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La Tragedia del Pañuelo Michael Innes

Michael Innes.La tragedia del pañuelo. 

Título del original inglés: Tragedy of a Handkerchief.

Traducción de Eugenia Candelón.

  Michael Innes, cuyo verdadero nombre es John Innes McKintosh Stewart, nació en Edimburgo en 1906. Es hijo de un erudito escocés; se educó en la Edinburgh Academy y luego en Oriel College, Oxford, donde logró, en 1929, el Matthew Arnold Memorial Prize. Hace algunos años estuvo en Buenos Aires. Ahora reside en Adelaide, Australia, en cuya Universidad es profesor de literatura. Su primera obra es una edición crítica del Montaigne, de John Florio. Entre sus libros policiales cabe señalar: Seven Suspecís, Death at the President’s Lodging, Hamlet, Reentfor a Maker, The Weight qf Evidente, etc. Estas cuatro últimas obras han aparecido traducidas en la colección El Séptimo Circulo con los títulos de Los otros y el rector, ¡Hamlet, venganza!, La torre y la muerte y El peso de la prueba, respectivamente.Desde las primeras lecturas es un ferviente admirador de Stevenson, cuya melodiosa pasión y romántica lucidez resuenan en sus páginas. Innes, escritor evidentemente complejo, abunda en magistrales efectos melodramáticos; sus personajes son vividos, sus argumentos inquietan y avasallan, y el signo fundamental de su obra es una irresistible fuerza mágica.       

El telón se levantó para la última escena de Otelo, de Shakespeare; aquella en que Desdémona muere estrangulada, escena que según el doctor Johnson no se puede soportar. Pero en esta representación, según le pareció al inspector Appleby, ese momento pasaría casi inadvertido para la concurrencia. Esta escena culminante se representaría en la forma desvaída, propia de compañías en gira, que subsisten gracias al apoyo que les presta la asistencia de grupos escolares. Ahora bien, si a éstos les producen mayor efecto los espectáculos truculentos, sus profesores piensan de otra manera. Si deben llevar a sus alumnos a presenciar un crimen abominable, aunque éste se cometa en nombre de Shakespeare, al menos que pase inadvertido en algún rincón oscuro del escenario.

Pero si el público no iba a sentirse horripilado, tampoco, al menos hasta entonces, estaba emocionado. Cualesquiera que fueran los sentimientos demostrados en ese escenario, nada tenían que ver con la intención del dramaturgo. O más bien, pensó el inspector Appleby, era como si el torrente de pasiones descrito por Shakespeare estuviera cruzado por pequeños ríos de pasiones privadas, borroneando y oscureciendo la idea central. Claro que uno está acostumbrado a estas cosas que suceden en las compañías teatrales formadas por aficionados, en las que los mutuos celos y envidias de sus componentes salen a relucir en forma incongruente durante la función. Naturalmente, esto no ocurre en las compañías profesionales; por esto, tal ve2, el público se mostraba tan inquieto y poco convencido. El espectador más concentrado en la representación era probablemente Appleby, quien había entrado en aquel destartalado teatro de provincia sólo por no tener nada que hacer esa noche. En derredor, oía las risas de los chicos aburridos y el crujido constante de las bolsas de caramelos. A pesar de esto, Appleby se dedicó a mirar con atención el dormitorio de Desdémona.

Era el momento en que Otelo debía entrar con una vela en la mano, y decir:

 Es la causa, es la causa, alma mía... 

Pero Otelo no apareció. El escenario estaba vacío; la durmiente Desdémona era apenas visible tras las cortinas de su lecho, que estaba en un rincón alejado. Este atraso fue uno de los indicios de que no todo andaba bien detrás del escenario.

Los espectadores tuvieron otro indicio en una escena del cuarto acto. Otelo humilla a su esposa delante de extraños, pegándole una bofetada. El golpe dado con la mano abierta se simula perfectamente bien en el teatro; el que debe pegar, hace ademán, su víctima trastabilla, y alguien situado entre bastidores golpea las manos para producir el efecto deseado. En aquella ocasión se oyeron claramente dos golpes: el encargado de dar el efecto, y el otro en el escenario. Cuando Desdémona cayó, se le pudo ver una mejilla súbitamente enrojecida, y además le salía sangre por la nariz... Como en una tragedia vulgar (alguna crítica acerba ya la había calificado de tal), el héroe, en este caso Otelo, abofetea a su esposa y le aplasta la nariz. Las frases que siguieron resultaron algo borrosas, ya que Desdémona se llevaba continuamente el pañuelo a la cara para aliviar los desperfectos, y trataba de sobreponerse al shock recibido.

Claro es que algunos artistas se posesionan de su papel, pero el que un Otelo se deje llevar por este celo artístico resulta un poco peligroso. ¿Qué pasaría si se entusiasma en el momento de estrangular a Desdémona?

El inspector Appleby sacudió la cabeza mientras contemplaba el escenario vacío. Había vislumbrado otros indicios de pasiones contenidas que saltaban como chispas detrás de la conocida tragedia. La trama de Otelo está basada en las sospechas que concibe el personaje central, quien, impulsado por su temperamento celoso, llega hasta el asesinato de su esposa. Otelo comete este crimen gracias a las intrigas de Yago, que presentan a Desdémona como una esposa adúltera. Pero entre los artistas de aquel escenario las sospechas no eran exclusivas de una persona, sino que estaban repartidas entre todas. Detrás de los dramáticos versos, detrás del tema central, una oscura y perversa cautela estaba en acecho; era como si cada uno de ellos tratara de adivinar lo que pensaban los demás. Appleby podía jurar que Desdémona estaba más aterrorizada de lo necesario para representar a la heroína de Shakespeare; Yago actuó como a la defensiva, cuando, en realidad, el carácter de su personaje es cruel y solapado. La mujer de Yago, Emilia, a pesar de representar con eficiencia su papel de criada honesta que quiere pasar inadvertida, manifiesta detrás de sus palabras y ademanes un ardiente deseo de mandar a algunos de sus compañeros al infierno. En cuanto a Michael Casio, demostraba estar más cansado y fastidiado de lo que su papel requería. Appleby, que nada sabía de estos actores sin nombre ni fama, malició que Casio era el director de la compañía; un director bien enterado de que la representación estaba resultando algo desfigurada.

A un lado de Appleby estaba sentada una niñita que exhalaba un penetrante olor a pastillas de menta; al otro lado, un niño más pequeño aún se entretenía en convertir su programa en bolitas de papel que tiraba a las personas sentadas más adelante.

Al fin apareció Otelo, caracterizado en la forma que Paul Robeson puso de moda al triunfar en ese papel. Lo malo en aquel actor era su aire de cómico de la legua; desde un principio se había notado que la llama sagrada no ardía en su interior.

La sala quedó silenciosa al aparecer Otelo con la consabida vela encendida en la mano. Los ojos recorrían el escenario, se detenían en un punto, y los volvía a revolear, mientras con la mano libre hacía ademanes exagerados. Estaba violando en todas sus formas posibles los cánones del arte. Sin embargo, produjo una impresión, al menos de asombro. La niñita sentada a la derecha de Appleby se atragantó con una pastilla de menta, y el niño de la izquierda dejó en paz sus municiones. En algún lugar de la galería un chico gritó asustado.

Otelo se adelantó unos pasos y quedó iluminado por un reflejo amarillo verdoso que le dio el aspecto de un cadáver en avanzado estado de descomposición.

La intolerable escena había comenzado con cuarenta y cinco segundos de atraso.

 Es la causa, es la causa, alma mía.¡No la nombraré ante vosotras, castas estrellas!Es la causa... 

Las misteriosas palabras se perdieron en las tinieblas del auditorio. Nada podía disminuir su grandeza, ni la luz amarilloverdosa, ni aun un Otelo que hiciera tales ridículos visajes mientras hablaba.

 Aunque no derramaré su sangre;ni heriré su piel más blanca que la nieve... 

Ante esta terrible amenaza, Desdémona despertó; otra vez la luz amarillenta contrarrestó cualquier efecto escenográfico, por artístico que pretendiera ser.

 ¿Os acostaréis en el lecho, señor?

La escena proseguía con creciente tensión; Otelo, que al menos era alto, se inclinaba sobre la mujer.

 Ese pañuelo que tanto apreciaba y que te di,se lo diste a Casio... 

Esta obra había sido llamada con desdén "La Tragedia del Pañuelo", y, según recordaba el inspector Appleby, la traducción francesa llevaba la palabra más delicada de Bandeau...

 ¡Por el cielo!, que he visto mi pañuelo en su mano.¡Oh mujer perjura! Has endurecido mi corazón;y me haces llamar a lo que tengo intención de hacerun crimen, que creí un sacrificio.He visto mi pañuelo... 

Las luces disminuyeron, para alivio de la susceptibilidad de las maestras de escuela; Otelo era apenas visible cuando tomó un gran almohadón de sobre la cama. El eco de las palabras se había apagado; no se oían más que unos sonidos inarticulados. Parecía que, después de todo, los niños verían un espectáculo digno del dinero que habían pagado por la entrada. Los actores, en la semioculta alcoba, hacían lo imposible para que la escena resultara real: la respiración acelerada de Otelo, mientras apretaba la almohada, y las súplicas ahogadas de la moribunda Desdémona. En eso, los golpes dados en la puerta al lado del lecho, y los gritos de Emilia pidiendo que la dejen entrar; Otelo corre los cortinados de la cama, empieza a andar hacia atrás tropezando como un borracho, y se sumerge otra vez en su oratoria, mientras los gritos de Emilia van en aumento.

 ¡Mi esposa! ¡Mi esposa! ¿Qué esposa? No tengo esposa. 

Al darse cuenta de lo que ha hecho, su voz adquiere más volumen, al llegar a la cima de esa retórica teatral.

Tras las cortinas, se alcanzaban a distinguir los gemidos vacilantes de Desdémona.

 ¡Oh insoportable! ¡Oh pesada hora!Me parece estar en un terrible eclipsede sol y de luna, y que el afligido globose abrirá... 

Emilia seguía llamando; Otelo juntó más las cortinas, y caminando vacilante hacia la puerta, la abrió. La mujer trae las desastrosas noticias por las que Otelo se entera de que su complot para asesinar a Casio ha fallado. Otra vez su voz se eleva con desesperación:

 ¡No ha muerto Casio! Los crímenes no pueden ser.La dulce venganza se amarga... 

De pronto, sobrevino un completo silencio en el escenario. Otelo y Emilia permanecían inmóviles, esperando algo... Otra vez, y con ansiedad, Otelo exclamó:

 La dulce venganza se amarga...

El inspector Appleby se estremeció; el silencio continuaba, y la frase quedaba sin respuesta. Era entonces cuando Desdémona debía pedir auxilio, y cuando Emilia, apartando las cortinas del lecho, trataría en un supremo esfuerzo de evitar que la culpa cayera sobre su amo. Pero el silencio continuó.

El telón cayó con un golpe seco, quedando oculto el escenario. Los niños sentados junto a Appleby empezaron a llorar.

  

—¿Los nombres? —preguntó el inspector Appleby—. Por ahora nos atendremos a los de Shakespeare para evitar confusiones. Creo que Casio es el director de la compañía, ¿no?

El sargento de policía asintió. No sabía si sentirse aliviado o fastidiado por aquella súbita y autoritaria ayuda de un inspector de Scotland Yard.

—Así es, señor, y aquí está —dijo el sargento.

Ráfagas de aire cruzaban el escenario moviendo el telón; a través de éste se oían los murmullos y correteos de los niños al ser sacados del teatro. El escenario parecía algo irreal con sus colgaduras y muebles chillones. La mujer muerta yacía en lo que aparentaba ser una cama; su maquillage era tan oscuro como el de Otelo. Los actores, con sus trajes, barbas y pelucas, eran algo incongruente; se movían en un plano entre la fantasía y la realidad. En medio de ellos, Casio jugueteaba nerviosamente con la empuñadura de un florete; su rostro, de rasgos débiles y distinguidos, mostraba una desesperación bien estudiada.

El inspector Appleby se dirigió a él.

—Esta es su compañía, ¿no? —preguntó el inspector—. ¿Y la muerte de Desdémona le pondrá punto final?

—Así es, además de ser una horrible y... —miró en dirección al lecho— dolorosa desgracia.

—Por lo que veo, si alguien se propuso arruinarlo, buscó un método bien eficaz. ¿No es así?

—Muy eficaz. —El director pareció sobresaltado—. El público jamás gastará en una entrada para vernos... Pero no creo...

—Estoy de acuerdo. Es un motivo posible, pero no probable. Ahora deseo que me diga qué relaciones o lazos de parentesco existen entre los miembros de su compañía.

El director titubeó antes de contestar.

—Yo estoy casado con Blanca.

"Casi una maldición", pensó Appleby. Después dijo:

—¿La muerta estaba casada con Otelo?

—Sí; y Yago con Emilia.

—Ya veo. Sus lazos de parentesco resultan extrañamente iguales a los de la obra. ¿Ustedes van de ciudad en ciudad, y emplean sólo unos pocos extras?

Casio se humedeció los labios.

—Esa es la verdad. No podemos permitirnos mucho.

—Al menos no pueden permitirse un crimen —Appleby miró a los actores que lo rodeaban—. Supongo que se dieron cuenta de que su actuación de hoy fue mediocre, ¿no? —señaló a Otelo con un dedo—. ¿Por qué le pegó a su mujer? Hasta los niños estaban inquietos.

—Sí. ¿Por qué le pegó? —Emilia avanzó unos pasos; sus ojos, enrojecidos por el llanto, despedían chispas—. ¿Por qué la asesinó?

—¿Golpearla? —Otelo había estado mirando a Yago con ojos relampagueantes; al oír la acusación se encaró con la mujer de Yago—. Entrometida y...

—Basta —la voz de Appleby resonó tranquila en el escenario—. El estado emocional de ustedes seis (me refiero a Otelo y Desdémona, Yago y Emilia, y Casio y Blanca) saltaba a la vista esta noche, reflejando sórdidas pasiones que no pudieron controlar. Quiero saber de qué se trata; si no me dicen lo que les preocupa, algún miembro de la compañía me lo dirá.

— ¡Pero esto es inconcebible! —dijo Blanca, una hermosa mujer joven y que parecía tener dominio de sí misma—. No puede tratarnos así —miró con cierto desafío a la inmóvil figura del lecho, y después a su marido—-. ¿No te parece?

Fue Yago y no Casio el que contestó. Era un hombre moreno de mirar inquieto. Al hablar le temblaban desagradablemente los labios.

—Claro que puede. Al interrogar a posibles testigos de un acto semejante debe atenerse a las reglas estrictas, hasta que un abogado...

— ¡Tonterías! —exclamó Emilia inesperadamente, dirigiendo una mirada de odio a su marido—. Dejen que este hombre haga lo que debe, y así terminaremos antes.

—Pero al menos deberíamos primero considerar la oportunidad material —Casio era una mezcla de cordura y nerviosidad—. ¿Cuándo sucedió? ¿Es posible que alguno de nosotros quede descartado en seguida?

El inspector Appleby asintió.

—Muy bien, primero la oportunidad y después el motivo —Appleby consultó la copia de la obra que le habían facilitado—. Al llegar a la línea 83, Desdémona estaba con vida. Al llegar a la 117, estaba muerta. Durante este lapso permaneció casi invisible, ya que, además de la oscuridad, las cortinas fueron corridas por Otelo. Lo más probable es que el propio Otelo la haya asfixiado cuando la acción lo requería, pero también hay otras posibilidades. El lecho está colocado en un lugar accesible por varios conductos. Detrás de la cabecera no hay más que una cortina; por lo tanto, cualquier persona pudo llegar hasta el lecho sin mayor inconveniente. Otelo dejó de tener a Desdémona bajo su vista más o menos desde la línea 85. Quedaban, pues, veinte líneas hasta la entrada de Emilia;  éstas se dividen entre el desesperado soliloquio de Otelo y las llamadas de Emilia para que la dejen entrar. Emilia entra, y lo hace por la puerta que está junto a la cama. De esto se deduce que Emilia pudo asfixiar a Desdémona en el curso de esas veinte líneas, cinco o seis de las cuales le pertenecen a ella. Hay que reconocer que se necesita mucha sangre fría, pero no es un acto imposible. Existe otra posibilidad. Desde el instante en que Emilia entra hasta aquel en que Desdémona grita pidiendo auxilio, hay unas doce líneas inconclusas; ese lapso se llena sobre todo con mímica destinada a acrecentar la tensión. En ese rato, cualquier otro actor pudo cometer el crimen. De modo que la situación es la siguiente: Otelo y Emilia son definitivamente sospechosos en cuanto a la oportunidad; los demás están más o menos en la misma posición, siempre que hayan podido acercarse a la cama sin ser vistos, en el tiempo transcurrido entre esas doce líneas.

—Eso me deja libre de sospecha —dijo Casio, sin demostrar mayor alivio. No había duda que para él lo peor era el desastre que arruinaba su compañía—. Yo estaba con el electricista en el lado opuesto, cuando oímos el aviso para que entrara Emilia. Y no pude cometer el crimen.

—Pero su mujer pudo —interrumpió Emilia dirigiendo una mirada venenosa a Blanca—. Estaba no muy lejos de mí, cuando entré en el escenario.

—No lo pongo en duda, y también vi a su marido. —Blanca observaba una calma perfecta, y echando una ojeada que podía interpretarse como cargada de odio, agregó señalando a Yago—: Lo vi parado en uno de los pasillos, y me pregunté qué estaría haciendo.

Los labios de Yago se torcieron más violentamente que antes, y después se rió roncamente, y habló:

—Esto no le servirá de nada a la policía. ¿Qué hay de las convencionales preguntas, como quién vio a la víctima con vida por última vez?

De pronto, Otelo exclamó:

— ¡Mi Dios! —se dio vuelta y enfrentó a Emilia—. Usted sabe que yo no fui. Todos conocen esa costumbre suya.

—¿Qué quiere decir? —Emilia se llevó la mano al pecho; estaba pálida a pesar de la grasienta pintura.

—Siempre que entraba abría las cortinas a la cabecera del lecho, y se inclinaba sobre Desdémona, tal vez para susurrarle algo; no me imagino por qué, ya que la amistad que las unía no era muy estrecha. Pero lo hacía cada vez. Bien. ¿Estaba viva o muerta esta noche?

Emilia caviló un momento antes de contestar.

—Estaba con vida. No dijo nada, y estaba muy oscuro. Pero pude ver que estaba sollozando.

—Era muy natural después de la cachetada que le dio su marido —el sargento habló por primera vez—. Si me permiten...

Appleby lo interrumpió.

—¿Sollozando? ¿Tenía pañuelo?

—Claro —Emilia lo miró con ojos saltones.

Appleby fue hasta la cama, y en seguida volvió con un minúsculo pañuelo arrugado y húmedo.

—Es cierto, y estaba debajo del cuerpo. Pero no es el mismo que usaba al principio, y que estaba manchado de sangre de resultas del golpe. Ese debe de estar en su camarín, así que...

— ¡Sí! Es el talismán de amor, el pañuelo mágico de Otelo que Desdémona extravía —dijo Casio perdiendo momentáneamente su compostura.

El inspector Appleby asintió sombríamente.

—Claro —dijo en voz baja—. Hay algo en este pañuelo.

 

La investigación continuó implacable. Casio fue la última persona en tocar el pañuelo, pero al volver del escenario lo había tirado sobre una silla, y cualquiera lo pudo tomar. Tal vez la misma acongojada Desdémona.

La historia de Emilia era muy plausible, y si se pudiera comprobar, alejaría las sospechas de ella y de Otelo. ¿Y después? Parecía que los únicos en tener oportunidad de deslizarse hasta la cabecera del lecho fueron Yago y Blanca, y también de cometer el asesinato entre el momento en que Emilia va hacia el escenario y el brusco y desastroso final. Appleby, viendo que no conseguía nada más satisfactorio, se dedicó a estudiar los posibles motivos.

Los personajes centrales del drama eran: Otelo y Desdémona, Yago y Emilia, Casio y Blanca. Desdémona había sido asesinada. Casio no era el asesino. Y durante la representación de la tragedia shakespiriana los indicios de conflictos privados habían sido algo así como un telón de fondo.  ¿Qué situación se desprendía de esos hechos?

Appleby pensaba que ésta no era una situación reciente; ya que la compañía debía de llevar un tiempo largo en aquellas giras. Lo que pasaba era que estos conflictos habían llegado al límite de lo soportable en el transcurso de esa noche. Tal vez alguna súbita revelación fue el toque final.

Se trataba de tres matrimonios que vivían juntos y con un standard de pobreza evidente. No era difícil adivinar lo que pasaba. El adulterio o alguna otra depravación, fruto de la constante promiscuidad, serían los motivos del asesinato de Desdémona. Appleby se sintió momentáneamente deprimido. Las investigaciones de esta naturaleza son algo más que el examen de las huellas dactilares o el análisis de colillas de cigarrillos. Este proceso requiere el arte de leer las mentes, estudiar los caracteres, y adivinar los sentimientos que anidan en los corazones. ¿Qué clase de emociones sentían estos actores en aquel momento?

Otelo demostraba horror y desesperación; para él, como para Casio, pero en forma más oscura, las cosas habían llegado a su fin. La mujer de Otelo había sido asesinada poco después de que su marido la golpeara brutalmente en la cara; en un sentido, Otelo tenía razón al mostrarse horrorizado.

¿Qué pasaba con Yago? Este estaba a la defensiva, y esto demuestra una especie de culpabilidad. Parecía encontrarse, de pronto, con más maldad de la que pensaba o sabía. Cualquiera que fuera su situación, poco consuelo recibía de su esposa. Emilia lo odiaba. ¿Databa este sentimiento de algún tiempo? Appleby juzgaba que no; era un odio nacido de una impresión repentina, o de la revelación que precedió a la catástrofe.

Blanca, la mujer de Casio, era un enigma; sus emociones permanecían ocultas. Su marido no tenía mucho que ver en ellas; era el tipo de hombre constantemente preocupado, y que emplearía sus ansiedades en vigilar las finanzas para mantener a flote a su compañera; aparte esto, desempeñaba pequeños papeles en las giras. No sería un modelo de marido para Blanca; las mujeres de este tipo necesitan algo más excitante.

El análisis estaba completo. Appleby meditó un poco más, y después dijo con calma:

—Voy a decirles lo que ha sucedido; sólo los actores principales se deben quedar.

Hubo un suspiro de alivio. Desaparecieron como sombras; algunos en forma rápida, como quien se ha sacado un peso de encima; otros se arrastraban con fatiga. Hacía mucho frío, y el telón se agitaba como una gran mortaja que fuera a caer para envolverlos a todos.

—Empezó con la infidelidad de Desdémona. ¿No es así? —Appleby miró a los presentes. Hubo un silencio absoluto—. ¿No es así? —repitió suavemente, pero el silencio continuó. Appleby se volvió a Otelo—. ¿No fue por eso que la golpeó?

De pronto, Otelo gimió; el rostro pintarrajeado se contrajo.

—Sí, le pegué porque había descubierto que me era infiel.

Appleby se volvió y enfrentó a Yago. —Usted sedujo a la esposa de este pobre hombre; el resultado ha sido un crimen brutal. ¿Sabía que los demás estaban al corriente de su intriga? ¿O fue usted el que la asesinó para impedirle que hablara?

Yago retrocedió y gritó:

— ¡No tiene pruebas contra mí, no diré nada! Desde este momento no diré una palabra más...

Appleby se encaró con Emilia.

—Su marido le era infiel, y usted lo había descubierto. ¿No la asesinó usted en el paroxismo de los celos?

Los rasgos de Emilia se endurecieron y contestó con altanería:

—Esas acusaciones no significan nada. Nadie sospecha quién la asesinó, y usted no lo sabrá nunca.

Hubo una pausa, después de la cual Appleby se dirigió a Blanca.

—¿Desde cuándo es usted la amante de Yago? ¿Qué hizo cuando vio que ya no significaba nada para él?

— ¡Nadal ¡No hice nada! Emilia tiene razón. Nadie vio nada, y nadie puede decir nada.

—¿Y el misterio quedará sin resolver? Tal vez tenga razón. Pero ya lo sabremos mañana —se volvió hacia Casio y le preguntó—: ¿Tenía Desdémona un camarín privado? Me gustaría echar un vistazo antes de irme.

—Tal vez no la ejecuten —decía el inspector Appleby al sargento a la mañana siguiente—. Fue un crimen cometido bajo un impulso violento, provocado por la infidelidad que acababa de descubrir —hizo una pausa y agregó—: ¿Será un consuelo para ella, cuando esté en la prisión, el saber que sienta un precedente en la medicina forense?

—Casi perfecto, y fuera de nuestro alcance, lo admito —dijo el sargento—. ¿Pero cómo supo usted que había sido Emilia?

—Fue por cambiar de parecer acerca de a quién había de culpar. Primero resolvió echar la culpa a Otelo, simplemente porque era la persona más a propósito. "¿Por qué la asesinó?", le dijo; pero después contó una historia que señalaba a Blanca o a su propio marido, Yago, al que odiaba. Según Emilia, Desdémona estaba con vida cuando miró por la cortina entreabierta; con eso Otelo quedaba descartado, ya que no tuvo más oportunidad de cometer el crimen. Yo me pregunté qué significaba este cambio de frente. ¿Era simplemente porque Emilia no tenía nada contra Otelo y sí contra su marido infiel? Pero no me parecía que fuera por eso. De pronto, recordé el gesto de Emilia cuando Otelo habló de la costumbre que tenía de hablar a Desdémona antes de entrar en el escenario. ¿Se acuerda?

El sargento meditó antes de contestar.

—Me pareció que se llevaba la mano al pecho. En ese momento lo consideré un gesto demasiado teatral, como para demostrar que estaba nerviosa..., y no estaba representando en ese momento.

—No era exactamente eso. Lo que usted vio fue una mano que en forma rápida se acercó al lugar donde debía haber algo..., algo que se había extraviado. Ese algo era un pañuelo; el pañuelo que perdió mientras ahogaba a Desdémona. Esta verdad se me presentó de pronto... El pañuelo empapado en lágrimas, que encontré debajo del cuerpo. Por eso decidió el cambio de frente, para explicar la presencia de ese pañuelo.

—Ya veo —dijo el sargento—. Fue inteligente, pero peligroso el inventar esa mentira.

—Resultó fatal para ella. Pero antes noté varias cosas. Un hombre puede llorar, pero no usa un pañuelo pequeño. Emilia parecía haber llorado; en cambio, Blanca estaba tranquila. Así que lo sucedido me resultó claro. Emilia, habiendo descubierto la infidelidad de su marido, es presa de una emoción intensa. Sin darse cuenta toma el pañuelo de Otelo, el pañuelo mágico del drama; una vez en su camarín, llora sobre el pañuelo. Cuando la llaman a escena, se lo guarda en el pecho. Después, al asesinar a Desdémona obedeciendo a un impulso, se le cae el pañuelo, y éste queda oculto por el cuerpo de la víctima. Usted me preguntará cómo voy a probar esto. Como esa gente decía, tal vez nunca lo hubiera descubierto. Pero había una posibilidad de saber si Emilia había mentido. En medicina, la gente se divide en grupos según la sangre y las secreciones. Las lágrimas son una secreción. Por las lágrimas se puede saber a qué grupo sanguíneo pertenecen. Ahora bien, yo tenía un pañuelo con sangre de Desdémona y otro con lágrimas. Fui directamente al Instituto de Investigaciones Médicas. Allí me dijeron lo que esperaba saber. Esas lágrimas no podían provenir de una persona del grupo sanguíneo de Desdémona.

—Sí, está muy claro, realmente —dijo el sargento, maravillado.

—Y pronto sabremos, en cuanto la ley lo permita, que las lágrimas tienen que ser de Emilia, ya que Blanca permitió que se le sacara sangre para un análisis y quedó descartada.

El inspector se levantó diciendo:

—Se puede sacar una moraleja de todo esto.

—¿Una moraleja?

—La moraleja que un viejo y amargado crítico sacó de la obra de Shakespeare: "Las amas de llaves deben vigilar la ropa de casa..." En otras palabras, es peligroso perder pañuelos, sobre todo en la vecindad de un cadáver.

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