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Cuentos y leyendas

Cuentos y leyendas

 

 CARLOS GONZÁLEZ BOGENNo disponible
Abstracto

1949 | acrílico sobre cartón | 65 x 55 cms.

 

 

 

DEL RATONCITO, EL PAJARITO Y LA SALCHICHA
Hermanos Grimm
Érase una vez un ratoncito, un pajarito y una salchicha que habían formado
socie­dad y un hogar y llevaban mucho tiempo viviendo muy bien y
maravillosamente en paz y sus bienes habían aumentado admirablemente. El
trabajo del pajarito consistía en volar todos los días al bosque y llevar
leña a casa. El ratón tenía que llevar el agua, encender el fuego y poner la
mesa, y la salchi­cha tenía que cocinar.
¡Pero al que bien le va siempre le apetece hacer cosas nuevas! Y un día el
pajarito se encontró por el camino con otro pájaro y le contó, elogiándola
mucho, la mara­villosa vida que llevaba. El otro pájaro, sin embargo, le
dijo que era un desgraciado que hacía el peor trabajo mientras los otros dos
se pasaban el día muy a gusto en su casa. Que cuando el ratón había
encendido su fuego y llevado el agua se metía en su cuartito a descansar
has­ta que le decían que pusiera la mesa. Y que la salchichi­ta se quedaba
junto a la olla mirando cómo se hacía la comida y que cuando se acercaba la
hora de comer no tenía más que pasarse un poco por el puré o por la ver­dura
y ya estaba todo engrasado, salado y preparado. Y que cuando el pajarito
llegaba finalmente a casa y deja­ba su carga ellos no tenían más que
sentarse a la mesa y después de cenar dormían a pierna suelta hasta la
mañana siguiente, y que eso sí que era pegarse una buena vida.
Al día siguiente el pajarito, instigado por el otro, se negó a volver al
bosque diciendo que ya había hecho bastante de criado y ya le habían tomado
bastante por tonto y que ahora tenían que cambiarse y probar de otra manera.
Y por mucho que el ratón se lo rogó, y también la salchicha, el pájaro se
salió con la suya, y se lo echaron a suertes, y a la salchicha le tocó
llevar la leña, al ratón hacer de cocinero y al pájaro ir a por agua.
¿Y qué pasó? Pues la salchichita se marchó a por le­ña, el pajarito encendió
el fuego y el ratón puso la olla, y los dos se quedaron solos esperando que
volviera a casa la salchichita con la leña para el día siguiente. Pero la
salchichita llevaba ya tanto tiempo fuera que los dos se temieron que no
había ocurrido nada bueno y el pa­jarito voló un trecho en su busca. No muy
lejos, sin em­bargo, se encontró con un perro en el camino que ha­bía tomado
por una presa a la pobre salchichita, la había atrapado y la había matado.
El pajarito protestó mucho y acusó al perro de haber cometido un crimen
manifiesto, pero no hubo palabras que le valieran, pues el perro dijo que le
había encontrado cartas falsas a la salchicha y que por eso había sido
víctima de él.
El pajarito, muy triste, recogió la madera y se fue a casa y contó lo que
había visto y oído'. Estaban muy afli­gidos, pero decidieron poner toda su
buena voluntad y permanecer juntos. Por eso el pajarito puso la mesa, y el
ratón hizo los preparativos para la comida y se puso a hacerla e igual que
había hecho antes la salchichita se metió en la olla y se puso a remover la
verdura y a escu­rrirse entre ella para darle sabor; pero antes de llegar a
la mitad tuvo que pararse y dejar allí el pellejo y con ello la vida.
Cuando el pajarito fue y quiso servir la comida allí no había ya ningún
cocinero. El pajarito, desconcertado, tiró la leña por todas partes y lo
buscó y lo llamó, pero no pudo encontrar a su cocinero. Por descuido el
fuego llegó hasta la leña y provocó un incendio; el pajarito sa­lió
rápidamente a buscar agua, pero entonces se le cayó el cubo al pozo y él se
fue detrás y ya no pudo recuperar­se y se ahogó.

EL GATO CON BOTAS
Hermanos Grimm - Cuentos de Siempre

Érase una vez un molinero que tenía tres hi­jos, su molino, un asno y un
gato. Los hijos tenían que moler, el asno tenía que llevar el grano y
acarrear la harina y el gato tenía que cazar ratones. Cuando el molinero
murió, los tres hijos se repartieron la herencia. El mayor heredó el molino,
el segundo el asno y el tercero el gato, pues era lo único que quedaba.
Entonces se puso muy triste y se dijo a sí mismo:
"Yo soy el que ha salido peor parado. Mi hermano ma­yor puede moler y mi
segundo hermano puede montar en su asno, pero ¿qué voy a hacer yo con el
gato? Si me hago un par de guantes con su piel, ya no me quedará nada."
-Escucha -empezó a decir el gato, que lo había en­tendido todo-, no debes
matarme sólo por sacar de mi piel un par de guantes malos. Encarga que me
hagan un par de botas para que pueda salir a que la gente me vea, y pronto
obtendrás ayuda.
El hijo del molinero se asombró de que el gato habla­ra de aquella manera,
pero como justo en ese momento pasaba por allí el zapatero, lo llamó y le
dijo que entrara y le tomara medidas al gato para confeccionarle un par de
botas. Cuando estuvieron listas el gato se las calzó, tomó un saco y llenó
el fondo de grano, pero en la boca le puso una cuerda para poder cerrarlo, y
luego se lo echó a la espalda y salió por la puerta andando sobre dos patas
como si fuera una persona.
Por aquellos tiempos reinaba en el país un rey al que le gustaba mucho comer
perdices, pero había tal mise­ria que era imposible conseguir ninguna. El
bosque en­tero estaba lleno de ellas, pero eran tan huidizas que ningún
cazador podía capturarlas. Eso lo sabía el gato y se propuso que él haría
mejor las cosas. Cuando llegó al bosque abrió el saco, esparció por dentro
el grano y la cuerda la colocó sobre la hierba, metiendo el cabo en un seto.
Allí se escondió él mismo y se puso a rondar y a acechar. Pronto llegaron
corriendo las perdices, encon­traron el grano y se fueron metiendo en el
saco una de­trás de otra. Cuando ya había una buena cantidad den­tro el gato
tiró de la cuerda, cerró el saco, corriendo hacia allí y les retorció el
pescuezo. Luego se echó el saco a la espalda y se fue derecho al palacio del
rey.
La guardia gritó:
-¡Alto! ¿Adónde vas?
-A ver al rey-respondió sin más el gato.
-¿Estás loco? ¡Un gato a ver al rey!
-Dejadle que vaya-dijo otro-, que el rey a menu­do se aburre y quizás el
gato lo complazca con sus gruñi­dos y ronroneos.
Cuando el gato llegó ante el rey, le hizo una reveren­cia y dijo:
-Mi señor, el conde -aquí dijo un nombre muy lar­go y distinguido- presenta
sus respetos a su señor el rey y le envía aquí unas perdices que acaba de
cazar con lazo.
El rey se maravilló de aquellas gordísimas perdices. No cabía en sí de
alegría y ordenó que metieran en el saco del gato todo el oro de su tesoro
que éste pudiera cargar.
-Llévaselo a tu señor y dale además muchísimas gra­cias por su regalo.
El pobre hijo del molinero, sin embargo, estaba en casa sentado junto a la
ventana con la cabeza apoyada en la mano, pensando que ahora se había
gastado lo úl­timo que le quedaba en las botas del gato y dudando que éste
fuera capaz de darle algo de importancia a cambio. Entonces entró el gato,
se descargó de la espal­da el saco, lo desató y esparció el oro delante del
moli­nero.
-Aquí tienes algo a cambio de las botas, y el rey te envía sus saludos y te
da muchas gracias.
El molinero se puso muy contento por aquella rique­za, sin comprender
todavía muy bien cómo había ido a parar allí. Pero el gato se lo contó todo
mientras se qui­taba las botas y luego le dijo:
-Ahora ya tienes suficiente dinero, sí, pero esto no termina aquí.. Mañana
me pondré otra vez mis botas y te harás aún más rico. Al rey le he dicho
también que tú eras un conde.
Al día siguiente, tal como había dicho, el gato, bien calzado, salió otra
vez de caza y le llevó al rey buenas piezas.
Así ocurrió todos los días, y todos los días el gato lle­vaba oro a casa y
el rey llegó a apreciarlo tanto que po­día entrar y salir y andar por
palacio a su antojo.
Una vez estaba el gato en la cocina del rey calen­tándose junto al fogón,
cuando llegó el cochero maldi­ciendo:
-¡Que se vayan al diablo el rey y la princesa! ¡Quería ir a la taberna a
beber y a jugar a las cartas, y ahora resul­ta que tengo que llevarles de
paseo al lago!
Cuando el gato oyó esto, se fue furtivamente a casa y le dijo a su amo:
-Si quieres convertirte en conde y ser rico, sal con­migo y vente al lago y
báñate.
El molinero no supo qué contestar, pero siguió al gato. Fue con él, se
desnudó por completo y se tiró al agua. El gato, por su parte, tomó la ropa,
se la llevó de allí y la escondió. Apenas terminó de hacerlo, llegó el rey y
el gato empezó a lamentarse con gran pesar:
-¡Ay, clementísimo rey! ¡Mi señor se estaba bañan­do aquí en el lago y ha
venido un ladrón que le ha roba­do la ropa que tenía en la orilla, y ahora
el señor conde está en el agua y no puede salir, y como siga mucho tiempo
ahí, se resfriará y morirá!
Al oír aquello, el rey dio la voz de alto y uno de sus sier­vos tuvo que
regresar a toda prisa a buscar ropas del rey. El señor conde se puso las
lujosísimas ropas del rey y, como ya de por sí el rey le tenía afecto por
las perdices que creía haber recibido de él, tuvo que sentarse a su lado en
la carroza. La princesa tampoco se enfadó por ello, pues el conde era joven
y bello y le gustaba bastante.
El gato, por su parte, se había adelantado y llegó a un gran prado donde
había más de cien personas reco­giendo heno.
-Eh, ¿de quién es este prado? -preguntó el gato.
-Del gran mago.
-Escuchad: el rey pasará pronto por aquí. Cuando pregunte de quién es este
prado, contestad que del con­de. Si no lo hacéis así, seréis todos muertos.
A continuación el gato siguió su camino y llegó a un trigal tan grande que
nadie podía abarcarlo con la vista. Allí había más de doscientas personas
segando.
-Eh, gente, ¿de quién es este grano?
-Del mago.
-Escuchad: el rey va a pasar ahora por aquí. Cuando pregunte de quién es
este grano, contestad que del con­de. Si no lo hacéis así, seréis todos
muertos.
Finalmente el gato llegó a un magnífico bosque. Allí había más de
trescientas personas talando los grandes robles y haciendo leña.
-Eh, gente, ¿de quién es este bosque?
-Del mago.
-Escuchad: el rey va a pasar ahora por aquí. Cuando pregunte de quién es
este bosque, contestad que del conde. Si no lo hacéis así, seréis todos
muertos.
El gato continuó aún más adelante y toda la gente lo siguió con la mirada, y
como tenía un aspecto tan asom­broso y andaba por ahí con botas como si
fuera una per­sona, todos se asustaban de él.
Pronto llegó al palacio del mago, entró con descaro y se presentó ante él.
El mago lo miró con desprecio y le preguntó qué quería. El gato hizo una
reverencia y dijo:
-He oído decir que puedes transformarte a tu anto­jo en cualquier animal. Si
es en un perro, un zorro o también un lobo, puedo creérmelo, pero en un
elefan­te me parece totalmente imposible, y por eso he venido, para
convencerme por mí mismo.
El mago dijo orgulloso:
-Eso para mí es una minucia.
Yen un instante se transformó en un elefante.
-Eso es mucho, pero ¿puedes transformarte tam­bién en un león?
-Eso tampoco es nada para mí -dijo el mago, que se convirtió en un león
delante del gato.
El gato se hizo el sorprendido y exclamó:
-¡Es increíble, inaudito! ¡Eso no me lo hubiera ima­ginado yo ni en sueños!
Pero aún más que todo eso se­ría si pudieras transformarte también en un
animal tan pequeño como un ratón. Seguro que tú puedes hacer más cosas que
cualquier otro mago del mundo, pero eso sí que será imposible para ti.
El mago, al oír aquellas dulces palabras, se puso muy amable y dijo:
-Oh, sí, querido gatito, eso también puedo hacerlo. Y, dicho y hecho, se
puso a dar saltos por la habita­ción convertido en ratón. El gato lo
persiguió, lo atrapó de un salto y se lo comió.
El rey, por su parte, seguía paseando con el conde y la princesa y llegó al
gran prado.
-¿De quién es este heno? -preguntó el rey.
-¡Del señor conde! -exclamaron todos, tal como el gato les había ordenado.
-Ahí tenéis un buen pedazo de tierra, señor conde -dijo.
Después llegaron al gran trigal.
-Eh, gente, ¿de quién es este grano?
-Del señor conde.
-¡Vaya, señor conde, grandes y bonitas tierras tenéis! A continuación
llegaron al bosque.
-Eh, gente, ¿de quién es este bosque?
-Del señor conde.
El rey se quedó aún más asombrado y dijo:
-Tenéis que ser un hombre rico, señor conde. Yo no creo que tenga un bosque
tan magnífico como éste.
Al fin llegaron al palacio. El gato estaba arriba, en la escalera, y cuando
la carroza se detuvo bajó corriendo de un salto, abrió las puertas y dijo:
-Señor rey, habéis llegado al palacio de mi señor, el señor conde, a quien
este honor le hará feliz para todos los días de su vida.
El rey se apeó y se maravilló del magnífico edificio, que era casi más
grande y más hermoso que su propio palacio. El conde, por su parte, condujo
a la princesa es­caleras arriba hacia el salón, que deslumbraba por
com­pleto de oro y piedras preciosas.
Entonces la princesa le fue prometida en matrimo­nio al conde, y cuando el
rey murió se convirtió en rey. Y el gato con botas, por su parte, en primer
ministro.

HURLEBURLEBUTZ
Hermanos Grimm
Érase un rey que estaba cazando y se perdió; entonces se le apareció un
pequeño hom­brecillo de pelo blanco y le dijo:
-Señor rey, si me dais a vuestra hija me­nor, os sacaré del bosque.
El rey, por el miedo que tenía, se lo prometió; el hom­brecillo le llevó por
el buen camino, se despidió de él y cuando el rey se iba le gritó aún:
-¡Dentro de ocho días iré a recoger a mi novia!
En casa, sin embargo, el rey se puso muy triste por lo que había prometido,
pues la hija menor era a la que más quería. Las princesas se lo notaron y
quisieron saber qué era lo que le preocupaba. Finalmente tu­vo que admitir
que había prometido que le daría a la más joven de ellas a un pequeño
hombrecillo de pelo blanco que se le había aparecido en el bosque, y que
éste iría a recogerla dentro de ocho días. Pero ellas le dijeron que se
animara, que ya engañarían ellas al hom­brecillo.
Después, cuando llegó el día señalado, vistieron a la hija de un pastor de
vacas con sus vestidos, la sentaron en su habitación y le ordenaron:
-¡Si viene alguien a recogerte, ve con él!
Ellas, en cambio, se marcharon todas de la casa.
Apenas se habían ido llegó al palacio un zorro y le dijo a la muchacha:
-¡Móntate en mi ruda cola, Hurleburlebutz! ¡Vá­monos! ¡Al bosque!
La muchacha se sentó en la cola del zorro y, así, se la llevó al bosque.
Pero en cuanto los dos llegaron a un bello y verde lugar donde el sol
brillaba bien claro y cálido, dijo el zorro:
-¡Bájate y quítame los piojos!
La muchacha obedeció.
El zorro colocó la cabeza en su regazo y empezó a despiojarlo.
Mientras lo estaba haciendo dijo la muchacha:
-¡Ayer a estas horas el bosque estaba aún más her­moso!
-¿Cómo es que viniste al bosque? -le preguntó el zorro.
-¡Pues porque saqué con mi padre las vacas a pastar!
-¡O sea, que tú no eres la princesa! ¡Móntate en mi ruda cola! ¡Volvemos al
palacio!
El zorro la devolvió y le dijo al rey:
-Me has engañado: ésta es la hija de un pastor de vacas. Dentro de ocho días
volveré a recoger a la tuya.
Al octavo día, sin embargo, las princesas vistieron lu­josamente a la hija
de un pastor de gansos, la dejaron allí sentada y se marcharon. Entonces
llegó de nuevo el zorro y dijo:
-¡Móntate en mi ruda cola, Hurleburlebutz! ¡Vá­monos! ¡Al bosque!
En cuanto llegaron al lugar soleado del bosque, dijo de nuevo el zorro:
-¡Bájate y quítame los piojos!
Y mientras la muchacha estaba despiojando al zorro suspiró y dijo:
-¿Dónde estarán ahora mis gansos? -¿Qué sabes tú de gansos?
-Mucho, pues todos los días los sacaba con mi padre al prado.
-¡O sea, que tú no eres la hija del rey! ¡Móntate en mi ruda cola,
Hurleburlebutz! ¡Volvemos al palacio!
El zorro la devolvió y le dijo al rey:
-Me has vuelto a engañar: ésta es la hija de un pastor de gansos. Dentro de
ocho días volveré y como enton­ces no me des a tu hija, te irá muy mal.
Al rey le entró miedo y cuando volvió el zorro le dio a la princesa.
-¡Móntate en mi ruda cola, Hurleburlebutz! ¡Vá­monos! ¡Al bosque!
Entonces ella tuvo que marcharse montada en la cola del zorro, y cuando
llegaron al lugar soleado le dijo a ella también:
-¡Bájate y quítame los piojos!
Pero cuando el zorro le puso la cabeza en su regazo la princesa se echó a
llorar y dijo:
-¡Yo que soy hija de un rey tengo que quitarle los
piojos a un zorro! ¡Si ahora estuviera en mi alcoba, po­dría ver mis flores
en el jardín!
Entonces el zorro vio que tenía a la verdadera novia, se transformó en el
pequeño hombrecillo de pelo blan­co, y aquél era ahora su marido y tuvo que
vivir con él en una pequeña cabaña, hacerle la comida y coserle, y así se
pasó una buena temporada.
El hombrecillo, sin embargo, hacía cualquier cosa por ella.
Una vez le dijo el hombrecillo:
-Me tengo que marchar, pero pronto llegarán vo­lando tres palomas blancas,
pasarán volando muy a ras del suelo. Coge la que esté en el medio y cuando
la ten­gas córtale enseguida la cabeza, pero ten cuidado de no coger otra
que no sea la del medio u ocurrirá una gran desgracia.
El hombrecillo se marchó. Y no pasó mucho tiem­po hasta que, efectivamente,
llegaron volando las tres palomas blancas.
La princesa puso mucha atención, agarró la del me­dio, cogió un cuchillo y
le cortó la cabeza. Pero en cuan­to cayó al suelo apareció ante ella un
joven y hermoso príncipe, y dijo:
-Un hada me encantó y me condenó a perder mi fi­gura humana durante siete
años, al cabo de los cuales, convertido en paloma, pasaría volando al lado
de mi es­posa entre otras dos palomas, y si ella no me atrapaba o si
atrapaba a otra y yo me escapaba estaría todo perdido y
ya no habría salvación para mí. Por eso te pedí que pusie­ras mucha atención
pues yo soy el hombrecillo canoso y tú mi esposa.
La princesa se quedó entonces muy complacida y se fueron juntos a casa del
padre, y cuando éste murió he­redaron su reino.

Blancanieves
Hermanos Grimm
Era un crudo día de invierno, y los copos de nieve caían del cielo como
blancas plumas. La Reina cosía junto a una ventana, cuyo marco era de ébano.
Y como mientras cosía miraba caer los copos, con la aguja se pinchó un dedo,
y tres gotas de sangre fueron a caer sobre la nieve. El rojo de la sangre se
destacaba bellamente sobre el fondo blanco, y ella pensó: "¡Ah, si pudiere
tener una hija que fuere blanca como nieve, roja como sangre y negra como el
ébano de esta ventana!". No mucho tiempo después le nació una niña que era
blanca como la nieve, sonrosada como la sangre y de cabello negro como la
madera de ébano; y por eso le pusieron por nombre Blancanieves. Pero al
nacer ella, murió la Reina.
Un año más tarde, el Rey volvió a casarse. La nueva Reina era muy bella,
pero orgullosa y altanera, y no podía sufrir que nadie la aventajase en
hermosura. Tenía un espejo prodigioso, y cada vez que se miraba en él, le
preguntaba:
"Espejito en la pared, dime una cosa: ¿quién es de este país la más hermosa?
. Y el espejo le contestaba, invariablemente:
"Señora Reina, eres la más hermosa en todo el país".
La Reina quedaba satisfecha, pues sabía que el espejo decía siempre la
verdad. Blancanieves fue creciendo y se hacía más bella cada día. Cuando
cumplió los siete años, era tan hermosa como la luz del día, y mucho más que
la misma Reina. Al preguntar ésta un día al espejo:
"Espejito en la pared, dime una cosa: ¿quién es de este país la más hermosa?
. Respondió el espejo:
"Señora Reina, tú eres como una estrella, pero Blancanieves es mil veces más
bella".
Se espantó la Reina, palideciendo de envidia y, desde entonces, cada vez que
veía a Blancanieves sentía que se le revolvía el corazón; tal era el odio
que abrigaba contra ella. Y la envidia y la soberbia, como las malas hierbas
crecían cada vez más altas en su alma, no dejándole un instante de reposo,
de día ni de noche.
Finalmente, llamó un día a un servidor y le dijo:
-Llévate a la niña al bosque; no quiero tenerla más tiempo ante mis ojos. La
matarás, y en prueba de haber cumplido mi orden, me traerás sus pulmones y
su hígado. Obedeció el cazador y se marchó al bosque con la muchacha. Pero
cuando se disponía a clavar su cuchillo de monte en el inocente corazón de
la niña, se echó ésta a llorar:
-¡Piedad, buen cazador, déjame vivir! -suplicaba-. Me quedaré en el bosque y
jamás volveré al palacio.
Y era tan hermosa, que el cazador, apiadándose de ella, le dijo:
-¡Márchate entonces, pobrecilla! Y pensó: "No tardarán las fieras en
devorarte". Sin embargo, le pareció como si se le quitase una piedra del
corazón por no tener que matarla. Y como acertara a pasar por allí un
cachorro de jabalí, lo degolló, le sacó los pulmones y el hígado, y se los
llevó a la Reina como prueba de haber cumplido su mandato. La perversa mujer
los entregó al cocinero para que se los guisara, y se los comió convencida
de que comía la carne de Blancanieves.
La pobre niña se encontró sola y abandonada en el inmenso bosque. Se moría
de miedo, y el menor movimiento de las hojas de los árboles le daba un
sobresalto. No sabiendo qué hacer, echó a correr por entre espinos y piedras
puntiagudas, y los animales de la selva pasaban saltando por su lado sin
causarle el menor daño. Siguió corriendo mientras la llevaron los pies y
hasta que se ocultó el sol. Entonces vio una casita y entró en ella para
descansar.
Todo era diminuto en la casita, pero tan primoroso y limpio, que no hay
palabras para describirlo.
Había una mesita cubierta con un mantel blanquísimo, con siete minúsculos
platitos y siete vasitos; y al lado de cada platito había su cucharilla, su
cuchillito y su tenedorcito. Alineadas junto a la pared veíanse siete
camitas, con sábanas de inmaculada blancura.
Blancanieves, como estaba muy hambrienta, comió un poquito de legumbres y un
bocadito de pan de cada plato, y bebió una gota de vino de cada copita, pues
no quería tomarlo todo de uno solo. Luego, sintiéndose muy cansada, quiso
echarse en una de las camitas; pero ninguna era de su medida: resultaba
demasiado larga o demasiado corta; hasta que, por fin, la séptima le vino
bien; se acostó en ella, se encomendó a Dios y quedó dormida.
Cerrada ya la noche, llegaron los dueños de la casita, que eran siete enanos
que se dedicaban a excavar minerales en el monte. Encendieron sus siete
lamparillas y, al iluminarse la habitación, vieron que alguien había entrado
pues las cosas no estaban en el orden en que ellos las habían dejado al
marcharse.
Dijo el primero:
-¿Quién se sentó en mi sillita?
El segundo:
-¿Quién ha comido de mi platito?
El tercero:
-¿Quién ha cortado un poco de mi pan?
El cuarto:
-¿Quién ha comido de mi verdurita?
El quinto:
-¿Quién ha pinchado con mi tenedorcito?
El sexto:
-¿Quién ha cortado con mi cuchillito? Y el séptimo:
-¿Quién ha bebido de mi vasito? Luego, el primero, recorrió la habitación y,
viendo un pequeño hueco en su cama, exclamó alarmado:
-¿Quién se ha subido en mi camita? Acudieron corriendo los demás y
exclamaron todos:
-¡Alguien estuvo echado en la mía! Pero el séptimo, al examinar la suya,
descubrió a Blancanieves, dormida en ella.
Llamó entonces a los demás, los cuales acudieron presurosos y no pudieron
reprimir sus exclamaciones de admiración cuando, acercando las siete
lamparillas, vieron a la niña.
-¡Oh, Dios mío; oh, Dios mío! -decían-, ¡qué criatura más hermosa!
Y fue tal su alegría, que decidieron no despertarla, sino dejar que siguiera
durmiendo en la camita. El séptimo enano se acostó junto a sus compañeros,
una hora con cada uno, y así transcurrió la noche. Al clarear el día se
despertó Blancanieves y, al ver a los siete enanos, tuvo un sobresalto. Pero
ellos la saludaron afablemente y le preguntaron:
-¿Cómo te llamas?
-Me llamo Blancanieves -respondió ella.
-¿Y cómo llegaste a nuestra casa? -siguieron preguntando los hombrecillos.
Entonces ella les contó que su madrastra había dado orden de matarla, pero
que el cazador le había perdonado la vida, y ella había estado corriendo
todo el día, hasta que, al atardecer, encontró la casita.
Dijeron los enanos:
-¿Quieres cuidar de nuestra casa? ¿Cocinar, hacer las camas, lavar, remendar
la ropa y mantenerlo todo ordenado y limpio? Si es así, puedes quedarte con
nosotros y nada te faltará.
-¡Sí! -exclamó Blancanieves- . Con mucho gusto -y se quedó con ellos.
A partir de entonces, cuidaba la casa con todo esmero. Por la mañana, ellos
salían a la montaña en busca de mineral y oro, y al regresar, por la tarde,
encontraban la comida preparada. Durante el día, la niña se quedaba sola, y
los buenos enanitos le advirtieron:
-Guárdate de tu madrastra, que no tardará en saber que estás aquí. ¡No dejes
entrar a nadie!
La Reina, entretanto, desde que creía haberse comido los pulmones y el
hígado de Blancanieves, vivía segura de volver a ser la primera en belleza.
Se acercó un día al espejo y le preguntó:
"Espejito en la pared, dime una cosa: ¿quién es de este país la más hermosa?
. Y respondió el espejo:
"Señora Reina, eres aquí como una estrella; pero mora en la montaña, con los
enanitos, Blancanieves, que es mil veces más bella".
La Reina se sobresaltó, pues sabía que el espejo jamás mentía, y se dio
cuenta de que el cazador la había engañado, y que Blancanieves no estaba
muerta. Pensó entonces otra manera de deshacerse de ella, pues mientras
hubiese en el país alguien que la superase en belleza, la envidia no la
dejaría reposar. Finalmente, ideó un medio. Se tiznó la cara y se vistió
como una vieja buhonera, quedando completamente desconocida.
Así disfrazada se dirigió a las siete montañas y, llamando a la puerta de
los siete enanitos, gritó:
-¡Vendo cosas buenas y bonitas!
Se asomó Blancanieves a la ventana y le dijo:
-¡Buenos días, buena mujer! ¿Qué traes para vender?
-Cosas finas, cosas finas -respondió la Reina-. Lazos de todos los colores
-y sacó uno trenzado de seda multicolor.
"Bien puedo dejar entrar a esta pobre mujer", pensó Blancanieves y, abriendo
la puerta, compró el primoroso lacito.
-¡Qué linda eres, niña! -exclamó la vieja-. Ven, que yo misma te pondré el
lazo.
Blancanieves, sin sospechar nada, se puso delante de la vendedora para que
le atase la cinta alrededor del cuello, pero la bruja lo hizo tan
bruscamente y apretando tanto, que a la niña se le cortó la respiración y
cayó como muerta.
-¡Ahora ya no eres la más hermosa! -dijo la madrastra, y se alejó
precipitadamente.
Al cabo de poco rato, ya anochecido, regresaron los siete enanos. Imagínense
su susto cuando vieron tendida en el suelo a su querida Blancanieves, sin
moverse, como muerta. Corrieron a incorporarla y viendo que el lazo le
apretaba el cuello, se apresuraron a cortarlo. La niña comenzó a respirar
levemente, y poco a poco fue volviendo en sí. Al oír los enanos lo que había
sucedido, le dijeron:
-La vieja vendedora no era otra que la malvada Reina. Guárdate muy bien de
dejar entrar a nadie, mientras nosotros estemos ausentes.
La mala mujer, al llegar a palacio, corrió ante el espejo y le preguntó:
"Espejito en la pared, dime una cosa: ¿quién es de este país la más hermosa?
. Y respondió el espejo, como la vez anterior:
"Señora Reina, eres aquí como una estrella; pero mora en la montaña, con los
enanitos, Blancanieves, que es mil veces más bella".
Al oírlo, del despecho, toda la sangre le afluyó al corazón, pues supo que
Blancanieves continuaba viviendo. "Esta vez -se dijo- idearé una trampa de
la que no te escaparás", y, valiéndose de las artes diabólicas en que era
maestra, fabricó un peine envenenado. Luego volvió a disfrazarse, adoptando
también la figura de una vieja, y se fue a las montañas y llamó a la puerta
de los siete enanos.
-¡Buena mercancía para vender! -gritó.
Blancanieves, asomándose a la ventana, le dijo:
-Sigue tu camino, que no puedo abrir a nadie.
-¡Al menos podrás mirar lo que traigo! -respondió la vieja y, sacando el
peine, lo levantó en el aire. Pero le gustó tanto el peine a la niña que,
olvidándose de todas las advertencias, abrió la puerta.
Cuando se pusieron de acuerdo sobre el precio dijo la vieja:
-Ven que te peinaré como Dios manda.
La pobrecilla, no pensando nada malo, dejó hacer a la vieja; mas apenas hubo
ésta clavado el peine en el cabello, el veneno produjo su efecto y la niña
se desplomó insensible.
-¡Dechado de belleza -exclamó la malvada bruja-, ahora sí que estás lista!
-y se marchó.
Pero, afortunadamente, faltaba poco para la noche, y los enanitos no
tardaron en regresar. Al encontrar a Blancanieves inanimada en el suelo,
enseguida sospecharon
de la madrastra y, buscando, descubrieron el peine envenenado. Se lo
quitaron rápidamente y, al momento, volvió la niña en sí y les explicó lo
ocurrido. Ellos le advirtieron de nuevo que debía estar alerta y no abrir la
puerta a nadie.
La Reina, de regreso en palacio, fue directamente a su espejo:
"Espejito en la pared, dime una cosa: ¿quién es de este país la más hermosa?
. Y como las veces anteriores, respondió el espejo, al fin:
"Señora Reina, eres aquí como una estrella; pero mora en la montaña, con los
enanitos, Blancanieves, que es mil veces más bella".
Al oír estas palabras del espejo, la malvada bruja se puso a temblar de
rabia. -¡Blancanieves morirá -gritó-, aunque me haya de costar a mí la vida!
Y, bajando a una cámara secreta donde nadie tenía acceso sino ella, preparó
una manzana con un veneno de lo más virulento. Por fuera era preciosa,
blanca y sonrosada, capaz de hacer la boca agua a cualquiera que la viese.
Pero un solo bocado significaba la muerte segura. Cuando tuvo preparada la
manzana, se pintó nuevamente la cara, se vistió de campesina y se encaminó a
las siete montañas, a la casa de los siete enanos. Llamó a la puerta.
Blancanieves asomó la cabeza a la ventana y dijo:
-No debo abrir a nadie; los siete enanitos me lo han prohibido.
-Como quieras -respondió la campesina-. Pero yo quiero deshacerme de mis
manzanas. Mira, te regalo una.
-No -contestó la niña-, no puedo aceptar nada.
-¿Temes acaso que te envenene? -dijo la vieja-. Fíjate, corto la manzana en
dos mitades: tú te comes la parte roja, y yo la blanca.
La fruta estaba preparada de modo que sólo el lado encarnado tenía veneno.
Blancanieves miraba la fruta con ojos codiciosos, y cuando vio que la
campesina la comía, ya no pudo resistir. Alargó la mano y tomó la mitad
envenenada. Pero no bien se hubo metido en la boca el primer trocito, cayó
en el suelo, muerta. La Reina la contempló con una mirada de rencor, y,
echándose a reír, dijo:
-¡Blanca como la nieve; roja como la sangre; negra como el ébano! Esta vez,
no te resucitarán los enanos.
Y cuando, al llegar a palacio, preguntó al espejo:
"Espejito en la pared, dime una cosa: ¿quién es de este país la más hermosa?
. Le respondió el espejo, al fin:
"Señora Reina, eres la más hermosa en todo el país".
Sólo entonces se aquietó su envidioso corazón, suponiendo que un corazón
envidioso pueda aquietarse.
Los enanitos, al volver a su casa aquella noche, encontraron a Blancanieves
tendida en el suelo, sin que de sus labios saliera el hálito más leve.
Estaba muerta. La levantaron, miraron si tenía encima algún objeto
emponzoñado, la desabrocharon, le peinaron el pelo, la lavaron con agua y
vino, pero todo fue inútil. La pobre niña estaba muerta y bien muerta. La
colocaron en un ataúd, y los siete, sentándose alrededor, la estuvieron
llorando por espacio de tres días. Luego pensaron en darle sepultura; pero
viendo que el cuerpo se conservaba lozano, como el de una persona viva, y
que sus mejillas seguían sonrosadas, dijeron:
-No podemos enterrarla en el seno de la negra tierra- y mandaron fabricar
una caja de cristal transparente que permitiese verla desde todos lados. La
colocaron en ella y grabaron su nombre con letras de oro: "Princesa
Blancanieves" . Después transportaron el ataúd a la cumbre de la montaña, y
uno de ellos, por turno, estaba siempre allí velándola. Y hasta los animales
acudieron a llorar a Blancanieves: primero, una lechuza; luego, un cuervo y,
finalmente, una palomita.
Y así estuvo Blancanieves mucho tiempo, reposando en su ataúd, sin
descomponerse, como dormida, pues seguía siendo blanca como la nieve, roja
como la sangre y con el cabello negro como ébano. Sucedió, entonces, que un
príncipe que se había metido en el bosque se dirigió a la casa de los
enanitos, para pasar la noche. Vio en la montaña el ataúd que contenía a la
hermosa Blancanieves y leyó la inscripción grabada con letras de oro. Dijo
entonces a los enanos:
-Denme el ataúd, pagaré por él lo que me pidan.
Pero los enanos contestaron:
-Ni por todo el oro del mundo lo venderíamos.
-En tal caso, regálenmelo -propuso el príncipe-, pues ya no podré vivir sin
ver a Blancanieves. La honraré y reverenciaré como a lo que más quiero.
Al oír estas palabras, los hombrecillos sintieron compasión del príncipe y
le regalaron el féretro. El príncipe mandó que sus criados lo transportasen
en hombros. Pero ocurrió que en el camino tropezaron contra una mata, y de
la sacudida saltó de la garganta de Blancanieves el bocado de la manzana
envenenada, que todavía tenía atragantado. Y, al poco rato, la princesa
abrió los ojos y recobró la vida.
Levantó la tapa del ataúd, se Incorporó y dijo:
-¡Dios Santo!, ¿dónde estoy?
Y el príncipe le respondió, loco de alegría:
-Estás conmigo -y, después de explicarle todo lo ocurrido, le dijo:
-Te quiero más que a nadie en el mundo. Ven al castillo de mi padre y serás
mi esposa.
Accedió Blancanieves y se marchó con él al palacio, donde enseguida se
dispuso la boda, que debía celebrarse con gran magnificencia y esplendor.
A la fiesta fue invitada también la malvada madrastra de Blancanieves. Una
vez que se hubo ataviado con sus vestidos más lujosos, fue al espejo y le
preguntó:
"Espejito en la pared, dime una cosa: ¿quién es de este país la más hermosa?
. Y respondió el espejo:
"Señora Reina, eres aquí como una estrella, pero la reina joven es mil veces
más bella".
La malvada mujer soltó una palabrota y tuvo tal sobresalto, que quedó como
fuera de sí. Su primer propósito fue no ir a la boda. Pero la inquietud la
roía, y no pudo resistir al deseo de ver a aquella joven reina. Al entrar en
el salón reconoció a Blancanieves, y fue tal su espanto y pasmo, que se
quedó clavada en el suelo sin poder moverse. Pero habían puesto ya al fuego
unas zapatillas de hierro y estaban incandescentes. Tomándolas con tenazas,
la obligaron a ponérselas, y hubo de bailar con ellas hasta que cayó muerta.

El fiel Juan
Hermanos Grimm
Érase una vez un anciano Rey, se sintió enfermo y pensó: "Sin duda es mi
lecho de muerte éste en el que yazgo". Y ordenó:
- Que venga mi fiel Juan.
Era éste su criado favorito, y le llamaban así porque durante toda su vida
había sido fiel a su señor. Cuando estuvo al pie de la cama, díjole el Rey:
- Mi fidelísimo Juan, presiento que se acerca mi fin, y sólo hay una cosa
que me atormenta: mi hijo. Es muy joven todavía, y no siempre sabe
gobernarse con tino. Si no me prometes que lo instruirás en todo lo que
necesita saber y velarás por él como un padre, no podré cerrar los ojos
tranquilo.
- Os prometo que nunca lo abandonaré -le respondió el fiel Juan-; lo serviré
con toda fidelidad, aunque haya de costarme la vida.
Dijo entonces el anciano Rey:
- Así muero tranquilo y en paz -. Y prosiguió: - Cuando yo haya muerto
enséñale todo el palacio, todos los aposentos, los salones, los soterrados y
los tesoros guardados en ellos. Pero guárdate de mostrarle la última cámara
de la galería larga, donde se halla el retrato de la princesa del Tejado de
Oro, pues si lo viera, se enamoraría perdidamente de ella, perdería el
sentido, y por su causa se expondría a grandes peligros; así que guárdalo de
ello.
Y cuando el fiel Juan hubo renovado la promesa a su Rey, enmudeció éste y,
reclinando la cabeza en la almohada, murió.
Llevado ya a la sepultura el cuerpo del anciano Rey, el fiel Juan dio cuenta
a su joven señor de lo que prometiera a su padre en su lecho de muerte, y
añadió:
- Lo cumpliré puntualmente y te guardaré fidelidad como se la guardé a él,
aunque me hubiera de costar la vida.
Celebráronse las exequias, pasó el período de luto, y entonces el fiel Juan
dijo al Rey:
- Es hora de que veas tu herencia; voy a mostrarte el palacio de tu padre.
Y lo acompañó por todo el palacio, arriba y abajo, y le hizo ver todos los
tesoros y los magníficos aposentos; sólo dejó de abrir el que guardaba el
peligroso retrato. Éste se hallaba colocado de tal modo que se veía con sólo
abrir la puerta, y era de una perfección tal que parecía vivir y respirar, y
que en el mundo entero no podía encontrarse nada más hermoso ni más delicado

Pero al joven Rey no se le escapó que el fiel Juan pasaba muchas veces por
delante de esta puerta sin abrirla, y, al fin, le preguntó:
- ¿Por qué no la abres nunca?
- Es que en esta pieza hay algo que te causaría espanto ­respondióle el
criado. Mas el Rey le replicó:
-He visto todo el palacio y quiero también saber lo que hay ahí dentro, y,
dirigiéndose a la puerta, trató de forzarla.
El fiel Juan lo retuvo y le dijo:
- Prometí a tu padre, antes de morir, que no verías lo que hay en este
cuarto; nos podría traer grandes desgracias, a ti y a mí.
- Al contrario -replicó el joven Rey-. Si no entro, mi perdición es segura.
No descansaré ni de día ni de noche hasta que lo haya contemplado con mis
propios ojos. No me muevo de aquí hasta que me abras esta puerta.
Entonces comprendió el fiel Juan que no había otro remedio, y con el corazón
en el puño y muchos suspiros sacó la llave del gran manojo. Cuando tuvo la
puerta abierta, entró el primero con intención de tapar el cuadro, para que
el Rey no lo viera. Pero, ¿de qué le sirvió? El Rey, poniéndose de puntillas
miró por encima de su hombro, y al ver el retrato de la doncella,
resplandeciente de oro y piedras preciosas, cayó al suelo sin sentido.
Levantólo el fiel Juan y lo llevó a su cama, pensando. con gran angustia:
"El mal está hecho. ¡Dios mío!, ¿qué pasará ahora?". Y le dio vino para
reanimarlo. Vuelto en sí el Rey, sus primeras palabras fueron:
- ¡Ay!, ¿de quién es este retrato tan hermoso? - Es la princesa del Tejado
de Oro -respondióle el fiel criado. Y el Rey:
- Es tan grande mi amor por ella, que si todas las hojas de los árboles
fuesen lenguas, no bastarían para expresarle. Mi vida pondré en juego para
alcanzarla, y tú, mi leal Juan, debes ayudarme a conseguirlo.
El fiel criado estuvo cavilando largo tiempo sobre la manera de emprender el
negocio. pues sólo el llegar a presencia de la princesa era ya muy difícil.
Finalmente, se le ocurrió un medio, y dijo a su señor:
- Todo lo que tiene a su alrededor es de oro: mesas, sillas, fuentes, vasos,
tazas y todo el ajuar de la casa. En tu tesoro hay cinco toneladas de oro-,
manda que den una a los orfebres del reino, y con ella fabriquen toda clase
de vasos y utensilios, toda suerte de aves, alimañas y animales fabulosos;
esto le gustará; con ello nos pondremos en camino, a probar fortuna.
El Rey hizo venir a todos los orfebres del país, los cuales trabajaron sin
descanso hasta terminar aquellos preciosos objetos. Luego fue cargado todo
en un barco, y el fiel Juan y el Rey se vistieron de mercaderes para no ser
conocidos de nadie. Luego se hicieron a la mar, y navegaron hasta arribar a
la ciudad donde vivía la princesa del Tejado de Oro. El fiel Juan pidió al
Rey que permaneciese a bordo y aguardase su vuelta:
- A lo mejor vuelvo con la princesa -dijo-. Procurarás, pues, que todo esté
bien dispuesto y ordenado, los objetos de oro a la vista y el barco bien
empavesado.
Se llenó el cinto de toda clase de objetos preciosos, desembarcó y
encaminóse al palacio real. Al entrar en el patio vio junto al pozo a una
hermosa muchacha ocupada en llenar de agua dos cubos de oro. Al volverse
para llevarse el agua que reflejaba los destellos del oro, vio al extranjero
y le preguntó quién era. Respondióle éste:
- Soy un mercader - y, abriendo su cinturón, le mostró lo que contenía.
- ¡Oh, qué lindo! -exclamó ella, y, dejando los cubos en el suelo, se puso a
examinar las joyas una por una. Luego dijo: -Es necesario que la princesa lo
vea; le gustan tanto las cosas de oro, que, sin duda, os las comprará todas.

Y, cogiendo al hombre de la mano, condújolo al interior del palacio, pues
era la camarera principal. Cuando la hija del Rey vio aquellas maravillas,
se puso muy contenta y exclamó:
- Está tan primorosamente trabajado, que te lo compro todo.
A lo que respondió el fiel Juan:
- Yo no soy sino el criado de un rico mercader. No es nada lo que traigo
aquí en comparación de lo que mi amo tiene en el barco: lo más bello y
precioso que jamás se haya hecho en oro.
Pidióle ella que se lo llevaran a palacio, pero él contestó:
- Hay tantísimas cosas, que precisarían muchos días y más salas que vuestro
palacio tiene.
- Estas palabras sólo sirvieron para estimular la curiosidad de la princesa,
la cual dijo al fin:
- Acompáñame al barco, quiero ir yo misma a ver los tesoros de tu amo.
El fiel Juan, muy contento, la condujo entonces al barco, y cuando el Rey la
vio, parecióle que su hermosura era todavía mayor que la del retrato, y el
corazón empezó a latirle con tal violencia que se lo sentía a punto de
estallar. Subió la princesa a bordo, y el Rey la acompañó al interior de la
nave; pero el fiel Juan se quedó junto al piloto y le dio orden de zarpar:
- ¡Despliega todas las velas, para que el barco vuele más veloz que un
pájaro!
Entretanto, el Rey mostraba a la princesa la vajilla de oro, pieza por
pieza: fuentes, vasos y tazas, así como las aves y los animales silvestres y
prodigiosos. Transcurrieron muchas horas así, y la princesa, absorta y
arrobada, no se dio cuenta de que el barco se había hecho a la mar. Cuando
ya lo hubo contemplado todo, dio las gracias al mercader y se dispuso a
regresar a palacio-, pero al subir a cubierta vio que estaba muy lejos de
tierra y que el buque navegaba a toda vela:
- ¡Ay de mí! -exclamó-. ¡Me han traicionado, me han raptado! ¡Estoy en manos
de un mercader! ¡Mil veces morir!
Pero el Rey, tomándole la mano, le dijo:
- Yo no soy un comerciante, sino un Rey, y de nacimiento no menos ilustre
que el tuyo. Si te he raptado con un ardid, ha sido por el inmenso amor que
te tengo. Es tan grande, que la primera vez que vi tu retrato caí al suelo
sin sentido-. Estas palabras apaciguaron a la princesa, y como ya sentía
afecto por el Rey, aceptó de buen grado ser su esposa.
Ocurrió, empero, mientras se hallaban aún en alta mar, que el fiel Juan,
sentado en la proa del barco tocando un instrumento musical, vio en el aire
tres cuervos que llegaban volando. Dejó entonces de tocar y se puso a
escuchar su conversación, pues entendía su lenguaje.
Dijo uno:
- ¡Fíjate! se lleva a su casa a la princesa del Tejado de Oro.
- Sí -respondió el segundo-. Pero aún no es suya.
Y el tercero:
- ¿Cómo que no es suya? Si va con él en el barco.
Volviendo a tomar la palabra el primero, dijo:
- ¡Qué importa! En cuanto desembarquen se le acercará al trote un caballo
pardo, y él querrá montarlo; pero si lo hace, volarán ambos por los aires, y
nunca más volverá el Rey a ver a su princesa.
Dijo el segundo:
- ¿Y no hay ningún remedio?
- Sí, lo hay: si otro se adelanta a montarlo y, con una pistola que va en el
arzón del animal, lo mata de un tiro. Sólo de ese modo puede salvarse el Rey
pero, ¿quién va a saberlo? Y si alguien lo supiera y lo revelara, quedaría
convertido en piedra desde las puntas de los pies hasta las rodillas.
Habló entonces el segundo:
- Todavía sé más. Aunque maten el caballo, tampoco tendrá el Rey a su novia.
Cuando entren juntos en palacio, encontrarán en una bandeja una camisa de
boda, que parecerá tejida de oro y plata, pero que en realidad será de
azufre y pez. Si el Rey se la pone, se consumirá y quemará hasta la medula
de los huesos.
Preguntó el tercero:
- ¿Y no hay ningún remedio?
- Sí, lo hay -contestó el otro-. Si alguien coge la camisa con guantes y la
arroja al fuego, el Rey se salvará. ¡Pero eso de qué sirve! Si alguno lo
sabe y lo dice al Rey, quedará convertido en piedra desde las rodillas hasta
el corazón.
Intervino entonces el tercero:
- Pues yo sé más todavía. Aunque se queme la camisa, tampoco el Rey tendrá a
su novia. Cuando, terminada la boda, empiece la danza y la joven reina salga
a bailar, palidecerá de repente y caerá como muerta. Si no acude nadie a
levantarla enseguida y no le sorbe del pecho derecho tres gotas de sangre y
las vuelve a escupir inmediatamente, la reina morirá. Pero quien lo sepa y
lo diga quedará convertido en estatua de piedra, desde la punta de los pies
a la coronilla.
Después de haber hablado así, los cuervos remontaron el vuelo, y el fiel
Juan, que lo había oído y comprendido todo, permaneció desde entonces triste
y taciturno; pues si callaba, haría desgraciado a su señor, y si hablaba, lo
pagaría con su propia vida. Finalmente, se dijo, para sus adentros: "Salvaré
a mi señor, aunque yo me pierda".
Al desembarcar sucedió lo que predijera el cuervo. Un magnífico alazán
acercóse al trote:
- ¡Ea! -exclamó el Rey-. Este caballo me llevará a palacio.
Y se disponía a montarlo cuando el fiel Juan, anticipándose, subióse en él
de un salto y, sacando la pistola del arzón, abatió al animal de un tiro.
Los servidores del Rey, que tenían ojeriza al fiel Juan, prorrumpieron en
gritos:
- ¡Qué escándalo! ¡Matar a un animal tan hermoso, que debía conducir al Rey
a palacio!
Pero el monarca dijo:
- Callaos y dejadle hacer. Es mi fiel Juan. Él sabrá por qué lo hace.
Al llegar al palacio y entrar en la sala, puesta en una bandeja, apareció la
camisa de boda, resplandeciente como si fuese tejida de oro y plata. El
joven Rey iba ya a cogerla, pero el fiel Juan, apartándolo y cogiendo la
prenda con manos enguantadas, la arrojó rápidamente al fuego y estuvo
vigilando hasta que la vio consumida. Los demás servidores volvieron a
desatarse en murmuraciones:
- ¡Fijaos, ahora ha quemado la camisa de boda del Rey!
Pero éste dijo:
- ¡Quién sabe por qué lo hace! Dejadlo, que es mi fiel Juan.
Celebróse la boda, y empezó el baile. La novia salió a bailar; el fiel Juan
no la perdía de vista, mirándola a la cara. De repente palideció y cayó al
suelo como muerta. Juan se lanzó sobre ella, la cogió en brazos y la llevó a
una habitación; la depositó sobre una cama, y, arrodillándose, sorbió de su
pecho derecho tres gotas de sangre y las escupió seguidamente. Al instante
recobró la Reina el aliento y se repuso; pero el Rey, que había presenciado
la escena y desconocía los motivos que inducían al fiel Juan a obrar de
aquel modo, gritó lleno de cólera:
- ¡Encerradlo en un calabozo!
Al día siguiente, el leal criado fue condenado a morir y conducido a la
horca. Cuando ya había subido la escalera, levantó la voz y dijo:
- A todos los que han de morir se les concede la gracia de hablar antes de
ser ejecutados. ¿No se me concederá también a mí este derecho?
- Sí -dijo el Rey-. Te lo concedo-. Entonces el fiel Juan habló de esta
manera:
- He sido condenado injustamente, pues siempre te he sido fiel.
Y explicó el coloquio de los cuervos que había oído en alta mar y cómo tuvo
que hacer aquellas cosas para salvar a su señor. Entonces exclamó el Rey:
- ¡Oh, mi fidelísimo Juan! ¡Gracia, gracia! ¡Bajadlo!
Pero al pronunciar la última palabra, el leal criado había caído sin vida,
convertido en estatua de piedra.
El Rey y la Reina se afligieron en su corazón.
- ¡Ay de mí! -se lamentaba el Rey-. ¡Qué mal he pagado su gran fidelidad!
Y, mandando levantar la estatua de piedra, la hizo colocar en su alcoba, al
lado de su lecho. Cada vez que la miraba, no podía contener las lágrimas, y
decía:
- ¡Ay, ojalá pudiese devolverte la vida, mi fidelísimo Juan!
Transcurrió algún tiempo y la Reina dio a luz dos hijos gemelos, que
crecieron y eran la alegría de sus padres. Un día en que la Reina estaba en
la iglesia y los dos niños se habían quedado jugando con su padre, miró éste
con tristeza la estatua de piedra y suspiró:
- ¡Ay, mi fiel Juan, si pudiese devolverte la vida!
Y he aquí que la estatua comenzó a hablar, diciendo:
- Sí, puedes devolverme a vida, si para ello sacrificas lo que más quieres.
A lo que respondió el Rey:
- ¡Por ti sacrificaría cuanto tengo en el mundo!
- Siendo así -prosiguió la piedra-, corta con tu propia mano la cabeza a tus
hijos y úntame con su sangre. ¡Sólo de este modo volveré a vivir!
Tembló el Rey al oír que tenía que dar muerte a sus queridos hijitos; pero
al recordar la gran fidelidad de Juan, que había muerto por él, desenvainó
la espada y cortó la cabeza a los dos niños. Y en cuanto hubo rociado la
estatua con su sangre, animóse la piedra y el fiel Juan reapareció ante él,
vivo y sano, y dijo al Rey:
- Tu abnegación no quedará sin recompensa - y, cogiendo las cabezas de los
niños, las aplicó debidamente sobre sus cuerpecitos y untó las heridas con
su sangre. En el acto quedaron los niños lozanos y llenos de vida, saltando
y jugando como si nada hubiese ocurrido.
El Rey estaba lleno de contento. Cuando oyó venir a la Reina, ocultó a Juan
y a los niños en un gran armario. Al entrar ella, díjole:
- ¿Has rezado en la iglesia?
- Sí -respondió su esposa-, pero constantemente estuve pensando en el fiel
Juan, que sacrificó su vida por nosotros.
Dijo entonces el Rey:
- Mi querida esposa, podemos devolverle la vida, pero ello nos costará
sacrificar a nuestros dos hijitos.
Palideció la Reina y sintió una terrible angustia en el corazón; sin embargo
dijo:
- Se lo debemos, por su grandísima lealtad.
El rey, contento al ver que su esposa pensaba como él, corrió al armario y,
abriéndolo, hizo salir a sus dos hijos y a Juan, diciendo:
- ¡Loado sea Dios; está salvado y hemos recuperado también a nuestros
hijitos!
Y le contó todo lo sucedido. Y desde entonces vivieron juntos y felices
hasta la muerte.


Graciela E. Prepelitchi
"Las personas no discuten contenidos, apenas los titulos."
Mario Andrade

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