altar hueco y hermético, con la figura de un dios o diosa en lo alto, y un tubo que pasaba por la figura. Desconocido para los seguidores, el altar contiene agua. Cuando un fiel prende un fuego encima del altar, el agua se calienta y produce vapor. La presión del vapor impulsa un poco del agua líquida hacia arriba del tubo, y el dios ofrece una libación. (Cuando de milagros se trata, éste es muy efectivo, y claramente más convincente que la estatua de una vaca que da leche o la de un santo que llora.) Dispositivos similares eran comunes en los 60 para hacer té junto a la cama y servirlo automáticamente. Todavía existen hoy, pero son difíciles de encontrar.
Otra de las máquinas de Hero usaba el mismo principio para abrir la puerta de un templo cuando alguien prendía un fuego sobre un altar. El dispositivo es muy complicado, y lo describimos para mostrar que estas antiguas máquinas llegaron más lejos que ser simples juguetes. El altar y la puerta están sobre la tierra, la maquinaria está oculta por debajo. El altar es hueco, lleno de aire. Un tubo corre verticalmente desde el altar hacia una esfera metálica llena de agua, y un segundo tubo con forma de U invertida actúa como sifón, con un extremo dentro de la esfera y el otro dentro de un balde. El balde cuelga de una polea, y las sogas desde el balde se enrollan alrededor de dos cilindros verticales, en línea con las bisagras de la puerta y fijados al borde de la puerta. Entonces van hasta una segunda polea y terminan en un peso que actúa como contrapeso. Cuando un sacerdote prende el fuego, el aire dentro del altar se dilata, y la presión expulsa el agua fuera de la esfera, a través del sifón, y hacia el balde. Cuando el balde desciende por el peso del agua, las sogas hacen girar los cilindros, abriendo las puertas.
Luego hay una fuente que funciona cuando los rayos del sol caen sobre ella, y una caldera a vapor que hace que un mirlo mecánico cante o que suene un cuerno. Todavía otro dispositivo, a menudo mencionado como la primera máquina a vapor del mundo, hierve agua en un caldero y usa el vapor para hacer girar un globo metálico sobre un eje horizontal. El vapor sale de una serie de tubos curvados alrededor del ‘ecuador’ de la esfera, en ángulo recto al eje.
Por su diseño, estas máquinas no eran juguetes, pero hasta donde llegaron sus aplicaciones, también podrían haberlo sido. Sólo la que abre la puerta se acerca a algo que consideraríamos práctico, aunque los sacerdotes probablemente descubrieron que la habilidad de producir milagros a petición era muy rentable, y eso es suficientemente práctico para la mayoría de los hombres de negocios de hoy.
Mirando hacia atrás desde el siglo XXI, parece asombroso que le llevara tanto tiempo a la máquina a vapor ganar el impulso apropiado, con todos estos ejemplos de la potencia del vapor a la vista pública en todo el mundo antiguo. Especialmente porque había abundante demanda de potencia mecánica, por las mismas razones que finalmente dieron a luz la tecnología de la máquina a vapor en el siglo XVIII —bombear agua, levantar cargas pesadas, minería, y transporte. De modo que sabemos que se necesita algo más que la simple habilidad para hacer máquinas a vapor, incluso junto a una clara necesidad de algo de esa clase, para dar la patada inicial al tiempo de la máquina a vapor.
Y así fue que la máquina a vapor avanzó a tropezones, sin desaparecer nunca completamente, pero nunca haciendo ningún tipo de progreso. En 1120 la iglesia en Rheims tenía lo que se veía sospechosamente como un órgano a vapor. En 1571 Matthesius describió una máquina a vapor en un sermón. En 1519 el académico francés Jacob Besson escribió sobre la producción de vapor y sus usos mecánicos. En 1543 el español Balso de Garay es conocido por haber sugerido el uso del vapor para proveer de energía a un barco. Leonardo da Vinci describió un arma a vapor que podía lanzar una pesada bola metálica. En 1606, Florence Rivault, caballero de la recámara de Henry IV, descubrió que una bomba metálica estallaría si se llenaba con agua y se calentaba. En 1615, Salomon de Caius, un ingeniero de Louis XIII, escribió sobre una máquina que usaba vapor para levantar agua. En 1629... pero ya entiende la idea. Todo siguió de ese modo, con una persona tras otra reinventando la máquina a vapor, hasta 1663.
En ese año, Edward Somerset, Marqués de Worcester, no sólo inventó una máquina a vapor para levantar agua: la construyó e instaló, dos años después, en Vauxhall —ahora parte de Londres, pero entonces justo fuera de ella. Ésta fue probablemente la primera aplicación genuina de la potencia del vapor a un serio problema práctico. No existe ningún dibujo de la máquina, pero su forma general ha sido deducida de las ranuras, todavía sobrevivientes, en las paredes del Raglan Castle, donde fue instalada. Worcester planeaba formar una compañía para explotar su máquina, pero no pudo conseguir el efectivo. Su viuda, a su vez, hizo el mismo intento, con la misma falta de éxito. De modo que ése es otro ingrediente necesario para el tiempo de la máquina a vapor: dinero.
En algunos aspectos, Worcester fue el verdadero creador de la máquina a vapor, pero recibe poco crédito, porque estaba apenas un poquito por delante de la ola. Sin embargo, marca un momento en el que todo el juego cambió: desde este punto en adelante, las personas no sólo inventaron máquinas a vapor... las usaron. Antes de 1683, Sir Samuel Morland estaba construyendo bombas a vapor para Luis XIV, y su libro de ese año revela una profundo conocimiento de las propiedades del vapor y los mecanismos asociados. La idea de la máquina a vapor había llegado ahora, junto con algunas de las cosas propias, ganando su lugar realizando tareas útiles. Pero todavía no era el tiempo de la máquina a vapor.
Ahora, sin embargo, el impulso empezó a crecer rápidamente, y lo que le dio un empujón muy grande fue la minería. Las minas, de carbón o minerales, estuvieron por aquí durante milenios, pero a principios del siglo XVIII se estaban volviendo tan grandes, y tan profundas, que tropezaron con lo que rápidamente se convirtió en el mayor enemigo del minero: agua.
Cuanto más profundo trate de cavar las minas, es más probable que se inunden, porque es muy probable tropezar con reservas de agua subyacentes, o grietas que conducen a tales reservas, o sólo grietas por donde el agua de arriba puede fluir. Los métodos tradicionales para sacar el agua ya no eran efectivos, y se necesitaba de algo radicalmente diferente. La máquina a vapor cubría la necesidad con ingenio. Dos personas, sobre todo, hicieron posible construir la maquinaria apropiada: Dennis Papin y Thomas Savery.
Papin estudió matemática con los Jesuitas en Blois, y medicina en París, donde se instaló en 1672. Se unió al laboratorio de Robert Boyle, que en la actualidad sería llamado físico experimental. Boyle estaba trabajando en la ley de la neumática, el comportamiento de los gases —‘ley de Boyle’, relacionando la presión y el volumen de un gas a temperatura constante, que se continúa enseñado hasta hoy. Papin inventó la bomba de aire doble y la pistola de aire, y luego inventó el Digestor. Es mejor descrito como una olla a presión, que es un cazo con gruesas paredes y una gruesa tapa, bien sujetas de modo que el agua adentro hierve para formar vapor a alta presión. La comida contenida en la cacerola se cocina muy rápidamente.
El aspecto cocina no afecta nuestra historia, pero un poco de tecnología sí. Para evitar las explosiones, Papin añadió una válvula de seguridad, una característica reproducida en la versión nacional de los 60, y una importante invención porque los primeros desarrollos de la máquina a vapor eran peligrosos en el mejor de los casos. Probablemente la idea se originara antes, pero Papin recibe el crédito por usarla para controlar la presión del vapor. En 1687 se trasladó a la University of Marburg, donde inventó la primera mecánica máquina a vapor y la primera máquina de pistones. Durante toda su carrera, llevó a cabo innumerables experimentos con aparatos relacionados con el vapor, e introdujo muchas piezas importantes.
El tiempo de la máquina a vapor se estaba caldeando. Savery, que también estudió matemática, lo puso a hervir. En 1698 patentó la primera bomba a vapor que en realidad fue usada para sacar de las minas el agua no deseada —en este caso, las profundas minas de Cornualles. Envió un modelo básico a la Royal Society, y más tarde mostró un modelo de ‘máquina de fuego’, como confusamente llamaban a las máquinas entonces, a William III. El Rey le consintió una patente:
Una concesión a Thomas Savery del único ejercicio de una nueva invención por él inventada, para levantar agua, y ocasionar movimiento de toda clase de trabajo de molino, por la importante fuerza del fuego, que será de gran utilidad en drenar minas, servir pueblos con agua, y para trabajar toda clase de molino, cuando no tienen el beneficio del agua ni de los vientos continuos; con validez durante 14 años; con las cláusulas acostumbradas.
El tiempo de la máquina a vapor estaba cerca. Lo que la afianzó fue que Savery era un hombre de negocios nato. No esperó a que el mundo marcara un sendero hasta su puerta: se anunció. Dio conferencias en la Royal Society, algunas de las cuales fueron publicados en sus revistas. Hizo circular un prospecto entre propietarios de minas y administradores. Y el atractivo comercial, naturalmente, era el beneficio. Si usted puede abrir niveles más profundos en su mina, usted puede extraer más minerales y hacer más dinero de la misma mina y del mismo trozo de tierra.
Se necesitaron dos pasos más, muy importantes, antes de que lo que Thurston llamaba la ‘moderna’ máquina a vapor —eso hace 125 años— quedara firmemente establecida. El primero fue pasar de las máquinas especializadas y de único propósito, a las multiuso. El segundo fue mejorar la eficiencia del motor.
El paso a las máquinas a vapor multiuso fue realizado por Thomas Newcomen, un herrero de oficio, que introdujo un tipo radicalmente nuevo de motor, el ‘motor a vapor atmosférico’. Los motores previos habían combinado eficazmente un pistón movido a vapor y una bomba en el mismo aparato. Newcomen separó los componentes, y puso una caldera separada y además un condensador. El pistón se mueve arriba y abajo como un ‘burro cabeceando’, moviendo una varilla, que puede ser fijada a... lo que quiera. Otro ingeniero que debemos mencionar aquí fue John Smeaton, que llevó el diseño de Newcomen a un tamaño mucho más grande.
Ahora, finalmente, llegamos a James Watt. Sea cual sea el crédito que merezca, con claridad estaba parado sobre los hombros de varios gigantes. Incluso si hubiera sido capaz de inventar la máquina a vapor él solo, el hecho claro es que no lo hizo. Su abuelo era matemático —parece haber muchos matemáticos en la historia de la máquina a vapor— y Watt heredó sus habilidades. Llevó a cabo muchos experimentos, e hizo mediciones cuantitativas, una idea relativamente nueva. Calculó cómo viajaba el calor a través de los materiales de la máquina, y cuánto carbón necesitaba para hervir una determinada cantidad de agua. Y se dio cuenta de que la clave para eficiente una máquina a vapor era controlar la innecesaria pérdida de calor. La peor pérdida ocurría en el cilindro que movía al pistón, que cambiaba de temperatura. Watt se dio cuenta de que el cilindro debía ser mantenido siempre a la misma temperatura que el vapor que entraba... ¿pero cómo podía hacerlo? La respuesta, cuando finalmente la encontró, era simple y elegante:
Me había ido para dar un paseo una buena tarde de Sabbath. Había entrado en el Green por la puerta al final de Charlotte Street, y pasado junto a la vieja lavandería. Estaba pensando en la máquina en ese momento, y había llegado hasta el establo cuando la idea entró en mi mente: como el vapor era un cuerpo elástico, se precipitaría en un vacío, y, si se hacía una comunicación entre el cilindro y un vaso vacío, se precipitaría en él, y podría ser condensado allí sin enfriar el cilindro... No había llegado más allá de la Casa del Golf, cuando toda la cosa estaba organizada en mi mente.
Una cosa tan fácil de entender —no enfríe el vapor en el cilindro, enfríelo en algún otro lugar. Y mejoró tanto la eficiencia de la máquina que durante algunos años las únicas máquinas a vapor que cualquiera pensara instalar eran las de Watt y su socio financiero Boulton. Las máquinas Boulton-y-Watt monopolizaron el mercado. No se hizo ninguna mejora realmente significativa en su diseño posteriormente. O, para ser más exactos, las ‘mejoras’ posteriores reemplazaron la máquina a vapor por motores de un diseño muy diferente, movidos por carbón y petróleo. La máquina a vapor había evolucionado hasta la cima de su existencia, y lo que la desplazó fue, en efecto, una totalmente nueva clase de máquina.
Mirando hacia atrás, el tiempo de la máquina a vapor llegó alrededor del período de Savery, cuando la habilidad de hacer máquinas prácticas coincidió con una genuina necesidad de ellas en una industria que podía pagarlas y que lograría más ganancias como resultado. Añadir a eso una sensata mente de empresa, para notar la situación y explotarla, y un sentido de la publicidad para aumentar el dinero de los inversionistas y echar la idea a volar, y la máquina a vapor se fue como un... tren.
Irónicamente, antes de que la mayoría de las personas se dieran cuenta de que el tiempo de la máquina a vapor había llegado, se había ido otra vez, y al final sólo había un ganador. El resto de la competencia se quedó en el camino. Y es por eso que Watt recibe tanto crédito, y por qué, en última instancia, lo merece. Pero también se merece el crédito de sus sistemáticos experimentos cuantitativos, por su enfoque sobre la teoría detrás de la máquina a vapor, y por su desarrollo del concepto... no como su inventor.
Indudablemente no por mirar una tetera cuando era niño.

La historia de la introducción de la máquina a vapor Boulton-y-Watt es esencialmente evolutiva: sobrevivió el diseño más adecuado, los menos adecuados fueron reemplazados y desaparecieron del registro histórico. Lo cual nos lleva a Darwin, y a la selección natural. La era victoriana fue un ‘tiempo de la máquina a vapor’ para la evolución; Darwin fue sólo uno de los muchos que reconocían la mutabilidad de las especies. ¿Se merece el crédito que recibe? ¿Era, como Watt, la persona que llevó la teoría a su culminación? ¿O jugó un papel más innovador?
En la introducción de El Origen, Darwin menciona a varios de sus predecesores. De modo que indudablemente no estaba tratando de recibir el crédito por las ideas de otros. A menos que suscriba a la escuela de pensamiento algo maquiavélico donde dar crédito a otros es una habilidad furtiva de condenarlos con un apagado elogio. Un predecesor a quien no menciona es quizás el más interesante de todos —su propio abuelo, Erasmus Darwin. Quizás Charles sentía que Erasmus eran demasiado loco para mencionarlo, especialmente por ser un pariente.
Erasmus conoció a James Watt, y puede haberle ayudado a promocionar su máquina a vapor. Eran ambos miembros de la Lunar Society, una organización de tecnócratas de Birmingham. Otro era Josiah Wedgwood, tío de Darwin, abuelo de Jos y fundador de la famosa compañía de cerámicas. Los "Lunaticks" se reunían una vez al mes en época de luna llena —no por razones paganas o místicas, ni porque fueran todos lobizones, sino porque así podían ver su camino fácilmente cuando regresaban a casa después de beber y buen comer.
Erasmus, médico, también podía resultar una mano hábil con las máquinas, e inventó un nuevo mecanismo de dirección para carruajes, un molino de viento horizontal para moler los colorantes de Josiah, y una máquina que podía decir la Oración del Señor y los Diez Mandamientos. Cuando los tumultos de 1791 contra los ‘filósofos’ (científicos) y a favor de ‘Iglesia y Rey’ destrozaron la Lunar Society, Erasmus acababa de darle los últimos toques a un libro. Su título era Zoonomía, y trataba sobre la evolución.
Sin embargo no por el mecanismo de selección natural de Charles. Erasmus realmente no describió un mecanismo. Sólo dijo que los organismos podían cambiar. Toda vida vegetal y animal derivaba de ‘filamentos’ vivos, pensaba Erasmus. Tenían que poder cambiar, de otro modo todavía serían filamentos. Conocedor del Tiempo Profundo de Lyell, Erasmus argumentó que:
En grandes periodos de tiempo, desde que la tierra empezó a existir, quizás millones de eras antes del comienzo de la historia de la humanidad, sería demasiado audaz imaginar que los animales, todos esos animales de sangre caliente hayan surgido de un filamento vivo, al que la primera gran causa dotara con animalidad, con el poder de adquirir nuevas partes, acompañado con nuevas propensiones, dirigido por irritaciones, sensaciones, voliciones, y asociaciones; ¡y por lo tanto poseer la facultad de continuar mejorando por su propia actividad inherente, y entregando esas mejoras por generación a su posteridad, un mundo sin final! Si esto suena Lamarckiano, es porque lo fue. Jean-Baptiste Lamarck creía que las criaturas podían heredar las características adquiridas por sus antepasados —es decir, si un herrero adquiría enormes brazos musculosos por trabajar durante años en su forja, entonces sus niños heredarían brazos similares, sin tener que hacer todo ese trabajo duro. Hasta donde Erasmus imaginaba un mecanismo de herencia, era como el de Lamarck. Eso no le evitó tener algunas ideas importantes, no todas originales. En particular, veía a los humanos como descendientes superiores de los animales, no como una forma distinta de la creación. Su nieto sentía lo mismo, y fue por eso que tituló su posterior libro sobre la evolución humana La Ascendencia del Hombre. Todo muy correcto y científico. Pero Ridcully tiene razón. ‘Ascent’ habría tenido mejor impacto público.
Charles indudablemente leyó Zoonomía, durante las vacaciones después de su primer año en la Universidad de Edimburgo. Incluso escribió la palabra en la página inicial de su "Libreta B", El Origen de El Origen. De modo que las opiniones de su abuelo deben haber influido en él, pero probablemente sólo afirmando la posibilidad del cambio en las especies. La gran diferencia estaba en el propio origen, Charles estaba buscando un mecanismo. No quería señalar que las especies podían cambiar —quería saber cómo cambiaban. Y esto es lo que lo distingue de casi toda la competencia.
Ya hemos mencionado a su más serio competidor: Wallace. Darwin reconoce su descubrimiento conjunto en el segundo párrafo de la introducción de El Origen. Pero Darwin escribió un libro influyente y polémico, mientras que Wallace escribió un breve trabajo en una revista técnica. Darwin llevó la teoría mucho más lejos, reunió mucha más evidencia, y prestó más atención a las posibles objeciones.
Le puso a El Origen un prefacio, ‘Un Bosquejo Histórico’ de las opiniones del origen de las especies, y en particular de su mutabilidad. Una nota al pie de página menciona una notable declaración de Aristóteles, que preguntaba por qué ajustaban tan bien las diversas partes del cuerpo, de modo, por ejemplo, que los dientes de arriba y de abajo se encuentran perfectamente, en lugar de raspar unos contra otros. El antiguo filósofo griego anticipó la selección natural:
En todas partes, por lo tanto, todas las cosas juntas (las que son partes de un todo) ocurren como si fueran hechas por alguna razón, y son conservadas, habiendo sido apropiadamente constituidas por una espontaneidad interna; y cualquier cosa no constituida de esa manera, se deterioran, y todavía están deterioradas.
En otras palabras: si por el azar, o por algún proceso no-especificado los componentes llevaran a cabo alguna función útil, aparecerían en generaciones posteriores; pero si no, la criatura que los posee no sobreviviría.
Aristóteles habría rechazado de plano a Paley.
A continuación, Darwin enfrenta a Lamarck, cuyas opiniones datan de 1801. Lamarck sostenía que las especies podían descender de otras, mayormente porque los estudios en detalle muestran interminables y diminutas gradaciones dentro de una, de modo que los límites entre distintas especies son mucho más confusos que lo que pensamos habitualmente. Pero Darwin nota dos fallas. Una es la creencia de que las características adquiridas pueden ser heredadas —Darwin cita el ejemplo del largo cuello de las jirafas. La otra es que Lamarck creía en el ‘progreso’ —un ascenso en un sentido único hacia formas de organización más y más altas.
Sigue una larga serie de figuras menores. Entre ellas, uno digno de atención pero desconocido: Patrick Matthew. En 1831 publicó un libro sobre madera de barcos, en el que estableció el principio de selección natural en un apéndice. Los naturalistas no leyeron el libro, hasta que Matthew llamó la atención hacia su anticipación de la idea principal de Darwin en la Gardener's Chronicle en 1860.
Ahora Darwin presenta un precursor más conocido, el Vestigios de la Historia Natural de la Creación. Este libro fue publicado anónimamente en 1844 por Robert Chambers; está claro que también fue su autor. Las facultades de medicina de Edimburgo comprendían sin dudas que animales completamente diferentes tienen anatomías excepcionalmente similares, sugiriendo un origen común y por lo tanto la mutabilidad de las especies. Por ejemplo, la misma organización básica de huesos ocurre en la mano humana, la garra de un perro, el ala de un ave, y la aleta de una ballena. Si cada uno fuera una creación distinta, Dios debía haberse quedado sin ideas.
Chambers era mundano —jugaba al golf— y decidió poner al alcance del hombre común la opinión científica sobre la vida en la Tierra. Periodista nato, Chambers esbozó no sólo la historia de la vida, sino la del cosmos entero. Y llenó el libro con astutas referencias a ‘esos perros del clero’. El libro tenía una sensación trasnochada, y en cada edición sucesiva lentamente quitó varias metidas de pata que habían hecho a la primera edición muy vulnerable sobre fundamentos científicos. El clero vilipendiado agradecía a su Dios que el autor no hubiera empezado con una de las últimas ediciones.
Darwin, que respetaba a la iglesia, tenía que hacer referencia a Vestigios, pero también tenía que distanciarse de él. En todo caso, lo encontraba deplorablemente incompleto. En su ‘Bosquejo Histórico’, Darwin citó la décima ‘y muy mejorada’ edición, objetando que el autor anónimo de Vestigios no puede explicar la manera en que los organismos se adaptan a su ambiente o estilo de vida. Retoma el mismo punto en su introducción, sugiriendo que el autor anónimo presumiblemente diría que:
Después de cierta cantidad de generaciones desconocidas, alguna ave había dado a luz a un pájaro carpintero, y alguna planta al misseltoe {sic}, y que éstos habían sido producidos perfectos como los vemos ahora; pero me parece que esta suposición no es ninguna explicación, porque deja sin tocar ni explicar el caso de las co-adaptaciones de los seres orgánicos entre sí y a las condiciones físicas de la vida.
Siguen más pesos pesados, salpicados con figuras menores. El primer peso pesado es Richard Owen, que estaba convencido de que las especies podían cambiar, añadiendo que para un zoólogo la palabra ‘creación’ significa ‘un proceso que no conoce’. El siguiente es Wallace. Darwin reseña sus interacciones con ambos, con cierto detalle. También menciona a Herbert Spencer, que consideraba la reproducción de variedades domesticadas de animales como evidencia de que las especies podían cambiar en la naturaleza, sin intervención humana. Más tarde, Spencer se convirtió en un muy importante divulgador de las teorías de Darwin. Introdujo la memorable frase ‘la supervivencia del más adecuado’, que desafortunadamente ha causado más daño que bien a la causa de Darwin, promocionando una versión algo candorosa de la teoría.
Un nombre inesperado es el del Reverendo Baden Powell, cuyo trabajo de 1855, Ensayos Sobre la Armonía de los Mundos afirma que la introducción de nuevas especies es un proceso natural, no un milagro. También da crédito de la mutabilidad de las especies a Karl Ernst von Baer, Huxley, y Hooker.
Darwin estaba decidido a no olvidar a nadie con una afirmación legítima, y en total pone una lista de más de veinte personas que de diversas maneras anticiparon partes de esta teoría. Es absolutamente explícito en que no alega el crédito de la idea de que las especies pueden cambiar, que era moneda común en los círculos científicos —y, como muestra Baden Powell, más allá de ellos. Darwin no establece su derecho sobre la idea de la evolución, sino sobre la selección natural como mecanismo evolutivo.

De modo que... volvemos al punto de partida. ¿Una idea innovadora cambia el mundo, o un mundo cambiante genera la idea?
Sí.
Es complicidad. Ambas cosas ocurren —no una vez, sino una y otra vez, modificándose progresivamente una a la otra. Las innovaciones desvían el curso de la civilización humana. Las nuevas direcciones sociales alientan posteriores innovaciones. El mundo de las ideas humanas, y el mundo de las cosas, se modifican uno al otro recursivamente.
Eso es lo que le sucede a un planeta cuando evoluciona una especie que no es simplemente inteligente, sino lo que nos gusta llamar exteligente. Una que puede almacenar su capital cultural fuera de las mentes individuales. Lo cual permite que ese capital crezca prácticamente sin límites, y que sea accesible para casi todos en cualquier generación exitosa.
Las especies exteligentes toman las nuevas ideas y funcionan con ellas. Antes de que la tinta de El Origen se secara, los biólogos y legos ya estaban tratando de probar sus ideas, disparándoles, llevándolas más lejos. Si Darwin hubiera escrito La Ología, y si nadie más hubiera escrito algo como El Origen, entonces la exteligencia victoriana se habría debilitado, y quizás se hubiera necesitado más tiempo para que el mundo llegue.
Pero era el tiempo de la evolución. Alguien habría escrito tal libro, y pronto. Y en ese alternativo mundo de si, él o ella habrían recibido el crédito.
De modo que es justo darle el crédito a Darwin en este mundo. A pesar del tiempo de la máquina a vapor.



CAPÍTULO 19
Mentiras a Darwin
La boca del Archicanciller Ridcully se quedó abierta.
—¿Quieres decir muerto? —dijo.
+++ No +++ escribió Hex +++ Quiero decir desaparecido. Darwin desaparece de Mundobola en 1850. Éste es un nuevo desarrollo. En otras palabras, siempre ha ocurrido, pero ha ocurrido sólo durante los últimos dos minutos +++
—Realmente odio los viajes en el tiempo —suspiró el Decano.
—¿Raptado? —dijo Ponder, acercándose deprisa a través del salón.
+++ Desconocido. El espacio fase actual contiene proto-historias en las cuales reaparece después de una fracción de segundo y otras donde nunca reaparece en absoluto. Debe restablecerse la claridad en este nuevo nodo +++
—¿Y nos lo dices ahora? —dijo el Decano.
+++ Acaba de ocurrir +++
—Pero —intentó el Decano— cuando miraste esta... historia antes, ¡esto no estaba ocurriendo!
+++ Correcto. Pero ése era el entonces de entonces, esto es el entonces de ahora. Algo ha sido cambiado. Conjeturo que es consecuencia de nuestras actividades. Y, habiendo ocurrido, siempre ha ocurrido, desde el punto de vista de un observador en Mundobola +++
—Es como una obra dramática, Decano —dijo Ponder Stibbons—. Los personajes ven exactamente el acto en el que están. No ven que el escenario cambia porque no es parte de la obra.
+++ A pesar de estar equivocada en cada sentido importante, ésa es una muy buena analogía +++ escribió Hex.
—¿Tienes alguna idea de donde está? —dijo Ridcully.
+++ No +++
—¡Bien, no te quedes allí sentado, hombre, encuéntralo!

Rincewind reapareció por encima del césped, y rodó con experiencia cuando golpeó el suelo. Los otros magos, para nada tan expertos en lidiar con las vicisitudes del mundo, yacían alrededor gimiendo o tambaleándose vacilantes.
—Ya se les pasará —dijo, mientras avanzaba hacia ellos—. Podrán vomitar un poco al principio. Otros síntomas del viaje inter-dimensional veloz son la pérdida de memoria a corto plazo, zumbidos en las orejas, estreñimiento, diarrea, arrebatos de calor, confusión, perplejidad, temor morboso a los pies, desorientación, nariz sangrante, punzadas en las orejas, gruñidos en el bazo, anadeos, y pérdida de memoria a corto plazo.
—Creo que me gustaría... como... terminar de su cosa vida... —murmuró un joven mago, gateando a través de la hierba húmeda. Cerca, otro mago se había sacado las botas y le estaba gritando a los dedos de su pie.
Rincewind suspiró y sujetó a un mago de edad, que estaba mirando a su alrededor como un cordero perdido. También estaba empapado, aparentemente había aterrizado en la fuente.
Le parecía conocido. Era imposible conocer a todos los magos en la UI, por supuesto, pero a éste lo había visto antes, definitivamente.
—¿Es usted el Director de Ranas Oblicuas? —dijo.
El hombre parpadeó.
—Yo... no lo sé —dijo—. ¿Lo soy?
—¿O el Profesor de Giratorios? —dijo Rincewind—. Solía escribir mi nombre en un trozo de papel antes de este tipo de cosas. Siempre ayuda. Usted se parece un poco al Profesor de Giratorios.
—¿De veras? —dijo el hombre.
Parecía un muy mal caso.
—Busquemos su sombrero puntiagudo y algo de cacao, ¿quiere? Pronto se sentirá...
El Equipaje aterrizó con un ruido sordo, se levantó sobre sus piernas, y se alejó trotando. El posible Profesor de Giratorios se quedó mirándolo.
—¿Eso? Oh, es sólo el Equipaje —dijo Rincewind. El hombre no se movió—. Madera de peral sapiente, ¿sabe? —continuó Rincewind, mirándolo con ansiedad—. Es madera muy inteligente. Ya no se puede conseguir madera muy inteligente, no por aquí.
—¿Se mueve? —dijo el posible profesor.
—Oh, sí. Por todos lados —dijo Rincewind.
—¡No he oído de ninguna vida vegetal que se mueva!
—¿De veras? Ojalá yo tampoco —dijo Rincewind, fervientemente, sujetando al hombre un poco más fuerte—. Vamos, después de una buena bebida caliente usted...
—¡Debo examinarlo atentamente! Soy conocedor, por supuesto, de la supuesta Mosca Venus...
—¡No, por favor no! —suplicó Rincewind, reteniendo al hombre—. ¡No puede botanizar al Equipaje!
El perplejo hombre miró a su alrededor con una desesperación que se estaba convirtiendo en cólera.
—¿Quién es usted, señor? ¿Dónde es este lugar? ¿Por qué todas esas personas llevan sombreros puntiagudos? ¿Es esto Oxford? ¡Qué me ha pasado!
Una fría sensación estaba ganando a Rincewind. Muy probablemente, sólo él entre todos los magos había leído las instrucciones de Ponder cuando llegaron por el hosco portador; valía la pena saber de qué podría tener que escapar. Una incluía la imagen de un hombre que parecía como si estuviera evolucionando todo por sí mismo, un efecto causado por el motín de pelo facial. Éste no era ese hombre. No todavía. Pero Rincewind podía ver que lo sería.
—Hum —dijo—, creo que debe venir y reunirse con personas.

A los magos les parecía que el Sr. Darwin tomaba todo muy bien, después de un grito inicial y muy comprensible.
Ayudó que le dijeran muchas mentiras. A nadie le gustaría que le dijeran que venía de un universo creado totalmente por accidente y, además, por el Decano. Sólo podía causar resentimientos. Si le dijeran que estaba conociendo a su creador, querría algo mejor.
Ponder y Hex lo resolvieron. La historia de Mundobola brindaba muchas oportunidades, después de todo.
—No sentí ningún golpe de rayo —dijo Darwin, mirando alrededor de la Sala Poco Común.
—Ah, no lo habría sentido —dijo Ponder—. Toda su fuerza lo lanzó aquí.
—Otro mundo... —dijo Darwin. Miró a los magos—. Y ustedes son... practicantes mágicos...
—Tome un poco más de jerez —dijo el Director de Estudios Indefinidos. El vaso de jerez en la mano de Darwin se llenó otra vez.
—¿Usted crea jerez? —dijo, aterrado.
—Oh no, se hace con uvas y rayos de sol y todo eso —dijo Ridcully—. Mi colega sólo lo sacó de la jarra allí. Es un truco simple.
—Somos todos muy buenos en eso —dijo el Decano alegremente.
—La magia es básicamente mover cosas de un lado a otro —dijo Ridcully, pero Darwin estaba mirando más allá de él. El Bibliotecario acababa de entrar sobre sus nudillos en la habitación, con la vieja túnica verde que usaba para ocasiones importantes o cuando se había bañado. Trepó a una silla y levantó un vaso; se llenó en un instante, y un plátano cayó en él.
—¡Eso es Pongo pongo! —dijo Darwin, apuntando con un dedo tembloroso—. ¡Un simio!
—¡Bien hecho, ese hombre! —dijo Ridcully—. ¡Le asombraría saber cuántas personas se equivocan! Es nuestro Bibliotecario. Muy bueno en eso, también. Ahora, Sr. Darwin, hay un asunto delicado que nosotros...
—Es otra visión, ¿verdad? —dijo Darwin—. Es mi salud, lo sé. He estado trabajando demasiado duro. —Tanteó la silla—. Pero esta madera se siente sólida. Este jerez está muy pasable. ¡Pero la magia no existe, debo decirle! —Al su lado, con un pequeño gorgoteo, su vaso se volvió a llenar.
—Espere un momento, señor, por favor —dijo Ponder—. ¿Dijo otra visión?
Darwin puso la cabeza entre sus manos.
—Pensé era una epifanía —gimió—. Pensé que el mismo Dios se me aparecía y me explicaba Su diseño. Tenía tanto sentido. Lo había relegado al estado de Promotor, pero ahora veo que es inmanente en Su creación, impartiendo dirección y significado a todo constantemente... o —levantó la mirada, parpadeando—, de modo que pensé...
Los magos se quedaron congelados. Entonces, muy cautelosamente, Ridcully dijo:
—Visita divina, ¿eh? ¿Y cuándo fue esto, exactamente?
—Habrá sido después del desayuno —gimió Darwin—. Estaba lloviendo, y entonces vi este extraño escarabajo en la ventana. La habitación se llenó con escarabajos...
Se detuvo, con la boca abierta; una delgada neblina azul lo rodeaba.
Ridcully bajó su mano.
—Bien, bien —dijo—. ¿Qué me dices de eso, Sr. Stibbons?
Ponder estaba rebuscando desesperadamente en los papeles de su tablilla.
—¡No tengo idea! —dijo—. ¡Hex no lo ha mencionado!
El Archicanciller sonrió la pequeña sonrisa horrorosa de alguien que siente que el juego, por fin, ha comenzado.
—Isla Mono, ¿recuerdan? —dijo Ridcully, mientras Darwin miraba fijo sin comprender—. ¿Un dios con algo sobre escarabajos?
—Más bien lo olvidé —Ponder se estremeció—. Pero, pero... no, no podría ser él. ¿Cómo podría meterse en Mundobola el Dios de la Evolución?
—¿De la misma manera que los Auditores? —dijo Ridcully—. Todas las cosas del continuumuum de espacio-tiempo que estamos haciendo, ¿quién podría decir que no estamos dejando algunas puertas entreabiertas? ¡Bien, no podemos permitir que el viejo chalado ande por allí! ¡Tú y Rincewind se reunirán conmigo en el Gran Salón en una hora!
Ponder recordaba al Dios de la Evolución, que se enorgullecía de desarrollar una criatura incluso mejor adecuada para sobrevivir que la humanidad. Era una cucaracha.
—Deberíamos irnos ahora mismo —dijo, con firmeza.
—¿Por qué? ¡Podemos movernos en el tiempo! —dijo Ridcully—. ¡Es el momento para que tú, Sr. Stibbons, busques alguna manera de matar a los Auditores!
—¡Son indestructibles, señor!
—¡De acuerdo... noventa minutos!



CAPÍTULO 20
Los secretos de la vida
La versión Mundodisco de la opinión de Darwin puede no ser la que a los historiadores de ciencia de Mundobola les gusta decirnos, pero las dos habrán convergido en la misma línea temporal si los magos logran derrotar a los Auditores, de modo que podamos concentrarnos en los efectos secundarios de esa convergencia. En todo caso algunas características son comunes en ambas versiones de la historia de Darwin, incluyendo simios, escarabajos, y avispas parasitarias. Por la observación de estos organismos, y muchos otros —especialmente esos confundidos percebes, por supuesto— Darwin fue conducido a su gran síntesis.
Hoy, ninguna área de la biología permanece inmune al descubrimiento de la evolución. La evidencia de que las especies de hoy evolucionaron de unas diferentes, y que este proceso todavía continúa, es abrumadora. Muy poca biología moderna tendría sentido sin la dominante estructura de la evolución. Si Darwin reencarnara hoy, reconocería muchas de sus ideas, quizás ligeramente reformuladas, en el conocimiento científico convencional. El gran principio de la selección natural sería una de ellas. Pero también observaría el debate, quizás incluso la controversia, sobre este pilar fundamental de su pensamiento. No si la selección natural ocurre, no si conduce mucho de la evolución; sino si es el único motor.
También encontraría muchas nuevas capas de detalles llenando algunas de las grietas en sus teorías. La más importante y trascendental de éstas es el ADN, la mágica molécula que porta la ‘información’ genética, la forma física de la herencia. Darwin estaba seguro de que los organismos podían pasar sus características a sus vástagos, pero no tenía idea de cómo era implementado este proceso, y qué forma física tomaba. Hoy estamos tan familiarizados con el papel de los genes, y su estructura química, que cualquier discusión posible de la evolución se concentra principalmente en la química del ADN. El papel de la selección natural, e incluso el papel de los organismos, ha sido minimizado: la molécula ha triunfado.
Queremos convencerle de que no seguirá siendo así.

La evolución por selección natural, el gran avance que Darwin y Wallace trajeron a la atención del público, en la actualidad es considerada ‘obvia’ por los científicos de la mayoría de las opiniones y por la mayoría de los no-especialistas fuera del Cinturón Bíblico de la USA. Este consenso ha surgido en parte por una percepción general de que la biología es ‘fácil’, que no es una ciencia realmente difícil de entender como la química o la física, y la mayoría de las personas piensan que saben de ella lo suficiente por una especie de ósmosis desde la información folklórica general. Esta suposición apareció graciosamente en la fiesta del Science Festival de Cheltenham en 2001, a cuando el Astrónomo Real Sir Martin Rees y otros dos astrónomos eminentes dieron charlas sobre Vida Allá Afuera.
Las charlas fueron sensatas e interesantes, pero no hicieron contacto con la verdadera biología moderna. Se basaban en esa clase de biología que se enseña actualmente en escuelas, la mayoría de la cual está unos treinta años desactualizada. Como casi toda la ciencia de la escuela, porque al menos se necesita todo ese tiempo para que las ideas ‘bajen’ desde las fronteras de la investigación hasta el aula. La mayor parte de la ‘matemática moderna’ tiene al menos 150 años de edad, de modo que una biología de treinta años es muy buena. Pero no se debería basar el pensamiento en ellas cuando se habla de ciencia de vanguardia.
Jack preguntó al público: «¿Qué pensarían ustedes de tres biólogos que hablan de la física del agujero negro en el centro de la galaxia?» El público aplaudió, entendiendo el punto, pero los científicos sobre la plataforma necesitaron de un par de minutos para comprender la simetría. Luego se sintieron tan arrepentidos como pudieron, sin perder su dignidad.

Esta clase de cosas ocurre a menudo, porque todos estamos tan familiarizados con la evolución que pensamos que la comprendemos. Dedicamos el resto de esta sección a un razonable relato de lo que piensa una persona corriente sobre la evolución. Va de este modo.
Había una vez un pequeño charco tibio lleno de químicos, y tontearon un poco y obtuvieron una ameba. La progenie de la ameba se multiplicó (porque era una buena ameba) y algunas de ellas tenían más bebés (algo gracioso aquí...) y algunas tenían menos, y algunas de ellas inventaron el sexo y lo pasaron mucho mejor después de eso. Porque las copias biológicas no eran muy buenas en aquellos días, todas sus progenies eran diferentes entre sí, portando varios errores de copia llamados mutaciones.
Casi todas las mutaciones eran malas, sobre el principio de que tirar una bala al azar a través de una pieza de maquinaria compleja no es posible que mejore su rendimiento, pero algunas eran buenas. Los animales con las buenas mutaciones tenían muchos más bebés, y ésos también tenían la buena mutación, de modo que crecían y se reproducían. Su progenie portaba la buena mutación hacia el futuro. Sin embargo, muchas más mutaciones malas se acumulaban, de modo que la selección natural las mataba. Afortunadamente, otra nueva mutación aparecía, que hacía una nueva característica para una nueva especie (mejores ojos, o aletas para nadar, o escamas), que era totalmente mejor y prevalecía.
Estas especies posteriores eran peces, y uno de ellos salió a la tierra, creciendo piernas y pulmones para hacerlo. De estos primeros anfibios surgieron los reptiles, especialmente los dinosaurios (mientras los peces poco aventureros presumiblemente estuvieron tonteando en el mar durante millones de años, esperando ser pescado frito con papas). Había algunos mamíferos pequeños y desconocidos, que sobrevivían saliendo por la noche y comiendo huevos de dinosaurio. Cuando los dinosaurios murieron, los mamíferos se apoderaron del planeta, y algunos evolucionaron en monos, luego simios, luego personas de la Edad de Piedra.
Entonces la evolución se detuvo, con amebas en charcos conformes con permanecer amebas y sin querer ser peces, peces sin querer ser dinosaurios sino sólo viviendo sus vidas de peces, los dinosaurios borrados por un meteorito. Los monos y los simios, habiendo visto lo que era estar en la cima de la evolución, ahora se están muriendo lentamente —excepto en los zoológicos, donde los mantienen para mostrarnos cómo solían ser nuestros progenitores. Ahora los humanos ocupan la rama más alta del árbol de la vida: ya que somos perfectos, la evolución ya no tiene dónde ir, y por eso se ha detenido.
Si nos pide más detalles, desenterraremos varias cosas que hemos aprendido, principalmente de los periódicos, sobre las cosas llamadas genes. Los genes están hechos de una molécula llamada ADN, que toma la forma de una doble hélice y contiene una especie de clave. La clave especifica de cómo hacer esa clase de organismo, de modo que el ADN humano contiene la información necesaria para hacer un humano, mientras que el ADN de gato contiene la información para un gato, y todo así. Porque la hélice del ADN es doble, puede ser separada, y las partes separadas pueden ser copiadas fácilmente, que es cómo las criaturas vivas se reproducen. El ADN es la molécula de la vida, y sin ella, la vida no existiría. Las mutaciones son errores de imprenta en el proceso de copia del ADN en los mensajes de vida.
Sus genes especifican todo sobre usted —si usted será homosexual o heterosexual, a qué clase de enfermedades será propenso, cuánto tiempo vivirá... incluso qué marca de automóvil preferirá. Ahora que la ciencia ha secuenciado el genoma humano, la secuencia de ADN para una persona, conocemos toda la información necesaria para hacer un humano, de modo que sabemos todo lo que hay que saber sobre cómo funcionan los seres humanos.
Algunos de nosotros podremos añadir que la mayor parte del ADN no está en forma de genes, sino que son sólo ‘cachivaches’ sobrantes de alguna parte distante de nuestra historia evolutiva. Los cachivaches consiguen un paseo gratis en la montaña rusa reproductora, y sobreviven porque son ‘egoístas’ y no les importa lo que le pasa a nada, excepto a sí mismos.

Aquí finaliza la visión folclórica de la evolución. La hemos parodiado un poco, pero tanto como usted podría esperar. La primera parte es una mentira-para-niños sobre la selección natural; la segunda parte está cerca del ‘neo-Darwinismo’, que ha sido el aceptado heredero intelectual de El Origen durante la mayor parte de los últimos 50 años. Darwin nos dijo qué ocurría en la evolución; el neo-Darwinismo nos dice cómo ocurre, y cómo ocurre es ADN.
No hay ninguna objeción a que el ADN sea fundamental para la vida sobre la Tierra. Pero casi todos los meses se hacen nuevos descubrimientos que cambian profundamente nuestra opinión de la evolución, la genética, y el crecimiento y diversificación de las criaturas vivientes. Éste es un vasto tema, y lo mejor que podemos hacer aquí es mostrarle algunos descubrimientos significativos y explicar por qué son significativos.
Exactamente como la física reemplazaba a Newton por Einstein, había una importante revolución en los dogmas básicos de la biología, de modo que ahora tenemos una visión diferente y más universal sobre qué impulsa la evolución. El punto de vista evolutivo ‘folklórico’: «Tengo esta nueva mutación. Me he convertido en un nuevo tipo de criatura. ¿Va a ser bueno para mí?», no es la manera en que piensan los biólogos modernos.
Hay muchas cosas equivocadas en nuestra historia folclórica de la evolución. De hecho la hemos construido así deliberadamente para que cada detalle esté equivocado. Sin embargo, no es muy diferente de muchos relatos en los libros de ciencia popular y en los programas de la televisión. Supone que los animales primitivos vivos hoy son nuestros antepasados, cuando son nuestros primos. Supone que ‘vinimos de’ los simios, cuando por supuesto el antepasado parecido a un simio del hombre es la misma criatura que el antepasado parecido a un humano de los simios modernos. Más seriamente, se supone que las mutaciones en el material genético, los cambios entre los que la selección natural tiene que trabajar —eso es, seleccionar entre— son verificados tan pronto aparecen, y etiquetados ‘malos’ (el organismo muere, o por lo menos deja de reproducirse) o ‘buenos’ (el animal aporta su progenie al futuro).
Hasta comienzos de los 60, también era lo que la mayoría de los biólogos pensaba. Efectivamente, dos biólogos muy famosos, J. B. S. Haldane y Sir Ronald Fisher, produjeron importantes trabajos a mediados de los 50 adhiriendo a esa opinión. Ellos creían que en una población de unos 1.000 organismos sólo cerca de un tercio de la población reproductible podía ‘perderse’ por malas variantes genéticas, o podía ser desalojado por organismos portadores de mejores versiones, sin que la población avanzara hacia la extinción. Calcularon que sólo unos diez genes podían tener variantes (conocidas como ‘aleles’) que aumentaban o disminuían como proporciones de la población. Quizás veinte genes podían estar cambiando de este modo, si no eran muy diferentes en ‘adecuación’ de los aleles comunes. Esta imagen de la población implicaba que casi todos los organismos de una especie determinada debían tener casi la misma composición genética, excepto algunos que portaban los buenos aleles nuevos, y ganadores, o los malos aleles que se iban. Estas excepciones eran mutantes, descriptas famosa y estúpidamente en muchas películas de ciencia ficción.
Sin embargo, a comienzos de los 60 el grupo de Richard Lewontin aprovechó una nueva manera de investigar la genética de los organismos en la naturaleza (o cualquiera). Miraron cuántas versiones de proteínas comunes podían encontrar en la sangre, o en fragmentos de células. Si sólo había una versión, el organismo había recibido el mismo alele de ambos padres: el término técnico aquí es ‘homocigótico’. Si había dos versiones, había recibido aleles diferentes de cada padre, y por eso era ‘heterocigótico’.
Lo que encontraron era totalmente incompatible con la imagen Fisher-Haldane.
Encontraron, y esto ha sido ampliamente confirmado en miles de poblaciones salvajes desde entonces, que en la mayoría de los organismos aproximadamente el 10% de los genes son heterocigóticos. Ahora sabemos, gracias al Proyecto Genoma Humano, que los seres humanos tienen unos 34.000 genes. De modo que unos 3.400 son heterocigóticos en cualquier individuo, en lugar de los diez, más o menos, pronosticados por Haldane y Fisher.
Además, si se hacen muestras de muchos organismos diferentes, resulta que aproximadamente un tercio de todos genes tienen aleles variantes. Algunos son raros, pero muchos de ellos ocurren en más del 1% de la población.
No hay ninguna manera en que esta imagen del mundo real de la estructura genética de la población pueda conciliarse con la visión clásica. Casi toda la selección natural actual debe discriminar entre diferentes combinaciones de mutaciones antiguas. El asunto no es que llega una nueva mutación y el resultado está inmediatamente sujeto a la selección: en cambio, esa mutación debe andar por allí típicamente, durante millones de años, hasta que eventualmente termina jugando un papel que marca una diferencia suficiente para que la selección natural se fije en ella, y reaccione.
Con visión retrospectiva, es ahora obvio que todas razas de perros existentes en la actualidad deben haber estado ‘disponibles’ —en el sentido de que ya existían los alleles necesarios, en alguna parte, en la población— en los originales lobos domesticados. Simplemente no hubo tiempo para acumular las necesarias mutaciones en los perros modernos. Darwin sabía de la cantidad de variedades crípticas y manifiestas de las palomas, también. Pero sus sucesores, animados sobre el rastro de la base molecular de la vida, olvidaron los lobos y las palomas. Casi olvidaron las células. El ADN era bastante complicado: la biología de la célula era imposible, y en cuanto a conocer un organismo...
El descubrimiento de Lewontin fue un significativo punto decisivo en nuestro conocimiento de la herencia y la evolución. Era por lo menos tan radical como la mucho mejor divulgada revolución que reemplazó la física de Newton por la de Einstein, y fue posiblemente más importante. Veremos que más o menos en el último año hubo otra revisión, aún más radical, de nuestro pensamiento sobre el control de la biología de la célula y el desarrollo por genes. Se hizo un control de realidad a todo el dogma sobre el ADN, mensajero del ARN, y a las proteínas, y los ‘auditores’ internos de la ciencia lo han convertido en algo tan arcaico como la genética de la población de Fisher.

Comúnmente se supone —no sólo los productores corrientes de programas de televisión de media hora sobre ciencia popular, sino también la mayoría de los autores de libros de ciencia popular— que ahora que sabemos sobre el ADN, el ‘secreto de la vida’, la evolución y sus mecanismos son un libro abierto. Poco después del descubrimiento de la estructura del ADN y su mecanismo de reproducción por James Watson y Francis Crick, a fines de los 50, los medios de comunicación —y libros de texto de biología en todos los niveles— empezaron a referirse a él como el ‘diseño para la vida’. Muchos libros, culminando con El Gen Egoísta de Dawkins en los 70, promocionaban la opinión de que al conocer el mecanismo de la herencia, habíamos encontrado la clave de todos los importantes enigmas de la biología y la medicina, especialmente de la evolución.
Pronto habría una importante tragedia, resultado de una aplicación médica de esa opinión equivocada. El sedante talidomida era prescrito en forma creciente, y comprado sin receta médica, para tratar las náuseas y otros malestares menores en las primeras semanas del embarazo.
Sólo más tarde se descubrió que en una pequeña proporción de casos, la talidomida podía causar un tipo de defecto congénito conocido como focomelia, en la que los brazos y las piernas son reemplazados por versiones parcialmente desarrolladas que parecen las aletas de una foca.
Necesitaron de algún tiempo para que alguien lo notara, en parte porque pocos médicos generales tenían experiencia sobre la focomelia antes de 1957. De hecho, pocos de ellos jamás habían visto un caso en absoluto, pero después de 1957 empezaron a ver dos o tres por año. Una segunda razón fue que era muy difícil relacionar este defecto a una poción o tratamiento en particular: se sabe que las mujeres embarazadas toman una gran variedad de aditivos alimenticios, y a menudo no recuerdan precisamente qué han tomado. Sin embargo, para 1961 algún trabajo de investigación médica había conectado la avalancha de focomelia con la talidomida.
Los médicos estadounidenses se felicitaron por haber evitado la patología, porque Frances Kelsey, una trabajadora médica de la Food and Drug Administration [administración de alimentos y fármacos], había expresado recelos sobre las pruebas originales de la droga sobre animales. Su desconfianza al final resultó infundada, pero evitó muchos sufrimientos en los EE.UU. Ella notó que la droga no había sido probada sobre animales embarazados, porque en ese momento no se pedían tales pruebas. Todos sabían que el embrión tenía su propio plan de desarrollo, muy separado del de la madre. Sin embargo, embriólogos entrenados en departamentos de biología, distintos de los embriólogos médicos, conocían el trabajo de Cecil Stockard, Edward Conklin, y otros embriólogos de los 20. Ellos habían demostrado que muchos químicos comunes podían causar monstruosos defectos de desarrollo. Por ejemplo, las sales de litio inducían fácilmente la ciclopía, un único ojo central, en embriones de pez. Estas rutas alternativas de desarrollo, inducidas por cambios químicos, nos han enseñado mucho sobre el desarrollo biológico de los organismos, y cómo controlarlo.
También nos han enseñado que el desarrollo de un organismo no está rígidamente determinado por el ADN de sus células. Las agresiones ambientales pueden empujar el curso del desarrollo a lo largo de rutas patológicas. Además, la genética de los organismos, particularmente de los organismos salvajes, está habitualmente organizada de modo que el desarrollo ‘normal’ ocurre a pesar de una variedad de agresiones ambientales, e incluso a pesar de los cambios en algunos de los genes. Este supuesto desarrollo ‘canalizado’ es muy importante en los procesos evolutivos, porque siempre hay variaciones de temperatura, desequilibrios y agresiones químicos, y bacterias y virus parasitarios; el organismo en crecimiento debe ser ‘protegido’ de estas variaciones. Debe tener rutas de desarrollo versátiles para asegurar que produzca la ‘misma’ criatura bien adaptada, sea lo que sea que haga el ambiente. Dentro de límites razonables, en todo caso.
Hay muchas tácticas y estrategias de desarrollo que ayudan a lograrlo. Van desde simples trucos como la proteína HSP90 al muy ingenioso intercambio mamífero.

HSP significa ‘proteína de choque térmico’. Hay unas 30 de estas proteínas, y se producen en la mayoría de las células como respuesta a un cambio repentino y no muy severo de temperatura. Un conjunto diferente de proteínas se producen como respuesta a otros impactos; ésta es llamada HSP90 por el lugar que ocupa en una lista mucho más larga de proteínas de células. La HSP90, como la mayoría de las HSP, es una chaperonina: su trabajo es abrazar a otras proteínas durante su construcción, de modo que cuando la larga línea de aminoácidos se dobla consigue la forma ‘correcta’. La HSP90 es muy buena haciendo la forma ‘correcta’ —incluso si el gen que especifica la proteína chaperonina ha acumulado muchas mutaciones. De modo que el organismo resultante no ‘nota’ las mutaciones; la proteína es ‘normal’ y el organismo se ve y actúa como su forma ancestral.
Sin embargo, si hay un impacto de calor u otra emergencia durante el desarrollo, la HSP90 es desviada de su papel como chaperonina, y otras chaperoninas menos poderosas permiten que las diferencias mutantes se expresen en la mayor parte de la progenie. El efecto que esto tiene sobre la evolución es el de mantener a los organismos iguales hasta que hay una tensión ambiental, cuando de repente en una generación aparecen montones de diferencias antes escondidas, pero heredables.
La mayoría de los libros que describen la evolución parecen suponer que cada vez que hay una mutación, inmediatamente el ambiente la juzga buena o mala... pero un pequeño truco, la HSP90, que está presente en la mayoría de los animales y muchas bacterias, convierte en disparate esa aseveración. Y desde el descubrimiento de Lewontin, que un tercio de los genes tienen variantes comunes en poblaciones salvajes y que todos los organismos portan muchas de ellas, está claro que las antiguas mutaciones son continuamente probadas en diferentes combinaciones modernas, mientras que los efectos potenciales de las mutaciones más recientes son ocultados por la HSP90 y su variedad.

El truco empleado por los mamíferos es mucho más complejo y tiene mayor alcance. Reorganizaron sus genes, y se libraron de un montón de complicaciones genéticas de las que sus antepasados anfibios dependían, adoptando una estrategia de desarrollo nueva y más controlada. La mayoría de las ranas y peces, cuyos huevos habitualmente tropiezan con grandes diferencias y cambios de temperatura durante cada embriología, se aseguran de que resulte la ‘misma’ larva y luego el mismo adulto. Piense en las huevas de rana en una laguna inglesa congelada, calentándose hasta los 35º C durante el día mientras procede el delicado desarrollo temprano; luego salen los pequeños renacuajos y tienen que tolerar estos cambios de temperatura. Ahora piense en las poquísimas ranas que salen de esos renacuajos.
La mayoría de las reacciones químicas, incluso muchas bioquímicas, ocurren a ritmos diferentes si la temperatura es diferente. Sólo se obtiene una rana si todos los diferentes procesos de desarrollo encajan eficazmente, y el ritmo es crucial. ¿De modo que cómo funciona el desarrollo de una rana en realidad, dado que el ambiente cambia tan rápida y repetidamente?
La respuesta es que el genoma de la rana ‘contiene’ muchos planes de contingencia diferentes, para muchas situaciones ambientales diferentes. Hay muchas versiones diferentes de cada una de las enzimas y otras proteínas que necesita el desarrollo de la rana. Todas ellas son puestas en el huevo mientras está en el ovario de la rana madre. Quizás haya no menos de diez versiones de cada una, apropiadas a diferentes temperaturas (enzimas rápidas para temperaturas bajas, perezosas para temperaturas más altas, para mantener igual la duración del desarrollo), y tienen ‘etiquetas’ en los paquetes que las contienen, de modo que el embrión puede escoger cuál usar de acuerdo con su temperatura. Los animales cuyo desarrollo debe ser protegido de esta manera utilizan mucho de su programa genético para instalar planes de contingencia para muchas otras variables, además de la temperatura.
Los mamíferos ingeniosamente evitaron todas estas vueltas, haciendo a sus hembras termostáticamente controladas —‘de sangre caliente’. Lo que cuenta no es la temperatura de la sangre, sino el sistema que la mantiene a una temperatura constante. El útero perfectamente controlado mantiene fuera de los embriones todas las otras variables, también, desde venenos hasta predadores. Probablemente le ‘cuesta’ mucho menos a la programación del ADN asumir esta estrategia, también.
Este truco, desarrollado por los mamíferos, porta un mensaje importante. Preguntar cuánta información pasa a través de las generaciones en el plano del ADN, como a menudo preguntan los libros de texto y sofisticados manuales de investigación, es errar el punto. Es más importante y mucho más interesante cómo son usados los genes y las proteínas, que cuántos genes o proteínas hay en una criatura en particular. Los peces de pulmones y algunas salamandras, incluso algunas amebas, tienen más de cincuenta veces el ADN que nosotros los mamíferos. ¿Qué dice esto sobre la complejidad de estas criaturas, comparadas con nosotros?
Absolutamente nada.
Los trucos como la HSP90, y las estrategias como la sangre caliente y mantener el desarrollo dentro de la madre, significan que la información del ADN al estilo contar-frijoles es irrelevante. Lo que cuenta es lo que significa el ADN, no qué tan grande es. Y el significado depende del contexto, tanto como el contenido: no se puede regular la temperatura del útero a menos que su contexto (es decir, la madre) tenga uno.
El punto de vista ingenuo de la ‘mutación’, relacionado con tendenciosas interpretaciones de la función del ADN en términos de la ‘teoría de la información’, está a menudo relacionado con ignorancia de la biología en otras áreas. Un ejemplo es la biología de la radiación y la simple ecología como las ven los ‘activistas conservacionistas’. Algunos de estos voluntarios encontraron ranas de cinco patas y otros ‘monstruos’ vientos abajo del sitio de Chernobil, años después del accidente nuclear, pero mientras los niveles de radiación todavía eran perceptiblemente altos. Afirmaron que los monstruos eran mutantes, causados por la radiación. Sin embargo otros trabajadores encontraron después la misma cantidad de supuestos mutantes vientos arriba del sitio del reactor.
Resultó que la mejor explicación no tenía nada que ver con las ranas mutantes. Era la ausencia de sus predadores habituales, búhos, halcones y serpientes, porque había muchos humanos caminando por allí. Los renacuajos de la rana palustris de Chernobil no produjeron más de estas patologías que los de otras muestras de huevas de rana no sometidas a la radiación en lagunas a algunas decenas de kilómetros de distancia, y sobrevivieron unos altos porcentajes de ambos. Habitualmente, en las ranas temporarias británicas es muy difícil conseguir el 10% de adultos normales, o incluso de las disponibles en el laboratorio, pero no producen miembros adicionales como las palustris. Es normal el caso, por supuesto, que la producción de unos 10.000 huevos de una rana hembra en su vida resulte en algunos muy selectos —y por lo tanto ‘normales’— supervivientes, y en promedio sólo dos criadores. Pero a los ecologistas no les gusta pensar en esta aritmética reproductiva, con todas esas muertes.

Aquí hay otro asunto, otra vez elegido de la literatura de la talidomida, que demuestra cómo equivoca el punto el discurso de Lamarck, o de las ‘mutaciones’.
Algunos de los niños afectados por la talidomida se han casado entre sí, y varias de estas parejas produjeron niños focomélicos. La deducción obvia, desde el punto de vista folclórico del ADN, es que el ADN de la primera generación debe haber sido alterado, de modo que produjo el mismo efecto en la siguiente. De hecho, este efecto se ve, a primera vista, como un efecto Lamarck: la herencia de las características adquiridas. Efectivamente, parece una clásica demostración de tal herencia, tan convincente como si el corte de las colas de los terrier resultara en cachorros nacidos con colas pequeñas. Sin embargo, es en realidad una lección para no intentar explicar las cosas ‘a primera vista’, como hicieron los conservacionistas con las ranas anormales.
Es muy tentador hacer exactamente eso, cuando en la mente la idea de la herencia es que un gen lleva a una característica, de modo que si se tiene una característica se tiene el gen, y viceversa. Las cifras de la literatura epidemiológica sugieren que en el espacio de algunos años a ambos lados de 1960, aproximadamente 4 millones de mujeres tomaron talidomida en el momento crítico durante la gestación. De ésas, unos 15.000-18.000 fetos estaban dañados; 12.000 nacieron con defectos, y unos 8.000 sobrevivieron el primer año. En otras palabras, el curso natural del desarrollo seleccionó sólo 1 en 500 que mostraron efectos adversos. La proporción de niños nacidos sin defectos detectables fue mucho, mucho más alta. Y ese hecho cambia nuestra opinión sobre la razón probable porque los niños con dos padres de talidomida sufrieron focomelia, a la siguiente.
Conrad Waddington demostró un fenómeno llamado ‘asimilación genética’. Empezó con una población genéticamente diversa de moscas de la fruta salvajes, y descubrió que aproximadamente una en 15.000 de sus crisálidas, cuando se calentaban, producían una mosca sin la veta cruzada en el ala. Estas moscas ‘sin-cruz’ se veían exactamente como algunas moscas mutantes muy raras que aparecían ocasionalmente en la naturaleza, exactamente como los ocasionales niños genéticamente focomélicos aparecían antes de la talidomida. Reproduciendo las moscas que respondían al tratamiento, Waddington seleccionó según un umbral más y más bajo de respuesta. En algunas decenas de generaciones, había seleccionado moscas que reproducían fielmente el rasgo de la ausencia de cruz, presentándose con regularidad sin que nadie calentara las crisálidas. Esto podría parecer una herencia tipo Lamarck, pero no lo es. Es asimilación genética. Los experimentos seleccionaron moscas que no tenían ninguna veta en cruz en umbrales de temperatura más y más bajos. Al final, seleccionaron moscas que no tenían ninguna cruz a temperaturas ‘normales’.
De manera similar, la asimilación genética provee una mucho mejor explicación que Lamarck para los niños focomélicos de padres modificados por la talidomida. Hemos seleccionado, de 4 millones de fetos, los que responden a talidomida con focomelia. No es sorprendente que cuando se casan entre sí, producen algunas progenies cuyo umbral es muy bajo —bajo cero, a decir verdad. Son tan propensos a producir focomelia que lo hacen sin la talidomida, exactamente como las moscas de Waddington llegaron a producir progenies sin cruz sin calentar las crisálidas.

Una de las cosas que realmente preocupaban a Darwin era la existencia de avispas parasitarias —un hecho que ha influido en nuestro relato de Mundodisco, pero que ha quedado sin discutir en los comentarios científicos hasta ahora. Las avispas parasitarias ponen sus huevos en las larvas de otros insectos, de modo que cuando los huevos de la avispa se convierten en larvas, se comen a sus anfitriones. Darwin pensaba que esto podría haber ocurrido en el terreno evolutivo, pero le parecía algo inmoral. Era consciente de que las avispas no tienen un sentido moral, pero lo veía como una especie de falla de parte del creador de las avispas. Si Dios diseñó cada especie sobre la Tierra, por un propósito especial —que es lo que la mayoría de las personas creían en ese momento— entonces Dios había diseñado deliberadamente las avispas parasitarias, cuyo propósito era comer otras especies de insectos, también diseñados por Dios. Para ser comidos, presumiblemente.
Darwin estaba fascinado por tales avispas, desde que se encontró con ellas en la bahía de Botafogo, Brasil. Eventualmente quedó satisfecho —aunque no sus sucesores— con que Dios había encontrado necesario permitir la existencia y evolución de las avispas parasitarias para llegar a los humanos. A esto alude la cita al final del Capítulo 10. Esa particular explicación ha perdido predilección entre los biólogos, junto con todas las interpretaciones deístas. Las avispas parasitarias existen porque hay algo para que ellas parasiten —de modo que por qué no hacerlo. Efectivamente, las avispas parasitarias juegan un papel muy importante en el control de muchas otras poblaciones de insectos: casi un tercio de todas las poblaciones de insectos que a los humanos les gusta etiquetar como ‘plagas’ son mantenidas a raya de esta manera. Tal vez fueron creadas para que los humanos fueran posibles... De todos modos, las avispas que desconcertaban tanto a Darwin todavía tienen mucho que decirnos, y el más reciente descubrimiento sobre ellas amenaza con anular varias creencias preciadas.
Estrictamente, el descubrimiento no se refiere tanto a las avispas, sino a algunos virus que las infectan... o que son simbióticos con ellas. Son llamados virus-poli-ADN.
Cuando la avispa madre inyecta sus huevos en alguna desprevenida larva, como una oruga, también inyecta una sólida dosis de virus, entre otros los llamados virus-poli-ADN. La oruga no sólo recibe un parásito, recibe una infección. Los genes del virus producen proteínas que interfieren con el sistema inmunológico de la propia oruga, evitando que reaccione frente al parásito y quizás lo rechace. De modo que las larvas de la avispa se comen alegremente a la oruga, y con suficiente tiempo se transforman en avispas adultas.
Ahora, cualquier avispa parasitaria adulta que se respete obviamente necesita su propia dotación de virus-poli-ADN. ¿De dónde los obtiene? De la oruga de la que se alimentó. Y los recibe (exactamente como la madre) no como un ‘organismo’ infectivo separado, sino como lo que se llama un provirus: una secuencia de ADN integrada en el propio genoma de la avispa.
Muchos genomas, probablemente la mayoría si no todos, incluyen varias partes de virus de este modo. Los nuestros las incluyen indudablemente. El transporte de ADN por los virus parece haber sido una importante característica de la evolución.
En 2004 un equipo dirigido por Eric Espagne descubrió la secuencia ADN de un virus-poli-ADN y encontraron que era dramáticamente diferente de lo que cualquiera había esperado. Los típicos genomas de virus son muy diferentes de los de los ‘eucariotas’ —organismos cuyas células tienen un núcleo, grupo que incluye a la mayoría de las criaturas multicelulares y a muchas unicelulares, pero no a las bacterias. Las secuencias de ADN de la mayoría de los genes eucariotas consisten en ‘exones’, breves secuencias que colectivamente codifican para proteínas, separadas por otras secuencias llamadas intrones, que son recortadas cuando el código se convierte en la proteína apropiada. Los genes virales son relativamente simples, y típicamente no contienen intrones. Consisten en secuencias codificadas y conectadas que especifican proteínas. Este particular genoma de virus-poli-ADN, por contraste, sí contiene intrones, un montón de ellos. El genoma es complejo, y se parece mucho más a un genoma eucariota que a uno viral. Los autores llegan a la conclusión de que los genomas de virus-poli-ADN constituyen ‘armas biológicas dirigidas por las avispas contra sus anfitriones’. De modo que se ven más como el genoma del enemigo que el de un virus corriente.
Numerosos ejemplos, viejos y nuevos, refutan todos los aspectos de la versión folklórica de la evolución y del ADN. Terminamos con uno que parece en especial importante, descubierto en fecha muy reciente, y cuya significancia se está volviendo seriamente evidente para la comunidad biológica. Es tal vez el impacto más severo que biología de la célula ha recibido desde el descubrimiento del ADN y del maravilloso ‘dogma central’: el ADN especifica el mensajero-ARN que especifica las proteínas. El descubrimiento no fue hecho a través de un gran programa de investigación muy publicitado como el proyecto del genoma humano. Lo hizo alguien que se preguntaba por qué sus petunias se habían vuelto rayadas. Cuando todo el mundo está persiguiendo ‘al’ genoma humano, no es fácil conseguir subvenciones de investigación para trabajar sobre petunias rayadas. Pero lo que las petunias revelaron sería con toda probabilidad mucho más importante para la medicina que todo el proyecto del genoma humano.
Porque las proteínas son la estructura de las criaturas vivas, y porque como enzimas controlan los procesos de la vida, parecía obvio que el ADN controlaba la vida, que podemos ‘mapear’ el código del ADN en todas las funciones importantes de la vida. Podíamos asignar una función a cada proteína, de modo que podíamos suponer que el ADN que codificaba esa proteína era en última instancia o básicamente responsable de la función correspondiente. Los primeros libros de Dawkins reforzaron la idea de un gen, una proteína, una función (aunque con cautela advirtió a sus lectores que no quería dar esa impresión), y esto alentó exageraciones de los medios, como llamar al genoma humano el Libro de la Vida. Y la imagen del ‘gen egoísta’ hizo completamente creíble que inmensas prolongaciones del genoma estaban presentes por razones únicamente egoístas —es decir, sin ninguna razón relacionada con el organismo involucrado.
Los biólogos empleados —como tantos ahora— en las industrias de biotecnología para la agricultura, farmacia, medicina, e incluso en algunos proyectos de ingeniería (no queremos decir exactamente ‘ingeniería genética’ sino haciendo mejores aceites para motor), todos suscriben el dogma principal, con unas pocas modificaciones menores y excepciones. Todos han sido informados de que casi todo el ADN en el genoma humano es ‘cachivache’, no un código para proteínas, y que aunque algo de él podría ser importante para los procesos de desarrollo o para controlar algunos de los genes ‘reales’, en realidad no necesitan preocuparse por eso.
Lo cierto es que un montón de ADN cachivache parece estar trascripto en el ARN, pero sólo son cortos tramos que aparecen brevemente en los fluidos de la célula y no necesitan ser considerados cuando se están haciendo las importantes cosas de hacer-proteínas con los genes verdaderos. Recuerde que las secuencias de ADN de los genes verdaderos consisten en un mosaico de ‘exones’ que codifican proteínas, separados por otras secuencias llamadas intrones. Los intrones tienen que ser quitados de las copias del ARN para obtener las secuencias reales de codificación de proteína, llamadas mensajeros-ARN, que se atan a los ribosomas como cintas en un casete. Los mensajeros-ARN determinan qué proteínas serán producidas, y tienen secuencias en los extremos que los etiquetan para hacer muchas copias de una proteína o para su destrucción después de sólo un par de moléculas de proteína.
Nadie se preocupaba por esos intrones recortados, apenas trozos de ARN que derivaban sin rumbo por allí en la célula hasta que las enzimas los disolvían. Ahora sí importan. Escribiendo en el Scientific American de octubre de 2004, John Mattick informa que ----
El dogma central es deplorablemente incompleto para describir la biología molecular de los eucariotas. Las proteínas sí juegan un papel en la regulación de la expresión eucariótica de un gen, además de un sistema regulador escondido y paralelo compuesto de ARN que actúa directamente sobre el ADN, el ARN y las proteínas. Esta red de señales de ARN, pasada por alto, podría ser lo que le permite a los humanos, por ejemplo, lograr complejidad estructural mucho más que cualquier cosa vista en el mundo unicelular.
Unas petunias lo pusieron en claro. En 1990, Richard Jorgensen y sus colegas estaban tratando de producir nuevas variedades de petunias, con colores más interesantes y más vivos. Un enfoque obvio fue producir con ingeniería dentro del genoma de la petunia algunas copias adicionales del gen que codificaba una enzima involucrada en la producción del pigmento. Más enzima, más pigmento. ¿Correcto?
Equivocado.
¿Menos pigmento?
No, no exactamente. Lo que antes era un pétalo de color uniforme se volvió rayado. En algunos lugares el pigmento era producido, en otros lugares no. Este efecto fue tan sorprendente que los biólogos de plantas trataron de averiguar exactamente por qué estaba ocurriendo. Y lo que encontraron fue ‘interferencia ARN’. Ciertas secuencias de ARN pueden clausurar un gene, evitando que haga proteína. Ocurre en muchos otros organismos también. De hecho, está sumamente extendido. Y sugiere algo extraordinariamente importante.
La gran pregunta en esta área, hecha muchas veces e ignorada en gran parte, ha sido siempre: si los intrones (que ocupan por completo una vigésima parte de un típico gen de codificación de proteína) no tienen función biológica, ¿por qué están ahí? Es fácil descartarlos como reliquias de algún débil pasado evolutivo, ya inútil, dando vueltas por allí porque la selección natural no puede librarse de cosas que son inofensivas. Aún así, todavía podemos preguntarnos si los intrones están presentes porque tienen alguna función útil, una que todavía no hemos descubierto. Y está empezando a parecer como si ése fuera el caso.
Para empezar, los intrones no son tan antiguos. Ahora parece que fueron incorporados en el genoma humano más o menos recientemente. Es probable que estén relacionados con elementos genéticos móviles conocidos como intrones del grupo II, que es una forma ‘parasitaria’ de ADN que puede invadir los genomas del anfitrión y luego retirarse cuando el ADN se expresa como ARN. Además, ahora parece jugar un papel como ‘señal’ en la regulación de los procesos genéticos. Un intrón puede ser relativamente corto, comparado con las largas secuencias de codificación de proteína que surgen cuando los intrones son quitados, pero una señal corta tiene sus ventajas y puede hacer mucho. En efecto, los intrones podrían ser ‘mensajes de texto’ genéticos en el teléfono móvil de la vida. Corto, barato, y muy efectivo. Un ‘código’ con base ARN, corriendo en paralelo a la doble hélice de ADN, puede afectar la actividad de la célula muy directamente. Una secuencia de ARN puede actuar como una señal muy específica y bien definida, dirigiendo las moléculas de ARN a sus objetivos en el ARN o en el ADN.

Las pruebas de la existencia de tal sistema de señales son razonables, pero todavía no innegables. Si tal sistema existe, claramente tiene el potencial de resolver muchos misterios biológicos. Un gran enigma sobre el genoma humano es que sus 34.000 genes logran codificar más de 100.000 proteínas. Evidentemente ‘un gen, una proteína’ no funciona. Un sistema escondido de señales ARN podría hacer que un gen produjera varias proteínas, dependiendo de lo que especifique la señal ARN acompañante. Otro enigma es la complejidad de los eucariotas, especialmente la explosión del Cambriano de hace 525 millones de años, cuando la gama de planos-de-cuerpos terrestres se diversificó de repente fuera de todo reconocimiento; efectivamente, era más diversa que ahora. Quizás el hipotético sistema de señales ARN comenzó a despegar en ese momento. Y es ampliamente sabido que el genoma del humano y del chimpancé son asombrosamente similares (aunque el grado de similitud parece no ser el 98% tan citado incluso hasta hace algunos años). Si nuestras señales ARN son significativamente diferentes, ésa sería una manera de explicar por qué los humanos no nos parecemos muchísimo a los chimpancés.
De todos modos, parece que todo ese ADN ‘cachivache’ en el genoma no es cachivache en absoluto. Por el contrario, podría ser una parte crucial de lo que nos hace humanos.
Esta lección es entendida por esos socios de las avispas parasitarias, los simbióticos virus-poli-ADN, enterrados y escondidos dentro del propio ADN de las avispas. Hay un mensaje ahí sobre la evolución humana, y es uno muy extraño.
La secuencia del genoma podría haber sido sobre-vendido como una respuesta a las enfermedades humanas, pero es muy buena ciencia básica. Las actividades de los secuenciadores han revelado que las avispas no son los únicos organismos que tienen partes de ADN viral por allí en sus genomas. De hecho, la mayoría de las criaturas los tienen, incluso los humanos. El genoma humano incluso contiene un genoma viral completo, y sólo uno, llamado ERV-3 (Retrovirus Endógeno). Esto podría parecer una rareza evolutiva, un trozo de ‘cachivache ADN’ que es realmente cachivache... pero, en realidad, sin él ninguno de nosotros estaría aquí. Juega el papel absolutamente crucial de evitar el rechazo del feto por la madre. El sistema inmunológico de la madre ‘debería’ reconocer el tejido de un bebé en vías de desarrollo como ‘extraño’, y activar las acciones para librarse de él. Por ‘debería’ aquí queremos decir que esto es lo que el sistema inmunizado normalmente hace con los tejidos que no son los de la madre.
En apariencia, la proteína ERV-3 se parece mucho a otra llamada p15E, que es parte de un sistema defensivo extendido usado por los virus para evitar que sus anfitriones los maten. La proteína p15E evita que los linfocitos, un fundamental tipo de célula en el sistema inmunológico, respondan a los antígenos, moléculas que revelan la naturaleza extraña del virus. En alguna etapa durante la evolución de los mamíferos, este sistema defensivo fue robado de los virus y utilizado para evitar que la placenta de la hembra responda a los antígenos que revelan la naturaleza extraña del padre del feto. Quizás sobre el principio de ser colgado por una oveja también por un cordero, el genoma humano decidió por todo el cerdo y robó el genoma retroviral entero.
Cuando la evolución llevó a cabo el robo, sin embargo, no sólo se deshizo de su botín dentro de la inalterada secuencia del ADN humano. Tiró un par de intrones, también, dividiendo el ERV-3 en varios trozos separados. Está completo, pero no conectado. No importa: las enzimas pueden recortar los intrones fácilmente cuando esa parte del ADN es convertida en proteína. Pero nadie sabe por qué están ahí los intrones. Podrían ser una intrusión accidental. O —siguiendo la idea de la interferencia ARN— podrían ser mucho más importantes. Esos intrones podrían ser una parte importante del sistema regulador genético, ‘mensajes de texto’ que permiten que la placenta use ERV-3 sin correr el riesgo de soltar el virus correspondiente.
De todos modos, para lo que sea que los intrones estén, la sangre caliente no es el único truco que logró encontrar y aprovechar la evolución de los mamíferos.
También se permitió el robo al por mayor del genoma de un virus, para evitar que el sistema inmunológico de la madre echara a patadas al benjamín porque ‘apestaba’ al padre. Y también recibimos otra lección y es que el ADN no es egoísta. El ERV-3 está presente en el genoma humano, pero no porque es un trozo de cachivache que se copia junto con todo lo demás y permanece porque no hace daño. Está ahí porque, en un sentido muy real, los humanos no podrían sobrevivir —ni siquiera podrían reproducirse— sin él.



CAPÍTULO 21
Sorpresa de turrón
La actividad en el Gran Salón estaba disminuyendo ahora. A todo lo largo de las líneas de arco iris del tiempo, los nodos se estaban cerrando. O cerrados, o desanudados, pensó Rincewind. Lo que sea que se hiciera con los nodos, de todos modos.
Hubo un poco de regocijo cuando el último símbolo brillante de mago se desvaneció, y un rugido afuera cuando tres magos y muchos tentáculos aterrizaron en la fuente. Rincewind se había sorprendido ante eso, y luego se sintió consternado. Ya que no tenía su nombre en él, significaba Ridcully tenía algo peor en mente.
—Parece que no soy necesario ahora —dijo con esperanzas, por las dudas.
—Ajá, profesor, qué previsor es usted y no se equivoca —dijo la langosta junto a él—. El Archicanciller fue muy preciso en que nosotros debíamos retenerle aquí sin importar qué dijera.
—¡Pero no estaba escapando!
—No, usted sólo estaba inspeccionando la pared con los ladrillos sueltos —dijo la langosta —. Lo comprendemos completamente. Es una suerte para usted que lo atrapáramos antes de que cayera en el callejón, ¿eh? Podría haberse hecho daño.
Rincewind suspiró. Siempre era difícil dejar atrás a las langostas. Cazaban en manada, parecían compartir un cerebro común, y muchos años de acosar estudiantes traviesos les habían dado una maligna astucia callejera que rayaba en lo sobrenatural.
Algunos de los magos entraron... Había una discusión en curso entre Ridcully y el Decano.
—No veo por qué no debería.
—Porque te pones demasiado excitado en presencia de combate, Decano. Corres de un lado para otro haciendo absurdos ruidos "hut hut" —dijo Ridcully—. ¿Recuerdas por qué tuvimos que detener esas tardes de bolas de pintura? Parecías incapaz de encontrarle la vuelta al término ‘personas de mi lado’.
—Sí, pero esto es...
—Nos llevó una semana lograr que el Prefecto Mayor se viera medio apropiado como compañía agradable... Ah, Rincewind. Todavía con nosotros, ya veo. Buen hombre. Muy bien, Sr. Stibbons: ¡Informe!
Ponder tosió.
—Hex confirma que, er, que nuestras recientes actividades pueden haber dejado cami-rulos entre nuestro mundo y Mundobola, señor. En otras palabras, conexiones residuales que pueden ser usadas deliberadamente o inadvertidamente desde cualquier lado. Puertas mágicas, de hecho, derivando sin ancla. Se evaporarán en cuestión de días. Hum...
—No quiero escuchar ‘hum’, Sr. Stibbons. ‘Hum’ no es una palabra que consideremos aquí.
—Bien, el hecho es que ya que los cami-rulos están dispersos a lo largo de siglos, los Auditores bien podrían haber estado en Mundobola durante algún tiempo. No tenemos ninguna manera de saber por cuánto tiempo. Hex, hum, lo siento, informa alguna evidencia circunstancial de que los humanos son débilmente conscientes de su interferencia maligna, aunque a nivel muy mundano como se demuestra por las conclusiones de un investigador llamado Murphy. Mundobola sería difícil para ellos. Estarían desconcertados. Las cosas no funcionarían de la manera en que esperan. No son pensadores flexibles.
—¡Pudieron tontear con el viaje del Sr. Darwin!
—Haciendo muchas cosas pequeñas y algo estúpidas con gran esfuerzo, señor. No reaccionan bien ante la adversidad. Se vuelven caprichosos. Por lo que nos cuenta el Profesor Rincewind, muchos cientos de ellos tienen que combinarse incluso para efectuar una simple acción física.
Retrocedió y señaló algunos artículos colocados en una mesa.
—Hay algunas evidencias de que los Auditores, siendo encarnaciones de leyes físicas, encuentran difícil lidiar con instrucciones disparatadas o contradictorias. Por lo tanto, he preparado esto.
Blandió algo que parecía una paleta de tenis de mesa. Sobre ella había unas palabras impresas: "No Lea Este Cartel”.
—Eso funciona, ¿verdad? —dijo el Decano, con desconfianza.
—Se dice que pone sus mentes en un estado de fuga, Decano. Se sienten confundidos y solos, y se evaporan en un instante. Estar solo implica tener un sentido de identidad, y se dice que cualquier Auditor que desarrolle una individualidad muere en el acto.
—¿Y los arcos catapulta? ¿Para qué son? —dijo el Archicanciller, sacando la mano del Decano de uno de ellos con una palmada.
—Además, es posible que un colectivo de Auditores con suficiente presencia en el mundo material pueda desarrollar toscos sentidos físicos y por tanto he adaptado algunos arcos catapulta para disparar una mezcla de estímulos, er, intensos. Las viejas referencias sugieren chili, esencia de Wahoonie o flores de Blissberry, pero el pensamiento moderno se inclina por Surtido Lujoso de Higgs & Meakins.
—¿Chocolate? —dijo Ridcully.
—No les gusta, señor.
—¡Pero esas cosas pueden vivir en el espacio vacío y en el interior de las estrellas, hombre!
—Donde el chocolate está significativamente ausente, señor —dijo Ponder, con paciencia—. Se mantienen lejos de él. También, viene hábilmente empacado. Particularmente no les gusta la Vuelta de Fresa.
Ridcully recogió un arco, lo apuntó a un mago, y disparó. Se escuchó un distante ‘¡Ouch!’.
—Hum. Se dispersa bien al impacto —dijo—. Bien hecho, Sr. Stibbons. Estoy impresionado. Estás a cargo.
El Decano mostró desagrado.
—¡Protesto! ¡Soy el Decano, y todo está dicho!
—¡Oh, de acuerdo, Decano, puedes venir! Pero, y quiero ser absolutamente claro, no le apuntarás a nada a menos que te dé una instrucción precisa, ¿comprendido?
—Sí, Mustrum —dijo el Decano con mansedumbre.
—Además, en ningún momento agitarás tu arma en el aire y gritarás "choquen y carguen". ¿Eso está claro? ¡Lo digo porque prácticamente puedo ver las absurdas palabras formándose en tu cabeza!
—¡Ésa es una infame calumnia! —gritó el Decano.
—Eso espero. Stibbons, espera aquí con los monitores y cuida que el Sr. Darwin no sufra ningún daño. Hex, ya sabes dónde enviarnos. ¡Invisible, hazme el favor!

Mientras Charles Darwin permanecía sentado en una neblina azul en la Universidad Invisible, un Charles Darwin ligeramente más joven estaba mirando hacia afuera, a la lluvia, notando ocioso que sonaba un poco a susurros.
Una desventaja de la invisibilidad es que nadie puede verte; es de hecho la principal desventaja si hay un grupo de...
—¡... ése era mi pie!
—¿Quién es ése?
—¡Mira por dónde vas!
—¿Y en qué ayudará?
—¡Guarden silencio, gente! ¡Los escuchará!
En ese punto, la pared en la esquina se disolvió y cruzó una luz brillante. Escarabajos de todos los tamaños y colores se volcaron en el estudio en un torrente reluciente.
Una figura que los magos reconocieron caminó a través del agujero y miró a su alrededor con un aire de amistosa perplejidad. Tenía una corona de hojas ligeramente torcida sobre su cabeza, y brillaba con la luz de la deidad.
—¿El Sr. Darwin? —dijo, mientras la figura en la esquina giraba y miraba—. ¿Entiendo que está estudiando la evolución y actualmente desconcertado?
—¡Miren detrás de él! —susurró Ridcully.
Los magos invisibles miraron en el parpadeante agujero. Había arena, y mar en la distancia, una sugerencia de sombras movedizas...
—Detrás de mí —siseó Ridcully, mientras un Darwin asombrado caía de rodillas—. Atrapémoslos...
Los magos se escurrieron a través del cami-rulo, mientras detrás de ellos una voz anciana decía:
—Por supuesto, la selección es, jajaja, nada más que natural. Tome, por ejemplo, una especie de avispa parasitaria...

La arena hervía. A veces puñados de ella se alzaban en el aire. Una persona invisible puede moverse con cautela y velocidad. Media docena de personas invisibles son un accidente que espera ocurrir una y otra vez.
—No está siendo nuestra mejor hora —dijo la voz de Ridcully—. ¡Cada vez que empiezo a ponerme de pie otra persona camina sobre mí! ¿No puede Hex solucionarlo?
—Estamos de regreso en el mundo real —dijo el Decano invisible—. El poder de Hex no es tan fuerte aquí. Le llevará algo de tiempo encontrarnos. ¿Te molestaría salir de mi pierna? Muchas gracias.
—Ése no soy yo, yo estoy aquí. No veo por qué es un problema. ¡Estábamos en otro mundo, después de todo!
—Mundobola está exactamente dentro del Edificio de Alta Energía Mágica —dijo el Conferenciante en Runas Recientes—. Estamos a miles de millas de distancia, sospecho. ¿Podría posiblemente sugerir que todos nos esforcemos por alejarnos gateando en direcciones diferentes? Si tú, Decano, te diriges hacia ese pequeño arbusto con flores rojas, y Rincewind... ¿dónde está Rincewind?
—Aquí —dijo una voz amortiguada desde abajo de la arena.
—Lo siento... te diriges hacia esa roca allí...
Gradualmente, con sólo una ocasional maldición, los magos pudieron ponerse de pie invisibles.
—Esto es la Isla Mono, reconozco esa montaña —dijo Ridcully—. Tengan cuidado con...
—¿Por qué no lo golpeamos en la cabeza? —dijo el Decano—. ¿Un simple golpe en la cabeza? Entonces podíamos haberlo arrastrado hasta aquí, problema terminado.
—Pero es cuántico —dijo Rincewind—. Tenemos que enfrentarnos con lo que ha ocurrido. Si evitamos que ocurra antes de que ocurra, las otras cosas que... —Vaciló—. Mire, es cuántico. Créame, lo habría preferido de la otra manera.
—De todos modos, no puedes simplemente golpear a los dioses en la cabeza —dijo Ridcully, ahora un débil perfil contra el océano distante—. Por lo general no funciona y provoca habladurías. Es seguro que los otros dioses se enterarían también.
—¿Y entonces? A ninguno de ellos le gusta. ¡Lo exiliaron aquí después de que inventó el elefante ermitaño! —dijo el Decano, que también estaba apareciendo.
—Es el aspecto de la cosa —dijo Ridcully—. No quieren alentar el deicidio. Además, miren hacia arriba...
—Oh, cielos —dijo Rincewind—. Auditores...
Una nube gris bajaba rodando por la montaña. A medida que se acercaba, se contraía, haciéndose más oscura.
—Han aprendido cosas —dijo Ridcully—. Nunca lo habían hecho antes. Oh, bien... Rincewind, primera línea de defensa, hazme el favor. ¡Y aprisa!
Rincewind, que siempre había operado sobre la suposición de que si uno llevaba un arma le estaba dando al enemigo algo adicional con qué golpearlo, levantó un cartel. Decía: VÁYANSE.
—Stibbons dice que debería funcionar —dijo Ridcully, inseguro.
Los Auditores se acercaron, fusionándose hasta que, ahora, sólo quedaba media docena. Eran oscuros y amenazantes.
—Ah, probablemente no son del tipo de lectura, entonces —dijo Ridcully—. Caballeros, es tiempo de chocolate...
Tendría que decir que la mayoría de los magos no tenían puntería natural. Un hechizo iba donde uno quería que fuera. Sólo tenían que agitar la mano en una dirección general. Nunca habían aprendido a apuntar.
Algunos tiros dieron en el blanco. Cuando varios golpeaban a un Auditor dejaba salir un delgado grito y empezaba a romperse en sus túnicas componentes, que entonces se evaporaban. Pero uno, ligeramente más grande que los otros, zigzagueaba entre los chocolates que caían. Los Auditores aprendían aquí... y los magos se estaban quedando sin chocolate.
—Sujétalo —dijo el Decano, apuntando su arco.
La forma se detuvo.
—Ah —dijo el Decano, con felicidad—. Ja, espero que se esté preguntando, eh, espero que se esté preguntando, efectivamente, si me queda algún chocolate. Y en realidad no...
—No —dijo el Auditor, derivando hacia adelante.
—¿Qué? ¿Perdón?
—No me estoy preguntando si le queda algún chocolate —dijo la oscura aparición—. No le queda ninguno. El Surtido Lujoso de Higgs & Meakins comprende dos de cada: Látigos de Nuez, Vueltas de Fresa, Barras de Caramelo, Cremas de Violeta, Cremas de Café, Látigos de Cereza y Macizos de Nuez; y uno de cada: Delicia de Almendra, Copa de Vainilla, Crema de Durazno, Fundido de Café, y Farsa de Limón.
El Decano sonrió con la sonrisa de un hombre cuyas Vigilias de la Noche de los Puercos, todas, han venido de repente. Levantó el arco.
—¡Entonces sea tan amable para decir buen día a la Sorpresa de Turrón!
Se escuchó un twang. El dulce voló. Por un momento el Auditor vaciló, y los magos contuvieron la respiración. Entonces, con el más leve de los gemidos, se destiñó en la nada.
—Todos olvidan la Sorpresa de Turrón —dijo el Decano, volviéndose hacia los otros magos—. Supongo que es porque es irremediablemente horrible.
No se escuchó nada más que el sonido del mar por unos segundos. Luego:
—Er... bien hecho, Decano —dijo Ridcully.
—Gracias, Archicanciller.
—Un poco demasiado fanfarrón, sin embargo. Quiero decir, no tenías que charlar con la cosa.
—No estaba de hecho seguro si había usado el turrón —dijo el Decano, todavía sonriente. Sería necesario un gran esfuerzo para borrar esa sonrisa; Ridcully lo sabía y por eso se rindió.
—Buen espectáculo, a pesar de todo —farfulló, y luego levantó la voz—. Si puedes escucharme, Hex... de regreso al Gran Salón, por favor.
Nada ocurrió. Una parte importante de transferir materia a través del mundo es mover una masa equivalente hacia el otro lado. Eso puede llevar un rato.
Entonces una mesa de roble, tres sillas y dos cucharas chocaron en la playa. Un momento después, los magos se esfumaron.



CAPÍTULO 22
Olvide los hechos
Lo que importa son las teorías.
Mundodisco no tiene ciencia como tal. Pero tiene una variedad de sistemas de causalidad, que van desde las intenciones humanas ("Sólo saldré por un trago en el Tambor Remendado") hasta los hechizos mágicos, hasta un narrativium generalizado que mantiene la historia local y general cerca de las líneas del ‘relato’. Mundobola tiene ciencia, pero es difícil descubrir hasta dónde determina, modifica, o afecta las acciones de las personas —la tecnología sí, por supuesto, ¿pero la ciencia? La ciencia sí afecta lo que hacemos, lo que pensamos, pero no cambia lo que hacemos y pensamos porque muchos de nuestros conocimientos básicos son ‘hechos’ científico simplemente aceptados.
Bien, en realidad no ‘hechos’, sino teorías.
Buscamos las teorías porque organizan los hechos. Lo hacemos, de acuerdo con La Ciencia de Mundodisco II, porque realmente somos Pan narrans, el simio contador de historias, no Homo sapiens, el hombre sabio. Inventamos nuestras propias historias para ayudarnos a nosotros mismos a vivir. Por esta razón no somos confiables cuando recogemos ‘hechos’ para propósitos científicos. Incluso los mejores científicos, e indudablemente la ayuda paga y los estudiantes empleados, están tan llenos de lo que quieren encontrar que no hay manera de que lo que sí encuentren se pueda relacionar con el mundo real más que con sus propios prejuicios, tendencias, y deseos. Sin embargo, nos dijeron a todos en la escuela que ‘los hechos de la ciencia son confiables’, pero que sus teorías —e incluso más sus hipótesis de trabajo— son y fueron constantemente sujetas a la crítica, y por lo tanto cambian. Nos explicaron que Newton fue reemplazado por Einstein, Lamarck por Darwin, Freud por Skinner... De modo que nos dijeron que las teorías eran reemplazadas constantemente, pero que las observaciones sobre las que se basaban eran confiables.
Esto es lo inverso de la verdad.
Ningún profesor señaló que muchas, quizás la mayoría, de las suposiciones básicas de nuestro mundo intelectual eran teorías científicas que sobrevivieron a la crítica... desde el lugar de la Tierra y el Sol en la galaxia de Vía Láctea, hasta la teoría de la fecundación de la concepción humana, hasta la física subatómica que produce bombas atómicas... hasta la Ley de Ohm y hasta la red de energía eléctrica, hasta los trucos médicos como la teoría microbiana de la enfermedad, todo el camino hasta los rayos-X y las resonancias magnéticas, sin mencionar las teorías químicas que nos dieron nylon, polietileno y detergentes confiables. Estas teorías pasan inadvertidas porque se han convertido en ‘por defecto’, tan completamente aceptadas como ‘verdaderas’ que dejamos de pintarlas con etiquetas emocionales, y simplemente las incorporamos en nuestro equipo de herramientas intelectuales. Aunque ningún profesor señalara que fueron éxitos científicos, constituyen mucho (desafortunada pero inevitablemente) de las partes poco inspiradoras de la ciencia escolar.
Sobre estas creencias fundamentales colgamos carne tan deslumbrante como las visitas a Marte, las nuevas técnicas de fertilidad como ICSI , la energía de fusión, los nuevos bactericidas para superficies de cocina —y para una minoría de niños más imaginativos, los amplios y maravillosos mundos de la ciencia ficción.
Las teorías de la ciencia, entonces, particularmente las totalmente aceptadas como la concepción por espermatozoides-huevo, el polietileno, y que la Tierra orbita al Sol, son buena ciencia confiable. Son continuamente probadas contra el mundo real cuando los bebés son concebidos en clínicas de fertilidad, cuando las personas hacen el lavado, o cuando los astronautas dan vuelta a la Tierra a la luz del sol y la sombra. Una enorme cantidad de la ciencia de Mundobola está incorporada en nuestro mundo diario, y es en su mayor parte confiable.
Pero también hay una enorme masa de ciencia que es incomprensible para casi todo el mundo, que pretende ser La Respuesta para toda clase de asuntos técnicos o filosóficos, y que tiene expertos. La teoría cuántica es el caso clásico, la relatividad es un poco más accesible, pero la física subatómica y la mayor parte de la medicina, de la ingeniería aeronáutica y del automóvil, de la química y la biología del suelo, de las estadísticas, y de los tramos más altos de la economía, son todos temas que casi todo el mundo prefiere dejar a los expertos. La matemática tiene una extraña posición, similar pero con su propia peculiar postura similar a una religión revelada —en gran parte porque desde la escuela en adelante ha sido presentada como un arte arcano cuyos practicantes son los únicos humanos con acceso a las verdades platónicas.
Luego están las cuasi -ciencias como la astrología, la homeopatía, la reflexología, y la iridología, que simplemente no pueden funcionar. Deberían ser claramente distinguidas de las prácticas raras y a menudo antiguas como la acupuntura, la osteopatía y los tratamientos con hierbas, que funcionan bastante a menudo pero tienen una base teórica que es poco investigada en términos científicos. Muchas personas son atraídas por su hogareña mezcla de mito y misticismo (que es aún más impresionante porque el tratamiento a veces funciona), y sienten que una investigación científica moderna las estropearía de algún modo. Sin duda meterían el dedo en algunos agujeros de las racionalizaciones tradicionales, pero con toda probabilidad harían los tratamientos aun mejores. Mientras que las cuasi-ciencias serían (efectivamente, ya lo han sido, no todos lo han notado) demolidas.
Para terminar esa lista, añadimos la biología evolutiva, un muy bien establecido conjunto de modelos fundado en los registros fósiles, cromosomas, y el ADN, que explican mucho más elegante y eficazmente las semejanzas y diferencias entre las criaturas vivas de hoy, que sus rivales creacionistas o del diseño inteligente. Sin embargo, una muy grande proporción de personas —especialmente cristianos en el medio-oeste estadounidense, musulmanes en culturas fanáticamente islámicas, y creyentes fundamentalistas en general— niega que los humanos evolucionaron. Para ellos, su propia marca de autoridad inventa la evidencia científica, o su ‘sentido común’ convierte en ridículo todo el concepto. ‘¡No soy pariente de ningún simio!’, fue la explicación dada por una joven escolar a una conferencia sobre Vida en Otros Planetas, de Jack, cuando el profesor le preguntó por qué no creía en la evolución.
Hay una propensión humana general, que se usa mucho en los libros de Mundodisco, a inventar fondos mentales aceptados y no revisados. Mayormente resultan del equipo de Hacer-Un-Humano que cada cultura humana impone a sus miembros mientras crecen a través de la infancia y la adolescencia. Cada uno de nosotros es el resultado de un proceso de aprendizaje, del cual sólo una diminuta fracción es ‘educación’ abierta entregada por profesores profesionales. El equipo incluye canciones infantiles, cantos, historias, la personificación de animales de la habitación infantil (zorros astutos, búhos sabios, dedicados Wombles recolectores de desperdicios) y roles humanos desde un cartero fabuloso y una princesa, hasta los luchadores contra el crimen como Batman y Superman. Todos estos tienen su lugar en la base aún por estudiar de nuestras ideas y acciones diarias. Una explicación posible para la innegable popularidad en el público británico de la Princesa Diana —y en el mundo— es que ella, a diferencia de las ‘reales’ realezas, había asimilado la impresión popular de Lo Que Las Princesas Hacen, muy distinta de la versión auténticamente real. De modo que hizo lo que todos habíamos aprendido que hacen las verdaderas princesas, se veía y actuaba como un icono, no como la genuina realeza.
Los seres humanos sofisticados, ciudadanos como nosotros —y también como miembros de una tribu y bárbaros en el mundo de hoy, casi todos los cuales han oído hablar de Superman, Tarzán, Ronald MacDonald— todos tienen esta mezcolanza de imágenes, modelos, fobias, inspiraciones y villanías. ¡Nuestra experiencia diaria nos da una identidad cuyo tren de memoria es una sucesión de escenas, ideas, experiencias, y pasiones, todas pintadas a lo Damasio con etiquetas emocionales que dicen ‘¡Grandioso!’, ‘¡Lo Haré Otra Vez Cuando Pueda!’, o ‘¡Evitar En Absoluto!’, cuando las recordamos. Pero esto forma parte de una gran masa de material humano estructural en su mayor parte sin examinar, que nos etiqueta como Biólogo Occidental Del Siglo XX o Rabino De Gueto o Centurión Romano o Cortesana Francesa Del Siglo XVII, o, para la mayoría de las personas la mayor parte del tiempo, Campesino Explotado.
Cada uno de esos roles tiene un diferente juego de etiquetas emocionales para dinero, para sacerdotes, para sexo, para desnudez, para muerte, y para nacimiento. La mayoría de las personas, hasta hace muy poco tiempo, apuntalaba ese no examinado juego de creencias con un deísta (personal, humano) Dios o dioses, o un deísta (Algo Allá Arriba Con Extraordinarios Poderes) dios-estructura, de modo que las etiquetas emocionales sobre los recuerdos importantes tenían enérgicamente sabor-a-Dios. Cuando los recordamos podrían ser pecados, expiaciones, redenciones o juicios. Podrían ser mitzvahs (bendiciones) o venganzas o caridades. Las religiones, al introducirse en nuestra cultura vía su equipo de Hacer-Un-Cristiano o de Hacer-Un-Maya, ponen etiquetas con diferente fuerza, por ejemplo sobre el sacrificio humano, de modo que tiene un enorme anfitrión de asociaciones en la vida adulta. Nuestros prejuicios de adultos, y nuestras teorías científicas, van encima de esta mezcolanza disparatada de errores históricos, educación mal entendida, matemática y estadísticas que apenas tienen sentido para nosotros, historias-Dios de causalidad y ética, y mentiras-para-niños educativas que permiten al profesor desconectar su cerebro en respuesta a las preguntas de los niños.

Esta mezcolanza mental está bien ilustrada por nuestras cambiantes actitudes hacia Marte. Marte fue conocido por los antiguos como una ‘estrella errante’, un planeta; su color rojizo tenía asociaciones sangrientas, de modo que los romanos lo relacionaron con su dios de la guerra. También adquirió una conexión con la guerra en la astrología, donde todas las estrellas visibles y los planetas tenían que representar algo. Vamos a ver un montón de asociaciones diferentes con Marte, mientras el mito y la racionalidad se involucraban con el planeta rojo, mientras centenares de historias empleaban Marte y marcianos, y mientras la fotografía científica de Marte cambiaba durante los siglos.
No deberíamos preguntar ‘¿Cuál es el verdadero Marte?’ Nos convertimos en humanos más grandes considerando todos estos aspectos; desde esa postura realmente no hay un planeta verdadero, real y objetivo con que nuestras mentes se involucren útilmente. Nuestras líneas causales simples y delgadas no pueden comprender un verdadero objeto astronómico, ni siquiera un mundo que realmente está allí afuera de modo que podemos verlo. La ‘cosa’ que vemos puede ser el disco cuyas líneas aparentes Giovanni Schiaparelli llamó ‘canali’, que excitó a Percival Lowell (cuya comprensión de italiano parece haber sido ligera, ya que la palabra significa ‘vías’) para verlos como canales construidos. Escribió Marte como la Morada de la Vida, y esto puso los cimientos para la gente marciana del siglo XX.
Entre las Guerras Mundiales, todos en el Occidente, y muchos en Oriente, miraban el cielo de la noche y veían marcianos hostiles, un residuo mental de esa imagen de los 20 de un Marte seco y moribundo. La imagen fue cubierta por la película La Guerra de los Mundos y sus envidiosos y desagradables marcianos trípodes invadiendo la Tierra (o por lo menos Inglaterra). Había una cubierta más romántica para muchos de aquellos en campamento, o durmiendo bajo las estrellas: Barsoom. Edgar Rice Burroughs, conocido por sus historias de Tarzán, inventó un Marte cuyos lechos marinos secos eran el hogar de hordas de guerreros marcianos verdes, criaturas con aspecto de centauros de seis patas cuyas incubadoras de huevos eran visitadas con regularidad. John Carter, un oficial del ex-ejército confederado estadounidense, había deseado ir a Marte, ser capturado por los guerreros verdes, pero pronto se encontró casado con una roja princesa marciana. Una Odisea Marciana, de Stanley Weinbaum, añadió más dimensiones: el marciano llamado Tweel, que hacía saltos largos y aterrizaba de nariz, el predador hipnótico que te mostraba tus imágenes más deseables, e intentos en una asombrosa ecología desértica. Entonces había historias de marcianos que venían a la Tierra, fingiendo ser humanos... y humanos que intentaban interactuar con una antigua civilización marciana más o menos mística.
La más conocida, quizás la mejor artesanía de estas romántico-místicas representaciones de terrestres toscos y pesados, insensibles a las etéreas bellezas de las ciudades marcianas de cristal, fue la de Ray Bradbury. En los ‘50 y los ‘60 sus relatos fueron leídos por muchos fuera del mundo de la fantasía y de la ciencia ficción, y aparecieron en revistas ampliamente leídas como Argosy tanto como en ediciones rústicas en las librerías de las estaciones del ferrocarril. Pusieron los cimientos de los antiguos marcianos esotéricos para que Robert Heinlein desarrollara el más potente de todos estos relatos marcianos, Forastero en Tierra Extraña. Michael Valentine Smith era un niño abandonado en Marte, criado y entrenado en su cultura por los antiguos marcianos. Vino a la Tierra, fundó una comuna de amigos —‘Hermanos de agua’— y empezó una religión cuyo ‘cultivo de la plenitud’ de los eventos diarios, desde el sexo hasta la ciencia hasta nadar, se difundió a las comunidades de lectores. Había una trágica asociación, muy publicitada, con los homicidas Manson, que usaron este libro como su mantra, pero esto no dañó las ventas, y los antiguos marcianos místicos se convirtieron en una imagen habitual.
Luego supimos que Marte no tiene una atmósfera como tal, que hace frío, es seco, cargado de dióxido de carbono congelado, hasta el punto que las ‘capas de hielo’ sean probablemente hielo seco. Nuestras máquinas visitaron Marte, buscaron ‘vida’, y encontraron extraña química porque inevitablemente hicimos las preguntas equivocadas. Los ‘canales’ se murieron en la mente pública, reemplazados por cráteres y volcanes gigantescos.
Ahora lo hemos visitado otra vez, y parece que un Marte antiguo y húmedo podría haber sido una realidad, por lo menos puede haber formas de vida bacterianas bajo la arena... Mucho no está claro todavía, pero lo que está claro es que nuestra imagen de Marte ha cambiado una vez más.
Cada uno de nosotros tiene una variedad de asociaciones con Marte. Cuando mezclamos estas diferentes interpretaciones e imaginaciones, nos convertimos en una criatura diferente, más sabia. Como con todos nuestros Martes diferentes... bien, son juguetes de nuestra imaginación, a medida que cultivamos la plenitud del planeta rojo.

Si Marte parece un poco una digresión, considere esos íconos gemelos de la evolución, el archaeopteryx[8] y el dodo[9]. En la idea evolutiva folclórica, el archaeopteryx es el antepasado de todas las aves, y el dodo es el ave que se extinguió hace aproximadamente 400 años. ‘Tan muerto como un dodo’. Otra vez, nuestro pensamiento sobre estas icónicas criaturas está pesadamente pintarrajeado con suposiciones no cuestionadas, mitos, y asociaciones ficticias.
Mencionamos el archaeopteryx en el Capítulo 36 (Corriendo los dinosaurios) de La Ciencia de Mundodisco, segunda edición. La pensamos como el ave ancestral porque es un animal con aspecto de dinosaurio con plumas con aspecto de pájaro... y fue el primero en ser encontrado. Sin embargo, en la época del archaeopteryx había abundancia de verdaderas aves por aquí, entre otros el ave que se sumergía: Ictiornis. Pobre viejo archaeopteryx, llegó demasiado tarde a la escena para ser ‘el’ antepasado de las aves.
Los recientes y asombrosos descubrimientos del ‘dinoave’ en China —criaturas de transición entre dinosaurios y aves— han cambiado totalmente la visión de los científicos sobre la evolución de las aves. En alguna etapa algunos dinosaurios empezaron a desarrollar plumas, aunque no podían volar entonces. Las plumas tenían alguna otra función, probablemente mantener caliente al animal. Después, resultaron ser útiles en las alas. Algunas dinoaves tenían de hecho cuatro alas —dos adelante, dos detrás. Pasó un rato antes de que el plano del cuerpo de una ‘ave’ se estableciera.
En cuanto al dodo... todos sabemos cómo se veía, ¿correcto? La pequeña cosa gorda con un gran pico aguileño... Una criatura extinta tan famosa debe estar bien documentada en la literatura científica.
No, no lo está. Lo que tenemos son unas diez pinturas y medio espécimen embalsamado. Tenemos más especimenes del archaeopteryx que del dodo. ¿Por qué? El dodo se extinguió, ¿recuerda? Y lo hizo antes de que la ciencia de veras se interesara en él. De modo que pocas personas lo registraron, o lo estudiaron. Estaba ahí, sin requerir atención especial, y luego no estaba, y era demasiado tarde para empezar a estudiarlo. Ni siquiera es seguro de qué color era —muchos libros dicen ‘gris’, pero probablemente era marrón.
Aun más, todos sabemos exactamente cómo se veía. ¿Cómo es eso? Porque lo vimos ilustrado por Sir John Tenniel en Las Aventuras Alicia en el País de las Maravillas.
No digamos más.

La gran fortaleza de la narrativa de Mundodisco es que se ríe de esos lugares donde la ‘educación’ nos ha dejado sintiéndonos un poco vulnerables: donde cambiamos el tema en el bar, o cuando nuestro hijo de cinco años nos hace esas preguntas de sondeo. Una continua broma a través de serie de La Ciencia de Mundodisco es lo que los gramáticos llaman ‘privativos’. Son conceptos con los que nuestra mente parece muy feliz, aunque un momento de reflexión muestra que son completas tonterías. El Capítulo 22 de La Ciencia de Mundodisco hablaba de esta idea, y la recapitulamos brevemente.
Es completamente normal hablar de ‘el frío que entra por la ventana’, o de ‘la ignorancia que se extiende entre las masas’. Los opuestos de estos conceptos, calor y conocimiento, son reales, pero hemos dignificado su ausencia con palabras que no corresponden a las cosas verdaderas. En Mundodisco encontramos “nurdo”, que es súper-sobrio, tan lejos del sobrio corriente como el borracho lo está en la dirección alcohólica. Hay bromas sobre la velocidad de la oscuridad, que debe ser más rápida que la velocidad de la luz porque la noche tiene que apartarse del camino. En Mundodisco, Muerte existe como un personaje (quizás el más) importante, pero en Mundobola esa palabra sólo se refiere a la falta de vida.
Habitualmente, las personas etiquetan la falta de algo con una palabra, en lugar de (o también como) su presencia: tales palabras son los privativos mencionados anteriormente.
A veces este hábito conduce a errores. El caso clásico fue la etiqueta ‘flogistón’, la sustancia que parece ser emitida por los materiales en llamas. Uno puede verlo salir como humo, llama, espuma... Llevó muchos años demostrar que quemar era un consumo de oxígeno, no la emisión de flogistón. Durante el período intermedio, muchas personas demostraron que cuando los metales se quemaban se ponían más pesados, y por lo tanto argumentaron que el flogistón tenía peso negativo. Éstas eran personas inteligentes; no estaban siendo estúpidas. La idea del flogistón realmente funcionaba... hasta que el oxígeno reemplazó sus explicaciones, y los alquimistas de repente descubrieron que las rutas hacia una química racional eran más fáciles.
Los privativos son a menudo muy tentadores. En ¿Qué Es La Vida?, un pequeño libro publicado en 1944, el grandioso físico Erwin Schrodinger hizo precisamente esa pregunta. En ese momento, se pensaba que la Segunda Ley de la Termodinámica —todo se agota, el caos siempre crece— era un principio fundamental sobre el universo. Implicaba que eventualmente todo se volvería una sopa gris y fría de máxima entropía, máximo desorden: una ‘muerte del calor’ en la que nada interesante podría ocurrir. De modo que para explicar cómo, en tal universo, podía ocurrir la vida, Schrodinger afirmó que la vida sólo podía posponer su diminuta e individual muerte de calor asimilando entropía negativa, o ‘negentropía’. Muchos físicos todavía lo creen: que la vida es no-natural, haciendo que la entropía crezca egoístamente más en sus inmediaciones que lo que crecería de otra manera, comiendo negentropía.
Esta tendencia a negar lo que está ocurriendo delante de nuestros mismos ojos es parte de lo que significa ser humano. Mundodisco lo explota con propósitos graciosos y serios. Al desarrollar un Mundodisco plano, Terry se burla de los Terrestres planos; mejor dicho, recluta a sus lectores en una asociación ‘todos nosotros sabemos que la Tierra es redonda, ¿verdad?’. La creencia de los Omnianos en un Disco redondo, en Pequeños Dioses, añade una vuelta más.
Queremos poner lo que las personas racionales están llegando a creer en un contexto humano general, de modo que miremos lo que todos creen. En estos días de terrorismo fundamentalista haríamos bien en comprender por qué algunas personas sustentan creencias tan diferentes de las racionales. Estas creencias no-cuestionadas podrían ser crucialmente importantes, porque las personas ignorantes que adhieren a ellas piensan que tienen una buena razón para matarnos y a nuestros seres queridos, aunque nunca hayan considerado las alternativas. Las Personas Que Saben La Verdad, por herencia o por revelación personal o por autoridad, no se preocupan por la lógica o la validez de las premisas.
Casi todos los que alguna vez han vivido ha sido uno de ésos.
Hubo algunos escasos momentos y lugares —y esperamos que el siglo XXI albergue algunos de ellos— donde los observadores están más preparados para creer en un polémico que es inseguro, que en uno que es seguro. Pero en la política de hoy, cambiar de idea en respuesta a una nueva evidencia es visto como debilidad. Cuando era Vicecanciller en la Warwick University, el biólogo Sir Brian Follett señaló: «No me gustan los científicos en mis comités. Uno no sabe dónde estarán parados sobre cualquier asunto. ¡Deles algunos datos más, y cambian de idea!» Él comprendía la broma: la mayoría de los políticos ni siquiera se darían cuenta de que era una broma.
Para discutir sobre los tipos de explicaciones y conocimientos que van a tener valores futuros, necesitamos por lo menos una simple geografía de dónde los humanos fijan su fe ahora. ¿Qué tipos de imágenes del mundo son más comunes? Incluyen las del deísmo autoritario, el deísmo más o menos imaginativo, el deísmo más crítico, y varias clases de ateos —desde budistas y seguidores de Spinoza hasta los que simplemente creen que la edad de la religión está detrás de nosotros, incluyendo a muchos científicos e historiadores.
La mayoría de los seres humanos de los últimos milenios parecen haber sido deístas autoritarios, y todavía tenemos muchos de ellos en nuestro mundo; quizás todavía son una mayoría. Esto significa que debemos dar ‘igual tiempo’ intelectual a estas visiones (plural, porque son todas muy diferentes: Zeus, Odin, Yaveh...), o podemos simplemente descartarlas a todas con ‘no necesito de esa hipótesis’, como supuestamente Laplace le dijo a Napoleón. Voltaire, dándose cuenta que Dios al hacer al hombre a su imagen significaba que la naturaleza de Dios podría ser deducida de la del hombre, pensó que era por lo menos posible que Dios nos mal informara maliciosamente sobre la recompensa y el castigo. Quizás los pecadores sean recompensados con el Cielo y a los santos les den una probada de infierno. Nuestra opinión es que todos los diversos deístas autoritarios son los portadores contemporáneos de un memeplex sumamente exitoso, un paquete de creencias diseñadas y seleccionadas a través de las generaciones para asegurar su propia propagación.
Un típico memeplex es el shema judío: ‘Y estas palabras... las enseñarás a tus niños, reflexionarás sobre ellas cuando te levantes y cuando te acuestes... Escríbelas sobre las jambas de tu casa y sobre tus puertas’. Igual que con las cadenas de correo electrónico que amenazan con castigo si uno deja de enviarlos a muchos amigos, y con ‘suerte’ si los envía, todas las grandes religiones del mundo han prometido placeres a los creyentes comprometidos y transmisores, pero dolor a los que dejan de adherir a la fe. Herejes, y los que dejan la fe, son a menudo asesinados por los creyentes.
Podemos fácilmente comprender cómo tales creencias, reforzadas como lo están desde adentro, han sido conservadas durante generaciones. La promesa de una vida después de la muerte, propugnada por todas las personas sensatas a su alrededor, hace más llevaderas a muchas de las penas de esta vida. Y, como hemos visto en años recientes, creer en un Paraíso para los que mueren luchando por la fe en una Guerra Santa los convierte en casi invencible. Tal cualidad de invencible es un efecto secundario de las tácticas de fe del memeplex, no una certificación de la verdad de lo que cree el bombardero. Especialmente considerando que casi todos los que comparten la fe del bombardero (Islam, Catolicismo...) niegan que sus creencias justifiquen matar a los no creyentes.
Esta pluralidad de creencias deístas, especialmente en el mundo mezclado de hoy con sus diferentes culturas y multiculturas, alienta una creencia más crítica en la autoridad, y generalmente una buena voluntad para admitir comunidad con otros deístas. Tales puntos en común alientan la integración de diferentes culturas. Muchas minorías son asimiladas y desaparecen, pero otras reaccionan enfatizando su individualidad. Algunas de las últimas, como los Thugs adoradores de la diosa de la muerte Kali en la India del siglo XIX, y los recientes terroristas de al-Qaeda, ganan temporaria celebridad que parece ser un triunfo de su fe. Sin embargo, es generalmente contraproducente a largo plazo. En todo caso, la cantidad de muertes no es comentario, en más ni en menos, sobre la verdad de las creencias de que estos thugs sostienen. La fe de estas minorías militaristas a veces gana intensidad e incluso agudeza, pero está habitualmente subordinada a las exigencias de la vida diaria de la vida violenta que llevan.
Muchos grandes científicos, por ejemplo Galileo, fueron ridiculizados cuando propusieron nuevas ideas en el mundo natural. Los científicos chiflados a menudo deducen que, porque su trabajo es ridiculizado, deben ser los nuevos Galileo, pero eso no es lógico. De forma similar, los hombres violentos a menudo tratan de validar su ‘martirio’ comparándose con los cristianos antiguos o los judíos de los guetos, y otra vez la lógica es imperfecta. No hay una razón sensata para aceptar a ninguno de sus dioses como parte del universo real, sin importar qué tan provechosa pueda ser esa creencia para algunas personas con respecto a su vida diaria. A pesar de eso, muchas personas inteligentes y honestas sienten que un Dios es necesario para su comprensión de cómo está organizado todo. En cuanto un memeplex lo ha pescado, es difícil escapar.
Tenemos un poco más de simpatía con los deístas, que en gran parte parecen creer que el universo es extraordinariamente complejo, aunque posee una sencillez en conjunto, y que esto señala a algún guardián celestial que cuida toda la cosa y le da significado. Ponder Stibbons y Mustrum Ridcully, en sus diferentes modos, se acercan al deísmo; quieren sentir que ‘alguien’ está al timón. Ante el cuestionamiento, los deístas habitualmente niegan el carácter antropomórfico de este guardián, pero todavía conservan la creencia en la capacidad de las personas individuales —quizás ‘almas’ individuales— para relacionarse directamente con quien o que está a cargo. Personalmente dudamos que tales interacciones aparentes, logradas por meditación u oración, sean algo más que auto-ilusión. Pero nos sentimos felices de vivir en el mismo planeta que las personas que creen que están en contacto directo con la última causalidad, aunque podemos sentir que esa convicción carece de rigor científico.
Hay una creciente minoría de personas pensantes que han desistido completamente de la idea de un dios personal y antropomórfico. Algunos, particularmente entre los budistas y taoístas, conservan la postura mística / metafísica que es característica de la religión, y consideran que el mundo ‘científico’ está supeditado a una verdadera imagen mística relacionada más de cerca con una experiencia subjetiva. Por contraste, aquellos de nosotros que fuimos convencidos por el rechazo de un dios antropomórfico de Spinoza, en gran parte porque ni el universo ni una deidad omnipotente pueden existir sin ser extensivos con todo lo que hay, vemos que la opinión científica expone la naturaleza de dios, si en eso creemos, a través de las leyes por las que las cosas funcionan, y el funcionamiento del mismo universo.
Muchos científicos, en particular aquellos cuyos empeños se relacionan de cerca con el mundo real, como geólogos, astrónomos, biólogos, ecologistas, y químicos del polímero, evitan el enfoque místico y ven a su propia especialidad como un ejemplo de una compleja rebanada del universo, con muchas propiedades emergentes que no son predecibles de la subestructura detallada. Otros científicos, en particular los dedicados a las explicaciones reduccionistas, como los físicos, astrofísicos, químicos físicos, biólogos moleculares, y genetistas, conservan una versión del enfoque místico, pero tratan de explicar el comportamiento de más alto nivel en términos de la subestructura. De forma reveladora, muchos científicos que trabajan en el ‘corte’ del tema en general sienten respeto por las posibilidades desconocidas que el universo podría lanzarles, mientras que los trabajadores en esferas más abstractas como la teoría cuántica tienen la tendencia de ponerse místicos sobre su propio conocimiento, o la falta de él.
La mayor parte de los intentos humanos de una explicación trata de encontrar una delgada cadena causal de lógica y narrativa, partiendo de cosas que aceptamos hacia lo que estamos tratando de explicar. Este tipo de historia resulta atractivo para la mente humana, pero es habitualmente una simplificación excesiva, y conduce a serios malentendidos. El típico programa de ciencia de la televisión, donde un único individuo es considerado responsable de algún ‘gran progreso’, pinta una imagen muy inexacta del proceso incremental mediante el cual se llega a la mayoría de los avances científicos. Las explicaciones uni-causales hacen buenas historias, pero dejan de captar la complejidad del mundo real. Las explicaciones más efectivas son a menudo muy variadas, y es una buena idea encontrar muchas diferentes, si están disponibles. Los físicos que buscan una unificación de la relatividad y la teoría cuántica quizás deberían tener en mente la posibilidad de que cualquier unificación puede resultar menos efectiva que las dos teorías separadas, cada una confinada a salvo en su propio dominio. Se puede empezar a destilar conocimiento sólo si se pueden tener varias teorías compitiendo en el territorio mental.



CAPÍTULO 23
El dios de la evolución
—¡Lo hacemos bien pero todavía un montón que hacer! —ladró Ridcully, saliendo a grandes pasos del círculo mágico en el Gran Salón—. ¿Todo correcto, Sr. Stibbons?
—Sí, señor. Usted no trató de evitar que el Dios de la Evolución hablara con Darwin, ¿verdad?
—No, dijiste que no debíamos hacerlo —dijo Ridcully enérgicamente.
—Bien. Tenía que ocurrir —dijo Ponder—. De modo que todo lo que tenemos que hacer ahora es persuadir al Sr. Darwin...
—He estado pensando sobre eso, Stibbons —interrumpió Ridcully—, y he decidido que ahora llevarás al Sr. Darwin a conocer a nuestro Dios de la Evolución en su isla —dijo el Archicanciller—. Es bastante seguro.
Ponder se puso pálido.
—¡Mejor no ir allí, señor!
—Sin embargo, lo harás, porque soy el Archicanciller y tú no lo eres —dijo Ridcully—. Veamos lo que piensa del elefante con ruedas, ¿eh?
Ponder echó un vistazo a Darwin, todavía en el brillo azul de la estasis.
—Eso es muy peligroso, señor. ¡Piense lo que estará viendo! Y sería totalmente poco ético quitar los recuerdos que...
—¡Sé que soy el Archicanciller, está escrito sobre mi puerta! —dijo Ridcully—. Muéstrale a su dios, Sr. Stibbons, y déjame a mí la preocupación. Rápido, hombre. ¡Quiero todo esto terminado para la hora de cenar!
Un momento después Ponder y Darwin partieron, una pequeña roca y un montón de arena aparecieron y se deslizaron a través de las baldosas del Gran Salón.
—Bien hecho, Sr. Hex —dijo Ridcully.
+++ Gracias, Archicanciller +++ escribió Hex.
—Estaba esperando que recuperáramos las sillas, algo así, sin embargo.
+++ Veré lo que puedo hacer la próxima vez, Archicanciller +++
Y sobre la Isla Mono, Charles Darwin se puso de pie sobre la playa y miró a su alrededor.
—¿Esto se presta a alguna explicación sensata, o es más demencia? —dijo a Ponder—. ¡Me he cortado la mano muy seriamente!
En ese momento, dos pequeñas hojas salieron del suelo cerca de su pie y, con la asombrosa velocidad, se convirtieron en una planta. Arrojó más hojas, luego desarrolló una única flor roja que se abrió como una explosión y murió como una chispa para producir una única semilla, que era blanca y esponjosa.
—Oh, una planta vendaje —dijo Ponder, recogiéndola—. Aquí tiene, señor.
—¿Cómo...? —empezó Darwin.
—Sólo comprendí lo que usted necesitaba, señor —dijo Ponder, y comenzó a caminar—. Ésta es la Isla Mono, hogar del Dios de la Evolución.
—¿Un dios de la evolución? —dijo Darwin, tambaleándose detrás de él—. Pero la evolución es un proceso inherente en...
—Ss... sí, sé qué está pensando, señor. Pero las cosas son diferentes aquí. Hay un dios de la evolución y él... mejora cosas. Es por eso que pensamos que todo aquí está muy desesperado por salir de la isla, pobres criaturas. De algún modo saben qué quiere uno y se desarrollan tan rápido como pueden con la esperanza que alguien las recoja y las lleve lejos.
—¡Eso no es posible! La evolución necesita muchos miles de años para...
—Lápiz —dijo Ponder, con calma. Un árbol cercano tembló.
—En realidad, el arbusto de lápiz se reproduce bien en el suelo correcto —continuó Ponder, caminando hacia él—. Tenemos algunos de éstos en la universidad. Y el Director de Estudios Indefinidos mantuvo un árbol de cigarrillo por meses, pero se pusieron muy alquitranosos. Una vez que la mayoría de ellos se alejan lo suficiente de la Isla Mono dejan de intentarlo. —Levantó uno—. ¿Le gustaría un lápiz maduro? Son muy útiles.
Darwin tomó el delgado cilindro que Ponder había arrancado del árbol. Estaba tibio, y todavía ligeramente húmedo.
—Esto es la Isla Mono, vea —dijo Ponder, y señaló la pequeña montaña en el otro extremo de la isla—. Allá arriba es donde vive el dios. No un mal viejo, como suelen ser los dioses, pero seguirá cambiando cosas todo el tiempo. Cuando lo conocimos, él...
Los arbustos crujieron, y Ponder arrastró al desconcertado Darwin a un lado mientras algo traqueteaba sendero abajo.
—¡Ésa es una tortuga gigante! —dijo Darwin, mientras la cosa pasaba rodando—. Eso es algo por lo menos... ¡oh!
—Sí.
—¡Está sobre ruedas!
—Oh, sí. Es muy aficionado a las ruedas. Piensa que las ruedas deberían funcionar.
La tortuga giró de manera muy profesional y rodó hasta un alto junto a un cactus, que comenzó a comer, delicadamente, hasta que se escuchó un silbido y quedó de costado.
—Oh —dijo una voz desde el aire—. Mala suerte. Vejiga de goma pinchada. Es el eterno problema de la fuerza del integumento versus el ritmo de utilización de la mucosa.
Un hombre flaco y algo preocupado, vestido con una sucia toga, apareció entre ellos. Unos escarabajos lo orbitaban como maravillosos asteroides pequeños.
—La destitución del metal podría ser nuestra amiga aquí —dijo, y volviéndose hacia Ponder como hacia otro viejo amigo continuó—: ¿Qué piensas?
—Ah, hum, er... ¿necesita usted de veras toda esa concha? —dijo Ponder, apresuradamente. Unos escarabajos, brillantes como diminutas galaxias, aterrizaron sobre su túnica.
—Sé lo que quieres decir —dijo el anciano—. ¿Demasiado pesado, quizás? Oh... me pareces conocido, joven. ¿Nos hemos visto antes?
—Ponder Stibbons, señor. Vine aquí hace algunos años. Con algunos magos —dijo Ponder, con cuidado. Había admirado bastante al Dios de la Evolución, hasta que descubrió que consideraba que la cucaracha era la cima de la pirámide evolutiva.
—Ah, sí. Tuvieron que partir con mucha prosa, lo recuerdo —dijo el dios, tristemente—. Fue...
—¡Usted! ... ¡Usted apareció en mi habitación! —dijo Darwin, que había estado mirando al dios con la boca abierta—. ¡Había escarabajos por todos lados! —Se detuvo, abriendo y cerrando la boca durante un rato—. Pero ciertamente no es... Pensé que...
Ponder estaba listo para esto.
—¿Conoce del Olimpo, señor? —dijo rápidamente.
—¿Qué? ¿Es esto Grecia? —dijo Darwin.
—No, señor, pero tenemos muchos dioses aquí. Este, er, caballero no es, como podría decirlo, el dios. Es sólo un dios.
—¿Hay algún problema? —dijo el Dios de la Evolución, con una sonrisa preocupada.
—¿Un dios? —exigió Darwin.
—Uno de los buenos —dijo Ponder rápidamente.
—Me gusta creerlo —dijo el dios, sonriendo con felicidad—. Miren, tengo que controlar cómo están las ballenas. ¿Por qué no suben a la montaña para el té? Adoro tener visitas.
Se esfumó.
—¡Pero los dioses griegos eran mitos! —explotó Darwin, mirando fijo el espacio repentinamente vacío.
—No lo sabría, señor —dijo Ponder—. Los nuestros no lo son. Sobre este mundo, los dioses son sumamente reales.
—¡Atravesó la pared! —dijo Darwin, señalando airadamente el aire vacío—. ¡Me dijo que estaba inmanente en todas las cosas!
—Juega mucho armando cosas, por cierto —dijo Ponder—. Pero sólo aquí.
—¡Armador!
—¿Quiere que hagamos una pequeña caminata hasta arriba del Monte Imposible? —dijo Ponder.

La mayor parte del Monte Imposible era hueco. Se necesita mucho espacio cuando uno está tratando de crear una ballena dirigible.
—Realmente debería funcionar —dijo el Dios de la Evolución, por encima de su té—. Sin esa pesada grasa y con un esqueleto inflable del cuál, debo decir, estoy algo orgulloso, debería darse bien en las rutas de aves migratorias. Fauces más grandes, por supuesto. Nota el camuflaje tipo nube, obviamente necesario. La elevación es producida vía bacterias en el intestino que producen gases ascendentes. La aleta dorsal y la cola aplanada dan un razonable grado de maniobra. Considerándolo todo, un buen trabajo. Mi problema principal es crear un predador. El tiburón balístico mar-aire ha resultado muy insatisfactorio. ¿No sé si tiene ninguna sugerencia, Sr. Darwin?
Ponder miró Darwin. El pobre hombre, con la cara gris, estaba mirando las dos ballenas que navegaban suavemente cerca del techo de la cueva.
—¿Perdone? —dijo.
—Al dios le gustaría saber qué podría atacarlas —intervino Ponder.
—Sí, las personas grises dijeron que estaba muy interesado en la evolución —dijo el dios.
—¿Las personas grises? —dijo Ponder.
—Oh sí, ya sabes. A veces las ves volar por allí. Dijeron que alguien de veras quería escuchar mis opiniones. Me sentí tan complacido. Muchas personas sólo se ríen.
Darwin miró a su alrededor el taller celestial y dijo:
—¡No puedo ver nada en un elefante con velas que me cause risa, señor!
—¡Exactamente! Fueron las grandes orejas las que me dieron la pista —dijo el dios alegremente—. Hacerlas más grandes fue una simplicidad. ¡Puede hacer veinticinco millas por hora a través de la sabana abierta con buen viento!
—Hasta que una rueda explota —dijo Darwin, rotundamente.
—Estoy seguro de que en cuanto entiendan la idea todo funcionará —dijo el dios.
—¿No piensa que podría ser mejor dejar que las cosas se desarrollen por sí mismas? —dijo Darwin.
—Mi querido señor, es tan aburrido —dijo el dios—. Cuatro piernas, dos ojos, una boca... tan pocos están preparados para experimentar.
Una vez más Darwin miró alrededor del brillante interior del Monte Imposible. Ponder lo observó captar los detalles: la jaula de octo-monos con alas de red que en teoría podían pasar por encima a través de cientos de yardas de dosel; los Phaseolus coccineus giganticus que en realidad producían verdad, si hubiera cualquier utilidad posible para un tallo que podía crecer media milla de altura... y por todos lados los animales, a menudo en etapas de armado o desarmado pero todos muy contentos y vivos en una pequeña niebla de santidad.
—Señor, er, Stibbons, me gustaría irme... a casa ahora, por favor —dijo Darwin, que se había puesto pálido—. Todo esto ha sido sumamente... instructivo, pero me gustaría irme a casa.
—Oh, cielos, las personas siempre están partiendo deprisa —dijo el dios, tristemente—. Pero sin embargo, espero haber sido de ayuda, Sr. Darwin.
—Efectivamente, creo que lo ha sido —dijo Darwin, sombrío.
El dios los acompañó hasta la boca de la cueva, unos escarabajos corriendo tras él en una nube.
—Vuelva otra vez —dijo, mientras se alejaban por el sendero—. Me gusta...
Fue interrumpido por un ruido como de todos los globos de fiesta del mundo entero reventados al mismo tiempo. Era largo, y muy prolongado y lleno de melancolía.
—Oh, no —dijo el Dios de la Evolución, entrando rápidamente—. ¡No las ballenas!
Darwin permaneció silencioso mientras caminaban hacia la playa. Estuvo aun más callado mientras pasaban junto a la tortuga con ruedas, que cojeaba en círculos. El silencio era ensordecedor cuando Ponder convocó a Hex. Cuando aparecieron en el Gran Salón, su silencio, aparte de un breve grito durante el viaje, era un enorme silencio infeccioso y contagioso.
Los magos reunidos movían sus pies. Una rabia oscura irradiaba de su visitante.
—¿Cómo fue todo, Stibbons? —susurró Ridcully.
—Er, el Dios de la Evolución estaba como él mismo habitual, señor.
—¿Lo estaba? Ah, bueno...
—Deseo, muy claramente, despertar de esta pesadilla —dijo Darwin de repente.
Los magos se quedaron mirando al hombre, que se estremecía de rabia.
—Muy bien, señor —dijo Ridcully con calma—. Podemos ayudarlo a despertarse. Excúsenos un momento.
Agitó una mano; otra vez el trémulo brillo azul rodeó al visitante.
—Caballeros, ¿si lo desean?
Hizo señas a los otros magos superiores, que se apiñaron a su alrededor.
—Podemos devolverlo sin que tenga memoria de nada ocurrido aquí, ¿correcto? —dijo—. ¿Sr. Stibbons?
—Sí, señor. Hex podría hacerlo. Pero como dije, señor, no sería muy ético interferir con su mente.
—Bien, no me gustaría que alguien pensara que somos poco éticos —dijo Ridcully con firmeza. Lanzó una mirada a su alrededor—. ¿Alguien se opone? Bien. Mira, estuve hablando con Hex. Me gustaría darle algo para recordar. Le debemos eso, por lo menos.
—¿De veras, señor? —dijo Ponder—. ¿No empeorará las cosas?
—¡Me gustaría que sepa por qué hicimos todo esto, incluso si es sólo por un momento!
—¿Estás seguro de que es una buena idea, Mustrum? —dijo el Conferenciante en Runas Recientes.
El Archicanciller vaciló.
—No —dijo—. Pero es mía. Y vamos a hacerlo.



CAPÍTULO 24
Una escasez de sargentos
¿Qué había en la Inglaterra victoriana, y que la condujo a eso, que la volvió tan progresista, inventiva e innovadora? ¿Por qué fue tan diferente de Rusia, China, y todas las otras naciones que parecían haberse estancado durante el siglo XIX —acumulando riqueza, pero sin una clase media llena de ingenieros, capitanes de marina, clérigos, y científicos? No esperamos una única respuesta, un truco que la Inglaterra victoriana descubrió pero que otras naciones no. Eso satisfaría el innato deseo humano de una única y delgada cadena causal, pero como hemos visto, la historia no funciona de ese modo.
De igual manera, sin embargo, no es satisfactorio simplemente hacer una lista montones de causas contribuyentes posibles —la East India Company... el excelente cronómetro de Harrison, que ayudó a hacer al Imperio Británico tan rentable y que las familias aristocráticas enviaran a sus hijos más jóvenes con bastante seguridad al Imperio, del que volvieron más sabios y más ricos... Cuáqueros y otras sectas no-conformistas, que fueron toleradas por la Iglesia Anglicana... la progenie de la Lunar Society, incluyendo la Royal Society y la Linnaean Society... el Colegio de Aprendices... El Parlamento y la apariencia de democracia, de modo que una clase media pudo surgir de la fusión con jóvenes aristócratas que volvían del Imperio a fundar fábricas de encurtidos en Manchester... artesanos que venían a las ciudades buscando trabajos satisfactorios.
Podíamos hacer la lista diez veces más larga, aunque en la mayoría de los casos no estaríamos seguros sobre las genuinas conexiones causales. E incluso con diez veces más ‘causas’, todavía tendríamos que decir ‘todo lo anterior’.
¿Son tales factores una causa de diferencias históricas, o una consecuencia? No es una pregunta sensata si uno exige una respuesta sí / no —muy probablemente la respuesta debería ser ‘ambas’. Un análogo moderno sería preguntar si los actuales ingenieros y científicos orientados al espacio son una causa del éxito de las películas en el espacio y de las historias de ciencia ficción... ¿o acaso las primeras historias científicamente orientadas, con su sentido de asombro ante la absoluta inmensidad y misterio del espacio sideral, inflamaron a esos ingenieros, cuando jóvenes, con el deseo de convertir la ficción en hechos? Deben haber sido ambas, por supuesto.
Los primeros aprendices victorianos de alfarería, forja, quema de ladrillos, e incluso albañilería eran respetados, y respetaron a sus amos. Juntos hicieron perdurables monumentos para las futuras generaciones. De manera similar, los primeros trenes y canales conectaban todas las ciudades principales, y conectaban a las fábricas con sus proveedores y clientes. Este sistema de transporte preparó el terreno para la maravillosa red económica que la Gran Bretaña Eduardiana heredó de los victorianos. Estos sistemas no fueron estáticos, para ser admirados por lo que habían logrado. Eran dinámicos, cambiaban, eran tanto procesos como logros. Cambiaron la manera de pensar de las generaciones exitosas sobre dónde y cómo vivían. Incluso hoy, nuestras ciudades dependen en gran medida de lo que los victorianos construyeron, especialmente cuando se trata de alcantarillado y provisión de agua.
Los cambios resultantes en pensamiento alimentaron los cambios posteriores. La combinación de causa y consecuencia es un ejemplo de lo que hemos llamado en otro lugar complicidad. Este fenómeno surge cuando dos sistemas conceptualmente distintos interactúan recursivamente, cada uno cambiando al otro repetidamente, de modo que co-evolucionan. Un típico resultado es que juntos se abren camino en un territorio que sería inaccesible para cualquiera de los dos. La complicidad no es simple ‘interacción’, donde los sistemas unen fuerzas para lograr algún resultado conjunto, pero que como resultado ellos mismos no son afectados enormemente. Es mucho más drástico, y cambia todo. Incluso puede borrar sus propios orígenes, de modo que ninguno de los sistemas originales diferentes permanece.
Las innovaciones sociales que fueron (posible pero no únicamente) provocadas por el ingenio e impulso victorianos son exactamente así. Porque había selección, y porque a menudo el mejor crecimiento ocurre en la mejor demanda y en las partes mejor diseñadas de crecientes sistemas, había recursión. La siguiente generación era inspirada por los éxitos de la generación previa, y sus nobles errores, y construyó un mundo mejor. Lo que podríamos llamar el Síndrome del Túnel Canal ocurre muy a menudo en sociedades capitalistas y democráticas, pero no en estados totalitarios, o ni siquiera en naciones como, por decir, los estados árabes de hoy ni en la India del siglo XX. Y particularmente no en la Rusia o China del siglo XIX: ambas eran ricas, pero no tenían una clase media respetable.
La clase media victoriana era respetada tanto por los trabajadores cuyas vidas explotaban —y abrían— como por los aristócratas, cuyo punto de vista cada vez más internacional fue progresivamente integrado con el comercio. Rusia y China tenían sistemas políticos sin una clase media económicamente poderosa y accionista, que podría empezar o seguir modas, y sostener aventuras románticas y visionarias. Hoy, los británicos todavía respaldarán una aventura del Túnel Canal o un explorador de Marte Beagle-2, porque tales cosas son románticas y posiblemente heroicas, aunque no sean muy rentables. Un largo registro histórico muestra con mucha claridad que el primer intento de cualquier túnel importante habitualmente fracasa económicamente... sin embargo más tarde el túnel es construido con éxito —a menudo después de una larga serie de intentos de apuntalar una empresa fracasada. Luego las ruinas son compradas por una bicoca, ocasionalmente nacionalizadas o considerablemente financiadas por el gobierno o alguna otra fuente de capital muy importante, y la empresa resultante puede pararse en los hombros de la primera. Sólo alguna economía algo forzada ha mantenido hasta ahora en los negocios a las compañías originales involucradas en el Túnel Canal, por lo menos del lado británico donde todo fue hecho por empresas privadas.
Algunos proyectos son tan románticos, tan atractivos en concepto pero tan difíciles en ejecución, que se necesitan tres o cuatro intentos para que ganen impulso. La estructura recursiva de tipo cómplice los mantiene a flote. Los puentes de Telford son famosos, como lo son tantas de sus otras obras de ingeniería; su habilidad de capitalizar sus éxitos fue el resultado, y la causa, de su fama, que fue lograda por lo que ahora llamaría ‘conexión en red’ entre aristócratas, ministros del gobierno, y fabricantes de encurtidos. Era, como decían, famoso por ser famoso. En América, empresas similares eran medidas más por el retorno financiero anticipado, por ‘el balance’. De modo que valía la pena respaldar a John D. Rockefeller, Andrew Carnegie, y a su grupo porque garantizaban la multiplicación de su inversión, más que porque la empresa fuera excitante ‘para la Reina y el país’. A principios del siglo XX América tenía una Ford gigantesca, monolítica... mientras Inglaterra tenía una variedad de pequeños negocios de ingeniería como la Morris Garages (MG).
La otra razón muy importante de por qué una sociedad como la victoriana inglesa puede tirarse de los cordones de sus zapatos y volar es la que hemos mencionado antes. Se elevan de sus viejas limitaciones hacia un nuevo conjunto de reglas. En La Ciencia de Mundodisco y La Ciencia de Mundodisco II explicamos por qué las boleadoras espaciales, una especie de enorme rueda de Ferris en órbita, es capaz de llevar las personas al espacio mucho más barato que los cohetes —de hecho, requiere menos energía que la que cualquiera calcularía usando las leyes del movimiento y gravedad de Newton. Hacemos un paso más, e invocamos el ascensor espacial, un cable muy fuerte colgando de una órbita geoestacionaria, que sería más difícil de construir pero requeriría aún menos energía. El truco es que las personas y los objetos que descienden pueden ayudar a levantar a otras personas y objetos. La energética satisface todas las reglas matemáticas corrientes, pero el contexto proporciona una inesperada fuente de energía.

Estos artefactos funcionan mejor que los cohetes, pero no porque usen la relatividad u otra física nueva e ingeniosa como la cuántica. O porque no obedezcan las leyes de Newton, porque sí lo hacen, hasta el punto de que todavía son relevantes. En cambio, las boleadoras y el elevador tienen una nueva invención inmortalizada, de modo que un hombre del espacio que entra en la cabina de una boleadora en la delgada atmósfera superior desde una aeronave a reacción puede salir de la cabina 400 millas más arriba. Si va a la velocidad correcta, así ocurre, toma la cabina que pasa de una boleadora espacial de 400 millas, que puede dejarlo días después en la órbita correcta para tomar la boleadora de 15.000 millas, que lo deposita en la órbita geoestacionaria, 22.000 millas más arriba, después de un par de semanas. Tales máquinas pueden ser movidas utilizándolas para bajar valioso material de los asteroides a la Tierra, o (en el caso de las boleadoras) "meciéndolo" como una hamaca de jardín, utilizando motores en el medio movidos por luz solar y recogiendo o soltando las cuerdas de la cabina a medida que giran las boleadoras.
En cuanto se hace la enorme inversión inicial requerida para desarrollar tal maquinaria, la tecnología de los cohetes se vuelve en gran parte obsoleta, tal como la tracción animal fue desplazada por el motor de combustión interna. Sí, uno no puede atar 500 caballos delante de una gran barcaza de canal, porque no habrá espacio sobre el camino de sirga... pero un motor marino de 500 caballos de fuerza es otro asunto por completo. Sí, un cohete usaría demasiado combustible para ser un método práctico de levantar una masa de objetos y personas en órbita —pero no es la única manera de ponerlos allí. Sí, las leyes de Newton todavía tienen que ser obedecidas, y uno tiene que "pagar" para instalar todo arriba, y todavía cuesta la misma energía poner a las personas en órbita. Pero nadie paga una vez que la maquinaria está ahí. Si no lo cree, suba en un ascensor de un rascacielos, note cómo bajan los contrapesos, y regresan a tierra firme. Entonces, para machacar el mensaje, suba por la escalera.
El procesador de texto que estamos usando para escribir este libro es un metafórico ascensor espacial comparado con una máquina de escribir mecánica (¿La recuerda? Tal vez no). Un automóvil moderno es un ascensor espacial comparado con un Ford modelo T o un Austin-7, que eran en sí mismos boleadoras, mientras que los automóviles a vapor de 1880 eran cohetes. Piense en la inversión que se hizo en el sistema victoriano de ferrocarriles, los canales —entonces fíjese en cómo esta inmensa inversión cambió las reglas, de modo que las generaciones posteriores pudieran hacer toda clase de cosas que eran imposibles para sus antepasados.
Victoriana, entonces, no era una situación, era un proceso. Un proceso recursivo, que desarrolló para sí nuevas reglas y nuevas capacidades, como el previo trabajo duro y la innovación condujeron a nuevo capital, nuevo dinero, y nueva inversión. Los nuevos pobres, tan oprimidos como podían estar, estaban mucho mejor que los pobres rurales. Por lo cual se volcaron a las ciudades donde sus vidas, aunque al estilo Dickens, eran más fáciles y más interesantes que en el campo. Los recién llegados urbanos suministraron nueva fuerza laboral para construir nuevas industrias. También suministraron una útil base consumidora. Esas casas de trabajadores, que todavía se encuentran en los suburbios de muchos pueblos, no eran sólo vivienda para una fuerza laboral explotada; eran también una fuente de nueva riqueza para ese joven aristócrata de regreso de la Costa de Oro que había abierto una fábrica de encurtidos en Manchester. Había visto las salsas hechas en Madagascar o Goa, le gustó el sabor, y pensó que podía venderlas a los obreros para que las pusieran sobre sus salchichas y tocino. Piense en él por un momento, quizás una maravilla sin mentón que empleaba a treinta hombres para mezclar los ingredientes —frutas tropicales— y hervirlos en grandes tanques de hierro fundido. Los tanques eran fabricados en Sheffield y cargados en angostos botes a lo largo de los canales, pagando monedas a quizás cincuenta obreros que proporcionaron los tanques originales y los edificios. Su compañía de encurtidos sostuvo toda una pequeña industria durante generaciones: provisión de carbón mineral para calentar, frutas importadas y frutas producidas en el ámbito local, especias para ser procesadas en las salsas, agua especial, botellas de vidrio, etiquetas impresas...
Seguramente habría media docena de matronas de edad madura ocupadas en diferentes tareas en su fábrica, también, aun dirigiendo a algunos de los hombres. Esto era nuevo —fuera de casa, de todos modos. Las mujeres también tenían trabajo con él como limpiadoras, quizás como secretarias para algunos del personal de alto nivel, y las mujeres que ganaban su propio dinero eran una enorme cuña metida en una sociedad dominada por el sexo masculino. En esa sociedad, era infrecuente incluso que las cortesanas tuvieran control de sus propios bienes, hasta tal punto que Mimi de La Boheme es más realista que Flora de La Traviata. Las leyes y costumbres entonces eran muy diferentes de lo que hoy aceptamos como "normal": las mujeres jóvenes y las más viejas eran explotadas sexualmente, gran cantidad de obreros murieron por accidentes industriales y polución. Sólo a través de su sufrimiento —y sus triunfos— la siguiente generación pudo ser construida.
Los Bretones de hoy son una parte esencial de este proceso hacia adelante y hacia arriba, y para ver por qué los triunfos de nuestra verdadera historia victoriana tienen lecciones para nosotros ahora, debemos comprender qué ocurrió entonces.
Había una diferencia muy importante, entre millones de diminutas diferencias individuales, entre la Gran Bretaña victoriana y Rusia (o China). Los británicos tenían varias fuentes de heterogeneidad social, disidencia, la exposición a la mirada pública de cosas que se hacen o comprenden de maneras diferentes. Desde la capilla bautista hasta el templo protestante cuáquero, desde la catedral católica con su dulce música y oraciones incomprensibles hasta las sinagogas judías con sus fieles de extraños sombreros y mantos que se convertían en su abogado o su contador durante la semana, la religión era obviamente diversa. En Polonia y Rusia, había progroms (particularmente durante el final del siglo XIX); en Inglaterra, sólo habían impuestos. Incluso en las prisiones inglesas eran respetadas las muy diferentes prácticas religiosas, quizás tanto en el incumplimiento como en la práctica, pero la teoría era bien conocida y apoyada —aunque no obligada— por la ley. Esta libertad de pensamiento, palabra y obra duraba. Después de la Segunda Guerra Mundial, después de la derrota del nazismo a tan inmenso coste, con Londres todavía en ruinas y la comida racionada, Sir Oswald Mosley era un fascista declarado cuyos Camisas Negras bajaban al East End de Londres para promocionar sus opiniones racistas. Jack se trenzaba en peleas callejeras con ellos una vez al mes. Incluso entonces, le complacía que sus horribles discursos fueran permitidos por la ley. En la USA o en Rusia, Mosley habría estado en la cárcel o elegido presidente. Había un contexto de heterogeneidad, de diferencia que era más que aceptada, siendo valorada con una sonrisa. Y esto era parte de una tradición continua, que vuelve al tiempo victoriano.
La gran diferencia que hizo próspera a la Gran Bretaña victoriana, promovida a sí misma recursivamente por todas las historias de éxito dentro de ella —y por la naturaleza distinta de estos éxitos, como cuáqueros, ferrocarril, grandes puentes hermosos, menos niños hambrientos, control de algunas enfermedades— estaba en el ambiente, en el contexto, que promovía la diferencia. Ha estado de moda que un tipo de historiador de ciencia particularmente ingenuo señalara el contexto social de las teorías científicas, y pretendiera que la ciencia es por lo tanto y por completo conducida socialmente. En general se afirma, por la misma razón, que esta procedencia niega a la ciencia su autoridad, de modo que sus verdades simplemente siguen las convenciones sociales.
Los evolucionistas victorianos proveen una precisa refutación de esa opinión.
Wallace, por ejemplo, nació de padres pobres, fue aprendiz de relojero durante un tiempo (obviamente uno de nuestros magos recibió órdenes para que lo lograra), entonces se convirtió en un próspero aunque indigente agente de tierras, entonces un coleccionista de animales y plantas más exitoso. Nunca hizo suficiente dinero para unirse a la clase media superior, incluso después de que su estrella apareciera junto a la de Darwin.
Darwin era un joven aristócrata, sus padres eran adinerados, y habría sido completamente correcto que se convirtiera en un coadjutor —y, efectivamente haber escrito Teología de las Especies. Otros pro-evolucionistas, tan variados como Owen (confundido por Darwin por un anti-evolucionista debido a su cuidadoso análisis de las implicancias anatómicas de la idea de la selección natural de Darwin / Wallace), Huxley, Spencer, Kingsley, eran todos de estratos diferentes de la sociedad. Hemos visto que la primera impresión de El Origen de las Especies fue inadecuada para el mercado, y que todas las copias estaban vendidas a la segunda mañana después de la publicación. ¿Habría ocurrido en la India del siglo XIX? ¿En la Rusia bajo los zares, o después de la revolución? En los Estados Unidos... posiblemente. Y en la parte alemana de Prusia. Las historias de Dickens, críticas como eran del orden existente, eran aguardadas ansiosamente por todos los estratos sociales en Inglaterra —y por muchos al este de los Estados Unidos.
No habría sido muy extraño si esta sociedad heterogénea involucraba grupos diferentes que escogían ideas diferentes, de acuerdo con sus varias filosofías y teologías. Sin embargo, lo que realmente les ocurrió a ambos, a Dickens y a Darwin, y después a Wells, fue una apreciación muy general de sus ideas radicales, muy ampliamente, a través de todos esos grupos diversos. Las mismas opiniones alternativas fueron bienvenidas por muchos estratos diferentes de la sociedad. Más aun, quizás, que en cualquier otra sociedad desde entonces, la heterodoxia era casi la regla. Los clubes de hombres trabajadores eran semilleros de discusiones racionales, gracias al establecimiento de clases vespertinas por la Workers' Educational Association. La educación del hombre común era promovida por las nuevas escuelas politécnicas y la British Association for the Advancement of Science.
Hasta cierto punto, lo mismo sucedió a todas las universidades embrionarias que, en la época victoriana, habían sido sembradas por los grupos de debate filantrópicos en las ciudades grandes. Estos establecimientos, oscuros edificios de ladrillos rojos en los centros de todas ciudades industriales inglesas, eran organizaciones muy diferentes de las antiguas universidades. La otra mitad del edificio, o el edificio al frente sobre la misma calle, era a menudo la biblioteca pública, una organización que no sería encontrada en Rusia o China en ese tiempo. Estas organizaciones proveyeron un ascenso de trabajo manual a artesano, y había miles de tales establecimientos por toda la Gran Bretaña victoriana.
Las verdaderas universidades, Oxford, Cambridge, Edimburgo, St Andrew, promocionaban la ortodoxia vía clásicos y las artes literarias y gubernamentales. Las ciencias estaban entrando despacio, principalmente como física teórica y astrofísica, que sólo necesitaban de cerebros y pizarras, como la matemática. Las ciencias prácticas como geología y paleontología, química, y zoología continuaban en laboratorios oscuros y sucios con vidrios altos y oscuras particiones de madera; la botánica era apoyada por herbarios aromáticos. Tal trabajo tenía un estatus muy bajo comparado con la matemática y la filosofía —tenía asociaciones con trabajo manual y tierra. Sin embargo, la arqueología, debido a su continua relación con el mundo clásico y sus artefactos, tenía estatus muy alto.
La clase media floreciente, en general, no aspiraba a estas prácticas arcanas. Querían información técnica y científica, no entretenerse con teorías, aunque fueran importantes y románticas. No querían nada clásico, indudablemente no los clásicos. Las universidades propiamente dichas todavía requerían una educación clásica de todos los aspirantes, e incluso en 1970 seguían pidiendo competencia en una lengua extranjera a los inscriptos en ciencia (como evidencia, presumiblemente, de algo de cultura —nunca exigían ciencia o matemática a los aspirantes de artes o clásicos). Los gremios de los obreros y artesanos cooperaron para producir el sistema de aprendizaje, y éste fue en muchos sentidos el modelo para sus propias organizaciones educativas.
Éstos, notablemente la Worker’s Educational Association, proveían exactamente lo que deseaban, guiado y monitoreado por los gremios de artesanos y por los concejos electos representativos que ayudaban a supervisar sus relaciones con la industria local, especialmente los planes de aprendizaje. Los exámenes de la ‘Ciudad y Gremios’, que concedían certificados y diplomas, eran la moneda educativa de estos sistemas auto-organizados, y continuaron hasta 1960. Eran las etiquetas que calificaban a los peones como artesanos, dignos del respeto de sus semejantes.
Este tirar de los propios cordones de los zapatos hacia una ciudadanía respetable contrasta con la actitud hacia los concejales locales electos de las universidades en las que estas organizaciones maduraron. Como las universidades antiguas, las nuevas como Birmingham y Manchester premiaban a los dignatarios electos locales, alcaldes y concejales, con títulos honorarios. Estos títulos vacíos, comparados con los certificados ganados por los artesanos y con los títulos honoris causa dados a los eminentes eruditos en reconocimiento y respeto, aseguraban una lealtad política —y devaluaban la academia en general. Por desgracia, la profusión de tales universidades jóvenes en la Inglaterra de finales del siglo XX ha significado que asignaturas no-técnicas y aun no-científicas se hayan puesto de moda otra vez, por la exclusión de esa educación artesana que fue tan saludable a fines de la época victoriana. La devaluación de los grados académicos de toda clase ha continuado rápidamente, pero al mismo tiempo se han atrofiado las rutas alternativas y más respetables al progreso individual.

¿Acaso esto importa?
Efectivamente, sí. Quizás Owen Harry, que había surgido de unos malos comienzos galeses cerca de Cardiffs Tiger Bay para convertirse en un jefe técnico muy joven en el departamento de zoología de Jack en la Birmingham University, y que después se convirtió en conferenciante superior en la Belfast University, puso lo mejor cuando describió su principal consecuencia negativa como ‘una falta de sargentos’.
Hay una historia sobre el entrenamiento y examen de oficiales en el Ejército británico en 1950. Una de las preguntas más importantes era ‘¿Cómo cava una zanja?’. La respuesta correcta era ‘Sólo digo, ¡Sargento, cáveme una zanja!’. Los sargentos son las personas que organizan lo que se hace. No son expertos en qué hacer, o cuándo: ésa es la prerrogativa de los oficiales, que en teoría constituyen los cerebros de la organización. Los oficiales deciden qué tiene que ser hecho, pero no saben cómo hacerlo. Los sargentos no hacen las cosas en realidad, tampoco, excepto ocasionalmente cuando tienen que hacerlas. Su rol es organizar escuadrones de hombres ignorantes, a menudo incompetentes, pero bien entrenados para obedecer órdenes, de modo que cooperan eficazmente. Los sargentos son la capa que hace la cooperación efectiva: saben cómo lograr que las cosas sean hechas. Los soldados rasos saben cómo hacer lo que les dicen, y están entrenados para no hacer otra cosa.
No dijimos eficiente; es un error común ver eficiencia como algo por lo que uno se ha esforzado. La eficiencia es un concepto prestado por la ingeniería y la física, una medida de cuánto sale para cuánto se puso. Los sargentos son en algunos sentidos la manera menos eficiente de tener las cosas hechas; tienen cierta tendencia a la repetición y el sarcasmo, confiando en que algunos de sus reclutas se graduarán del entrenamiento básico con algún grado de competencia. Pero los Sargentos son muy efectivos, y el sistema del que son parte es muy robusto.
Darwin y Wallace, Spencer y Wells, todos surgieron de un sistema que era muy robusto de este modo. Todos ellos, diferentes como eran, sabían que escribir libros era una primordial manera de afectar la sociedad a su alrededor. No había televisión, ni películas, y sólo una fracción del pueblo iba al teatro o a la ópera... principalmente al music hall y las pantomimas cerca de la Navidad. Dickens, Kingsley, las hermanas Bronte, y Thomas Hardy hicieron que las personas —muchas personas— pensaran nuevas ideas y llevaran nuevas vidas. Los clubes de hombres trabajadores y sus conexiones con las bibliotecas públicas llevaron la destreza de la lectura a un nivel más alto que nunca.
De modo que este público estaba listo para los textos persuasivos que podían sacarlos de los simples conocimientos bíblicos hacia las nuevas teologías, incluso hacia el ateísmo. Huxley, ‘el buldog de Darwin’, promovía el Darwinismo como la antítesis de un mundo hecho por Dios. De la aspirante clase media de la Gran Bretaña victoriana creció nuestra era secular moderna, con Dios relegado a ser el juguete de algunos de los cleros menos modernos. El clero moderno no cree en un inglés de doce pies allá arriba en el cielo, con el Cielo como una eterna reunión al aire libre del Palacio de Buckingham. Particularmente de esos filósofos franceses que continuaron la sofisticada crítica teológica en linajes derivados de Voltaire, nuestros clérigos aprendieron a prescindir de ese fuerte estilo victoriano de cristianismo. Esa forma de anglicanismo, confiado de que Dios realmente estaba cuidando a los ingleses, no necesitaba avergonzarse con oradores manifiestos. Los rituales bastarían (siempre que no fueran ruidosos como los galeses, o llamativos como los católicos).
Hemos perdido la fuerte religión simple, hemos perdido la excelencia académica, hemos ganado una sociedad secular que mantiene la heterogeneidad que la hizo tan robusta en la época victoriana y después. Sin embargo, ahora estamos llevando a cabo políticas, particularmente en la educación, que dejan de suministrar a la sociedad todas esas personas capaces que construyeron los edificios victorianos y eduardinos, tanto material como teóricamente.
Hay rutas para salir de este pesimismo. En La Ciencia de Mundodisco II nos referimos a los humanos como Pan narrans, el chimpancé contador de historias. Nuestro mensaje en conjunto era que los seres humanos tienen que hacer historias para motivarse, para identificar objetivos, y para distinguir el bien del mal.
Aquí vamos un paso más lejos.
El Hombre Tecnológico y Civilizado, creemos, debe convertirse en Polypan multinarrans, para extender la metáfora algo más. Los seres humanos deben volverse cada vez más diversos, valorando y disfrutando las diferencias de todos los demás en lugar de temerlas o sofocarlas. Y una simple explicación no es suficiente. Para una mejor comprensión, como filosofía básica útil apropiada para la acción en cuanto a criterio y decisión, una explicación es sólo raramente suficiente. Las personas encuentran satisfactorias las explicaciones simples porque permiten delgadas cadenas causales de la clase que construimos para nuestros propios recuerdos y causalidades personales. Pero el mundo real, incluso el mundo de las otras personas y sus gustos, aversiones y prejuicios —a veces tan rígidamente sostenidos que nuestras propias vidas y las de nuestros seres queridos no les importan— no funciona de ese modo.
Nos debemos a nosotros mismos, y a aquellos por los que somos responsables y a aquellos que nos respetan, desarrollar la comprensión multi-causal. Podemos hacerlo, como se sugiere aquí, abarcando simultáneamente varias explicaciones de cada enigma, explicaciones que no están productivamente de acuerdo unas con otras. Multinarrans: muchas historias. De modo que una persona, ni siquiera un Newton o un Shakespeare o un Darwin, será realmente suficiente, a pesar de la historia que acabamos de contarle. Nuestro Darwin ficticio es el símbolo de un torrente interminable de Darwin, recusando la ortodoxia y teniendo razón, una gloriosa red de pensadores innovadores y radicales. Las personas que tratan de mantener vivas las antiguas culturas haciendo explotar a la competencia no logran nada, excepto el desprecio extendido de sus objetivos. Condenan su propia empresa por sus métodos, y revelan una terrible falta de confianza en que lo que les importa pueda sobrevivir sin coerción y violencia.
Volviendo a los sargentos, y a la manera en que realmente las cosas son hechas: ‘Sargento, cave una zanja’. Así es como un Polypan multinarrans logra las cosas. ¿Cuántas personas se necesitan para comprender un avión a reacción de pasajeros? ¿Para construir uno? La recursión en la tecnología es realmente como la evolución biológica, amplía el espacio fase. Lo amplía tanto que la mayoría de nosotros no tenemos prácticamente ninguna comprensión de cómo funciona el mundo en que vivimos. A decir verdad, es esencial que no la tengamos, porque habría demasiado para que alguien lo comprenda.
Pero sí necesitamos comprender que así es el mundo. De otra manera no sólo perdemos a los sargentos: perdemos la capacidad de construir aeronaves que vuelen, lavavajillas que limpien, automóviles que no contaminen (tanto). Dejamos de ser capaces de curar (a algunos de) los enfermos, de alimentar (la mayoría de) el planeta, y de alojar, vestir, y lavar a una humanidad floreciente.
Nuestro mundo está cambiando, y está cambiando muy rápido, y nosotros mismos somos agentes ineludibles de ese cambio. Si nos estancamos, como nuestro victoriano ficticio, nos morimos. Quedarnos donde estamos no es una alternativa. Los recursos estáticos ya no pueden continuar sosteniéndonos.
Realizamos nuestro trabajo de mundo presentando nuevas y no soñadas reglas y posibilidades, al considerar las alternativas y tomar decisiones, que se sienten como ‘libre voluntad’, y trabajan así, incluso si son ‘realmente’ deterministas. Construimos en el presente para crear un futuro más grande. La ciencia apoyada en la tecnología, y la tecnología apoyada en la ciencia, proveen una escalera exitosa que resulta en exteligencia.
¿Es, quizás, la única?
El pasado era otro país, pero el futuro es un mundo alienígena.

Y sin embargo...
Lo más extraordinario del universo, como Einstein dijo una vez, es que es comprensible. No en cada aspecto, pero en los suficientes para hacernos sentir en casa. Tiene sentido —casi tanto como una historia de Mundodisco. Lo cual es asombroso porque los hechos no deben tener sentido: sólo la ficción bien hecha tiene que obedecer reglas tan rígidas.
Parte de esta comprensibilidad puede ser explicada. Evolucionamos en el universo, y evolucionamos para sobrevivir en él. Ser capaces de contarnos historias de ‘que pasaría si’ —para comprenderlo— tiene valor de supervivencia. Hemos sido seleccionados, por naturaleza, para contar tales historias.
Lo que es menos fácil de explicar es por qué el universo puede ser representado por historias humanas. Pero entonces, si no lo fuera, no las estaríamos contando, ¿verdad?
Lo cual nos lleva de regreso a Charles Darwin, arquitecto de nuestro propio presente, que era su futuro, y que seguramente parecería extraño a cualquier victoriano. En el Capítulo 18 lo dejamos sentado sobre una "ribera enmarañada", observando aves e insectos, y reflexionando sobre la naturaleza de la vida. El párrafo final de El Origen, que empieza con apacibles meditaciones sobre riberas enmarañadas, ahora se abre camino a su conclusión revolucionaria:
De la guerra de la naturaleza, del hambre y la muerte, el más eminente objeto que somos capaces concebir, a saber, sigue directamente la producción de los animales superiores. Hay grandiosidad en esta visión de la vida, con sus varias potencias, habiendo sido originalmente infundida en algunas formas o en una; y que, mientras este planeta ha continuado girando de acuerdo con la ley fija de la gravedad, de tan simple principio evolucionaron interminables formas sumamente hermosas y sumamente maravillosas, y continúan evolucionando.



CAPÍTULO 25
La ribera enmarañada
Era medianoche en el Salón Central del museo cuando los magos aparecieron. Había algunas luces encendidas; sólo las suficientes para ver los esqueletos.
—¿Es un templo de alguna clase? —dijo el Director de Estudios Indefinidos, palmeando sus bolsillos por su petaca de tabaco y un paquete de Wizlas—. ¿Uno de los más raros, quizás?
+++ Efectivamente +++ resonó la voz de Hex desde el medio del aire. +++ En todos los universos de La Ología, era el Templo del Ascendente del Hombre. Aquí, no lo es +++
—Muy impresionante —farfulló el Decano—. ¿Pero por qué no sólo le mostramos la gran bola de nieve? Estaría muy complacido de saber que fue por él que los humanos se fueron.
—¡Hemos atemorizado bastante al pobre tipo, por eso no lo haremos! —dijo Ridcully con fuerza—. Lo comprenderá. Hex dice que empezaron la construcción cuando Darwin estaba vivo. Animales rellenos, huesos... es la clase de cosas que conoce. Ahora retrocedan y denle un poco de aire al tipo, ¿quieren?
Se alejaron de la silla sobre la que Charles Darwin había sido transportado, envuelto en la luz azul. Ridcully chasqueó sus dedos.
Darwin abrió sus ojos, y gimió.
—¡Esto nunca termina!
—No, lo estamos enviando de regreso, señor —dijo Ridcully—. Es decir, usted despertará pronto. Pero pensábamos que hay algo que debe ver primero.
—¡He visto suficiente!
—No suficiente. Luces, caballeros, por favor —dijo Ridcully, enderezándose.
La luz es la magia más fácil de hacer. Un brillo creció en el salón.
—El Museo de Historia Natural, Sr. Darwin —dijo Ridcully, retrocediendo—. Se abrió después de su muerte a una edad venerable. Es su futuro. Creo que hay una estatua suya por aquí en algún lugar. Lugar de honor, sin duda. Por favor, escuche. Me gustaría que sepa que por usted, la humanidad resultó ser lo bastante adecuada para sobrevivir.
Darwin miró el salón a su alrededor, y luego con recelo a los magos.
—La frase ‘supervivencia del más adecuado’ no era... —empezó.
—La supervivencia del más suertudo en este caso, me temo —dijo Ridcully—. ¿Está usted familiarizado con la idea de las catástrofes naturales a través de toda la historia, Sr. Darwin?
—¡Efectivamente! Uno sólo tiene que examinar...
—Pero no ha sabido que barrieron la vida inteligente de la faz del globo —dijo Ridcully, tristemente—. Siéntese otra vez, señor...
Le contaron sobre la civilización con aspecto de cangrejos, y sobre la civilización con aspecto de pulpos, y sobre la civilización con aspecto de lagartijas. Le contaron sobre la bola de nieve.
Darwin lo aguanta bien, pensó Ponder. No grita ni trata de escapar. Lo que hizo fue, en cierto modo, peor: hizo preguntas, con una voz lenta y solemne, y luego hizo más preguntas.
De manera extraña, se mantuvo lejos de las como ‘¿Cómo sabe esto?’, y ‘¿Cómo puede estar tan seguro?’. Parecía un hombre ansioso de evitar ciertas respuestas.
Por su parte, Mustrum Ridcully casi le contó toda la verdad en algunas ocasiones.
Por fin Darwin dijo:
—Creo que veo —en un tono definitivo.
—Lamento que hayamos tenido que... —empezó Ridcully, pero Darwin alzó una mano.
—Sé la verdad de todo eso —dijo.
—¿La sabe? —dijo Ridcully—. ¿De veras?
—Efectivamente, hace algunos años había una novela bastante popular. Un Cuento De Navidad. ¿Lo leyeron?
Ponder bajó la mirada al trozo de papel hasta ahora en blanco sobre su tablilla. Le había dicho a Hex que se quedara en silencio; Charles Darwin probablemente no estaba en el humor correcto para oír voces desde el cielo. Pero Hex era ingenioso.
—¿De Charles Dickens? —preguntó Ponder, tratando de que no se viera como si estuviera leyendo el escrito que había llenado la página de repente—. ¿La historia de la redención de un misántropo por medio de una intervención fantasmal?
—Exactamente —dijo Darwin, todavía hablando con voz cuidadosa y medida—. Está claro para mí que algo similar me está pasando. Ustedes no son fantasmas, por supuesto, sino aspectos de mi propia mente. Estaba descansando sobre una ribera cerca de mi casa. Había estado luchando a fondo con algunas de las perturbadoras implicancias de mi trabajo. Era un día tibio. Me quedé dormido, y ustedes, y ese... Dios... y todo eso, es una especie de... pantomima en el teatro de mi cerebro mientras mi pensamiento se resuelve.
Los magos se miraron unos a otros. El Decano se encogió de hombros.
Ridcully sonrió.
—Sujétese a esa idea, señor.
—Y me siento seguro de que cuando despierte habré llegado a una resolución —dijo Darwin, un hombre que clavaba sus ideas en orden con firmeza—. Y confío fervientemente que habré olvidado los medios por los que lo logré. Ciertamente no desearía recordar al elefante con ruedas. O a los pobres cangrejos. Y en cuanto a la ballena dirigible...
—¿Usted quiere olvidar? —dijo Ridcully.
—¡Oh, sí!
—Ya que ése es su pedido claro, no tengo duda que será el caso —dijo Ridcully, echando un vistazo inquisitivo a Ponder. Ponder miró la tablilla y asintió. Era un pedido directo, después de todo. Ridcully era, notó Ponder, muy inteligente bajo todos esos gritos.
Aparentemente aliviado, Darwin miró el salón a su alrededor otra vez.
—Soñé que vivía en salones de mármol, efectivamente —dijo.
Las palabras ‘Referencia a una canción popular escrita por Michael W. Balfe, administrador del Lyceum Theatre, Londres, en 1841’ flotaron a través de la tablilla de Ponder.
—No reconozco algunos de estos esqueletos tan impresionantes —continuó Darwin—. Pero eso es el Diplodocus carnegii de Robert Owen, claramente... —Se volvió bruscamente—. La humanidad sobrevive, ¿dice usted? —dijo—. ¿Se fue a las estrellas en cometas domesticados?
—Algo así, Sr. Darwin —dijo Ridcully.
—¿Y prospera?
—No lo sabemos. Pero sobrevive mejor que bajo una milla de hielo, sospecho.
—Tiene una oportunidad de sobrevivir —dijo Darwin.
—Exactamente.
—Aún así... confiar su futuro a una frágil nave a velocidad a través del vacío desconocido, presa de peligros inimaginables...
—Eso fue lo que hicieron los dinosaurios —dijo Ridcully—. Y los cangrejos. Y todo el resto de ellos.
—¿Perdone?
—Quise decir que este mundo era una nave muy frágil, si usted considera una perspectiva a largo plazo.
—Ya. Sin embargo, algún vestigio de vida sobrevive a cada catástrofe, con seguridad —dijo Darwin, como siguiendo el hilo de una idea—. Profundo bajo el mar, quizás. En semillas y esporas...
—¿Y es así como debería ser? —dijo Ridcully—. ¿Nuevas criaturas pensantes que surgen y son destrozadas, para siempre? Si la evolución no se detuvo en el borde del mar, ¿por qué debería detenerse en el borde del aire? La playa era una vez un vacío desconocido. ¿Seguramente la evidencia del surgimiento de la humanidad puede por ahora darle la esperanza de un destino todavía más alto en el futuro distante?
Ponder bajó los ojos hasta su tablilla. Hex había escrito: ‘Está citando a Darwin’.
—Una idea interesante, señor —dijo Darwin, y logró sonreír—. Y ahora, creo, me gustaría despertar, realmente.
Ridcully chasqueó los dedos.
—Podemos librarnos de esos recuerdos, ¿verdad? —dijo, mientras el brillo azul envolvía a Darwin otra vez.
—Oh sí —dijo Ponder—. Nos ha pedido que lo hagamos, de modo que es éticamente correcto. Bien hecho, señor. Hex puede arreglarlo.
—Bien, entonces —dijo Ridcully, frotándose las manos—. Envíalo de regreso, Hex. Quizás con apenas un recuerdo diminuto. Un souvenir, como si fuera. —Darwin se esfumó—. Trabajo terminado, caballeros —dijo el Archicanciller.
—Todo lo que queda ahora es regresar por...
—Deberíamos asegurarnos de que no haya más Auditores en Mundobola, señor —dijo Ponder.
—Sobre ese tema... —empezó Rincewind, pero Ridcully le hizo callar agitando la mano.
—Eso al menos puede esperar —dijo—. Hemos establecido la línea temporal, es bonita y estable, y podemos...
—Er, no creo que quieran esperar, señor —dijo Rincewind, retrocediendo. Unas sombras se estaban volcando en el Salón Central. Sobre la escalera doble se estaba formando una nube. Parecía la túnica gris de un Auditor, pero enormemente más grande, y mientras los magos miraban el gris se oscureció hasta un negro de mina de carbón.
La forma hinchada derivó hacia adelante, mientras más centenares de túnicas grises vacías continuaban fundiéndose con ella.
—Y creo que están un poco enfadados —añadió Rincewind.
Arrastrando grisura tras él, llenando el salón de borde a borde, el Auditor se abatió sobre los magos.
—Hex... —empezó Ponder.
—Demasiado tarde —dijo el Auditor con voz resonante—. Tenemos el control ahora. Nada de magia, nada de ciencia, nada de chocolate. Tenemos que agradecerles este lugar. Nunca hubo una especie tan decidida a destruirse. ¡En este mundo podemos ganar sin intentarlo! ¿Saben de las guerras que han desencadenado sobre este mundo de juguete? ¿Las pestes, el hambre, toda la ciencia de la muerte? ¿No están avergonzados?
—¿De qué está hablando, Stibbons? —dijo Ridcully, sin quitar los ojos de la nube.
—Hay varias guerras en los siguientes doscientos años, señor —dijo Ponder—. Grandes guerras.
—¿Por culpa de Darwin?
—Er, señor.
—¿Sólo ‘er’, Stibbons?
—‘Er’ es un término muy preciso en este contexto, señor. Significa que no tenemos tiempo para un gran debate. Pero indudablemente las guerras son más grandes y más frecuentes que las que tuvieron lugar en el mundo de La Ología.
—¿Mala cosa, entonces? —dijo Ridcully, a quien le gustaba que su filosofía fuera sucinta.
—Er otra vez, señor, me temo —dijo Ponder.
—¿Te importa ampliar?
—En pocas palabras, señor, más personas morirán en guerras, muchos menos morirán por enfermedad y problemas médicos de todas clases. Y la humanidad sobrevive a la bola de nieve. Los primeros humanos dejaron el planeta en armas transformadas de la guerra, señor.
—Eso es monos para ti, Stibbons —dijo Ridcully. Levantó los ojos a la nube de puro Auditor.
—No, no estamos avergonzados —dijo—. Los humanos tienen una oportunidad de continuar.
—¡No la habrán ganado!
—Es extraño que esto le preocupe —dijo Ridcully.
—¿Conocen los terrores que enfrentarán? —preguntó el Auditor—. ¿Y los terrores que traerán consigo?
—No, pero dudo que sean peores a los que ya han conocido —dijo Ridcully—. De todos modos, usted no se preocupa por ellos. Usted sólo quiere que mueran silenciosamente. ¿Verdad?
El Auditor tembló. Ponder se preguntó cuántos Auditores se habían unido para crearlo. Ahora parecía estar vacilante, inseguro
—Yo quiero... yo... —dijo...
... y explotó en una niebla que, por sí misma, se desvaneció.
—No aprenden lo suficiente, entonces —dijo Ridcully, y resopló—. Bien, enviemos a Darwin de regreso y vámonos a casa, ¿eh? Estoy seguro de que al menos hemos perdido una comida. ¿Dónde está Rincewind?
+++ Escondido en la Galería de Minerales +++ dijo Hex.
—Impresionante. Ni siquiera lo vi moverse. Oh bien, me atrevo a decir que puedes recogerlo más tarde. Vámonos.
—¿Qué quiso decir por los terrores que traen consigo? —dijo el Decano.
—Bien, todavía son monos —dijo Ridcully—. Todavía se gritan unos a otros, arrastrando toda esa evolución tras ellos, donde sea que vayan.
—Darwin dijo algo así, señor. En La Ascendencia del Hombre —dijo Ponder.
—Buen muchacho, Darwin —dijo Ridcully—. Habría sido un buen mago.
—¿Sabía que pusieron su estatua en la cantina, señor? —dijo Ponder, un poco impactado.
—¿Lo hicieron? Buena idea —dijo Ridcully bruscamente—. Así, cada persona sensata la ve. Listo, Hex.
Y el Salón Central quedó vacío otra vez, aparte de los fósiles.

Charles Darwin despertó. Por un momento tan breve que un parpadeo lo terminó, sintió una completa desorientación. Pero entonces se incorporó, sintiéndose inexplicablemente alegre, y miró la ribera enmarañada y ajetreada, con sus aves e insectos revoloteando, y pensó: Sí. Es correcto. Así es como es.


Ocurrencia tardía
El lema familiar de Darwin:
Cave et aude.
Mire, y escuche.



NOTAS AL FINAL
[1] William Paley (Peterborough, julio de 1743; 25 de mayo de 1805). Filósofo y teólogo utilitarista británico. Recordado por su analogía del relojero y sus argumentos para demostrar la existencia de Dios en su obra Teología Natural.
William Paley es fundamentalmente conocido por la apología del Cristianismo expuesta en su Teología Natural. En ella, Paley sistematiza un argumento ya alegado por Ray (1691), Derham (1711) y Nieuwentyt (1730): el diseño inteligente, revelado por la organización de los organismos e ilustrado por la analogía del relojero: si encontráramos un reloj abandonado, la compleja configuración de las partes nos llevaría a concluir que todas las piezas han sido diseñadas para un mismo propósito y dispuestas para un uso concreto, y que alguna inteligencia superior debió hacerlo.
[2] En inglés, originalmente By His Bootstraps (The Time Gate). Astounding Science Fiction, 131: 9-47 (Octubre 1941) (publicado con el pseudónimo de Anson MacDonald) Recopilado en: The Menace from Earth
La puerta del tiempo. En la colección La puerta del tiempo. Eds. Vértice, Galaxia 7: 7-110 Barcelona (1964)
[3] All You Zombies... The Magazine of Fantasy and Science Fiction, 94: 5-15 (Marzo 1959) Recopilado en: The Unpleasant Profession of Jonathan Hoag.
Todos ustedes, zombis. Minotauro, Fantasía y Ciencia Ficción, 4: 19- Ediciones Minotauro S.R.L., Buenos Aires (Marzo/Abril 1964)
Todos vosotros zombis. En: La desagradable profesión de Jonathan Hoag. Eds. Martínez Roca, S.A., Súper Ficción, 27: 121-134 Barcelona (1977)
Todos vosotros, zombis... En: Ciencia Ficción, Selección 39. Ed. Bruguera, Libro Amigo, 1502/728: Barcelona (1980)
Todos ustedes, los zombis. En: Silverberg, R. y Greenberg, Martin H. (Eds.). La sombra del espacio. Antología de la ciencia ficción norteamericana - II. (edición parcial de: The Arbor House Treasury of Modern Science Fiction; Arbor House, 1980). Luis de Caralt Editor S.A., Ciencia-Ficción, 32: Barcelona (1981)
[4] Turmalina, mineral con composición química compleja y un tanto variable apreciado como gema cuando es transparente y se talla. Los constituyentes principales son la sílice y la alúmina en proporciones casi iguales, formando unos tres cuartos del total. El resto se compone de ácido bórico, óxido ferroso, magnesia, cal, sosa, potasa y litio, aunque nunca están todos presentes en una misma muestra. La turmalina, más dura que el cuarzo y más blanda que el topacio, tiene una dureza que oscila entre 7 y 7,5 y entre 2,98 y 3,20 de densidad relativa.
[5] Herbert George Wells, también conocido como H.G.Wells (n. 21 de septiembre 1866 en Bromley, Kent, Inglaterra; † 13 de agosto 1946 en Londres), fue un escritor inglés, notable novelista y filósofo británico, famoso por sus novelas de ciencia ficción, de la que es considerado, junto a Julio Verne, uno de sus precursores.
Desempeñó varios oficios (aprendiz, contable, tutor y periodista) hasta 1895, antes de obtener una beca para estudiar Ciencias Naturales en el Royal College of Science de Londres. Después enseñó en el University Correspondence College de Cambridge. Su relación con Rebecca West, que duró diez años, dio por fruto un hijo, Anthony West, nacido en 1914.
Al contraer tuberculosis abandonó todo para dedicarse a escribir, llegando a completar más de cien obras. Se le considera uno de los precursores de la ciencia-ficción y sus primeras obras tuvieron ya por tema la fantasía científica, descripciones proféticas de los triunfos de la tecnología y comentarios sobre los horrores de las guerras del siglo XX: The Time Machine (La máquina del tiempo) (1895), su primera novela, de éxito inmediato, en la que se entrelazaban la ciencia, la aventura y la política; The Invisible Man (El hombre invisible) (1897); The War of the Worlds (La guerra de los mundos) (1898); y The First Men in the Moon (El primer hombre en la luna) (1901). Muchas de ellas dieron origen a varias películas.
A la vez se interesó por la realidad sociológica del momento, especialmente por la de las clases medias, defendiendo los derechos de los marginados y luchando contra la hipocresía imperante, que dibujó con cariño, compasión y sentido del humor en novelas como Love and Mr. Lewisham (1900), Kipps, the Story of a Simple Soul (1905) y Mr. Polly (1910), novela de extenso retrato de los personajes en la que, como en “Kipps”, describe con fina ironía el fracaso de las aspiraciones sociales de sus protagonistas.
[6] Leishmaniasis, cualquiera de las enfermedades causadas por unos protozoos parásitos y microscópicos del género Leishmania (alojados en perros y otros animales) identificados por el médico británico sir William Leishman, y transmitidos por las moscas de la arena del género Phlebotomus.
Existen dos tipos principales de leishmaniasis: visceral (también llamada kala-azar), en la que varios órganos internos están afectados; y cutánea, que se manifiesta principalmente en la piel. La primera está causada principalmente por la especie Leishmania donovani y la cutánea por Leishmania tropica.
El periodo de incubación de la leishmaniasis visceral suele ser de unos 3 meses. Se trata de una enfermedad que cursa con fiebre irregular, taquicardia, anemia, importante esplenomegalia (aumento de tamaño del bazo) y, en ocasiones hepatomegalia (aumento del volumen del hígado). Recibe también el nombre de leishmaniasis infantil porque afecta especialmente a los niños. Es la forma más severa, ya que si no se trata la mortalidad supera el 90%.
La leishmaniasis cutánea, también llamada botón de Oriente, se caracteriza por la aparición de lesiones ulcerosas en la piel que dejan cicatrices. Es la forma más común de la enfermedad, y representa entre un 50 y un 75% de los casos. En la leishmaniasis mucocutánea, las lesiones son más extensas que en el tipo cutáneo y afectan a las mucosas de la boca, nasales y de la garganta.
En la actualidad, la leishamaniasis es endémica en 88 países repartidos entre los 5 continentes y se estima que 12 millones de personas la padecen en todo el mundo.
[7] Douglas Richard Hofstadter (15 de febrero de 1945) es un científico, filósofo y académico estadounidense. Es probablemente mejor conocido por su libro Gödel, Escher, Bach: an Eternal Golden Braid (abreviado GEB) que fue publicado en 1979, y ganó el Premio Pulitzer en 1980 por general no-ficción. Este libro ha inspirado a miles de estudiantes a comenzar sus carreras en computación e inteligencia artificial.
Gödel, Escher, Bach: un eterno y grácil bucle, publicado en 1979 por Basic Books. La primera edición en español se llamó Gödel, Escher, Bach: una eterna trenza dorada. Un nuevo prefacio de Hofstadter acompañó la edición en inglés por el vigésimo aniversario que no tiene más cambios (ISBN 0465026567) a la lanzada en 1999.
A cierto nivel, es un libro acerca de cómo los logros creativos del lógico Kurt Gödel, el artista M. C. Escher y el compositor Johann Sebastian Bach interactúan. Como el autor indica: Me di cuenta de que Gödel, Escher y Bach eran solamente sombras dirigidas en diversas direcciones de cierta esencia sólida central. Intenté reconstruir el objeto central, y llegué con este libro.
El tema central del libro es más abstracto. Hofstadter se pregunta: ¿Siguen las palabras y las ideas reglas formales, o no? En el prefacio de la edición del vigésimo aniversario, Hofstadter lamenta que su libro haya sido mal comprendido como una mezcolanza de cosas ingeniosas sin un tema central. Indicó: GEB es una tentativa muy personal de decir cómo es que los seres animados pueden salir de la materia inanimada. ¿Qué es un "uno mismo", y cómo puede un "uno mismo" salir de cosas tan faltas de ser como una piedra o un charco?
[8] Archaeopteryx, es el ave más antigua conocida hasta el momento, cuyo primer resto, la impresión de una pluma, fue encontrado en 1860 en una cantera de piedra caliza en Solnhofen, Baviera, Alemania. La primera descripción de un esqueleto completo de esta especie fue publicada en 1861 por H. von Meyer. En la actualidad, se conocen 7 ejemplares de Archaeopteryx, todos ellos procedentes de Solnhofen.
El Archaeopteryx tenía unas alas bien desarrolladas con la morfología de las plumas muy semejante a la de las aves actuales, indicando que era capaz de volar. Su tamaño parece haber oscilado entre el de una paloma y el de un cuervo pequeño. El hallazgo más reciente de un ejemplar de Archaeopteryx se produjo en 1992 y fue descrito al año siguiente como una especie diferente, A. bavarica, caracterizada por tener los miembros posteriores más largos. El Archaeopteryx es un organismo sorprendente, intermedio entre los pájaros actuales y los pequeños dinosaurios carnívoros (comedores de carne) del mesozoico, y uno de los mejores ejemplos de la teoría de la evolución. Aunque se considera el ave más antigua se cree que no fue la antecesora de las aves modernas. Vivió durante el periodo jurásico superior, desde hace 163 millones de años hasta hace 144 millones de años.
Clasificación científica: las dos especies de Archaeopteryx, A. lithographica y A. bavarica se incluyen dentro del orden Archaeopterygiformes.
[9] Dodo, nombre común de unas aves grandes, incapaces de volar, hoy extintas. El dodo de Mauricio habitó en tiempos los bosques de la isla del mismo nombre. De tamaño aproximado al de un pavo, el ave tenía un pico largo y ganchudo, alas y cola sin desarrollar y patas cortas, gruesas y amarillas. Ponía un único huevo en un nido hecho con hierba sobre el suelo. Su existencia fue descubierta por primera vez en 1598 por exploradores holandeses, que describieron al ave como un animal torpe que no temía al hombre. Los dodos fueron vistos por última vez en 1681. La rápida extinción de la especie se atribuye en parte a los animales domésticos importados a Mauricio por los colonos; animales como los cerdos, que escapaban a los bosques, se multiplicaban y destruían muchos huevos de dodo. El nombre dodo deriva del portugués duodo, que significa torpe.
Clasificación científica: los dodos pertenecen a la familia Ráfidos, orden Columbiformes. El nombre científico del dodo de Mauricio es Raphus cucullatus.

Especial Opus Magnum: La Obra Suprema (Ativarnashramî - Reedición

 


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  • Especial Opus Magnum: La Obra Suprema (Ativarnashramî - Reedición)
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La entraña de dolor

¿Por qué emprendemos nosotros este trabajo?…˜ Ello se debe al malestar…˜ al profundo descontento de nuestro corazón…˜ Cuando se siente el malestar…˜ cuando se siente el profundo descontento de nuestro corazón…˜ pocos de nosotros lo consideramos y lo contemplamos como la primera proposición que nuestra verdadera naturaleza real nos está haciendo…˜ La primera proposición no se expresa en palabras…˜ La primera proposición viene directamente de nuestra verdadera naturaleza real…˜ La primera proposición es la “entraña de dolor”…˜ “entraña de dolor” que se manifiesta como este malestar…˜ como este profundo descontento de nuestro corazón…˜ que nos mueve a buscar quién somos…˜

Pocos de nosotros nos preguntamos…˜ “¿Cómo hago yo que no encuentro reposo ni alivio ni contento?…˜ Se supone que yo debería ser dichoso…˜ que debería ser feliz…˜ que debería estar en paz…˜ Sin embargo…˜ me vuelva hacia donde me vuelva…˜ me agarre a donde me agarre…˜ no encuentro contento…˜ ni felicidad…˜ ni paz…˜ ¿A qué se debe esta profunda entraña de dolor que mi ser mismo me propone?…˜ ¿a qué se debe esta profunda entraña de dolor que nadie me ha dado…˜ que nadie me ha enseñado cómo sentirla…˜ que está aquí en mi corazón antes de que yo me preguntara quién soy?…˜ Este gurú dentro de mi corazón…˜ ¿qué me está proponiendo con esta entraña de dolor?”…˜
Pocos de nosotros reparan en que la primera proposición en la vía de la disolución del olvido de quién somos…˜ se propone espontáneamente a nosotros mismos desde el primer instante del llanto…˜ A esta proposición en nuestro corazón…˜ hecha integralmente de entraña de dolor…˜ ninguno de nosotros puede escapar…˜ La diferencia entre nosotros reside en el grado de seriedad con la que escuchamos lo que esta proposición nos propone…˜ La gran mayoría de nosotros…˜ no queremos escucharla nunca…˜ Hemos olvidado quién somos…˜ y aunque la entraña de dolor nos llama incesantemente al recuerdo…˜ nuestra respuesta es drogarla de experiencia…˜ Por así decir…˜ nuestra respuesta es alimentar sin descanso nuestro olvido…˜ No queremos este indeseable recordador dentro de nosotros mismos…˜ no queremos nuestra propia entraña de dolor…˜
Sin embargo…˜ ella es la primera proposición de nuestra verdadera naturaleza real…˜ Y viene a nosotros mismos sin ningún intermediario…˜ como la manifestación directa de lo que somos…˜ Nos duele profundamente…˜ Nada de todo esto era…˜ Conocemos primordialmente nuestro verdadero estado…˜ y por ello…˜ por este no haber olvidado nunca quién somos…˜ nos duele tanto parecer esteotro…˜ ¡Cuán pequeño es este otro…˜ cuánto dolor en su corazón…˜ qué profunda entraña de dolor en su corazón!…˜
Nosotros sólo parecemos ser este otro mientras no disolvemos el olvido de quién somos…˜ Este otro es sólo entraña de dolor…˜ Nosotros no podemos olvidar jamás quién somos…˜

La Lealtad

Mirad…˜ la comprensión real opera la ruptura del círculo vicioso de nuestro ego…˜ Esta ruptura provoca la efusión de la lealtad a nuestra verdadera naturaleza real…˜ La lealtad es la incondicionalidad de nuestro amor y donación de nosotros mismos a la fuente de nuestra comprensión…˜
Cuando no hay lealtad…˜ cuando no hay efusión en nuestro corazón del flujo de entrega y donación a nuestra verdadera naturaleza…˜ ello es el síntoma de que nosotros no estamos comprendiendo realmente…˜
Comprender realmente no es comprender mentalmente…˜ La comprensión mental sola…˜ es un conocimiento verbal que pasa a engrosar las razones de nuestro ego…˜

¿Hay comprensión real de lo que aquí se enseña?…˜ Si hay comprensión real…˜ entonces…˜ necesariamente…˜ en el fondo de nuestro corazón…˜ tiene que haber lealtad…˜ ¿Y qué es lealtad?…˜ El propio sonido de la palabra misma lo dice…˜ Cuando hay lealtad…˜ nada es más importante que eso a lo que uno es leal…˜ Uno se descubre a ello…˜ uno se desnuda ante ello…˜ uno lo defiende…˜ uno lo prefiere a su propio consejo…˜ La lealtad al maestro…˜ hace que se disipen todas las dudas…˜ La lealtad al maestro no hace que desaparezca el consejo del ego…˜ pero deviene un arma eficaz contra él…˜
El discípulo que no sabe o no quiere ser leal…˜ acaba auto-aconsejado…˜ Su comprensión se cierra…˜ Poco a poco lo que escucha le suena todo igual…˜ y acaba abandonándose atado de pies y manos al consejo de su ego…˜
No creáis que la lealtad es un ejercicio fácil…˜ La lealtad es la referencia de nuestra guerra con nuestro propio auto-consejo…˜
Siempre habrá en el maestro algo que no cuadra completamente a nuestro ojos…˜ Son los ojos de nuestro ego…˜ El consejo de nuestro ego es inmediato…˜ está pegado a nuestro oído incesantemente…˜ Sólo la lealtad nos hará salir de este atolladero…˜
Si el maestro nos dice que comprendemos…˜ la lealtad hará el milagro…˜ Ahora bien…˜ si nos aconsejamos de nosotros mismos…˜ y nos decimos que no comprendemos…˜ entonces el milagro de nuestra comprensión no se producirá…˜

Toda la vía espiritual se basa en la lealtad…˜ La lealtad es el terreno de la comprensión…˜ Por ello debe ser una lealtad indivisa e íntegra…˜ Primero de todo…˜ la lealtad debe estar ya en nuestro corazón…˜ Es ella quien nos dice si lo que escuchamos habla de nosotros…˜ es ella quien nos dice si lo que escuchamos es verdad de nosotros…˜ Al comprender que lo que escuchamos habla de nosotros…˜ tenemos que comprender que es nuestra propia naturaleza real quien nos habla…˜ tenemos que comprender que no hay ningún individuo hablándonos…˜ tenemos que comprender que lo que nos habla es nuestra propia naturaleza real dentro de nuestro propio corazón…˜ Entonces…˜ tenemos que ser muy cuidadosos para no quebrar esta comprensión…˜ No es el maestro en la carne quien nos habla…˜ es nuestra propia naturaleza real dentro de nuestro corazón quien nos habla…˜
La lealtad no es entonces nunca hacia un individuo que posa como maestro…˜ la lealtad es siempre una subida de amor entregado hacia la fuente de nuestra comprensión de nosotros mismos…˜
Si quebramos nuestra lealtad…˜ si no la expresamos…˜ si nos apartamos de su consejo para darnos al consejo de nuestro ego…˜ en nuestro hacerlo ya está presente la serpiente de la deslealtad…˜

La Lealtad

- El Ego

No es posible comprender la enseñanza si no hay lealtad…˜ Un conocimiento que consiste sólo en el conocimiento de las palabras que se escuchan no será suficiente…˜ La lealtad es esencialmente amor…˜ está hecha esencialmente de amor…˜ Y el amor no puede darse sin comprensión…˜

Tened presente que el único que no quiere correr riesgos en vosotros es el ego…˜ El ego vive de ocultación…˜ Su consejo a vosotros consiste esencialmente en haceros dudar…˜ Dudar de vuestra comprensión…˜ dudar de lo que escucháis…˜ dudar del maestro…˜ El resultado de vuestra escucha al consejo de vuestro ego…˜ es que no hay ninguna relación maestro-discípulo…˜ El ego os retiene entonces encerrados en la prisión de su monstruosidad…˜ Como el ego es consciente de su trabajo…˜ no quiere que habléis…˜ Las palabras del aconsejado por su ego…˜ denuncian inmediatamente en quién está puesta la lealtad de uno…˜ El ego odia descubrirse…˜ el ego odia ser descubierto…˜ Pero si no arriesgáis…˜ si no decidís poneros a descubierto…˜ escuchéis lo que escuchéis aquí…˜ no tendrá ningún efecto…˜

Es difícil hablar del estado del aconsejado por su ego…˜ Ello es como profesar de palabra que uno cede su auto-gobierno a la lealtad al maestro…˜ y su cesión de su auto-gobierno se queda aquí…˜ entre estas paredes…˜ ¿Qué ocurre entonces?…˜ Ocurre que hacemos todo con miras a nuestro auto-beneficio…˜ mientras nos gusta pensar que hemos cedido nuestro auto-gobierno…˜
El maestro ve todo…˜ Ve lo que decimos y lo que callamos…˜ Y sabe incesantemente cómo está de salud la relación maestro-discípulo…˜ y sabe también si esta relación existe…˜ En cambio…˜ el discípulo puede creer que su relación con el maestro existe…˜ y no haber nada de tal…˜

La Lealtad

- La Petición

Si el maestro espiritual no fuera necesario no habría nada de tal…˜ ¿Cuál es la función de un maestro espiritual?…˜ Es expresar la enseñanza universal concerniente a nuestra verdadera naturaleza real…˜ de tal manera que devenga un ariete en la demolición de nuestro ego…˜
Pero el maestro espiritual no puede ejercer su función si no se le pide que lo haga…˜ Y la petición es una incumbencia que pertenece íntegramente al aspirante…˜ La petición debe ser expresa…˜ verbal…˜ declarada…˜ y secreta…˜ Uno debe reconocer en sí mismo que está necesitado de su ayuda…˜ y así debe expresarlo…˜ La petición a un maestro no puede darse nunca por sobreentendida…˜ ¿Por qué es ello así?…˜ Ello es así porque una petición sobreentendida no compromete a nada…˜ no implica lealtad…˜ no implica la cesión del auto-gobierno…˜ y no le responsabiliza a uno de su propia decisión…˜
Cuando no ha habido petición expresa de acogida a un maestro espiritual…˜ uno sólo se puede considerar como un oyente…˜ No habiendo cedido su auto-gobierno…˜ uno es libre de escoger y revolver…˜ En este estado no puede haber verdadera comprensión…˜ debido a que la lealtad de uno es hacia su propio ego…˜
Cuando hay verdadera comprensión surge un impulso irresistible a dar gracias…˜ Si uno comprende…˜ es menester que se escuche a sí mismo dando gracias…˜

No creáis que pedir admisión al consejo del maestro sea una cosa fácil…˜ No lo es…˜ Uno no debe pedir admisión porque otros lo hacen…˜ Uno debe pedir admisión desde la repudiación al consejo de su propio ego…˜
El consejo de nuestro propio ego ve al maestro exactamente como se ve a sí mismo…˜ es decir como otro ego…˜ Y en el mundo de los egos…˜ el consejo del ego de otro no es nunca mejor que el consejo de nuestro propio ego…˜
Por ello…˜ uno debe ser bien consciente de que la repudiación del consejo de su propio ego traerá consigo una guerra…˜: La guerra entre lo que me gusta…˜ entre lo que me parece…˜ entre lo que creo…˜ y la lealtad que implica la petición de admisión al consejo del maestro…˜

La Lealtad

- El Maestro

Mirad…˜ la relación maestro-discípulo reproduce un modelo de actividad eterno…˜ Siempre que uno no es capaz de establecerse…˜ sin ningún genero de duda…˜ en el seno de su propia Mismidad…˜ siempre que uno no es capaz de presenciar y escuchar a su propia Mismidad deslumbrante…˜ en el aula magna de su propio corazón…˜ la presencia del maestro en la forma visible es necesaria…˜
¿Qué es el maestro?…˜ El maestro habla lo que escucha dentro de su propio taller…˜ La misma Mismidad que dicta la enseñanza en el maestro…˜ esa misma Mismidad escucha la enseñanza en el discípulo…˜
La relación maestro-discípulo…˜ es así una relación de lealtad de la Mismidad eterna a la Mismidad eterna…˜

El maestro espiritual es siempre nuestra verdadera naturaleza real en una forma visible…˜ Si nosotros somos conscientes de nuestro descontento y malestar…˜ es supremamente bueno que reaprendamos a pedir cobijo y amparo…˜ exactamente como cuando éramos niños…˜ Nadie se cobija en lo que desconoce…˜ Por ello…˜ el maestro espiritual es el lugar de la confianza y de la comprensión…˜

Si la enseñanza del maestro nos conmueve…˜ si la enseñanza del maestro nos lleva adentro de nosotros mismos…˜ si la enseñanza del maestro nos pone en nuestro centro…˜ desde donde contemplamos nuestra interioridad vacía…˜ y a nosotros mismos contemplándola…˜
Si la enseñanza del maestro nos suena a verdad de nosotros mismos…˜ entonces él está hablando de nosotros…˜ desde dentro mismo de nosotros…˜ y no de sí mismo…˜ Entonces el maestro es la voz de nuestra verdadera naturaleza real…˜ hablándonos de nuestra propia intimidad profunda…˜
Verle entonces como un individuo…˜ es una deslealtad a nuestra verdadera naturaleza real…˜ ¿Y qué es una deslealtad a nuestra verdadera naturaleza real?…˜ Una deslealtad a nuestra verdadera naturaleza real…˜ es aceptar y consentir a nuestro propio auto-consejo como individuos…˜

La Lealtad

- El Discípulo

¿Qué hace que un discípulo sea verdaderamente un discípulo?…˜ Como ya no somos niños…˜ existe lo que se llama nuestro propio consejo…˜ Nuestro propio consejo es nuestro ego y sus intereses…˜ Nuestro propio consejo es lo que exclama dentro de nosotros “yo sé lo que me hago”…˜

La quiebra de nuestro propio consejo egótico está en la lealtad…˜ ¿Y qué es la lealtad?…˜ La lealtad es una cualidad innata hecha de fidelidad y de comprensión…˜ En un momento dado…˜ nuestro ego y su consejo no pueden no ser vistos como lo que son…˜ horribles…˜ y creadores de horror…˜ Poco a poco nos han aislado e incomunicado…˜ La defensa de lo que creemos falsamente que es nosotros y nuestro…˜ nos ha encerrado en una concha estanca…˜ Esto se siente como grandemente frustrador y es un hervidero de sufrimiento incesante…˜ ¿A quién recurrir entonces?…˜ Si nuestro anhelo es verdadero…˜ entonces nuestro corazón nos dirá a quién recurrir…˜ Pero primero tenemos que quebrar nuestra fidelidad a nuestro propio ego y a su consejo…˜ Por ello…˜ tenemos que escucharnos a nosotros mismos pedir amparo…˜ pedir acogida…˜ pedir que nos tomen de la mano…˜ para salir del pozo de nuestra propia aniquilación…˜

Lealtad es ser fieles a lo que nos hemos escuchado pedir…˜ Pero no podemos ser fieles a lo que sólo hemos imaginado que hemos pedido…˜ Que nosotros nos imaginemos pidiendo enseñanza y consejo…˜ no puede sustituir en ningún caso el hecho de que lo hagamos…˜ el hecho de que pidamos efectivamente enseñanza y consejo…˜

Pensar que con imaginar basta…˜ es un consejo de nuestro ego…˜ Lo que no nos hemos escuchado decir no nos compromete…˜ Y la lealtad es un compromiso…˜ Hemos pedido enseñanza y consejo…˜ y desde ese momento…˜ retiramos nuestra lealtad a nuestro ego…˜ Dicho así…˜ esto parece fácil…˜ parece como si fuera un acto de una vez por todas…˜ Pero ello no es así…˜ La lealtad hay que renovarla cada día…˜ alimentarla cada día…˜ Esto supone a su vez…˜ que cada día hemos de retirar igualmente la lealtad a nuestro ego…˜ que cada día…˜ y cada hora…˜ y cada instante…˜ hemos de eludir el consejo letal de nuestro ego…˜
Así pues…˜ la lealtad se construye a cada instante…˜ ¿Cómo es ello así?…˜ Ello es así…˜ porque a cada instante tenemos que elegir entre la lealtad y el consejo de nuestro ego…˜ y la lealtad y el consejo de la verdad…˜
Mientras nosotros no somos capaces de ver por nosotros mismos el Consejo de la Verdad en nuestro corazón…˜ el maestro espiritual visible en la forma es la verdad para nosotros…˜

Como individuos…˜ nuestro propio auto-consejo nos dirá que una cosa es esta búsqueda de nuestra verdadera naturaleza…˜ y que otra cosa muy distinta es nuestro desenvolvernos en el mundo…˜ Pero no hay nada de tal…˜ Como es nuestra comprensión de nosotros mismos…˜ así es nuestra comprensión del mundo…˜
Nosotros necesitamos ser conmovidos…˜ necesitamos que se nos sacuda…˜ para hacernos salir de nuestra letargia…˜ No hay más que una sola lealtad…˜ la lealtad a lo que comprendemos que nosotros somos…˜ Una casa dividida contra sí misma…˜ perecerá…˜ No se puede ser leal a la verdad y a nuestros deseos y aversiones…˜ En este caso…˜ una de las dos lealtades será falsa…˜

Amor activo

Amor activo hace del maestro un maestro…˜ Un verdadero maestro…˜ no es tal debido a que sabe mucho…˜ Un verdadero maestro…˜ es tal debido a que Amor activo busca incesantemente en él cuál es la expresión precisa de la verdad…˜ cuál es la palabra de poder…˜ capaz de despertar al Vivo en el corazón del discípulo…˜ Un verdadero maestro…˜ está en la plena posesión de su arte…˜ debido a que se sabe a sí mismo completamente Idéntico al Vivo en todos los corazones…˜ Un verdadero maestro es omnisciente de su propia Mismidad en todos los corazones…˜ Y amando sólo a su propia Mismidad en todos los corazones…˜ su solicitud es siempre completa…˜ total e indivisa…˜

Un verdadero maestro nunca pierde de vista al anhelante vivo que yace entre los muertos…˜ para levantarle…˜ para ascenderle…˜ para restituirle a la plena consciencia de quién es…˜ Y su no perder de vista que lo que quiere es realmente la Resurrección del Vivo que yace aprisionado en la muerte del olvido…˜ ese Vivo cuya identidad ama en sí mismo…˜ en cuya Identidad se ve completamente a sí mismo…˜ éste estar viendo lo que quiere…˜ mueve en él…˜ desde su propia verificación…˜ la perfección de un arte sublime…˜ el arte de hacer despertar…˜
Un maestro no sabe cómo hace que él es un maestro…˜ La plenitud de su arte se manifiesta espontáneamente ante la visión de la necesidad…˜
Por ello su arte…˜ su maestría…˜ consiste en Amor activo sólo…˜ Amor activo que ve omniscientemente al Vivo eterno en nuestro corazón padeciendo el espejismo de ser un muerto entre los muertos…˜

“No hay comienzo ni fin para el contento de haber vuelto a Casa”…˜ Cuando escucháis esta proposición…˜ el Vivo eterno en vuestros corazones se conmueve con la punzada de la recordación de su verdadero estado…˜ Entonces ama resucitar…˜ Amor activo engendra Amor activo…˜
Amor activo dicta estas proposiciones…˜ ¿Qué es Amor activo?…˜ Amor activo es como una madre o un padre cuyo hijo querido ha caído a un pozo…˜ Desde el brocal…˜ su corazón hierve buscando cómo procederá a salvarle…˜
La sabiduría innata se conmueve en nosotros…˜ el niño luce en el vientre de su madre…˜ Amor activo bulle en nuestro corazón…˜ Si Amor activo no viera lo que ama…˜ su bullir se enfriaría como un caldero sin fuego…˜
¿Queremos nuestro verdadero estado real?…˜ Quererlo es bullir de Amor activo…˜

Amor activo

- La Naturaleza Real

Nuestra verdadera naturaleza real…˜ el estado Incondicionado de Atma…˜ no es algo que tengamos que alcanzar…˜ Nuestra verdadera naturaleza real…˜ lo que nosotros somos realmente…˜ es lo que nosotros somos…˜ No se debe a la creación de nadie…˜ no es un galardón por largos años de esfuerzo…˜ Cuando aceptamos la falsa proposición de que tenemos que hacer algo que contribuya a nuestro ser nosotros lo que nosotros somos…˜ con nuestra aceptación de esta falsa proposición…˜ nosotros mismos nos partimos en dos…˜ a saber…˜ el buscador y el buscado…˜

Nuestra verdadera naturaleza real…˜ el estado Incondicionado de Atma…˜ es innata…˜ Es el presenciador y saboreador de la solubilidad nacimiento…˜ La solubilidad nacimiento…˜ la ronda de los tres estados…˜ no nos ha traído con ella…˜ La solubilidad nacimiento…˜ la ronda de los tres estados…˜ (sueño profundo, sueño con sueños y vigilia) sólo tiene un presenciador y saboreador…˜ Nosotros somos ese presenciador y saboreador…˜ Hay siempre  un antes del comienzo…˜ hay siempre ese antes del comienzo en que nada de cuanto ahora está siendo saboreado y presenciado estaba siendo saboreado y presenciado…˜ La solubilidad nacimiento no estaba aquí…˜ la ronda de los tres estados no estaba aquí…˜ No había ninguna presenciación ni saboreación de nada…˜ Nosotros no nos sentíamos ser…˜ Nadie exclamaba “yo” en la montaña sumergida en sí misma de nuestra naturaleza real…˜ Es este estado el que solicita nuestro absoluto reconocimiento…˜ Ahora es el momento de recordarlo…˜ Nuestro propio ser real nos convoca a la entrega libre a nuestra propia Mismidad…˜ Es una montaña sumergida dentro de nuestro corazón…˜ es una montaña estable…˜ completamente incógnita…˜ absolutamente hecha de reposo sólo…˜

Nosotros somos omniscientes de ese estado debido a que lo somos…˜ Nuestra intimidad con nuestra propia Mismidad no puede medirse en tiempo…˜ Ha sido siempre…˜ es Ahora…˜ y siempre será…˜ ¿Quién se ha quejado nunca de su propia submersión en sí mismo antes de que la solubilidad nacimiento haya depositado su solubilidad en él y le haya hecho exclamar “yo”?…˜
Mi respuesta…˜ yo la sé por omnisciencia absoluta de mi verdadero estado real…˜: Jamás hubo una queja…˜ jamás hubo nadie escuchando una queja que no se pronunciaba…˜
No es sólo mi omnisciencia absoluta de mi verdadero estado real…˜ Es Omnisciencia universal…˜ Hay un solo verdadero estado real…˜ Vosotros sois omniscientes…˜ absolutamente…˜ de que jamás se pronunció una queja en el seno de vuestra propia Mismidad Absoluta…˜:
Recordad cuando nada de todo lo que ahora parece ser era…˜ Recordaos a vosotros mismos en la absoluta identidad de la unión con vosotros mismos…˜ ¿Quién puede poner reloj a la unión de una sola Mismidad sin segundo?…˜ La misma Mismidad escucha ahora este canto…˜ Todo en vosotros es sólo Mismidad escuchándose a sí misma…˜
¿De dónde viene este Canto?…˜ Este Canto viene de Amor activo…˜

La “Obra Suprema”

Los principios que rigen el trabajo en la vía espiritual son los principio del arte…˜ Como artesano…˜ el maestro debe estar en posesión de la verificación y de los medios de verificar lo que propone…˜ Y en lo que propone se revela explícitamente a qué trabajo sirve…˜ se revela explícitamente qué obra conoce y sabe hacer…˜
Hay que tener en cuenta que el que encarga la obra es el discípulo…˜ y que el contento o el descontento del discípulo es la prueba de que la obra se hace o no se hace…˜ Todo esto…˜ claro está…˜ siempre bajo las condiciones de rectitud y de lealtad mutuas que deben regir toda operación responsable…˜ Esto quiere decir que…˜ dadas las cualificaciones y requerimientos necesarios…˜ el discípulo…˜ como encargador y receptor de la obra del maestro…˜ es su juez…˜ Su contento o descontento son la prueba de que la obra se hace o no se hace…˜
Según esto…˜ no puede decirse que…˜ dadas todas las condiciones necesarias de la operación…˜ el discípulo sea siempre responsable de su propio descontento…˜ Cuando el descontento del corazón no cesa…˜ ello puede deberse a diferentes causas…˜: o bien el discípulo no sabe lo que quiere…˜ o si lo sabe su prisa en obtenerlo hace que pase por alto las propuestas del maestro…˜ Lo que el maestro puede hacer…˜ está en sus propuestas…˜ nunca en su peculiaridad como persona…˜ De manera que es muy importante prestar mucha atención a las propuestas de un maestro…˜ y tener muy claro que un maestro zapatero nunca podrá enseñarnos a esculpir una estatua…˜
En el lenguaje del arte…˜ a la contemplación…˜ verificación…˜ y saboreación de nosotros mismos como la Realidad Absoluta sedente en la caverna de nuestro corazón…˜ se le llama el “Opus Magnum”…˜ La “Obra Suprema”…˜ o también el “Summun Bonum”…˜ el “Bien Supremo”…˜


La vía de la meditación

Nosotros somos la Realidad Absoluta siempre…˜ de manera que no hay ninguna Vía que nos lleve a ser lo que nosotros ya somos…˜ y jamás cesaremos de ser…˜ Donde la propuesta de una Vía tiene lugar es en el hecho de que nosotros no siempre somos completamente conscientes de ser la Realidad Última…˜ Así pues…˜ la verdadera Vía es siempre…˜ no hacia lo que nosotros ya somos…˜ sino hacia la comprensión y consciencia absoluta de que lo somos…˜ La Vía verdadera no es por tanto un viaje de nosotros mismos a nosotros mismos…˜ sino una disolución del olvido de quién somos…˜ Ser lo que nosotros somos no lleva tiempo ni trabajo…˜ Pero disolver el olvido de quién somos…˜ y tomar consciencia absoluta de quién somos si lleva tiempo y trabajo…˜ Y a este disolver el olvido de quién somos y tomar consciencia absoluta de quién somos…˜ es a lo que se llama vía…˜
La vía es esencialmente la puesta en marcha del motor del recuerdo ante la proposición de nuestra propia verdad absoluta…˜ Esta puesta en marcha del motor del recuerdo ante la proposición de nuestra propia verdad última necesita de medios de operación…˜ Al conjunto de estos medios de operación se le llama meditación (sánscrito sadhana)…˜

Cuando falta la proposición de nuestra verdad última…˜ los medios de operación…˜ cualesquiera que sean…˜ no pueden ser conductivos a la verificación real de lo que se nos propone…˜ Proponer es fácil…˜ pero para que la proposición  sea realmente efectiva…˜ el propositor debe estar viendo y verificando y saboreando lo que propone…˜ Pues los medios de operación proceden integralmente de la visión y verificación y saboreación de la verdad que se propone…˜ Los medios por sí solos nunca pueden dar como fruto la obtención de la comprensión real de quién somos…˜ si el propositor de nuestra verdadera naturaleza real no ve lo que propone…˜

Aquí debemos señalar claramente la distinción que hay entre lo que nombran las palabras “actividad” y “acción”…˜ Todo lo que la meditación implica debe encuadrarse en el dominio de lo que la palabra “actividad” nombra…˜ La “actividad” no es un hacer…˜ sino un comprender…˜ En cambio…˜ todo lo que la palabra “acción” nombra…˜ es un hacer que puede hacerse sin comprender nada en absoluto…˜ Aquí hay que decir que como sea la propuesta sobre nosotros mismos que hemos aceptado…˜ así son los medios que esa propuesta misma pondrá en operación…˜ Si nosotros nos hemos aceptado como nacidos y mortales…˜ los medios de operación serán las obras…˜ Todas las obras…˜ sean cuales sean…˜ se encuadran en el dominio de lo que la palabra “acción” nombra…˜ La “acción” es un hacer que no implica necesariamente un comprender…˜ En este campo que abarca todo lo que se hace…˜ sin implicar necesariamente que ello se comprende…˜ entran todas las proposiciones de orden religioso…˜ La proposición religiosa…˜ cualquiera que sea la religión…˜ promueve un “hacer” que no implica un comprender…˜ La proposición de que nosotros somos siempre la Realidad Absoluta…˜ no es una proposición religiosa…˜ Puesto que nosotros hemos olvidado quién somos…˜ esta proposición  de nuestra Naturaleza Real implica la promoción de una recordación y toma de consciencia y verificación y saboreación que no es un hacer…˜ sino un comprender…˜ Un comprender no es una obra…˜ sino una actividad…˜
Así pues la Vía del Comprehensor de sí mismo consiste esencialmente en la actividad de comprehenderse a sí mismo SER lo que él es…˜

Los medios de verificación

Los medios de verificación de que nosotros éramos ya la Realidad Absoluta cuando sólo nosotros éramos y nada más era con nosotros…˜ de que nosotros somos Ahora la Realidad Absoluta y nada más es con nosotros…˜ y de que nosotros seremos la Realidad Absoluta cuando sólo nosotros seamos y nada más sea con nosotros…˜ estos medios de verificación se engloban bajo el título genérico de “meditación” (en sánscrito sadhana)…˜ La meditación tiene a su vez tres dominios que coexisten simultáneamente…˜ a saber…˜ la consideración (en sánscrito dharana)…˜ la contemplación (en sánscrito dhyana)…˜ y el rapto o excesus (en sánscrito samadhi o nirvana)…˜ Estos dominios están perfectamente interpenetrados siempre…˜ pero según sea el estado de nuestra propia verificación…˜ así predomina uno u otro…˜ En general…˜ la consideración predomina en la primera etapa…˜ la contemplación en la segunda…˜ y el raptus o excesus en la tercera…˜ Pero siempre hay que tener presente que la causa final de toda la operación meditativa es omnipresente a estos tres dominios de actividad…˜ y que esta causa final de toda la operación está ya…˜ siempre presente…˜ en el taller de nuestro corazón…˜ instigando con su Belleza convocativa toda la obra…˜ el Sí mismo…˜ Nosotros somos ese Sí mismo…˜ siempre…˜ el problema es que no lo sabemos…˜

Los medios de verificación

- La Consideración (en sánscrito: dharana)

( Proposición reveladora: ¿ Qué no había conmigo…˜ ?)

El primer ámbito…˜ orden…˜ o nivel de nuestra actividad ordenada hacia la recuperación completa de la consciencia de quién somos…˜ comienza con la escucha y aceptación de la proposición verdadera de quién somos…˜ Esta escucha y aceptación no es una escucha y aceptación ordinaria…˜ Es una escucha y una aceptación que es un proceso…˜ es una escucha y una aceptación que mueven en nosotros un discurso reactivo…˜ A este mover en nosotros el discurso reactivo de nuestra comprensión…˜ a la escucha y asentimiento de la proposición de quién somos…˜ se le llama CON-SIDER-ACION (dharana en sánscrito, consideratio en latín)…˜
La palabra con-sideración misma significa lo que implica…˜ Está compuesta de la preposición afija con y de la raíz latina sider…˜ que según el diccionario quiere decir…˜ el Cielo…˜ las luces estelares…˜ lo más alto…˜ la facultad cognitiva más alta…˜
Considerar la propuesta es entonces acogerla…˜ consentirla…˜ y permitirle que lo que ella propone…˜ nuestra verdadera naturaleza real…˜ aflore en nuestro interior a la convocación de su nombre…˜ Cuando esta habiendo una consideración verdadera…˜ el cielo de nuestro corazón se ilumina con las estrellas de los significados…˜ Entonces…˜ lo que la proposición significa…˜ se abre en nosotros mismos…˜ y nosotros vemos y contemplamos y saboreamos que lo que la proposición nombra es nosotros mismos…˜

La Consideración

- La Proposición

La meditación real comienza cuando comienza en nosotros la consideración…˜ Y la consideración comienza en nosotros cuando escuchamos la propuesta…˜ Cuanto más verdadera es la propuesta tanto más profunda penetra en el cielo de nuestra consideración…˜ Una proposición verdadera es siempre transmisora de un significado de nosotros mismos…˜ Al escuchar la proposición nuestra verdadera naturaleza…˜ enterrada en la tumba de nuestro olvido de quién somos…˜ se conmueve y se regocija…˜
Por tanto…˜ no es lo mismo la proposición de la “aproximación progresiva a nuestra verdadera naturaleza real” que la proposición de que “nosotros somos siempre nuestra verdadera naturaleza real…˜ y que jamás somos otro que nuestra verdadera naturaleza real”…˜
Esto es sencillo de ver a la luz de lo que la consideración es…˜ Cuando a nosotros se nos propone que meditando nos acercaremos a nosotros mismos…˜ no se producirá la conmoción de nuestro verdadero SER nosotros lo que nosotros somos en lo profundo de la caverna de nuestro corazón…˜ Nuestra verdadera realidad no será convocada…˜ ni ocupará ni llenará ni rebosará el templo de la caverna de nuestro corazón…˜ Nuestra verdadera naturaleza real permanecerá remota…˜ inalcanzable…˜ enterrada en la tumba del olvido de quién somos…˜ y nosotros seguiremos presa de la falsa creencia de que somos otro que el que verdaderamente somos…˜

La Consideración

- La Escucha

A escuchar la proposición se le llama escucha…˜ La escucha es un modo de actividad donde nuestro interior vacío recibe las palabras que nombran lo que somos…˜ Si nuestra recepción de la propuesta es llana…˜ lúcida…˜ y completamente desprejuiciada…˜ la proposición…˜ que es lo que nombra puesto en palabras…˜ suscita inmediatamente nuestro reconocimiento de su verdad…˜ Pero esta verdad no es una verdad de otro que nosotros mismos…˜ Luego es nosotros mismos…˜ nuestro verdadero SER lo que nosotros somos…˜ quien ocupa y llena y rebosa la caverna silente de nuestro corazón vacío…˜ a la convocación de nuestra verdadera naturaleza real que la proposición propone…˜ Considerar es tomar consciencia de que la luz que escucha dentro de nosotros la proposición de nuestra propia verdad…˜ es nuestra Verdad misma…˜

¿Y cuáles son las condiciones de la escucha?…˜ La condición indispensable de la escucha…˜ es escuchar desde nuestro propia niñez aprisionada en la mentira de nuestra adultez…˜ Recordémonos a nosotros mismos escuchando como niños…˜ Debido a que nuestra escucha de niños ha sido manchada y engañada por la ingente falsedad del llamado mundo adulto…˜ nuestro corazón sufre de la enfermedad de la falta de confianza…˜ Lo que se escucha aquí es demasiado extraordinario para ser asentido llanamente la primera vez que se escucha…˜ Toda la falsedad debe ser desalojada de nuestro corazón…˜ Y sólo lo que es la verdad de nosotros mismos puede desalojar esta falsedad…˜
Nuestra confianza de niños debe ser recuperada…˜ Todo lo que aquí se escucha es la verdad llana de lo que somos…˜ Que somos sin nacimiento es la verdad llana de lo que somos…˜ Escuchar es toda la actividad en esta obra magna de reconocimiento de quién somos…˜ A la escucha de la proposición verdadera…˜ todo nuestro ser se conmueve…˜
El aroma de la escucha verdadera huele a lo que hemos querido escuchar desde siempre…˜ Este aroma sabe a nosotros mismos sólo…˜ un sabor tan querido…˜ un sabor tan íntimamente nosotros mismos…˜ que nuestro corazón se llena de la exclamación de júbilo completamente certera…˜

La Consideración

- El estado Angélico (la Katarsis)

Nosotros siempre queremos escuchar la verdad de nosotros mismos…˜ Y esta verdad que queremos escuchar es que nosotros somos siempre “el Parabrahman…˜ el Gran Sí mismo…˜ la Realidad Absoluta…˜ libre…˜ exenta…˜ limpia…˜ dulce de Sí misma para Sí misma”…˜ La escucha de esta proposición…˜ anonada inmediatamente todo recuerdo de ser nosotros un nacido y mortal…˜ y llena instantáneamente nuestro corazón de gozo…˜ Sin darnos cuenta…˜ entramos en nuestro propio estado angélico…˜ lleno de gracia…˜ lleno de serenidad…˜ lleno de contento…˜
A esta anonadación y olvido inmediato de todo recuerdo de ser nosotros nacidos y mortales…˜ se le llama la primera muerte…˜ Y a este entrar nosotros en nuestro propio estado angélico…˜ lleno de gracia…˜ lleno de serenidad…˜ lleno de contento…˜ se le llama la cesación de toda sensación de ser nosotros un móvil…˜ Cuando uno escucha la verdad de Sí mismo cesa por completo su búsqueda de sí mismo como otro que sí mismo…˜ Esta cesación de su búsqueda de sí mismo como otro que sí mismo…˜ nos abre de inmediato la puerta de nuestra propia paz…˜

La consideración es entonces la toma de consciencia de nuestro propio estado angélico…˜ donde las estrellas de nuestras propias luces son  las comprensiones de acogida y asentimiento a la proposición última de nuestra verdadera naturaleza real…˜ Tomar consciencia de nuestro propio estado angélico…˜ implica una unción de paz que se siente como la abertura de un gran espacio exento…˜ limpio…˜ puro…˜ donde hay un profundo bienestar…˜
Al mismo tiempo…˜ desde la visión de la toma de consciencia de nuestro propio estado angélico…˜ como si fuera desde una alta atalaya…˜ se presencia minuciosamente la profunda miseria de la aceptación de uno mismo como nacido y mortal…˜ la sórdida ceguera de habernos creído que nosotros somos un ego…˜ con sus ocultaciones…˜ con sus auto-alabanzas injustificadas…˜ con sus pasiones sufridas encerradas en la prisión del sufrimiento y la desesperación…˜ Desde la alta atalaya de nuestro propio estado angélico…˜ vemos perfectamente la panorámica de nuestro propio infierno…˜ Esta visión produce en nosotros una aversión a su fealdad tan extrema…˜ tan punzante…˜ que no hay necesidad ninguna de esforzarnos en desapegarnos de nada…˜ La visión misma del infierno nos cura completamente del infierno…˜ A esta cura de nuestro propio estado infernal…˜ que es el estado del ego-gobernado…˜ que es el estado del que se cree nacido y mortal…˜ que es el estado del que se cree otro que su verdadera naturaleza…˜ se le llama Katarsis…˜ Katarsis es la cura y desaparición de lo que es infernal en nosotros…˜ La toma de consciencia de nuestro estado angélico y la visión desde él de nuestro estado infernal…˜ es una operación simultánea…˜ Nuestro estado infernal no puede verse desde sí mismo…˜ el ego no puede ver al ego…˜ Es necesaria la toma de consciencia de nuestro estado angélico…˜ para que el ego y su mundo queden completamente iluminados y vistos…˜
Como la luz disipa la obscuridad…˜ así las luces de la consideración disipan la oscuridad incomunicada del ego y su mundo en nosotros…˜ Considerar es ver y escuchar desde las luces de la comprensión de nuestro propio cielo…˜ Considerar no es pensar…˜ Considerar es escuchar y ver lo que la escucha nos propone…˜
La proposición verdadera…˜ escuchada certeramente por nuestro Ser real…˜ promoverá inmediatamente la consideración en nosotros…˜ Sin saber nosotros cómo…˜ nuestro corazón se llenará de alegría…˜ de contento…˜ y de paz…˜ Sin saber nosotros cómo…˜ tendremos la certeza de que lo que escuchamos es verdadero…˜ A esto se llama acceder al propio estado angélico de uno…˜ sin tomar consciencia simultánea de que verdaderamente uno ha accedido a su propio estado angélico…˜ Aquí es menester ser muy sutil…˜ a la vez que enteramente  confiado en que lo que está teniendo lugar en uno es verdadero…˜ Nuestro propio estado angélico procede de nosotros…˜ es nuestro propio estado angélico…˜ De manera que es fundamental tomar consciencia plena de que ello es así…˜ El maestro no provoca nada…˜ él sólo habla a nuestra verdadera Realidad la proposición de que nosotros somos lo que Es…˜ La escucha es toda nuestra…˜ la alegría es toda nuestra…˜ el contento es todo nuestro…˜ la paz es toda nuestra…˜ A darse cuenta…˜ a tomar consciencia de que el estado angélico que se hace en nuestro interior es enteramente nuestro…˜ a esto se llama comenzar a considerar…˜ Considerar significa literalmente  “Permanecer con el Cielo”…˜

Los medios de verificación

- La Contemplación (en sánscrito: dhyana)

( Proposición reveladora: ¿ Quién queda…˜ ? )

El segundo nivel…˜ orden…˜ u ámbito de actividad en nuestra meditación cubre todos los significados que la palabra CON-TEM-PLA-CION nombra…˜ La palabra  contemplación (en latín contemplatio, en sánscrito dhyana) viene  del sustantivo latino templum con la proposición fija con…˜ Significa toda la actividad que tiene lugar en el templo…˜ Pero la clave de su significado viene dada por lo que la palabra templum significa en latín…˜ Según el diccionario latino…˜ la palabra templum significa espacio abierto…˜ lugar exento…˜ lugar sin límites…˜ y también significa el mar…˜
El templo estaba siempre en el centro de la ciudad…˜ o en el medio del bosque…˜ Aunque normalmente era un recinto…˜ se entendía que este recinto era simbólico del espacio abierto…˜ Otro de los significados de templum es corazón (en sánscrito shdaya)…˜ que quiere decir la vacuidad adentro de nosotros…˜
Es en el templo donde tiene su cátedra la Verdad…˜ es el templo a donde se entra para escuchar a la Verdad…˜ ¿Qué Verdad?…˜ La Verdad de nosotros mismos…˜
En los templos de piedra…˜ normalmente la Verdad hablaba por boca del expositor desde el púlpito…˜ que es un lugar elevado…˜ en cuyo techo se representa la Paloma del Espíritu Santo…˜ a fin de que no se confundiera de dónde provenían las palabras…˜ El expositor en el púlpito…˜ o desde la cátedra que hace sus veces en el templo que se considere…˜ ya sea una iglesia…˜ una sinagoga…˜ una mezquita…˜ o un templo hindú o budista…˜ es siempre simbólico…˜ primeramente del maestro propositor en la forma…˜ y en segundo lugar del maestro dentro del propio templo del corazón de uno…˜

La Contemplación

- El Templo

El templo en la forma…˜ es decir…˜ el templo de piedra…˜ es siempre simbólico del templo adentro de nosotros mismos…˜ Al templo adentro de nosotros mismos se le llama el corazón…˜ Al templo adentro de nosotros mismos se le llama también el éter…˜ el espacio indivisible…˜ impartible…˜ vacío…˜ exento…˜ sin norte ni sur…˜ sin este ni oeste…˜ sin cenit ni nadir…˜ Y también se le llama el Mar…˜ la Oceaneidad de nuestra propia Mismidad silente…˜ en cuyo centro…˜ desde la cátedra cuya exaltación consiste en su profundidad…˜ Atma…˜ el Gran Sí mismo a quien venimos a darnos por amor…˜ para ser hechos ser de su misma Sacralidad…˜ es el Maestro Supremo…˜ el Sad Gurú que nos convoca a Él con lo que en nosotros es Él mismo…˜ de Mismidad a Mismidad…˜

En las doctrinas hindúes se dice que siempre que los sacerdotes dudan en cuanto a lo que hay que hacer o no hacer en la verificación del sacrificio…˜ se les pide que contemplen…˜ es decir…˜ que entren en el Templo…˜ ¿Y quién ha de hablarles la Verdad en el Templo?…˜ A esta pregunta da respuesta el pasaje evangélico donde se dice que el Niño perdido…˜ por cuya pérdida los sacerdotes están sumidos en la duda y la confusión…˜ fue hallado en el Templo…˜ hablando la Verdad a los sacerdotes de la Ley…˜
El Antiguo…˜ el Antiquísimo…˜ es también el Primero…˜ el más joven…˜ el Jovencísimo…˜ el Niño…˜ nuestra verdadera naturaleza eterna en la cátedra del Templo de nuestro corazón…˜

La Contemplación

- El Sacrificio (la verificación)

La función más importante del templo es lo que se llama el sacrificio…˜ La palabra sacrificio significa hacer sagrado…˜ ¿Y qué es lo que hay que hacer sagrado?…˜ Hay que hacer sagrado a lo que no lo es…˜ Sagrado y verdadero son una misma cosa…˜ lo que es la Verdad es Sagrado…˜ y lo que es Sagrado es la Verdad…˜ De manera que sacrificarnos a nosotros mismos…˜ es decir…˜ hacernos sagrados…˜ es verificarnos a nosotros mismos…˜ es decir…˜ SER la Verdad que somos y jamás hemos cesado de ser…˜

Toda la actividad meditativa en la vía espiritual real…˜ que consiste sólo en la disolución completa del olvido de quién somos…˜ pende únicamente de la proposición irrefutable de que nosotros somos siempre el SER Absoluto…˜ el Jovencísimo…˜ el Antiquísimo…˜ el Niño sedente en la cátedra del templo de nuestro propio corazón…˜ Así pues…˜ la actividad meditativa de la contemplación…˜ llevada a su grado más alto…˜ adentro de la vacuidad serena de nuestro propio templo interior…˜ ya no es una contemplación de la proposición de que nosotros somos siempre el SER Absoluto…˜ sino una auto-contemplación de nosotros mismos por nosotros mismos…˜ de nuestra propia mismidad por nuestra propia mismidad…˜ donde nuestra mismidad…˜ donde nuestro ser nosotros lo que nosotros somos…˜ es…˜ simultáneamente…˜ el contemplador…˜ la contemplación…˜ y lo contemplado…˜ Nosotros comprendemos entonces que se trata de nosotros mismos…˜ que es nosotros mismos lo que la proposición “Tú eres la Realidad Absoluta” nombra…˜ Entonces nos vemos SER esta Realidad Absoluta…˜ entonces sabemos por nosotros mismos que es verdad…˜ que nosotros somos lo que ES siempre…˜ El grado de satisfacción alcanza su punto más alto…˜ Por fin quedan disueltas todas las dudas…˜ todos los sufrimientos…˜ todos los descontentos…˜ todas las guerras y desgarros interiores…˜ Nuestro vernos a nosotros mismos SER lo que nosotros somos…˜ es una operación incesante donde el Comprehensor se comprehende a sí mismo SER lo que más ama…˜ Y este amarse a sí mismo es completo e instantáneo en sí mismo…˜ y su duración es siempre…˜ Siempre es así…˜ y uno lo sabe…˜ Nadie se lo dice pero uno lo sabe…˜ Y su certeza es inviolable como una Montaña…˜ sólida y estable en medio del vacío…˜ una Montaña auto-soportada…˜ en cuyo templo interior se verifica nuestro misterio…˜
Nuestra propia Verdad nos hace Verdad a nosotros mismos…˜ ¿Y qué es hacernos Verdad a nosotros mismos?…˜ Ello es hacernos des-olvidar nuestro olvido de quién somos…˜ No hay ninguna deificación de este nosotros…˜ hijo del olvido…˜ que nunca hemos sido…˜ Sólo hay un des-olvidar el olvido que nos ha hecho parecer otro que el que nosotros somos…˜
A este hacernos ser la Verdad que siempre somos…˜ con absoluta consciencia de que somos la Verdad que siempre somos…˜ con absoluta certeza tenida por nuestra propia Verdad…˜ de ser la Verdad que siempre somos…˜ a esto se llama auto-contemplarse a sí mismo en el Templo de la caverna  vacía de nuestro corazón…˜ A esto se llama también verificarse…˜ es decir…˜ tener la consciencia absoluta de que uno es la Verdad que contempla…˜ A esto se llama también sacralizarse…˜ es decir…˜ haber olvidado absolutamente el olvido de quién somos…˜ Cuando olvidamos el olvido de quién somos…˜ la Verdad que nos vemos nos sacraliza…˜ Sagrado y verdadero significan exactamente tener la consciencia absoluta de quién somos…˜
A esta actividad auto-contemplativa se le llama también el sacrificio de sí mismo…˜ Cuando el Gran Sí mismo en el templo del corazón se contempla a sí mismo como la Verdad…˜ y nosotros tenemos consciencia absoluta de que somos Eso…˜ nuestro hacernos sagrados está completo…˜ nuestro auto-sacrificio está terminado…˜

La Contemplación

- La Espalda omnividente

La cara interior de nuestra espalda es en este momento la visión omnividente que envuelve el templo vacío de la caverna de nuestro corazón…˜ ¿Qué quiere decir la palabra espalda?…˜ La palabra “espalda” quiere decir lo que está detrás…˜ lo que está detrás de todo…˜ La espalda del cuerpo es invisible…˜ Es desde la espalda desde donde se ve…˜ Igualmente…˜ la espalda del templo vacío de la caverna de nuestro corazón es también invisible para sí misma…˜ pero es la visión omnividente que constituye la cara interior de la pared esférica de nuestro interior vacío…˜ El templo vacío de la caverna de nuestro corazón está completamente envuelto y contenido dentro de la cara interior de nuestra espalda…˜ Esta cara interior de nuestra espalda…˜ que es toda sólo visión…˜ no está hecha de ningún material tangible…˜ Es una espalda completamente abierta a sí misma…˜ completamente fundida sin ruptura de continuidad…˜ con lo que podríamos llamar su cara exterior…˜
La cara interior de la construcción del templo de nuestro corazón vacío…˜ esta espalda nuestra que es toda visión…˜ es la sede de la sensación de ser pura…˜ Es nosotros quien somos la visión omnividente que constituye los muros y el techo y el suelo de este templo esférico que albergamos dentro…˜ Dentro de estos muros y techo y suelo de este templo esférico que albergamos dentro…˜ todo está vacío…˜ todo es vacuidad…˜
Así pues…˜ nuestra espalda real…˜ es esta visión omnividente…˜ que es el trasfondo esférico de nuestro corazón vacío…˜ En esta espalda nuestra verdadera…˜ invisible para sí misma…˜ reside…˜ sedente por toda ella…˜ la sensación de ser nosotros lo que nosotros somos…˜
La cara interior de nuestra propia espalda…˜ que en realidad es el frente de nuestro abrazo hecho de visión a este adentro de nosotros mismos…˜ tiene a su vez una cara exterior…˜ la cara vuelta de verdad hacia nosotros mismos…˜ Esta es la espalda de la espalda…˜ Nuestra propia espalda inteligible tiene así…˜ a su vez…˜ un frente…˜ que es la Visión y omnipresencia a este templo interior de cuyo esferoide es la frontera…˜ y una espalda…˜ donde reside realmente lo que somos…˜
Nuestro símbolo es “el esferoide especular que está por todas partes…˜ y cuyo centro y ojo…˜ la visión que lo ve y que lo contiene…˜ no está en ninguna”…˜
Mirad profundamente…˜ miraos profundamente en el espejo de vuestro propio templo adentro de vosotros mismos…˜ Y con el mismo acto de mirar en ese espejo…˜ veos a vosotros mismos como realmente sois…˜: la cara anterior de vuestra propia espalda…˜ toda visión sólo…˜ cuyo interior es este esferoide especular del universo…˜ y cuyo exterior es sólo vosotros mismos…˜ Mismidad pura…˜ eterna…˜ incognoscible…˜ que no se puede ver…˜ sino solamente ser…˜

Los medios de verificación

- El Rapto o exceso (en sánscrito samadhi o nirvana)

  ( Proposición reveladora: ¿ Cómo es…˜ ? )

El tercer nivel…˜ orden…˜ u ámbito de actividad en nuestra meditación.
Rapto…˜ en latín raptus…˜ quiere decir ser raptado…˜ ser sacado de sí mismo…˜ Exceso…˜ en latín excesus…˜ quiere decir salir…˜ salir de uno mismo…˜ y quiere decir también morir…˜
Su equivalente en sánscrito…˜ nirvana…˜ samadhi…˜ quiere decir ser despirado…˜ ser recogido…˜ ser vaciado de soplo…˜
Todas estas expresiones…˜ que implican una salida…˜ por esta implicación misma…˜ implican también una entrada…˜ o más bien una reentrada…˜ Salir del olvido de quién somos…˜ implica des-olvidar quién somos…˜ morir al olvido de quién somos…˜ implica resucitar al recuerdo absoluto de quién somos…˜ Ser raptado del olvido de quién somos…˜ implica ser devuelto a la consciencia absoluta de quién somos…˜

El Rapto o exceso

- La Resurrección

No hay jamás en nuestra verdadera naturaleza real ni nacimiento ni muerte…˜ Por ello…˜ a este ser matados al olvido de quién somos…˜ se le llama resurrección a nuestra propia mismidad…˜ Y a esta resurrección a nuestra propia mismidad…˜ es a lo que se llama rapto o exceso…˜ Rapto o exceso…˜ quiere decir ser raptados de la tumba de lo que no somos…˜ y hechos entrar en la mismidad de lo que somos…˜ Sólo el olvido muere…˜ y su muerte es gloriosa…˜ y bella…˜ o indescriptible…˜
Cuando se siente el rayo…˜ uno sabe que la contemplación de sí mismo ha comenzado…˜

¿Y qué quiere decir resurrección?…˜ Resurrección quiere decir re-entrada en nosotros mismos…˜ Nosotros…˜ que en nuestro olvido de quién somos…˜ somos como muertos…˜ no mejores que una piedra con necesidades…˜ al escuchar…˜ al entrar en la resonancia de la escucha…˜ nuestro corazón se despierta poco a poco de su letargia…˜ nuestro verdadero sí mismo vuelve en sí de su desmayo y de su olvido de sí mismo…˜ y repentinamente somos raptados por un amor hasta entonces desconocido…˜

Por ello…˜ la actividad real más importante en el rastreo del agua de esta red…˜ es precisamente la escucha…˜ La escucha es como un canto de cuna…˜ Habla de nosotros mismos…˜ nos cuenta nuestro linaje…˜ nos trae olores y sabores y visiones de nuestra verdadera tierra pura…˜
Lo que más importa en la escucha es que la escucha penetre hasta donde debe tener lugar la resurrección…˜ No es la mente la que debe comprender la escucha…˜ La escucha es un elixir de resurrección…˜ no una explicación de nuestra muerte…˜ Porque antes de escuchar éramos como muertos…˜ un osario corrupto donde engorda el ego…˜ Pero la escucha es bella…˜ la escucha es verdadera…˜ la escucha es resurrectiva…˜ Surge entonces de nuestro corazón un anhelo de escuchar…˜ ¿Acaso son las palabras lo que escuchamos?…˜ Aparentemente son las palabras lo que escuchamos…˜ pero en realidad la escucha es sólo del Canto inaudible…˜ del requiebro radiante de nuestra mismidad a nuestra mismidad…˜ Por ello surge entonces en nuestro corazón este anhelo ardiente de escuchar y de escuchar…˜ Por ello nos perdemos en la escucha entregándonos confiados a la apoderación de nosotros por nuestro propio sí mismo…˜ Nuestra propia mismidad nos sonríe en el fondo de nuestra escucha…˜ y poco a poco o mucho a mucho la Paz que somos…˜ la Verdad que somos…˜ prevalece absoluta en el trono de nuestro corazón…˜

La escucha penetra como una flecha de luz…˜ diciendo nuestro nombre de resurrección…˜ Su blanco instantáneo se conmueve en nuestro corazón…˜ Entonces nosotros sabemos sin saber que ese estado “sin nacimiento” es nuestro verdadero estado…˜

El Conocimiento

¿Cómo es la sensación de ser pura…˜ limpia…˜ absolutamente desprovista de afectos…˜ de afecciones…˜ de agrados y de desagrados?…˜
Sintámonos ser profundamente…˜ en recesión instantánea a ese instante en que fuimos tocados por primera vez por la sustancia nacimiento…˜ Recedamos a cuando la sustancia nacimiento no nos tocaba…˜ recedamos a cuando nosotros éramos y nada más era con nosotros…˜ No tengamos miedo…˜ nuestro ser lo que nosotros somos no ha conocido jamás un instante en que nosotros no hayamos sido…˜
En esta recesión…˜ el conocimiento nos acompaña…˜ No saber nada de nosotros mismos cuando el conocimiento no era…˜ es saber de nosotros absolutamente todo…˜ Para esto es el conocimiento…˜ para saber que nada de todo esto era…˜
Sedentes en la sensación de ser…˜ completamente embebidos en ella…˜ ella sola nos revela Quién somos…˜

El Conocimiento

- La ignorancia primigenia

La sensación de ser…˜ este sentirnos ser nosotros…˜ exactamente así como nos sentimos ser…˜ puede ser amado…˜ puede ser intensamente amado…˜ pero este amor está equivocado en su objeto…˜ porque el amor es siempre de nuestro ser…˜ no de nuestro sentirnos ser…˜ Este sentirnos ser…˜ no estaba con nosotros…˜ Y por mucho que amemos sentirnos ser…˜ no podremos impedir que este sentirnos ser llegue a su fin…˜ Amar sentirse ser es la ignorancia primigenia…˜ Todo sufrimiento…˜ y ansiedad…˜ y tortura…˜ vienen de que nosotros sabemos que este sentirnos ser ha comenzado…˜ y de que sabemos también que va a terminar…˜

El Conocimiento

- El Principio

En la Espalda acaba la separación del Cielo y la Tierra…˜ A esto se llama el fin del mundo…˜ Pero donde el mundo tiene su fin…˜ reina mi Mismidad Absoluta…˜ Yo lo veo Ahora…˜ pero sé que este Ahora es en realidad un único Ahora-Siempre…˜
El fin del mundo…˜ donde el Cielo y la Tierra son un único junto de Mismidad indiferenciado…˜ donde cada uno es el otro…˜ donde jamás este mí mismo  está siendo engendrado…˜ donde jamás este mí mismo está siendo existencializado…˜ donde jamás este mismo está siendo hecho sentirse ser…˜ ese fin del mundo…˜ mi visión de él está teniendo lugar ahora…˜ Dentro de la caverna vacía de la montaña de mi ser…˜ no logro verme a mí mismo en ninguna parte de ella…˜: Yo soy su Veedor…˜ yo soy su contemplador…˜ yo soy su contenedor…˜ pero lo que yo soy…˜ lo que yo tengo consciencia absoluta de ser…˜ es esta Realidad llana que es el trasfondo y el punto de visión donde converge todo…˜ de donde pende todo…˜
Mi Ser lo que yo soy…˜ es absolutamente Real…˜ Conociéndome a mí mismo por mí mismo…˜ comprehendiéndome a mí mismo por mí mismo…˜ yo sé Ahora que nada de todo esto que llamamos universo era conmigo…˜ E incluso Ahora…˜ nada de todo esto que llamamos universo es conmigo…˜ Yo no me veo a mí mismo en ninguna parte de esto que llamamos universo…˜
Sorprendido…˜ veo la Verdad profunda de lo que significa para mí la proposición “En el principio…˜ nada de todo esto era”…˜ ¿Cómo sé yo por mí mismo que en el principio…˜ nada de todo esto era?…˜ Yo lo sé porque lo veo…˜ yo lo sé porque ese Principio es mí mismo…˜
En mí mismo…˜ en este mismo instante…˜ Ahora…˜ Lo que es “antes del Principio y lo que es el Principio coinciden…˜ Son una única Mismidad absolutamente presente en todo Ahora y en todo siempre…˜ Siempre es lo que es “antes del Principio”…˜ Ahora es lo que es “en este Principio” que sirve a mi comprensión de mí mismo…˜
¿Comprendéis?…˜ Yo no necesito que nadie me enseñe a sentir a que yo soy…˜ Preguntándome qué soy yo…˜ he descubierto que no soy el cuerpo…˜ ni la mente…˜ ni el alma…˜ ni el espíritu…˜ ni el universo…˜ Habiéndome buscado a mí mismo por todo lo que es un donde y un cuando…˜ no me he encontrado…˜ Sin embargo…˜ cuando he vuelto mi búsqueda hacia la visión pasmada que contiene y que envuelve este instante…˜ entonces sí…˜ entonces me he encontrado…˜

 

  
 

revista destiempos Mèjico

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