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Esa Cosa Liviana. Alada y Sagrada Según Platón

Solía decir Borges -con un humor que a veces tomaba matices muy oscuros- que hay gente que siente escasamente la poesía, y que esa gente es generalmente la que se dedica a enseñarla.

No estoy segura de que sea verdad, pero sí estoy segura de que personas que no tienen ni títulos ni honores en poesía, pueden sentirla tanto como los que se llevan los laureles por escribirla o predicarla.

La poesía es un lenguaje extrañamente universal y privado a un tiempo. El verso que yo pueda leer con ustedes no dibuja en mí la misma sombra, los mismos símbolos, ni tiene la misma música. Ni siquiera nos habla de lo mismo: a cada uno de nosotros nos revela un secreto diferente.

Hace muchos años -porque debo contarles que ya no soy joven, en especial a los que vieron en mi nota anterior una admiración juvenil por el Che- redacté algo tratando ingenuamente de definir lo que era un poeta.

Decía que “el poeta está señalado por algo indefinido, sin nombre, que hace que le sea muy difícil conseguir un empleo, educar a los hijos, amar, tener amigos. Uno se encuentra todos los días con la penosa certidumbre de que el mundo no necesita de los poetas”.

Yo era muy joven cuando lo escribí; sangraba por la herida.

Me encantaría que ustedes desmintieran ahora mis palabras apresuradamente escritas.

Actualmente tengo el empleo, y amigos, y los hijos crecieron, y lo que sigo creyendo de aquel tiempo es que lo que merece ser vivido de la vida no es “la necesidad” (o sea el empleo) sino “el lujo” (es decir, la poesía).

Pero está claro que, irremediablemente, para disfrutar de ella, debemos tener al menos dos comidas diarias, y luego el alimento de los versos.

La divina comida

Sin más, les paso la carta que escogí de “platos” latinoamericanos. El que no los perciba sabrosos, puede mandar otras recetas.

Empiezo con Neruda, de quien sé que muchos esperan que transcriba unas líneas.

Como son tantas las que escribió, apelo a lo primero que recuerdo, sin intentar escoger las mejores (malas no van a ser, supongo):

Sucede que me canso de ser hombre,
que entro en las estaciones y los bares
cansado, impenetrable como un cisne de fieltro
navegando en un agua de origen y ceniza.

Son líneas de un comienzo, igual que éstas:

Te recuerdo como eras en el último otoño;
eras la boina gris y el corazón en calma.

De la gran voz que hoy casi no se oye del peruano César Vallejo una primera estrofa me estranguló siempre:

“Hay golpes en la vida tan fuertes,
yo no sé,
golpes como del odio de Dios”.

(Para leer las biografías de Neruda y Vallejo y descubrir a otros poetas, y repasar a narradores, ver “Principales exponentes de la literatura del siglo XX“, de Yamara Esquivel, de Cuba.)

Más adelante, más atrás.

Y yendo mucho más atrás les regalo joyas, que pueden encontrar en el excelente envío de Rebeca Rodríguez, “Literatura hispanoamericana“. Una muestra de los “amautas” (poetas aztecas):

Por segunda vez no venimos a la tierra,
príncipes chichimecas.
¡Gocemos!
¿Llevaremos nuestras flores a la muerte?
Solamente prestadas las tenemos.

Información final

Tantos son los poetas que escribieron y vivieron, o que viven y escriben en Latinoamérica, que sólo puedo pedirles que recuerden a algunos (Gabriela Mistral, Nicolás Guillén, Octavio Paz, Alejandra Pizarnik, Olga Orozco, etc.) sin olvidar que hay otros tan grandes como ellos cuyos papeles el viento desparramó, de quienes apenas podemos encontrar algún verso, y que vale la pena mover cielo e infierno para rescatarlo.

En otro post les hablaré de un festival de poetas de todo el mundo llevado a cabo en Rosario, Argentina, al que me invitaron.

Escuché la voz de dos o tres grandes, pero la actividad más importante fue para mí el encuentro con los presos del taller literario de la Unidad Penitenciaria Nº 3.

Nos condujeron a una especie de aula lúgubre. Apoyadas en las paredes había sillas estilo Van Gogh (si buscan en Internet, seguro está el cuadro de la silla de Van Gogh)

En el centro un largo tablón hacía de mesa, con platos descartables llenos de caramelos y galletas marinas.

“La poesía es un rincón luminoso donde nadie puede hallarnos”, estaba escrito en el pizarrón del fondo, por los presos, con tiza.

Mora Torres

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