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Sodoma y Gomorra


CURZIO MALAPARTE

Sodoma y Gomorra



Traducción de Eduardo Bittini

Plaza & Janés






Contiene:

Sodoma y Gomorra
La Magdalena de Carlsbourg
La hija del pastor de Born
La mujer roja
Historia del Caballero del Árbol
El negro de Comacchio
El «martillador» de la vieja Inglaterra
La Madonna de los patriotas


“A ti que entraste a caballo en mi vida”

SODOMA Y GOMORRA

Yo creo firmemente que, al menos una vez en la vida, las trompetas de Jericó resuenan en el corazón de cada hombre.
Cuando era pequeño, allá en mi Toscana, solía despertarme por la noche, sobre todo en la primavera, oyendo en el interior de mi mente, en lo profundo de mi ser, algo así como un clamor de trompetas: un clamor que resonaba luego por los valles de mi querida patria chica. Aquellas noches de mi infancia eran dulces, sumidas en un silencio profundo y claro como un lago.
Mucho tiempo después, en París, y más concretamente en la «Sala Gaveau» dos negros de América, relucientes ambos, protestantes ambos, cantaban un spiritual ante un público enfermo de spleen y agobiado de ramalazos eróticos: uno de ellos, el más negro, tenía una profunda voz de bajo, una voz que parecía salirle directamente del vientre; el otro, una voz de contralto, apasionada y lánguida, algo así como la voz de Andrómeda encadenada a los arrecifes. La letra del spiritual loaba las virtudes de Josué y de su trompeta, allá bajo los muros de Jericó.
Los dos negros cantaban con los ojos hacia el cielo, las manos juntas, como los pastores de Belén cuando, arrodillados, veían lucir sobre sus pobres cabezas la estrella que les anunciaba la Buena Nueva; sus pálidas uñas, al final de las manos de carbón, tomaban el aspecto de mortecinas llamitas de gas, o quizá, de fuego de san Telmo. Aquellas mismas llamas que debían tener en las puntas de sus manos, cuando oraban, las propias santa Teresa y santa Catalina.
Los dos cantores negros debían seguir con su vista, mientras cantaban poniendo los ojos muy en blanco, el vuelo de los ángeles negros, de unos ángeles de cabellos ensortijados y de labios abultados, que se alzaban, al influjo de las palabras de tal canción, sobre las ruinas de los abatidos muros de Jericó: los negros han de ver, sin la menor duda, los ángeles a su manera; la Virgen de los negros ha de ser, forzosamente, como la Virgen polaca de Czestochowa, ennegrecida totalmente tras los incendios provocados por el asedio de las tropas suecas.
El recuerdo de aquel spiritual me acompañaba al presente, mientras cabalgaba sobre la carretera de Jerusalén al mar Muerto.
El cielo de marzo, inquieto sobre el monte de los Olivos y estriado de corrientes claras como si fueran las aguas de un golfo marino, se iba haciendo más azul cada vez, ganando en intensidad por el cerco del horizonte, allí sobre las pétreas soledades de la tierra de Lot. El país estaba bastante cubierto, por aquellos contornos, de cipreses y olivos: algunas colinas recubiertas de verdor me hacían recordar los paisajes toscanos que pintara Giotto.
Iba yo así, cabalgando lentamente, sumido en mis meditaciones y en mis recuerdos, cuando, súbitamente, me sorprendió un estrépito como de trompas que resonaban a mis espaldas.

Había pasado aquella noche en la Hostería del Buen Samaritano, tumbado sobre una estera, colocada en una mísera habitación, y adosada a la esquina de unos arcaicos muros. Había partido con el alba de Jerusalén, cabalgando calmosamente por aquellas zonas arboladas que van cayendo lentamente hacia el valle del Jordán; hacía calor y el viento de primavera nos traía, desde el cercano desierto, los primeros augurios de las nubes de langosta.
Tras de haber recorrido, durante aquel día, las colinas y los valles que al oriente del monte de los Olivos se prolongan hacia el de la Cuarentena, cortado a pico sobre Jericó, en el que Jesús hizo penitencia y donde también fuera tentado por el demonio, tras de haber reposado algunas horas en el convento griego de Koziba, pegado como una lapa a los flancos rocosos del monte de El Kelt, me dirigí finalmente hacia Nebi, donde pretenden los musulmanes que se halla el sepulcro de Moisés.
Ya era de noche; mi caballo se hallaba fatigado y creí así prudente dar fin a la cabalgata del día, dirigiendo, pues, nuestra marcha hacia la Hostería del Samaritano. Una vez llegado, situado ante la puerta de aquella casa, célebre en las crónicas por el gesto de misericordia que allí tuvo lugar y que todos conocemos ampliamente, vi parado un pequeño coche «Ford» totalmente recubierto de polvo de mil caminos.
Mientras descendía de mi caballo y echaba a éste las bridas por encima del cuello, vino a mi encuentro, con el aire de quien conoce de antemano la llegada y le está esperando a uno, un viejecillo delgado y esbelto, de cortas piernas y en cuya faz lucía una agradable sonrisa. Me dio la mano con la mayor naturalidad, con la cordialidad de un viejo amigo y luego, cogiéndome del brazo, me dijo:
—Perdóneme si me presento de este modo. Yo soy Francisco María de Arouet, señor de Voltaire.
—Pero... ¿el propio Voltaire? —hube de exclamar.
—El propio Voltaire, en efecto: el Patriarca de Ferney, el Voltaire de Cándido, del Sottisier de las Cartas filosóficas y de tantas cosas más. El mismísimo Voltaire.
—¡Es un gran placer! —dije— que debo sin duda a mi buena estrella.
Luego, bastante desconcertado, creo que seguí añadiendo una serie de esas frases de cortesía que salen de nuestros labios en tales momentos, sin que tengamos que tomarnos, para ello, ni la menor molestia.
Era un encuentro realmente extraordinario, fuera de lo corriente y que incluso tenía todo el aire de un auténtico milagro: lo cual, dicho sea de paso, no era demasiado raro, habida cuenta de que nos hallábamos ambos en la propia patria de los milagros, si así puede decirse.
Un árabe, entretanto, se había hecho cargo de mi caballo y procedía entonces a quitarle la silla y los demás arreos.
—Para mí también es un placer —me respondió Voltaire, conduciéndome siempre del brazo hacia la entrada de la Hostería— éste de encontrarme en estos parajes con un hombre que no sea ni un hebreo, ni un árabe, ni un inglés.
Cuando supo que yo era italiano y, por ende, que no era un peregrino, hizo ya el buen anciano un verdadero derroche de frases de placer, de maravilla y de alegría.
—Tengo la plena seguridad —continuó diciendo entonces—, que es mucho mejor la fe que mueve montañas que la fe que mueve a los hombres.
Y pasando luego al terreno de las confidencias, me contó que, tras su experiencia de tantos y tantos años, tras las desilusiones que había recibido —y sobre todo en los principios de este siglo—, tras los desengaños que le había dado la moral europea, esa moral moderna de la cual él se consideraba, no sin justicia, único responsable, había optado finalmente por elegir —puesto que de algo tenía él que vivir— una profesión que, con las variaciones actuales de los tiempos y de las normas, casi le hacía aparecer ante los ojos del público con mucha más dignidad que la que otrora le diera la suya de filósofo.
—Gracias a mis buenas amistades en América, gracias a que éstas me han dado la mano y me han concedido un buen margen de crédito, he logrado obtener la representación general para Francia, para sus mandatos y protectorados, de los automóviles «Ford»: y debo hacerle constar que he llegado a imponerme sobre el funcionamiento de tales máquinas con muchísima mayor propiedad y exactitud que la de muchos de mis discípulos sobre el funcionamiento de mi propio sistema filosófico.
—Nadie en París —le interrumpí— puede presumir de haber tenido un destino mejor que el de usted: ¿no es ello algo así como haber llegado a ser el representante de la filosofía americana, esto es, la menos volteriana del mundo, justamente en el país más volteriano de la tierra?
—¿Y quién dice —me replicó el Patriarca de Ferney —que la América de Ford sea menos volteriana que Francia? ¿Cómo podríamos explicar, en tal caso, este hecho curioso, este casi milagro, de que sea así el propio Ford el encargado de conducir a Voltaire a Tierra Santa?
—Ciertamente que es casi un milagro: mas de una tal categoría que ni el propio Moisés hubiera soñado cosa parecida, salvo, claro está, que hubiera recibido previamente una excelente educación burguesa.
Ante mi aserto, Voltaire me miró sonriendo abiertamente.
—En cuanto a Moisés... —comenzó a decirme, mas su frase quedó interrumpida por la aparición de un árabe barbudo, ataviado con una galabia corta que dejaba sus piernas al descubierto. Éste, con un paso lento y un arrastrar de pies, se acercó adonde nos hallábamos, nos arrimó una tosca mesa, plantando luego en ella unos platos descascarillados así como un jarro de vino y algunos otros adminículos.
Era un ser de mala catadura, de mirada torva y cuyo rostro hacía despertar, en todo momento, los peores augurios.
Nos miró de través, dio media vuelta y salió finalmente de la estancia.
—Ahora comprendo —dijo Voltaire riendo— por qué la Hostería del Buen Samaritano se llama también Khan el Hatrour, que quiere decir algo así como Posada de los Salteadores. Seguidamente pasó a relatarme que posadas de aquel tipo, sino de aquel nombre, las había encontrado a cientos por toda la extensión de Siria, país éste que acababa de recorrerse a lo largo y a lo ancho, tratando de colocar cumplidamente la mercancía que representaba.
—Es un buen mercado esa tierra —añadía— para coches de poco precio; pero la política francesa en Siria no es ciertamente nada favorable para la buena marcha de los negocios. Luego, viéndome sonreír por lo bajo, concluyó:
—¿Quién se habría imaginado, verdad, encontrar un día al autor de Cándido, al volante de un «Ford», sobre la ruta de Damasco?
De la política de los franceses en Siria, pasó luego su discurso a tratar sobre la de los ingleses en Palestina. Voltaire no podía soportar la injusticia de que fuesen los de la Gran Bretaña, precisamente, los encargados de la custodia de los Santos Lugares y de la administración de una tierra tan fértil en milagros. En toda la historia de Inglaterra, afirmaba, no se encuentra ni un solo milagro.
—No quiere esto decir, claro, que en las Islas no haya alguna poca gente que merezca poder hacerlos o que, si llega el caso, sea capaz de hacerlos; no. Lo que yo digo —continuaba— es que no conozco casos de milagros entre los ingleses. Incluso los propios santos ingleses —que por cierto figuran bien pocos de ellos en el Santoral del calendario— son demasiado gentlemen para llevar su santidad hasta el punto de hacer milagros. Y en cuanto a mí...
Suspendió la frase con una sonrisa socarrona.
—Está claro —le dije— que usted no cree en los milagros, por la pura y simple razón de que no sabe hacerlos.
—No he probado —me replicó Voltaire—. Pero, por otro lado, no creo en la naturaleza, como Rousseau, ni en la máquina, como Ford, hasta el punto de cerrarme en banda negando ese arte. Mas un francés de nuestro tiempo no puede hacer milagros. Eso es un hecho.
Y aquí, al llegar a este punto, nuestra conversación derivó hacia toda clase de cosas más o menos milagrosas, hacia la magia de los antiguos egipcios y luego, ya de paso, hacia la civilización de aquel remoto pueblo de la antigüedad. Había yo llegado a Tierra Santa tras una larga permanencia en el gran valle del Nilo. Recorrí tal zona desde una punta a otra y en todas las direcciones imaginables. Desde Alejandría a Assuan no quedó un rincón que no fuera visitado por mí, en mi sed de conocer siempre cosas nuevas. Pero es éste un país que, a mis ojos, no tiene nada de misterioso ni de mágico: una civilización de la que los únicos testimonios son las tumbas, no puede suscitar en mí más que un negro aburrimiento.
Lo único que conseguía alegrarme a veces el ánimo, a tal respecto, era el recuerdo de las momias, a las que los antiguos egipcios, para conservarlas, las rellenaban de cebollas.
También Voltaire era de mi mismo parecer: ¿no había acaso él escrito, en su obra Princesa de Babilonia que los egipcios «si fameux par des monceaux de pierres, se sont abrutis et deshonores par leur superstitions barbares»? «Tan famosos por sus montones de piedras, quedaron embrutecidos y deshonrados por sus bárbaras supersticiones».
El autor de Cándido no paraba de reír, bajo el pensamiento de la momia de aquella reina de rostro sereno, de ojos dulces, de labios delicados y sonrientes, de majestuoso aspecto, yaciendo en el fondo de un sarcófago de oro con todo el vientre y el estómago bien repleto de cebollas. ¿Y qué decir de los cocodrilos, de los topos, de los perros, de las serpientes y de los gatos embalsamados, que venían así a hacer compañía a los reyes y a las reinas en el fondo de sus tumbas?
El vino que estábamos bebiendo era dulce y claro; la sangre, bajo su influjo, se iba caldeando poquito a poco. Así, continuamos charlando largo tiempo sobre los egipcios, sobre sus «rimeros de piedras» (puesto que las pirámides para Voltaire no eran sino esto, simples «montones de piedras»), sobre los ingleses modernos, sobre su paciencia frente a la inmortalidad y sobre su libertad frente al cielo. (¿No había acaso escrito también Voltaire en sus cartas sobre los cuáqueros, que cada inglés, «comme homme libre, va au ciel par le chemin que lui plait»? Que cada inglés, «como hombre libre que es, va al cielo por el camino que mejor le place».
Seguidamente, nuestra charla fue derivando poco a poco hacia otros temas. Voltaire, en un cierto momento, demostró alguna curiosidad acerca de las causas de mi viaje a Tierra Santa. Explicadas éstas, me preguntó luego si me había trasladado ya a Jericó, si tenía ahora intención de pasar a la otra orilla del Jordán, e incluso se ofreció a llevarme a bordo de su destartalado cochecillo hasta la mismísima Sodoma.
Le respondí que tenía el firme propósito de terminar mi viaje al igual que lo había comenzado. Esto es, a lomos de mi caballejo. Pero que, no obstante, aceptaba con mil amores su compañía. Podíamos seguir ambos la misma ruta, si bien cada uno con sus propios medios de locomoción. Así, pues, saldríamos los dos hacia Jericó y hacia Sodoma, donde volveríamos a reunirnos.
—Debo advertirle a usted —concluyó el viejo— que no es nada prudente pasar la noche en Sodoma: es ésa una ciudad en la cual conviene andar siempre con los ojos bien abiertos.
Las autoridades inglesas de Jerusalén me habían advertido previamente que no era prudente fiarse de los árabes que acampan en las orillas del mar Muerto: el valle del Jordán estaba aún en plena ebullición, y así, el peligro de una nueva revuelta árabe contra los hebreos no podía quedar, ni en lo más mínimo descartada
—Siendo dos —proseguía Voltaire— podremos guardarnos las espaldas el uno al otro. —Y tal frase la acompañaba con un guiño picaresco—. Conque dejémonos de discursos, vayamos a dormir y mañana será otro día.
Durante toda aquella noche, mis sueños estuvieron poblados de resonar de trompetas y de estrépitos de murallas derrumbadas: luego recibí, en sueños, la visita del propio Josué, un Josué bajito y delgado, que me acogía con grandes muestras de satisfacción y que me tuteaba cariñosamente como a un gran amigo del alma. Tras un abrazo final, y siguiendo siempre con mis sueños, Josué dio media vuelta, montó en un coche «Ford» recién comprado y partió por la polvorienta carretera diciéndome adiós con grandes aspavientos.
Al alba partí yo en mi buen caballo: horas después saldría de la posada el autor del Diccionario filosófico, más o menos cómodamente instalado en su baqueteado «Ford»: el próximo punto de reunión era Jericó, según estaba previsto.

Voltaire, cuando al fin me dio alcance, detuvo su cochecillo.
—Si no me equivoco hemos llegado o estamos muy próximos a llegar, al menos.
No estábamos totalmente ante el objetivo fijado pero sí muy cerca, como bien dijera mi extraño compañero. Una milla más allá se divisaban ya las blancas casitas de Jericó, rodeadas por todas partes de palmeras y sicómoros.
—Quién sabe —dije— si no estará aún vivo y floreciente el sicómoro en el que se encaramara Zaqueo, el publicano, para ver pasar a Jesús.
—Y quién sabe —respondióme el Patriarca de Ferney— si en la ventana de Rahab, la meretriz, no colgará todavía la cinta roja que la salvó de la matanza.
Puse mi caballo al paso, en tanto que el «Ford» marchaba también despaciosamente. Así, uno al lado del otro, completamos nuestra marcha a Jericó. Íbamos hablando de ángeles y de milagros. Era perfectamente lógico creer que, en Jericó, y durante largos siglos, fueran los milagros la única moneda de curso legal en la historia de tales zonas. En aquellas épocas, en los tiempos de Josué y de Eliseo, en que los ángeles recorrían a pie el país, cubiertos con sus candidas vestiduras de lino, con sus largos cabellos sueltos sobre la espalda, con sus manos blancas como lirios, relucientes como llamas, unidas en postura piadosa sobre el pecho. Lo cierto es que yo guardo la esperanza de que estos seres alados no hayan desaparecido aún del todo por estas históricas zonas. Quiero creer que aún podré ver, tras un recodo del camino, un ángel ayudando al cansado peregrino o mostrando al sediento viajero la fuente que calme sus ansias. Ver un ángel, hablar con él, ha sido siempre mi mayor ilusión desde que era yo un simple zagalejo.
Recuerdo haber leído, algunos meses antes de la guerra, una noticia en la que se relataba que un ángel se había aparecido en la placita de un pequeño pueblo ruso para advertir a los lugareños que se abstuvieran de comer pichones por respeto al Espíritu Santo. Los pobres mujiks quedaron maravillados ante tal aviso: que ellos supieran, ningún pobre mujik comía nunca, por aquellas tierras, carne de paloma, quizá por no faltar al respeto del que les hablara el ángel. El caso es que era muy posible que la celestial persona estuviera mejor informada que los mismísimos campesinos. El rumor de la aparición llegó hasta los mandamases del pueblo, quienes hicieron oídos sordos a tal aviso y quienes profirieron alguna que otra amenaza contra aquella especie de detractores.
Al parecer, los grandes figurones no le hicieron caso: y de allí a algunos meses estalló la guerra como castigo a la desobediencia y a la falta de atención a las órdenes recibidas.
Yo, personalmente, siempre he creído en la realidad y en la certeza de aquella aparición de un ángel en un pequeño pueblecito ruso. Muchas veces, incluso, he creído ver en torno mío algún que otro ángel: he creído ver, en tal o cual persona, un auténtico ángel con sus alas replegadas. Pero luego, con absoluta tristeza, he comprendido que me engañaba.
Con todo y con eso, sigo convencido de que los ángeles, de que sus andanzas entre nosotros, no son una cosa tan rara como alguien puede suponer. Me contaron —y era éste un testimonio digno de fe— que durante la guerra, allá en el año 1917, en un hospital de Londres, un oficial inglés que resultó herido en Palestina, en la batalla por la conquita de Jerusalén, precisamente, recibía cada noche la visita de un jovencito de rostro pálido y verdaderamente luminoso. El desconocido entraba por la ventana, se acercaba al lecho del herido y se echaba a su lado, sin ocupar casi espacio, sin producirle ni la más mínima incomodidad; al alba, salía por donde había entrado ligero como una pluma, silencioso como una débil brisa matutina. Aquellas extraordinarias apariciones fueron tenidas por un simple sueño, por un puro delirio y nadie de cuantos tuvieron noticias de tal hecho quisieron concederle crédito. Mas a fuerza de repetirse la visita nocturna, se vieron luego forzados a reconocer no sólo que era cierto, sino, incluso, que aquel jovencito tenía en sus espaldas alguna cosa reluciente: algo que bien podía ser un par de alas replegadas. Era, pues, un ángel, sin la menor sombra de duda. Y por el modo con que caminaba, por la dulzura de sus movimientos, por el cuidado exquisito con que se situaba al lado del herido, atento a no producirle ni el menor roce, ni la menor molestia, acabaron por deducir los testigos que había de ser un ángel hermafrodita. Informada de aquel extraño caso, una enfermera trató de hacer una prueba concluyente. Quedóse aquella noche en la habitación del enfermo, en compañía de algunos otros testigos. Cerraron la ventana concienzudamente, afianzando a perfección la falleba. Un poco después, la figura del adolescente se dibujó netamente tras los cristales. Al ver que éstos estaban cerrados, tocó con sus relucientes manos, muy dulcemente, los cristales, en una especie de repiqueteo. El oficial herido, que aún no había salido de la gravedad, se alzó del lecho con ademanes de sonámbulo: descendió de la cama, cruzó la habitación andando sobre las puntas de sus desnudos pies, con los ojos aún cerrados, llegó hasta la ventana, descorrió la falleba y regresó seguidamente a su lecho. Ya de nuevo en él, continuó su tranquilo sueño que parecía no haber interrumpido. En su cara lucía una sonrisa apacible, parecida a la de los niños cuando sueñan, justamente, con los angelitos. El ángel penetró en la habitación y repitió su operación de costumbre. Esto es, echóse en la cama del enfermo, a su lado, como vigilando su sueño. Al alba partió otra vez del hospital. Durante algunos días cesaron sus visitas. Mas poco después, una noche volvió el ángel. Entró por la ventana, se sentó en el lecho del oficial herido y, con un mimo extraordinario, comenzó a acariciarle el rostro, besando además su frente. Después, con un profundo suspiro, desapareció otra vez la angélica figura.
A la mañana siguiente, el oficial amaneció muerto, con una pluma plateada colocada, precisamente, sobre el corazón: la pluma era, como decimos, de color plata y con reflejos azules: y apenas una enfermera trató de tocarla, se deshizo sin ruido pero enteramente, como si fuera de vidrio.
Voltaire sonreía ante aquellos relatos a los que él calificaba de fantasías mías. No confiaba tanto como yo en los ángeles y sólo estimaba a los profetas, tanto por su humanidad auténtica como por su humor implacable.
—¡Aquéllos sí que eran hombres! —concluía.
Reconocía, sin embargo, que el tiempo de los profetas había pasado ya del todo, por lo cual podía aceptar que más fácil habría de ser, hoy en día, tener un encuentro con un ángel que no con uno de sus estimados y admirados profetas.
—Hace algunos años —pasó a contarme— leí yo una historia algo similar a esa que acaba usted de relatarme. Pero si en la suya el ángel cuidaba a un oficial inglés herido, en la mía fue todo un profeta quien resucitó a un niño muerto. Un buen día Eliseo, aquel mismo Eliseo que en Betel hizo desgarrar por dos osos a cuarenta y dos chiquillos que se burlaban de él gritando: «¡Sube, calvo! ¡Sube, calvo!», fue llamado, como le digo, por la Sunamita a la que se le acababa de morir un hijo. Eliseo entró en la estancia donde el cadáver se hallaba tendido, cerró por dentro la puerta de la habitación, se inclinó sobre el muertecito y puso su boca sobre la del niño: de vez en cuando, descendía del alto lecho y daba paseos por la habitación. Volvía otra vez a abalanzarse sobre el niño, boca contra boca, hasta que así, en una de las ocasiones, el infante recobró la vida.
Con lo cual quedaba demostrado que Eliseo no bromeaba. Pero aquello ocurrió en una época en que los ángeles entraban en las casas como Pedro por la suya, se sentaban a la mesa y acompañaban a sus moradores mientras éstos cenaban, tratándose todos como antiguos amigos incluso. Luego, los ángeles les predecían el porvenir, les revelaban algunos pequeños secretos de Dios, avisaban a tal o cual mujer que antes de un año quedaría encinta y luego, habiendo dado ya satisfacción a todos, desaparecían de su vista, alejándose de la casa a pie, tal y como hasta ella habían llegado. No era raro, por tanto, que los profetas, en aquellos mismos días, hicieran también cosas sonadas, como la ya relatada, en la que jugó un papel preponderante el referido Eliseo, a cuya fuente íbamos a llegar de un momento a otro. Me refirió también que en otra ocasión, unos sepultureros se disponían a dar tierra a un muerto en una fosa que habían excavado justamente al lado de la tumba de Eliseo. Cuando estaban ocupados en aquellos menesteres de su oficio, vieron venir un grupo de bandoleros moabitas que, en aquel remoto entonces, infestaban completamente el país. A la vista del peligro, nuestros enterradores salieron corre que te corre, tirando así, malamente, el cadáver al hoyo que habían abierto a tal efecto: el pobre muerto cayó en la fosa como Dios quiso, mas hete aquí que fue a dar, justamente, en su caída, contra el esqueleto del profeta, que había quedado algo desenterrado por las palas de los sepultureros.
Establecerse el contacto entre ambos cuerpos y resucitar al recién enterrado todo fue uno. Conque éste, con los cabellos aún erizados de espanto, salió de su tumba con el consiguiente asombro de los bandoleros que habíanse acercado, tratando de desvalijar al difunto.
Todas estas historias y relatos, seguía diciendo, pueden leerse por centenares en la Biblia. De donde se deduce que si podían ser ciertos en tales épocas, igualmente ciertos podrían ser en el día de hoy. Como conclusión me dijo que no debía desesperarme: que era fozoso que yo no volviera a París sin haber visto antes un auténtico ángel o, al menos, un verdadero profeta.
Entretanto, habíamos llegado ya a Jericó. Nos dirigimos inmediatamente hacia la Fuente de Eliseo, situada al pie de un pequeño montículo sobre el cual se veían aún, por aquí y por allá, algunos restos o ruinas de los muros que Josué derribó con el sonido de su trompeta. A juzgar por el contorno que, más o menos, marcaban tales ruinas, Jericó debió haber sido una minúscula población, un pequeño pueblecilio no mayor que la Acrópolis de Alatri, en Ciociaria, o que la Plaza Colonna. Así se comprende bien que al gigante Goliat no le costara demasiado trabajo tenerla toda en un puño. Observando aquellos viejos restos de muros de barro, aquellas ruinas de arcilla cocida, suponiendo las míseras y pequeñas casuchas que en la antigüedad allí se alzarían, no se hacía cuesta arriba entender que el mero sonido de una trompeta causara tanta desolación y tanta ruina. Casi estoy por decir que para deshacer aquel endeble puebluco, el eco de una flauta hubiera bastado. El lugar tenía un aspecto triste y miserable. El único consuelo era dejar vagar nuestra mirada por los alrededores, contemplando así todo aquel bíblico escenario de las montañas del Moab, del valle del Jordán, el monte de la cuarentena, la azul lejanía del mar Muerto y el arco inmenso y luminoso del horizonte.
Nos encontramos algo después con un joven arqueólogo americano, de nariz afilada y de orejas despegadas del cráneo, que andaba removiendo todas aquellas tradicionales ruinas. Trabajaba por cuenta y orden de una Comisión sionista de Filadelfia. El buen hombre no podía perdonar, en modo alguno, a aquellos soldados turcos que, allá por el año 1907, habían acabado de derribar, en su barbarie, los pocos restos de muros que la trompeta de Jericó no había logrado deshacer por completo.
Afortunadamente, el profesor Sellín, de Viena, fue capaz de desenterrar posteriormente tales ruinas a costa de ímprobos trabajos, al finalizar el año 1909.
Nuestro hombre sentía una auténtica admiración por la seriedad y exactitud de la Biblia.
—Piensen ustedes —nos decía— que esta fuente es, justamente, aquella que Eliseo purificó con sal: y que estos cardos, estos árboles, estas hierbas, estos rosales —las célebres rosas de Jericó— siguen siendo las mismas que veían el paso de todas aquellas bíblicas generaciones. Y la fuente que aquí vemos sigue dando su humedad y su agua al igual que en aquel remoto ayer, a toda esta muestra de vegetación que circunda la ciudad maldita. Y a propósito de maldiciones, les diré a ustedes que la Biblia es de una exactitud realmente milagrosa. Recuerden que cuando Josué hubo cumplido su obra destructora con los sones de su trompeta, mandó reunir al pueblo y les hizo hacer un juramento diciendo: «Maldito sea aquel que trate de reedificar Jericó: la fundará de nuevo sobre su hijo mayor y colocará la puerta del pueblo sobre su hijo menor.» Quería significar con esto que tal reconstrucción habría de costar la muerte a sus hijos, edificando así realmente el poblado sobre sus tumbas.
Algún tiempo después, nos cuenta el Libro de los Reyes, un tal Hiél, de Betel, «reedificó Jericó y la fundó sobre Abiram, su primogénito, y situó la puerta de la muralla sobre Segub, su hijo más pequeño». Pues bien —siguió diciendo el arqueólogo—: las excavaciones llevadas a cabo por el profesor Sellín han demostrado, sin lugar a dudas, que bajo el pavimento del pueblo había un enorme número de tumbas conteniendo cadáveres de niños. Este impresionante descubrimiento ha sido fielmente publicado en la Revista Bíblica de julio de 1910.
—¿Y los ángeles? —pregunté yo—: ¿Se siguen encontrando aún por estos parajes?
—Según la época —respondióme el arqueólogo—: los ingleses les dan una caza despiadada. Incluso creo que en los últimos tiempos los han traído por la calle de la amargura. Así, pues, son más raros cada vez. Mas con todo y con eso, es posible aún hallar algunos si se les sabe buscar, ¿me comprende?
Mientras charlábamos así, habíamos ido dando la vuelta al contorno del pueblo. Ahora nos hallábamos de nuevo junto a la Fuente de Eliseo.
—Les aconsejo —siguió diciendo el joven americano, tras de haberse despedido de nosotros y de habernos deseado un buen y feliz viaje— que no pasen ustedes la noche en Sodoma; no es prudente. Podrían ustedes encontrarse...
Pero aquí, el ruido del motor del «Ford», al ser puesto en marcha, apagó totalmente sus palabras.
Me alcé yo sobre la silla de mi caballo, dispuesto también a proseguir la ruta. Mas antes de hacerlo, pude ver aún cómo el arqueólogo echaba a correr desaladamente hacia una banda de desharrapados chiquillos que venían jugando a los soldados. Eran todos pequeños hebreos polacos de la colonia sionista de Jericó. A la cabeza del infantil ejército marchaba un zagal, flaco y patilargo, con un palo en la diestra, a manera de espada, y que se afanaba además en arrancar fieros sonidos a una trompeta de hojalata. En cuatro zancadas el arqueólogo llegó junto a él y, con un papirotazo malhumorado, arrancó de cuajo al chico su infantil trompeta, tirándola luego, con rabia, al fondo de la histórica Fuente de Eliseo.
—Me parece una precaución muy justa —comentó Voltaire—. Nadie sabe el daño que puede causarse aún tocando la trompeta por estos parajes.

Hoy en día ya no hay necesidad de milagros (para cruzar, de un lado al otro, el río Jordán. —No logro entender —dijo Voltaire al llegar a la mitad del puente— cómo en toda la Biblia no se halla ni la más leve traza, ni la menor alusión, al más simple y sencillo puentecillo de madera. El Dios de Moisés prefería recurrir cada día a los milagros en vez de a los ingenieros. Para cruzar el mar Rojo, o para el primer paso del Jordán, está claro que era forzoso recurrir al milagro: había que pasar a la otra orilla toda una multitud apiñada, acompañada además de innumerables carros. Pero para el profeta Elias o para su discípulo Eliseo hubiera bastado, creo yo, una simple pasarela. De donde se deduce que los milagros no debían salir demasiado caros en aquellos días.
Yo no era del parecer de nuestro autor de Cándido. En un país como aquél, es mucho más fácil comprender un milagro que la construcción de un puente. Pero digo yo que, si así se lo hubiera propuesto, habría hecho también el milagro de construir el puente en una frac-sión de segundo, sin mayor esfuerzo ni trabajo. Y además, ¿quién nos aseguraba que si tuviéramos el valor de intentar atravesar a pie el río Jordán, no veríamos, asombrados, cómo también las aguas se iban retirando a nuestro paso, como lo hicieron ante el avance del profeta Elias y de Eliseo?
—Si usted quiere —me propuso Voltaire— podemos intentarlo.
Pero estábamos llegando ya justo a la otra orilla, con lo cual acordamos dejar el intento para nuestro regreso. —No quiero desanimarle a usted —opinaba el Patriarca de Ferney—, pero empiezo a pensar que tiene una excesiva confianza en los milagros. Claro que dado que es usted italiano se comprende más la cosa. Ustedes, los italianos, creen demasiado fácilmente en los hechos milagrosos, como viene a demostrarlo totalmente la propia historia de vuestras acciones y de vuestras andanzas. Gracias a Dios, nosotros, los franceses, somos más prudentes, más apegados a lo concreto. Y aunque estamos habituados ya, a lo largo de los siglos, a ser traicionados por los demás, solemos —quizá por ello— ceñirnos siempre a la razón y no a la fantasía.
Al llegar a este punto quedó en silencio: volvióse a medias sobre el asiento y dirigió la mirada hacia un lado, hacia el cercano mar Muerto, que bajo las luces del sol parecía una enorme turquesa.
—¿Se sentiría usted ofendido si le dijese que todos los italianos vienen a ser algo así como el Capitán del mar Muerto?
Unos kilómetros antes de llegar al puente que atraviesa el Jordán, nos habíamos detenido en la Hostería de Spiriotikes, un griego de ojos negros que hacía algún negocio allí con los caminantes de aquellas rutas. Y en su hostería trabamos conocimiento con un personaje de impresionante figura, grande, inmenso, lleno por todas partes de una descomunal barba y que, en aquellos instantes, tomaba su café tranquilamente.
Era aquel el famoso Capitán del mar Muerto, el Cristóbal Colón del vaporcillo que hace servicio regular entre la desembocadura del Jordán y la orilla de Kerak, en la que un castillo construido por los cruzados nos recuerda las hazañas de Renaud de Chatillon.
Sentado a su misma mesa, sin osar interrumpirle en su charla, el propio Spiriotikes le oía atentamente cuando nosotros hicimos irrupción en su negocio. Trabamos luego conversación con tan curiosos personajes. El griego nos había aconsejado no seguir adelante en nuestra caminata. Era más conveniente para nosotros, afirmaba, pasar ya la noche en su hostería. A su juicio, algunas nubéculas sobre los montes del Moab anunciaban un auténtico temporal.
—O agua, o fuego, o cenizas..., ¡pero siempre llueve algo sobre Sodoma!
El Capitán, con un puñetazo sobre la mesa, clamó con voz airada:
—¡No lloverá, señores, no lloverá! ¡Mas si lloviera, tampoco importa! No es necesario que asustes a estos señores, Spiriotikes. Si hay temporal ¡que lo haya! Conmigo pueden cruzar tranquilos a la otra orilla. No en balde llevo cuarenta años cruzando estas procelosas aguas sin haber tenido nunca el menor contratiempo. Por algo soy ¡indiscutiblemente!, el mejor marino de todo el mar Muerto.
—Tanto más que, si no me equivoco, debe ser usted el único marino de todo el mar Muerto, ¿no es cierto? —preguntó socarronamente Voltaire.
—¡El único y el mejor! —respondió amoscado el Capitán—. ¡Si todo el mundo se ahogase bajo las aguas, yo aún navegaría! —Luego, con voz más baja, prosiguió diciendo—: Desde luego, no he de negarlo, es un milagro que viene en mi ayuda: piensen ustedes, señores, que en cuarenta años de navegación en este mar, ¡ni una sola vez me he ido a fondo!
Ahora, en nuestro diálogo, ya solos los dos, Voltaire parangonaba a los italianos con el Capitán del mar Muerto.
—¿Y por qué he de ofenderme? —le repuse—. El buen Capitán del mar Muerto tenía todo el aire de una persona de bien.
—Sin la menor duda, amigo mío, sin la menor duda —aclaró el autor de Sottisier—, pero de un hombre de bien que cree demasiado en los milagros. Su fe es tan ciega y su conciencia está tan tranquila, que da más importancia a las virtudes milagrosas de su nave, a las condiciones milagrosas de su propio carácter, que a la pura y simple composición de las aguas sobre las que navega. El hecho de que su vaporcillo no pueda irse a pique no hay por qué atribuirlo a ningún milagro, sino solamente a la extraordinaria densidad de tales aguas. El análisis que realizó el profesor Lortet reveló la presencia de tal cantidad de cloruro y de bromuro de magnesio en ellas que ningún organismo vivo podría permanecer ni cinco minutos en tal elemento. Piense usted que en cada setenta partes de agua se hallan, muy a gusto, treinta de sodio, de calcio, de magnesio, de potasio, de bromuro de magnesio y de sulfato de calcio. Pruebe usted a meter en tal mar un niño de pocos meses y verá lo que ocurre: que por más que usted quiera no logrará echarle al fondo. Es un mar éste sobre el cual todo flota: un mar en el que un naufragio es absolutamente imposible. El Capitán del mar Muerto, por más que se esforzase, no podría jamás irse a pique: su buque está así asegurado de antemano contra naufragios. Por tanto es éste, sin duda alguna, el único marino que no puede hablar de que no ha naufragado «por milagro». El milagro aquí sería, y ello es curioso, que naufragase algún día.
—Pues no entiendo entonces —repliqué— en qué nos parecemos los italianos a tan curioso tipo...
Pero en tales momentos se levantó un gran viento: una nube negra, espesa y densa, se nos vino encima a gran velocidad. Instantes después, una descomunal bandada de langostas cayó sobre la zona en que nos hallábamos. Aquellos terribles devoradores se pegaban al terreno como lapas y todo rastro de vegetación desaparecía, como por ensalmo, minutos después. Se agarraban también a nuestro pelo, a nuestra ropa, a nuestra carne, y habíamos de hacer verdaderos esfuerzos para sacudirlos a manotazos. Me faltaba ya el aliento. Mi caballo estaba también recubierto de aquellas infectas langostas y yo debía ocuparme de limpiarle de la plaga al igual que hacía conmigo mismo. Piqué espuelas en tanto que Voltaire pisaba el acelerador a fondo. Delante nuestro, durante millas y millas, toda la tierra estaba recubierta de aquella costra animal que asolaba cuanto hallaba a su paso.
Finalmente logramos rebasar la zona de la invasión. Hicimos un alto y acabamos de quitarnos las últimas langostas que aún quedaban adheridas a nuestras personas, a nuestro caballo y a nuestro coche.
Cuando estábamos entregados a estas tareas de limpieza y de seguridad vimos llegar en nuestra dirección a dos muchachotes, vestidos a la usanza de los árabes, pero que, al llegar a nuestra altura, nos saludaron en un correcto inglés.
—Buenos días, señores —les respondió Voltaire, preguntándoles luego, ya de paso, si Sodoma quedaba muy lejos de aquel lugar.
—Sodoma está allí, precisamente —respondió uno de ellos, alzando su brazo, con ademán solemne e indicándonos hacia una colina que se alzaba cosa de media milla más lejos. Y, efectivamente, al pie de tal pequeño montículo se veían algunas casuchas, algunas tiendas y algunas ruinas que testimoniaban la existencia, en épocas remotas, de una pequeña ciudad.

Los dos desconocidos no aparentaban tener más de treinta años; eran dos ejemplares fuertes, musculosos y bien formados. Tenían, sin embargo, unas manos extraordinariamente blancas y unos rostros de expresión infantil. Sus cabellos, totalmente rubios, partidos en dos bandas sobre la frente, me trajeron a la memoria las cabelleras de los ángeles pintados por Benozzo Gozzoli.
—Si van ustedes en aquella dirección —nos dijo el otro desconocido—, podremos hacer esta parte del camino juntos.
—Suban ustedes entonces —les invitó Voltaire—. No es demasiado grande el coche, pero iremos mejor que andando. En todo caso, esto es lo único que yo puedo ofrecerles.
—Y ya es bastante —respondió uno de los muchachos—. Estas gentilezas se aprecian mucho en las broncas zonas en que nos encontramos.
Una vez instalados, y mientras cabalgaba yo al costado del auto, preguntaron a Voltaire si no habíamos encontrado en nuestro camino a los Ingenieros del Comisariado Inglés de Jerusalén. Pasaron a explicarnos que pertenecían ambos a la Policía de Carreteras y que habían recibido orden, tras los dolorosos y sensibles acontecimientos de días pasados, de acercarse hasta Sodoma para tratar de mantener la calma en aquellos difíciles lugares.
Se extrañaban francamente, según se desprendía de sus palabras, de encontrarse de pronto con dos europeos que viajaban solos y desarmados y que, al parecer, no habían sufrido ni el menor contratiempo hasta el presente.
Ante nuestras preguntas, y ante nuestra ignorancia, nos relataron los dolorosos hechos a los que acababan de referirse. La tarde anterior, en la propia Sodoma, un arqueólogo americano, llegado de Boston al único objeto de desenterrar las ruinas de la casa de Lot, había sido agredido por un tropel de árabes de los que acampaban por los contornos: ante los bastonazos de los enfurecidos seguidores del Profeta, el pobre americano había logrado salir con vida tan sólo por obra y gracia de un milagro. Un milagro tan indudable como el que otrora salvara la vida del mismísimo Lot.
—¡Pues espero entonces tener una suerte mejor o al menos igual que la del americano que ha logrado así, en resumen, salvar su pelleja! —dijo Voltaire entonces—. Y deseo también que mi buena estrella me guarde ya, de paso, la espalda de los sodomitas.
Y tras esto se puso a canturrear, a media voz, con una maliciosa sonrisa, su verso en memoria de Lot:

Loth but
et devint tendre
et puis il fut
son gendre.

—Ustedes, los ingleses —añadió tras la tonada—, no están nada fuertes en Historia Antigua. De hecho, su ignorancia en cuestiones sacras es tan clásica y tan grande como la del propio Rousseau.
—Le daría a usted la razón —le respondió aquel de los dos desconocidos que tenía más aire de autoridad— si es que nosotros fuésemos ingleses. Mas como quiera que somos de estas mismas regiones, resulta así que la Historia Sagrada viene a ser como la historia de nuestra propia familia.
—Entonces... ¿son hebreos? —quiso saber el Patriarca de Ferney.
—Ni hebreos ni árabes —respondióle el otro—. Somos ángeles.
—Me lo esperaba —dijo Voltaire con aire extrañamente pacífico— aun cuando he de reconocer que ya dudaba yo bastante de la existencia de ustedes. Pero está visto que en este país todo es posible, máxime cuando vuestro Dios siempre ha tenido fama de creador de ángeles. Mas espero que no quieran, para convencerme de su existencia real, obligarme a combatir contra ustedes como hiciera aquel otro ángel con Jacob.
—No estamos aquí para agredir a la gente —repuso el ángel—, sino para protegerla.
Y levantándose sus ropas árabes nos mostró el uniforme inglés, color tabaco, que vestían ambos bajo sus amplias hopalandas. Luego, ya animado, nos relató su historia y la de su acompañante, que venía a ser, más o menos, la historia de todos los ángeles de Palestina.
Tras la derrota de los turcos, los ingleses asentaron sus reales en todo aquel país; y a últimos de 1918 se dieron de lleno a la tarea de reclutar soldados entre las gentes del lugar: que quieras que no, enrolaron en sus filas a los árabes, a los griegos, a los hebreos y hasta a los mismísimos ángeles, un poco por las buenas —muy poco— y un mucho bajo la amenaza de utilizar la fuerza en caso contrario. Y así, los ángeles que habían logrado pasar la guerra, las persecuciones religiosas, la carestía de la vida e incluso la peste, se encontraron ante el dilema de afrontar una nueva batalla o aguantar las órdenes de los nuevos amos. Tan sólo algunos pocos tuvieron la suerte de ganar las fronteras de Siria huyendo así de la quema. Consecuentemente, unos ángeles fueron reclu-tados para la Policía de Carreteras, otros para las bases de las escuadrillas aéreas afincadas en Jerusalén. Pero todos, unos y otros, habían tenido que sufrir la afrenta de ver cómo aquellos bárbaros invasores les cortaban sus alas para impedir así que huyesen volando.
Nuestros dos ángeles no habían tenido más remedio que endosarse el uniforme inglés, que aceptar un estipendio y que ponerse a prestar servicio encuadrados en el de Policía de Carreteras de Su Majestad Británica.
—Reconozco que es un verdadero pecado privarles a ustedes de sus grandes alas plateadas —opinó Voltaire—. En París se hubieran hecho las cosas de un modo muy diferente.
—Si al menos —clamaba uno de nuestros acompañantes— nos hubieran dejado un poqui-tito de alas. ¡Tan sólo lo necesario para alzarnos siquiera cuatro palmos sobre el suelo...!
—Pero los ingleses no pueden consentir —observé yo— que los hombres de los pueblos por ellos sometidos tengan ningún recurso, por banal que sea, con el que consolarse de la Policía británica.
—Por eso no presumen tampoco de ser filántropos —comentó sonriendo un ángel—. Y sin embargo, tan sólo la filantropía es capaz de conservar los imperios.
Habíamos llegado, mientras tanto, al pie de la colina. Algunos árabes se hallaban tendidos a las puertas de sus tiendas, bajo la sombra de las lonas. Unos perros, escuálidos y famélicos, trataban de encontrar, inútilmente, algo que llevarse a sus hambrientas bocas. Más lejos, en dirección al mar Muerto, podían verse unos restos, medio calcinados ya, de antiguos muros.
—Éstas son las ruinas de Sodoma —nos explicó el ángel—. Y aquellas de más allá, las de Gomorra. La colina que se alza frente a nosotros, y a la que los árabes dan el nombre de Gebel Usdum o monte de la Sal, no es sino la propia estatua de la mujer de Lot. —Si no tuviera miedo de convertirme yo también en sal —opinó entonces el autor de Cándido— daría media vuelta antes de que se haga de noche. Francamente, no me parece nada aconsejable la idea de pernoctar en estos lugares.
—¿Y quién teme que le vaya a hacer mal, estando en mi compañía? —di jóle el ángel—. Me llamo Artajerjes, y en el valle del Jordán me conocen hasta las piedras. Todo el mundo sabe, por ende, que conmigo no se juega. —Luego, volviendo la cabeza hacia mí, añadió—: No muy lejos de aquí hay una antigua torre medio en ruinas, en la que los turcos, durante la guerra, tenían emplazado un puesto de vigilancia. Allí, al menos, estaremos cobijados. ¿Temen ustedes acaso que los modernos habitantes de Sodoma sigan teniendo las nefastas costumbres de sus predecesores?
—Pues no lo sé, francamente —opinó Voltaire—. Mas en todo caso, no habrá nadie capaz de hacerme dormir separado del muro.
—Si desconfian de dormir en Sodoma —nos propuso Artajerjes— podemos ir a pasar la noche en Gomorra, que tan sólo está a una milla de aquí.
—Prefiero realmente pasar la noche entre los sodomitas —dijo Voltaire sin la menor sombra de duda—. Al menos conozco de antemano sus costumbres, y así podré estar en guardia. Porque todos sabemos ya qué era lo que pasaba en Sodoma, pero... ¿y en Gomorra? ¿Qué hacían los de Gomorra?
—Eso mismo me pregunto yo también —respondió cabizbajo Artajerjes.
Llegamos en aquel instante al pie de la torre de vigía. El ángel nos condujo al interior.

Sentados sobre el duro suelo, con los brazos rodeando las rodillas, los dos ángeles cantaban plácidamente; sus voces eran dulces y suaves, la melodía tranquila y apacible. Cantaban en una lengua desconocida, armoniosa como el susurro de un ala. Traté yo, con la ayuda de Artajerjes, de verter a nuestra lengua la extraña canción. Tan sólo pude lograrlo en muy pequeña parte, puesto que aquel idioma parecía tener matices y dulzuras desconocidas por los hombres. Mas en resumen venía a decir algo así:

El ángel Anadiomene,
con la boca dulce aún de sueño,
partió al encuentro del alba azul.
Sus alas apenas le sostienen aún.

Artajerjes cantaba con los ojos vueltos hacia el cielo. El otro, agachada la cabeza, lo hacía en voz muy baja, como si sus labios tan sólo dibujasen las palabras:

Mueve casto las caderas
el ángel hermafrodita,
la mirada adormecida,
cándida su expresión,
las manos puras y blancas.

Desde fuera nos llegó un rumor. Era mi caballo que, atado a una estaca en las inmediaciones del «Ford», piafaba nervioso e inquieto.
Un viento cálido y pesado soplaba desde el mar: era el viento denso, caluroso y sofocante del mar Muerto.
—Si los ingleses fueran capaces de entender el lenguaje de los ángeles —seguía opinando Voltaire— estoy convencido de que podríamos dormir entonces a pierna suelta, con los ojos bien cerrados, por toda Palestina.
—Y no sólo en Palestina —añadí yo—. El gran defecto de los ingleses en su Imperio es el mismo en que cayeron los romanos en el suyo: no haber sido nunca capaces de entender el clamor de los ángeles.
—Inglaterra —dijo Artajerjes por su parte— ha caído, efectivamente, en el mismo error que tanto se ha achacado a los emperadores de la vieja Roma. No basta con empadronarse en Palestina, ombligo de la tierra y de los cielos, para poder ya dominar al mundo entero: hay antes que entender y que asimilar el lenguaje de los ángeles para poder así, y sólo así, llegar a saber las necesidades humanas, a conocer sus secretos y a dominar, por amor, los pueblos. Roma no llegó jamás a comprendernos, ni a entender tan siquiera nuestros más elementales conceptos; luchaba en cambio contra los ángeles, trataba por todos los medios de atarnos al yugo de su propia política, reduciéndonos al estado de esclavos y empleándonos en los más bajos menesteres. Aquel Judas que traicionó a Jesucristo era un ángel embrutecido, degradado por la esclavitud y por la baja servidumbre. Judas era, en Roma, lo que hoy llamaríamos un elemento agitador del «Intelligence Service». Y todo aquello acabó atrayendo la desgracia a los romanos, al igual que todo esto acarreará la desgracia a los ingleses.
—¡Pobre consuelo es ése! —concluyó el compañero de Artajerjes.
—Tú, Lucía, es inútil que hables de consuelos: tienes un carácter demasiado fiero. Para ti no habría ya más consuelo que devolverte las alas y ver toda Londres roída por los ratones.
—Entonces, vuestro compañero —quiso saber Voltaire—, ¿es un ángel femenino, puesto que se llama Lucía?
—Para nosotros —hubo de aclarar Artajerjes— los nombres no cuentan. Mi compañero tiene un nombre femenino, es cierto, pero, sin embargo, es todo un ángel.
—La cuestión no es tan sencilla como la presenta mi compañero —terció Lucía—. Todos los ángeles somos hermafroditas, pero debemos esconder, por pudor, nuestra condición femenina. Los pintores, por ello, nos han presentado siempre como ángeles del sexo masculino. Solamente hay una iglesia, en Roma, por más señas, en la que, en uno de sus frescos, aparece dibujado un ángel femenino.
—Pues no comprendo a qué viene ese pudor ni por qué tienen ustedes que ocultar tal condición —opinaba ante esto Voltaire—. El mismo Napoleón, según dicen ahora algunos historiadores, era también hermafrodita.
—No me cuesta nada pensar —le respondió Lucía con una sonrisa irónica— en un Napoleón macho en Austerlitz y en una Napoleón hembra en Waterloo.
—Pues Napoleón bien creía en los ángeles —metí yo también baza.
—Realmente, en los ángeles no —me refutó Artajerjes—, sino más bien en el Papa. Stendhal recuerda que Napoleón, en pleno Consejo de Estado y durante una discusión relativa al Vaticano, exclamó airadamente: «Si el Papa me dice que anoche se le apareció el arcángel Gabriel y le dijo tal y cual cosa, yo tengo obligación de creerlo.»
—Me gustaría saber —preguntó socarronamente Voltaire— si los ingleses, en su trato con ustedes, en sus propósitos, les consideran como ángeles de un sexo o del otro.
—Es imposible adivinar las intenciones de la política británica —hubo de reconocer Artajerjes—. Nosotros mismos, las más de las veces, no logramos entender ni una palabra. Mas lo cierto es que los ingleses tratan, en todo momento, de utilizar al máximo cuantos instrumentos tienen en su mano, adaptándolos de la mejor manera al propio terreno en que éstos operan. Tomemos, por ejemplo, nuestro mismo caso. ¿A qué nos han traído a Sodoma? A restablecer el orden público, que está bastante alterado por acá en los actuales momentos. Pues bien, según la propia Biblia, dos ángeles fueron también, en aquel ayer, enviados a Sodoma para restablecer la moral y el orden público. Y el fuego y el azufre que el Señor hizo llover sobre este pueblo pecador, no va a ser nada comparado con el que les ha prometido el Comisario Británico de Jerusalén a los lugareños si siguen cometiendo tropelías.
Yo quise luego saber:
—¿Cuál es la diferencia entre los vicios y los delitos de los antiguos sodomitas y los de los modernos?
—Los antiguos ciudadanos de Sodoma —me informó Voltaire— no hacían, ante todo, cuestión de política o de raza: si bien tenían esa mala costumbre de atacar a sus enemigos por la espalda, nadie puede afirmar que tan feo sistema tuviera ni la menor naturaleza política. Es verdad, claro, que odiaban a los extranjeros; no es posible mantener la tesis de que adorasen a Lot, puesto que Lot no era sodomita. Quiero decir con esto que no era un ciudadano de Sodoma: era un extranjero, hijo del hermano de Abraham, y había venido a establecerse en esta ciudad tan sólo algunos años antes. Pero es que además tenía él la fea costumbre de haber adoptado aires de gran patrono, de presumir a todas horas de hombre virtuoso. Pero la auténtica razón de la ruina de Sodoma fue el nefasto vicio y no el odio contra la condición extranjera de Lot: una razón, pues, de naturaleza moral y no de naturaleza política.
—No quiero llevarle la contraria —terció Lucía— mas, ¿no cree usted que Lot debió ser algo así como un «inglés» de su tiempo? Es bien cierto, señores, que la historia se repite.
—Esperemos que no —exclamé yo—. No me agradaría encontrarme hoy mezclado en la repetición de aquella noche famosa.
—Yo pienso —me dijo Voltaire riendo— que podemos dormir tranquilos. La Historia no suele conceder el «bis» como los teatros.
—Mas sin embargo —nos hizo ver Artajerjes— las cosas se van desarrollando hasta ahora en una forma muy similar a como nos lo relata la Biblia. También entonces fueron enviados dos ángeles a Sodoma para restablecer el orden público.
—La Biblia —añadió Lucía— nos cuenta que aquella noche, mientras que los dos gendarmes, digo, los dos ángeles, se disponían a irse a dormir, los hombres de la ciudad rodearon la casa de Lot, llamando a éste a grandes voces. Nótese que la multitud se componía de viejos y de jóvenes, pero de hombres sólo. Las mujeres no querían saber nada de aquel embrollo. «¿Dónde están —gritaban los sodomitas—, dónde están los dos hombres que has acogido en tu casa? ¡Que salgan! ¡Muéstranoslos! jQueremos verlos!» No sé qué hubiera sido de los dos pobres gendarmes caso de no haber contado con su condición de ángeles y caso de no haber venido en su ayuda, bien providencialmente, la milagrosa lluvia de fuego y de azufre...
—Esperemos —comentó Voltaire— que esta noche los árabes de Sodoma nos dejen dormir en paz. Y más que en la protección de ustedes confío yo en esta esperanza, dado que, según ustedes mismos me cuentan, tan sólo un milagro podría salvarnos si llegara el caso. Por otro lado, les estimo ya a ustedes demasiado para creerles capaces de hacer todavía milagros...
—Pues es ya un milagro, y bien cierto, el simple hecho de que se hayan encontrado con nosotros —respondióle secamente Artajerjes—. Y aunque el cielo no se hallase dispuesto a realizar hoy milagros en favor de ustedes, aunque no quisiera enviarnos otra lluvia de fuego. Estén seguros de que nosotros dos seremos bastantes.
Y al decir esto, abrió el ángel su hopalanda y golpeó significativamente el pesado revólver de reglamento que pendía del cinturón de su uniforme.

Y en aquel preciso momento, un gran clamor se alzó en torno a la torre. Voltaire, pálido como un difunto, casi no pudo pronunciar:
—¿Qué pasa? ¿Qué ocurre?
Luego, cogiéndome fuertemente del brazo, me indicó:
—¡Mire a Lucía y a Artajerjes!
Los dos ángeles, en efecto, se habían puesto en pie y parecían dispuestos a salir: miraban ambos hacia lo alto, más bien estáticos, y con sus manos como en actitud de orar. Parecía estar escuchando voces o músicas celestiales. Mientras tanto, fuera, arreciaban los chillidos y los amenazadores gritos.
—¡Como estemos esperando a que les lleguen a éstos órdenes del Paraíso, estamos perdidos! —farfullaba Voltaire, empezando ya a descomponerse por el miedo.
No pude contenerme y le respondí riendo:
—Perdidos, no. No perderemos nada, amigo mío, como no sea el honor.
—¿Y le parece poco? —se me encrespó el filósofo—. ¿Le parece aún poco? Acabar a manos de los sodomitas, ¡a mi edad! ¡Qué diría Rousseau! ¡Qué diría Algarotti...! ¡Todo París se reiría a costa mía!
—¡Calma, calma! No hay por qué tomarlo todo tan a lo trágico. Verá usted —le aseguré— como nuestros ángeles custodios nos sacan con bien de ésta.
—¿Pero va usted a fiarse de esa pareja de traidores? ¿Va usted, acaso, a confiar en los ángeles? —se encolerizó el autor de Cándido—. ¿Pero no ve usted, acaso, que serían ellos los primeros en atacarnos a traición en cuanto se presente la ocasión propicia? ¿No comprende, infeliz, que hemos sido traicionados?
—Espere y lo veremos —le respondí tranquilo—. Pero le aseguro que, en mi opinión, son dos perfectos caballeros.
—¡Ya nos habrían salvado si fueran tan caballeros como usted pretende!
—También Lot, señor mío, fue salvado en el último momento. No desespere, que un milagro puede hacerse en un instante.
En el ínterin, Artajerjes y Lucía habían salido de la torre. Se oían allá fuera sus voces, altas, enérgicas y con tono de mando.
Ante el discurso de los ángeles los árabes callaron luego. Tan sólo oíamos ya una tos ronca y cavernosa que resonaba pegada al muro. Una tos que parecía el golpeteo espaciado de alguien que estuviera queriendo horadar un muro con sordos golpes de piqueta. Un perro ladraba furioso, a lo lejos, hacia Gomorra.
Las palabras de los ángeles fueron también disminuyendo de tono. Sólo percibimos, finalmente, una especie de bisbiseo recortándose en el silencio.
—Tengo miedo —me confesó Voltaire— de que se estén poniendo todos de acuerdo.
En aquel crítico instante entró Lucía: los árabes del lugar nos habían tomado por dos hebreos y amenazaban con incendiar la torre si no abandonábamos Sodoma antes del alba. En todo el amplio valle del Jordán, y tras los incidentes que un par de meses antes ensangrentaran la carretera de Jerusalén, el odio contra los hebreos iba in crescendo; particularmente entre las tribus árabes acampadas por aquella orilla del mar Muerto, tal rabia parecía tener todo el furor de una auténtiea guerra santa.
El propio arqueólogo que llegara desde Boston para desenterrar las ruinas de la casa de Lot, había tenido la desgracia de ser tomado por hebreo con el resultado subsiguiente: los fanáticos y exaltados árabes le apalearon a conciencia, dejándole luego medio muerto sobre el camino.
Lucía, con tono tétrico, aclaró:
—Y los autores de tal desaguisado han sido, precisamente, las mismas turbas que ahora nos rodean.
Voltaire protestó, airado:
—No es que le tomaran por un hebreo. ¡Es que era un hebreo de pura cepa y comisionado, por ende, por un Comité sionista americano! Pero nosotros... ¿qué tenemos que ver nosotros? ¿Somos, acaso, hebreos? No. ¿Somos, acaso, ingleses? No. ¡Pues entonces...! Y en todo caso, en rigor de justicia, habrían de ser los propios judíos —y no los árabes— quienes tuvieran algún interés en darme a mí de bastonazos a cuenta de las calumnias, de las malignidades y de los improperios que he vertido yo siempre en todos mis libros contra el pueblo de Israel.
—Pero, no esperará usted, amigo mío —le cortó riendo el ángel— que estos toscos árabes hayan leído sus obras, ¿verdad?
Al llegar a este punto entró en el recinto Artajerjes, con semblante preocupado.
—No hay nada que hacer —confesó a media voz—. Estos bárbaros no quieren entender nuestras razones: si antes del alba no han salido del pueblo los dos malditos hebreos —y esto lo dicen por ustedes, señores—, los sodomitas obrarán por su cuenta, sin respetar ya ni tan siquiera nuestra propia condición de ángeles. Yo les aconsejo, pues, que partan de aquí sin perder ni un solo instante. Somos muy pocos —continuó diciendo Artajerjes— para intentar hacer frente a varios centenares de árabes enfurecidos y fanáticos. Ello, no obstante, si ustedes prefieren quedarse, cuenten conmigo para defenderlos.
—Y conmigo —añadió Lucía—; hasta la muerte.
—Lo cual significa un largo rato —ironizó Voltaire— si es verdad, como dicen, que son ustedes inmortales.
—¡Psché...! Desde que los ingleses se han mezclado en Palestina y han empezado a mangonear en todo, yo creo —confesó Lucía con aire triste— que nuestra inmortalidad se ha quedado reducida a algo muy transitorio...
—¡Basta ya de inútiles discusiones! —les cortó en seco Artajerjes—. No tenemos ni el menor tiempo que perder. Hay que decidir lo que sea, una cosa u otra, antes de que los árabes se arrepientan de la palabra dada y nos caigan encima por sorpresa.
—Marchémonos, pues —propuso Voltaire con aire ya de moribundo—, y ¡así les parta un rayo a todos!
Abrazamos a los dos ángeles a guisa de despedida. Lucía me estrechó fuertemente entre sus brazos nervudos. Sentí en mi mejilla la humedad de sus lágrimas. Artajerjes parecía también emocionado.
La noche era oscura como boca de lobo. No se veía nada, absolutamente nada, a dos pasos de distancia. Tan sólo un apagado rumor de voces nos rodeaba por doquiera. Por la parte del monte de la Sal el rumor ganaba en intensidad. Al parecer, en aquella colina estaba la principal concentración de fuerza. Y recordé entonces, no sé por qué, que tal monte no era, en realidad, sino la estatua de sal de la mujer de Lot. Era el testimonio del castigo a su desobediencia por haber vuelto atrás el rostro.
Llegamos al fin, pasito a paso, hasta donde se hallaban mi caballo y el «Ford» de Voltaire. El animal estaba francamente nervioso y piafaba inquieto, queriendo romper las trabas para alejarse de allí al momento.
Monté sobre la silla; Voltaire puso su automóvil en marcha. Y al ir a partir, se nos acercó Artajerjes gritándonos una última y conminatoria advertencia.
—¡Pase lo que pase, oigan lo que oigan, vean lo que vean, no se vuelvan hacia atrás! ¡No vuelvan nunca hacia atrás, ocurra lo que ocurra!
El sonido del motor cortó las palabras del ángel. Hizo Voltaire un gesto de adiós con la mano, pisó el acelerador y su «Ford» comenzó la huida. Clavé mis talones en los flancos de mi caballo y le obligué a seguir, venciendo su nerviosismo, la lucecilla roja de la trasera del vehículo.
El «Ford» aceleró la marcha y yo hube de poner mi caballo al galope para no perder así, al menos, la noción del camino seguido por Voltaire.
Súbitamente, una gran llama, resplandeciente, pareció caer del cielo sobre el monte de la Sal. Un fuerte resplandor iluminó los contornos. Un clamor de voces asustadas pareció salir del fondo de las tinieblas. Otras llamas, otros fuegos, se encendieron aquí y allá, cercando el horizonte. Gracias a ellos íbamos ganando en visibilidad. Mas, con todo, era una luz espectral, pálida y vivísima, que sobrecogía el ánimo. Nuevas llamas y nuevos clamores se percibían ya por todas partes.
Mi caballo, tan asustado como yo, no necesitaba mi estímulo para tragarse las millas.
Al tomar una curva del camino pude ver, asombrado, que el coche se hallaba detenido, en medio de la carretera, rodeado por un grupo de árabes gesticulantes.
—¡Le han cogido las turbas! —pensé.
Mas en esto vi a Voltaire que, saliendo de un salto de su «Ford», ponía pie en la carretera y comenzaba a correr hacia mí, retrocediendo por el camino, seguido de una multitud de sodomitas aullantes.
Frené mi caballo y me hice fuerte en la silla, agarrándome al arzón, dispuesto así a coger al vuelo al fugitivo y a izarle a mi lado tan pronto como llegara a mi altura.
Mientras le esperaba, recordé, sin proponérmelo, los consejos del ángel:
—¡No vuelvan hacia atrás! Pase lo que pase, ¡no vuelvan nunca hacia atrás!
Voltaire, al parecer, había olvidado, bajo la acción del miedo, tales órdenes o consejos.
El hombre venía corriendo desalado a mi encuentro. La multitud perseguidora le ganaba ya terreno. Cuando de pronto, inexplicablemente, Voltaire comenzó a disminuir su marcha: dio dos o tres trompicones, volvió a ganar el equilibrio, pero sus movimientos fueron haciéndose lentos, cada vez más lentos, como al ralenti.
Un espantoso grito de «¡Socorro! ¡Socorro!» salió de su garganta. Luego, en postura aún de correr, pareció quedar súbitamente clavado en tierra. Un pie apoyado en el suelo, la rodilla todavía algo doblada hacia delante. La otra pierna atrás, levantada en el aire. Los brazos, junto al pecho, en ademán de carrera.
Con la boca aún abierta, como si aún siguiera lanzando un inaudible «¡Socorro!», con los ojos muertos en el pálido rostro, quedó allí Voltaire, quieto, mudo y clavado, inmóvil como una estatua.


LA MAGDALENA DE CARLSBOURG

Nuestros últimos muertos habían sido ya enterrados en el cementerio de Rocroi.
El primero de diciembre nos pusimos de nuevo en camino hacia septentrión: nos hallábamos, en aquel entonces, en el mismo corazón de ese triste país valón que abraza, con sus inmensos bosques de abetos, toda aquella tierra belga que confina ya con Luxemburgo.
Nadie recordaba un invierno tan riguroso. Por la noche, se oían los aullidos de los lobos por entre los abetales; los hielos obligaban a los ciervos y a los jabalíes a salir de las intrincadas espesuras de los bosques, buscando tierras menos inhóspitas por las inmediaciones de Carls-bourg donde, justamente, teníamos nosotros nuestro acantonamiento invernal.
Los recuerdos aún latentes de nuestras aventuras del verano y del otoño pasados, de nuestra partida de Italia encuadrados en el Segundo Cuerpo de Ejército, las cruentas batallas por los bosques de Bligny, por el Aisne, sobre el camino de las Damas, sobre las marismas de Sissone, la victoriosa persecución hasta Rocroi del enemigo en derrota; la impresión de las interminables jornadas de marcha, horas y horas, bajo la incesante lluvia, desde el Mosa hasta las selvas de Saint-Hubert, curvados y agobiados bajo el peso de los equipos, de la fatiga, de las heridas, y pisando siempre los talones al ya casi deshecho y derrotado ejército teutón, nada de esto, con ser mucho, lograba quitar de nuestros espíritus la impresión de sentirnos, en medio de aquellos enormes, húmedos y tenebrosos bosques, como los meros restos de un ejército disperso que ha de luchar siempre contra el frío, contra el hambre y contra la agobiante sensación de hallarse aislado en medio de un territorio extranjero.
El horizonte estaba continuamente teñido de un tono grisáceo, monótono y desesperante. La casa en que me alojaba, frente por frente del «Vrai sanglier des Ardennes» —albergue y taberna que nuestros soldados llenaban de cánticos y de risas durante la noche a los compases del «rommelpot»—, aquella casa, repito, me oprimía el corazón con su aspecto de soledad, de abandono, de eterno frío.
Por las mañanas, o al caer la tarde, solía dedicarme a la caza del ciervo: las furiosas persecuciones me proporcionaban así una válvula de escape que a veces lograba darme el grado de equilibrio necesario para poder luego seguir afrontando aquella monotonía en que nos hallábamos sumidos.
Pero ¡qué triste es, realmente, el sonido del cuerno de caza cuando se le oye desde el fondo mismo de los bosques!
Aun así, y como antes digo, me dediqué de lleno a la caza, a falta de mejor ocupación en aquellos días concretos: con algunos soldados marismeños y con otros tantos cazadores de Carlsbourg y de Saint-Hubert, buenos conocedores éstos de las tretas del jabalí, dábamos batida tras batida por los nevados parajes. La alegría de los cazadores se volvía contagiosa: sus canciones, las charlas en torno a la hoguera, los tragos de buen vino con que combatir el frío reinante, todo ello llevaba calor a mi espíritu y me permitía, al menos por algunas horas, olvidar la causa de nuestra estancia, los horrores que por doquiera nos rodeaban. El «¡dallí! ¡dallí!» de los marismeños, el «¡Hallalí!» de los batidores de Carlsbourg, lograban sacarme de mi estado de aburrimiento, de abatimiento, y por eso, justamente, me lanzaba en su compañía, vez tras vez, a lo más profundo de los bosques.

Una tarde, al regresar de una batida, me quedé solo, aislado, escuchando los sonidos—multiplicados a través de la espesura— del cuerno de caza que llamaba a los batidores indicándoles que había ya llegado el momento del regreso. Se me hizo de noche cuando, al fin, me decidí a volver a Carlsbourg: recordé, no sé por qué, que mi camino debería pasar forzosamente a un tiro de piedra de la hostería «El jabalí negro» donde habitaba totalmente recluida, al decir de las gentes, una desgraciada muchacha que durante la ocupación había tenido comercio de amores con los invasores alemanes.
Era así una hostería prohibida: por orden terminante de nuestra Plana Mayor nadie, ni oficial ni soldado, podía trasponer aquel umbral.
Tal prohibición había sido exigida por el burgomaestre de Carlsbourg. En toda Bélgica, y al igual que en aquellas regiones de Francia que habían sido invadidas, tal clase de mujeres era tratada con odio por sus convecinos. Habían sido, incluso, declaradas fuera de la Ley, puestas al margen de la sociedad, de los Hombres.
Se contaba, por aquellos días, que en Bruselas, durante la tarde del once de noviembre —Día del Armisticio— una de esas pobres mujeres había sido perseguida por el Boulevard Anspach, y apaleada por una multitud enloquecida y ávida de sangre: fue tratada luego, precisamente, como lo eran las prostitutas de los remotos tiempos de la Historia.
Y tal ola de odio había llegado, como la llama de un incendio que se propaga, hasta aquel pequeño pueblo perdido en el fondo de las Ardenas.
Hacía un frío intenso que se metía entre la ropa y que calaba hasta el interior de los huesos. Debo decir, sin embargo, que no fue ésta la causa que me impelió a llamar a la puerta de la casa prohibida.
Al sonar mis aldabonazos, un llanto comenzó a oírse allá dentro. Inmediatamente me arrepentí de lo hecho y bruscamente me separé unos pasos, quedando así en la oscuridad. En la planta baja se abrió una contraventana y pude entrever, en la penumbra, una cara, casi aún de niña, que desapareció seguidamente.
Aquella tarde no tuve valor para llamar de nuevo; pero al día siguiente, hacia el ocaso, volví otra vez a la hostería de «El jabalí negro» y, sin dudarlo más, entré ya en su interior.
La aborrecida prostituta no era sino una mu-chachita de poco más de veinte años, frágil y blanca, con grandes ojos dulces, y con el pelo rubio dividido en dos crenchas y anudado luego, bajo la nuca, en un pequeño moño. Hablaba sonriendo y aquella sonrisa triste iluminaba por completo su cara, sus ojos, dándole un aspecto de total desamparo. Se llamaba Magdalena; pero en el país, desde que ocurrió aquello, la llamaban Madelón.
Me acogió con miedo al principio; luego, quizá, con confianza y con agradecimiento. Pero aquel primer día no me atreví ni tan siquiera a darle la mano.
En las próximas visitas llegamos ya a ser buenos amigos. Su casa era húmeda y fría, igual en todo a una casa abandonada.
Magdalena no solía atreverse ni tan siquiera a salir al bosque para buscar leña: su madre, una viejecilla que me miraba silenciosa desde un rincón del cuarto, no tenía fuerzas para manejar el hacha. Y cuando los lugareños la veían recogiendo las ramas caídas, la amenazaban también desde lejos, con puños y palos. Aquellas ramitas no eran suficientes para calentar el hogar. Daban una gran llama al principio, pero acababan de arder en breves minutos. La casa, así, continuaba helada día tras día. Magdalena, durante la noche, hacía de vez en cuando pequeñas incursiones por el bosque. Pero pronto la dominaba el terror y regresaba apresuradamente a casa, trayendo tan sólo algún pequeño tronco, las manos llenas de sangre y el corazón atenazado por el pánico.
Una tarde me ofrecí a acompañarla y así aquella casa volvió a conocer la alegría de las llamas bailando en la campana de la chimenea. Magdalena me veía comer, pero sin querer probar bocado. Nenni, me decía en su francés valón, y enrojecía luego de vergüenza. Pero la maravilla de una naranja siciliana que nos había llegado entre otras provisiones del ejército, fue ya más fuerte que su orgullo. Cuando acercaba a sus labios la fruta, me fijé en su mano: la muchacha bajó los ojos, retiró la mano escondiéndola tras la espalda y comenzó a llorar, lenta, muy lentamente, con una indescriptible sensación de pena.
Al día siguiente, llevé a la casa un frasco de pomada de azufre y enseñé a Magdalena cómo debía usarla. Al cabo de una semana, gracias a aquel cuidado, la muchacha se había curado totalmente. Y era la suya entonces una alegría inocente, pero tan intensa que se le salía por los ojos aun cuando estaba en silencio. Empecé a sentir así una gran piedad por aquella desgraciada: cuando nuestros ojos se encontraban era yo siempre el primero en bajar la vista.
Magdalena se fue recuperando gradualmente y comenzó ya a sentir de nuevo la alegría de vivir, la confianza en el mañana.
Una tarde, la pobrecilla chiquilla cogió mi mano, la apretó con fuerza, puso sus labios sobre ella y comenzó a llorar en silencio. La historia surgió entera, sin haberla nadie pedido:
Al principio de la guerra, cuando ya los alemanes habían entrado en Dinant, el padre y el hermano de Magdalena se hallaban por los bosques, dedicados a la caza. Y en aquellas mismas zonas selváticas se unieron ambos a las guerrillas de francotiradores de las Ardenas.
¡Hallalí! ¡Hallalí! Los cazadores profesionales comenzaron la caza del hombre, la caza del ulano.
Pronto el ejército ocupante organizó la captura de tales guerrilleros: los francotiradores de Carlsbourg no regresaron ya jamás a sus hogares. Magdalena quedó sola con su madre, en aquella casa perdida en el bosque en la que faltaba, y faltaría de allí en adelante, el calor y la protección de un hombre. Magdalena quedó, pues, virtualmente sola y sin poder defenderse. Pasó luego la oleada de los ocupantes. Magdalena fue violada por las fuerzas tantas veces como los dominadores así lo quisieron. Después, Magdalena hubo de entregarse por hambre.
Sentí un profundo dolor en el corazón; un dolor que no era sino rabia y piedad, odio y compasión al mismo tiempo. Hubiera entonces querido decirle: «Magdalena, yo sí te quiero»: pero... ¿cómo podría hacerlo?
Acaricié sus cabellos y su rostro.
Con mi mano, torpemente, sequé sus lágrimas.
La luna parecía ir saliendo al cielo desde el fondo de los bosques, en los que el viento entonaba su monótona melodía.

Allá por Navidad, cuando los primeros soldados del rey Alberto —la infantería de Char-leroi, de Ypres, de Lys— iban regresando a sus hogares de Carlsbourg, de Saint-Hubert, de Houffalize, el odio contra todas aquellas desventuradas que se habían vendido a los invasores tomó nuevos bríos y se extendió como un reguero de pólvora de un extremo a otro de las Ardenas. En muchos pueblos había comenzado ya la caza de tales mujeres, llevada a cabo además con auténtico furor bíblico: la multitud, ahita de desquite, ansiosa de vengarse en quien fuera y como fuera, las había arrastrado por los cabellos, de calle en calle, fustigando sus cuerpos desnudos, al mismo tiempo con crueles latigazos. Los gendarmes se habían visto precisados, en muchas ocasiones, a disparar sus armas al aire a fin de contener el tumulto.
En Saint-Hubert, donde radicaba el Cuartel General del Cuerpo de Ejército Italiano, nuestra Plana Mayor se había dado buena maña para sacar de la localidad a todas aquellas mujeres, bajo buena escolta, trasladándolas a Na-mur donde parecía existir un mayor número de seguridades.
Se cursaron también órdenes rigurosas a todos los mandos italianos —desde Houffalize hasta la frontera francesa— de detener a tales desventuradas para recluirlas, antes de que la multitud se hiciera con ellas, en los conventos de los pueblos; por ende, tales conventos habían de quedar debidamente protegidos por nuestros propios soldados.
La noticia de tal fuga, de tal medida, que venía así a privar al pueblo de su venganza, hizo que un odio exacerbado se desatase entre los aldeanos: más de una casa fue incendiada. Ellas habían escapado por minutos pero sus propiedades sufrirían, al menos, las consecuencias.
Al primer anuncio de peligro, Magdalena fijó en mí sus ojos: «Ahora me tocará a mí. Vendrán a llevarme.» Se apoyó en el quicio de la puerta mirándome con una expresión de amor y, a la vez, de resignación, de fatalismo.
Era un día claro, despejado y aparentemente en calma. De improviso, la campana de la iglesia comenzó a voltear, alocada, anunciando un peligro inminente.
Salí de la casa y miré hacia el pueblo: las calles estaban totalmente desiertas. Pero una negra nube de humo se alzaba allá por la parte del convento.
—Han incendiado la casa de la Valghedem —murmuró en voz baja Magdalena—. Luego quemarán la nuestra. ¡Dios nos ha dejado de su mano!
Y al decir esto, paradójicamente, se santiguó con fervor y miedo.
La vieja había caído de rodillas en un rincón y se tapaba angustiosamente el rostro con las manos.
¡Huir! ¡huir!, pero... ¿hacia dónde? ¿Esconderse en el bosque, entre las espesuras?; pero... ¿y luego? El frío y los hielos obligarían bien pronto a abandonar tales refugios.
No había tiempo que perder: en cuatro saltos llegué al centro del pueblo, corrí a nuestro Comando y, breves instantes después, regresaba ya con un piquete de soldados. Rodeamos a Magdalena y a la anciana y minutos después se hallaban ya ambas, sanas y salvas, dentro de los muros del convento.
—Nenni —me dijo Magdalena mirándome fijamente a los ojos.
No quise detenerme más. La campana seguía tocando a rebato. Era preciso ver qué pasaba, qué podía hacerse aún por evitarlo.
Todo el pueblo estaba alzado, presa de un auténtico odio y de una tremenda furia: pedía venganza.
Había circulado ya la noticia de que aquellas prostitutas iban a escapar, en breve plazo, bajo una buena escolta, quedando así fuera del alcance de sus iras. Los hombres, las mujeres y los muchachos recorrían el pueblo armados con bastones, picos y horcas, gritando las peores amenazas. La casa de la Valghedem, efectivamente, había sido incendiada. —¡La Valghedem, la Valghedem! Cercaban ahora la casa como los perros cercan la presa. Esperaban verla salir, obligada por el fuego, para caer entonces sobre aquella mujer que había cometido el imperdonable delito de amar a los invasores.
En un cierto momento, alguien hizo circular la noticia de que no saldría: de que aquellas heteras se habían amparado en el convento. La multitud se puso en marcha. Al llegar frente al recinto, una lluvia de piedras cayó contra las ventanas. Comenzaron seguidamente a aporrear las puertas con sus aperos de trabajo, con sus palos, con sus propios puños.
Nuestro Comando no esperaba esta reacción. No creíamos que pudiese la gente atreverse a violar así la seguridad del convento. Se tomó la decisión inmediata de mandar un piquete en auxilio de los frailes, mientras que otro partía hacia la casa de la Valghedem para tratar de apagar el incendio.
Partí con mis soldados a paso de carga, calle abajo, los fusiles en ristre, gritando:
—¡Fuera, fuera; despejen las calles!
Los aldeanos trataban de impedirnos el paso agarrándonos por las mangas, por las guerreras. A codazos, a culatazo limpio, me fui abriendo camino.
Mientras corríamos, miré hacia «El jabalí negro». No se veía humo en aquella dirección. ¡Nadie había pensado, al parecer, en Magdalena!
Un soldado me indicó:
—¡Han ido hacia aquella parte! ¡Hacia el convento!
¡Dios mío, Dios mío, cuida que no le ocurra nada a Magdalena!
Súbitamente, llegó hasta nosotros el eco de un rumor cada vez más cercano. La horda chillaba enronquecida.
Al llegar a las afueras del pueblo nos dimos de bruces con la multitud que avanzaba. En medio de aquel impresionante grupo, en un claro, iba Magdalena, desnuda, arrastrada también por los cabellos. Su cara se hallaba llena de sangre, rebozada en polvo. En la piel de su cuerpo se veían las marcas sangrientas de los latigazos.
—¡Disparen al aire! —ordené a mis soldados.
Y ante el ruido de los fusiles, el alud se disolvió.
Me abalancé sobre Magdalena. Pero antes que yo, sólo algún instante antes, se echó sobre ella, salvajemente, un paisano. Vi cómo éste golpeaba a la muchacha brutalmente en la ingle. Se alzó luego el vengador, con el agudo cuchillo aún en la mano y, dándose a la carrera, desapareció entre los bosques.


LA HIJA DEL PASTOR DE BORN

Tras la muerte de mi madre, el desolado silencio de los grandes bosques de Norrland fue invadiendo paulatinamente nuestra casa de Born: el frío y la humedad se fijaron contra los vidrios de las ventanas; una pátina verdosa comenzó a recubrir poco a poco los muros del edificio. Y así, nuestro hogar fue impregnándose de aquella humedad, de aquel frío que acabó por entrar hasta en los últimos rincones.
Mi padre, pastor de la iglesia de Born, trató inútilmente de defenderla contra aquel lento pero incesante ataque que procedía de los bosques: hizo grandes hogueras en las chimeneas, quemó las matas, colocó braseros en todas las habitaciones y terminó, incluso, por abatir los seculares abetos que rodeaban nuestra casa. Pero todo fue en vano. La humedad se filtraba por el suelo, por los rincones, por el mismo aire y continuaba, tenaz y machacona, su ininterrumpida invasión. Los muros, las maderas del suelo, las grandes vigas de los techos, todo, en una palabra, rezumaba ya humedad, tristeza, frío.
En cierto momento, mi padre se sintió tentado a prender fuego a la casona para no verla morir así, poco a poco, en aquella interminable agonía. Pero el amor al hogar, cuna de la familia, pudo más. No quiso, por ende, rebelarse contra los designios del Señor. Y optó por refugiarse en la habitación más oscura, rindiendo la casa a la invasión, sin hacer ya, desde entonces, ni el más leve gesto de defensa.
Desde aquel mismo día, también, parecimos quedar en el más absoluto aislamiento. Nadie venía a vernos, nadie lograba trabar conversación con mi padre, ni tan siquiera en la misma iglesia. Se había convertido en un hombre silencioso y huraño que esquivaba las amistades y que miraba a todo el mundo con aire de enemigo. La gente de Born, cuando le veía dirigirse hacia la casa, miraba con curiosidad a la puerta principal, que había sido ya condenada, y alzaba luego los ojos hacia las ventanas como queriendo hallar en alguna parte del inmueble el menor signo de vida. Se decía, incluso, que el pastor me tenía recluida, semiprisionera, en aquella casona en ruinas sin que fuera óbice para ello, al decir de las gentes, mi lamentable estado de salud. Pero nadie se atrevía a interrogar a mi padre al respecto: cuando, en la penumbra de la iglesia, se volvía él hacia los fieles para dirigirles el sermón dominical, contemplaban todos entonces su cara mustia, su boca siempre plegada en mueca enfermiza, sus ojos hundidos, y todos entonces sentían piedad por el anciano y se reprochaban en su fuero interno haberle dejado solo, haber consentido que se aislase de aquella manera de la totalidad de sus feligreses.
¡Cuánto había cambiado en aquellos tiempos! ¡Qué diferente era de cuando aún le acompañaba mi madre en sus paseos por los alrededores de Born, por las blancas calles del pueblo, hacia los abetales oscuros del bosque, mientras se oían las cantarínas campanas de la iglesia!
En todos los corrillos se hablaba de su estado actual, de su retraimiento, de sus visibles sufrimientos y todos, en el fondo, se sentían un poco culpables de ello. Sólo los más jóvenes le reprochaban su rendición sin lucha, haciéndole así responsable del estado de abandono, de se-mirruina de lo que antes fuera aquella bella casa del pastor, e incluso de su comportamiento para conmigo. Pero los ancianos, los que le habían conocido cuando era joven y estaba pletórico de vida, decían en su descargo que yo había salido en un todo a mi madre, con el mismo carácter débil e irresoluto, y no se extrañaban por tanto, ni en lo más mínimo, de mi voluntario enclaustramiento.
En medio de aquellas paredes que rezumaban humedad, mis días eran lentos, desesperantes, eternamente iguales y monótonos. Mi padre, que sentía por mí un cariño celoso e inquieto, no me permitía ni el menor gesto exagerado, ni la menor palabra de alegría, ni de piedad, ni de afecto. Una simple carcajada mía hería instantáneamente su sistema nervioso.
—¡Ana, Ana, tengo miedo! —gritó una vez desde el fondo de su lóbrega estancia al oírme cantar.
—¡Vete, apártate! —me dijo otra en que apoyé, en un tímido intento de demostrarle mi cariño, mi cabeza sobre sus hombros. Tenía, en tal momento, sus ojos llenos de lágrimas: su mirada me infundió una auténtica sensación de pena. Procuraba esconderme para llorar a solas mi sufrimiento: me situaba en los rincones más oscuros de la casa y comenzaba allí a sollozar, como un niño, restregándome los ojos con mis puños.
De repente, le oía ponerse a gritar, encerrado en la única habitación que utilizaba: «¡Socorro, socorro», exclamaba con gritos desacompasados; luego, súbitamente, volvía a quedar en silencio. Entonces, entraba yo de puntillas en su habitación para poner en orden todos los objetos que, durante su ataque, había arrojado por el suelo. En tales momentos, escondía mi padre el rostro entre los brazos, echado de bruces sobre su escritorio, fingiendo dormir y aguantando su jadeante respiración. Pero cuando de nuevo volvía a apoderarse de él uno de aquellos ataques de miedo, volvía entonces a mi encuentro, con mirada suspicaz y temerosa, volviéndose a cada momento, como si temiese que alguien le fuera pisando los talones.
Sentía también una verdadera fobia por los espejos. Revolvió cientos de veces la casa, de un rincón al otro, tratando de hallar alguno. Miraba detrás de los armarios, en el interior de los cajones, en el desván. Y cuando se daba el caso de encontrar un espejo, por muy pequeño que fuese, lo alzaba entonces con sus manos, torcía la cara para no verse reflejado en él y corría, como un poseso, a tirarlo por la ventana con todas sus fuerzas. Al oír el sonido del vidrio roto, su cara volvía a serenarse. Luego, recorría en triunfo la casa dando gritos de alegría y ya le continuaba el buen humor por algunas horas.
Así, pues, yo me veía precisada, para arreglarme, a mirarme como podía en los cristales de las ventanas. No quería tampoco mi padre que me aviase yo a mi manera; para no hacerle sufrir tenía que vestirme como lo hacía mi madre: me veía obligada a usar los trajes de ella, sin que yo osara, en modo alguno, arreglarlos o modificarlos.
Y yo, envuelta en aquellos trajes ya viejos, en mal estado casi, y de talla muy diferente a la mía, sentía aumentar mi tristeza, mi sensación de abandono, de encerramiento. Pasaba horas y horas sin poder hacer más que escuchar los ruidos de aquel viejo caserón, los gemidos de las vigas y de las maderas, ya casi completamente empapadas, el susurro del viento que entraba libremente por los mil resquicios, el ruido que hacían allí cerca los abetos agitados por el aire. Me parecía que el tiempo era algo interminable, algo fuera de toda medida y de todo fin; continuaba inmóvil, sin ninguna esperanza, sin ningún objetivo, sin ninguna alegría.
Tenía un recuerdo confuso de los tiempos ya pasados. A veces, al mirarme en el cristal de una ventana, creía divisar allí el rostro de mi madre, y me echaba entonces a llorar ante el recuerdo de su cara, tan pálida, tan inmóvil.
—¡María! —imploraba mi padre, llamándome por el nombre de mi pobre madre—: ¡María!
Yo quedaba entonces quieta, temerosa, sin atreverme a sacarle de su error, sin atreverme siquiera a moverme.

El día que Guda entró en nuestra casa por primera vez, mi padre no consintió en recibirle.
—¿Qué ha venido a hacer? —me preguntó—. Prepárale una habitación y no vuelvas luego a ocuparte de él. Es el nuevo pastor que viene a sustituirme aquí en Born.
Volvió la espalda, agachó más aún sus caídos hombros y se encerró en su estancia.
Guda me aclaró inmediatamente que él no había venido a sustituir a mi padre sino, por el contrario, a ayudarle.
—La iglesia de Born es demasiado importante —añadió— para que todo su peso y trabajo recaigan sobre un hombre tan cansado y enfermo como es ahora su padre.
Me hizo ver que sólo así, con su ayuda, podría seguir siendo mi padre el pastor titular de la iglesia de Born. Las autoridades de la Iglesia no le hubiesen consentido, de otro modo, seguir en su puesto dado su actual estado.
—Está enfermo, muy enfermo —continuó di-ciéndome en voz baja, mientras me miraba fijamente a los ojos. Me pidió que le ayudase a hacer comprender al anciano la verdadera razón de su venida; a hacerle creer que, acabado él de ordenarse, había elegido Born como primera residencia a causa de la importancia de su iglesia y el cariño que los feligreses sentían hacia su pastor. Así, en tan buena compañía, él daría los primeros pasos de su ministerio.
Aquella tarde me hice el propósito de tener una conversación con mi padre, para contarle todo aquello que Guda me había relatado. Cuando lo hice, me respondió riendo con una expresión no demasiado confiada aún en sus ojos:
—Lo sabía ya: había sido advertido de todo. La ciudad de Dios es tomada con asechanzas. Por lo demás, ¡sea bienvenido a nuestra casal Si es verdad lo que dice, las pruebas nos lo demostrarán. Pero que no crea que va a hacerse el amo de la iglesia. Si quiere ayudarme, ¡que comience por quitar la herrumbre de la campana! Pero mi casa es mía y aquí no le consentiré ni que me ayude ni que me aconseje.
Cerró luego los ojos y pareció quedar meditando. Mas cuando yo me dirigía hacia la puerta, estalló en otro de sus arrebatos de furor.
—¡María, María! —gritó con acento destrozado—, ¿quién te ha mandado peinarte así? —y se tapaba los ojos con las manos para no ver mi peinado, que no se parecía en nada al que él viera siempre en su esposa.

Guda era un hombre alto, delgado, con rostro juvenil pero severo, con ojos muy negros y de mirada firme. Hablaba y sonreía con la serenidad del que tiene una conciencia bien tranquila y no ha de ocultar nada a nadie.
Ya el primer día de su estancia entre nosotros me dio a conocer la curiosidad tan grande que sentía al verme vestida de aquella estrafalaria forma, con aquellos viejos y ajados vestidos, de un tamaño no apropiado a mi cuerpo y de un estilo que en nada convenía a una muchacha joven. Incluso puso lógicas y atinadas objeciones al anticuado peinado que llevaba.
Cuando vio que mi padre no me llamaba por mi nombre sino por el de mi pobre mamá, una sonrisa de comprensión pasó por su rostro. Cayó entonces en la cuenta de por qué me veía yo obligada a vestirme y a peinarme como una mujer mayor. Me hizo un guiño como para asegurarme que estaba ya en el secreto.
Poco a poco, me fui sintiendo atraída por su bondad, por la paciencia y cariño con que trataba a mi padre. Le acompañaba a la iglesia, le ayudaba, le sustituía en las tareas más fatigosas, le seguía incesantemente en sus visitas al pueblo. Y todo ello lo hacía sin parar mientes en la continua serie de desaires con que mi padre le trataba. El anciano parecía empeñado en no querer verle, en ignorarle. Cuando hablaba de él, decía simplemente «ése» con un aire totalmente despectivo.
Pero lentamente pareció irse luego acostumbrando a la presencia de su joven ayudante y llegó ya hasta a dar paseos con él por la campiña, colocándose a su lado y no algunos pasos delante como hacía invariablemente en los primeros tiempos. Cuando nos hallábamos los tres juntos, yo procuraba no mirar tan siquiera a Guda para no herir aquel cariño celoso y enfermizo que por mí sentía mi padre. El caso es que, poco a poco, la vida se fue haciendo menos dura en la casa. El anciano pareció salir de su ostracismo y pudimos así ir combatiendo otra vez la húmeda invasión que procedía de los bosques. Al cabo de algunas semanas, las habitaciones habían vuelto a orearse, las hierbas habían sido de nuevo arrancadas y volvía a respirarse ya, dentro de la morada, un aire de casa habitada, de casa que vencía los embates del frío, de la humedad, del abandono.
Cuando Guda estaba cerca de mí, me parecían menores las penas, más pequeñas las dificultades. Cuando me veía llorar venía hasta mí, me cogía tiernamente la mano, me miraba a los ojos y sonreía. Yo, entonces acababa mi llanto y sonreía feliz. Una tarde me dijo:
—Ana, tienes que acabar esta dolorosa comedia. Tu madre no sufre ya.
Y luego me hizo cambiar de peinado, enderezar los hombros y mirarle sonriente.
Tan pronto como mi padre se dio cuenta de aquel pequeño cambio me gritó:
—¡Fuera, fuera de aquí! ¡No quiero que cambies! —y escondió su cara tras las manos para no verme.
Guda me contuvo con la mirada:
—¡Quédate aquí! —me ordenó en voz alta.
Me sentí desfallecer y hube de apoyarme en la pared para no caer por tierra. Luego, miré a Guda a los ojos. Pero no fui capaz de obedecerle y me dirigí a la puerta del cuarto. Corrí a mi habitación y allí, sobre mi cama, lloré largo rato.
Algo después me contó Guda que mi padre había caído en una crisis: había comenzado a gemir como un niño, habiéndole de mí como si fuera María, su esposa. Le culpó luego a él de haber entrado en aquella casa para sembrar la discordia y la desgracia, para romper la poca felicidad que le quedaba. Después, con voz entrecortada por el llanto, le dijo —según me siguió contando Guda— que no le importaba ya ni tan siquiera que le quitase su puesto en la iglesia de Born, aun con ser mucho lo que esto para él significaba. Pero que no le quitase el amor de María, la única persona que no le había abandonado después de la muerte de su hija, la pobrecita Ana. «Está muy enfermo —concluyó Guda—, pero aun con eso, y con toda la piedad que siento por él, no puedo seguir su juego. Va con ello tu felicidad, ¿comprendes? No puedo hacerlo ni aun pensando en su enfermedad. Es necesario hacerle comprender de nuevo. Necesitamos que, poco a poco, vuelva a ver en ti a su hija. Y el día en que él deje de encontrar en ti la imagen de su mujer, el día que te vea como quien eres realmente, en tal momento su espíritu estará ya en camino de curarse. Dios creó la felicidad, Ana, pero la creó para todos. No lo olvides.»
En sus ojos, mientras decía esto, se veía una pequeña luz que era, sin duda, de amor.
¿Para qué recordar ahora todo cuanto sufría yo en aquellos días, en aquella casa siempre llena de angustia y de temor hacia la horrenda enfermedad de mi padre?
Muy poquito a poco, casi insensiblemente, y con una cautela llena de temor, fui volviendo a tomar mi auténtico aspecto: comencé por arreglar a mis medidas y a mi estilo algunos viejos trajes de mi madre. Sólo aquello fue ya bastante para hacerme aparecer como lo que realmente era: como una chica joven y llena de vida. Pero no me atrevía aún a llevar más adelante los cambios para no herir muy de golpe al impresionable viejo.
Pero él pronto cayó en la cuenta de tales mudanzas y entonces hizo lo imposible para no verme, por no mirarme. «¡María, María!», gritaba luego, cuando se hallaba a solas, con un acento de desamparo, de miedo y de rabia a la vez.
Por aquel entonces comenzó también a sentirse continuamente perseguido. Hasta cuando estaba en la iglesia se volvía cada momento hacia los fieles, con mirada recelosa, como si temiera que alguno de entre ellos tratase de hacerle mal.
Todos los domingos por la mañana invitaba a Guda a que pasase a su aposento y le pedía entonces que escuchase sus pláticas. Pero Guda le abandonaba pronto para ir a hacerse cargo de los deberes de la iglesia. El anciano seguía entonces solo, predicando en alta voz en aquella sombría y desierta habitación. Yo era la única que, tras la puerta, escuchaba sus frases: unas frases dichas con un acento de bondad, de infinita tristeza, pero sin la menor fuerza. Las palabras de un hombre bueno; mas unas palabras que habían ya perdido definitivamente todo su acento.
—¿Se curará el pastor? —preguntaban a Guda los ancianos del pueblo—. ¡Al menos, que Dios cuide de su desventurada hija!
Todos temían por mi salud. Algunos, que me habían visto ataviada con aquellos extraños trajes, comenzaban ya a preocuparse por mí y creían, sinceramente, que yo no tardaría en seguir los pasos de mi pobre madre. El día en que, finalmente, me atreví a salir de casa, la gente me miraba con curiosidad, me sonreía con conmiseración viendo mi cara demacrada, pálida y como sin vida, a fuerza de aquel continuo encierro entre las lóbregas y húmedas paredes de la casona. Al darme el aire libre volví a tener color, volví a tener nuevamente algo del aspecto de juventud que me correspondía. Se comenzó entonces a pensar que Guda no debería ser extraño a tal curación. El pueblo de Born no lo veía con malos ojos, puesto que todas sus gentes eran buenas y, además, querían ya a Guda.
Yo me sentía cada vez más ligada a él, con un afecto delicado y profundo. Nuestros silencios estaban llenos de significado. A su lado todo me parecía más agradable, más lleno de vida y de esperanza. Un brusco cambio se operó en mí cuando Guda me besó por primera vez. Entonces decidí yo también acabar cuanto antes con aquella comedia que me privaba de mi propia vida, de una vida que yo tenía pleno derecho a vivir.
Con el aliento y la ayuda de Guda me sentí nuevamente esperanzada y deseosa de alcanzar la felicidad que hasta entonces nunca había conocido.
Mi padre comprendió inmediatamente lo que me ocurría. Se dio cuenta del cambio de mi expresión, de la variación de mis vestidos, de mi aire incluso. Se curvaron más sus hombros, se agachó más aún su cabeza y rehuía mirarme. Las raras veces que lo hacía, veía yo en sus ojos una expresión de celos, de. desconfianza, de tortura. Me sentía incapaz de soportar el peso de aquella mirada ora aviesa, ora implorante, y huía entonces despavorida llorando.
—¡No temas! —me consolaba Guda—. No te hará daño.
Una tarde, pasado ya el mediodía (las primeras nieblas caían ya sobre los bosques, juntándose en el suelo con las nieves), mientras andábamos paseando Guda y yo en dirección al lago, oímos gritar a nuestra espalda: eran unos gritos breves y agudos, parecidos a aquellos de los pastores cuando azuzan a sus perros «¡ehá! ¡ehá!»
—No te preocupes —me tranquilizó Guda—; será sin duda Marno que reúne su rebaño.
Estábamos llegando ya junto a los tres molinos, allá donde el camino se reúne con la orilla del lago, cuando oímos ya claramente una voz que gritaba:
—¡Guda, Guda, has deshonrado mi casa! ¡Me has robado mi mujer, Guda, Guda, Guda!
Una gruesa piedra vino a caer junto a mis pies. Guda me tapó con su cuerpo; luego, volvióse hacia donde había sonado la voz y echó a correr en aquella dirección. Al no hallar nada ni a nadie, regresamos a casa, entre la niebla que se iba espesando por momentos. Mi angustia era tan grande que no podía ni llorar. Guda permanecía sereno, pero sus labios se movían como si estuviese rezando en voz muy baja.
Un momento después, mi padre entró en la casa. Traía el aire de un niño que se siente culpable por algo que ha hecho. Mas luego, sacando fuerzas, se plantó delante de Guda, mirándole fijamente a los ojos.
Guda se dirigió a él:
—Padre, ha estado muy mal lo que usted ha hecho. No ha sido la acción de un hombre que cree en Dios y que le sirve.
Mi padre agachó la mirada, abatió los hombros y murmuró con voz débil:
—¡Tengo frío!
—Hace mucho tiempo que no reza —prosiguió Guda en voz baja—. Pero nadie puede esconder sus acciones a la mirada de Dios.
El pobre enfermo intentó sonreír con aspecto lastimoso:
—¡Tengo frío! —repitió.
Luego, dando un rodeo, esquivó la presencia de Guda y salió muy lentamente de la estancia.
A partir de aquella tarde, se acabó por completo la paz en nuestra casa. Teníamos miedo de mi padre: no sabíamos qué hacer para evitarle, para no encontrarnos con él, para huirle, puesto que ya el miedo había llegado a ser más fuerte que la piedad y que la lástima. Cuando menos lo esperaba le hallaba en un rincón oscuro, detrás de un árbol, continuamente espiándome, vigilándome, desconfiado y celoso. Cuando me encontraba, se iba arrastrando pesadamente los pies mientras gritaba:
—¡Desgracia, desgracia!
Ésta era la palabra que se hallaba a todas horas en sus labios:
—¡Desgracia, desgracia!
Delante de Guda, por el contrario, permanecía tranquilo, sereno y en calma, como si le temiese. Cuando Guda leía en voz alta, mi padre le escuchaba atentamente, mirándole cara a cara e intentando sonreír a veces. Pero estos momentos de calma eran cada vez más cortos y más escasos, e iban seguidos siempre por otro período de inquietud, de nervios, de desconfianza.
Una tarde, encontraron a mi padre caído en un foso de los alrededores de Born. Estaba allí dentro, tumbado, quieto, inmóvil como un muerto, entre la nieve y el fango. A los que le recogieron les decía:
—¡Andad y decid a todo el mundo que el pastor de Born ha sido medio asesinado por Guda, por Guda que le ha robado la mujer!
Le alzaron en vilo y le llevaron así hasta nuestra casa, dando un gran rodeo para no pasar de aquella forma por el pueblo. Mientras tanto, él les iba diciendo:
—¡Mirad, mirad cómo el viejo pastor de Born ha sido maldecido por su Dios!
Al llegar a su hogar, no quiso ni abrir los ojos ni hacer el más mínimo movimiento, pero estuvo sin embargo, toda la noche tumbado sobre la cama, sin dormir, y sonriendo.
A la mañana siguiente, Guda entró en su cuarto:
—Levántese y abra los ojos. ¿No siente, acaso, que todo el pueblo de Born está a su lado? ¿Qué teme, pues?
Rápidamente se incorporó el anciano sobre la cama y abrió los ojos. Al ver a Guda, cara a cara, comenzó a llorar desesperadamente, ocultando la cara entre las manos:
—¡Desgracia, desgracia, han querido asesinar al pobre pastor de Born! ¡Le han dejado tirado en un foso, entre la nieve; le han dejado solo!
Y siguió así quejándose entre sollozos, hasta que al fin el sueño pudo más que él y acabó durmiéndose.
A la tarde siguiente, Guda reunió a los hombres de Born y les explicó con toda claridad el actual estado de mi padre: les contó sus delirios, sus manías, sus visiones, haciéndoles ver el peligro que todo ello representaba para mí y pidiéndoles que tomasen alguna decisión al respecto.
—Es un enfermo al que todos tenemos que tratar de curar: no podemos dejarle solo. Hemos de estar a su lado pensando en el bien que podremos hacerle, aun sabiendo todo el mal que de él podremos recibir.
Guda hablaba con su clásica dulzura, pero con voz firme y decidida. Nadie ignoraba ya en el pueblo el verdadero estado de su pastor. Todo el mundo lo sufría como una desgracia propia, pero nadie encontraba la manera efectiva de ayudarle. Cada uno opinaba una cosa diferente. Comenzaron, pues, a discutir, enfadados todos por no poder hacer prevalecer sus propias opiniones. Todos querían curarle, mas cada cual a su forma y estilo. Alejarle de Born, aun cuando ello pudiera sonar a ingratitud por parte de los feligreses, era la opinión que parecía ir contando con más adeptos.
—Ha sido nuestro padre tanto tiempo —decía el viejo Mamo— que ahora hemos de cuidarle como si realmente lo fuera. Él sufre por nuestros propios pecados; no es la primera vez que la justicia de Dios cae sobre la cabeza de un inocente para salvar así con un sacrificio, ¿a los culpables. Hemos de cuidarle, pues, como a un auténtico padre. Y hemos de curarle. Le tendremos con nosotros en Born, ¡nada de alejarle! Usted, Guda, podría ocuparse de la iglesia en su nombre, como de hecho lo viene ya haciendo desde hace algún tiempo.
Todos, al fin, aprobaron cuanto Mamo había dicho.
—El pastor pertenece al pueblo de Born —concedió Guda—, pero, ¿y su hija?
Los reunidos miraron a Guda; éste bajó los ojos.
—Solamente usted —añadió un tercero— podrá cuidar debidamente de ella.
—Nadie mejor que usted para ser su tutor, padre —propuso otro.
Guda se quedó en silencio, meditando. Luego miró a la concurrencia y dijo:
—El cariño que siento por ella me impide hacer el papel de tutor.
Después, les contó todo: les dijo cómo había sido su llegada a nuestra casa, cómo había tratado de impedirme continuar aquella trágica comedia, cómo así el amor había nacido insensiblemente entre nosotros: les relató también cómo mi padre, en su falta de juicio, creía ver en mí no a su hija, sino a aquella esposa que había muerto ya hacía bastante tiempo. Cómo él la creía con vida mientras que daba por muerta a Ana. Y cómo de aquí habían nacido sus celos, su desconfianza.
—No veo entonces sino una solución, un solo remedio —indicó Mamo—. Que usted se case con la muchacha.
Guda concretó:
—Ésta ha sido una de las razones de esta reunión para la que os he convocado: para pedir vuestro consentimiento. Ana no me pertenece. Yo no puedo resolver por mí solo. Vosotros sois quienes podéis decidir sobre nuestra felicidad futura.
Todos quedaron conmovidos ante la franqueza, ante la honradez de Guda. Él, al decir todo esto, tenía los ojos llenos de lágrimas.
Y así, en aquella asamblea, se decidió que nuestros esponsales se celebraran al llegar el invierno.
Mi padre, entretanto, consintió en pasar a vivir en casa de Mamo. Se le adujo, para convencerle, que allí estaría más tranquilo y más sosegado y que con la calma recobraría rápidamente la salud y las fuerzas.
Una mujer de Born, que me había tenido ya en sus brazos cuando yo no era más que una pequeña recién nacida, vino a vivir conmigo para no dejarme sola en aquella lóbrega casona llena para mí de tantos recuerdos desagradables.
El día de nuestra boda llegó al fin. Todo el pueblo de Born acudió en pleno a los esponsales. Todos me felicitaron y me besaron como a una hija, celebrando ver de nuevo la alegría en mi expresión, tras todos aquellos difíciles tiempos soportados.
Nadie había comunicado a mi padre la noticia. El día de la boda, Mamo se lo llevó de paseo por el campo, al otro lado del lago, acomodándole luego en la alquería que se alzaba en la otra orilla. Pero luego, el buen Mamo regresó a toda prisa al pueblo, consiguiendo así verme salir de la iglesia, ya del brazo de mi esposo. Al divisarme, me saludó a grandes voces, al estilo de los pastores. Empuñó después una vara verde y se puso al lado de los hombres que, con otras tantas varas y ramas, formaban el arco bajo el cual habíamos de pasar nosotros. De esta forma aquellas gentes querían desearnos la felicidad y demostrarnos su alegría.
Tras la ceremonia, vino la fiesta. Todos los hombres y mujeres de Born tomaron parte en ella. Hubo música, canciones y bailes. La gente cantaba, bebía y estaba alegre. Al final, todos marchamos en grupos tras los músicos, cantando aquella vieja canción que comienza diciendo: «¡Vayamos a buscar a las rubias muchachas para hacer palidecer de envidia a la luna!»
Nunca me había sentido yo más feliz, pero, a la vez, más triste. La noche era clara y despejada. Los árboles marcaban, bajo la luz de la luna, su sombra sobre la nieve.
Luego, después, me contaron que mi padre se había presentado de improviso en medio de la fiesta, con aires de locura y de ira, gruñendo como un lobo herido. Tuvieron que cogerle entre varios y, a viva fuerza, llevarle algo más lejos de allí, tapando su boca para que sus gritos y exclamaciones no llegasen hasta nosotros. Los hombres cantaron entonces a pleno pulmón para tapar, con sus voces, las que el anciano lograba aún proferir.

A partir de aquel día mi vida transcurrió durante bastante tiempo, sin inquietudes. Guda era tan bueno para mí como un hermano: nunca me arrepentí de amarle. Si alguna vez temblaba entre sus brazos era con inocencia, mezclando el placer con el pudor. En las tranquilas tardes, en el sereno ambiente de la casa, Guda me miraba en silencio o bien me hablaba pausadamente de la felicidad que aún nos estaba reservada. Y cada vez que me besaba, cerraba Guda los ojos para no verme enrojecer, como él me decía cariñosamente.
Día tras día, Guda preparaba su trineo y se iba a dar una vuelta por las alquerías, visitando así a los enfermos, interesándose por el estado de los pastores, de las gentes de los bosques. El pastor no abandonaba a sus feligreses.
Aquel invierno era insólitamente largo y frío. Las ovejas morían ateridas de frío, las vacas no daban leche. Más de una vez hallaron los lugareños, en los caminos del bosque, algunos zorros muertos de hambre. Por las noches, se oían los angustiosos aullidos de los lobos. La nieve continuaba recubriendo todo el suelo, tenaz e incansablemente. El día primero de marzo, aún la blanca capa rodeaba al pueblo por todos lados.
Las gentes que venían del septentrión nos traían noticias y rumores sobre una inminente época de escasez y nos aconsejaban que hiciésemos buena provisión de harina, bajando a los molinos cuando aún era tiempo. El agua de los ríos se iba helando y los molinos quedaban, por tal causa, inmovilizados. Las gentes de Born armaron sus trineos y se dirigieron apresuradamente hacia aquellos que todavía funcionaban.
Alguien le había visto pasar junto al lago, en dirección a los molinos. Horas después, otras personas habían hallado su trineo volcado sobre la nieve; el caballo magullado y enfangado, con los arreos rotos, separado del trineo que debía arrastrar. Lo encontraron allá por los bosques que limitan la carretera de Born.
¡Guda! ¡Guda! ¡Guda!
Los hombres del pueblo se lanzaron a recorrer el bosque, explorando las barrancas, mirando por entre las malezas y no dejando, en fin, ni un rincón sin explorar.
Nuestra casa se fue llenando de gente: me sentía yo incapaz hasta de gritar. Parecía como si súbitamente hubiera quedado ensordecida: veía cómo se movían los labios de todas aquellas personas, pero tan sólo oía un rumor sordo sin poder distinguir, dentro de él, palabras ni conversaciones.
De pronto, oí un rumor de pasos, fuera de la casa, un arrastrar de botas. Corrí hacia la puerta. Alguien me sujetó por un brazo y trató de hacerme retroceder. Di un agudo grito.
Y entonces, lenta, muy lentamente, aparecieron en el umbral de la puerta dos hombres que portaban sobre unas angarillas, un cuerpo humano maltrecho, herido.
—Despacio, con cuidado —dijo alguien.
Los dos portadores entraron en la estancia y, con infinitas precauciones, dejaron la pequeña y tosca camilla en el suelo, en el centro de la habitación. ¡Guda, Guda!
Sentí que todo giraba en torno mío: di un paso adelante y caí bruscamente sobre la angarilla, sobre el pecho de Guda. Tenía éste el rostro pálido, totalmente blanco: los labios en un rictus, la mirada fija, estática, inmóvil. Alguien trató de separarnos. Sentí un tremendo dolor en el alma, mas no podía ni tan siquiera llorar. Me dolían los ojos espantosamente.
—Le han golpeado en la cabeza —se oía comentar a alguien.
Y yo no podía hacer nada más que esperar
y desear que todo aquello fuera un sueño del que luego despertara.
—Ha sido un tremendo bastonazo —decía otro.
Y ninguno le había defendido, le habían dejado solo, nadie quería hacer nada ahora.
—Le han golpeado bestialmente en la cabeza —seguían diciendo las voces. Pero yo las oía cada vez más bajas, cada vez más lejanas.
—Pero... ¿por qué, Guda, por qué?
Todos me miraron mas nadie me respondió. Bajaron las cabezas rehuyendo mirarme. Un hombre se acercó a Guda y trató de cerrar sus párpados.
—¡No, no! —grité mientras lo impedía—. ¡Mamo, ayúdame, por favor! ¡No podemos dejarle morir así! ¡Hemos de salvarle!
El viejo me miraba en silencio mientras lloraba emocionado.
—¡Llevadla, separadla de ahí! —ordenó luego.
Y no pude hacer nada por impedirlo, Guda, nada en absoluto. Pero... ¿Quién ha sido, Guda, quién ha sido?
Algunos minutos después, entró mi padre en la casa. Venía lívido, con el semblante desencajado, todo él lleno de barro y de fango. Miró a todos los presentes sin querer ver, no obstante, la angarilla que se hallaba en el centro de la estancia. Luego, sin decir una sola palabra, se dirigió, arrastrando los pies con aire de infinito cansancio, hacia su antigua habitación.
—¡Ven, ven conmigo! —me dijo Mamo llevándome de la mano.
Mi padre andaba con la cabeza agachada. Al llegar al pasillo comenzó a hablar en voz alta, gesticulando desaforadamente. Apenas nos vio entrar en su cuarto miró fijamente a Mamo y le dijo:
—¿Qué queréis? ¿Qué has venido tú a hacer en esta casa? ¿Has venido quizá a regañarme? ¿Qué quieres de mí, Mamo? ¡Esta casa es mía, yo soy el amo y no quiero intrusos en ella!
Luego se refugió en un rincón gimiendo y lloriqueando. Una gran piedad me invadió ante aquel espectáculo. Me dirigí hacia él, cogí su mano y la besé. Entonces el viejo comenzó a temblar, ocultó sus brazos tras la espalda y miró fijamente, con sus enrojecidos ojos, circundados por oscuras y profundas ojeras, los gestos lentos de Mamo que estaba encendiendo una a una, todas las velas del candelabro. La oscuridad fue desapareciendo. El pobre viejo me miró luego y, con una humildad y un abatimiento profundos, empezó a besar mis cabellos.
—¡María, María, he sufrido tanto por ti...! Pero ahora ya podremos volver a ser felices...
Aquellas palabras me hicieron comprender la verdad. Me levanté bruscamente dando un agudo chillido.
—Déjale hablar —me aconsejó Mamo acercándose a mí, no sólo para que oyera el consejo dado en voz baja sino también, indudablemente, para protegerme—. Déjale hablar; déjale que lo diga todo.
Mi padre agachó la cabeza temblando nuevamente.
—María, yo te perdono. Pero tú también tienes que perdonarme hoy. Tú me perdonas, ¿verdad, María?
No pude oír más. Me acerqué a él tratando de tapar su boca con mi mano. Mamo tiró de mi brazo queriendo separarnos. Yo clamé:
—¡Déjeme, déjeme! ¡Guda! ¡Guda!
Al oír aquel nombre, se enderezó mi padre, dio un alarido y comenzó a llorar de nuevo.
Mamo se puso a su lado, algo detrás de él y así, casi junto a su oído, comenzó a decirle:
—¡Tiene que hablar, tiene que decirnos por qué lo ha hecho, por qué, por qué...!
Mi padre volvió la cara y le miró con extrañeza.
—Tú también, Mamo, ¿tú también quieres hacerme daño?
Luego, cayó súbitamente por tierra, quedando allí inmóvil, como si estuviera muerto.
Instantes después se recobró y se fue incorporando trabajosamente. Mamo, de improviso, lanzó la pregunta:
—¿Dónde has escondido el bastón?
El anciano le miró fijamente: quedó un momento en silencio y preguntó él mismo a su vez:
—¿Guda? ¿Dónde está Guda?
Mamo señaló con su dedo hacia la sala:
—Ahí, en la entrada.
Se alzó del todo mi padre y trató de huir. Pero sus pobres piernas no le sostenían ya. Sus pies trastabillaron y cayó de cara al suelo, gritando aún con acento de pánico:
—¡Guda, Guda, Guda!


LA MUJER ROJA

Tania había quedado en acompañarme aquel día al Nowodievici Monastir, allá en el fondo de esa especie de península que se alarga, pasado el suburbio de Hamowniki, en la amplia curva del Moscova.
La plaza Sverdlow, donde nos hallábamos en espera del tranvía número 34, estaba menos concurrida que de ordinario. No llovía ya y el olor de la primavera —aroma de agua y tierra— alegraba el aire y todo el claro horizonte que se abría sobre las cúpulas del Kremlin.
De las stalovaie, pequeños restaurantes populares, salían en gran número los obreros y empleados que se dirigían luego, presurosos, hacia la embocadura de la Twerskkaia. Llegaban hasta nosotros, desde el fondo de la plaza, los reclamos y los pregones de los vendedores de buñuelos y de pepitas de girasol, apoyados todos, en una larga fila, contra los muros almenados de la Ciudad china, la Kitai Gorod.
Delante de la fachada del Pequeño Teatro Académico, un grupo de operarios se atareaba, alrededor de un andamiaje de vigas de madera, luchando por trasladar una estatua desde la plataforma de un camión hasta el pedestal que había de recibirla: era una estatua de Ostrowski sentado, pero que en aquellos momentos estaba totalmente aprisionado entre cuerdas y cables, preparado así para el corto salto. Sobre la acera, en las proximidades de tal estatua, totalmente indiferentes a aquellos trabajos y ajetreos, dos vendedoras ambulantes de cigarrillos instalaban sus pequeños tenderetes en los que se veían alineadas las cajas de papirossi bajo unos grandes cartelones que rezaban la palabra «Mosselprom». Mientras tanto, hablaban ambas en voz alta, con esa cadencia tan típica de las mujeres moscovitas, riendo y gesticulando también exageradamente.
Un grupo de diputados kirguises, cubiertos con sus largas vestiduras de anchas mangas, y tocados con sus gorritos redondos que se colocaban con estilo peculiar sobre el occipucio, con sus cabellos negros y brillantes cortados en forma de melena, con sus altas botas de montar limpias y ajustadas como guantes, se hallaban agrupados tras las columnas del Gran Teatro de la Ópera, cuya fachada aparecía cubierta de grandes colgaduras rojas esperando el comienzo de la sesión del Congreso Panruso del Soviet. La fachada del Gran Teatro, con todas aquellas tiras de paño rojo brillante, parecía estar iluminada por las llamas de un monstruoso incendio. Una patrulla de soldados, con gorras de plato de corta visera y con uniformes de paño amarillo grisáceo, desfilaban por delante del «Hotel Metropol» hacia la desembocadura de la calle Petrowka.
Eran las primeras horas de la tarde: en el aire templado, donde el oro y el verde chocaban contra el azul del cielo, el sordo rumor de la multitud y el estrépito de los vehículos se confundían y aunaban, convirtiéndose así en un vago sonido como el que se escucha acercando el oído a una de esas grandes caracolas.
—Aquí llega nuestro tranvía —me dijo Tania al cabo de un rato.
Cuando subíamos a él, pude apreciar una de las piernas de mi acompañante: llevaba unas medias de seda, bastante remendadas aquí y allá, zurcidas con hilos de diferentes colores. Ya en la plataforma, Tania se volvió hacia mí, sonriendo con los ojos entornados: el sol le daba en pleno rostro. Me fijé luego en sus párpados, de color rosa, sombreados por una línea de color verde junto al nacimiento de las pestañas.

Apenas había el tranvía desembocado en la Ochotny Riad, donde antiguamente se hallara situado el mercado de caza, cuando súbitamente disminuyó su marcha con un brusco frenazo: varios grupos de trabajadores, a escasos metros de las vías, estaban agarrados, todos en fila, a unos gruesos cables de acero de los que halaban con visible esfuerzo, apoyándose fuertemente en las piernas y arqueando el busto.
—¡Ahó!, ¡vamos...! ¡Ahó!, ¡vamos!
Los obreros seguían la cadencia de las voces de mando, aunando así todos sus esfuerzos.
—¡Mira, mira! —me advirtió Tania agarrándome fuertemente por un brazo.
Los cables atravesaban la calle, tan ancha en aquel punto preciso como una plaza, subían luego, y terminaban aferrados a la cruz que se alzaba sobre una cúpula; una cúpula recubierta de ladrillos verdes de mayólica. La cruz oscilaba peligrosamente a cada nuevo estirón de los cables.
—¡Ahó!, ¡vamos...I ¡Ahó!, ¡vamos!
Los trabajadores pararon luego un poco, para cobrar nuevos alientos. Se restregaron fuertemente las manos y después, volvieron a la tarea. A los tirones, caían de vez en cuando los ladrillos de mayólica y se estrellaban contra el suelo, desde lo alto, con un golpe sordo, levantando, una pequeña nube de polvo. Muchos paseantes se habían detenido a contemplar el espectáculo. Los inevitables besprisorni jugueteaban por los contornos, bien llevándose los trozos rotos de los ladrillos, bien haciendo como que ayudaban a los obreros a tirar de los grandes cables o haciendo, en broma, grandes y exagerados aspavientos de pena al ver como, poco a poco, se iba estropeando aquella preciosa cúpula.
—Dicen que hay demasiadas iglesias en Moscú —murmuró Tania—; una a una las van deshaciendo todas.
Hablaba en voz muy baja, mirándome fijamente a los ojos. Se había inclinado ahora hacia delante para ver mejor la cruz que quedaba fuertemente iluminada por el sol. Se apoyaba así la muchacha con todo su peso sobre mis brazos.
El tranvía, entretanto, había logrado pasar del sitio en que se afanaban los trabajadores e iba llegando ya, poco a poco, a la calle Mokhovaia, que estaba totalmente repleta de gentes que iban y venían. Ya en ella, vimos en primer lugar, la Dom Sovietow y luego, más allá, el gran edificio de la Universidad de Moscú; a la izquierda, la sede de la Administración, donde en los días de la revolución había sido cortado el galope de los caballos a fuerza de ráfagas de ametralladora.
Tania me había acompañado también, algunos días antes, a visitar —en la Vosdvijenka— el Museo Central del Ejército Rojo y de la Flota, la casa del Atamán Rasunowski —hoy sede de la Comisión del Gosplan—, la iglesia del Monasterio Krestovosvijenski y el gran palacio del Mosselprom, orgullo de la arquitectura bolchevique.
Para aquellas visitas habíamos elegido un día en que el calor apretaba. Tania se fatigó pronto. Entramos, pues, en una heladería, llena por completo de estudiantes, de muchachas del pueblo, con sus cabellos recogidos en pañuelos rojos tipo serie, y de señores de aspecto aún ligeramente burgués, que resultaban algo ridículos en su intento de seguir vistiendo —con prendas ya totalmente ajadas— al estilo de los tiempos ya pasados.
La gente me observaba con extrañeza, con curiosidad, reconociendo en mí un extranjero.
—Me toman por un burgués —hice notar, con acento divertido.
Tania me respondió en un tono extraordinariamente bajo:
—Si supieras que yo, que no soy sino una pobre burjuica, me he visto tachada más de una vez de burguesa...
Y comenzó a reír nerviosamente; noté, incluso, que su mano temblaba. Aquella era la primera vez, con todo, que oía reír a Tania. Pero su risa me dio lástima, puesto que me hice cargo del desagradable fondo que había en cuanto acababa de decirme. Así, pues, acaricié su mano con cariño, tratando de tranquilizarla.
Y fue justamente en tal momento cuando un besprisorni —uno de esos muchachos abandonados que uno puede hallar a toda hora del día o de la noche por las calles de Moscú entregados a las más raras y extrañas ocupaciones (entre las que no falta, claro está, la del pillaje)— deslizó su mano cuidadosamente en el bolsillo de mi chaqueta. A pesar de todo su cuidado, me percaté inmediatamente de su maniobra. No había yo tenido aún tiempo casi de volverme y de agarrar al ladronzuelo por un brazo, cuando ya un obrero que se hallaba sentado en una mesa vecina a la nuestra se le había echado encima, propinándole al mismo tiempo un fuerte puñetazo. No puedo decir con toda precisión lo que ocurrió en tales momentos, puesto que, seguidamente, se organizó un auténtico alboroto. Pero una vez expulsado del local el ladronzuelo —quien se fue acusando bien claramente los efectos del golpe recibido— pareció volver la calma a la heladería: cada cual regresó a su puesto. Me creí obligado a dirigir una sonrisa de agradecimiento a aquellos hombres que, sin pedírselo nadie, habían salido en mi defensa y se habían ocupado así de librarme del pequeño pilluelo. Mas, súbitamente, Tania —que no se había unido a la barabúnda, sino que siguió sentada tranquilamente en su puesto— se puso en pie, palidísima, se acercó al obrero que pegara al muchacho y le dio una sonora y rápida bofetada en plena cara.
Quedé mudo de sorpresa ante aquella reacción tan inusitada. Por ende, no pude captar el sentido de las palabras con que Tania acompañó el golpe. El obrero se puso en pie y agarró a Tania por el brazo, más con ánimo de sujetarla que de hacerle mal alguno. El público volvió a arremolinarse en torno nuestro. Pude notar que todos ellos miraban a Tania con comprensión, como si entendieran y aprobaran la actuación de la muchacha. Tania decía entonces en voz baja:
—No debió pegarle: no es culpa suya.
Y lo decía en voz baja, muy baja, con aire de disculpa parecido al que emplean los niños cuando saben que han sido malos.
Todo el mundo, repito, se había puesto en pie formando un círculo alrededor de nuestra mesa. Yo me preguntaba aún el porqué del comportamiento de Tania y el porqué de aquel mudo asentimiento del público que llenaba el local. Me extrañaba igualmente la manera en que el obrero había recibido el castigo: parecía haber quedado avergonzado, corrido, ante los ojos de la concurrencia. Todo el mundo comenzó después a hablar en voz alta, rodeándonos cada vez desde más cerca, como si no quisieran perder ni un solo detalle de cuanto aún pudiera ocurrir. En medio de aquel ambiente de bochorno y de excitación, el obrero era el único, con todo, que parecía estar medianamente tranquilo: seguía inmóvil, la mirada baja, aguantando la curiosidad de que era objeto. Se trataba de un hombre de unos cuarenta años, pequeño y delgado, con barba cerrada y fuerte y una mirada dura y opaca. Levantó al fin la cabeza y miró fijamente a Tania.
—No se debe robar —dijo con voz ronca, mientras se levantaba lentamente.
Giró la vista a su alrededor y se dispuso a salir del local. Al hallarse a la puerta, dio de nuevo la vuelta, pareció recobrar ánimos, se encaró con la gente y, alzando el puño, exclamó con voz airada:
—¡Nadie debe robar!, ¿os enteráis?
Al decir esto, su mirada se había clavado fijamente en Tania. Continuó así algunos instantes y luego, definitivamente, salió del establecimiento dando un fuerte portazo.
Nadie había abierto la boca en aquel pequeño lapso de tiempo. Tania continuaba impasible. Pero cuando el obrero fijó en ella la última mirada, mi compañera trató de sonreírle tímidamente; pero lo único que logró, en rigor de verdad, fue hacer una mueca extraña: sus labios, incluso, habían perdido todo el color.
Creí que mi deber era separarla de allí, alejarla de aquel ambiente, procurando distraerla con nuevas cosas. Pasé un brazo en torno a su cintura y la empujé suavemente diciendo:
—¡Vamonos, Tania; vamonos de aquí!
—¿Acaso tienes miedo? —me respondió en ruso con acento brusco y enfadado—. No comprendes nada; no eres capaz de comprender nada. ¡No eres más que un pobre burgués!
Tras ello, se levantó y salió decidida a la calle, soltándose de mi brazo.

Aquellas palabras, más que enfadarme, me habían extrañado en grado sumo. No lograba yo comprender del todo la reacción de aquella chiquilla ni, mucho menos aún la frase que había pronunciado. Con todo y con ello, no creí prudente ni oportuno seguir insistiendo sobre tan desagradable tema. Pero luego, y ya a solas, traté muchas veces de analizar el significado de aquella escena. Quise comprender por qué un hecho que a mis ojos no tenía mayor trascendencia la había afectado tanto; por qué había castigado al obrero, que no tenía ni la menor culpa, y por qué, finalmente, me había llamado burgués e incapaz de comprender las cosas. Pero en tanto no supe toda la verdad sobre la vida de Tania fui absolutamente incapaz de hallar nuevas luces.
Todo ello, en aquel entonces, me hizo caer en la cuenta de lo poco que sabía yo sobre mi compañera. Comprendía, eso sí, que había algo en su vida que ella guardaba celosamente en secreto, algo que no quería decirme y que no estaba dispuesta a dejarme adivinar. Algo, por tanto, que yo tampoco debía investigar a fondo sino que debía respetar. Si la muchacha lo guardaba herméticamente, con auténtico pudor y celo, no era yo quien, en resumen, para tratar de averiguarlo.
Nuestra amistad se iba haciendo más fuerte y más sincera cada vez. Todas las mañanas la esperaba junto a la capilla de la Virgen de Iberia, a la entrada de la Plaza Roja, justamente bajo la inscripción que campeaba sobre el muro lateral de la Segunda Casa del Soviet de Moscú. Era un enorme cartelón en el que se leía, en gruesos y llamativos caracteres, la consigna: «La religión es el opio del pueblo.»
Tania aparecía siempre por la Nikolskaia y venía luego a mi encuentro sonriéndome. Era una criatura joven, ágil y llena de vida. A los pocos días pude ya notar que iba siempre ataviada con el mismo vestido; sin duda alguna, era el único que poseía. Se trataba de una blusa de algodón color paja y una falda azul turquesa con adornos en blanco.
—Vamos —me decía siempre al llegar, antes aun de saludarnos.
Juntos ya, recorríamos infatigablemente Moscú. Unas veces visitábamos un museo, otras una iglesia, una escuela, un club de obreros. Al mediodía hacíamos un alto en una stalovaia, uno de esos restaurantes populares que siempre, a tales horas, se hallan abarrotados de obreros, empleados y trabajadores de todas clases. Veíamos allí, también, estudiantes de los más diversos tipos y de las más variadas regiones: tártaros, armenios, caucasianos... Un conglomerado de oficios y de razas que daban así a tales restaurantes un ambiente extraño de mezcolanza.
Por la tarde, cuando ya Tania se fatigaba de caminar, entrábamos a tomar algo en alguna pastelería o bien nos instalábamos en algún cinematógrafo. Luego, cuando ya las luces de las calles empezaban a encenderse y cuando los grandes reflectores comenzaban a arrojar sus chorros de luz sobre la roja bandera que flameaba en lo alto de la cúpula del antiguo Senado de Moscú, hoy Palacio del Gobierno, situado dentro del amurallado recinto del Kremlin, llegaba entonces, indefectiblemente, nuestra separación. Tenía entonces que acompañar a Tania hasta la desembocadura de la Nikolskaia; quedaba yo allí en la esquina, viendo cómo la muchacha, mezclada con la multitud, iba desapareciendo lentamente, perdiéndose así de mi vista.
Nunca llegué a saber, ni tan siquiera, dónde vivía. No sé aún por qué, mas el caso es que en aquellos días comencé a sospechar algo. La calle Nikolskaia, tras atravesar la Kitai Gorod, iba a parar a la Plaza Lubianka donde se encuentra, como es harto sabido, la sede central de la GPU o Dirección Política de la Policía del Estado. Hubiera podido seguir a Tania cualquier día al separarme. No me hubiera sido demasiado difícil hacerlo, toda vez que esas calles se hallan siempre, a tales horas, lo suficientemente llenas de gente como para poder iniciar mi persecución sin mayor riesgo de ser descubierto. Pero no quise nunca hacerlo. Me parecía que ello vendría a ser algo así como una traición hacia aquella reserva que, fuera por lo que fuera, Tania se empeñaba en guardar. Por otro lado, había ya oído numerosas historias sobre determinadas muchachas dedicadas especialmente al trato con extranjeros.
Una mañana, al encontrarme con ella, le pregunté con aire de broma:
—¿De dónde vienes, Tania? ¿De la Lubianka?
Me miró fijamente a los ojos y me respondió con voz serena:
—¡Yo no soy una espía!
Lo dijo con un acento tal de sinceridad, que me sentí inclinado a creerla. Sin embargo, pude notar que durante todo aquel día mi compañera se halló un poco ajena a la conversación, un poco, quizá, preocupada.
Yo, mientras tanto, seguía haciéndome preguntas. ¿En qué trabajaba Tania? ¿De qué vivía? Lo único que sabía cierto, puesto que así lo había deducido anteriormente de sus propias palabras, era que Tania vivía sola en Moscú. ¿A qué se dedicaba entonces para poder vivir por sus propios medios?
—Estoy empleada en las oficinas de un teatro —me aclaró una vez cuando nos separábamos en la esquina de la calle Nikolskaia.
No le había preguntado nada al respecto. Tania, probablemente, había comprendido mis dudas y mis interrogantes.
—Trabajo allí solamente por la noche; y eso, no creas que es tan molesto como parece. Es sólo cuestión de acostumbrarse, ¿sabes?
Acepté su explicación sin querer ahondar más. ¿Qué derecho tenía yo para interrogarla ni para querer explorar su vida? Era un extranjero, un europeo: Europe, vieille canaille! Ningún extranjero, ningún «burgués», podrá llegar nunca a comprender el pudor que se encierra en estas pobres mujeres de la Rusia del Soviet, aun en las más simples de entre ellas, en cuanto se refiere a las miserias y a las dificultades de sus propias vidas.
Con respecto a sus modales, Tania parecía proceder de buena familia: incluso me atrevería a afirmar que de familia burguesa. Tendría, más o menos, unos dieciocho años. No había conocido, por lo tanto, la antigua Rusia. Pero, sin embargo, su perfecto conocimiento de la lengua francesa, su conversación y su modo de comportarse, dejaban ver, bien a las claras, que la muchacha había recibido, en otros tiempos, una educación bastante cuidada.
Se sentía feliz cuando podía demostrarme que no estaba aún «bolchevizada». (Recuerdo ahora que cada vez que la chica debía pronunciar esta palabra, «bolchevizada», hacía previamente esta pausa como si dudase, como si le costase trabajo sólo el pronunciarla.)
Siempre que había ocasión jugaba ante mí su papel de jeune filie bien élevée y, en tales momentos, disfrutaba sinceramente.
¡Pobre Tania! De pie, en la plataforma del tranvía, con su cabeza reclinada sobre mi hombro, pegado su costado al mío (le había yo pasado el brazo alrededor de la cintura), notaba que se confiaba a mí, apoyándose así como un niño lo hace cuando empieza a sentir cansancio o sueño. Sus ojos estaban entornados y respiraba muy lentamente, sonriendo a la par.
El tranvía, mientras yo recordaba todas estas cosas, había pasado ya del cruce de la calle Znamenka y comenzaba así a recorrer la vía Volchonka: numerosos grupos de estudiantes llenaban sus aceras, paseando calmosamente. Al pasar ante el Museo de Bellas Artes, pensé en los pintores italianos que tanta fama habían alcanzado, como Tiziano, Veronés, Reni, Caracci, Pietro da Cortona, de los cuales logré ver algunas de sus obras, días atrás, en el mismo corazón de Moscú.
Proseguíamos nuestra marcha; dejamos a la derecha la Universidad, atravesamos la plaza que se abre en torno a la catedral del Salvador —con sus cinco cúpulas doradas— y desembocamos en la vía Krapotkin, pasando así ante la casa construida por Domenico Gilardi y en la que ahora se halla un Museo; junto a ella, el Museo Tolstoi.
—Mira, ¡fíjate! —me dijo Tania.
El sol encendía con radiantes colores los campaniles de la iglesia de la Trinidad de Zubow.
La gente, en la parada, descendía del tranvía con aire apresurado. Eran gentes típicas del suburbio: mujeres con niños en brazos, obreros de barba hirsuta, proletarios de cortos y rapados cabellos, muchachos delgados y mal trajeados, con aspecto enfermizo. Me iba fijando en todos según pasaban a mi lado. Nuestro tranvía volvió a arrancar; pasamos luego por la Balsciaia Pirogowskaia, por la vía Zarizinskaia, ya en pleno centro del barrio Hamowniki que estuvo habitado, en tiempos de los zares, por los tejedores.
—Al final de esta calle —me explicó Tania— hay una vieja casa de madera en la que Tolstoi permaneció encerrado durante veinte largos años.
El vehículo, poco a poco, fue aminorando su marcha; pasó por delante de los pabellones del Policlínico y llegó a una pequeña plazuela. Terminaba allí nuestro viaje. Habíamos llegado, pues, a las inmediaciones del Nowodievici Monastir.
Tania caminaba con paso airoso y rápido por el sendero que asciende —flanqueado de árboles— todo a lo largo de las tapias del convento. Más que convento se diría que aquello era un auténtico fuerte, a juzgar por el tamaño de los muros de su cerca, por sus torres e incluso por su estratégica situación en la extremidad de aquella especie de península sobre la que se asienta el barrio de Hamowniki. Repasé mentalmente la historia de este famoso Nowodievici Monastir. Fue allí donde Boris Godunoff esperó ansioso el momento de ocupar el trono, donde la hermana de Pedro el Grande, Sofía, fue obligada a tomar los hábitos y donde, para celebrar tal acontecimiento, fueron ahorcados, en aquellos mismos árboles del jardín, más de trescientos strelzi que eran devotos partidarios de la citada hermana del zar. El espectáculo de aquellas gentes colgadas de los árboles, con sus lenguas desmesuradamente fuera, debió ser una escena de auténtica pesadilla. Hoy en día, sólo quedaban en aquel viejo convento algunas pocas monjas encargadas del cuidado del cementerio situado junto al ancho huerto. Se las veía, pequeñas, tímidas y como asustadas, siempre con las cabezas bajas como rehuyendo constantemente la mirada de las gentes. Se hubiera dicho, a juzgar por su comportamiento, que eran ciegas, sordas y mudas.
En los claustros, en las grandes salas, se hallaban alojadas, en el momento presente, numerosas familias de obreros y de empleados. Pero algunas otras salas y el refectorio habían sido conservados en calidad de museo. Las voces de los niños que lo poblaban resonaban extrañamente en aquel muerto caserón.
—Aquéllos son los Montes de los Pájaros —me indicó Tania haciéndome fijar en las colinas que se alzan a la otra orilla del Moscova.
El cielo, en aquel maravilloso día, lucía un color azul brillante; el aire, refrescado por las lluvias de primavera, olía a mil perfumes diferentes: a tierra mojada, a campo, a flores. Fuimos paseando por un pequeño camino que bordeaba la falda del montículo, llegando después hasta una zona de marismas situada ya junto a la misma orilla del agua. En aquel paraje, las pequeñas ranas se zambullían veloces en las aguas más profundas, asustadas por el ruido de nuestros pasos. Tania se echó a reír feliz y comenzó luego, como una auténtica chiquilla, a corretear por los contornos, gozando al ver la confusión que sus carreras producían entre aquellas tranquilas y asustadizas ranitas.
Camino adelante, llegamos hasta un terreno ya seco que se veía cruzado por la vía del ferrocarril. Un tren de mercancías sobre ella, se hallaba maniobrando, soltando furiosos bufidos de vapor desde su locomotora. Los vagones entrechocaban ruidosamente siguiendo los tirones y los frenazos de la máquina. A poca distancia de allí, en un alto, divisamos la pequeña estación de Vorobiowy Gory, una estacioncita típica de suburbio, montada como a caballo sobre la península.
La lengua de tierra parecía estar casi desierta en aquella hora. Tan sólo nosotros dos y, un poco más allá, dos muchachuelos que hacían agujeros en el limo buscando lombrices y gusanos con que cebar sus rudimentarias cañas de pesca. En aquel punto el olor agrio del limo deshacía por completo la pureza del aire. Cuando pasamos junto a ellos, los muchachos alzaron sus caras mirándonos con curiosidad.
Nuestro camino doblaba luego bruscamente a la derecha y desembocamos por él en una especie de paso subterráneo que salvaba, por debajo, una elevación del terreno. Dentro de aquella galería retumbaba como un trueno el rumor del tren de mercancías y sus pitidos se clavaban fuertemente en nuestros tímpanos.
A la mitad del pasaje, un pelotón de cosacos se cruzó con nosotros. Venían al trote, en dirección contraria a la nuestra. Los caballos pararon su carrera, bruscamente, asustados quizás al embocar la entrada de aquel pequeño túnel; se pusieron luego al paso con un andar nervioso y desconfiado. El sonido de sus cascos al chocar contra el duro suelo se multiplicaba por la resonancia y por el eco. Tania, pegada contra el muro para mejor dejarles pasar, alargó la mano, acariciando las ancas sudorosas de uno de los cuadrúpedos. Luego, riendo, se volvió hacia mí y me dijo algo que no pude yo entender a causa del ruido de las caballerías.
Uno de los cosacos, al pasar, se inclinó un poco sobre el arzón de su silla e hizo cosquillas en el rostro de Tania con un puñado de hierbezuelas que llevaba en la mano. Se enderezó después riendo feliz y contento como un muchacho.
No eran aquéllos los cosacos que todos aún recordamos, con sus impecables kaftanes, sus cartucheras cruzadas en equis sobre el pecho, sus amplias mangas y sus altos y típicos gorros de astracán. Eran ahora una nueva versión de los cosacos, vestidos con uniformes de paño color amarillogrisáceo y con gorras de plato de visera corta al estilo inglés. Todos ellos, unos muchachotes jóvenes, morenos y curtidos, de complexión atlética.
El ruido de los caballos y los rumores de las voces de los cosacos se mitigaron de golpe al salir, unos y otros, de la galería. El cosaco de las hierbezuelas se volvió sobre su silla, y dijo adiós a Tania con la mano, sonriendo aún abiertamente.
Salimos nosotros también del túnel y llegamos así a unas verdes praderas que contorneaban el camino. Éste, a partir de aquel momento, ascendía ya sensiblemente.
—Volvamos atrás —me pidió Tania.
Frente a nosotros se alzaban las colinas, recortándose sus perfiles en el nítido horizonte. Un viento ligero hacía moverse las hierbas de los prados.
—Volvamos atrás —insistió Tania, tirando esta vez de mi brazo.
Obedecí su petición. Los dos muchachos seguían ocupados, sobre el limo, en su búsqueda de gusanos. Caminamos en silencio por la orilla, hasta llegar de nuevo al Nowodievici Monastir.
Pasamos al cementerio del viejo convento, donde descansaba el famoso Salavioff y el escritor Chejov.
—Detrás de aquel muro, en el nuevo camposanto —me dijo Tania en un susurro— se hallan las tumbas de Scriabin y de Krapotkin.
Una monjita se movía silenciosa por entre las lápidas, sin levantar nunca la vista del suelo.
—Tengo frío —se quejó Tania.
Noté, a la vez, que un estremecimiento recorría su cuerpo. Pasé mi brazo por sus hombros y la apreté contra mí. Se desasió bruscamente y me miró con enfado, sin decirme ni una sola palabra.
Entramos luego en el recinto, sentándome yo sobre unas piedras; pues empezaba a sentirme fatigado. Tania me esperó en pie sin protestar. Permanecimos así, inmóviles, algunos instantes. Luego, reanudamos la marcha. No sé aún por qué, hicimos un alto, en determinado momento, junto a un sepulcro. En su lápida leí el nombre de Von Meck, y tal apellido me hizo recordar a aquel Director General de los ferrocarriles soviéticos que terminó sus días ante el pelotón de ejecuciones de la GPU.
—Tengo frío —insistió Tania con voz quejosa.
Miré a su cara y ella entonces trató de ocultarme sus ojos, rehuyendo mis miradas, a la vez que ponía sus manos entre las mías. La atraje hacia mí, haciendo que apoyase su cabeza en mi hombro. Luego, muy suavemente, rocé con mis labios sus cabellos, su cara y, finalmente, el contorno de su boca.
—Quisiera que todo siguiese así, como ahora, ya para siempre —me dijo ella levantando su cabeza y tratando de sonreír. Pero sus ojos, entretanto, continuaban llenos de lágrimas.

Fue algún tiempo después cuando pude yo, al fin, comprender la razón de los súbitos cambios de humor de Tania, de su orgullosa sensibilidad, de su impaciencia y, en dos palabras, de su extraño proceder manifestado en tantas y tantas ocasiones. La muchacha nunca me había concedido, hasta aquel entonces, nada más que sonrisas; incluso sus confidencias, sus rarísimos abandonos, su fantasía y sus inquietudes, tenían siempre un fondo de rencor y de sospecha. No se podía decir, a fuer de sinceros, que lo nuestro fuera un auténtico amor. Pero tampoco podía afirmarse que fuera meramente una simple amistad. ¡Cuántas veces había yo leído en su mirada algo así como un fondo de tristeza, de anhelo, que me hacía presentir la existencia de un auténtico cariño! Tania, ya lo había yo notado, presentaba ante mí el papel de jeune fille bien élevée. Mas a pesar de todo, seguía yo persuadido de que Tania era sincera, absolutamente sincera, cuando me cogía cariñosamente por el brazo.
Los dos pasábamos juntos muchas de las horas del día. Y durante todo este tiempo, Tania parecía estar viviendo una vida de ficción. Trataba, indudablemente, de seguir comportándose al estilo de una época que ella no había llegado a conocer (era apenas una chiquilla cuando la sorprendió la revolución), de una vida que ella, sin embargo, presentía o incluso notaba en su propio espíritu a través de su herencia. Se veía, cuando llegaba a mi lado, cómo cambiaba súbitamente y cómo, a partir de tales momentos, empezaba a representar su papel de señorita refinada, de señorita de la época anterior a la gran tragedia.
Parecía tener a orgullo esto de poder demostrar a un extranjero que, aun en medio de aquella ruina del mundo moral y social, de aquel estado caótico al que ella, quisiera o no, pertenecía, se había sabido conservar simple y honestamente burguesa y que no estaba, por consiguiente, nada «bolchevizada» como se decía en aquel entonces. Hacía gala de poderme demostrar que en la Rusia proletaria en la que la revolución había tirado por tierra todos los valores morales y sociales, todos los principios y todos los prejuicios, era aún posible hallar une jeune fille bien élevée, criada y formada en el seno de una familia de las que aún conservaban tales principios, prejuicios y tradiciones.
El caso concreto es que tales mudanzas y tales reacciones, incomprensibles las más de las veces, me hicieron preocuparme por ella e incluso entrar en sospecha. Lograba entrever que algo había en Tania; algo que había de ser, sin duda, la clave de sus bruscas e impensadas reacciones, de sus cambios de humor y de sus agrios comentarios. Sentía yo que una sorda rabia, un auténtico rencor, turbaban a mi compañera.
Como todas las muchachas de la Rusia de aquellos días, como toda la juventud criada en tan trágico ambiente, no creía —no podía hacer profesión de fe al menos— en las teorías burguesas de tiempos pasados. Y, sin embargo, cuando estaba en mi compañía, parecía estar cohibida, sujetando sus reacciones, a fin de vivir conmigo, a mi lado, unos días que estuvieran en un todo de acuerdo con aquel mundo moral y burgués que si bien ella no llegó a conocer, debió haber sido el propio de sus mayores; un mundo en el que, a juzgar por todo ello, deseaba Tania fervientemente haber vivido. Así, quizá, podría explicarse aquel empeño ciego en representar tal farsa e incluso aquella rabia latente que parecía existir en el fondo del espíritu de la muchacha.
Tania era un típico producto de la revolución. Su aspecto, nada fuerte, hablaba bien claramente de las penurias pasadas en la edad crítica de la niñez. Sentía envidia de un mundo —el de ayer— donde existía toda una serie de cosas, de ideas y de principios que ella, aun sin haberlo vivido, añoraba. Pero su orgullo le impedía manifestarlo claramente. No obstante, a través de sus reacciones más simples, cuando jugaba a la «gran señora», era fácil comprenderlo, incluso para un observador —como ocurría en mi caso— apasionado.
No puedo explicar, por más que quiera, el acento tan extraño con que acogía mis más simples e inocentes comentarios sobre las cosas o las personas de la Rusia revolucionaria. Un día, por ejemplo, habíamos ido juntos a visitar el mausoleo de Lenin, erigido en la Plaza Roja, situado al pie mismo de las murallas del Kremlin.
El cuerpo embalsamado de Lenin se hallaba dentro de la gran urna de cristal, a pocos pasos de donde nosotros nos habíamos detenido. El rostro del omnipotente dictador ruso, tremendamente pálido, acababa en una pequeña barba rojiza. Entre la lógica palidez y el deslumbrador efecto de las luces, se hubiera dicho más bien que era una máscara de cera en lugar de un auténtico rostro humano.
—Pensaba yo, a juzgar por los retratos que he visto, que Lenin tenía negra la barba —observé en voz baja.
No creí, sinceramente hablando, haber dicho nada inconveniente. Mas, sin embargo, Tania me miró de soslayo, con una auténtica expresión de enfado.
—¡Cuidado con tus palabras! ¡Con todo y estar muerto, puede aún quitarte a ti tu burguesa vida!
Me dejó perplejo la reacción de la muchacha. Volvió entonces a mi memoria, por una asociación de ideas, el episodio del besprisorni y el comportamiento de Tania para con el obrero que pegó en tal día al ladronzuelo. Recordé también que en el cementerio del monasterio, y al estar yo haciendo algún comentario sobre el fusilamiento de Von Meck, me permití decir, de pasada, algo sobre el terror que en toda Rusia inspiraba el solo nombre de la GPU. Entonces, Tania me cortó en seco:
—¡Sólo los traidores tienen miedo a la GPU!
Después, me volvió bruscamente la espalda y caminó en otra dirección, alejándose de mi lado.
Creí, francamente, que aquellas palabras habían salido de su boca por la sola acción y efecto de la educación política que, quieras o no, recibía en plan intensivo toda la juventud de las Rusias. Recordé también, en contraposición, cómo los ojos de la chiquilla se llenaron de lágrimas cuando pasábamos por entre las tumbas del Nowodievici Monastir. Alguna relación muy íntima debía haber, pues, entre aquel secreto que tan cuidadosamente guardaba y, por otro lado, la pureza de sus lágrimas.
Aquella misma tarde, al regreso ya de nuestra excursión al Nowodievici Monastir, y tras haberla acompañado como era de costumbre a la esquina de la calle Nikolskaia, me dirigí ya solo hacia el Teatro de Stanilawski, donde representaban una comedia de Bulgakoff llamada Los días de la familia Turbin.
Entré en él; el teatro se hallaba completamente abarrotado del más diverso público. Había allí obreros, empleados, muchachuelos de cabellos rapados y con camisetas de vivos colores, miembros de los Komsomolzs con sus uniformes, luciendo todos una expresión fiera y taciturna en sus semblantes; se veían también soldados de las distintas Armas y hasta algún que otro representante del campo cercano a la capital.
Hacía calor; un olor agrio y compuesto salía de toda aquella muchedumbre.
En los entreactos, salía el público fuera de la sala a fumar sus cigarrillos. Los vendedores de limonada circulaban entre los grupos anunciando su mercancía.
Al final del último acto, cuando se empezaban a oír las notas de La Internacional y cuando, por tanto, junto al umbral de la casa de los Turbin resonaba ya el paso cadencioso de las victoriosas tropas rojas que entraban en Kiev, gané la salida presuroso para evitar las aglomeraciones y me dispuse, fuera ya, a regresar calmosamente hacia mi alojamiento, paseando por la plaza Sverdlow.
Había comenzado ya a caer la noche; una noche clara y serena, típica del Norte, que continuaría así sin oscurecerse ya más, hasta la llegada del alba. Las calles estaban iluminadas profusamente por aquella zona y mucha gente paseaba aún por sus aceras.
Iría yo por la mitad de la Theatralny Proiesd, la amplia vía que conduce, a lo largo de los muros de la Kitai Gorod, desde la Plaza Sverdlow hasta la Plaza Lubianka, cuando vi un grupo de gente que se hallaba detenido en la esquina de la calle Rojdestvenka, haciendo un corrillo junto a la entrada de una stalovaie. Se empinaban todos sobre las puntas de sus pies para poder ver mejor, y a juzgar por sus expresiones y por sus comentarios, algo muy chusco o muy divertido debía estar ocurriendo allá dentro. Alguien, en el interior de la stalovaie, cantaba acompañándose por algún instrumento de cuerda y su voz se mezclaba con toda una serie de airados gritos y denuestos. La gente coreaba con sus risas tales chillidos.
—¿Qué pasa ahí dentro? —pregunté a un vendedor de cigarrillos que ocupaba un lugar preferente en el corrillo, pero que se salió finalmente de él, temeroso de que con las apreturas sufriese algún desperfecto la caja que con tabacos y cerillas llevaba colgando del cuello.
—Son dos prostitutas que se están peleando —me contestó con la risa aún bailándole en los labios.
Aprovechando la salida del vendedor callejero, pude hacerme un pequeño lugar en medio del grupo. Alzándome yo también de puntillas logré divisar el interior del establecimiento. Vi así cómo dos muchachitas se peleaban airadas, llamándose las peores cosas con voces enronquecidas por la rabia.
—¡Tania! —grité.
Al oír su nombre y, sobre todo, mi voz, se volvió rápida la chiquilla, dando la espalda a su adversaria. Pude ver así su cara, pálida como la de una muerta.
—¡Tania! —volví a llamarla.
Pero Tania alzó un brazo como queriendo protegerse de mí y, con una voz y un acento que jamás lograré olvidar mientras viva, me gritó desesperada:
—Bourgeois! Bourgeois, tu ne comprends rien, bourgeois!
Desapareció luego en el interior mientras la muchedumbre acogía sus voces y sus gestos con un clamor de roncas risotadas.


HISTORIA DEL CABALLERO DEL ÁRBOL

Su padre, Samuel hijo de Jacob Baumritter —que en lengua teutona quiere decir Caballero del Árbol— había llegado a Italia, desde Polonia, cuarenta años antes, llevando por todo bagaje su oficio de óptico o anteojero, como en aquel entonces se decía, un enorme amor por la filosofía, a la manera de Spinoza, un cariño desmedido por las ganancias seguras y sin riesgo y muy poquitos rublos de oro en el fondo de los bolsillos del tradicional gabán negro. Al verle tan barbudo, tan suspicaz y desconfiado, e incluso tan eternamente resentido, los buenos papistas de Bruselas y de Saint-Jean-en-Gréve le hubieran tomado, ciertamente, por un determinado hebreo que, al decir del Patriarca de Ferney, había sido sorprendido un buen día partiendo con un viejo cuchillo una hostia de la que así hizo brotar la sangre. Pero en Italia no se da demasiada importancia a ciertas cosas.
Llegado a Roma cuando la Brecha de Porta Pía había dado ya una salida o escape a la gran aglomeración del ghetto y cuando ya habían desaparecido las amarillas hopalandas del Campo de las Flores, Samuel, padre del Caballero del Árbol, se sintió renacer en aquel ambiente liberal, entre aquel buen pueblo romano que pasaba su tiempo libre haciendo el amor o entregándose a tratar con mimo a los buenos jarros de Montefiascone, y todo ello siempre a la perpetua gloria de la famosa Ley de Garantías. Pero no es ahora el caso de relatar minuciosamente la historia de nuestro barbudo anteojero, puesto que, a mi juicio, todas las historias de judíos, como todos los cuentos que sobre ellos tratan, son absolutamente similares. Como quiera que en estas vidas no solemos hallar lances y aventuras, sino compras y ventas, créditos y réditos, ocurre así que en ellas de lo único que se podría hablar, propiamente, es de la aritmética en lugar de la historia.
Diremos, por tanto, a manera de resumen, que el padre del Caballero del Árbol, gracias a su tradicional habilidad en el tallado de lentes, gafas y anteojos, logró cambiar, en el transcurso de pocos años, los escasos rublos que llevara al país por abundantísimas liras de plata; sobre esto, logró hacerse también una sólida reputación de hombre honesto, trabajador y astuto, experto además en toda clase de tráficos, intrigas y embrollos. Pero sobre todo, aunque parece innecesario decirlo, su especialidad principal era la de olfatear, a enorme distancia, las ganancias fáciles y no demasiado trabajosas. Así llegó un buen día en que nuestro anteojero podía ya mirar el calendario sin la menor preocupación y pensar por tanto en su vejez, con la tranquilidad de los justos y de los hacendados.
Transcurrió algún tiempo. Samuel, padre de Isaac, se fue dando cuenta gradualmente de que iba perdiendo paulatinamente la fiereza de su tradición talmúdica: sus ardores doctrinales se iban convirtiendo en simple rescoldo. Sucedía, incluso, que no observaba ya, con el acendrado escrúpulo de otros tiempos, las leyes de Moisés ni los consejos de los profetas. Tampoco guardaba demasiado celosamente todos aquellos ritos que sus ascendientes le habían enseñado. Iba, pues, así, poquito a poco, haciéndose menos hebreo cada vez. El único consuelo que el hombre hallaba en tal cuita era la seguridad de que si era un mal judío, al menos, como él decía, no era aún tampoco un auténtico cristiano. Las crisis de conciencia —¡rara cosa!— van siempre acompañadas, cuando el sujeto es un hebreo, de una especie de obsesión racional a través de la cual buscan una justificación, un cálculo o un beneficio. Pero esto no es cosa demasiado fácil de conseguir, salvo que el protagonista se halle francamente empeñado en dejarse convencer a sí mismo, en cuyo caso no es grave problema el encontrar la fórmula conciliadora. Con todo y con ello, no seré yo el primero en culpar al padre del Caballero del Árbol por no haber sabido aprovechar su crisis de conciencia para aportar, tan siquiera, algún nuevo elemento al «panteísmo geométrico» del filósofo Spinoza; me contentaré con decir que, al fin, nuestro hombre logró vencer sus escrúpulos talmúdicos e incluso halló modo (y esto no se sabe aún si fue el efecto o si fue la causa) de abrirse un huequecito entre los miembros de la corte del Vaticano, llegando a entrar en ella gracias a la recomendación y a los buenos oficios de un prelado que ocupaba una posición muy allegada a la del heredero del «hebreo» San Pedro. (Tan irreverente adjetivo calificativo es de la propia cosecha de Samuel, quien, dicho sea de paso, lo encontraba reverente a más no poder.) Le favoreció en su subida el hecho de que era tradicional que los joyeros, médicos y ópticos de la corte pontificia fueran judíos en su mayor parte.
Aun a pesar de ello, no resultaba fácil para un circunciso el abrirse camino por entre la corte de la Cabeza de la Iglesia. Si bien se le aceptaba por sus servicios, no era fácil conseguir un trato donde su condición religiosa fuese olvidada. El buen hombre comprendió, pues, que debía hacer algo que testimoniase su agradecimiento e incluso su adhesión. Y en tal estado de ánimo, con tales propósitos en mientes, llegó el día en que Samuel Baumritter se vio padre de un hermoso primogénito. ¿Debería mantener al recién nacido en sus tradiciones familiares y de raza o, por el contrario, debería aceptar el consejo de su prelado benefactor, bautizando al niño y dándole entrada de esta forma en el seno de la Iglesia Católica?
Esta horrible duda le tuvo despierto toda una larga noche. Pero las crisis de conciencia de nuestro buen Samuel nunca llegaban a durarle demasiado rato: tras dar vueltas y más vueltas al problema en su cabeza, llegó a una conclusión conciliatoria que, nada más ocurrírsele, ya le pareció, a él mismo, la maravilla de las maravillas; iba, de esta guisa, a respetar la tradición familiar imponiendo al hijito un nombre de antigua resonancia hebraica, de la más pura solera, y, al mismo tiempo, a salvaguardar los beneficios de su cargo recién logrado, y a pagar su deuda de gratitud, bautizando al pequeñajo.
Tan magistral idea venía a ser algo así como un puente que uniera y ligara al mismo tiempo al Antiguo con el Nuevo Testamento.
Pasaron largos años y llegó así la fecha en que Samuel, tras una corta agonía, fue a reunirse con sus mayores. Nuestro Caballero del Árbol quedó, pues, huérfano. Mas como quiera que su padre, al morir, le dejó una cuantiosa fortuna y unas amistades que podían valerle de mucho, no era el caso, como vemos, del huerfanito desamparado. No. Ni mucho menos.
Mas ocurrió que, aun a pesar de tales valores y de tales apoyos, nuestro Caballero era francamente el más infeliz de los mortales. El contraste entre el fondo hebreo de su sangre y su improvisada educación cristiana, producía en él un continuo desequilibrio que nada lograba mitigar. Sería mentira afirmar que nuestro hombre sintiese repugnancia por su propio y actual estado, tan distinto en un todo del de su pobre padre. Lo que ocurría, sencillamente, es que no lograba en su propio ser un auténtico equilibrio estable. Su educación era cristiana, pero su instinto era hebreo al ciento por ciento: su conciencia de bautizado le decía blanco cuando su herencia, sus instintos más soterrados, le decían negro. Y así hasta ciento. ¡Ah, si al menos él lograse hallar alguna fórmula que le diera el escape, la salida, a aquella continua contradicción que se debatía, día tras día, en su propio espíritu...!
Su inteligencia también tomaba buena parte en todos estos líos y dificultades. Voltaire fue quien, en primer lugar, le hizo sospechar sobre la certeza de muchas cosas en las que los suyos habían creído, siglo tras siglo, a pies juntillas. El sarcasmo de tal hombre contra los hebreos, sus chistes e irónicos comentarios sobre las edades respectivas de Abraham y de su mujer Sara (la jeune Sara avait quatre-vingt-dix ans, selon l'Écriture, quand Dieu lui promit qu'Abraham, qui en avait alors cent soixante, lui ferait un enfant dans l'année), sus maliciosos comentarios a propósito de la circuncisión, del infierno de los hebreos, de las viandas de Ezequiel (le Seigneur lui ordonna de manger, pendant trois cents quatre-vingt-dix jours, du pain d'orge de froment et de millet, couvert de merde) no le disgustaban en modo alguno. Al joven le agradaba el buen humor, el desenfado de los católicos, frente a la habitual seriedad, a la tenebrosa seriedad del pueblo judío.
Mas en otras ocasiones, cuando leía u oía ofensas contra el pueblo hebreo, se sentía enrojecer de ira, sintiendo que tales insultos caían sobre su padre, sobre sus abuelos, sobre toda su raza. En dichas ocasiones mudaba la decoración. Se sentía despegado así del Nuevo y pasaba a respetar el Antiguo Testamento. La fuerza de su sangre judía afloraba a la superficie y entonces él adoptaba un aire descaradamente hebreo aun sin proponérselo. Era la tradición que se adueñaba del presente. Algo misterioso se movía en el fondo mismo del muchacho y sentía éste una especie de vergüenza por aquella tradición involuntaria a su clan, a su raza en pleno. Se consideraba a sí mismo como un auténtico renegado y comprendía que mientras tal estado de cosas continuase no podría nunca hallar la satisfacción ni la paz del espíritu que buscaba. Hacía falta, por consiguiente, establecer ahora un auténtico y firme contacto con la tradición hebrea de su familia.
Vino a ser una especie de revolución o, mejor dicho, una restauración religiosa la que el Caballero del Árbol se dispuso a llevar adelante. Pero la lucha había de ser dura, por cuanto si bien era cierto que pesaban en su ánimo muchos siglos de tradición talmúdica, no lo era menos que el buen hombre se hallaba ya encariñado también con las prácticas católicas, con su fe, su esperanza y su caridad, que tan buenas armas son para pasar los difíciles tragos de la vida.
Mas el caso es que sus amistades judías acabaron de vencer sus recelos y así fue como el Caballero se decidió a abrazar de una vez todos los ritos y creencias de sus ascendientes. Lo que no sabían tales consejeros es el dolor que, en algunos momentos, tal decisión producía en el alma del religioso por ambos bandos. Para acabar con todas aquellas flaquezas, para llevar a buen fin su propósito, le aconsejaron hacer un viaje al lejano país del que procediera su padre, para establecer así, en verdad, un contacto íntimo y directo con aquellos otros seres de su familia que llevaban la misma sangre. La idea le pareció de perlas, de modo y manera que el Caballero del Árbol se dispuso para partir hacia Polonia, orgulloso ya de su misión, de su familia y procedencia e incluso de la fe que ahora así abrazaba.

Es lícito suponer que la Viena de la Antigüedad, asediada de cerca por los turcos, debía estar tan abarrotada de gente temerosa, de gente evacuada de otras regiones, como lo estaba justamente Varsovia bajo la amenaza de las tropas bolcheviques. El miedo, el más desesperado miedo, era fruto de la temporada en aquel agosto del año mil novecientos veinte. Por las calles, desfilaba una interminable procesión de gentes, de las más diversas estofas, que venían huyendo de los rusos. Traían sus bagajes, lo poco que habían salvado en su huida, a hombros, en pequeños carritos, o medio arrastrándolo ya por el suelo, bajo el efecto del agotador cansancio. Los soldados se entremezclaban con esta población en éxodo; los campesinos traían del ronzal su ganado: uno arreaba una cabra, el de más allá una vaca... Y tan siniestro y trágico desfile iba acompañado de un rumor sordo, compuesto por el llanto de las mujeres y de los niños, por las roncas voces de los hombres, por los gritos de los soldados que pedían paso libre y hasta por las respectivas voces de las bestias, asustadas ante aquel tropel de gentes alocadas. No faltaban también otras voces humanas, que sobresalían del conjunto, rezando a gritos al buen Dios de Polonia. Al pasar ante las iglesias, algunos trataban de arrodillarse para rezar de nuevo. Pero pronto, ante el empuje de los que les seguían, debían alzarse en pie y continuar su agotadora e ininterrumpida marcha. Era un éxodo propio de los pinceles de un Miguel Ángel. Frente a la iglesia donde se custodiaba el corazón de Chopin, una inmensa multitud se hallaba, rodilla en tierra, rezando a coro, en voz alta, las plegarias con las que pedían la tranquilidad, la paz y la salvación de su patria. Había allí de todo: enfermeras, soldados heridos, trabajadores, mujeres, niños, campesinos, hombres del campo y de la ciudad: un inmenso conglomerado de gente con el denominador común del pánico.
De vez en cuando cruzaban las calles algunos piquetes de soldados armados que iban custodiando grupos de bolcheviques prisioneros. Iban éstos con sus ropas destrozadas: unas guerreras de color rojizo, unos pantalones como de tela de saco y con sus rostros de un color verde espinaca, quizá por el hambre, quizá por el miedo. La gente, al ver así el motivo de su odio y de su pánico, se apiñaba a su paso y los amenazaba con puños y palos, llenándolos de improperios. Los presos trataban entonces de andar más de prisa para escapar de la multitud encolerizada. Los mismos soldados de la escolta, temerosos del fin de sus custodiados, apretaban también la marcha, abriéndose paso, a viva fuerza, por entre la gente que trataba de cerrar el círculo. El miedo de las gentes se iba trocando así, poco a poco, ante la presencia del enemigo vencido, en ese valor tan discutible que siente la masa cuando comprende que es más poderosa: el pánico que sentían ante la amenaza del ejército enemigo, se transformaba en matonería frente a aquellos pocos prisioneros desarmados y desmoralizados.
Mientras tanto... No puedo evitar conmoverme pensando en el estupor, en la sorpresa y en el miedo que estaba pasando en tan críticos momentos el Caballero del Árbol. Él no había ido para encontrarse con aquel espectáculo de Apocalipsis. Fue hasta aquel lejano país a unir unos vínculos familiares. Pero ¡ah!, la decoración era bien distinta de lo que él suponía. Había caído de hoz y coz en medio de una ciudad casi sitiada, se había mezclado por tanto en la barahúnda de un pueblo prisionero del miedo y de las calamidades de la guerra.
Nuestro hombre comenzó a maldecir su propia suerte, y, sobre todo, la hora en que se le ocurrió tan inoportuno viaje. Hasta los alimentos eran difíciles de hallar en aquella Varsovia acongojada. Así, pues, se dijo que a la menor oportunidad, dejaría la ciudad encaminándose hacia Lomza, donde esperaba encontrar a un hermano de su padre; en tal decisión influía también el hecho de que aquella villa estaba más alejada, en aquel entonces, de los teatros de operaciones.
Mientras que el día ansiado llegaba, Isaac Baumritter pasaba sus horas en el ghetto del barrio de Nalewki, mezclado en todo momento con aquel pueblo que se llamaba a sí mismo «el elegido de Dios». Hablando en plata, ¡qué brusca sorpresa, qué enorme desilusión vino a sufrir el pobre Caballero del Árbol! El solo pensamiento de que si el buen viejo Samuel, su padre, no se hubiera decidido en aquel remoto entonces a partir hacia Italia con sus lentes, sus utensilios de trabajo y su valor, hubiera él nacido y vivido en aquel sórdido ambiente, le ponía los pelos de punta. Aquella gente raquítica y barbuda, aquella aglomeración de tipos de mirada huidiza y desconfiada, le repugnaba físicamente. Por eso, al asaltarle tal idea, al pensar en el acierto de su padre, un suspiro le brotó de lo más hondo del pecho. «¡Qué satisfacción, qué suerte la mía!» No le faltó, pues, aunque él no lo dijera o no lo quisiera decir, sino felicitarse también a sí mismo por el hecho de ser cristiano. Pero luego, después, cuando llegaba la reacción, consideraba que tal felicitación, por muy en mientes que hubiera sido hecha, era un auténtico insulto para su propio padre, para sus abuelos, para toda su genealogía en pleno. Con tales ideas, se hacía el hombre un auténtico embrollo y acababa, incluso, teniendo fiebre. Corría a refugiarse en su habitación, nada lujosa ni higiénica por cierto, se miraba en un espejo y, ya pasado el difícil trance, se complacía fijándose en sus facciones. Analizaba su nariz enjuta y afilada, el tono oliváceo de su piel, sus negros cabellos. «Soy verdaderamente un clásico tipo hebreo —se decía—; bautizado, sí, ¡pero hebreo!» Y luego quedaba sonriendo con una mueca difícil, puesto que estaba motivada aquella especie de sonrisa, por un no menos difícil interrogante: por el problema de que no sabía aún, a ciencia cierta, si de lo que tenía en realidad que alegrarse era de lo uno o de lo otro: de haber sido bautizado o de ser un prototipo de hebreo. ¡Qué confusión se armaba entonces en la mente del inconsecuente Caballero!
Llegó incluso un día en el que estuvo tentado de largar sus problemas por la borda y dejar la solución del enigma para más propicia ocasión. Un día en que, como verán ustedes, casi, casi, se decidió a caer la balanza de un solo golpe, hacia un lado ya bien definido.
El motivo fue bien simple. Se hallaba el Caballero paseando por el ghetto cuando, súbitamente, estalló en las cercanías un enorme griterío acompañado de carreras, portazos y escándalo sin cuenta.
Aullidos de mujeres asustadas, carreras de la chiquillería, cierre hermético de puertas y ventanas... ¿Qué pasa? ¿Qué pasa? Todo el ghetto estaba alborotado y, lo que es peor, asustado.
Escondido en el amplio quicio de una puerta, el Caballero del Árbol pensó, en primer lugar, en las hordas comunistas invadiendo la ciudad y por consiguiente, el mismísimo ghetto. Tras el asedio, la ocupación; luego, inevitablemente, el saqueo y las matanzas. Notó que un frío estremecimiento recorría, con velocidad de relámpago, su espina dorsal.
Mientras pensaba en tan desagradable tema, una horda pasó junto a él por la calle. Una horda que aullaba como si estuviera compuesta por posesos. Cerró los ojos fuertemente para no verla; pero sentía sus voces y los palos que, al pasar, iban sacudiendo sobre las cerradas puertas y ventanas. «¡Ahora caeré yo!», pensaba el aterrorizado judío.
Mas cuando el pobre hombre se atrevió a entreabrir los ojos, vio con asombro que no había tal horda bolchevique. Era una innumerable partida de muchachillos, de chavalones, que, armados de bastones, estacas y de banderitas polacas, blancas y rojas, recorría las calles del ghetto sembrando la consternación y el desconcierto. Cambió la escena en la imaginación del Caballero. «¡Un pogrom!», pensó inmediatamente. Y esta idea, tan desagradable como la anterior, le hizo cerrar los ojos de nuevo, bien fuertemente. Que se tratase de estudiantes polacos o de cosacos rusos, ¡el fin, si no había mucha suerte, podía ser el mismo! Bueno, podía ser para los demás, claro está. Puesto que él, en aquel crítico instante, comprendió que el hecho de estar bautizado debería ser su suerte, su salvación ante los enfurecidos muchachos. El agradecimiento que experimentó hacia su sino fue tan intenso que el pobre comenzó a temblar como un azogado, mas ya no de miedo, sino simplemente, de puros nervios por la tensión mantenida. Y en aquel histórico instante estuvo a punto, o casi a punto al menos, de renegar por segunda vez de la fe de sus mayores y de separarse para siempre de aquellos ghettos insalubres.
Otra idea sacudió su imaginación. «¡Pero tengo una típica estampa de judío! ¿Me podrá alguien creer ahora si yo afirmo lo contrario?» Nuevo escalofrío y nuevos sudores. Nuestro hombre estaba cerca de caer por tierra fulminado por el rayo del miedo.
En tanto, los gritos se iban alejando y otra vez la paz y el silencio caían sobre el barrio hebreo. Salió Isaac tímidamente de su escondite y fue calle tras calle, hacia su alojamiento, con mirada asustada y casi agonizante. Mas al sentir que ningún peligro rondaba ya por las cercanías, que todo había terminado sin que la sangre corriera por los suelos, su fe de judío fue saliendo de nuevo a flote, al igual que un conejo vuelve a asomar las orejas cuando sabe que los perros ya han pasado, y comenzó así a arrepentirse de su desfallecimiento, de su falta de fe y de su desconfianza.
Al llegar a la casa preguntó:
—¿Qué ha pasado? ¿Qué ha sido eso? ¿Ha habido muertos?
Otro judío le miró impasible, con aire casi conmiserativo:
—No ha pasado nada; una travesura de colegiales que querían asustarnos. Y los judíos, sábelo, ¡no morimos jamás!
El Caballero del Árbol quedó atónito, avergonzado y sorprendido ante aquella revelación de su propia inmortalidad, de la que tan poquísimo seguro estuviera escasos minutos antes.

Mientras en el ghetto ocurrían todas las cosas que acabamos de dejar relatadas, en los barrios cristianos una inmensa columna de gente recorría las calles en procesión, siguiendo, enfervorizada, a la imagen de la Virgen, implorándole a grandes voces que salvase a Polonia de las hordas invasoras.
Era, justamente, el día 15 de agosto, día de Santa María. El rugido de los cañones envolvía la ciudad. El Ejército rojo del hebreo Trotsky se hallaba ya en las inmediaciones de Radzimin, a veinte kilómetros tan sólo de los suburbios de Varsovia. Cuando la procesión desfilaba por la desembocadura de la calle Karowa, abierta junto al Vístula, todas las gentes volvían la cabeza mirando a lo lejos, más allá de las últimas casas, tratando de divisar, en la lejanía, los resplandores de la batalla. Las voces, aunadas, repetían sus oraciones. Sancta Maria, ora pro nobis. Y el murmullo de los fieles lograba apagar, a veces, los ecos de los cañones.
La Virgen del mes de agosto, reina de Polonia, respondiendo a las enfervorizadas oraciones, había enviado al general francés Weygand, su devotísimo hijo, a rechazar las huestes del judío Bronstein, más conocido por su nombre de guerra Trotsky.
Cuando, por la tarde, llegaron a la ciudad las primeras noticias de la victoria, la multitud fue presa de un auténtico delirio: en las calles, en las iglesias, en todas partes, la alegría era tal que parecía una población habitada por auténticos locos. Se encendieron grandes hogueras conmemorativas en todas las plazas y plazuelas. Los soldados eran acogidos como auténticos vencedores; las estatuas de los héroes del país se volvían a coronar de laurel; algunas bandas militares circulaban también por la ciudad atronando los aires con sus marchas y con sus músicas marciales.
En cuanto al Caballero del Árbol, la verdad es que se alegraba de todo corazón de aquella gran victoria de la Virgen de Agosto, Reina y Señora de Polonia. La alegría de las campanas echadas al vuelo se hermanaban con la alegría de su propio espíritu. Y tras aquel horizonte, ya más despejado, el Caballero comenzó a preparar su viaje hacia Lomza, la ciudad natal de su padre. ¡Qué dulzura y qué satisfacción experimentó por anticipado al pensar en la gran acogida que, sin la menor sombra de duda, le dispensarían allí los de su clan! ¡Cómo agradecerían todos ellos aquel viaje en tan peligrosas y delicadísimas circunstancias!
Pero al llegar ya definitivamente a Lomza, le esperaba una amarguísima desilusión. Tan pronto puso pie en la tierra buscada, el buen hombre se dispuso a establecer contacto con la familia de su padre: con su propia familia por tanto. El viejo rabino de la comunidad (que parecía totalmente uno de aquellos tipos clásicos que dibujara Holbein) le acogió con muchas palabras y con largos y grandilocuentes gestos, agradeciendo que un hombre rico y pudiente —como él era—, que un hijo de un emigrado hubiese vuelto de nuevo a sus lares despreciando los mil peligros del viaje por una Polonia encendida en guerra, solamente para restablecer los vínculos de la religión y de la sangre. Tras esta salutación, comenzó el hombre a bucear en los archivos de su memoria:
—Samuel Baumritter, Samuel hijo de Jacob... Sí, ya recuerdo, un chico listo, un muchacho de bien, trabajador; ¡le recuerdo muy bien! Era algunos años mayor que yo, un joven honesto, un verdadero hijo de Israel en Italia, Samuel Baumritter, mil ochocientos setenta y seis, setenta y siete, sí, setenta y siete, el año del incendio de Grodno. Pero espera, hijo mío; aquí vive un hermano de tu padre, José Jacob Baumritter, calle Svientokczyska, de oficio relojero, tiene dos hijos, más o menos de tu misma edad. Oh, pero...
Tras esta información comenzó a pedir al Caballero del Árbol toda clase de detalles: cómo había vivido su padre, cómo había muerto, si se había hecho rico, si se había habituado a Italia..., etc. Cuando se enteró así de las relaciones del viejo con algunas altas personalidades de la corte del Vaticano, de la extrañísima condición del hijo (¡un cristiano!, ¡un renegado!), la expresión de la cara del rabino cambió por completo, tomando entonces un aire de sospecha y de desconfianza.
El Caballero del Árbol, en un principio, no se percató del porqué de tal mudanza, orgulloso como estaba en traducir al alemán toda su teoría sobre su movimiento de restauración de la fe. Pero, poco a poco, el viejo le fue acompañando muy finamente hasta la puerta, mientras el Caballero seguía relatando su historia. Una vez en el umbral, el rabino cerró los batientes dejándole en plena calle, con la palabra aún en la boca. Llegó así el asombro; hubo de hacer un esfuerzo mental hasta dar con la razón de tal cambio y de tan poco gentil comportamiento. Se alzó de hombros, ocultando la herida que con todo aquello había hecho en su alma; dio media vuelta y se dirigió hacia la calle Svientokczyska, que en nuestra lengua quiere decir de la Santa Cruz. Luego contempló un rótulo que decía: José Jacob Baumritter, relojero. El Caballero del Árbol, antes de decidirse a entrar, contempló la casa del hermano de su padre con una especie de respetuoso estupor. Luego, se decidió, hizo girar la manija de la puerta y entró en el establecimiento. No había nadie; para llamar la atención, movió fuertemente los pies, tosió y dio un discreto golpe en la puerta de la trastienda. La llamada promovió una serie de rumores por allá dentro: chiquillos que corrían, palabras en voz baja, arrastrar de pies... Por la portezuela, tras una macilenta luz de petróleo, apareció una barbuda figura; dejó ésta la luz sobre una mesa llena de pinzas, de lupas de relojero, de piezas de recambio; luego, con una mirada suspicaz, dirigió una sonrisa de cumplido al visitante. Él Caballero pasó entonces a explicar quién era, de dónde procedía, a qué venía, acabó por preguntar si tenía el honor y la satisfacción de estar hablando con el respetable hermano de su padre. Tras la larga barba del relojero o, tras sus dos largas barbas, puesto que no se sabía a ciencia cierta si era una sola barba partida en dos o si, por el contrario, eran dos auténticos mechones paralelos y autónomos, se oyó una voz gutural. Y a su eco, toda una numerosa familia salió del interior de la tienda del relojero.
Lleno de un nuevo pero auténtico amor hacia toda aquella gente a quienes ya consideraba como de su indudable familia, el Caballero del Árbol se dejó mirar y remirar, tocar y admirar, con una sonrisa en los labios. Era lógico que un recién llegado causase aquella admiración y aquella sorpresa. Trató de imaginar lo que toda aquella buena gente estaría pensando en tales momentos: un hombre rico, el hijo de un rico hebreo avecindado en Roma, en un país de calma y de paz, se entregaba a un larguísimo viaje, cruzando los horrores de la guerra, sin importarle ello un ápice, sólo para volver a reanudar su relación con la familia, con la religión, con la sangre. Así, no era nada raro que le mirasen a más y mejor, que diesen vueltas alrededor suyo y que fuese él el blanco de la admiración de la familia en pleno. Hasta sus propias ropas, bien cortadas y de buena calidad, tenían necesariamente que despertar la curiosidad y la admiración de aquellos humildes artesanos.
Al pensar en tantas cosas, estuvo en un tris de que lágrimas de auténtica emoción asomasen a sus ojos. Bien mirado, aquella ocasión era única, puesto que era la primera vez que el hijo de un emigrado regresaba voluntariamente —y en pleno éxito de su vida— a la lejana y pobre ciudad de Lomza.
Con todo aquello, el Caballero del Árbol se sentía hebreo al ciento por ciento, puesto que sólo quien tuviese mucho apego a la gran familia judía podría ser capaz de aquel viaje de renunciación, de aquel viaje de íntegro sabor talmúdico. Mas de improviso, una idea cruzó su cerebro. ¿No sería aquel cariño que de improviso sentía por la humildísima familia, un simple y puro efecto de la caridad cristiana? ¡Caramba!, tuvo que sacudir fuertemente la cabeza para alejar de su mente tan inoportuna idea. La familia, mientras tanto, seguía rondando en torno del forastero, admirando sus buenos trajes, sus zapatos a medida, su camisa de buena tela blanca y cien detalles más que si bien en Roma no hubieran extrañado a nadie, allá, en aquella aldea, le hacían sentirse, al parecer, como un auténtico dandy.
Tres zagalejos despeinados le miraban con expresión algo alelada: junto a ellos estaba la mujer de José («mi tía»), una vieja de rojos y carnosos labios que resaltaban extrañamente en su largo y verdoso rostro. «¡Pobre tía!», pensaba Isaac para su capote. La mujer, en tanto, contemplaba a su sabor al sobrino, palpando incluso su ropa y haciendo gestos de asombro al comprobar su buena calidad. El visitante empezaba ya a estar francamente violento y cohibido y hasta un poco apurado con aquella especie de exhibición. Creyó oportuno darle fin; y para ello empezó a hablar relatando a su familia las razones de su visita y, en fin, toda la historia que nosotros ya sobradamente conocemos. Supo luego así algo de la vida de aquellos humildes artesanos y de las dificultades que, casi siempre, atravesaban. Y como quiera que las palabras, una vez que empiezan a fluir, se van atrayendo las unas a las otras, queramos nosotros o no las más de las veces, se escuchó a sí mismo, de pronto, pronunciando todo un auténtico discurso: les hablaba en él de todos los porqués de su venida, de su satisfacción al hallarse en su propio medio ambiente y de sus proyectos de regresar, al cabo de algún tiempo, a Italia, llevándose consigo, si es que ellos así lo autorizaban, a aquellos tres nietecillos de José, el hermano de su padre, para sacarlos de aquella vida siempre difícil, siempre llena de pobreza, de miedo y de oscuridad.
Mientras Isaac decía todo esto, la familia le contemplaba con auténtico respeto, acompañando con gestos cuanto decía aquel sobrino que parecía haber caído directamente del cielo.
Finalmente, y por suerte para el Caballero del Árbol, alguien recordó que había llegado la hora de tomar algún alimento y que esperaban que el recién llegado les honrase compartiéndolo con ellos. Pasaron, pues, a la mesa. Durante toda la cena, no cesaron de asaetearle a preguntas. El forastero hubo de relatarles mil y mil cosas de Roma y de Italia en general. Les habló del agradable pueblo romano, de sus costumbres, del Papa, de los cardenales, de la Basílica de San Pedro, de las procesiones, de los milagros, de la popularidad que los santos tenían en aquellas tierras, de la devoción que sentían por las reliquias, de los escándalos ocurridos, de las excomuniones, de la misteriosa muerte del cardenal Rampolla, y de ochenta cosas más que no es preciso citar aquí con más detalles. Luego, bien pianito, fue derivando la conversación hacia su propio padre. Relató, según él mismo había oído, su llegada a Roma, cómo se las compuso para empezar a trabajar, para hacerse una clientela y para ir levantando cabeza en aquella tierra que aún era extraña. Les contó cómo había encontrado algunos prelados que le protegieron y le dieron la magnífica clientela de la corte del Vaticano y cómo el buen viejo se había llegado a crear así un auténtico problema de agradecimiento; cómo había creído que era lógico corresponder, en alguna forma, con aquella fente a la que, en rigor de verdad, llegó a deber su posición; y, finalmente, cómo tal agradecimiento se tradujo en el bautismo de su primogénito, o sea, como ya sabemos, en el bautizo del propio Caballero del Árbol. Al llegar a tan espinoso punto de la cuestión, percibió nuestro hombre, con verdadera sorpresa, que la cara de su anfitrión se tornó bruscamente verde: sus cejas se contrajeron y una gran arruga surcó su estrecha frente. Luego, se marcó en su rostro una mueca de indignación y de desprecio.
Algo había que hacer para salir al paso de aquella mueca. Así, pues, en un alarde de oratoria, quiso hacerles ver cómo todo aquello había sido tan solo un artilugio, un modo de guardar unas simples formas. Mientras lo explicaba así, sonreía a la vieja, acariciaba a los niños y empleaba sus mejores métodos y modales a fin de que sus asertos fuesen más humanos, más convincentes.
Terminó su discurso con una afirmación categórica:
—¡En suma, y como veréis, yo soy tan hebreo, en el fondo de mi alma, como vosotros mismos!
Y la frase fue acompañada de la mejor, de la más dulce y de la más apacible de sus sonrisas.
Pero el viejo José no se dejó engañar tan pronto por aquellas palabras ni por aquellas sonrisitas de serafín o de querube. Cauto, y siempre temeroso de la buena reputación de su familia, fiel hasta el no va más a los principios y a los preceptos de su religión, no podía abrir los brazos a un renegado, por más de su familia que fuera (¡oh, hermano mío!, ¿por qué lo hiciste?) si ello llevaba consigo el riesgo de perder su buen nombre, su buena fama, e incurrir en el más temido castigo para un judío: en la pérdida de la estimación en el seno de la gran familia hebrea. Ya el solo hecho de estar dando hospitalidad a un renegado, de haberle sentado a su propia mesa, podía acarrearle luego funestas consecuencias. Nadie le perdonaría, se lo estaba temiendo, que hubiera dado entrada en su propio hogar a un cristiano hijo de hebreo. Además... ¿qué habría venido a hacer aquel renegado en Lomza, en plena guerra, entre rapiñas, venganzas e incendios? ¿Qué se propondría aquel poco agradable sobrino Isaac? ¿Qué cálculos, qué intereses o qué misteriosos móviles le habrían llevado hasta allí? ¿Cuál era la verdadera, la oculta finalidad de su viaje? ¿Quién le habría mandado desplazarse hasta tan lejos?
El Caballero del Árbol no sospechaba toda la tormenta que se estaba desarrollando en la mente de su anciano tío. Y así, con su buena intención, con su ingenuidad si se quiere, iba él pensando: «¡Pobre gente! ¡La alegría de verme los vuelve inquietos; el temor de perderme de nuevo los hace desconfiados!» Y seguía luego comiendo, hallando en los alimentos el auténtico sabor de familia, de paz, de tranquilidad.
Cuando llegó, por fin, la hora de despedirse, besuqueó a los tres arrapiezos, dio la mano respetuosamente a su «tía» y agradeció con mil palabras corteses todas las atenciones recibidas y los exquisitos alimentos con que había sido obsequiado. Hizo constar también su inmensa alegría por haber vuelto al seno de la familia y por haberlos hallado a todos en buena salud y libres ya de peligros.
El tío, sin despegar los labios, enfiló hacia el pasillo, arrastrando su negro y sempiterno gabán, que llevaba aún a pesar del calor reinante. Él Caballero siguió sus pasos, igualmente en silencio.
El alojamiento que «tío José» le buscó era una especie de casucha situada de cara a la abierta llanura. Quedó allí el hombre, solo en su miserable habitación. Tumbóse sobre la cama y comenzó a hacer una especie de examen de conciencia. Gracias a Dios (y él se guardaba muy bien de especificar a qué Dios se refería, puesto que en su condición de hebreo-renegado, o de cristiano-renegado, según se mirase la cosa, había de andarse con pies de plomo), gracias a Dios, repito, su misión de restaurador de la religión y de la fe se hallaba en una espléndida fase: todo parecía ir, a su juicio, descaradamente viento en popa. Llegaría el día —lo presentía ya— en que volvería a Italia con aquellos tres muchachitos, con aquellos tres jóvenes brotes del tronco secular, para tenerlos siempre con él, en su compañía; los educaría en uno de los mejores colegios, donde les hicieran conocer y respetar las sabias e inequívocas enseñanzas de la inviolable Ley de Moisés. De tal guisa, cuando toda la comunidad de Lomza se percatara de lo bueno y de lo desinteresado, de lo generoso de su obra, todos le darían su bendición y le harían algo así como hijo preclaro y predilecto de la tribu de Jehová. Esto, con ser mucho y más agradable, no lo era todo: más importante aún era el hecho de poder sacar a aquellos tres inocentes chiquillos de los horrores de la guerra, de las privaciones y miserias del ghetto polaco, para trasplantarlos al aire abierto, cálido, liberal y soleado de la lejana Roma. Y Dios, desde lo alto de los cielos, vería la generosidad de su intento y le perdonaría del todo, ayudándole a remediar el craso error que en otro tiempo cometiera su padre.
Luego, cuando el final llegara, le tendría preparado, a buen seguro, un lugar preferente en el amplio seno de Abraham.
Pero estaba ya escrito que el problema psicológico del Caballero del Árbol no podía dormir tranquilo mucho tiempo sin salir de nuevo a la superficie: surgió, nadie sabe cómo, la consabida pregunta:
—¡Si se deberá mi bondad —pensó—, mi desinterés, mi espíritu de caridad, mis buenos propósitos, a aquella larva del cristianismo que las aguas bautismales pusieron, seguro, dentro de mi espíritu!
Sólo mucho tiempo después logró conciliar el sueño: pero fue un sueño inquieto, intranquilo, lleno de interrogantes y de complicados dilemas religiosos.

Ya de madrugada abrió los ojos; hubo de hacerlo lentamente, pues la noche, con sus inquietas pesadillas, no le había valido gran cosa de descanso. Poco a poco se fue dando cuenta del motivo de su temprano despertar. En su propia habitación había un chico, un muchachito pequeño y delgado, que se hallaba ocupado dejando una carta sobre las ropas del Caballero. Al ver que éste había despertado, apresuró sus maniobras y salió seguidamente sin despegar tan siquiera los labios.
Saltó nuestro hombre de la cama e intrigado cogió la misiva:
«Será mejor que esperes en tu propio alojamiento —decía aquel papel—. Tu presencia en mi casa podría comprometerme seriamente. Y tú no has venido a Lomza para arruinarme, ¿no es cierto?»
Seguía luego la firma, casi ilegible. Pero ni tan siquiera un saludo.
Quedó desconcertado. ¿A qué podía deberse aquel súbito cambio de decoración? ¿Se trataría tal vez de algún malentendido? ¿Por qué iba a querer arruinar a la familia de su tío, ni cómo iba a comprometerle su presencia en la casa del relojero? ¿Qué había hecho? ¿Qué había pasado?
Las cuatro paredes de la habitación le agobiaban más aún que todo aquel cúmulo de preguntas. Se vistió, ganó la salida y comenzó a pasear lentamente por el pueblo. Sus pies, sin quererlo, le llevaron hasta la misma casa de su familia. Tan pronto se dio cuenta de ello, volvió sobre sus pasos y regresó otra vez junto a su alojamiento.
—Es preciso que le vea y le hable —razonaba el hombre—; es necesario que deshaga el error, que le haga comprender...
No pudo permanecer en su espera mucho tiempo. Nuevas dudas turbaron su mente. Y al final, un poco ya comido por la inquietud y por no lograr comprender lo que estaba pasando, echó a correr como un poseso por las calles del pueblo, bajando la vista para no ver la curiosidad que su desalada marcha despertaba en los viandantes y en los vecinos. Llegó así, con la respiración agitada, ante la casa de sus familiares. Unos pasos antes de la puerta, se detuvo en seco. Alzó la mirada y vio, tras los sucios cristales de una ventana, tres figuras barbudas que le miraban atentamente. Una de ellas, su tío, sin la menor duda, alzó una mano, haciéndole así un gesto para que detuviera su marcha.
Aquella visión le turbó profundamente: le causó incluso un auténtico dolor en el corazón. Desearía tener valor para abrir la puerta, para penetrar en el interior del local y enfrentarse con todos aquellos, para saber así, de una buena vez por todas, qué es lo que estaba pasando. Pero el coraje no estaba de su lado. Volvió la espalda tímido, como avergonzado. Echó a andar, apretó el paso paulatinamente hasta que al final acabó ya descaradamente corriendo. «¡Es verdad, es verdad! Mi sola presencia molesta, conturba, perjudica. Pero... ¿a quién? Puedo hacer daño, manchar el prestigio, pero... ¿por qué? Soy un ser despreciado, un ser contaminado, un ser peligroso. ¡Dios mío! ¿Qué es lo que he hecho?»
Al acabar tales pensamientos, se encontraba ya! de nuevo en su inhóspita habitación. Se abalanzó sobre el lecho y quedó allí, inmóvil y triste, como un perro apaleado.
Un rato más tarde, y cuando aún el triste Caballero no había cambiado ni tan siquiera de postura ni de estado de ánimo, oyó unos pasos que se acercaban a su puerta. ¿Sería tal vez el viejo José que, arrepentido y convencido de su error, venía a presentarle sus excusas? Los pasos se acercaron, la manija de la puerta comenzó a moverse y ésta, finalmente, se abrió de par en par.
El tío José apareció en el umbral. Pero no venía solo, como el Caballero había previsto. Estaban con él sus dos hijos, con aire cazurro, la mirada baja, la cabeza hundida entre los hombros. Detrás de ellos, el rabino, con aire de cuervo, sospechoso, desconfiado: tenía, reconozcámoslo, un auténtico aspecto de jettatore. Pasaron todos a la habitación y se agruparon junto a la cama; movieron los pies, tosieron nerviosos, sin querer nadie, al parecer, ser el primero en romper el silencio. Parecían estar esperando que el Caballero del Árbol hiciera alguna pregunta, o saludara, o algo, en fin, que les diera pie para comenzar a exponer el motivo que sin duda llevaba hasta aquella habitación a tal embajada. Pero visto que el otro no se movía ni abría la boca tan siquiera, puesto que el estupor y la desconfianza ante aquel pleno no se lo permitía, el viejo José reunió ánimos, echó un vistazo al rabino, se cambió la colilla de sitio en la boca, entre los primeros pelazos de la barba, y al fin, dispuesto ya a entrar de lleno en materia, dio un paso adelante y comenzó a hablar:
—Mi caro sobrino —dijo—, no es culpa nuestra si hemos tardado tanto en contestar a tu gentil ofrecimiento de ayer tarde; aunque nuestra respuesta sea negativa, es preciso que sepas la contestación. Tú sabes que tras la muerte de mi nuera...
—¡No sabía que la madre de los tres chiquillos hubiera muerto también! Ustedes me habían dicho que había partido de Lomza, que se había ido a Vilna, al mercado de Vilna, ¿no es eso?
—No no. Está muerta, realmente muerta, no hay ninguna duda sobre ello —confirmó el rabino con aire rabioso y enfurecido.
—¡Cuánto lo siento! —exclamó Isaac, profundamente entristecido. A la vez que hablaba así, miraba nerviosamente al extraño grupo como queriendo adivinar por sus expresiones, qué era, en realidad, lo que aquella gente le estaba preparando.
El anciano tío volvió a hacer uso de la palabra.
—Mi caro sobrino —repitió éste, simulando que limpiaba con sus manos algunas imaginarias lágrimas—, mi caro, bueno y querido sobrino: nosotros, como familia amantísima que somos, tratamos con todo interés el grave problema de la educación y del porvenir de esos tres pobrecillos huerfanitos. Haríamos cualquier cosa, sin regatear esfuerzos, para que éstos fueran el día de mañana tres bellos y bien preparados ejemplares de nuestra raza. Pero has de tener en cuenta que la condición de tu propia familia...
—¡Si yo no tengo familia —cortó Isaac con voz grave—, si yo soy también, como ellos, un huérfano de padre y madre!
—...pues tus condiciones personales, entonces, tu particularísima situación en el momento actual, las garantías que nosotros deseamos...
—En otras palabras, ¿qué quiere usted decir, tío? Perdone esta pregunta, pero es que no comprendo del todo lo que están tratando de decirme —inquirió el Caballero del Árbol.
—En otras palabras —continuó José—, tú habrás de convenir con nosotros en que no podemos, en que nos es absolutamente imposible aceptar tu generosa oferta de cuidar y educar a esos tres pobres niños. Hay una razón mucho más poderosa que nuestros propios intereses... Una razón mucho más importante que tu propio desinterés... Y es ésta: tú no eres israelita, ¿no es cierto?
—¡Oh, todavía no del todo! —respondió con un soplo de voz nuestro atribulado hombre.
—¡Luego tú eres cristiano...!
—¡Casi no soy cristiano! ¡Ya no lo soy casi nada!
—Mira, sobrino mío; quiéraslo tú o no, tú has sido bautizado; eres, por tanto, un convertido, un...
—¡Un renegado! —clamó el rabino con acento airado, al'ver que el tío dudaba ante el empleo de la cruel palabra.
—...y deberás reconocer, por tanto, que no podemos poner en tus manos la educación y la formación de esos tres pequeños cachorros, de esos tres niños que podrían ser blanda cera en tus manos. —José bajó los ojos y continuó luego su perorata—. Es un caso de conciencia, un caso francamente grave. ¿Quién nos garantizaría que los pobres huerfanitos...? Carísimo sobrino, perdona que te lo diga, pero estoy convencido de que acabarían los tres, gracias a tus artes, formando parte de la legión de los convertidos, de los bautizados, de los renegados como tú mismo...
—¡Un momento! —interrumpió el Caballero—. ¡Yo no seré aún israelita del todo! ¡De acuerdo! Pero tampoco soy ya ni cristiano, ni renegado, ni nada de cuanto me acusáis.
—¡Cuestión de punto de vista, mi querido sobrino! ¡Simple punto de vista!
El rabino tomó cartas en el juego:
—Su condición, señor mío, es tal que ni usted mismo se atreve a confesarla. Más que un hombre caritativo, usted es, simple y llanamente, un fanático; el caso no es nuevo entre los católicos, por ende. ¿Quiere que le aclare qué es lo que se esconde tras su falsa caridad, tras ese falso e hipócrita deseo de hacer bien a todo el mundo?
—¡No me interesan sus opiniones! ¡Todo cuanto dice es falso! —clamó el pobre Isaac, ya francamente angustiado.
El rabino no le hizo caso y siguió exponiendo su tesis.
—Usted no ha venido a Lomza para conocer a la familia de su difunto padre. Tal motivo no puede justificar, en modo alguno, un viaje tan largo, tan lleno de fatigas y de peligros como lo es éste en la época que atravesamos. El móvil de tal viaje no es otro sino el de sacar, de nuestro propio ghetto, seguidores de su religión. Ha venido a reclutar, a causar bajas espirituales en las filas de los que seguimos las leyes de Moisés. Esto es tan claro como la luz del día. Pero usted no se atreve a confesarlo, ¿no es cierto? Y ¿por qué? Porque usted no es un benefactor, sino un corruptor. No es un hijo pródigo que retorna al seno de la familia, sino un renegado que viene a conseguir más renegados. Y para tan fea acción, ¿qué es lo que trae como pantalla? La caridad, el amor al prójimo, el amor por la familia. Pero, ¿qué es lo que se ve claramente tras tan burdo telón? ¿Quiere saberlo? Pues bien: ¡que es usted un misionero, un jesuíta, un procurador de las huestes bautismales! ¡Eso y nada más!
Ya enardecido, José repitió también con rabia, moviendo sus largos brazos:
—¡Un jesuíta, sí, señor, un misionero!
—A mayor abundamiento, no puede probarnos ni una palabra de cuanto dice —siguió arremetiendo el airado rabino—. Ni su sinceridad, ni su caridad, ni tan siquiera su religión. ¡Nada en absoluto! Está bautizado, pero niega ser ya cristiano; afirma que «aún no es-israelita, pero ya casi lo es» y sin embargo aún no se ha hecho circuncidar. Pero, ¿qué religión es entonces la suya? ¿Quiere decírnoslo de una vez? La del renegado, ¿verdad? ¡La del renegado!
—¡Pero, señores! Esto no es pura y llanamente una cuestión de religiones: es, ante todo, un caso de conciencia —pudo decir al fin el Caballero.
El rabino despreció el alegato de la defensa, volviendo nuevamente al ataque con todo el furor de un fiscal enardecido.
—¿Qué religión es entonces la vuestra, si siendo cristiano os sentís israelita y si, afirmándoos israelita os comportáis como un cristiano...? Vamos, vamos no intente convencernos de lo que no es sino una simple mentira. ¡Vamos, vamos, jesuíta disfrazado! ¡Ya está bien, hipócrita clerical! ¡Si es usted un renegado, peor para usted, pero deje en paz a los inocentes, y no venga a nuestra propia casa a buscar nuevas víctimas ni a sembrar la traición y el deshonor entre los más débiles, por pequeños, de nuestra raza! ¡Tenga algo de respeto, al menos, para la tradición de sus mayores...!
»¡Ah, y sobre todo no olvide que su perfidia merece un castigo y que éste vendrá...! ¡Claro que vendrá! ¡No faltaría más...!
El atribulado Caballero escondió el rostro entre sus manos y, aun sin quererlo, comenzó a lloriquear calladamente: «Aquella era la voz de su clan, la voz de su clan, la voz de su sangre...» Todo le estaba, pues, negado: la sinceridad, la bondad, la caridad. Nadie creía en sus palabras, aunque su solo deseo fuera el de hacer bien a los de su misma familia. ¡Ay!, esto es lo que ocurre por meterse a restaurador de la religión. Hubiera querido proclamar a gritos su inocencia, la pureza de sus propósitos, la bondad de su corazón. Pero comprendió que hubiera sido totalmente inútil, puesto que no le creían, por la simple razón de que no querían creerle.
¿Para qué luchar, pues, con aquellas mentes desconfiadas y sucias que no querían ver sino la parte mala de todas las cosas?
Se alzó luego de la cama, sin saber qué hacer. Mas el viejo José lo interpretó torcidamente y, en consecuencia, empujó con la mano a su sobrino, echándole sobre el lecho. Luego, le amenazó con un índice largo y huesudo y, con voz cavernosa y tono grandilocuente, le dijo:
—¡Tú lo has querido! Todo en la vida tiene su precio. Y tú —óyelo bien, ¡renegado!—, tú, no serás ya más cristiano. ¡No serás ya más cristiano...!

Abandonado sobre el lecho, rotos sus nervios, el Caballero del Árbol no sabía ya, en tal punto, qué hacer ni qué pensar. La cabeza le pesaba como si estuviese llena de plomo. Las lágrimas se le habían acabado. Las sienes le martilleaban continuamente. Cerró los ojos y quedó allí, inmóvil, sin querer pensar.
En un cierto momento, y sin saber por qué, volvió a su memoria la imagen de Pascal. Aquel recuerdo se apoderó por entero de su mente. Fue repasando, con la idea, toda una serie de obras fundamentales, le parecía estar releyendo las Pensées, la Priére pour la máladie, la Convertion du pécheur, la Comparaison des chrétiens y, muy especialmente, aquella obra que el filósofo Condorcet y el médico Lélut llamaban el amuleto de Pascal. Se alzó sobre los codos y, con una sonrisa en los labios, comenzó a recitar a media voz, muy lentamente, las palabras del amuleto:

Dieu d'Abraham, Dieu d'Isaac, Dieu de Jacob.
Non des philosoph.es et des savants.
Certitude. Certitude. Sentiment. Joie. Paix.
Dieu de Jésus-Christ.
Deum meum et Deum vestrum.
Ton Dieu sera mon Dieu...

Su ánimo ganó la serenidad. En su alma no había ya diferencia alguna entre el Dios hebreo de Abraham, de Isaac, y de Jacob y el Dios de Jesucristo. Se iba sintiendo invadido por una dulzura completamente nueva, por una fe y una esperanza tan grandes como nunca, hasta entonces, había conocido.
Pareció comprender, en tal momento, que su conversión, su crisis particular de conciencia, era totalmente absurda e innecesaria. No tenía ya precisión de convertirse para salvar el alma y para sentir tranquila de nuevo su conciencia. ¡Podía sentirse cristiano y hebreo al mismo tiempo! Nada se oponía a que su religión y su raza se aunara en la fe. Dios estaba sobre todas las cosas y sobre todos los hombres por igual.
Tal descubrimiento llevó la paz a su corazón. Apoyó la cabeza sobre la almohada y quedó en calma, tranquilo, respirando rítmica y pausadamente.
Mas de repente, un rumor extraño le hizo incorporarse sobresaltado. Era un rumor formado por bisbíseos, por arrastrar de pies, por gente que se acercaba con sigilo a la puerta de su cuarto. El ruido se iba aproximando. La manija comenzó a girar. En el umbral apareció luego un numeroso grupo de gente que, sin pedir permiso, se adentró en la habitación del forastero. Con ademanes extraños, rodearon su cama, sin decir una sola palabra, pero mirándole todos torvamente. Alguien, por la espalda, le cogió la cabeza y le hizo, a pura fuerza, reclinarse sobre el lecho. Quiso gritar, pero una mano larga, fuerte y peluda, tapó su boca. Pudo ver entonces que el rabino se abría paso entre el grupo, acompañado por una rara y extraña vieja. Nuevas manos inmovilizaron a nuestro asustado Isaac: sus brazos, piernas y cabeza quedaron así totalmente sujetas. El buen hombre no sabía qué hacer ni qué pensar. Su asombro y su miedo llegaron al cénit cuando vio que otras manos más comenzaban a arrancarle brutalmente la ropa; su pecho y su vientre quedaron al descubierto. La cara de la vieja, cara de auténtica bruja en aquelarre, fue acercándose hacia él con un gesto maligno y vengador. Movió la cabeza bruscamente el Caballero y pudo emitir un agudo grito. Pero más manos cayeron sobre sus labios y ahogaron sus sonidos.
La vieja le miraba fijamente a los ojos, con una agria y desconcertante mueca: en su mano, que fue alzando lentamente, apareció un fino y afilado cuchillo. El Caballero del Árbol tembló como un azogado. No sabía nada, no entendía nada, pero veía allí mismo el peligro. La vieja, sin decir una sola palabra y en medio de un sepulcral silencio, se fue agachando despacio, sobre el prisionero. Bajó el cuchillo, manipuló, y ¡zas!: la circuncisión quedó echa.


EL NEGRO DE COMACCHIO

La ciudad de Comacchio, famosa por su laguna poblada de anguilas, y que parece estar metida hasta el cuello en el agua durante todos los días del año, es la única ciudad de la que Ferrara, la gran Ferrara, debe cuidarse en todo momento, sin descanso ni desmayo, si quiere seguir siendo de secano. Y decimos esto por cuanto ocurre que la gran ilusión de la referida Comacchio es la de ayer, y cuanto antes mejor, convertida toda la región de Emilia en una inmensa laguna para poder «sembrar» así a su gusto —válganos la frase— más anguilas cada vez. Esta política, claro está, es totalmente opuesta a la que llevan los habitantes de Ferrara —y no digamos ya la gran laguna de Comacchio— para poder continuar, por tan dilatada zona, la siembra de sus vegetales. Todos los gobiernos y todos los poderes de Italia han visto siempre en Comacchio una auxiliar peligrosa de Venecia en esta cuestión de inundar zonas y más zonas, tan sólo por cariño al líquido elemento.
Entre las gentes de Comacchio y las de Ferrara no ha habido nunca —justicia es reconocerlo— ni un gran amor ni tan siquiera una buena política de vecindad. Pero, ¿cree alguien que existe método o manera de aunar los intereses de dos pueblos, casi contiguos, cuando se da el hecho, como en el caso presente, de que uno es eminentemente agricultor y el otro, por contra, vive de la anguila?
Sólo hay un nexo, un lazo de unión, entre ambas buenas gentes: los de la parte de Ferrara son partidarios fervientes del salchichón, porque dicen, con buen acierto, que el tal salchichón abre las ganas de beber y prepara la boca para recibir el vino. Los de Comacchio, por su lado, pescan las anguilas para poderlas ahogar en alguno de los buenos vinos que tanto abundan en toda Italia. A las anguilas les pasa algo parecido a lo que acaece con el arroz: que si bien nace en el agua, como mejor muere es en el vino.

Desde el año 1860 hasta nuestros días, la «Sociedad ferrarense pro fertilidad de la zona de Comacchio» continuó machaconamente explicando su proyecto de cómo había que desalojar tales zonas de sus actuales habitantes para poder liberar así tan feraces suelos del absurdo y antieconómico empleo que los malos habitantes de Comacchio le estaban dando. No había que dejar ni una sola anguila: el suelo, el bendito suelo, debía dedicarse a algo más serio que a servir de fondo a tal descomunal pecera. Los de la ciudad afectada, claro está, tampoco carecían de proyectos con respecto a la ciudad vecina. Así, si unos y otros hubieran podido llevar a efecto sus deseos, se hubiera podido andar en carroza por los suelos ya secos de Comacchio y, en contrapartida, los de Comacchio hubieran podido pasear en góndola por los ya inundados valles de Ferrara .
Pero la vida decidió, a despecho de unos y de otros, obrar por su propia cuenta, sin tomar en consideración los deseos de los de acá ni de los de allá. Estaba escrito el desarrollo de los acontecimientos.
En nuestra historia se produjo luego, en el año 1885 para ser más exactos, un nuevo capítulo que habría de venir a enconar más aún la inquina que los de este lado sentían por los de aquél y los de aquél, claro está, por los de éste.
Las cosas comenzaron con la llegada a Comacchio de un negro de Uganda, llamado Semba. Era éste alto y fuerte como un auténtico Hércules: un boxeador nato, un luchador de magistral clase, un verdadero hijo de las selvas ecuatoriales. Cuando se reía, mostraba una amplia boca, llena de unos dientes blancos; blancos, pero fuertes, poderosos y temibles, como los del león, rey de la selva: no hacía sino mover levemente su brazo y por aquí y por allá surgían unos músculos como maromas, rellenando toda su anatomía de nudos y de abultamientos; su pecho era fuerte y desarrollado como el de un titán; de su espalda podrían sacarse las de tres mortales del tipo medio; su vientre, musculado igualmente hasta el máximo, resonaba como un tambor cuando el negro lo golpeaba con la ancha palma de su fuerte mano. Sus ojos, que habitualmente tenían un aspecto más bien bovino, se convertían en dos simples líneas —pero dos líneas tremendamente inyectadas en sangre— cuando el titán africano montaba en cólera.
La primera bofetada con la que Semba obsequió a un pobre guardia que quería arrestarle, bajo pretexto de que éste asustaba con su aspecto a los niños y a las pobres mujeres embarazadas que circulaban por las calles, aquella bofetada, que aún es famosa en los anales de la villa, resonó como un auténtico cañonazo, como un descomunal golpe de gongo, e hizo correr, ésta es la pura verdad, a todo el pueblo de Comacchio.
En aquella zona, y según los recuerdos de los más viejos, nunca se había visto un negro vivito y coleando. La gente, así, se emocionó bien pronto con aquella visita fuera de serie. Ante la bofetada que, para más detalles, hizo saltar al infeliz guardia sus buenos metros por el aire, los ciudadanos de la noble villa no supieron hacer más que dar gritos —aún no se sabe si de miedo o de admiración— y formar un círculo en torno al lugar del suceso, pero con una respetuosa distancia entre tal corro y el autor de la hazaña.
—¡Sujetadle fuerte! ¡Que no se escape! —gritaba el guardia desde el suelo, donde aún continuaba caído, y mientras se aplicaba ambas manos a un lado de la cara que comenzaba a hincharse a ojos vistas.
»¡Sujetadlo fuerte! ¡Atadlo! ¡Pero, cuidado, no os muerda! —seguía gritando el vigilante que, como se ve, había pasado ya de la acción a los consejos.
Parece obvio decir que nadie hacía demasiado caso de las recomendaciones del señor agente de la autoridad. ¿Quién tenía ganas de poner la mano encima a aquel Hércules negro y poderoso? Huelga la respuesta, claro.
El rumor y la expectación iban creciendo sin cesar. Corría ya la noticia de boca en boca y nuevas gentes venían, a cada minuto, para ver con sus propios ojos todo aquello, tan extraño, que estaba acaeciendo.
Los viejos dejaron sus puestos al sol; las mujeres abandonaron las comidas sobre el fogón; los niños venían en bandadas y hasta los hombres colgaron sus respectivos trebejos para no desperdiciar tan única ocasión.
Y, como ocurre siempre que se junta una buena multitud, y máxime si ésta está integrada por alegres gentes de raza latina, el tumulto tuvo pronto un aire alegre, como de romería. Los más chuscos comentarios se oían por doquier con respecto al irrespetuoso trato que había recibido el representante del orden público.
El negro, extrañado en un principio, no tardó en percibir la corriente de buen humor, de alegría y de juerga que se estaba creando entre aquellas buenas gentes. No era cosa de dejar pasar la ocasión, cuando se brindaba propicia. Y así, sin más ni más, comenzó a bailar una de sus danzas tradicionales, cantando al mismo tiempo con potentísima voz de bajo:

«A na ngo tu ng' ande
chelecheteche
chelecheteche
a na ngo ku tu ng" ande.»

Ante aquel espectáculo folklórico, ante aquel baile extraño, pero lleno de ritmo; ante aquella melodía rara y cadenciosa, los habitantes de la villa, amantes todos de la música y del ritmo, comenzaron a corear la canción: Chelecheteche! Cantaban ya a coro, todos a una. El negro, mientras tanto, proseguía con sus saltos y sus contorsiones, acompañándose ahora, a falta de su tam-tam acostumbrado, con fuertes golpes en el vientre, dados con la mano abierta, que resonaban marcando el ritmo de la danza. Avanzó hacia la multitud, que le abrió paso ya sin miedo alguno. Se situó luego detrás del guardia, que, habiendo recobrado ya su posición erecta, le hacía prudentes, pero conminatorios gestos para que le siguiera. Al ver que el negro le obedecía, echó a andar calle abajo el guardia, la cabeza muy erguida, queriendo recobrar con su apostura algo de la dignidad perdida. Semba marchaba tras él, gesticulando y bailando su extraña danza: la multitud cerraba filas, marcando también la cadencia y coreando a pleno pulmón el estribillo.
El guardia, disimuladamente, se llevaba de vez en cuando la mano a la hinchazón de la cara. Para compensarlo, echaba furiosas miradas a diestro y siniestro, queriendo evitar así, suponemos, que alguien pudiera mofarse de él, al verle tan maltrecho. De rato en rato, volvía la cabeza hacia atrás para comprobar si el negro le seguía. Y, efectivamente, allá iba el negro, saltando, bailando y haciendo cabriolas sin cesar ni por un instante su rítmica melopea. Chelecheteche!, cantaban a coro los lugareños, que, realmente, se estaban corriendo una auténtica juerga con todo aquello.
Cuando llegaba ya justamente ante el cuartelillo de la Policía, acertó a pasar por allí, cruzando justo ante el guardia y el prisionero, un pescador: en su brazo se veía un gran cesto y dentro de éste unas lustrosas y aún inquietas anguilas. Semba, al cruzar junto a él, y como quien no quiere la cosa, alargó una de sus enormes manazas, agarró fuertemente una escurridiza anguila y, sin dejar de bailar por eso, introdujo la cabeza del pescado —la cabeza y un buen trozo del cuerpo, claro— en su enorme bocaza. Era la viva estampa del auténtico de-vorador de serpientes. ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh...! La multitud no salía de su asombro. Pero luego alguien, aún no sabemos quién, cogió otra de las anguilas del pescador y como atraídos por un imán, allá fueron todos los del pueblo, en una auténtica rebatiña; cogían las anguilas del pobre hombre —quien acabó lanzando el cesto, completamente lleno, por los aires— y las lanzaban luego sobre el negro, gritándole:
—¡Cógela, coge ésta también, diablo!
Semba, por su parte, hizo una rápida composición de lugar:
—¡Aquí, o me escapo pronto, o me como crudas todas las anguilas, o las anguilas y estas gentes me comen a mí!
Una vez pensado esto, y sin dudarlo más, se acercó al asustado guardia, le agarró por el cogote y, levantándole en vilo, como a un muñeco, avanzó con él, a grandes y solemnes pasos, hacia el cuartelillo.
Así fue como el negro Semba —¡oh paradojas de la vida!— acabó llevando a la cárcel al mismísimo representante de la autoridad en la noble villa de Comacchio.

Aquella noche, ninguno de los habitantes del lugar se preocupó demasiado de dormir. Faltaba tiempo para intercambiar noticias para contar lo que uno sabía y escuchar las novedades que el otro le proporcionaba. Corrió así, de boca en boca, la historia del negro, sus aventuras, su procedencia de las verdes y misteriosas selvas del África, sus exploraciones, sus viajes y, sobre todo, su periplo final que le había conducido, desde el mismo corazón del África negra, hasta las plazas de Comacchio.
Resultaba así que, antes de pasar a ocupar una celda de la prevención, el buen negro había contado, con una oratoria llena de gestos y de manotazos, toda la historia de su vida: seguían diciendo las confidencias que no se trataba de un negro cualquiera: no era un negro escapado de un circo, ni tampoco uno de aquellos moros que a veces instalaban sus tenderetes para tratar de venderles piezas de marroquinería o perfumes más o menos exóticos y más o menos orientales. No. El negro aquel era alguien, era un personaje digno de respeto, aun cuando su presentación no hubiera sido demasiado diplomática. Era nada menos que un explorador negro, de gran renombre entre los suyos, y que había contribuido en gran modo a que allá, en sus remotas tierras de origen, se tuviesen ahora amplios conocimientos de las costumbres e incluso de la geografía de Europa.
La historia de aquel explorador negro que no trabajaba por cuenta y orden de la «African Association» ni de la «Real Sociedad Geográfica de Londres» sino, precisamente, por la del rey de Uganda, no era menos interesante, ni mucho menos, que las respectivas de todos aquellos famosísimos exploradores blancos de los años ochocientos.
Dejando a un lado el color de su piel, Semba podía alinearse perfectamente en la fila del Mungo Park, de Laing, de Denham, de Clopperton, de Richard Laudes, de Barth, etc.; su nombre, si bien desconocido para los europeos, gozaba de la más alta fama por todas las selvas ecuatoriales y de un renombre sólo equivalente al de Livingstone, Stanley, Speke, Grant, Bel-trame, Andrés Debono, Giovanni Miani, Baker, Burton, Antonelli, Thomson, Ruspoli, Bottego, y todos esos valerosos «pioneros» de la conquista africana. Era célebre ya desde bastantes años atrás, a causa de haber descubierto el curso superior del Nilo, del cual, por aquellas épocas, los negros de Uganda ignoraban aún su existencia.
El caso cierto es que un buen día Semba había tenido la feliz ocurrencia de emprender la descomunal hazaña de ir al descubrimiento de Europa, de aquel continente legendario que tanto despertaba la curiosidad y la envidia del pueblo africano.
Era ya muy frecuente en aquellas épocas la aparición en tales regiones africanas de exploradores blancos procedentes, por tanto, de las lejanas, ignotas y fabulosas tierras del Norte. Semba, ante las ansiosas preguntas de los europeos, siempre había sonreído beatíficamente, pensando en los innumerables y arduos trabajos que tales gentes blancas se tomaban para descubrir montones de cosas que, si a él le hubiesen dejado, las hubiese ido señalando con el dedo sobre el mapa, puesto que conocía todos aquellos parajes tan bien como un niño conoce sus propios juguetes. Y sin embargo, se entregaban los blancos a peligros sin cuento, a calamidades y fatigas, llevados de su sed inagotable de descubrir cosas que —digámoslo claro— estaban ya más que descubiertas por los pueblos africanos. Pero, por otro lado, él llegaba a veces a comprender un poquito todo aquello, puesto que en su alma tenía una gran plaza, un sitio de honor, su orgullo de ser él, y nadie más que él, el auténtico descubridor de las fuentes del Nilo. Un día comenzó a pensar y a considerar seriamente que, remontando el Nilo, podría llegar hasta el lejano mar. Y una vez allí, cruzándolo, daría con sus huesos en las misteriosas playas de la desconocida Europa. Y como lo pensó lo hizo.
Partió de su natal Uganda en el otoño de 1883, atravesó luego Semba, con la sola compañía de dos amigos, en piragua unas veces y a pie las otras, todo el inmenso territorio que separa la región de los grandes lagos ecuatoriales de las costas del mar Mediterráneo. Y llegaron así, una feliz mañana —tras haber pasado peligros sin cuento y fatigas cuya sola narración llenaría todo un volumen— a la ciudad de Alejandría, a esa ciudad que, según las tradiciones de su patria chica, estaba situada en el fin del mundo, a la orilla de un tremendo mar poblado de monstruos.
Pero aquella empresa, que figuraba en buena ley entre las mejores de todas las realizadas sobre la tierra africana, no estaba aún completa ni mucho menos. Era preciso continuar la proeza, llevándola hasta su mismo final. Hasta el logro del objetivo deseado: que era, como ya se sabe, desvelar el misterio del Continente Blanco.
Semba no quiso arriesgar la vida de sus dos fieles compañeros. Les mandó, pues, iniciar el regreso, para poder anunciar así, a su vuelta a la tierra nativa, que el heroico explorador negro había llegado, como primera etapa, hasta la misma desembocadura del Nilo; que después de esto —habría de contarlo también— el aguerrido hércules pasaría a hacerse a la mar, en una simple piragua, para surcar las procelosas aguas del misterioso Mediterráneo. ¡La Europa ignota aguardaba ya su llegada!
Sin más temor que el lógico, y sin un titubeo, nuestro negro montó en su frágil piragua y, encomendándose a no sabemos quién, comenzó su aventura náutica. Frente a las costas de Siria, una fuerte tempestad agitó las aguas de los mares; la pobre piragua no fue lo bastante marinera para sortearla y ¡allá fue nuestro atribulado explorador! Un velero de la matrícula de Malta, contrabandista habitual de aquellas zonas, recogió al náufrago, quien ya creía a pie juntillas en aquellas historias de los feroces monstruos que poblaban tales mares.
La embarcación salvadora aproaba ya hacia tierra cuando un fuerte viento y una mala maniobra trajeron como resultado que la chalana zozobrase sin más ni más, volviendo a sumergir a nuestro hombre en las frías aguas.
La pobre barquichuela quedó auténticamente desmantelada por la fuerza del mar; por allá iba un palo, por acá, flotando, los cuarteles de las escotillas... Todo aquel pedazo de mar se veía poblado de restos de naufragio. Finalmente, en un remolino, el Mediterráneo acabó por tragarse de una vez por todas la barca con todo su contrabando.
Por fortuna, la tierra no estaba demasiado lejos: allá, hacia el Norte, pudo Semba apreciar una playa baja, terminada en una punta de arena, que parecía estarle esperando, acogedora.
«Ésa —pensó el negro— debe ser Europa, sin la menor duda.» Con alarde de facultades, nadó un buen rato, hasta poner sus pies sobre el suelo firme. Y entonces, al considerar los peligros que había dejado atrás y el buen fin de su aventura, una enorme alegría invadió a nuestro héroe. Fiel a las costumbres de su tribu, comenzó a cantar, a saltar y a bailar, manifestando así su excelente estado de ánimo al encontrarse ya, sano y salvo, sobre un suelo que le mantenía sin vaivenes. Y así, cantando, bailando y saltando avanzó poco a poco por la recién hallada Europa, hasta encontrarse, finalmente, en plena Plaza Mayor de la muy noble villa de Comacchio.

Tras una noche de insomnio por la emoción que les produjera tan insospechado acontecimiento, los habitantes de Comacchio se presentaron todos, como un solo hombre, ante la Prevención de la villa, cuando aún el sol casi no había acabado de levantarse sobre el horizonte. Se formó un enorme y apretado grupo ante la ventana de la celda. Todos, a voz en cuello, empezaron a gritar:
—¡Que salga! ¡Que se asome!
Pero entonces comenzó a circular entre las gentes un viento negro de presagio: decían las malas lenguas que habían trasladado al negro, al simpático negrazo, a la cárcel de Ferrara; se aseguraba que, de noche aún, habían venido los carabinieri de aquella odiosa ciudad a llevarse al negro: al negro que era ya algo propio de los hombres de la laguna. La ira empezó a despertar dormidos rencores.
Los lugareños se hallaban amenazadores: las mujeres los animaban, y nadie sabe a ciencia cierta cómo ni en qué hubiera acabado todo aquello. Lo cierto es que la actitud de las gentes no auguraba nada bueno. Mas he aquí que el negro Semba, del brazo nada menos que del señor cura párroco, apareció en uno de los balcones del edificio. Estallaron los vivas como cohetes y el júbilo volvió a apoderarse de los honrados pescadores. El párroco, su párroco, les hizo saber, en una especie de improvisado discurso, que los ferrarenses estaban celosos a más no poder de aquella novedad, de aquel imprevisto que había caído en el pleno centro de Comacchio. Y su envidia y su rabia llegaron hasta tal punto que estaban tratando de llevarse al negro, de robarles a su negro, para meterlo de cabeza en el palacio de Ludovico el Moro. Pero, ¡ah!, ¡no lo lograrían! Si ellos, que presumían tanto, tenían todo un palacio, los de Comacchio tenían ahora, por su buena estrella, un auténtico Ludovico. Lo cierto, seguía diciendo el cura, es que Semba había caído en Comacchio y los de Ferrara no tenían, pues, por qué meterse en tales asuntos. Y como quiera que Semba no había hecho mal a nadie, ni había en realidad ningún cargo contra él, ¡seamos todos felices, y a quien Dios se la dé, san Pedro se la bendiga!
Un gran clamor y una salva de aplausos llegaron desde la plaza. El negro era suyo y el negro se quedaría con ellos. Era lo justo, y los de Comacchio sabían cómo defender la justicia si llegaba el caso. Semba, por tanto, fue puesto en libertad. Y al verse objeto de tantas atenciones, de tan cariñosa acogida, de tan simpático trato, pronto perdonó a la Europa en pleno. Incluso el guardia que quiso detenerle, y a quien él obsequiara con tan magnífica bofetada, se hallaba ya incluido en su perdón general. Mas una duda subsistía en su cabeza. Si los de Ferrara querían apartarle de aquella simpática gente, de aquellos magníficos anfitriones, ¡algo muy malo debía pasar en Ferrara! ¡Qué mala gente no habrían de ser los ferrasenses!
Sembra pronto fraternizó con todos los habitantes. Comió cuanto quiso, bebió a su placer, cantó, bailó sus ya célebres chelecheteche e hizo, en dos palabras, las delicias de aquella gente que tanto se aburría de ordinario. Hacia el final de la tarde, Semba había sido ya solemnemente nombrado Capitán de los Pescadores, Gran Explorador de la Albufera de Comacchio, y hasta cincuenta títulos más, todos ellos igualmente rimbombantes.
En medio de aquella algarabía, Semba continuaba tranquilo. El enorme corpachón trasegaba el vino como si de agua se tratase; las anguilas las engullía una detrás de otra, como si fuesen simples piñones. ¡Caramba, en qué país maravilloso había caído! Extendía la mano y alguien, no sabía quién, colocaba en ella una jarra de aromático vino. Acababa una anguila y ya llegaban más, dos, tres, cuantas quisiera, a cubrir el puesto vacante. Todo era bueno, todos le agradaban... ¡Aquél era un auténtico Edén!
La gente se apiñaba y se apretujaba para verle comer y beber; las mujeres, riéndose a carcajadas, golpeaban su vientre por el solo gusto de oír cómo resonaba. Los chiquillos se acercaban a él y miraban, asustados, sus músculos. Y cuando el negro les cogía, muy suavemente, y los alzaba por encima de su cabeza, cual si fuesen simples plumas, ponían tales caras de miedo que el público estallaba en nuevas carcajadas. Entre bocado y bocado, entre trago y trago, Semba relataba por enésima vez su historia, y la acababa bebiendo siempre a la salud de aquellos marinos cuya barca había zozobrado tan a tiempo, permitiéndole a él llegar así a un país de maravilla. Luego se metía de nuevo en la boca la cabeza de una anguila; los espectadores abrían otra vez sus ojos como platos. Y el negrazo, poquito a poquito, se la iba tragando y devorando toda, de prisa, de prisa, como si fuera una máquina aspiradora. «¡Escúpela, escúpela!», le recomendaban. Pero él, tras un eructo feliz, acababa gritando: «¡Viva Comacchio!» Y como si tal fuera la consigna, comenzaba otra vez a circular el vino. Todos bebían en cantidades tales que parecía que querían ayudar ellos así, ingiriendo grandes cantidades de mosto, a la pesada digestión que el negro, a fuerza de engullir anguilas, habría de tener dentro de poco.
—Si toda Europa es así —pensaba en el ínterin Semba—, ¡que no me esperen más en Uganda!
En los días siguientes, y ya pasado el holgorio, Semba se dedicó de lleno a ayudar a los hombres en sus tareas. Nadie como él hacía las cosas tan bien. Se metía desnudo en el agua, negro, gigantesco y hercúleo, y chapoteando de acá para allá, dando gritos y echando canciones al viento, iba con una larga pértiga apaleando las aguas, para asustar así a las anguilas y obligarlas a dirigirse a los criaderos. Parecía en tales ocasiones una mezcla de Neptuno y de Vulcano: un Hércules que hubiera elegido para vivir el reino de las olas.
El negro trabajaba de buena gana para todos, ayudaba a todos y allá donde él estaba era siempre el primero en acabar las pesadas tareas, el primero en hacer más cosas en menos tiempo. Todos le alababan y consideraban como una bendición del cielo que hubiera caído sobre la villa en pago a sus virtudes. Acabó ya por ser capitán, el guía nato. Tenía más fuerza, más agilidad, más poder que nadie. ¿Quién como él se atrevía a coger con la mano las culebras de agua sin demostrar miedo alguno? ¿Quién podía estar horas y horas desnudo, chapoteando por entre los cienos? ¿Quién podía quitar las enormes rocas que estorbaban, sin herniarse en la empresa? Todos querían a Semba, todos reclamaban a Semba y todos le estaban, al final, agradecidos por algo.
Cuando había ya pasado la época de las duras tareas, cuando llegó —como ocurre en todos los pueblos del mundo— la época de la holganza, de la tranquilidad, Semba no tenía más recurso que encerrarse con los demás en las tabernas, trasegando vino del Bosco y hablando, mientras tanto, mal de los de Ferrara. Fue entonces cuando en su corazón de intrépido aventurero se asentó la morriña: se despertó en él el afán de acción, de aventuras. Le pesaba demasiado aquella tranquilidad; aquel no hacer nada, aquel apoltronarse día tras día. Le volvió la sed de descubrimientos, la pasión por ver tierras inexploradas.
El viento de la aventura abría nuevos horizontes ante sus ojos que ya empezaban a cansarse de ver las mismas caras, las mismas costumbres, los mismos tragos de vino. Y así, una tarde, tras haber trasegado abundantemente el rico caldo de la tierra, nuestro negro desertó de la villa que tan bien le había acogido, partiendo hacia lo desconocido, llevando como objetivo primero de su correría el descubrimiento de las fuentes o nacimiento del río que fluye a la inmensa laguna.
Durante algunos días nada se supo de él. «¡Ha muerto!», decían unos; «¡Ha huido!», se quejaban otros. Y no faltaba quien opinaba que eran los de Ferrara los que, simplemente, le habían raptado. Esta opinión ganó últimamente muchos adeptos entre el elemento pescador, que es tanto como decir entre todos los hombres útiles del pueblo. Armados con palos y con grandes y robustos remos, recorrían las calles, clamando justicia y venganza, y pidiendo la devolución del capitán negro de los hombres del lago. Como quiera que la falta de mutua simpatía era cosa secular entre ambos pueblos, como ya hemos dejado dicho, pronto todos los habitantes del valle se unieron a esta manifestación, gritando con acento desaforado: «¡A Ferrara! ¡Vamos contra Ferrara!
Y sólo Dios sabe cómo hubieran terminado las cosas. Pero en el momento crítico comenzó a correr una noticia por entre todos los exaltados. El negro, al parecer, había sido hallado, tumbado y despatarrado en el santísimo suelo, en una plaza de Módena, borracho a más no poder y repleto hasta el tope del rico vino italiano.
El regreso del negro fue apoteósico, triunfal. El pueblo de Comacchio pudo ya, por fin, dormir tranquilo aquella noche. Su negro, su héroe, había vuelto al redil. Mas lo cierto es que el vino había logrado apagar la sed de Semba, sí, pero la sed física; la sed de aventuras, de descubrimientos, quedaba íntegra en el interior del explorador africano. «O me dejáis partir por las buenas o me escapo y no vuelvo más», les decía luego el negro a los hombres de la laguna que se hacían los sordos. «¿Y si no hubiésemos llegado a tiempo de salvarte? ¿Y si llegas a caer en manos de los de Ferrara?», le respondían éstos. Pero ni aun así, ni tan siquiera con esta terrible amenaza, lograban frenarle. Finalmente, y en vista de que no les quedaba otra solución, consintieron en que partiera. Pero ya de hacerlo, fuerza era realizar las cosas en forma debida. Consecuentemente le proveyeron de una buena cantidad de anguilas, de una gran cantimplora llena de vino del Bosco, y por ende le aparejaron un pequeño bote a vela para que así nuestro Semba llevase a cabo la exploración marítima que ahora le andaba por las mientes. Luego, en cortejo, le acompañaron todos, hombres, mujeres y niños, hasta el mismísimo Puerto Garibaldi. Cuando el arrojado y valiente negro pasó a bordo, todos, detrás de él, se metieron en el agua de la inmensa laguna, diciéndole adiós con las manos, y entonando a coro, a manera de despedida, el famoso chelecheteche que había popularizado el negro por todos aquellos contornos.
Tres semanas largas habían transcurrido cuando Semba, satisfecho de sus exploraciones por las costas vecinas, regresó más negro, más desnudo y más alto que nunca a sus tierras de la acogedora Comacchio.
Una vez en el pueblo, relató las mil hazaña realizadas. Y, por otra parte, hasta Comacchio llegaron los rumores de la admiración que por todas partes había despertado el negro en sus viajes. Para las buenas gentes de la tranquila Italia fue una auténtica sorpresa la presencia del negro. Éste, al llegar al otro lado de la laguna, a la orilla opuesta de aquella en que se asienta Comacchio, fue forzado a echar pie a tierra y a recorrer así, como caballero andante, las regiones que se le ofrecían por delante. Juzgúese el asombro de los campesinos al ver aparecer ante ellos, sin previo aviso, un enorme, descomunal y atlético negro que, por todo equipo y traje llevaba un morral bien lleno de anguilas a la espalda y una enorme cantimplora colgando a su lado.
Pero lo importante era que Semba estaba de nuevo en casa. ¡Ah! ¡Cuánto habían pensado en él los lugareños! ¡Qué de preocupaciones les daba a todos con sus andanzas, con su inquietud viajera!
«¡Ahora no te nos escaparás más, Semba! ¡Esperamos que hayas ya quedado satisfecho para una buena temporada!», le decían sus amigos. Y para ayudarse en este empeño trataban de llenarle de vino a todas horas, suponiendo, con bastante fundamento, que el vino hace tender al hombre hacia la molicie y la buena vida que no hacia la exploración de terrenos desconocidos.
Pero Semba, lo quisieran así los lugareños o no, había nacido especialmente predispuesto para un destino de libertad y de gloria. Y el día preciso de la Virgen de Agosto, entre las lágrimas y las quejas de todo el pueblo, partió de nuevo a la aventura, sin querer escuchar los sabios consejos con que los demás ancianos del pueblo le asesoraban. Iba esta vez, al descubrimiento de las fuentes del río Reno.
Dicho y hecho. Comenzó, debidamente preparado y equipado, su descomunal caminata. Pasó Bolonia, puso proa a los Apeninos, entró después en el Valle de San Lucas y así, como el que no quiere la cosa, llegó a mediados de setiembre a las fuentes precisas, al mismísimo nacimiento de aquel gran Nilo de la región Emilia.
La fama de su nueva hazaña recorrió esta vez media Italia. Su nombre cruzaba de una punta a otra de la región, de boca en boca, adornado siempre con los más curiosos adjetivos.
Recibió homenajes de asociaciones excursionistas, de los mozos de éste, de aquél y del otro pueblo. Le invitaban todos, se lo disputaban todos. O sea, que Semba, si hubiera sabido entender la vida, hubiese ya podido vivir en paz en el justo disfrute de su fama, sin más preocupaciones que las de comer, beber, dormir, dejarse querer y, en dos palabras darse una vida de príncipe.
Pero su destino era la inquietud perpetua. Ardía en deseos de descubrir nuevas tierras, de seguir a la inversa el curso de cuantos ríos se ponían a su alcance, de pisar las cimas de los montes que le circundaban, de adentrarse en lo más oscuro de los densos bosques...
Y a primeros de octubre, Semba dijo otra vez adiós al pintoresco pueblecito de Comacchio, partiendo esta vez dispuesto a llegar hasta las fuentes del Po. Semba, en su fuero interno, sentía francamente ocasionar tantos disgustos a aquellas plácidas gentes. Pero..., ¡ah!, era su sino: había que apagar aquella sed viajera.
El Po, como es sabido, pasa a un tiro de piedra de la ciudad de Ferrara, de donde se deduce que no resulta demasiado raro el hecho de que algunos ferrarenses, más o menos locos, se dedicasen habitualmente a enredar con los diques que regulan por allá su curso.
Si esto lo hacían con mala idea o no, es cosa desconocida; mas los desperfectos que frecuentemente ocasionaban son cosas comparables, verídicas y aun palpables.
Partió el negro, como decimos, pero —y esto es lo triste del caso— no regresó jamás. Alj cabo de un mes, el pueblo de Comacchio se alzó ya en franco tumulto: se armaron los hombres de palos, picas, cuchillos y hoces, y estaban ya dispuestos a largarse a Ferrara para dar un escarmiento total a aquellas gentes que no les dejaban vivir su vida y que, sin la menor duda, les habían ahora robado a su hijo predilecto y adoptivo, el negro Semba. En el peor de los casos, había que ir a vengarle pasando a fuego la ciudad, si es que alguien había tocado un solo pelo de su cabeza. Súbitamente, un día de aquellos se presentó en el pueblo, jadeante aún y sofocado por la carrera, uno de los hombres de Comacchio, uno precisamente que se ocupaba de rastrillar, día tras día, los cienos y lodos del Po. Con la voz aún sofocada, con el aliento aún cortado, pudo éste relatar al pueblo entero el trágico fin del héroe. Semba, sin saberlo, se había adentrado por la zona en que se estaba saneando la cuenca del Po. Se metió así por aquel dédalo de canales de desagüe. Semba, nuestro bueno y querido Semba, desapareció una noche tenebrosa, una noche oscura como boca de lobo, chupado a traición, absorbido por una de aquellas feroces máquinas, por una de aquellas descomunales bombas que secaban zonas de los pantanos. El último y terrible grito del héroe provocó un coro de asustados relinchos de los potrillos salvajes de aquel contorno; un coro cuyo eco se extendió y propagó por toda la amplísima zona de las marismas, llegando luego hasta los bosques lejanos. Era un estruendo de asustados relinchos que llenaban el aire de la zona. Un trágico grito animal que se confundía así con los rumores del río. Se diría un final de tragedia griega: el llanto de los equinos y el llorar del río, confundidos en una sola voz: una voz que lloraba como dicen que otrora lo hiciera la corriente del Sca-mandro cuando rasgó los aires también el grito final, la postrer llamada de auxilio de Héctor, el mitológico domador de caballos.

EL “MARTILLADOR” DE LA VIEJA INGLATERRA

La primera vez que Bob As apareció en Prato era, justamente, un lunes. En la plaza del Duo-mo, tras los puestos de los vendedores de baratijas, hizo nuestro hombre su aparición. Era un tipo descomunal, grande y fuerte como un Hércules, con manos como palas de remo, tórax de luchador y una espalda y unos brazos que parecían, realmente, muestrarios ambulantes de músculos y tendones. Su cabeza era pequeña, redondita y calva, pero unida al cuerpo por un poderoso cuello, fuerte como el de un toro. En su cara, que tenía algo de seráfica, lucía una sempiterna sonrisa.
Mas si la mitad superior del cuerpo era, como queda dicho, todo carne, músculo y poder, de fuerte osamenta y amplia complexión, las piernas, por el contrario, eran unas simples y puras cañas, afiladas, enjutas y flacas, que parecían haber sido talladas con un cortaplumas. Nunca se había visto —o al menos ésta era la opinión de los habitantes de Prato—, unas piernas de cristiano más flacas, más secas, ni más torcidas que aquéllas.
Parecía así un hombre especialmente diseñado para no valerse de aquellas extremidades; un hombre nacido para estar siempre sentado. Un Hércules de cintura para arriba y un flaco por antonomasia en lo que a piernas se refiere.
Para colmo de males iba vestido a la moda escocesa, luciendo por tanto una faldita que llegaba apenas a sus nudosas rodillas.
El extraño tipo, sin hacer ni el menor caso de la curiosidad que su atuendo despertaba, se instaló al pie del monumento de Magnolfi, abrió una maleta, grande como un baúl que hasta allí acarreara, y sacó de ella una alfombra muy enrollada, una bola de hierro provista de una anilla o argolla, un trípode plegable, un trompetín, una bandera inglesa, cuatro guantes de boxeo, un banquillo pequeño, una botella de whisky y, por último, un rollo que parecía contener algunos cartelones de esos que utilizan en su propaganda los vendedores ambulantes. Sin decir una sola palabra, colocó el asta de la bandera inglesa sobre el trípode, izando así, en plena plaza, los colores nacionales de la rubia Albión; luego, extendió la alfombra por tierra, alineó cuidadosamente sobre ella, en una orilla, los guantes, la bola y la botella, agarró con su manaza la trompeta e hinchó el pecho. Volviendo un poco la cabeza, echó una mirada a la muchachita que había ido hasta allí en pos de él y que en aquel momento preciso tomaba asiento en el pequeño taburete. Le dirigió una sonrisa llena de cariño y le hizo luego un gesto sonriente. Finalmente, tosió el atleta, escupió a una banda y, haciendo acopio de aire, sopló por la trompeta, para llamar de esta guisa la atención de las gentes.
Los lunes son días de mercado, por cuya razón la plaza principal del pueblo se halla concurridísima a todas horas. Queremos decir con esto que pronto una gran multitud rodeó al curioso hombre del faldellín. Apostaban unos a que el tipo aquél era un tragador de sables. Otros preferían creer que iba a echar fuego por las narices.
Cuando la concurrencia ya era lo bastante nutrida, se separó el hombre la trompeta de la boca y quedó ante su auditorio en postura de «firmes», pero más con un aire de gimnasta que de soldado, si hemos de ser veraces.
Luego, tras un leve saludo, se afianzó sobre aquellas entecas piernas, se dobló hacia abajo por la cintura, agarró con su mano diestra, por la argolla, la enorme bola de hierro y la fue levantando, lentamente, hasta la altura del pecho. En medio de un absoluto silencio, hizo luego un leve giro de muñeca y siguió extendiendo el brazo, ya hacia arriba, elevando así la pesa por encima de su cabeza.
Empezaron a oírse algunos rumores.
—¡Silencio! —bramó el atleta.
Y su auditorio comprendió bien pronto, al percatarse del acento, que aquél no era el Hércules de Pratolino sino un Hércules del extranjero. Es un romano, opinaban unos. No, un alemán, aseguraban otros. ¡Un inglés, hombre, un inglés! ¿O es que no veis la bandera?
En tanto que la demostración de fuerza proseguía, salió de entre la masa de espectadores un grito de: «¡Viva el Gambacciani!», ante el que todos los espectadores soltaron la carcajada.
El Hércules les despreció olímpicamente. Fue haciendo descender, lenta, muy lentamente, la pesada bola de hierro, hasta posarla en tierra con la suavidad de la mariposa. Luego, en seguida, hizo un par de movimientos respiratorios, tras lo cual empuñó con la siniestra el asta de la bandera, alzando con la otra mano, por encima de su cabeza, un gran cartelón, ya desplegado. Se leía allí, en grandes caracteres tipográficos:

«Éste es el invencible Bob As, campeón indiscutido de Escocia, veterano del ring, y llamado, por su potente pegada, el martillador de la Vieja Inglaterra.»

Bob se volvía a uno y otro lado para que así toda la concurrencia pudiera leer el anuncio. Luego, quiso él completarlo de viva voz y comenzó a pregonar a los cuatro vientos:
—¡Cuarenta años de boxeo! ¡Ciento y pico victorias! ¡Treinta medallas! ¡Diez dientes rotos en el curso de mis combates!
Al llegar a este punto de su perorata, abría los labios para que todos pudieran ver así las áureas piezas que habían venido a rellenar los huecos que en sus filas dentarias dejaron las pasadas luchas, las pasadas victorias.
Y en este momento preciso, la muchachita que le acompañaba, se puso en pie y comenzó a aplaudir entusiasmada: la claque hizo efecto y todos obsequiaron con sus aplausos al atleta extranjero.
Éste, tras un saludo de aire circense, colocó de nuevo la bandera sobre el trípode, plegó muy lentamente el cartelón y se hizo otra vez con la pesada bola. La asió con ambas manos y la tiró violentamente a lo alto; al caer ésta, la recogió, antes de que llegara a tierra, haciendo un alarde de musculatura.
A continuación, pasó a hacer toda una serie de ejercicios gimnásticos con la referida pesa, demostrando ampliamente de esta suerte cómo él, con una sola mano, podía hacer cuanto quisiera con aquel chisme, despreciando por entero su enorme peso, la ley de la gravedad y demás zarandajas por el estilo. No hay como una buena musculatura para salvar esos pequeños escollos.
—¡Cincuenta liras le daré, sí señores, sí, a aquel que logre alzar esta bola con una sola mano! ¡Cincuenta hermosas liras! ¿No hay nadie que lo intente?
Dejó la bola sobre la alfombra, puso un pie sobre ella, cruzó sus musculosos brazos sobre su no menos musculoso pecho, miró olímpicamente a derecha e izquierda y quedó, por fin, mayestático, como un gran Titán vencedor de arduo combate.
—¡Viva el campeón de Escocia! —gritó la muchacha, fiel a su misión de enardecer a las masas.
La multitud volvió a aplaudir a Bob As. Algunos había que miraban ya a la bola como considerando, en su fuero interno, qué posibilidades había de ganarse aquel medio centenar de liras.
—¡Debe pesar bastante! —opinaba uno.
—Más de cien kilos, creo yo —apuntaba otro.
—Que viene a ser media lira por kilo —completó un tercero—. ¡No está mal el precio!
Las mujeres, entonces, comenzaron a animar a los hombres.
—¡Hala, muchachos, ganaos las liras e invitadnos luego!
—¿Tienes miedo, Fulanito?
—¿No puedes con ella, Zutano?
—¡Que no se diga, Mengano, con lo que presumes tú de atleta con las mujeres!
Ante las voces de las hembras, los hombres empezaron a mirarse entre sí, pensando cada cual para su capote a quién de ellos le tocaría hacer el ridículo, pasando a ser la inocente víctima que precisaba el buen humor general. Sin mediar palabras, parecieron ponerse todos de acuerdo: rodearon a un fuerte muchachote de pelo rojo y, quieras que no, le fueron empujando, encaminando hacia la alfombra en la que se hallaba el hércules escocés. El pelirrojo se revolvía y trataba de liberarse; demostrando no tener demasiadas ganas ni de hacer ejercicios físicos ni de hacer, claro está, tan descomunal ridículo. Pero cuando llegó a tiro del de las falditas alargó éste su descomunal manaza, asió al muchacho por un hombro y, de un brusco tirón, le plantó a su lado, junto a la infernal bola de hierro que, a los ojos del paisano, parecía ir ganando en peso y en tamaño cuanto más de cerca la contemplaba. Con una presión de sus fuertes dedos, Bob obligó al italiano a inclinarse sobre la bola de hierro. Una vez en tal postura, no le quedó al joven más remedio que intentar la hazaña. ¡Peor iba a quedar ante los ojos de sus camaradas si ni tan siquiera intentaba levantar el peso! Consecuentemente, pasó la mano por la argolla, enderezó algo el espinazo, hinchó a conciencia los pulmones y comenzó su intento.
—¡Ánimo! ¡Fuerza! ¡Adelante, valiente! —le animaban sus paisanos.
Concentrando energías y tensando bien los músculos, logró, poquito a poquito, levantar la descomunal bola un palmo sobre el suelo; otro esfuerzo y otro palmo más arriba, luego, a fuerza de sudores, otro palmo más en altura; la bola iba llegando ya al nivel de su cintura. Quedaba ahora, justo y precisamente, lo más difícil: hacer girar la muñeca, con la bola a cuestas, para que el brazo pudiera comenzar su marcha hacia las alturas y hacia las cincuenta liras prometidas. Sudando a chorros, con los músculos y los tendones a punto de reventar, el muchacho comenzó la difícil operación. Su cuello estaba hinchado por la tensión; su espalda contraída y, desgraciadamente para él, el tórax demasiado avanzado e inclinado. Y a causa de este defecto —bueno, y de la falta de fuerzas quizás—, el caso es que en el momento crítico, en el punto culminante, la bola pudo más que el titán en ciernes y ¡allá fueron ambos, hombre y bola, de cabeza hacia el suelo! La multitud, claro está, estalló en una abierta y general carcajada. Bob As estaba preparado para el quite. Y al ver lo que sucedía, lanzó disparada una de sus manos con la que agarró al hombrecillo por el cogote impidiéndole así que se estrellase de narices contra la alfombra. Una vez conseguido esto, le agarró con la otra por el fondillo de los pantalones y a la voz de ¡ahí va eso! lanzó al fracasado pelirrojo sobre el grupo de amigos que le habían inducido a probar sus fuerzas. Le cogieron éstos en vilo, en medio del general regocijo, obsequiándole seguidamente con un descarado abucheo.
Bob As quedó invicto, sobre su alfombra, los brazos cruzados sobre el pecho, con aire de Titán presumiendo a ojos vistas de aquellas asombrosas facultades con las que le obsequiara la Naturaleza. Miraba de reojo a derecha e izquierda, saboreando el fracaso de aquel pobre competidor que tan maltratado quedara en el inútil empeño. Mas he aquí que en aquel preciso momento, un can, un vulgar chucho, salió por debajo de las piernas de los espectadores y, sin el menor alarde de miedo ni de desconfianza, se dirigió resueltamente, con pasitos cortos, hacia el héroe de la jornada. Pisó la alfombra, miró a la partenaire del campeón, se acercó a la bola de hierro, la olfateó con mucho cuidado, levantó descaradamente una de sus patas traseras contra aquella bola de hierro que nadie, salvo de héroe, lograba levantar a pulso. Y mientras ocurría lo que inmediatamente pasó, lo que en tales casos es fuerza que pase, se quedó el perro mirando descaradamente al as del boxeo escocés, sin reconocer, al parecer, ni sus méritos ni su universal renombre. El regocijo de la multitud no es para ser descrito. Las carcajadas elevaban su coro al aire, y la gente se retorcía materialmente de risa. Pero Bob no logró ver la cosa por su lado humorístico, ni mucho menos. Aquel odioso can venía así a mancillar su triunfo, a sumirle en el más espantoso de los ridículos, cuando precisamente estaba logrando uno más en su larga carrera de éxitos. La rabia pudo más que la flema británica. Agarró al maldito perro por la cola, alargó el brazo, tensó los músculos y comenzó a voltear al chucho por encima de su cabeza, como hacen los vaqueros del lejano Oeste con sus famosos lazos de cuerda. Después, con un impulso final, largó al bicho por los aires: el pobre perro salió como la piedra de una honda. Cruzó los aires por encima de la multitud, pasó por lo alto del monumento a Magnolfi y luego, en una limpia trayectoria, fue a caer, o a aterrizar, encima del puesto de un vendedor de buñuelos. La gente lo estaba pasando maravillosamente bien. Ni tan siquiera en el circo, ni en los títeres, se habían reído tanto en los últimos tiempos. ¿Cuál será, se preguntaban, el próximo número?
Pues bien, aunque ellos no lo supieran, el próximo número estaba ya comenzando: Un hombretón robusto como un roble, gordo como una vaca, y con el rostro colorado por la rabia, se abalanzó sobre el «martillador» de la Vieja Inglaterra, gritando a grandes voces:
—¡Ahora te enseñaré yo a hacer volar a mi perro!
Agarró al escocés fuertemente por el brazo y comenzó a propinarle furiosas bofetadas con la otra mano.
Era Carnaccia, el casquero de la calle de Porcellatico, famoso por sus kilos, por su fuerza y por su mal humor sempiterno. De modo y manera que ahora se les ofrecía así, gratuitamente, un ameno «match» de lucha libre. [Buena estaba la cosa! ¡Más valdría no perderse ni un detalle! Conque claro está, las filas se apretaron más y todos, o casi todos, se pusieron de puntillas para ver mejor, sobre las cabezas de los que se hallaban delante, aquel descomunal y divertido combate.
—¡Hala, hala, Carnaccia, dale fuerte!
Ante aquel impensado ataque, Bob As quedó un poco desconcertado, con lo cual hubo de encajar las dos primeras bofetadas. Gracias a ellas reaccionó rápidamente; se deshizo de la presa y con unos pasos típicos del ring, puso una prudencial distancia entre él y su enemigo, largándole luego dos descomunales trompazos.
—¡Contesta, casquero, no te guardes ésas! —le gritaba la gente.
El bueno de Carnaccia quiso responder a los golpes, pero el boxeo no se había hecho para él. Cada vez que intentaba acercarse, se encontraba de plano con los puños de su enemigo. Si se retiraba un poco la gente le llenaba de insultos. Así pues, meditó rápidamente un segundo y se decidió a atacar a su estilo. Dio unos pasos atrás, despreciando los comentarios, tomó impulso, y se lanzó como una tromba sobre el boxeador de las f alditas, sin tener en cuenta el par de pescozones que le pillaron por el camino. Cayó con todo su enorme corpachón sobre el inglés, quien ante aquella embestida, más propia de un toro furioso que de un hombre, fue por tierra, recibiendo encima de sí todo el peso del enfurecido casquero.
—¡Ah, traidor! —gritó el pobre en un ronco aullido.
La masa de gente aplaudía enardecida ante la aparente victoria de su paisano. Pero cuando los aplausos estaban aún sonando, ya se encontraba nuevamente en pie Bob As, en su peculiar postura de boxeador, incitando a su enemigo a que se lanzara para poderle dar el castigo que se había merecido. En vista de que éste no lo hacía así, Bob le agarró con la izquierda por el cuello, hizo presión con sus dedos, obligándole a levantarse. Y tan pronto como el gigantón se separó del tapete, un espantoso gancho fue a parar a sus narices de las que comenzó la sangre a brotar a chorros. Un nuevo golpe en el mentón y el dueño del perro cayó por tierra con la misma fuerza y el mismo desplome con que su can cayera, pocos minutos antes, sobre el montón de buñuelos recién hechos.
Aquel espectáculo no fue ya del agrado del respetable público. Una cosa es una broma y otra que la sangre ande ya por medio. Así, y mientras que unos se ocupaban de recoger al pobre y maltrecho vendedor de tripas, los otros se lanzaron sobre el extranjero, tratando de darle, simple y llanamente, una descomunal paliza. El inglés luchaba por desasirse de aquella lluvia de manos que caía sobre él, pretendiendo agarrarle y tirarle por tierra. Pero a pesar de su habilidad y de su fuerza, no creemos le hubiera ido muy bien en aquel desigual combate. Afortunadamente, el escándalo era ya demasiado grande para pasar inadvertido, y así fue cómo se presentó en la plaza un piquete de guardias dispuestos a poner orden. Repartiendo algún que otro porrazo lograron atravesar la compacta fila de luchadores, llegando hasta el apurado inglés, al que salvaron del linchamiento, formando —entre él y la multitud— una barrera con sus propios cuerpos.
—¡Calma, calma, señores! ¡Dejen este asunto de nuestra cuenta!
La multitud respondía:
—¡A la cárcel con él! ¡Ponedle las esposas! ¡Es un peligro público! ¡Es una auténtica fiera!
Los guardias, los propios guardias, eran los primeros que deseaban llevárselo de allá, para evitar las contingencias que pueden surgir cuando la multitud se halla enardecida y enfadada en sumo grado. De forma que, haciendo siempre un corro alrededor del prisionero, comenzaron a cruzar la plaza, en un extraño desfile, dirigiéndose hacia la Prevención, seguidos siempre del gentío que continuaba obsequiando al atleta con los peores insultos. Éste no había abandonado, entretanto, sus útiles de trabajo; iba detenido, sí, pero eso no impedía que antes de partir hubiese metido bajo su fuerte brazo, la bola de hierro, los cartelones, la botella de whisky, el trípode, los guantes de boxeo... En la otra mano, llevaba orgulloso la bandera inglesa. Al marchar, miró despreciativo a la gente y clamó:
—¡Está salvado el honor de Inglaterra!
La muchachita, con cara de asustada, seguía a prudencial distancia al escocés, la mirada gacha, temiendo sin duda que la gente pudiera luego emprenderla con ella. Parecía un pobre-cito perro apaleado, sin amo, un pajarito sin recursos y sin nido en el que cobijarse. Iba despacito, despacito, tras el extraño cortejo tosiendo de vez en cuando cavernosamente.
Por algún tiempo, no se supo más del extraño atleta ni de su desmedrada compañera. Corrió la noticia de que éste había pasado una quincena en la cárcel por el delito de promover escándalo en la vía pública. Otros, los más enterados, afirmaban que si le habían puesto en libertad era tan sólo para que pudiera acompañar así, en su último viaje, a la infortunada muchachita, desde el hospital hasta el camposanto de la iglesia nueva.
Tras el fúnebre carromato iba el entristecido atleta —con los ojos bajos, y resonándole en el pecho unos sollozos que partían el alma. Cuando el ataúd bajó al fin a la fosa, cayó el hombre-tón y comenzó a llorar, desaforadamente, llamando a grandes voces a la muchachita por su nombre.
Al siguiente día, y a la caída de la tarde, cuando ya los mercaderes se hallaban desmontando sus tenderetes, Bob As apareció de nuevo en la plaza del Duomo, con una mirada ausente y como extraviada. Paró en un rincón, abrió la maleta, sacó su bandera y su bola de hierro. Sin mirar a nadie, sin decir una sola palabra, ató el cabo de una soga a la anilla de la referida bola. Con el otro extremo de la cuerda hizo una especie de lazo corredizo y pasó éste luego por su cabeza, quedando así tal lazada alrededor del poderoso cuello del inglés. Con la mano izquierda sujetó la bandera; con la derecha, asió la bola y así, a pasos largos y cansinos, se dirigió lentamente hacia el Borgo. Unos pasos más allá, se paró y miró por última vez a su pesada maleta, como si quisiera decirle adiós para siempre.
Una nube de chiquillos se juntó pronto a su alrededor, ávidos de ver lo que aquel extraño sujeto iba a hacer: creían que era un nuevo espectáculo del boxeador extranjero. Pero éste los despreció, ignorándolos por completo. Ni tan siquiera parecía darse cuenta de su presencia.
Reanudó la marcha, siempre con la bandera y la bola a cuestas. Cien metros más allá, paró de nuevo. Depositó la bola en tierra, sacó de su bolsillo una cinta negra y la anudó luego cuidadosamente en lo alto del asta de su bandera. Cargó otra vez con ella y con la pesa y, con la mirada perdida en la lejanía, siguió su lenta marcha. Su cara estaba pálida, blanca, como sin vida. Pero una extraña sonrisa, una triste y desalentada sonrisa, parecía haber quedado grabada indeleblemente en su boca. Cruzó la plaza, pasó por debajo de los pórticos, torció una esquina y llegó, paso a paso, al puente del Mercatale.
El río Bisenzio corría allá abajo; sus aguas tumultuosas chocaban contra los pilares del puente; venía el río en plena crecida y se formaban así, en diversos lugares, fuertes remolinos de un color pardo sucio. Un rumor sordo acompañaba a la corriente en su paso por el pueblo.
Bob As izó, a fuerza de brazo, la pesada bola de hierro sobre la barandilla del puente; luego, la bandera. Y finalmente, a pleno pulso, fue alzándose él sobre el pretil. Pasó primero, sobre la barandilla, su vientre; después, sus muslos, hasta que con una flexión de piernas, quedó en pie, la bola en la mano, sobre el borde de la metálica barandilla.
Tenía un aspecto extraño. Su rostro era gris, terroso, como del color de las sucias aguas del río. Se mantenía allí en vilo, luciendo su cuerpo de atleta y sus piernas contrahechas. Con su mano derecha sujetaba la bola de hierro que tantas veces levantara ante el asombro del público. Con la izquierda, la bandera enlutada de su lejana patria.
Quedó inmóvil un momento, meditando. Después despacio, despacio, con los ojos brillantes por las lágrimas, besó con cariño, con un mudo recuerdo, el negro crepón que minutos antes atara al asta de su bandera. Hinchó luego el pecho, miró hacia abajo y, sin una palabra, sin un quejido, se lanzó para siempre jamás, a las turbias aguas de la corriente del río.


LA MADONNA DE LOS PATRIOTAS

Lo poco que ha influido Arezzo siempre en los asuntos toscanos no tiene, a mi modo de ver las cosas, justificación alguna. Los naturales de tal ciudad, los aretinos por tanto, tienen la nariz lo suficientemente recta para no desmerecer de los demás toscanos. Y, sin embargo, con todo y con eso, parecen estar confinados allí como a trasmano, por no decir incluso que quedan ya fuera de la gracia de Dios. Por la espalda, geográficamente hablando, tienen a los romanólos, de quien nuestra Señora del Consuelo nos libre; por el lado de oriente, a los enfermizos umbros de Ciudad del Castillo; por delante, a los sieneses a quienes san Donato se los lleve y luego, por la parte de occidente, que es la que nos resta, a los florentinos, nada menos, a los que así san Antonio meta en un saco y quiera llevárselos al mercado de Padua a venderlos como bellotas.
Los aretinos tienen hoy algo más en qué pensar que en ir a buscar las cosquillas a los demás toscanos; se quedan pues en sus casas donde, dicho sea de paso, tienen bastantes cosas que hacer, ya que los líos de familia, de gran familia, nunca escasean por aquellos contornos. Si cada cabello arrancado en el seno de aquel pueblo quisiera transformarse un buen día en árbol, ¡ya verían ustedes lo que eran bosques tupidos y densos! Pero menos mal que mientras se desmelenan así, mutua y recíprocamente, no tienen tiempo para exportar tales peculiares actividades. De otra forma, ¿quién estaría a salvo de los humores de Arezzo?
Consecuentemente, rara vez se salen de su marco para incordiar al prójimo. Pero cuando lo hacen ¡sálvese el que pueda!, ya que los are-tinos tienen la rara especialidad de sembrar vientos, quitándose luego del paso para dejar acá, galantemente, que sean los demás quienes recojan tempestades. Y esto no es un aserto gratuito. Esto, sin ir más lejos, lo saben al dedillo los franceses que, por haberse arriesgado a plantar su árbol de la libertad en Arezzo, el malhadado día 7 de abril de 1799, estuvieron en un tris de salir de Italia con una marca clarísima de bota en su dorso, un poquito más abajo de donde se les acaba la espalda.
El hecho, como todos los demás que luego siguieron, ha sido narrado en gran número de opúsculos y de manuscritos, de los que se lucieron eco todos los diarios de aquellas épocas. Figuraron también en las proclamas, cartas, estampas e incluso caricaturas que se hallan conservadas —por si alguien desconfía— en la Biblioteca de la Hermandad de Nuestra Señora de Arezzo. Y todos estos documentos deberían ser leídos por todo buen toscano para aprender así, de antemano, a no dejarse sorprender por un posible recrudecimiento de los malos humores aretinos. Aprenderían así, ya de paso, a ponerse a salvo cuando el barómetro barrunte tempestades por aquellas duras zonas de la Italia. En tal ánimo, en tal estado de espíritu, podrían también hojear las obras conservadas en el Archivo del Estado de Florencia, entre las cuales figuran el Diario de Ausano Per-pignani, los testimonios de las Actas resueltas por S. A. R. y por el Senado florentino durante todo el año de marras, los relatos de los inspectores de Policía y variar cartas anexas.
Pero volvamos a nuestra historia de los franceses y aprendamos así, nosotros también, a no plantar ninguna clase de árboles en los huertos de Arezzo.
Después de las vísperas, nos narra Ludovico Albergotti en el manuscrito número 24 de la Biblioteca de la Hermandad de Santa María de Arezzo, sucedió que, por Domingo Pignotti, fanático afrancesado, fue izado en medio de la plaza mayor del pueblo el árbol de la libertad, a los sones de una banda y ante los reiterados ¡vivas! de unos cuantos muchachos —más pagados para ello que los músicos— y a quienes acaudillaba el afrancesado ya referido. Tan odiada enseña consistía en un mástil, todo pintado a rayas con los colores de la tricolor enseña francesa, y en cuyo tope campeaba altiva la bandera de los invasores.
Tan impía maniobra fue mirada, con ojo receloso, por algunos aretinos, en cuyos meollos no se fraguaba, ya, de seguro, nada bueno.
Culminó después el acto en un pequeño discurso: unas cuantas palabras, más o menos apropiadas, leídas, ¡para colmo!, por un sacerdote piamontés, preceptor de la casa de Canuto Albergotti. Los escasos espectadores oyeron, con auténtico horror, las palabras del religioso.
Pero bueno, en rigor de verdad, nada o casi nada había pasado hasta tal momento. El olor de los palos llegó después.
Los franceses habían hecho su entrada triunfal en Arezzo el día anterior, 6 de abril, pero claro está que tal llegada no había alegrado a nadie, si descontamos los jacobinos. «El resto de la población mostróse de malísimo humor y especialmente los campesinos, quienes, por ser sábado de feria, habían acudido en gran número a la ciudad.» Con este ambiente hostil iba transcurriendo la primera jornada. Su fin se compuso a base de proclamas y de edictos que vinieron, claro, a complicar más aún las cosas.
Mas hemos de hacer constar, antes de pasar a relatar ese punto concreto, que algunos aretinos, de esos que siempre quieren dar la razón a todo el mundo, se apresuraron a fabricarse escarapelas tricolores para lucirlas en seguida sobre sus ropas. Y estos «algunos» eran los de siempre, ¿me comprenden ustedes?, esos que todo lo hacen, según dicen ellos, por política, por contemporizar y por todas esas zarandajas.
Mas luego resultó que los «invasores» sacaron a la luz un edicto por el cual todos los ciudadanos tenían que enrolarse, que quieras que no, en la guardia nacional, realizando sus buenas horas de guardia. Como quiera que, al parecer, este edicto no bastaba, se sacaron otro de la manga, en el que se decía que toda persona de alcurnia estaba obligada a alistarse en tales fuerzas, sin excluir de tal obligación ni tan siquiera a los curas ni a los nobles. Añadían luego que, el que así lo quisiera, podía zafarse de cada guardia mediante el pago de tres paulos (medias liras), lo cual no era nada baladí en aquel entonces. Con todo y con eso, el primer día no quedó nadie exceptuado por razón alguna, y ello suscitó, como es lógico, la indignación popular. Era un espectáculo bufo aquél de ver a los nobles y a los clérigos haciendo guardia, el tricornio allá en la nuca, las cartucheras colgando a la altura del ombligo y el fusil sostenido como si de un cirio de procesión se tratase.
Yo creo que entre las razones, entre las muchas razones, que pueden justificar la revuelta, tiene mucho peso ésta del decreto que venía a ridiculizar a elementos tan importantes como el clero y la nobleza.
Pero en la hoguera había, por ende, muchos otros leños: estaba la vejación de que el pueblo era objeto por parte no ya de los franceses, sino de los mismos afrancesados y jacobinos: el absoluto desprecio que todos éstos sentían por las cosas religiosas, la tan cacareada crueldad republicana e incluso las mil supercherías del capitán Lavergne, comandante militar de la plaza. A manera de ejemplo, se podría citar las tropelías y latrocinios de los comisarios franceses: uno de ellos, tras un viaje de inspección, «partió para Cortona y tras de haber limpiado allí todas las cajas públicas, volvióse a Florencia con algo más de siete mil escudos».
Total, que las cosas iban de mal en peor sin que nadie, por innecesario, se dedicara a echar leña al fuego. Al mes de haber entrado los invasores, todas las gentes del pueblo enviaban ya a sus niños y a sus perros a regar el árbol, si me permiten señalarlo de tal manera. Y añadiremos que para tal fecha, habiendo pasado tan sólo un mes, como antes digo, el curioso mástil estaba ya por tierra, derribado y maltrecho.
Mas no es justo que hablemos todavía del jaleo, sin que les pongamos a ustedes al corriente de cuál fue el estado de ánimo reinante, y sin relatarles ce por be cuáles y cómo fueron las chispas que encendieron la descomunal hoguera. Volvamos, pues, al principio.
Antes de terminar el día 12 de abril, esto es, pasadas apenas dieciocho horas de la entrada del general francés en Florencia por la Puerta de San Galo, quince horas después, por tanto, de la partida del Gran Duque Fernando III, los patriotas florentinos, luceses y pistoianos se habían ya sublevado. He de decir, con dolor, que en Prato todos callaban. Yo soy de Prato, mas de haberme hallado allí todo hubiera acontecido de muy distinta manera.
Conque tenemos que en todas esas zonas o regiones estalló un primer chispazo de rebelión: los jacobinos y los afrancesados, por serlo, se ganaron las primeras palizas. Y de aquí que, cosa curiosa, éstas parecieron servir de desahogo a los paisanos, quienes se fueron tranquilizando luego poco a poco.
Y aquí fue donde, según las viejas crónicas, intervino la Providencia para hacerles ver que el invasor estaba aún pisando el suelo italiano, con lo cual la obra no estaba terminada todavía.
Nos cuenta Brigidi, en el opúsculo que sobre los jacobinos y los realistas se imprimió en Siena, en 1882, en la tipografía de Torrini y que incluso Zobi confirma en su Historia Civil de Toscana (editada en Florencia, por Molini, en 1815), que la florentina Virgen de la Concepción, en la vía Cerezo, amaneció un día dispuesta a hacer milagros, con lo cual pasó a hacer florecer los lirios marchitos que rodeaban su capilla. Tan pronto como la gente se dio cuenta, acudió en visita a la Virgen llevando ramos y más ramos de lirios marchitos. Y, efectivamente, ante el altar, los lirios reverdecían. En Prato, la Virgen de las Miradas, que si bien es pratense no quiso ser menos que la advocación florentina, restableció de paso la reputación de mi ciudad, comenzó a llorar y a sudar sangre «para demostrar la ira de los cielos contra los jacobinos toscanos, impíos escarnecedores de la religión y de los santos Ministros de Dios». En Certal-do, la Virgen María comenzó a aparecer cada tarde en lo alto de una cueva enclavada junto al Santuario de las Grutas. Claro que los franceses y los jacobinos dijeron luego que no era sino una muchacha del pueblo llamada Marinari... Pero, ¡bueno, ya saben ustedes cómo son unos y otros!
Y en la tienda de un barbero de Siena, una Virgen Dolorosa, pintada al óleo y tan ennegrecida que parecía haber sido bañada en hollín, empezó a lanzar destellos bajo sus párpados, tal vez en honor de Pío VI, fugitivo, y de paso por Siena. Los deslenguados ya referidos, proclamaron que aquel óleo no representaba ni tan siquiera a la Virgen, sino que era un viejísimo grabado de Cleopatra con el áspid. Pero, es lo que digo yo: algo tiene que calumniar la gente cuando empiezan a producirse milagros en su contra, ¿no?
¿Y qué hizo la Virgen de Montalcino? Pues abrió y cerró los ojos ante la vista de numerosos testigos.
Fue una suma tal de milagros por toda Tos-cana que ya llegaba uno a pensar si no se habrían convertido todos aquellos terrenos en tierra de Dios, en infierno de los franceses, en purgatorio de los malos ciudadanos jacobinos y en paraíso destinado a los magníficos patriotas.
Pero el milagro nunca visto, el milagro fuera de serie, ocurrió precisamente en Arezzo y fue algo, como digo realmente extraordinario. Dicho así en pocas palabras, la cosa fue que la Virgen del Consuelo alquiló un día un carruaje y se hizo pasear por toda la ciudad. Mas como la cosa requiere explicaciones —lo comprendo—, pasaré a dárselas a ustedes con sumo gusto.
Adolfo Ramini, en su opúsculo titulado, El 1799 en Toscana —editado en 1906, en la región de Reggio Emilia, y en la imprenta de Ste-fano Calderini— nos cuenta que en la mañana del día ya citado, 6 de mayo, algo pasadas ya las siete horas, un carruaje procedente de la vecina hacienda de Frassineto, en el Valle del Pantano, entró en la ciudad por la Puerta del Espíritu Santo a todo correr de su caballo. En el coche se hallaban un hombre y una mujer que asía una bandera italiana desplegada. Sin aminorar su marcha, cruzaron la ciudad de una punta a otra, pero a tal velocidad, tan de prisa, tan de prisa, que no podían tratarse de humanos. El clero, que algún interés tenía también en ello, confirmó la suposición del pueblo: los dos personajes que recorrían la ciudad, haciendo gala de patriotismo, no eran otros que la Virgen del Consuelo y el mismísimo san Donato, patrón de los aretinos. De esta manera incitaban a sus protegidos, con claridad meridiana, a barrer de aquellas pacíficas tierras a los franceses, por invasores, y a los jacobinos por renegados y por vendidos.
Éste era el mensaje de la Virgen Patriota, de la Virgen de los valientes, que no podía tolerar, por tanto, ni aquellos escarnios ni los turbios manejos de los afrancesados recalcitrantes. Era la Juana de Arco de la región, la abanderada de los que estaban dispuestos a romper sus duras cabezas sobre los tricornios de los franchutes: hela aquí recorriendo Arezzo en un coche, junto a san Donato, quien, seguro, seguro, sentiría el pobre no poder tomar parte personal en la refriega.
El misterioso auriga fustiga el velocísimo caballo, ¡ohé! ¡ohé! y van cruzando así una y otra calle, ¡ohé! ¡ohé!, levantando los ímpetus guerreros y patrióticos de los lugareños.
El pueblo revive, abre las ventanas y mira aturdido: hasta la brisa de la templada mañana parece tener, en su seno, los colores de la bandera de Italia. Suena por sobre los árboles el ¡ohé! ¡ohé!, del cochero y su eco más parece ser un toque de rebato. ¡Ohé, ohé! ¡Paso a la Virgen del Consuelo! ¡Paso libre a la Madonna de los Patriotas!
Por la esquina, entre una nube de polvo, surge ya la carroza. El auriga, en el pescante, fustiga suavemente el caballo, que corta el viento, que no pisa tan siquiera el suelo. Y luego, en el asiento, ¡ved a san Donato cómo nos mira, nos anima y nos sonríe! ¡Ved a la Madonna de los Patriotas, vestida de púrpura y azul, cómo despliega la bandera, nuestra bandera, y cómo nos mira con sus ojos protectores!
¡Halalí! ¡Arriba los hombres de Arezzo! ¡Halalí, arriba muchachos, jóvenes y ancianos! ¡Halalí!
¡Halalí por la Virgen valiente! ¡Halalí por la Madonna de los italianos!
«Y pronto el pueblo, ya propicio a la revuelta, al grito de ¡Viva María! y ¡Viva Fernando!, se sublevó y desfogó su odio contra el ridículo árbol de la libertad que pronto, hecho astillas, fue pasto de las llamas.»

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